La culpa es de Ikea

Me lo temía desde hace tiempo. Cuando ví que empezaban a proliferar esas esterillas con la leyenda “Bienvenido a la República independiente de mi casa” en los rellanos de las escaleras, empecé a sospechar que un movimiento contestatario, imparable, estaba asentándose entre nosotros.

Porque el lema nos va como anillo al dedo. Cierto que, dentro del mosaico variopinto de temperamentos españoles, algunos tendemos más al aislamiento que otros. Eso es historia, amigos. Pero, si rascamos un poco en nuestra pretendida solidaridad y bonhomía, por mucho que estemos a la cabeza de donación de órganos o de defender que hay que ayudar al desarrollo y contaminar algo menos, allá en el fondo, lo que nos gusta más es la tranquilidad de no tener que dar explicaciones a nadie, metidos en casa, en ropa interior si no hace frío, y viendo una buena película o esperando que nuestra selección de lo que sea demuestre al mundo lo buenos que somos.

Que vascos, catalanes, asturianos, gallegos, cazurros, murcianos o tordesillanos tengamos el prurito, picazón o molestia de preferir recluirnos en el reducto complaciente de la intimidad, con los nuestros, y cuanto más nuestros, mejor, tiene razones históricas profundas que no es del caso referir, una vez más. Eso está metido en nuestra idiosincrasia. Sabemos que hay que desconfiar de todo lo que no huela al mismo pelaje que nuestra dehesa.

El buey suelto, bien se lame. Pájaros de la misma pluma, vuelan juntos. Quien con infantes pernocta. excrementado alborea. Etc. Por eso, ¡Viva la independencia! ¡Viva Cataluña libre! ¡Viva la ruptura del Estado español, que nos oprime! ¡Viva el País Vasco libre! ¡Viva Asturias independiente!¡Viva que viva la libertad para encerrarnos en nuestra casa, con la esterilla en la puerta, advirtiendo de nuestra feroz defensa de lo íntimo, lo que nos distingue de todos los demás, lo nuestro!

¡Gracias, Ikea! ¿Tenéis algún mensaje más en la recámara?

La abdicación

El 2 de junio de 2014, a las 10 h 30 m de la mañana, el presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, anunciaba que el Rey Juan Carlos “abdicaba la Corona”.

La abdicación del Rey en la Jefatura del Estado es una figura no contemplada con rigor por la Constitución vigente, necesitando la rápida aprobación de una Ley Orgánica que, aprobada por las Cortes, garantice el cambio sucesorio que las peculiares reglas de la Casa Real han personalizado en S.A.R. el Príncipe Felipe, que será, por tanto, el nuevo rey, con el nombre de Felipe VI, si todo sucede conforme al libreto.

Convertido en portavoz del dimisionario, el presidente Rajoy ha indicado, en una rueda de prensa sin preguntas -¿para qué preguntar, -se podría decir-, si no habrá respuestas?- que “el momento es oportuno”.

La oportunidad viene, en este caso, medida por la necesidad de recuperar alguna popularidad, desde el recambio de personas. El previsto como sucesor tiene 45 años, por lo que está en la edad en la que la mayoría de los españoles que se han quedado sin empleo por razón de la pésima gestión del país, verán reducidas a casi cero sus posibilidades de encontrar un nuevo trabajo.

La oportunidad no viene, desde luego, señalada por la pérdida galopante de simpatía hacia los partidos políticos que se siguen considerando mayoritarios; no está soportada, naturalmente, por la incapacidad demostrada de esta colectividad para generar actividades que permitan mirar hacia el futuro con optimismo generalizado y no solo desde la complacencia de los que más poseen; no tiene que ver, por supuesto, con el malestar rentabilizado por una urna de recogida de pesares cuyo mensaje es tan claro como contundente: no, así no, nos engañan, se enriquecen a costa nuestra, no nos representan.

A los más viejos de esta tribu les ha tocado vivir una parte de la historia de España insuperable en emociones: guerra civil injustificable, dictadura perniciosa, aislamiento insufrible, decadencia de la autarquía, ilusión irrefrenable, actividades imposibles, despilfarros impresentables, logros maravillosos, traiciones desvergonzadas, desilusiones galopantes, fracaso perdurable, desorden manifiesto.

Tengo la amarga impresión de que la Corona abdica cuando ha percibido que se le ha pasado el arroz. Oigo voces -nunca mayoría, pero siempre suficientes para que no se las desprecie- que reclaman una votación para refrendar al candidato a sucesor.

Un sucesor que, careciendo la Monarquía de programa y no tener la institución asignados cometidos constitucionales de entidad, lo que supone únicamente es cambiar el rostro de quien detenta el título. Como en esos tableros de feria en los que se puede meter la cabeza en el hueco abierto, para llevarse una foto de recuerdo del paso por el sitio.

Voto al chápiro verde, tenemos que cambiar el rumbo de la cosa, pero con tanto experto en marear, mal lo tenemos.

 

 

Cuento de otoño: El clavo, la mariposa y la niña que festejó el solsticio de invierno

Todos hemos oído historias en las que una actuación de apariencia intrascendente acaba provocando efectos muy importantes. Es el caso del clavo mal encajado por el que se soltó una herradura, lo que dejó manco a un caballo que montaba el general que mandaba los ejércitos en la batalla que decidió el destino de un país.

