La cuarta dimensión

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Contra todos los pronósticos que se hacían desde nuestro pequeño país, y a despecho de las buenas vibraciones que le enviaban a su opositora casi todos los responsables de las ejecutivas europeas, Donald Trump será el nuevo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

La campaña que le llevó a encumbrarse como máximo dirigente del país aún más poderoso de la Tierra ha sido incomensurable. Defendió Trump, y no solo metafóricamente, la necesidad de establecer barreras frente al mundo exterior para conseguir reactivar la economía norteamericana con los mimbres estrambóticos de hacer que las grandes empresas paguen menos impuestos, expulsar a millones de irregulares que hacen el trabajo sucio, reducir las ayudas al desarrollo internacional a países en los que se fomentan las guerras civiles y olvidarse de majaderías reconocidas por la comunidad científica como los males de la contaminación industrial y las consecuencias catastróficas del deterioro del medio ambiente.

En sus discursos,para conseguir ocupar de manera convincente las primeras páginas y los prime time de todos los media, incluidas las conversaciones en círculos privados,  insultó a rabiar a la candidata demócrata, Hillary Clinton (a la que trató de enferma mental, de incapaz, de filtrar secretos de estado), a los mexicanos -en las propias barbas de su presidente-, a los inmigrantes regulares y clandestinos (sin apreciar que su mamá era escocesa y sus abuelos, alemanes), a los musulmanes (a los que confundió con terroristas), a las mujeres (a las que presentó como proclives a sucumbir sexualmente ante los encantos del dinero)…Destruyó con un par de martillazos la imagen de cooperación internacional y no tuvo problemas en cuestionar la defensa de los valores democráticos y, sobre todo, de ayuda social, de los que Barak Obama, el presidente saliente, había hecho su estandarte. Negó el cambio climático…

59.182.321 de norteamericanos no pueden estar equivocados, sin embargo. Son, desde luego, unos cuantos votos menos de los 59.349.282 que consiguió la candidatura derrotada, que, dada la magnitud de la cifra, tampoco pueden estarlo. Así que el bipartidismo ha generado su monstruo perfecto: han aflorado nuevamente las dos caras de la bifronte nación americana.

El elefante y el burro tienen otra vez la misma fuerza, pero esta vez el candidato ganador no tuvo necesidad de aparentar que las dos opciones se acercaban a un punto medio. Trump  pudo mostrarse tal cual es, sin ambages, ahondando en el precipicio entre republicanos y demócratas. ¿Por qué iba a utilizar la politica? ¡El es un empresario de éxito en el país de las oportunidades!. Eso le permitió ser mentiroso, despótico, despreciativo de los políticos, antisistema, reaccionario, incoherente, defraudador, misógino, xenófobo, etc. Su exceso de munición dejó la pantalla de juego llena de agujeros en su caza de marcianitos.

Ni siquiera puede objetarse nada contra el sistema electoral de ese curioso super estado que, utilizando una modalidad del strip póker, permite atribuir todos los escaños que corresponden a cada uno de los 50 estados que lo componen, a la candidatura más votada en él, lo que permitió a Trump obtener 290 escaños en el Congreso frente a los 232 de Hillary Clinton. ¿Quién se atreverá ahora a criticar al país que es modelo de democracia, paladín de la defensa de los valores occidentales?

Para los que estamos convencidos, por las evidencias anteriormente acumuladas por la Historia, que hay una cuarta dimensión física desde la que actúan las poderosas fuerzas de lo ilógico, lo acaecido no  es sino una prueba más de su existencia. Suceden así las cosas porque se trata de hacer  el camino de la Humanidad hacia su autodestrucción, más entretenido. Ya se sabe que las películas con desastres, villanos pésimos, malos con doble fondo sentimental, buenos inocentes y torpes, mujeres exuberantes, tipos con tupé, lacrimales para cocodrilos, sufrimientos inesperados, muertes súbitas, caídas de resbalón, son más divertidas.

