No hay sastres para tanto roto

No soy de esos ancianos -pronto cumpliré  69 años- que cuando les ofrecen un asiento en el metropolitano lo rehúsan diciendo que se apean en la próxima o que prefieren mantenerse de pie en la plataforma. Si algún joven me lo ofreciera, me he prometido a mí mismo que lo aceptaría, aunque reconozco que prefiero viajar de pie. No me lo han ofrecido jamás (es cierto que mi aspecto ahora parece saludable, pero cuando estaba sometido a tratamiento de quimioterapia, con la mitad del cabello ido por el desagüe y esa palidez cadavérica que se nos pone a los cancerosos muy evidente, tampoco).

Y sí, prefiero no sentarme, a salvo de que el vagón vaya medio vacío, porque: a) no suelo permanecer sentado más de una estación, pues siempre encuentro razón para cedérselo a una señora, como me educaron en la niñez; b) no es improbable que a mi lado, conformando una extraña capacidad para atraer gordinflones, se siente un/una mole de las que ocupan espacio y medio, que me obliga, por la vía de los hechos previsibles a levantarme si no quiero desfallecer aplastado.

La política de este pequeño país llamado España nos ha puesto sobre el tapete de la convivencia, con un descaro inimaginable hace apenas una década, la confrontación entre los ancianos de la tribu y los jóvenes adultos de la manada. No quiero citar ahora nombres, pero en el escenario político como en el económico, en el mundo de las ciencias, de la investigación como en el de la técnica, la filosofía o el derecho, se ha forjado una dicotomía inexplicable entre los mayores y los menores en edad.

Somos bastantes los ancianos que nos mantenemos de pie en la plataforma, viendo cómo los jóvenes ocupan los asientos, sin atender a nuestra mirada, a lo que podríamos decir o aconsejarles. No estamos muertos, pero nos menosprecian. Muchas de las cosas que dicen esos jóvenes nos suenan -al menos, a mí- a mensajes literarios, desprovistos de realidad y contexto, a juegos de diletantes que se embarcan en aventuras de machos y hembras alfa o beta sin interés para el colectivo, confundiendo su impulso juvenil con la fortaleza del que sabe por dónde va y a dónde conducir a la manada.

Ignoro cómo va a acabar esto, aunque sé, como todos los que lo vivimos, cómo está pasando. En el vagón donde viajo, a veces un grupo de jóvenes se sienta en la propia plataforma, extendiendo las piernas, y cuentan chismes escolares entre sonoras risotadas. No parecen haberme visto; mejor dicho, está claro que les trae sin cuidado que pudieran importunarme, o lo que piensen los demás pasajeros.

En esos casos, para no tropezar con el mar de piernas, prefiero dejarles la cancha libre, llevar mi trasparencia hasta el pasillo, y agarrándome a una barra del vagón, componer un soneto mientras las estaciones pasan. Se muy bien, por experiencia, que si afeo la conducta de esos jovenzuelos que no miran más que a su propio entorno endogámico, me encontraré solo con mi alegato en el vagón, rodeado de indiferencias.

No hay sastres para tanto roto.


La foto de este martinete la conseguí luego de una espera larga, atento a su quietud de pescador avezado. Finalmente, obtuve la secuencia por la que registré cómo se lanzó, utilizando su pico como un dardo, contra una gran carpa, que, luego de un breve forcejeo, engulló.

Después de la exitosa pesca, el ave abandonó su lugar de acecho, supongo que para retirarse a un lugar más recogido o volver al nido en el que quizá tendría que alimentar a sus polluelos. Al día siguiente lo volví a encontrar en el mismo lugar y, aunque también lo observé por largo rato, esa vez creo que el tiempo transcurrió sin que obtuviera presa alguna.

Salidas

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: “Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales”; “Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza”; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa “algo sencillo, personal y justo”, para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de “viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales ” y “torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte”. La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.