El PSOE, Podemos, la izquierda y la socialdemocracia en España

No se cómo lo estará viviendo el lector (no le estoy viendo, solo lo imagino), pero quiero expresar mi inquietud acerca de la deriva que ha tomado la izquierda de este país.

Por una parte, me alarma su falta de liderazgo o, mejor expresado, el exceso de individualidades deseando tomar cualquiera de los guiones o estandartes que se encuentren en la vitrina de las sala de banderas. No hay debate interno, y solo surgen las ansias de capitanear el grupúsculo, atraído por las opciones que presenta la terrible vulgaridad, la falta de cultura, información veraz y perspectiva del pueblo llano.

Así que, a pesar de las manifestaciones de unidad de todos cuantos aspiran, al menor descuido, a convertirse en cabeza de lista de facción, pertrechado tras los salarios con los que nuestra democracia en peligro compensa a los llamados representantes del pueblo, no veo sino ambiciones personales en la gran mayoría de los que han hecho de la política su cómoda profesión.

No me conmueven, salvo para alimentar mi ironía, las más bien ridículas, representaciones de afecto, con abrazos y besos que se prodigan, vengan de la izquierda del mapa como de la derecha, cada vez que se cruzan en público. Y estoy convencido, en lo que me importa algo más, que los caminos de la izquierda, en este momento, se han convertido en múltiples laberintos.

Me resulta imposible entender cuál es el argumentario que dirige la cabeza de los que se expresan como portavoces, tanto de los nominados como de los improvisados, en los partidos de izquierda.

No tengo dificultad en interpretar las señales del actual gobierno, ni tampoco en entender las cuestiones que rigen el catecismo formal de todos cuantos confían que dirigir lo público en un país es cuestión de gestión y no de ideología.

Pero…¿en qué se ha convertido el ideario de la izquierda? ¿Quiere evolución o revolución? ¿Orden o caos? En España, tras la dictadura, algunos hemos vivido con ilusión la posibilidad de una alternancia entre partidos de derecha e izquierda. Parecía una excelente forma para avanzar que los gobiernos progresistas dieran dos pasos hacia adelante y que el paso para atrás (si se produjera) de un gobierno más conservador ayudaría a consolidar lo alcanzado.

El fracaso del ideal socialdemócrata, en España como en Europa, tiene mucho que ver con la obsesión de los dirigentes de los partidos tradicionalmente llamados a la alternancia, por criticar al gobierno, sin proponer alternativa. Ignorando que esa moderación en el gobierno, la preocupación por sostener el estado del bienestar amenazado de grave deterioro por la crisis económica, es hija de la socialdemocracia, esto es, del posibilismo, del pragmatismo.

Porque la “socialdemocracia” se convirtió en la posición práctica de aquellos que, desde la sensibilidad acerca de cuanto debe mejorarse distribuyendo los beneficios del progreso común entre los que menos tienen, están dispuestos a aprovechar todas las ocasiones para tirar de la cuerda desde el lado de los necesitados. Sin romperla.

Puede que si tuvieran menos años y , sobre todo, menos experiencia, de en qué se convierten los vocingleros cuando se les presenta la oportunidad de sacar tajada,  me atraería a participar en un movimiento de revisión de los anquilosamientos que la falta de ideas ha traído a la vida política. Pero no cuenten conmigo para chillar que hay que cambiarlo todo sin aportar la menor idea de cómo respetar las armazón del edificio común. Ni tampoco, para poner mi careto detrás de los que chillan.

Claro que, ni yo me he postulado, ni me han llamado, así que no me amenazan remordimientos de conciencia.

La Tesorería de la Seguridad Social en su laberinto

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Tengo mi teoría acerca de porqué España, a pesar de contar con millones de gentes voluntariosas e imaginativas, es un país colectivamente ineficiente. No voy a comparar, en esta ocasión, con lo que sucede en otros sitios, porque no hace falta salir al campo para reconocer lo que debe mejorarse.

La razón fundamental, en mi opinión, de tantas horas, esfuerzos y capacidades perdidas, es que muchos de los que han llegado a los lugares en donde se deben tomar las decisiones, son incompetentes. No saben, no aprenden, no les importa. La selección natural no opera en demasiados estamentos, y prima la selección artificial, con los resultados que cabría esperar. Hay bolsas ejemplares de eficiencia, pero no son contagiosas.

La falta de idoneidad de muchas cúpulas -incluyo, por supuesto, también a las empresas privadas- no es la única causa. Las dos siguientes, en mi escala particular de dónde se origina la ineficiencia-, son:

a) la incapacidad para definir unas reglas de actuación, y seguirlas, en prácticamente todos los órdenes de la vida social y empresarial. Todos quieren opinar, antes que escuchar y no preocupa el tener algo qué decir, sino ocupar espacio. Constantemente se discute lo hecho por otros, se incumple lo pactado, se regula mal y, sobre todo, ni siquiera existen normas, y cuando las hay (de empresa, de departamento de la Administración pública, de asociación, de agrupación de cualquier género que pretenda reflejar una guía de actuación) se desprecian sistemáticamente, sin que se aplique al infractor sanción alguna (las normas de Tráfico son, quizá, la excepción, por su decidido propósito recaudatorio: en este caso se inventan niveles irrelevantes como infracción para poder imponer una multa al detectado)

b) más recientemente, con la aparición generalizada de la devoción a las nuevas tecnologías, y la ignorancia general acerca de cómo funcionan esas cosas, se han incorporado a la ceremonia de la confusión cientos o miles de jóvenes, pertrechados con su conocimiento de algún metalenguaje informático, pero que, lamentablemente, no tienen mucha idea de para qué servirán los códigos y programas que generan con su sabiduría. Estamos en un mundo tecnológico, sí, pero poblado de zombis.

La combinación de no saber lo qué se quiere y la ejecución de esa ignorancia por un equipo informático que no sabe para qué debe servir la generación de ventanas escritas en lenguajes crípticos, instrucciones, subprogramas ejecutables,  árboles decisionales que asemejan escalas de Jacob, etc. produce monstruos.

Uno de ellos, y muy relevante, por lo que significa, es la web de la tesorería de la Seguridad Social, y su colección de arabescos imaginativos. No está hecha para ser usada, es decir, para pagar cotizaciones. Está hecha para desanimar al más pintado.