Utilizo, en fin, como ilustración de este Comentario una sección del Cuadro “La cuarta dimensión”, justamente aquella en la que he representado a una joven que está haciendo el ejercicio intelectual de penetrar en ella. Es una pintura mixta (óleo y acrílico), de gran formato para lo que yo suelo hacer, y relativamente reciente (2014). Sobre la mesa, se encuentra la banda de Moebius y la botella de Klein. La representación sobre un plano de un cubo de cuatro dimensiones es sugerida desde la misma tabla en la que apoya su brazo la pensadora. (1)

No le tengo miedo, por supuesto, a Trump. Estoy lejos para respirar de su aliento y soy mayor para que me asuste un fantoche. He oído su discurso de ganador y también el de Clinton, defendiendo la necesidad de apoyarlo, en virtud de los valores democráticos, el reconocimiento del vencedor y sus argumentos sobre la defensa de los suyos, y todas esas cosas que hacen llorar a los simpatizantes y bramar de alegría a los seguidores del victorioso.

Es curioso, por cierto, que Hillary haya tenido tantos apoyos relevantes (aparentemente) que resultaron inútiles, en tanto aparecía que su contrincante se movía solo por los escenarios iluminados llenos de lentejuelas de los diferentes Estados.

Pero, en verdad, no estaba solo. Faltó ver la cuarta dimensión, aquella en la que se mueven las fuerzas de lo ilógico para todos los que solo nos obstinamos en ver desde las tres dimensiones. Allí, en la cuarta, moran los intereses económicos más poderosos, las voluntades de poner trabas en las ruedas del avance social, los que alzan muros de incomprensión ante las voluntades de acceder al bienestar por parte de los más débiles.

También están allí los que se encargan de convencer, con argumentos cuya coherencia no se sostiene intelectualmente, a los suficientes millones de votantes indecisos, perdidos en el bosque de la complejidad de los intereses, y que otorgarán, con su decisión contra natura, desafiando lo que aparecería como lógico, la presidencia del país que aún es el más poderoso de la Tierra a uno de los demiurgos que conectan la cuarta dimensión con el mundo real.

Donald Trump, congrats. You won; how much we lost with your victory?

(1) La idea ya la recogí en otros comentarios de mi amplia producción literaria. La banda de Möbius es un falso objeto tridimensional superficie, ya que puede recorrerse de cabo a rabo con un bolígrafo, sin necesidad de levantarlo de ella. Se consigue uniendo los extremos de una cinta, girada sobre sí misma. La botella de Klein es una botella que no es capaz de contener ningún líquido, porque, aunque aparenta estar cerrada, se vuelca sobre sí misma. Se la puede construir hundiendo, por ejemplo, el fondo de una botella de las de sidra o cava y estirándolo hasta que, una vez se haya atravesado uno de los laterales, se le haga conectar con la boca del recipiente.

En cuanto a la representación en el plano del cubo de cuatro dimensiones… lo dejamos para otro día, ¿no?

El arte de la guerra y el trazado de nada sutiles líneas rojas

Supongo que los chavales más belicosos de cada centro de enseñanza siguen trazando líneas en el suelo y amenazando con golpear al entrometido hasta la muerte si se atreve a traspasarla. Por los más fútiles motivos.

Hace tiempo que no me acerco a los Institutos y Colegios de donde deduzco, por lo efectos exteriores que contemplo, que se ha avanzado bastante en conseguir desorientar a jóvenes y jóvenas sobre lo que se espera de ellos en el más allá de las aulas, pero apostaría doble contra sencilla a que los viejos hábitos con los que se consigue auto-perfeccionar, sin ayuda de nadie (perdón de la redundancia) los comportamientos agresivos, se mantienen incólumes. No en vano forman parte de la esencia de la especie.

Nacemos preparados, con la espada bajo el brazo, para el arte de la guerra, Y, ay de los que no tengan el filo siempre a punto.

El actual presidente de los Estados Unidos más numerosos (por ahora), Barak Obama, está demostrando un dominio supino del arte de la guerra que parece, por su perfección, sacado de los libros orientales y haberlo experimentado en los patios de colegio de barrio multirracial.

