Momentos estelares de la misérrima política española reciente

pato-cuchara

Diversos acontecimientos han contribuido a que al conjunto de los españoles vivos se nos hayan abierto los ojos -como se dice coloquialmente- para contemplar la realidad con mejores perspectivas de entenderla. Ha sucedido todo tan rápido que quizá no todos hayamos tenido tiempo, voluntad o cinrcunstancias para asimilar tanta información como ha quedado expuesta sobre el tapete.

Desde luego, hay que indicar, ante todo, que la disección del cuerpo político-económico ha sido realizada al hilo de la oportunidad, por manos faltas de método e incluso inexpertas y, no guardemos dudas, con una intencionalidad, un sesgo. Con todo, ha servido para dejar tantas vísceras de los tejemanejes al descubierto que, además de llevarnos las manos a la cabeza, haríamos bien en llevárnoslas a los bolsillos.

La política aparece hoy como una parte espuria de la microeconomía, en la que la inmensa mayoría -esa a la que tanto se refieren quienes alardean de conocer cómo pensamos- somos simples votantes y pacientes. Aportados a la luz de la justicia (que también tiene sus claroscuros) decenas de casos de malversación, apropiación indebida, negociaciones fraudulentas, uso de información privilegiada, asociaciones para delinquir, etc., resulta, como efecto colateral, el que tanto los ciudadanos orientados a derecha como a izquierda hayan encontrado un punto de acuerdo, una frase recurrente en el argumentario común: “todos los políticos son corruptos”.

Naturalmente, es una afirmación maximalista, errónea, equivocada, válida solo para saludarse entre posibles contrarios, y poner de manifiesto que no se desea hacer sangre en la conversación y concentrarse en lo que no hace daño -o poco- hablar de fútbol o del tiempo atmosférico.

Quién lo habrá de dudar: Hay muchos políticos muy sanos, honestos, confiables. Tenemos que admitir, por lo que se nos va en ello, que son muy pocos los que no lo son, y que se han descubierto ya prácticamente todos los que ocultaban con su palabrería los movimientos de sus manos asaltando, con diversos modos, la tesorería pública. Muchos serían, sin embargo, los que, sentados en las bancadas de parlamentos,  ayuntamientos, congresos, empresas públicas, etc., concentrados en no se sabe muy bien qué otras cosas, miraron hacia otro lado en lugar de fijarse en lo que hacían sus compañeros de asientos (aún peor lo pongo: incluso de sus contrarios teóricos), culpables in eligendo o in vigilando.

No voy a presumir de perspicaz si apunto que la desconfianza alcanzada por la política tiene un punto gordo (teorema que se estudia en las carreras de Ciencias al tratar de los límites de las sucesiones aritméticas) en el Partido Popular, con una concentración de corruptos, falsificaciones, cajas negras, facturas falsas, mentiras y corruptelas -presumibles, presuntas o confesas- espantosa. Poco demérito quita a ese baldón el decir a posteriori que se ha expulsado de la cofradía a los culpables o que no hay responsabilidad frente aquellos a los que, por faltarles carné, se objeta en defensa que no se les conoce o que iban por libres.

Sería sospecho de parcialidad el no recordar los casos que afectan o afectaron a militantes del PSOE, desde Xuan Cornide hasta Xicu Torres, desde Antonio Fernández a Juan Griñán o  a Manuel Chaves, Guerrero y su chófer, etc. ¿Pasar página por la inmensa corrupción del honorable Pujol y su esposa e hijos, y los que le rodearon, para deshonra y desprestigio de la nación catalana, que tanto les debe en tiempos modernos?  ¿Habría que olvidar para siempre el caso Filesa, con José María Sala, Aida Alvarez, Alberto Fraile, Carlos Navarro, etc. condenados y a aquellos varios empresarios de indudable postín desfilando cabizbajos por los Juzgados, antes de ser indultados por el artículo trece? ¿Retomaríamos para el acervo cultural al difunto Vilá-Reyes, paganini por defunción del llamado escándalo Matesa, que alfombró con inmundicia inocultable las glorias hipotéticas del franquismo, estando éste aún viviente y coleante?

El último caso de malhacer que ha trascendido lo protagoniza el diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid, Ramón Espinar. Es pecata minuta, comparado con otros más sonoros. Que se aproveche de la adjudicación de un piso de protección oficial para venderlo con plusvalía, después de haber defendido que esas viviendas están destinadas a gentes necesitadas y no a especuladores, no es delito, por supuesto, pero suena a doble moral y, como se vio obligado a decir el portavoz en la Asamblea del equipo podemista, José Manuel López, “perjudica (resta credibilidad) a su proyecto”.

La historia política reciente de la misérrima España se llena de momentos estelares, unos de mayor intensidad que otros, pero todos con idéntico olor a chamusquina. Desde las pequeñas irregularidades de Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón, Tania Sánchez, Ramón Espinar, etc., a los graves asuntos manejados por Luis Bárcenas, Rodrigo Rato, Alvaro Pérez Alonso, Francisco Granados, Arturo Fernández (el gran actor/seudo-empresario), Gerardo Díez Ferrán, Carlos Fabra, etc., hay mucho trecho, pero todo pertenece a la misma cuenca hídrica, ya se trate de ríos caudalosos como de pequeños afluentes.

Permítame el lector una maldad irónica. Imagino a Pedro Sánchez, quien fue paladín del PSOE en una batalla campal contra las resistencias al cambio que le surgieron a izquierda y derecha, paleando en su chalupa sobre esas aguas tenebrosas de los momentos estelares de la historia reciente española. Se ha pintado, como los guerreros indios, las marcas de la guerra, y ha retado en campo abierto, ni más ni menos, que a Juan Luis Cebrián y a César Alierta. Supongo que para presentarse ante los suyos (si es que le quedan fieles dispuestos a seguirle para reconquistar el espacio perdido) como un musculoso guerrero, capaz de vencer incluso a Susana Díez y a Josep Borrel.