Y lo que es peor es que -y ruego que no se impute esta ocurrencia a una persona concreta, sino a la pesantez del sistema en sí mismo- cuando se expone, ante el enésimo funcionario al que se ha acudido para exponer que lo que se desea es “que se me indique cómo pagar sin recargo la cuota correspondiente a un único trabajador a tiempo parcial de una Comunidad de Propietarios de solo cinco viviendas, teniendo los certificados digitales correspondientes”, reciba por enésima menos uno respuesta, “no puedo ayudarle. Es que mi ordenador no tiene el mismo programa informático que descargan los usuarios, y no sé cómo funciona el suyo”.

Jóvenes, tenéis mucho trabajo por delante para ordenar este país, y debéis empezar por una labor aparentemente sencilla: simplificando trámites, eliminando incompetentes, generando normas que sean útiles y sencillas de cumplir, no laberintos en donde se pierden los ánimos particulares, y los dineros de todos.


Los picopicapinos (picatueros les decimos en Asturias) avisan de su presencia con un peculiar chillido, una especie de graznido, destinado, supongo, a advertir a otras aves que están ahí, y que están dispuestos a defender su territorio, aunque también lo lanzan cuando están asustados. Si bien su población es numerosa, no es muy común verlos por la ciudad, y menos, cerca de las viviendas, porque son desconfiados y, por tanto, huidizos.

Este, ya no tan joven -como lo demuestra lo extenso de la coloración roja de su zona anal-,  pájaro carpintero (dendropocos major) ha descubierto una cajita preparada para servir alimento complementario a otras aves, y, despreciando la opción para la que ha sido dotado genéticamente por la madre naturaleza, en lugar de horadar la corteza de viejos árboles y troncos, para poner al descubierto larvas y adultos de insectos litófagos, la ha tomado con la caja.

Más o menos siempre a la misma hora, acude a darle picotazos, ahuyentando a cualquier otra ave que ose acercarse mientras él perfora, ya que no duda en utilizar contra él, también, su robusto pico. Se ha convertido en el señor de los gorriones, carboneros, herrerillos, currucas, colirrojos, papamoscas, etc., que compiten, en ordenada secuencia,  por su dosis de sobrealimentación a diario.

Lo más curioso es que el carpintero no come de la caja, sino la caja. Hace ya días que no lo veo por el lugar. Como huella de su obstinada presencia, ha dejado una sarta de agujeros.

Tiempo de exposición

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga “la” solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.

 

La mano tendida del PSOE, en sus justos términos

He bajado de internet el “PROGRAMA PARA UN GOBIERNO PROGRESISTA Y REFORMISTA. PROPUESTA DEL PSOE”, fechado el 8 de febrero de 2016, con el que el presidenciable Pedro Sánchez trata de seducir a los partidos con los que debería pactar para poder ser investido Presidente. No va dirigido al PP, ya que desde las primeras páginas resulta claro que no cuenta con este partido, puesto que “la mayoría abrumadora de los ciudadanos ha dejado claro que (…) ha pasado el tiempo del Partido Popular” (sic) y “desde posiciones diferentes han coincidido en su deseo de no encomendar al PP la dirección de la vida colectiva en esta nueva legislativa.”

Podría escribir, a continuación, que me leí el Programa. Consciente de que no interesa a nadie mi opinión, ya que no estoy en la negociación -como tampoco lo está el lector que pudiera leerme-, me guardo la misma, aunque no sin decir que me parece inabordable. Y no porque me parezca mal -ya se sabe que el papel lo aguanta todo, y con mayor entidad desorientadora aún, internet-, y aún menos porque reniegue de mi devoción estructural por el socialismo democrático posibilista, sino porque le falta algo fundamental a un Programa de Gobierno: no existe la menor indicación acerca de los costes del mismo.

Si aparecen cifras en el Programa (pocas), son escasas. Sirven para anunciar medidas con las que “mejorar la cualificación” a 700.000 parados, mismo número que los que han abandonado los estudios (¿cifra mágica?) “sin titulación ESO y, por eso no trabajan”(!); la promesa de aumento de empleo público en 5.000 personas -¿para hacer qué?-; el “límite de pago en efectivo a 1.000 euros” y…poco más.

¿Más deuda, más impuestos, reclasificación de partidas presupuestarias, confianza en una recuperación milagrosa? Ignoro el tipo de santoral que maneja Sánchez y sus mentores y, en realidad, tampoco me importa. Lo urgente es que se empiecen a tomar medidas concretas y que estas surtan efecto, en la dirección en la que la mayoría ciudadana, lo haya explicitado o no al votar en las urnas el 20 D, desearía como objetivo principal al Programa: la disminución del paro y la generación de más actividad.

Por eso, para no caer en la trampa de un análisis crítico, he recurrido a lo más simple: copiar en formato Word el Programa y, con la ayuda del Buscador de términos, detectar el número de veces que se hace referencia a una raíz o palabra concreta. Después de todo, si en un escrito de 53 páginas con intenciones programáticas hay vocablos o expresiones que se repiten más que otras, tenemos ahí un reflejo de la intención subyacente, del esquema subliminal con el que se ha construido la propuesta y, naturalmente, de aquello que más preocupa al futurible partido de Gobierno.

Estos son mis resultados, que expongo, al mismo tiempo que invito al lector interesado (y, tal vez, desocupado) a que haga más exploraciones por su cuenta (indico, después de la palabra o raíz, el número de veces que se encuentra en el texto):

Administ 51; Amb 11; Audit 6; Autonom 10; beca 3; Bruselas 4; Cargo 17 (sobre todo, “cargo público”); Ciudadanos 25; Consumo 21; Control 22; Coste 8; Creación 20;  Crisis 11; Cultur 23; deb 71 (“deber”1 (de colaborar); Defensa 19; Derecho 58; Desahu 3; Difer 8; Economía 15 (“economía sumergida”, 4); Educa 17; Elector 17; Empleo 49; Empresa 65; Equilibrio 4;Equival 3;Europ 41; Gasto 16;Hombres y mujeres 9; mujeres 21; jóve 6; mayor 4; pension 7; Enseñ 0; Formación (31, “información 13); Iguald 33; Impuest 11; Incompat 5; Indust 6; ingr 16; Interés 19;  Investig 11; Justicia 5;Ley 94 (“Decreto-Ley” 4); Mayor 39; Minor 4; Minería 0; Modelo 14; Mund 4; Nuevo 54; Obligac 11;Paro 5; Partido Popular 3;Partido socialista 2;paternidad, 3;Patrimon 11; Precio 7; Préstamo 4;Presup 31;Programa 24;Poder 6 (“poder adquisitivo” 1, “poder judicial” 2); Proyecto 19;Recup 29; Reform 100; Relig 4;Responsab 13; Salar 15;sani 11; Sindic 3;Tecno 11;Terr 4; Trabajo 66; Universidad 7; Violencia de genero, 19; Vivienda 9.

