Otras gentes: (5) Gentes del montón

A pesar, o quizá por ello, de considerarnos especiales, de pretender como axioma que somos el centro de nuestro mínimo universo, la igualdad, monótona, anodina y cruel, se cierne sobre nuestra existencia, devorándola. Nacemos, consumimos nuestro tiempo en diminutas acciones sin la menor repercusión exterior, salvo para un círculo de familiares y amigos cuya dimensión trasladada a escala cósmica sería inmensamente ridícula, y morimos, desapareciendo para siempre, y en un somero instante, de la memoria colectiva.

Si emplazados en el Universo con nuestro bagaje mínimo, somos menos que una mota de polvo estelar, ubicados en el planeta Tierra y en este preciso instante, como seres vivos humanos, con capacidad para imaginar, sentir y crear, nuestra anomalía colectiva adquiere un encanto especial. ¿Qué significa tener consciencia de nuestra existencia, a qué conduce ser capaces de planificar, aún equivocándonos, el futuro?

Estas y otras preguntas similares han consumido muchas energías de gentes especiales, extraordinarias, que, a lo largo de los siglos, han aportado granitos de arena sobre nuestro desconocimiento global, poniendo alguna claridad en la noche de la supina ignorancia. Pero solo unos pocos, quizá apenas un par de miles de humanos, han superado en toda la historia de la Humanidad, el umbral de la oscuridad, iluminándola con la antorcha de su sabiduría, de su tenacidad, hasta que su luz se apagó para siempre, dejándonos alguna reflexión sobre la compleja personalidad del Universo en el que estamos realizando nuestra trayectoria como especie hacia un final aún desconocido.

Todos los demás, somos gentes del montón, sin nada extraordinario, tan parecidos a cualquier otro de los que llamamos oficialmente semejantes que bien podríamos considerarnos idénticos a ellos, como las moscas que importunan nuestro descanso, como vemos los pájaros cuyo nombre ignoramos y a cuyos detalles morfológicos o  diferentes cantos no prestamos la menor atención.

Gentes extraordinarias y gentes del montón compartimos la misma estructura química, que combina únicamente cuatro elementos: carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, con solo cuatro radicales, que Watson y Crick en 1953 caracterizaron como adenina, guanina, citosina y timina. Con ese soporte químico tan básico, se construye la vida, se transmiten las características genéticas, se genera la genialidad o la vulgaridad; solo la combinación de cadenas de esos radicales, y las transformaciones químicas o físicas que presentan, diferencia a la mosca del mono, al científico del lerdo, al criminal del pacífico.

Ah, pero algo más sutil, aún por detectar, maravilloso y enigmático, provoca que esas bases nitrogenadas acumulen experiencia, sean capaces de transmitirse sensaciones, imaginar y transmitir ideas y elucubraciones. Se sabe que algunos individuos son geniales desde el nacimiento, por la afortunada combinación de radicales con información y estímulos previos. Se sabe también que esas estructuras genéticas son aptas, especialmente en el ser humano, para incorporar más datos, más información, sabiduría creativa.

Si pudiera formular un deseo de aplicación general, escribiría que mi sueño existencial es que, guiados por gentes excepcionales, la inmensa mayoría de los tipos del montón, nos concentremos en trazar los límites de nuestra ignorancia, venciéndola, al margen de ideologías, falsificaciones, y fantasias. Las herramientas para lograrlo me parecen, hoy como siempre, la formación, la investigación, el espíritu crítico, la solidaridad, el método, la confianza en la capacidad humana, …


Estos  tres gorriones comunes (passer domesticus) vuelan hacia el comedero, que les proporciona alimento fácil y abundante. Resultan indiferenciables, salvo para un observador interesado en analizar el comportamiento de estas aves en un entorno reducido. El ave del medio es un macho con plumaje de verano, el píleo gris, babero negro y  mejillas gris sombrío.