Soneto a un yihadista

En el nombre de Dios deja de juzgar.
No pretendas ampararte en tu creencia
cuando lo que te dirige es la demencia
de fanáticos que acuden a inventar
mandatos del más allá para captar
adeptos crédulos a la indecencia
de que inmolando a otros, residencia
se obtendrá del Paraíso, viejo cantar
carente de la mínima vigencia
que hoy repugna no ya a ética, a un altar
en que se venere la divina ausencia
con respeto a los demás. Hazte tratar
tu fijación, pide ayuda en conciencia,
mas, si quieres morir, hazlo sin matar.

4 de junio 2017 @angelmanuelarias

Oda al deterioro (Poema)

Oda al deterioro

Hermano, qué callado te lo tenías:
crecías a la par que mi satisfacción
y cuando estaba a punto para emprender
mi gran hazaña
apareciste para burlarme la baraja.

No era lo mío el paso del mar Rojo:
los vientos huracanados soplaban a la contra,
las horas justas tocaban a destiempo;
los vados, inseguros presagios alentaban
y para escapar de filisteos y ladrones
no había un dios amigo
que esperase al otro lado con laurel y mesa puesta.

Era todo modesto.

Resulta que no surgiste solo, para qué la molestia.
Trajiste un tumor maligno de la mano, al alimón
repartiendo las cartas para un juego sin reglas,

No recuerdo si gané algunas bazas,
porque en principio ya está todo perdido.
Tuve las oportunidades a la chica, llevé pares,
si encontré ocasiones, fueron falsas.

Se rompió la partida.

Óyeme, amigo. Te estoy agradecido
porque hayas aparecido primero.

De la hazaña que iba a acometer, no guardo
ni recuerdos.
Por tanto, puedo asegurar a tiempo
que carecía de la menor importancia.

Pero esa conclusión es también mi venganza.

(30 de mayo de 2016, Poemas de encargo, @angelarias)

 

Cuerpo

trozos del yo¿Cuántas veces, al contemplar una antigua fotografía de nosotros mismos -aquella misma con la que no nos sentimos conformes, porque nos creíamos más atractivos, más hermosas- hemos reconocido “Pues no estaba tan mal”? El tiempo nos mejora el pasado, sin duda.

A medida que nuestro cuerpo se debilita, enferma y languidece -nos abandona, “va pidiendo nicho”, como expresaba, con ironía gallega, un viejo amigo, nos sentimos más apegados a esa imagen que ya no somos, y que entendemos nos refleja mejor que el rostro y el cuerpo del anciano en el que, por el mero hecho de sobrevivir, nos estamos convirtiendo.

El “autoretrato” que dibujé, en fecha recogida de forma tan exacta -cinco de enero de mil novecientos noventa y ocho-, “Trozos del yo, cayendo de un autoretrato de memoria”, me recuerda esa previsión del paso fatal del tiempo que vendrá, deteriorándonos y enajenándonos de la imagen preferida del yo (supongo que en el que piensan los que creen que resucitaremos algún día del más allá, con los mismos cuerpos y almas que tuvimos) .

Y, de manera que podría explicar, si me alcanzaran las ganas en esta mañana de domingo de septiembre en la que me dispongo a dar un paseo por Madrid -día de puertas abiertas del Ayuntamiento-, conecta mi hoy con un poema dedicado al cuerpo, ubicado en la colección de “Primeras precisiones de las formas”.

Se trata de una serie de poemas escritos cuando yo tenía diecinueve años, y que, sometidos al juicio del “poeta mayor” Carlos Bousoño, al que unos jovencísimos vates osamos pedir que nos prologara nuestro libro, merecieron un juicio implacable: “Si tú, Arias, tuvieras un grupo de poemas como los mejores de tu libro, te diría: Publica ya” (es decir, no publiques todavía, como cuento en el Prólogo de Absueltos de todo don).

Primera Precisión de nuestra Forma

Más mansión cuanto más permanece con uno,
obediente al deseo de su solo habitante,
esta forma es el perro más fiel pretendido,
nos envuelve, nos limita, nos cierra
y se ajusta a nosotros como un traje perfecto.