De esta relación, que he transcrito por orden alfabético, se pueden deducir, sin duda, algunas conclusiones muy básicas:

  1. El enfoque mediático del Programa. El mayor énfasis sobre algunos términos pone de manifiesto que se ha concedido especial atención a temas de actualidad. Es el caso de la expresión “violencia de género”, cuestión a la que no niego importancia, pero no me parece que merezca tanta relevancia en un Programa de puntos básicos. A parecido nivel sitúo la raíz “incompat”, que refleja la preocupación -más política que otra cosa- por el ejercicio de la función de representante del pueblo y gestor de asuntos privados. Es más grave la escasa formación (vital y profesional) con la que muchos llegan a la política, lo que traslada a futuro la cuestión de qué harán cuando dejen de representarnos. La raíz “desahu”(cio), con 3 citas es una referencia más a lo inmediato. Tampoco se entiende bien que “Defensa” tenga 19 nominaciones (un guiño al general Rodríguez y a Podemos?). Bien está que se apoye la Cultura, pero citarla 23 veces, ¿no es un poco excesivo, en relación con otros términos?
  2. La enunciación de problemas graves sin profundizar en su solución. El tema de la reactivación, que implica la motivación y movilización de todos los agentes económicos -y no solo los demandantes de empleo- queda abierto. Hay 29 citas a la “Recup(eración”, 5, al Paro, y 15 a Economía,… pero solo 6 a Indust(ria), ninguna a Minería, se abomina explícitamente del Fracking, y se anuncia el cierre de las centrales nucleares a los 40 años de vida; etc. En general, como es habitual, por desgracia, en los Programas políticos al uso (de ingenuos iletrados), se menosprecia la técnica, la industria, y la referencia a las tecnologías es tímida, equívoca o falta de un elemento sustancial: decidir quién va a pagar por los programas, y tanto más cuanto más ambiciosos : (¿”materiales avanzados”? ¿”nuevo modelo de gobernanza”? ¿”creación de 200.000 nuevos puestos de trabajo” en la rehabilitación urbana? ¿”nuevo modelo de crecimiento”? ¿”nuevos competidores”? ¿De qué manual de buenas voluntades se han extraído a la carrera esos términos?)
  3. Se pone énfasis en el deseo de reforma, eso sí. 100 citas al vocablo la convierten en una de las palabras claves del Programa (24 veces citado) y se prevé una importancia legiferancia: 94 veces se utiliza la palabra Ley. La Justicia no preocupa tanto, en apariencia (5 nominaciones) y el “poder judicial” solo se cita dos veces. La sanidad sube 11 escaños, lo que no alcanza, por ejemplo, a la bio(logía), que no tiene sitio.
  4. El entorno internacional tiene una presencia limitada en el Programa. 41 citas a Europa y 4 a Bruselas, y 4 al mundo mundial (una, a EEUU, para referirse a él como modelo puntual de una de las medidas propuestas), las mismas veces que se refiere al “terrorismo” (2 veces con la categoría de “internacional”).
  5. Hay mucho más interés en resaltar los “derechos” -58 referencias- que los “deb(eres)” -1 sola vez, el “deber de colaborar”-, en tanto que la raíz “deb”, aplicada a “deberán” -de forma genérica- es hiperutilizada 71 veces. Los ing(resos) y los gast(os), quedan compensados a 16 puntos. La “formación” es una preocupación persistente, aunque no se traduce en “enseñanza” y no demasiado en “Universidad” (7), para lo que la necesitaríamos cambiar, ya que es, a un tiempo, generadora de paro juvenil distinguido y necesaria potenciadora de la creatividad aplicada. Y, aunque se hace una cita al “ingenio”, ninguna a los “ingenieros”, aunque la “tecno”(logía) está mejor representada (11 veces; 1, con la palabra con connotaciones casi mágicas, de “biotecnología”).

Así podría seguir haciendo análisis transversal, pero me entra sueño. Así que, termino aquí, deseando suerte a quienes están negociando, sea lo que fuere. La necesitamos todos…

La voz del pueblo

En el concepto resbaladizo y sinuoso de democracia, hay un componente bastante perverso que aparece cuando se consulta al pueblo -es decir, a la generalidad que se supone resultará afectada por la decisión que se tome- qué es lo que opina sobre una cuestión concreta.

Claro está que, como no se va a entregar al personal al que se interroga un cuestionario completo con las diferentes opciones, ni mucho menos, se va a facilitar a cada individuo la posibilidad de expresar matices, condiciones o añadidos en unas hojas supletorias, la cuestión queda reducida a que diga sí, no, o nada (paleta en blanco o quedarse en casa) o  a que se deje convencer por la labia, el careto o el programa de quienes han decidido dedicarse, de por vida, o por una temporada, a manejar los dineros públicos.

En particular, si se trata de un asunto tan complejo (aunque no necesariamente el más delicado) como designar representantes de la población por una temporada larga, incluida la opción de que entre ellos nombren un Presidente de Gobierno que ordene los asuntos de la caja común, no dejará de sorprender al votante juicioso e independiente, la cantidad de opciones a las que entregar su voto.

El dicho popular indica que “si llueve como si hace calor, el culpable es el alcalde”. (1) Con mayor razón, si la economía va mal o regular, el culpable es el partido de Gobierno, y, en este caso, además, en España hemos tenido la fortuna de que el Jefe de Gobierno es un señor bastante mayor y al que, perdóneseme la osadía, no parece haberle dado natura el don de la labia jacarandosa.

Como tocaba convocar elecciones generales, el momento parecía oportuno para lograr una alternancia, que diese nuevos aires -no ventarrón- al paquebote en donde viajamos todos los españoles. Me gustaría haber subrayado “todos”, pero ahí lo dejo, porque no hay que menospreciar la sagacidad del lector.

Dicen que el pueblo, pues, habló. Y lo hizo con claridad tan sutil que no hay analista que se aclare, por más que se estrujen las meninges, se tracen líneas rojas o verdes por los portavoces de los partidos y se barajen al tuntún o de buena fe las combinaciones para formar gobierno, pues existen cuatro agrupaciones -de los cientos que se postularon- que andan más o menos igualadas y que, si se combinan dos a dos, no alcanzan mayoría simple para nombrar quien lo presida.

