Emparedados europeos

_dsc0102

El ascenso del pintoresco empresario Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, como resultado de una campaña elaborada desde el núcleo duro del sistema para engatusar a los que tendrían razones sobradas para desconfiar de él, abre un camino de incertidumbres que, para los historiadores del porvenir, significará una fuente de novedosos materiales de análisis.

Habrá que esperar a conocer el despliegue de las acciones anunciadas, antes de autoinmolarse en el altar de las desdichas presentidas. Todo indica que las ambiciones empresariales del Sr. Trump van a experimentar un realce espléndido (para él) desde su posición privilegiada como factor del país aún más poderoso de esta Tierra, y que se iniciará un período de ayuda y comprensión recíproca con la Federación Rusa, gracias a la cálida relación personal con Vladimir Putin. Además de haberse manifestado afecto recíproco y gran sintonía, los dos presidentes parecen dispuestos a obviar los importantes conflictos y tensiones que ocupaban un prominente lugar en la agenda de preocupaciones del aún presidente Obama.

La verdad, a título exclusivamente personal, que Putin y Trump se aprecien, se quieran y estén dispuestos a evitar cualquier tensión mayor entre los intereses que representan, tendría que importarme un bledo. Sin embargo, tengo serias sospechas de que la gran perjudicada de ese nuevo cariño perjudicará gravemente a Europa. Un proyecto de agrupación de Estados en fase lamentablemente en descomposición, y que, por ubicación geográfica y dependencia comercial, se haya en medio del camino de aproximación entre ambas potencias,  con perfil tradicional de escudo ambivalente más que de puente practicable.

No es momento para enarbolar ingenuamente banderas de paz y conformismo. Se necesita una Europa unida, fuerte, económicamente solvente y con las ideas muy claras, no solamente sobre los valores éticos, ambientales o sociales que hay que preservar o potenciar, sino, sobre todo, capaz de defender esos principios y sus consecuencias.

Si las negociaciones que se creían muy avanzadas sobre el Tratado de Comercio con EEUU están rotas definitivamente (y cabe preguntarse quién rompió el enlace), si el Reino Unido entiende que va mejor solo que mal acompañado a abrazarse con Estados Unidos, si la presencia de Estados Unidos en la OTAN se cuestiona y deja de proporcionar (aunque solo sea como amenaza táctica) cobertura a las posibles amenazas exteriores a un conjunto de naciones armadas casi exclusivamente con buenas voluntades, habrá que potenciar los recursos propios, buscarse nuevos aliados estratégicos y ponerse las pilas (perdón por la vulgaridad) de una vez sobre lo que importa.

Ah, y en ese contexto especial, resulta desquiciante, que analistas reputados muy serios, entiendan que este apoyo de la nomenclatura rusa al nuevo equipo norteamericano viene de largo, y que los escándalos de filtración de documentos confidenciales (ya vengan de Assange como de Manning o de la misma CIA) ha sido muñida por intereses muy oscuros.

En la ceremonia de la confusión, mientras el equipo de Clinton se lame las heridas, sin haber asimilado aún que la derrota infligida va para largo, hay quien cree que un impeachment (procesamiento de un cargo público) del Presidente liberará al mundo de la pesadilla Trump.

Es un deseo imaginativo pero absurdo, no ya  porque el nuevo Presidente controle ambas cámaras, sino porque a la noble nación norteamericana lo que le importa, de verdad, es si un presidente, por muy capaz que sea para gestionar lo público, oculta sus relaciones íntimas con una becaria.

Eso sí que le resulta imperdonable. Por eso, el apellido Clinton estará para siempre marcado por el puritanismo arcaico de la sociedad que pretende dirigir los destinos del mundo, y que no tolera que un presidente de los Estados ose abrirse un par de veces la bragueta debajo de la mesa del despacho oval. Muy diferente, sin duda, a hacer ostentación pública de las más rijosas inclinaciones, adornadas, además, con el desprecio a las mujeres, a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a  los homosexuales y, en fin, a lo que le apetezca mancillar según el humor del día.


La foto corresponde a un Ganso del Nilo o ganso egipcio (identificable por la mancha orbicular oscura), que vive solitario en el Parque San Francisco en Oviedo. Es frecuente encontrar a congéneres de estos caretos en los mini-zoos de las ciudades españolas, importados desde sus lugares de origen para dar exotismo a las colecciones de patos, gansos y cisnes.

Según pude observar, el animal, robusto y pendenciero, se lleva mal con los pavos reales, y con los demás anseriformes que pueblan el más bien abarrotado lago que, desde hace décadas, se ha montado allí y que se conoce como “el estanque de los patos”. Si me remonto casi a mediados del siglo pasado, los  más preciados habitantes de lo que entonces era una charca no siempre muy limpia, fueron una pareja de cisnes blancos y un cisne negro, además de una decena de patos azulones.

Tengo alguna instantánea de uno de aquellos cisnes, que tomé -obviamente, en blanco y negro- con una Reflex que tenía entonces. Por una de ellas, seguramente por el complicado juego de brillos y reflejos del ave en el agua, me dieron un premio de fotografía, que, desde mi impulso adolescente, me hizo creer que había méritos de autor y que, en todo caso, me llevó horas revelar en un cuarto oscuro que el SEU ponía a disposición de los aficionados autodidactas.

Ahora, según he oído, en el estanque solo queda un cisne de aquella pareja, viudo, y se ha decidido no introducir más de esta especie en su hábitat, porque estos animales son monóganos (además de territoriales). Se espera, pues, para la repoblación con otra pareja de cisnes, al fallecimiento del supérstite, que se supone ya próximo. Los cisnes son longevos, pero no mucho más allá de cincuenta o sesenta años.

