Lecciones ferroviarias

La delicada situación, inimaginable hace tan solo un par de años, en la que se encuentra la gestión de los intereses de la población que vive en Cataluña, se compara a menudo con un choque de trenes. La posición independentista, es decir, separatista, de la que se ha convertido en portavoz el gobierno de la Generalitat, se presenta confrontada radicalmente con la defensa de la aplicación de la Constitución española, que niega cualquier intento de segregación.

Han sido numerosos los autores, -algunos muy prestigiosos constitucionalistas e incluso, personajes de Estados vecinos-, que se han manifestado sobre la falta de apoyo de ese movimiento ni en la legalidad internacional, ni en la historia contada desde la objetividad. No importa.

Para el actual presidente del gobierno catalán, Carles Puigdemont, -que sigue, empecinado, la estela marcada por el anterior, Artur Mas (1)- , la legitimidad de la separación de Cataluña respecto al resto de España viene amparada, socialmente, por el sentimiento místico de ser una nación, y específicamente, por contar con el apoyo, también por mayoría simple, de los miembros de la Cámara local.

Para consumar la ruptura, con mimbres tan precarios, confían Puigdemont y el nuevo Tripartito que le sostiene, en el resultado de un referéndum, que, según ha anunciado informalmente, convocará para el 1 de octubre de 2017, y en el que se preguntará a la ciudadanía regional: “¿Quiere Vd. que Cataluña sea un Estado independiente con forma de República?”. La consulta se hará en los tres idiomas oficiales de la Generalitat, a saber, el español, el catalán, y el araneo.

Los distintos analistas que han abordado la cuestión separatista, lo han hecho utilizando un lenguaje que podríamos calificar de técnico-jurídico, posicionándose a favor o en contra de la consulta,  entre el hipotético derecho de las minorías a decidir su secesión del territorio común cuando, en su área local, se encuentren en posición mayoritaria, y  la vigencia e inmovilidad de los pactos que rigen la convivencia social en democracia, mientras no se renegocien de acuerdo con las propias normas acordadas.

La contención verbal de ambas posiciones y, sobre todo, de los que se alinean con la posibilidad separatista, vienen impuestas, supongo, porque la pregunta implica abordar el tema muy delicado de una doble vulneración de la legalidad constitucional española: la ruptura de la unidad del Estado y la negación de la forma monárquica que se decidió en 1978 para la Jefatura de ese Estado.

La doble infracción, implica, pues, para los promotores e instigadores de la secesión, riesgo claro de procesamiento por aplicación de varios tipos penales e, incluso, debería significar la inmediata sustitución de las autoridades locales por el Estado garantista.

La cuestión no es baladí y, desde luego, no se resuelve con diálogo; no ahora, en que los dados de la suerte están echados. Ni siquiera parece posible calmar los ánimos separatistas con la oferta unilateral de concesiones económicas o proponiendo fórmulas de mayor libertad de actuación política, que surgieran de pronto de la chistera del gobierno central o del Parlamento estatal. Un parlamento que no tiene una posición firme, pues, junto a los grupúsculos regionalistas que apoyan la consulta y se atendrían a su resultado, se cuentan quienes están a favor de una consulta pero a la que no conceden carácter vinculante, sino solo informativo y, en fin, aquellos que niegan cualquier posibilidad de que se realice. Estos últimos son, en la actualidad, mayoría amplia de parlamentarios, aunque el magma sigue fluido.

Todos tenemos familia en Cataluña y , por tanto, disponemos de referencia directa de lo que se está cociendo allí. Las comparaciones son odiosas, pero el momento sociológico no parece diferente, en esencia, a la circunstancia compleja que permitió el apoyo aparentemente mayoritario de la población vasca a las actuaciones terroristas de ETA, de las que hoy todos abominan.

Entonces, se trataba de la contaminación de una teoría de peculiaridades étnicas e históricas (respetable, aunque acrónica) con la utopía de que la independencia permitiría vivir mejor, y la instalación del miedo a llevar al contraria a quienes defendían la postura secesionista, porque la publicidad de esa posición podría llamar la atención de quienes tenían armas que, como acabó siendo puesto de manifiesto, habían organizado una banda criminal que era un negocio, a cuyo amparo se extorsionaba, amedrentaba o mataba, en un régimen de terror despreciable, ilegal y antiético.

La posición separatista antiespañola del gobierno catalán y sus apoyos populares no cuenta con apoyo armado ni tampoco existe una vía de terror que la apoye. La cuestión se desarrolla -al menos, hasta ahora- en términos pacíficos, si bien, verbalmente, muy subidos de tono.