¿Tenemos un país ingobernable? En absoluto. Aunque la Historia tenga ejemplos de Estados que se fueron al garete por la ambición, insidia o dejación de sus mandatarios, no es ese el riesgo que corremos. Lo que nos ha pasado es que las opciones de los cuatro partidos que han salido como minivencedores de esta contienda electoral tienen cosas buenas y malas, según cómo se mire, pero ninguno ha conseguido seducir de manera convincente a algo más de la mitad de los votantes.

Porque, de eso se trata, cuando se pide al pueblo que elija: de elegir entre dos opciones, carne o pescado; de postre: arroz con leche o café solo. Y que una de ellas obtenga la mayoría -aunque sea por un pelo, o incluso, que lo sea de esa mínima manera-.

El país estaba ya adquiriendo la costumbre de escoger entre Derecha liberal o Socialdemocracia, que a mí me sigue pareciendo de lo más saludable. Aparecieron más opciones, de las que dos resultaron destacadas: Podemos (bajo el lema subterráneo de Cambiarlo todo de momento y Luego ya se verá) y Ciudadanos (con su eslogan de Somos capaces y sensatos y, además, separaremos la caja común de la propia).

Todas tienen su puntito, sobre el papel. Pero, como la inmensa mayoría no leerá papeles, el asunto de decidir se trasladó a los caretos y a la labia, con el resultado conocido. Lamentablemente, el Menú no permite combinar tantas opciones y, aunque las encarguemos a la mesa, lo que tendríamos garantizado es un empacho colectivo.

Por tanto, es preferible que no se alcancen acuerdos en esta ronda. Que se vuelvan a sus rediles, mediten los muñidores de cocina que les falta a cada una de las opciones para alcanzar la mayoría, y que se presenten con nuevos platos a la mesa. Porque si han de ir modificando las enjundias, las salsas y el porqué cuando estamos sentados, con el hambre que tenemos, presumo que no habrá Hoja de reclamaciones a la que dirigirnos con solvencia.

(1) Circulan múltiples variantes de esta imputación gratuita. Me gusta especialmente, ésta, en bable occidental: “Cuando llueve y fai aire, tola culpa tienla l’alcalde; cuando llueve y fai sol, tola culpa tienla el rexidor”.

 

La conjura de los sensatos

No descartemos que, parodiando a Groucho Marx (1), y ante lo que trasciende de las, sin duda, complejas negociaciones para formar/no formar Gobierno después de los resultados electorales del 20-D, en las que están ocupados tanto representantes políticos como, sobre todo, tertulianos y comentaristas mediáticos, un número no despreciable de ciudadanos se convenza de que “nunca ha de votarse a un partido político que muestre su programa antes de las elecciones”.

A medida que nos vamos enterando de que hay líneas rojas que, según el líder negociador, no pueden traspasarse por “mandato electoral”, no cabe sino convencerse de que nos aproximamos, paso a paso, esto es, cumpliendo los plazos y los eventos previstos constitucionalmente, a unas elecciones anticipadas.

Ni el PSOE habrá de pactar con Podemos (o viceversa) un Gobierno conjunto, porque la verdadera línea roja que no pueden traspasar sus dirigentes es aquella que produciría la confusión definitiva sobre los propósitos de hacerse con el electorado de izquierdas, y dejar a la otra formación como testimonial.

Ni el PP habrá de pactar con el PSOE (o viceversa) un Gobierno conjunto -al que, por supuesto, se adheriría con fruición, Ciudadanos-, porque la línea roja que tiene trazado el partido socialdemócrata es, justamente, ésta, conscientes sus dirigentes que perderían para siempre una parte de su electorado, que se desviaría, ya en oleada imparable, hacia Ciudadanos o Podemos, según su calentura emocional.

El ex Honorable Mas utilizó un artificio especial, cuya validez circunscribo solamente a la multifacética Catalunya -puesto que su utilización, comprando votos de la representación de contrario, que utilizó el PP de Madrid para robar la cartera al PSOE en las elecciones de 2003, ha quedado sancionada como execrable transfuguismo-, que supondría “corregir lo que las urnas no dieron” (2) , pactando que algunos parlamentarios electos cambien el mandato de las urnas por cualquier conveniencia extra-electoral.

En este contexto de permanente confusión, mientras la economía del país se deteriora a ojos vistas, y la incertidumbre añade sacos de arena sobre la imprescindible recuperación de actividades que nos pueda garantizar un futuro presentable, sigo creyendo que, en lugar de trazar líneas rojas que acabarán convirtiendo el tablero de negociación en un problema de contorno sin solución socio-matemática alguna, lo que agradeceríamos los votantes pasados y los que estarán llamados a votar en mayo (que incorporarán algunos cuantos jóvenes más y serán reducidos, principalmente, en unos cuantos ancianos menos) es que se nos fuera indicando si los programas electorales van a ofrecer alguna novedad.

Porque soy escéptico -por mi experiencia en la Universidad del tardofranquismo- respecto a la eficacia de organizar asambleas y debates multitudinarios, que provocarían discusiones inacabables respecto a los métodos adecuados para decidir lo que convendría hacer sin llegar a conclusión válida alguna. Es momento de sacrificar lo que apetecería hacer en beneficio de lo que sería posible, y de concentrarse en lo imprescindible en lugar de desparramarse en lo que podría parecer conveniente pero para lo que no se dispone de recursos suficientes.

En lugar de tanto repetir que “hay que escuchar al pueblo” o que “la mayoría opina que”  (ya habló el pueblo, y su mensaje es que no lo tiene claro, que está dividido entre ofertas que no le convencen del todo), va siendo hora de que los sensatos se conjuren y, aunando sus propuestas, pongan a los políticos a trabajar en lo que importa, marcando las prioridades generales y no las de liderazgos o partidos. (3)

Como ejemplo de lo que puede aplazarse, me refiero a las propuestas de modificar  la Constitución, y más concretamente, a la obstinada concentración, por varias vías, en la reforma del Título VIII (ése que sirve de referencia para el reparto competencial entre el Estado central y las autonomías, y cuya aplicación desorbitada ha dejado prácticamente sin competencias al primero, convertido en un pollo sin cabeza).

¡Si lo que habría que plantearse es la recuperación de cometidos y responsabilidades por parte de la centralidad del Estado, arrebatados -que no cedidos- por unos Parlamentos autonómicos que, por ánimo de emulación, ignorancia o afán protagonista de sus diputados, se han cargado, en la mayoría de los casos, con competencias que no pueden desarrollar adecuadamente!