Porque se ha especializado en trazar líneas, que me recuerdan poderosamente a las que los bravucones del Colegio de pago al que fui (con beca) dibujaban con la punta del zapato en la arena, acompañadas de un escupitajo.

-“Si te atreves a pasar de aquí, te ostio” -acostumbraban a decir, asustando a los más pequeños o más débiles.

Y resulta que luego, las atravesabas y no pasaba nada.

-“Por esta vez, pase. Pero, a la próxima, ya verás” -era la revisión de la amenaza con la que se tranquilizaban a sí mismos para justificar el incumplimiento de una regla que se habían imaginado y que maldito si interesaba a nadie que se cumpliera.

El lector puede estar pensando que me refiero exclusivamente a la amenaza de Obama de castigar con ciertos imprecisos males del infierno al gobierno sirio si se comprobaba que habían empleado armas químicas contra la inocente población civil (por cierto: la población civil es la única que merece tal apelativo en las crónicas de la guerra). Puede que también piense en el mantenimiento de un oscuro sistema de ayudas sociales en un país con el mayor número de hambrientos contabilizados de todo el orbe civilizado (si es que existe tal Utopia; la de la civilización, aclaro).

Pero se equivoca si me atribuye tal simpleza. El mundo está plagado de líneas rojas. Y, por esta vez, la línea roja a la que dedico este Comentario está trazada para proteger la sociedad del bienestar de la Unión Europea. Y no es solo imaginaria, tiene ribetes muy reales. La defendemos con alambres de púas, con patrulleras, devolviendo a los que consiguen superarla al punto de partida (como en el juego de la Oca) y, si hiciera falta, no me cuesta trabajo creerme que se agujerearían a los que se acerquen a ella los botes salvavidas con disparos al aire (que es lo propio, tratándose de balsas inflables).

Tanto esfuerzo es, por los resultados, inútil. No evita que, en esta época de penuria, aumente de forma constante el número de desarrapados que superan las líneas rojas, ocupan las calles, se instalan en las esquinas, llenan los poblados marginales de las ciudades y, ayudados por empresarios y particulares que no me atrevo a calificar de caritativos, llenan espacios de la cada vez más amplia economía sumergida.

Son zombis del desarrollo, de la globalización, de la superación de la lucha de clases que distinguía el proletariado de los capitalistas, por la confrontación entre el precariado (la palabra no es mía; y lo lamento, porque es una joya semántica), y los amedrentados, en beneficio de la estabilidad y crecimiento de los beneficios de unos pocos, ahora ya, gracias a la internacionalización (no la Internacional, otra cosa), ubicados en los paraísos fiscales, mayoritariamente.

Aparentemente, son solo los inmigrantes irregulares, y los que intentan serlo, los que se esfuerzan en traspasar, obstinadamente las líneas de colorines con las que pintamos el mar Mediterráneo, delimitamos las fronteras de Schengen, incluso las que habilitamos como zonas de protección, con la colaboración de países bastante pobres que dicen ser amigos porque aspiran a recibir mejores tajadas de lo que aún envidian, porque no ven el espejismo de nuestra prosperidad.

Son líneas imaginarias, sutiles, inexistentes en realidad, porque han sido definidas con una bravuconería de golfo de instituto que no podemos defender.

Deberíamos darnos cuenta de una vez que solo hay una sola actitud posible, y no es de defensa, sino de cooperación: no consiste en trazar líneas rojas, ni apabullar con voces y gritos, ni, mucho menos, manejando las armas.

Si nos creemos la globalidad, solo ganaremos esta guerra aceptado cuál es el enemigo. La falta de solidaridad, la trampa de la globalización, el despilfarro y el acaparamiento ilícito de recursos. Se gana con solidaridad, con ideas, con apoyos recíprocos y, también, con el reconocimiento de que es una tarea de todos. E implica prestar mayor atención a algunos países, justamente, a los que les hemos estado sustrayendo recursos para nuestro desarrollo, y no aplaudiendo a los que trazan aquí y acá rayas que solo duran recién pintadas mientras no se traspasen en tropel por los que están teóricamente al otro lado.