Para muchos catalanes y la inmensa mayoría de los españoles que viven fuera de Cataluña, el pretendido “yugo castellano” no existe. Esa afirmación desharía, por sí misma, el núcleo central de la argumentación secesionista. Sin embargo, como sucedió en el País Vasco, ya no parece posible conversar tranquilamente, de forma abierta, con quienes viven en Cataluña sobre la cuestión. Los argumentos no son ya ni económicos, ni históricos, ni, por supuesto, legales. Son temperamentales.

Se repiten esquemas finalistas, sintéticos, en los que, por parte de los defensores de la separación, tanto nacidos catalanes como residentes advenedizos -venidos de otras regiones o del extranjero-, la independencia se ve con ventajas indiscutibles . Frente a la cuantificación económica o social, se ha construido un memorial de agravios en el que parece haber tenido cabida, como eje directriz, la recuperación de un odio ancestral contra Castilla, magníficamente representado en su sintética estupidez con un “España/Madrid nos roba”, y alentado por figuras muy mediáticas (como Pep Guadiola, Laporta o Gérard Piqué).

El empresariado catalán ha sido, desde finales del XIX, muy activo y exitoso, utilizando perfectamente sus recursos y la capacidad de apoyo recíproco. Un ejemplo de emprendimiento español, aunque otras regiones también han generado y generan grandes empresarios. Consecuencia de ese trabajo y del aprovechamiento de las ventajas diferenciales, Cataluña tiene hoy una renta per cápita (datos de 2016, equipo económico de El Mundo, publicados el 11.05.2017) de 28.590 euros, frente a una media nacional de 23.970 euros.

Pero las demás regiones no están pobladas por incompetentes. La diversidad natural, ha provocado que España no sea un territorio económicamente homogéneo. Puede hablarse de una concentración de rentas en Madrid (32.723 euros) y en el Nordeste (País Vasco, Navarra, La Rioja, Cataluña y Baleares), frente a una España pobre. El resto de las regiones, tienen una renta inferior o muy inferior a la media y bastante distante de las regiones afortunadas. El abanico de los menos favorecidos va desde los 16.369 euros de Extremadura a los 22.649 euros de Castilla-León. ¿Cataluña, Madrid o el País Vasco les roban?

En fin, no veo ninguna necesidad de esperar al choque de trenes, y sí  la oportunidad de ofrecer una vía de escape a la plataforma independentista. No se me ocurre nada mejor que declarar obligatoria la contestación al referéndum para todos los residentes catalanes mayores de 18 años, y admitir el carácter vinculante del resultado. Porque la otra maximalista opción sería aplicar la fuerza, declarar ilegal e inconstitucional el referéndum (¡ya!) y encarcelar a Puigdemont y demás componentes del gobierno separatista si persisten en su actitud, llegando incluso a declarar el estado de excepción en Cataluña. Pero…si no se está dispuesto a llevarla a cabo, ¿para qué cacarearla?

Mejor, admitir que haya referéndum, indicar que solo será válida la hipotética voluntad de secesión si consiguiera las dos terceras partes de votos afirmativos y, eso sí, obligar a que voten todos los residentes catalanes mayores de edad (o, en todo caso, con derecho a voto).

La aprobación de esta singular salida, exige, claro está, el apoyo del proceso por mayoría muy cualificada de la cámara. Y no veo necesario modificar la Constitución a priori, dado que no le concedo la mínima viabilidad a la opción separatista y republicana. Tenemos, colectivamente, asuntos más graves y urgentes que atender a un puñado de políticos separatistas que prefieren encubrir sus miserias ideológicas con el paño de un nacionalismo trasnochado.
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(1) Como se recordará, aupado en 2006 al cargo de Molt Honorable President por el apoyo del PSC, después de varios enfrentamientos extraparlamentarios entre las facciones políticas catalanas. La capacidad de Mas para defender al hoy descubierto como un mafioso catalanista, Jordi Pujol, insultando gravemente, como nuevo líder de CiU en 2004, al tripartito PSC-ERC e ICV-EUiA, sirve también para caracterizar a un personaje polivalente.

(2) El ave que fotografié en Madrid Río la semana pasada, solitaria y veloz, no me resulta de fácil identificación. Tiene el capirote negro de los charranes, charrancitos, fumareles y pagazas, pero me inclino a identificarlo, por su tamaño, tratarse de un individuo aislado, y su pico corto, grueso y rojoscuro como un fumarel cariblanco /Chlidonias hybrida), con plumaje de transición de invierno a verano (plateado pálido).