Si existiera esa agrupación de sensatos -independientes, pero no sin ideas propias-, podríamos encontrar un camino entre los entregados sin fisuras al liberalismo económico y los fieles a la dictadura de los comités asamblearios, entre los inmolados a la libertad de cátedra y la crítica sistemática, entre los que se creen infalibles y los que dudan permanentemente,  entre los que aconsejan a los demás sobre lo que no harán jamás y los que se ciegan sin atender a ningún consejo…En fin, entre los que creen saber a donde hay que ir por ciencia infusa o análisis exotéricos y los que no tienen más referencia que los libros o se guían por lo que hicieron otros y les funcionó bien o les llevó al fracaso.

(1) Sé que no hace falta recordar la cita, pero para el caso de que este Comentario sea seguido por un lector ultramontano, me refiero a la frase: “Nunca pertenecería a un club que me admitiera como socio”.

(2) En vernácula: “Allò que les urnes no ens va donar directament s’ha corregit mitjançant la negociació”.

(3) ¿Cómo no hacer un guiño al inolvidable libro de John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”?

El joven imprudente y el taxista tozudo

Entre los curiosos sucesos de la vorágine de final de año, me llamó la atención especialmente el grave accidente sufrido por un joven que tuvo la ocurrencia de encaramarse al techo de un taxi, y que, habiendo sido invitado por el conductor a bajarse, se empecinó en mantenerse en esa peligrosa plataforma, con el obvio resultado de que, cuando el taxista puso el vehículo en marcha, al doblar una esquina, salió despedido y se rompió la cabeza contra la acera.

La historia, siendo real, me parece aplicable también como metáfora a la actual situación de la política española, y en los frentes tanto general, como local. Si, salvando el que el asunto verídico está aún bajo investigación judicial, se me permite suponer que ambos -jovenzuelo y guía- no estaban en perfecto uso de sus facultades mentales, encuentro similitudes en el comportamiento de los que se presumen líderes de opinión -conductores del vehículo colectivo-, empeñados en ponerse en marcha sin haber elegido el destino, y la sociedad danzante sobre el capó, inconsciente de que la sensatez aconseja bajarse del carro y discutir a dónde se quiere ir, y cuál será el precio de la carrera.

Si estuviéramos hablando de cocina, diría, siguiendo con el gusto por las metáforas, que estamos en un momento en que se cargan tintas para que llamar la atención sobre lo que se guisa antes de probarlo, poniendo nombre rimbombante al menú y sirviéndolo con pinzas y lente de aumento en plato grande.

Pero lo que se está cocinando hoy en nuestra sociedad, y específicamente en la española, tiene un sabor amargo, porque a los ingredientes de carne y de pescado que vienen frescos de la plaza común, se le están aportando al buen tuntún, por aprendices de brujo e infiltrados en cocina, estas delicadas especies: improvisación, dejación, desprecio e ignorancia.

Tengo para mí que hay una parte nada despreciable de la población española en edad de discernir que no saben lo que quieren aunque están muy dispuestos a admitir lo que no quieren.  Faltándoles conocimiento, tiempo o ganas, se incorporan, por gracia, devoción, omisión o simple inercia, al ideario elemental difundido por monologuistas más adecuados para el Club de la Comedia que para tomar las riendas del carro colectivo.

Resultado: entre quienes se han esforzado en presentarse con su lado más seductor, con las  entradillas más graciosas y los estirados de piel propia y despellejamiento de contrario más logrados, el público asistente ha seleccionado los cuatro o seis actores que merecerían pasar a la siguiente fase del concurso.

Solo que no estamos en un concurso, sino que nos jugamos el futuro.

En uno de los grupos vocingleros, están los que aseguran que lo que necesitamos para curarnos del mal que tenemos -antes incluso de diagnosticar su naturaleza- es una nueva República, que sería, por tanto, la tercera; pero, en lugar de echar mano a los conceptos, se prefiere echar mano a los símbolos, colando en cada oportunidad la bandera tricolor (que es enseña prestada), el menosprecio a la Constitución o el gusto por las algaradas (de las que la procesión en Valencia de tres señoras y su séquito de fantasías, en época de cabalgatas de Reyes Magos, representando a la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad, ataviadas con disfraces que apuntaban a su identificación con animadoras de salones para un western, es la última ocurrencia).

Están también, en otro grupo, los que gritan que se vive mejor de forma insolidaria; no es éste, principio de acción nuevo, ni ha germinado solo entre ciertos catalanes. Lo cultivan también serenísimos ingleses y franceses, no pocos montaraces norteamericanos, muchos intuitivos israelíes, turcos, sudaneses, marroquíes,…Vamos, que se estila en todos y cada uno de los rincones del globo, cercanos como lejanos, y se buscará siempre el amparo en la supuesta supremacía de una etnia, una religión, una intuición.

Para los que hemos sido educados en la religión católica (y hemos evolucionado, serenamente, hacia el agnosticismo), crecido en el seno de una dictadura (y sabemos, por tanto, lo que implica vivir en democracia), conocemos, por la teoría como por la práctica, la libertad de mercado (y hemos comprendido sus limitaciones); para quienes creímos en la igualdad de oportunidades (y hemos visto cómo se la transformaba en una fórmula para proteger clanes y determinados intereses), en la fortaleza conseguida desde el respeto a los demás (y lamentamos cada muestra de su incumplimiento, porque nos debilita), en la importancia de las ideas y del intercambio de opiniones para encontrar las mejores con las que avanzar (y asistimos, rebeldes, a la imposición de criterios, al aturdimiento que se pretende provocar desde el griterío, a la trampa fácil de la ocultación de evidencias), …para todos aquellos que, dudando acerca de la forma preferible, y, por tanto, sin concederle la importancia decisiva, hemos consolidado un núcleo corto de razones al que adscribirnos sin reservas, … todas esas posturas de coetáneos que defienden las formas y no presentan sus fondos y las concretas maneras de avanzar, nos parecen añagazas.

Porque sí, hay que progresar, y rápido, hacia la mayor igualdad (que no es uniformidad, sino estímulo para diferenciar para conseguir el óptimo colectivo), hacia la mayor libertad (que, claro que no es libertinaje, sino respeto a la frontera de la intimidad del otro), hacia una coherente fraternidad (que no es contubernio de amiguismos, sino sensibilidad social para reconocer los méritos y las necesidades de los demás), y la forma de conseguirlo de manera eficiente es muy dura: abandonando muchos de los propios intereses, siendo espléndido para compensar las desventajas con las que parten los demás.