Con la aparición de mejores ópticas, cámaras de aplicación más sencilla y la capacidad de hacer cientos de fotos del objeto en soporte digital sin gastarse euros ni minutos, me convencí de que el mérito suele estar en el aparato y -exceptuando dosis de paciencia y dosis de oportunidad-no en quien lo manipula.

Lo que no tengo idea es quien incorporó al careto a la avifauna ovetense, ni tampoco quien toma decisiones sobre la vida de las anátidas. Si se hiciera una encuesta, entre si fue por causa de Apolo o por virtud de a pelo, no sería de extrañar que, en vez de abstenerse o entender que es patochada, ganaran los partidarios de montarse sobre los temas en pelota.

Cuento de invierno: El código de los perdedores

Hace tiempo que me planteé escribir un cuento en el que los héroes fueran los perdedores. Un relato de fracasados ilustres, y no precisamente porque lo que habían pretendido hacer les hubiera salido mal, sino precisamente por eso, porque habían tenido éxito y otros se habían apropiado, con desfachatez, del mérito, atribuyéndoselo.

Aunque, mirado desde otra perspectiva, tal vez la culpa de su fracaso estuviera también en buen parte en ellos, en no haber aprovechado los momentos, en haber puesto sus huevos en la cesta equivocada.

Llegué a estar bastante obsesionado con la búsqueda de personajes que, a la manera de Van Gogh, Mozart y tantos otros, no pudieron disfrutar en vida de la cosecha de su talento y murieron pobres e ignorados por sus coetáneos.

Una noche en que había sacado a pasear a mi perro para que pudiera hacer sus necesidades en territorio común y dejarlo, de paso, corretear un rato por los parterres vacíos, me topé con un mendigo que, a despecho del frío que ya se anunciaba en aquel comienzo del invierno, se había echado encima de un banco, cubierto malamente con una chaqueta raída del corte tajante de la intemperie, y parecía dormitar, ajeno a exógenas inclemencias.

-Buen hombre, -le sugerí, tocándole suavemente el brazo- No se quede aquí, que la noche viene fría. Váyase a un albergue, porque puede quedarse helado.

El tipo me miró, como despertando de un profundo sueño.

-Déjeme en paz, que se lo que hago, -fueron sus palabras, mientras me daba la espalda, girando sobre el asiento.

Miré a mi alrededor, para comprobar si alguien más podría hacerse cargo de la necesidad de convencer al pordiosero o llevárselo por la fuerza de allí, pero no atisbé a nadie, y temí que mi perro, que se había extasiado persiguiendo por los suelos la proyección de las luces fluctuantes con que festejaba la Navidad un comercio de electrodomésticos, enloqueciera y se perdiera las fiestas en familia.

No quiero pasarme el día pegando carteles con la foto de mi rotweiler y llamadas con esencia lacrimógena del tipo: “Precioso cachorro extraviado en el barrio, gratificaré a quien lo encuentre, responde por Rouco”.

Así que seguí mi camino, decidiendo pasar página del incidente, pues dí por seguro de que la resistencia física de aquel individuo y las dosis de alcohol que debería tener engullidas, le servirían de pasaporte franco hasta la mañana siguiente.

Cuando al otro día, muy temprano, pasé por el mismo lugar y no vi al mendigo sobre el banco, me tranquilicé definitivamente. Hasta me hice la composición de lugar de que la policía municipal se lo habría llevado a un lugar más caliente en una de sus rondas nocturnas. Con todo, por razones que no sabría explicar, tal vez debido a un tactismo interno de origen sicosomático que es un resto de mi sensibilidad frente al sufrimiento de los demás, me acerqué al borde del banco.

Descubrí que en el suelo había un trozo de papel, del tamaño de un folio que se hubiera doblado con innegable cuidado, en el que se adivinaba algo escrito.

Debía haber pertenecido al mendigo, y se le habría caído. Movido por la curiosidad, lo cogí y lo desplegué ante los ojos. Hay siempre algo que atrae desde un papel abandonado en el que se leen algunas letras.

Lo que había en éste, era una especie de decálogo. Constaba de varias frases escritas en letras mayúsculas, a las que el autor había puesto incluso un nombre colectivo: “El código de los perdedores”.

Recuerdo algunas frases:

“Nunca defiendas lo que es tuyo.
“No des valor a nada de lo que hagas.
“No tengas prisa por llegar a ningún sitio.
“Critica sin piedad lo que hagan mal quienes tengan el poder.
“Confiesa tus intimidades a algún subordinado.
“Ayuda anónimamente a los que lo necesiten.

Me disponía a guardar el papel en el bolsillo, porque no entendía el interés de cuanto parecían destilar aquellos mensajes ácratas, que parecían surgidos del despecho o de una amarga experiencia. Estaba en ello, cuando, viniendo de mi espalda, alguien me arrebató con un brusco ademán el escrito, ejerciendo tanta fuerza en el empellón, que me hizo caer al suelo, al que dí de bruces, rompiéndome la nariz. Es esa cicatriz que, desde entonces, afea mi rostro.

-Vuelve al lugar en donde nadie te llama, para recibir tu merecido, -gritó una voz.

Dolorido por el golpe, sangrando copiosamente, me levanté como pude y, como en una pesadilla, vi una sombra que se desvanecía entre la niebla con el papel. Juraría que era la del mendigo de la noche anterior, que había superado el riesgo de congelación de forma evidente.

Cuando estaba escribiendo este relato, recordé otra de las frases del Código. “Cuenta tus desgracias a quien no te aprecie lo más mínimo”. Y lo que es más curioso, la forma de andar, arrastrando los pies, me trajo de pronto a la memoria a Corsino de la Peróndola, el tipo odioso que sacaba matrícula en todas las asignaturas en el bachillerato y al que no había visto desde hacía la tira de tiempo.

FIN