El origen de Dios

Supongo que no se escandalizará nadie (no lo pretendo, desde luego), si afirmo, para abrir bocas, que la antigüedad de Dios es, por lo menos, tan extensa como la de la capacidad de los homínidos para elaborar un pensamiento, aunque fuera de la máxima sencillez, sobre la desproporción de la naturaleza circundante y la incapacidad propia para dominarla.

Concretando algo: puede que el germen impulsor haya sido la confrontación con la muerte del otro como segura premonición de la propia; o, como iniciación poética, la contemplación silenciosa del cielo estrellado en una noche sin nubles, o el impacto emocional de la paz derivada como consecuencia de algún fenómeno meterológico de inusual intensidad que destruyó parte del paisaje

La vida del ser consciente está llena de peligros y la necesidad de apaciguar su inquietud provoca la urgencia de encontrar un antídoto. Dios, dioses, fuerzas superiores a las que, tal vez, rendir pleitesía; mejor aún, pretender dominarlas, para que atiendan nuestros deseos, complacer sus designios, convertirlas, en fin, en uno de los nuestros.

Hegel expresó con lucidez agnóstica, surgida de su formación cristiana, que Dios es un invento de la Humanidad, y que las religiones no suponen más que una rentabilización de esa carencia de la naturaleza dotada, por evolución caprichosa, de la anomalía del pensamiento. Otros lo hicieron antes, e incluso, mucho antes, y otros siguieron elaborando la teoría de la invención de Dios por el hombre.

Un divulgador científico muy afamado hoy en día, Hawking, se encarga de repetir que Dios no existe. Lo hace con la convicción de quien está, o se pretende estarlo, más enterado que la mayoría de sus coetáneos acerca de cómo se generó el Cosmos. Convertido en un involuntario anticristo, pretende incluso convencer al mismo Papa, de que se está a punto de descubrir qué pasó en esos nanosegundos que cambiaron la nada en energía, y que ha llegado la hora del desencanto.

Estamos en la Semana Santa católica de 2015 y son numerosas las localidades españolas que conmemoran, con escenificación variopinta,  los pasajes del nuevo Testamento en los que se nos describe la Pasión de un hombre singular, (Jesús), su  muerte y posterior resurrección del mundo de los muertos, prueba ésta tenida por demostración inequívoca de su naturaleza divina, al margen de genealogías, milagros y parábolas.

La conmemoración de esos episodios, de cuya realidad, a grandes rasgos, hace unos 2.000 años, no se plantean demasiadas dudas (a salvo, claro está, de la vuelta del crucificado al mundo de los vivos para ascender luego a los cielos, en donde serán también acogidos los bienaventurados), adquiere, en la práctica de las procesiones patrias, la categoría de espectáculo.

La Semana Santa que se practica en centenares de ciudades y pueblos españoles -Andalucía y Castilla, sobre todo- es una demostración genuina, brutal, intrasvasable a terceros, de la capacidad de exageración y despropósito que ha crecido con nosotros. Autoridades, cofrades, matronas con mantilla, portadores de pasos y de cruces, niños y adultos disfrazados de romanos, sayones o filisteos, devotos de verdad y de mentira, desfilan ante miles de otras personas que toman fotos, comentan, murmuran, aplauden, critican o se emocionan.

No me acerca más a la divinidad el contemplar esta exhibición compleja de actitudes, aunque no puedo evitar reflexionar sobre la naturaleza del origen de Dios y, de forma aún más intensa, sobre lo que querríamos que la divinidad hiciera por nosotros.

(El año pasado escribía esto: http://angelmanuelarias.com/procesiones-y-espectaculos/)

Procesiones y espectáculos

España hace décadas que dejó constitucionalmente de ser católica, aligerándose así del peso de la desgraciada connivencia de una parte del clero con la ignorancia sociológica. Como en otras materias, el estriptís fue tan completo que se arrancó algunos trozos de piel en el empeño.

Pero el agnosticismo oficial no impide que durante la llamada Semana Santa, en muchos pueblos se organicen procesiones, que cuentan con la presencia de representantes religiosos y políticos casi por un igual, cada uno ataviado con los atributos de su particular devoción, que exhiben como quien sabe aprovecharse de una oportunidad.

Las comitivas de encapirotados, secundando el paso de figuras de cartón piedra llevadas por esforzados porteadores, acompañados de damas enmantilladasy  tocadores de tambores y timbales, constituyen, sin duda, todo un espectáculo.

Debe reconocerse, sin embargo, que el objetivo originario del despliegue, que hay que confiar se mantenga para la mayor parte de quienes forman parte de las procesiones -la devoción ante el misterio del sacrificio divino como ejemplo para sus descarriadas criaturas-, ha quedado completamente desdibujado.

No hay más que fijarse en los centenares de curiosos, -en muchos pueblos, miles- que se agolpan en las aceras y balcones para contemplar el paso de los séquitos que se organizan en muchos pueblos de la España agnóstica, pertrechados de cámaras de fotos, y que lanzan una y otra vez luces de flash sobre encapuchados, imágenes y resto de fanfarrias.

Ahitos de espectáculo, esos infieles se irán después, tranquilamente, a quebrantar ayunos y abstinencias en torno a cochinillos o corderos asados o vulnerarán un  momento previsto para recogimiento y penitencia agrupándose, impíos, en discotecas y botellones en donde se entregarán a uno de los pecados más abominados por las leyes mosaicas.

No pretendo ridiculizar, sino señalar como hecho histórico, una decadencia. Las procesiones, como las corridas de toros, como lo fueron los lanzamientos de cabras desde los campanarios, las luchas falsas de moros y cristianos o las quemas falleras, forman el residuo de memorias colectivas de las que se ha perdido la referencia.

Los devotos resultan, en las costosas maniobras procesionales, rara avis. Como en los bautizos o en las bodas, los fotógrafos, -profesionales como aficionados-, no están en lo que se celebra, sino ocupados en dejar testimonio para un luego. Sin saberlo, quizás, se han convertido por ello en los protagonistas de la ceremonia global. Lo mismo que las pléyades de informantes que rodean al famoso, que persiguen, hostigándolos, a encausados, artistas, políticos, y que, con su presencia masiva, construyen su propio espectáculo.

Como España es hoy por hoy tierra de procesiones y espectáculos, propongo que se exprima aún más, la opción de aprovechar los rescoldos de nuestro pasado religioso. No solo por Semana Santa. Saquemos a pasear a los santos, a los penitentes, a los majos y siervas, con cada ocasión litúrgica. Si el pueblo llano no está por penetrar en las iglesias, que salgan a la calle. Y que, como motivo turístico, se declare todo el año momento procesional, temporada alta para gozar del espectáculo.