Se ha avanzado mucho, en España, por múltiples razones, en muy buenas direcciones. Sin embargo, el edificio en el que se acumulan los logros, presenta grietas evidentes (y otras, más ocultas). Lo sensato sería estudiar por qué, y analizar cómo incrementar los unos y apuntalar o corregir las otras.

No hay que improvisar, ni pretender ser los primeros de la clase, desconociendo que el ritmo lo están marcando otros y que una carrera de resistencia no se gana por ir en cabeza los primeros metros. Tampoco se debe destruir lo que se tiene, si funciona bien o no molesta para el viaje.

Algunos quieren convencernos de que la fórmula salvífica es apelar a la tradición -recogiendo del arcón del pasado unos unos ritos y pretendiendo ridiculizar, de paso, otros-, son traiciones, invasiones en el terreno de las creencias y derechos de otros. No hay que ver como inocuas ni inocentes esas intromisiones: si se hace mofa de una religión, una postura política, una etnia, se está pretendiendo marginar a los que la practican, la defienden o pertenecen a ella; si se denuncia que otros nos están robando bienestar, y se oculta el latrocinio de quienes tuvieron al lado, se está sirviendo de cómplice y no de guía.

Mi sugerencia, pues, es apearse del vehículo sin perderlo de vista, invitar a los que conducen o quieran conducir a que también lo hagan y, ya serenos todos y decidido a dónde queremos ir y lo que cuesta, volvamos a montarnos.

 

En defensa del inconformismo

El 24 de septiembre de 2015, yo no había leído aún el libro (“Una vindicación de la acción política”, Felipe Gómez-Pallete Rivas, Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas, 2015). El autor estaba a punto de presentarlo, a amigos y colegas de la ingeniería, en el recoleto Salón de Actos de la Fundación Gómez Pardo.  Yo tenía, justamente ese día y con hora de comienzo quince minutos antes, otra reunión en la misma sede, a la que no debía faltar, y me excusé por no poder asistir a la suya, derramando algunos elogios de cortesía. Incluso aventuré a Gómez-Pallete que estaba seguro de que tendríamos muchos puntos de coincidencia.

Felipe dejó depositado un ejemplar para que se me entregara -aunque no me lo dedicó, ni hemos tenido ocasión de hablar sobre su contenido desde entonces-. Por distintas razones, no pude recogerlo hasta hace tres días, y, con la curiosidad imaginable, cuando lo tuve en las manos, incluso desde el trayecto en metro hasta casa, empecé a hojearlo y, ya en ella, terminada la jornada laboral, lo convertí en libro de cabecera y lo leí aquella misma noche del tirón.

Tengo que reconocer, en primer lugar, que el título me resultaba equívoco, y, en efecto, guía la imaginación hacia un sitio inadecuado a lo que el autor pretende. Porque no es un manifiesto político, ni pretende transmitir carga ideológica. La vindicación -es decir, la defensa- de la “acción política” -es decir, la obligación ciudadana de intervenir, con las propias fuerzas, para mejorar la sociedad- (si asumo, bajo mi exclusiva responsabilidad, la interpretación que dada al término Hanna Ahrendt), no es el objetivo del libro.

Lo que Gómez-Pallete glosa es la importancia de introducir en la política, como fermento o catalizador de los esquemas tradicionales con los que se estructura la acción de los partidos políticos, una sistemática extraída del mundo empresarial, que les ayude a mejorar la calidad de su producto, y que entiende válida al margen de cualquier ideología. Su libro habla, por ello, de prioridades,  indicadores de calidad, selección de objetivos, cuantificación y control de avances y, sobre todo, ilustra sobre el método y manera de plantearse un trabajo en equipo,  para elegir metas de calidad (internas o externas), fijarse plazos y medio para lograrlas, y evaluar los resultados.

La exposición se aleja de la manera de presentación que nos resulta habitual en libritos de inspiración norteamericana -esos manuales de autoayuda omnipresentes en los que nos cuenta una anécdota o relato corto y de los que se extraen, haciendo del cuento un limón intelectual, decálogos de consecuencias y consejas prácticas. Por el contrario, “Una vindicación de la acción política” no se estructura con la pretensión de ofrecer un resultado acabado, redondo, sino como una propuesta de trabajo. Recuerda a unos apuntes del profesor escritos como apoyo extraescolar, destinados a servir de ampliación a un seminario sobre calidad y control que hubiera sido, en este caso,  encargado por el responsable de pre-campaña de un hipotético partido político.

Con voluntad enfocada hacia lo práctico se desarrolla en el libro, -desde lo conceptual hasta la elaboración de un prototipo-, un modelo base.  Se elige, para ello, la fórmula de exponer un ejemplo de apariencia sencilla y sin aristas ideológicas, y, combinando reflexiones y propuestas, se va avanzando con él en sesiones de trabajo simulado, en las que participan un patrocinador,  un asesor de la Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas y varios militantes elegidos del partido.

Si la existencia de una propuesta de acción ha de ser justificada para cubrir una necesidad, Felipe Gómez-Pallete aventura no una, sino varias carencias en la acción actual de los partidos, enumerándolas, aunque, fiel a su idea de resultar políticamente correcto, no pretende que se las atribuya a ningún partido concreto: falta de transparencia, debilidad de los liderazgos, fallos en la comunicación, errores en la transmisión de los objetivos, problemas de credibilidad, etc.

Una interesante aportación,  realizada con honestidad intelectual y evitando la petulancia o caer en una complejidad innecesaria, que enmascararía el mensaje. Está destinada a los que toman decisiones en política, es decir, a los dirigentes de los partidos políticos, de las asociaciones y fundaciones relacionadas con la vida en común. Gentes que, como sabemos, provienen en su mayoría del mundo universitario del derecho, de la economía o de la sociología y que no tienen experiencia práctica de la empresa, que no se han planteado fijarse o cumplir objetivos parciales, distintos de ganar unas elecciones o mejorar resultados electorales, a partir de un ideario no pocas veces, difuso.

Lo que ya no estoy tan seguro es de que, quienes lean el libro desde esas posiciones, deseen avanzar algo más que contentarse con su sola lectura, acudiendo humildes a los miembros cualificados de la Asociación para que se conviertan en tutores y mentores de la aplicación del método a sus propias corporaciones.