Espíritu grupal, objetivos y liderazgos

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Tinta china y acuarela: “Expedición de buscadores de nada” (oct 1987, @angelarias)

La idea no es nueva, y no es el único dibujo con el que la expresé. Un grupo heterogéneo de gentes, con banderas, símbolos y bagajes, avanzando por un terreno desértico. No falta un vigía que parece señalar, como renovado Rodrigo de Triana, un destino invisible; hay musicantes, danzarines, avasallados por la turba, amantes, niños…Alguien mira hacia atrás, tal vez incluso añorando el desperdicio que se abandona.

En estas mismas páginas, en la serie “Cuadros comentados”, glosé el significado de otro dibujo satírico, trasunto en aquel caso del famoso de Lecroix “La libertad guiando al pueblo”, al que no puedo sino remitir al lector curioso.

Me han preocupado siempre los liderazgos sin razones, los seguidores sin crítica, los objetivos sin futuro, los argumentos sin matices. A lo largo de mi vida, he tenido múltiples ocasiones de observar el comportamiento de líderes y guías y, cómo no, de analizar los de sus seguidores, ya sean subordinados, colaboradores, fieles, devotos, y hasta esbirros. De una manifestación grupal, me interesa estudiar el resultado pretendido: para el que promueve el objetivo, para los que lo apoyan convencidos, para quienes esperan conseguir, a cambio de su apoyo, prebendas y dádivas.

Es muy difícil conseguir seguidores; no digamos ya, adeptos. Quienes escribimos, por ejemplo, en un blog, -sin padrinos, desde la independencia de partidos, grupos o sectas, sin nada que ofrecer a cambio más que el eventual producto de nuestro reflexión cultivado en el terreno ignoto del parecer peculiar de cada lector-, sabemos cuánto cuesta que te lean, qué riesgo supone que te malinterpreten los que te lean, que milagro se tiene que producir para que los que te hubieran leído, y te hayan interpretado sin sesgos, intervengan. Qué pocas opciones hay de que los otros se manifiesten contigo, aunque sean en tu contra, en desacuerdos fundados.

Por eso, cuando veo a varios cientos de miles, parece incluso que millones, siguiendo un objetivo que no alcanzo a comprender, en pos de uno o varios líderes que no comprendo lo que dicen (igual me da que se expresen en español que en inglés o en su prístina lengua vernácula), vuelvo la vista a este cuadro que cuelga de una de las paredes de mi casa, y me pregunto: “¿quo vadis?”. Porque, estas huestes a las que me refiero hoy, no huyen de nada ni de nadie, -no las persiguen por sus creencias, no hay guerra en sus predios, no les amenazan de muerte por existir a su manera-.

A esas gentes, no les caracteriza ni su lengua, ni su pasado histórico común, ni la mayor eficacia presunta de sus capacidades y estructuras propias. Si tal creyeran, estarían ahondando únicamente en sus limitaciones: porque hablar un idioma particular, anclarse en la Historia pasada, pretender que se tienen inteligencias superiores, no son más que argumentos de los que no se puede comer ni con ellos disfrutar de una vida mejor.

Así que a esas gentes las guía solamente la promesa de que alguien -atribuyéndose una credibilidad mesiánica, una portavocía sideral-  les ha dicho que tendrán una existencia más feliz si se separan del grupo en el que, juntos, íbamos. Les han hecho incluso creer, trileros del lenguaje y del pasado común, que les hemos estado quitando algo que era suyo.

Dejemos a los aguirres con su cólera de dioses ultrajados, y a los que le siguen, con firmeza, cariño o despecho, según cuadre, vayámosles quitando sin tapujos las vendas que tapan sus ojos, para que, pudiendo mirar en rededor sin anteojeras, abandonen esa expedición de buscadores de nada. Persuadidos de lo que nos es a todos útil, únanse a nosotros, a todos nosotros. Les estaremos esperando allí donde se dejaron seducir por adormecedores cantos de faunos, trasgos,  mendaces sabihondos y mórbidos sirenos.

Cuento de verano: El Rey y la jauría

Hubo una vez un Rey que se encontró gobernando en un país republicano, que es parecido a ser iglesia románica en territorio de talibanes o libro de meditaciones en un ring de boxeo.

Es obvio que, tratándose de una institución prestigiosa como la monarquía, tan antigua y con eficacia probada -con un alto porcentaje de éxitos, semejante al Plan Pons belleza en siente días-, entre otras razones, por hundir sus raíces en la conexión de la naturaleza humana con la divina, no se llega a una situación tan extraordinaria por culpa del Rey, sino de las circunstancias.