Hay un proverbio chino que sostiene que el aleteo de una mariposa puede llegar a provocar un huracán en la otra esquina del mundo, y se ha realizado una película de éxito que lo demuestra o, por lo menos, lo intentó.

El caos está siempre acechando, y hasta existen leyes de la termodinámica que le han dado carta de naturaleza intelectual. Lo que no quiere decir que, por su parte, los amantes del orden estén desprotegidos: existe una probabilidad, aunque obviamente muy pequeña, de que todos los átomos de la materia con los que está fabricada la mesa sobre la que ahora escribo, coincidan en ponerse a danzar en la misma dirección, lo que me permitiría vivir la inolvidable experiencia de verla levitar unos palmos sobre el suelo.

El escenario de este cuento es un mundo en desorden, por lo que se podía suponer que había sido pasto de aplicación simultánea de las teorías del clavo y de la mariposa. Para que el lector no tenga que utilizar la imaginación, que es aconsejable la reserve para otros momentos, basta con que mire a su alrededor.

En consecuencia del desorden imperante, los habitantes no perdían ocasión, tanto a escala doméstica como a nivel global, de enzarzarse en peleas y discrepancias por cualquier motivo, desde un quítame allá esas pajas a yo lo vi primero. Por supuesto, los motivos variaban según las zonas de la Tierra, las etnias, las castas, las naciones o los intereses particulares o generales. Lo que era común a todos eran las ganas de pelear.

Quiso la casualidad que, en vísperas del solsticio de invierno, una niña de diez años, que vivía en un poblado del centro de Africa, mientras volvía a la choza con un cántaro de agua sobre la cabeza, tuvo una revelación y, como resultado, tomó una decisión que no le correspondía. La pequeña se llamaba Maisha Niara, que significa en swahili Vida con Máximas Aspiraciones. Por cierto que era la única persona de la tribu que tenía dos nombres, pero, cuando murió al poco de nacer su hermana gemela, Maisha, como consecuencia de una patada de una cabra, su padre decidió que se llamaría así en adelante.

Maisha Niara había tenido mucha suerte. A pocos kilómetros de su poblado había una escuela y, desde que aprendió que había garabatos con significados, le encantaba escribir. Se pasaba mucho tiempo imaginando historias que podían suceder de verdad.

Después de dejar el cántaro a la sombra, la niña, tomó un bolígrafo y una hoja del calendario de hace tres o cuatro años que colgaba de una pared de la choza, y escribió, con su letra menuda y líneas bastante rectas, una carta dirigida al Presidente del país más importante de la Tierra.

Al día siguiente, apenas llegó a la escuela, le pidió a su maestra que le tradujera la carta al inglés.

-¿Una carta al Presidente más importante de la Tierra? -le preguntó, curiosa, la profesora a la niña.- ¿Qué puede decirle a una persona de ese rango, una niña de un poblado perdido en el corazón de África?.

Maisha Niara no contestó, sino que le repitió, por favor, que la leyera y, si le parecía bien, que la tradujera al inglés, la copiara en un papel lo más limpio posible, la metiera en un sobre con los sellos que fueran necesarios y se la entregara al buhonero que venía los jueves al pueblo con vituallas y conservas de salazón y pescado, para que le diera el curso conveniente.

La maestra leyó en voz alta, luego de ordenar a todos los niños, incluso los mayores, que se sentaran alrededor.

“Querido Presidente del país más importante de la Tierra: Me llamo Maisha Niara y vivo en África. No pude verte por la televisión porque en mi poblado no tenemos electricidad, pero me dijeron que tienes cara de buena persona. Soy una niña de diez años y estudio mucho porque me han dicho que es la forma de tener futuro. Verás, he pensado que como tú tienes tanto trabajo con cosas muy urgentes no debes tener nada tiempo para pensar en el futuro de los niños como yo. Cuando yo tenga treinta años, tú serás un anciano achacoso o te habrás muerto, y si la gente como tú, preocupada por solucionar el presente, no ha tenido tiempo para crear nuestro futuro, nos encontraremos con que no existe cuando lleguemos a él. Por eso, se me ha ocurrido que si todos los habitantes de la Tierra dedicásemos, por ejemplo, diez minutos cada día para hacer un poco del trabajo de otra persona, sin dejar por ello de hacer el que nos corresponde, tendríamos todos los días cien mil millones de minutos libres que te podíamos dar para que tú los distribuyeras de la mejor manera posible. A mí se me ocurren algunas cosas que podría hacer, pero creo que es mejor que te envíe un vale por mis diez minutos, para que, si te parece, pidas a todo el mundo que te envíe también un vale por diez minutos y, cuando los tengas todos, ordenes a cada uno que haga en ellos lo que te parezca mejor, y así también tú tendrás mucho más tiempo para pensar en el futuro de los niños.
No se me ocurre nada más. Te mando un beso desde el corazón de África. Disculpa las manchas de la carta, pero mi hermano ha tirado la papilla cuando estaba escribiéndola”.

-Eso último puedes quitarlo, dijo Maisha Niara.

Cuando el buhonero recogió la carta que iba dirigida al Presidente del País más importante del mundo, prometió darle el curso que correspondía. Pasaron los días, y en el poblado, una niña espera, ansiosa, la llegada del cartero.

FIN