No se. Eso, de momento, se mantiene como secreto profesional de Gómez-Pallete, Sampedro Blanco, González Quirós y el resto del equipo que, como instigadores, nutricionistas intelectuales, proponentes metodológicos, asesores experimentados y jubilados de élite, conforman el núcleo duro de la Asociación por la Calidad y la Cultura Democráticas.

Y, para mi propio coleto, me pregunto si, además de controles de calidad internos, los partidos españoles no están necesitados de revisar y calificar sus objetivos generales, sus principios de actuación, y hasta sus catecismos y dogmas ideológicos…para orientar, con ese bagaje, sus propuestas concretas hacia lo que nos preocupa a todos los ciudadanos -militantes o no-: construir una sociedad más justa, más eficiente, más honesta, menos crispada, más sabia.

Exámenes

Estamos en época de exámenes. Para casi todo el mundo, aunque me voy a referir especialmente a aquellos que, atendiendo a esa bella categoría que caracteriza su situación de aprendices de ciencia y conocimientos, denominamos estudiantes.

Para este colectivo, fundamentalmente formado por niños y jóvenes, son momentos importantes, porque los exámenes son aquellas pruebas por las que sus educadores -los docentes- determinan si han alcanzado la suficiencia, es decir, han asimilado los conocimientos suficientes para ser aprobados de una materia.

Esa es la teoría. La práctica ha quedado de tal forma desdibujada que, seguramente consciente del despropósito en que esta sociedad se ha dejado guiar en todo lo que signifique calificar a otros, pocos están enterados de cómo se realiza en la actualidad esa evaluación, y a qué conduce. No pretendo explicarlo en detalle con este sucinto comentario, sino descorrer, desde mi información, algunos velos que ocultan la realidad de la situación y aportar, de paso, mis reflexiones al respecto.

Para empezar, debe el lector ignorante desechar la idea que seguramente pervive en su subconsciente, a partir de su propia experiencia pasada, de que existen exámenes de junio y, para los que han suspendido o no se han presentado a esa primera convocatoria del curso escolar, subsiste la posibilidad de volver a intentarlo en septiembre. Quiá. La mayor parte de las pruebas que se llevaban a cabo en junio, se harán en mayo; y los exámenes de septiembre, no serán tales, sino que los que no superen la prueba de mayo tendrán una segunda opción en junio. Ha leído bien: un mes después.

Es evidente que esta secuencia tan próxima de pruebas no está hecha en beneficio concreto de los alumnos, sino, sobre todo, de dejar un panorama vacacional hasta principios de octubre suficientemente expedito de pruebas académicas a los docentes. No me parece que un mes sea tiempo suficiente para preparar unos exámenes que no se ha conseguido superar -particularmente, si han quedado suspensas varias asignaturas- y, por tanto, el azar juega un papel importante en la posibilidad de que esa segunda prueba permita al alumno encontrarse con la oportunidad de que se le pida responder a alguna de las cuestiones que mejor tenía preparadas, y que no se le propusieron en el examen inmediatamente anterior.

Las opiniones de los docentes -universitarios tanto como de primera o segunda enseñanza- son coincidentes en que los alumnos están peor preparados cada año, tienen menos interés por aprender, y son más contestatarios que nunca ante la perspectiva de ser suspendidos. Por supuesto, los mejores de cada curso destacan mucho, demasiado, en relación con un pelotón cada vez más numeroso, no de torpes, sino de pasotas, de rebeldes en relación con el aprendizaje.

Esta dicotomía creciente entre los que aprecian el saber y los que, despreciándolo, se centran en demandar que se les conceda la superación de las pruebas apelando a la indulgencia del examinador, o, aún mejor, sin ser sometidos a prueba alguna, me lleva de la mano, a otra cuestión.

Me parecen fundamentales los exámenes y las reválidas. Son tanto más importantes, en tanto que la masificación de las aulas no permite diferenciar a los alumnos durante el curso. En cuanto a las reválidas, es decir, los exámenes que permiten apreciar la asimilación de conjunto -lo que antes se llamaba “madurez”- son esenciales para conocer si, después de los estudios, queda un poso duradero suficiente.

Participo con asiduidad en foros de opinión, escucho con atención la forma de expresarse de nuestros estudiantes -y también, ay, de muchos de sus profesores- y puedo constatar que estamos generando una subespecie de indocumentados: una parte nada despreciable de nuestros discentes saben poco, lo poco que saben lo saben muchas veces, mal, y lo que saben mal, creen que es la verdad absoluta.

Si nuestra sociedad quiere reflexionar seriamente acerca de lo que puede esperar del futuro, me parece imprescindible que consiga separar, y con rapidez, la paja del heno formativo. No valen igual todos los títulos, no se exige lo mismo en todos los centros docentes y no cuenta igual un aprobado conseguido con esfuerzo y asimilación personal que el logrado por cansancio, desesperación del examinador (o la necesidad de mejorar su ranking de aceptación para cobrar un plus de docencia). Habría que detectar en los currícula estudiantiles los “aprobados generales”, no poco frecuentes.

Me parece necesario que los programas educativos, en lo que respecta a la formación reglada, se realicen por el más amplio consenso. La dirección seguida es la contraria, con desmesurada e indescifrable proliferación de titulaciones, plagadas de imaginativas asignaturas a la medida del gusto de los docentes o de las arbitrarias políticas universitarias (por llamarlas de algún modo) de las Comunidades Autónomas y todo al amparo de un mal entendido derecho a la libertad de cátedra, que tenía otro propósito y no el de dejar con la rienda suelta al que define los programas.

El futuro de un país se construye en la enseñanza de sus jóvenes. Con rigor, con exigencia, con honestidad, con visión de lo que esta sociedad necesita para mejorar lo que tiene hoy y preparar sus opciones -las colectivas junto a las individuales- para acometer los retos venideros. No se está haciendo. Se está de espaldas a que la tecnología es exponencialmente más compleja a cada paso, la necesidad de adaptación a un entorno cambiante y en parte impredecible -pero sobre el que se puede y debe actuar- supone un tipo de enseñanza que se oriente a la resolución de problemas complejos y no a la idea feliz o a la memorización de materias que servirán para poco.

Es muy cómodo corregir exámenes tipo test, hacer pruebas escritas en lugar de orales, juzgar por una sola prueba sin conocer personalmente al alumno, y retirarse a la cueva profesoral lamentando que los alumnos sean cada vez más torpes. Demasiado cómodo. Para la sociedad que consiente este estado de cosas, la responsabilidad es terrible, porque se está propiciando profundizar en la dicotomía del que sabe para qué, y el que no sabe ni para qué, ni tiene ganas de saberlo algún día.