Nuestro cuerpo. La forma que nos hace visibles;
la forma palpable que identifica el afecto.

Qué himno escribir adecuado a esta forma,
cuerpo en el que todos creemos, lecho nuestro,
que no quiere dejarnos partir y al fin claudica,
labios tan unidos a nosotros, inconcebibles sin las manos,
cabeza irreductible, olfato ya resuelto,
mentón del rostro con que nos reconocen.

Y tronco, y piernas nuestras, sexo firme,
inseparable abdomen, nalgas mías, forma entera
a la que hemos puesto nuestro propio nombre.

Cuando esta forma nos falte, qué será de nosotros.

(@angelmanuelarias, “Absueltos de todo don”, 1989, KRK)

Podría haber sido pasión, muy mal diagnóstico

Podría haber sido pasión, muy mal diagnóstico.
Un amor de alto riesgo, vómitos y ardores.
La incómoda sensación de estar perdido, dificultades al tragar,
y el tiempo que no pasa. Trampas en tierra de nadie,
cebos mordidos que no cazaron presa, huellas de tanto mal dormir,
escapatorias que conducen a volver a empezar.

Podría ser aún peor, un estropicio.
Irrumpir en el templo con furia alrededor y hallar rota la espada,
situarse en el medio de un plantel, hacer virtud del vicio y sucumbir,
llevar a su triunfo, convencido, habladurías,  no saber escapar;
arrastrar a la muerte una ocasión feliz sin porqués ni el adiós;
convertir en dogmas los matices, resolver con trampas y mentiras, los misterios ajenos,
aceptar como pago de consuelos, suspicacias, como pruebas de amor, ficción y malas sañas.
Más cruel si cabe, creer que se está en todo, andando perdido y solo por los bordes.

De mi experiencia, apunto diagnóstico precoz.
Lo tuyo no es pasión, ni percibo ocultos quistes de desamor, caprichos, malos vicios.
A pesar del cariz romántico, palpo entre las justas ganas, pocos mitos;
por compromisos ciertos, no veo alguno.
Se mantienen tersos en sus sitios, vientre, nalgas, muslos, cuello;  reaccionan áreas íntimas.
Palpitaciones, bien; algo baja de ritmos. Señales apenas perceptibles de lascivia.

Debilitado por falta de ejercicio hallo el músculo sentimental; terso a impaciente; flácido a curioso;
pero, lo que a tu edad sería defecto, con el tiempo viene a ser normal, así que, por principios,
descarto motivos de preocupación, y afino, divertido, el tratamiento:
toma frecuentes dosis de olvido,  entrégate hoy conmigo a fondo, duerme tranquila y volveré mañana a ver qué tal.

Ante cualquier reacción extraña, pon donde te halles, vallas; oculta a donde vayas, ayes;
si crees volver a pasar por tu pesar, incluso estar cayendo, mejor, calles; si has de dar voces, sean de goces:
y, de advertir que aflora amor, en el mismo instante y lugar, sin dudarlo, inyecta dudas,
porque, hasta estar curada de espantos, será menester contar con más de un doctor experto en tales trances.

(De Poemas de encargo, número 25, Angel Manuel Arias, 28 de marzo 2009)

 

 

 

Cuento de verano: El escritor inédito y la lectora empedernida

Erase una vez un escritor inédito. Se trataba de un autor prolífico, pero no había publicado nada. Las causas eran varias. Objetivas (no tenía dinero para convertirse en editor de sus creaciones, detestaba presentarse a los concursos literarios, convencido de que no eran ecuánimes) y subjetivas (su inseguridad de que lo que mucho que escribía mereciera la pena).

Si el lector tiene claro el concepto de “lo que merece la pena”, debo felicitarle por ello. En otro caso, le aconsejo que acuda a los libros especializados en autoayuda. Lo pertinente para este cuento es que, como resultado de estas razones y otras circunstancias, el escritor había empezado a descuidarse, y desde hacía algún tiempo no terminaba sus historias.