Los analistas de casos singulares estaban muy asombrados (realmente asombrados, se podría decir) de que el Rey hubiera consolidado una posición de devoción y respeto entre la mayoría de la población, siendo la tendencia oficiosa contraria a rendir cualquier tipo de pleitesía.

Pero así estaban las cosas: los capitostes de los órganos civiles, muchos de los cuales se confesaban abiertamente republicanos, prácticamente sin excepción, agachaban la cabeza en signo de sumisión, y, si eran del sexo femenino, hacían una graciosa genuflexión cuando coincidían con el en actos palaciegos. El pueblo llano le aplaudía a rabiar cuando el Monarca se dejaba ver en cualquiera de los muchos actos folclóricos a los que era invitado, para potenciarlos con su regia presencia.

Pasaba el tiempo, y el Rey se hizo bastante mayor, hasta el punto que casi todos los vasallos de su edad estaban jubilados, que era un invento para dar una patada afectuosa a los que cumplían cierta edad, y así, al parecer, dejar sitio a los más jóvenes. Solamente algunos banqueros y hombres de negocios, los sacerdotes más encapirotados de la tribu y unos cuantos gerifaltes de la política inactiva se mantenían férreos en sus puestos, envejeciendo en ellos, porque, tenían la sartén cogida por el mango de las prebendas, y no había quién se atreviese a decirles que eran mayores para hacerlo tan bien como antes, no fuera que… Lo que, en honor a la verdad, tampoco era fácil de probar, pues no estaba fácil hacerlo bien en un país en el que todo iba de mal en peor.

Al Rey, como a cualquier Monarca de los cuentos de verdad, le gustaba cazar, tener aventuras y hacer lo que le viniera en gana. Tenía mucho tiempo libre. Además de encontrarse constreñido por las circunstancias apuntadas de encontrarse en un país republicano, el poder de los monarcas había sido reducido con el paso de los tiempos a ser prácticamente simbólico, es decir, se limitaba a la gracia de imponer su retrato en la pared de los despachos, junto a las banderas y el crucifijo.

El Rey de nuestra historia tenía un hijo que era el Príncipe mejor preparado que vieron los tiempos, esto es, era el heredero destinado a ser lo que un monarca debe serlo en éstos. Lamentablemente, como ya quedó escrito, un Rey, especialmente en un país republicano, carece de funciones regladas, aunque es útil siempre que haya un intento de golpe de estado. Está por probar la eficacia de un Rey en caso de que alguna comarca se empeñe en independizarse, pues, hasta ahora al menos, los reyes clásicos de la Historia doblegaban a los díscolos e infieles, conquistaban tierras que incorporaban a sus reinos, y se casaban con los de su ralea, es decir, servían para lo contrario.

Se me olvidaba decir que este Rey, que había sido en su juventud un consumado deportista, especializándose en multitud de deportes -lo que le aliviaba de la tensión a que se veía sometido como monarca republicano-, contaba chistes y se esforzaba en ser uno de tantos, tenía el cuerpo -la carrocería, como el decía-, por culpa de la edad y los esfuerzos físicos, bastante fastidiado, y, cada dos por tres, muy especialmente en los últimos tiempos de su reinado, tenía que pasar por el quirófano para poner sus órganos, la que bien, nuevamente en orden.

Cada vez que se sometía a una operación, la jauría contestataria aprovechaba para difundir que tenía cáncer, o que estaba concomido por el Alzheimer, o incluso que le faltaba el sano juicio necesaria para representarla como es debido, y que, por tanto, debería abdicar en su hijo, llamado el Príncipe Encantador. Como los años no perdonan, entre tanto, el Príncipe se había convertido en un tipo maduro, y había mezclado su sangre azul con una plebeya, lo que, para algunos, era la prueba de que estaba convencido de que su padre sería el último Rey de la dinastía.

Así estaban las cosas cuando el Rey anunció, a través de sus palafreneros y portavoces reales, que va a someterse a una nueva operación de reparación. Como no abdica, dejó encargado a su hijo para que siga haciendo lo que el venía haciendo. Y la jauría contestataria aprovechó la nueva oportunidad para redoblar su furia, como corresponde.

Pero, como las cosas son como son y no como parecen, el Príncipe Encantador, por pura coincidencia, tendrá su oportunidad para consolidar su posición como Rey en el país republicano, e ir tirando unos cuantos años más. Ha llegado el momento de demostrar que la unidad del Reino depende de la gracia que los dioses conceden a sus representantes, que era lo único que faltaba por probar para poner el claro la necesidad de tener un Rey, al margen de lo que le apetezca a la mayoría.

FIN