La madre de todas las ciencias

Sin ganas de abrir un nuevo debate sobre el tema, me apunto a la opción expresada por el maestro Alonso Quijano de que la experiencia es la madre de todas las ciencias.

Cierto que si el asunto hubiera surgido en una tertulia académica (de esas que ya no se estilan), hubiera defendido a la Filosofía, pero no está el horno para bollos ni florituras reposteras, sino para empanadas. Y no de las rellenas de bonito o carne guisada, sino de esas mentales que, a los que tenemos el alma señalada por los zurriagazos de la cruda realidad, nos hacen temer que el aprendizaje colectivo es imposible, y que, por mucho que se haya escrito, analizado o dicho,  la inmensa mayoría sigue siendo crédula, y se traga lo que sea, con tal de que se le adorne convenientemente.

Me parece que la corrupción, en particular, la de los que manejan dineros públicos, es inadmisible, pero la solución a ese problema, en el que ahora se ceban, como truchas al atardecer en tarde tormentosa de verano, todos los líderes políticos, es sencillo, pues basta adoptar este principio:  “pocas manos y muchos ojos”. Se lo oí decir a Sergio Fajardo, gobernador de Antioquia, en una magnífica entrevista que le hizo recientemente Jordi Evole.

Tengo escrito, además,  que no soy de los partidarios de que nos flagelemos con la obsesión de ser calificados como uno de los países más corruptos del mundo.  Con seguridad, no lo somos. En todas partes cuecen corrupciones.

Si en algo podemos aparentemente distinguirnos, separándonos especialmente de nuestros vecinos de porte inmaculado, es que nuestros corruptos han sido, por confiados, además de ladrones, torpes para ocultar mejor el resultado de sus fechorías. Los que los eligieron -culpa in eligendo-, merecen ser calificados de cómplices más que de engañados, y los que debían vigilarlos y no lo hicieron -culpa in vigilando-, por mucho que intenten escurrirse, no se salvan con menor sanción que la de ser designados como incompetentes, y, por tanto, inútiles para seguir en las labores de cuidar lo de todos.

Tema distinto y, desde luego, muy difícil, es analizar cómo salir de la crisis, y muy en especial, resolver la necesidad apremiante de crear empleo, generando nuevas actividades y empresas que tengan continuidad. Tampoco es menos importante, arbitrar nuevas formas de distribuir las plusvalías que se produzcan por el juicioso empleo de los recursos humanos, naturales y físicos.

Para mayor dificultad del cierre categorial, no se puede descuidar que, puesto que la situación es de emergencia, habrá que echar mano -justificada, transparente, gradual, ordenada y procurando evitar medidas confiscatorias- al patrimonio de los que más acumulan, sobre todo, al ocioso.

Me produce, por ello,  gran alarma personal  que las argumentaciones, claramente improvisadas en lo económico y con nulo apoyo tecnológico, de los sabiondos chicos de Podemos (aunque no ignoro que detrás también se incorporan algunos canos), magníficamente adobadas con palabras duras como puños, ajustadas al guión,  contra los partidos mayoritarios, no sean contrastadas por interlocutores que, puestos enfrente, además de alardear de parecida labia, sean capaces de aportar ideas viables sobre cómo mejorar la realidad, y no entren en el juego de buscar solo la descalificación desde la ética.

La ética, como el valor a los militares, se supone a los políticos. Y, si se descubre que a alguno le falta, se le hace consejo de guerra deontológico y se le manda al paredón del escarnio.

Claro que es necesario, como catarsis, meter  a unos cuantos de los corruptos en la cárcel. Pero me temo que si nos proponemos meter en jaulas a todos los que tengan manchadas las manos de esa mierda, no vamos a tener plazas suficientes.

Contentémonos, pues, con amedrentar para siempre a los que lo hayan sido y, sobre todo, dejemos el terreno marcado con advertencias de peligro a todos los que se hubieran propuesto serlo. Implantemos  un sistema estricto de control del gasto público -atentos a porcentajes, comisiones, revisiones de contratos, etc. pero no ignoremos que donde más se ha perdido es en adjudicaciones de obras inútiles-.

Pongamos ya el foco en lo que más interesa al futuro: crear empleo.

Cuando me entero con sorpresa de los beneficios de las grandes empresas, crecientes en épocas de crisis; cuando observo que el lujo y la ostentación con la que viven algunos no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado; cuando veo que la investigación, la enseñanza, la Universidad, la sanidad y todo aquello que sustenta nuestro estado de bienestar, sigue confiado al buen hacer de unos cuantos, capaces de abstraerse del fragor de incompetencia que les rodea, … echo de menos que salgan a la palestra, exponiendo sus ideas, no a jóvenes politólogos, no a economistas o historiadores con la cabeza caliente, no a miembros de partidos viejos proclamando a quien quiera escucharlos que van a renovar sus estructuras, ni siquiera a teóricos de partidos nuevos alardeando de pureza, sino a gentes con experiencia concreta, viajados y bragados, conocedores de cómo funciona la realidad, tanto la española como la internacional, y que, con base en ello y en su voluntad de servir al bien público, nos propongan ideas factibles, cuantificadas, serias y serenas, que puedan obligar sin escapatoria a los que tienen más y que nos comprometan a todos, en ese objetivo irrenunciable de salir rápido del agujero sin que haya vencidos, sino solo convencidos.

Porque la experiencia es la madre de la ciencia, en especial, de la ciencia que da de comer a las familias. Por otros caminos, me atrevo a vaticinar que se llega a una mayor descomposición social, a ahuyentar a inversores, aspaventando a los dineros, profundizado, con cada tormenta estéril de improperios y descalificaciones, en un desánimo improductivo.

Si no lo corregimos, gane quien gane en próximas elecciones, con ese panorama, cuando se disipe el humo de las ilusiones,  nos encontraremos atrás, bastante más atrás.

El mundo es global y no se puede pretender jugar en solitario. El sistema económico imperante es el capitalismo de base liberal y no es factible, sin que se nos caigan encima los cascotes de la pirámide, cambiar sus cimientos, ni hace falta. A un país intermedio como España, solo le es preciso reformar con inteligencia la parte que nos sustenta. Teniendo presente que, como en toda selva, al que se separa de su rebaño natural, se lo comen los depredadores.