Definía el grueso del guión, perfilaba a los personajes, suscitaba desde los primeros párrafos el interés por las situaciones que iba a contar, pero el proyecto se detenía de repente, al cabo de unas páginas, y ya no continuaba. En su mundo imaginado, se acumulaban criaturas literarias incompletamente conformadas, relatos apasionantes o, por lo menos, sugerentes, cuyo final nadie podía jactarse de conocer, porque no había sido escrito. Ni siquiera su autor, que, a la postre, acababa olvidándolas. Se habían perdido desde los primeros pasos que van desde la imaginación al papel.

En realidad, el escritor inédito, que nunca había dado a leer a nadie sus obras, era escritor solo para él mismo. Estaba lo que había escrito, no ya inédito, sino jamás leído.

Coetánea del escritor vacilante, vivía su existencia una lectora empedernida. Le gustaba tanto leer, que no podía evitar detener su vista sobre cualquier escrito que cayera en sus manos. Se había leído, a pesar de ser de edad no muy avanzada, miles de novelas, cuentos, relatos y poemas, aunque debe matizarse que no se interesaba por diarios, revistas y periódicos, esto es, por las noticias supuestamente verdaderas.

-Creo que la mayoría de lo que publican los periódicos, son también noticias inventadas o falseadas -parece que dijo una vez a su única amiga, funcionaria de carrera-. Pero, en general, están peor contadas y no quiero romperme la cabeza tratando descubrir qué hay de cierto en ellas. Quiero estar segura de que lo que leo es realmente imaginado.

El escritor vacilante y la lectora empedernida no se conocían.

Un día del verano del año que nos ocupa, la lectora empedernida sacó de la Biblioteca Pública de la tierra de Valgamediós, tres de los pocos libros que le quedaban por leer de las copiosas existencias de esa dependencia. Los había leído todos de cabo a rabo, como consecuencia de su dedicación convulsiva, aunque apenas un uno por ciento le había parecido interesante.

Los títulos de los tres libros no vienen al caso, pero sí lo que contenía uno de ellos.

Al avanzar en su lectura, la lectora empedernida descubrió, entre las páginas, un papel doblado, manuscrito, que inmediatamente identificó como un poema. No le pareció exactamente bellísimo (tenía un criterio de valoración muy estricto), pero sí escrito con pulcritud y, como todo lo que aparece por casualidad a nuestro alcance, le intrigó.

“Solo entre la soledad, torno impreciso/ a la desolada razón de mi carencia:/ aunque el tiempo me sobra, soy remiso/ a acabar cuanto empiezo, sin paciencia./De sobrarme algo, sobra resistencia/a dejarme arrebatar por la pasión,/ y no pudiendo a amor estar sujeto, la ocasión,/que a otros sirve para olvidar ausencia/de un querer mejor, aventa tosco desconsuelo./No hay para mí perdón, ligado al duelo,/y atado a lo fugaz, de un mal corro parejo:/es el descuido amargo con que dejo/ las cosas que más quiero, caer el suelo/y que, entre desprecios, burlas o recelo/recojo, rotas, mirándome al espejo.”

¿Quién habría escrito aquella nota, aparentemente olvidada en un libro ajeno? La lectora supo pronto que no le sería posible descubrirlo. Preguntó al bibliotecario si podía decirle quiénes habían tenido en sus manos aquel libro de la nota, y recibió como respuesta que era imposible de todo punto, no ya porque no estaban autorizados a proporcionar ninguna lista, sino porque se trataba de uno de los títulos más solicitados.

Dejar una nota en el mismo libro, con sus señas, mostrando interés en saber más del autor, le parecía infantil.

Por supuesto, el escritor inédito no había sido el autor del poema. El nunca terminaba cuanto iniciaba, y aquellos versos, aunque flojos, estaban resueltos. Por otra parte, escribir poesía no era precisamente lo que más le encandilaba.

Por lo dicho, la lectora empedernida nunca conoció a la persona que había olvidado (o tal vez colocado adrede) aquel papel en un libro tan demandado.

Nadie, hasta donde yo estoy enterado, lo llegó a saber. Y, ahora que lo pienso, la lectora empedernida y el escritor vacilante hubieran podido vivir una tierna historia de amor.

FIN