Apostaría que no tardarán en imputarle que no terminó la carrera, que Santiago Carrillo junior le regaló los créditos cuando era decano de la Complutense. ¿Lo están haciendo ya? ¡No damos abasto para tanta luminosidad sobre la inmundicia!


P.S. Ilustro este Comentario con la fotografía de un pato cuchara, llamado así porque tiene el pico muy largo, lo que le permite, sobre todo, abarcar más área de líquenes y pequeños crustáceos en las lagunas donde cría o se detiene para repostar en sus trayectos emigratorios.

Estos patos reposan sobre una sola pata (aunque son, respecto al sexo, más bien promiscuos). Esto no les resta algo de movilidad a la hora de emprender el vuelo, cuando se encuentran en descanso, pues se impulsan con la que les sirve de apoyo con gran fuerza.

Por cierto, “Momentos estelares de la Humanidad” es el logrado título de uno de los libros del prolífico Stefan Zweig que, para mí, tiene el especial recuerdo de haber sido el primero de este autor que leí. El argumento es magnífico: los doce casos que presenta corresponden a héroes de la Historia a los que el futuro hizo jugar con otras cartas que ellos no hubieran imaginado. Las de Núñez de Balboa, mandado decapitar por Francisco Pizarro, que andaba a la búsqueda de su gloria, es una de las más ejemplares. La de Goethe, enamorado de una jovencita, hija de uno de sus amigos, cuando él andaba ya por los setenta, resulta especialmente estimulante para los que nos acercamos a la frontera.

Negociadores a tiempo completo

El tablero político está enmadejado y no parece que haya quien lo desenmadeje, aunque el desenmadejador que lo desenmadeje, buen desenmadejador será.

Tengo en mi escritorio el libro “El arte de negociar”, escrito por Enrique de las Alas-Pumariño Miranda. Me lo regaló hace unos días su autor, y me lo leí de inmediato. Al principio, movido por la voluntad de ser cortés con un amigo; a las pocas páginas, empujado por el interés de su contenido. En sus 204 páginas, este Dr. Ingeniero Industrial, que acaba de cumplir los noventa años y está “como una rosa”, desarrolla, con orden, sabiduría y humor, una teoría teórico-empírica sobre cómo ha de desenvolverse “el negociador a tiempo completo” que es, también, el subtítulo del volumen, y del que tomo el titular para este Comentario.

Es sobre todo en su capítulo dedicado a las “estratagemas”, en donde el lector más ávido encontrará lo que Alas-Pumariño llama las “doce guindas que rematan la obra”, y que relatan historietas que reflejan otros tantos trucos que pueden utilizarse, o pueden ser detectados, en una negociación.

Desde las elecciones de diciembre, quizá sin saberlo, los representantes de los partidos políticos que han obtenido mejores resultados (es un decir), están utilizando unas cuantas de ese elenco. Quien, en mi opinión, lleva la palma con ventaja es el equipo de Podemos, seguido a considerable distancia por los portavoces del Partido Popular, incluido, por supuesto, el Presidente de Gobierno en prolongadas funciones, Rajoy.

Pablo Iglesias jr. ha introducido el señuelo de la cabra maloliente unas cuantas veces y se ha especializado en el uso del enredo de las cerezas; el PP no desprecia la treta de las caperuzas de paño y defiende la metamorfosis de la gallina de los huevos de oro. En las imperfectas negociaciones para decidir en dónde pretenden instalarse, el PSOE -tanto por boca de Pedro Sánchez como de la de Susana Díez, aclamada como la baronesa andaluza por demasiados de sus inspi-conspiradores- parece ensimismado en necesitar una habitación más para la casa, lo que corresponde al ardid del arquitecto.

Por supuesto, la estratagema de la Batalla de Fontenoy es el truco del almendruco preferido por Iñigo Errejón, y los partidos regionales que apoyan, con sus trajes folclóricos más o menos aderezados, a cada coalición ocasional, defienden a la perfección el subterfugio de la tortuga huidiza del denostado Aquiles.

En fin, debería animar al lector a leer el libro, lo que, desde luego, hago convencido. Pero, antes de despedirme por hoy, permítanme que haga una propuesta: me postulo como Presidente independiente del futuro gobierno, y animo a que todos los ciudadanos independientes, que deseamos que se forme de una vez un gobierno que acabe con esta pesadilla de indeterminaciones y juegos posturales, hagan lo mismo. Cuantos más, mejor.

Lo haría gratis y por poco tiempo: el justo para volver a poner en funcionamiento el reloj de la actividad del país. No tengo especiales conocimientos sobre la Administración pública -aunque me se la teoría-, pero no tienen por qué ser peores que los de todos los candidatos (excluido, tal vez, Rajoy); tengo buenas calificaciones académicas; he trabajado tanto para la empresa privada como para la pública y creo saber bien cómo se mueven los hilos, delante y detrás de bambalinas; etc.

Puede que algunos  lo interpreten como la artimaña del Caballo de Troya, y así es. Pero es que, en esta coyuntura de atasco hiper-maquiavélico, o cambiamos las Reglas de juego (sí, otra estratagema) o estaremos ensimismados con la reproducción de la farsa del halcón y la paloma -que escenifica estupendamente Albert Ribera-, maniobrando estúpidamente con el tiempo, mientras la necesidad nos come los pies y los negociadores se acabarían convirtiendo en elefantes en la cacharrería.

Que, obviamente, no es una de las doce estratagemas que relaciona Alas-Pumariño, sino la consecuencia indeseable de negociar sin rumbo ni concierto.