Hubo varios big bang

Con el argumento de que “no hay reloj sin relojero” y su adaptación más comercial de que “la prueba de la existencia de Dios la llevo en el bolsillo”, Blaise Pascal (1623-1662) se ganó un sitio junto a Tomás de Aquino y otros ilustres especuladores cristianos, en los libros de Religión que estudiábamos en la asignatura de Religión, allá por la Edad de Piedra del agnosticismo, que sería la posición intelectual dominante en el siglo XXI.

Desde que comprendí que el análisis tensorial no estaba hecho para mis entendederas de filósofo aficionado, sigo con atención las conclusiones de los físicos teóricos respecto al origen del Universo, admirando su capacidad imaginativa para traducir al papel, con ininteligibles fórmulas y ecuaciones, los misterios que encierra tanto el complejo escenario que está al alcance -“con la puntita de los dedos”- de nuestros aparatos más sofisticados, como el que ni siquiera seríamos capaces de intuir.

Como nada me impide sacar mis propias elucubraciones de lo que ignoro, a base de mirar al cielo estrellado varias noches, cargado con decenas de cartas estelares y un telescopio para aficionados, he hecho a mi medida un traje empírico sobre la percepción del Cosmos, suponiendo que existieron varios big bang, en diferentes momentos, y que sus efectos han interferido y lo siguen haciendo, sobre lo que tenemos en nuestro marco de observación.

Me resulta duro admitir, sin esta hipótesis, que un solo desarrollo de energía hacia la materia, por muchos miles de millones de años que le pongamos por delante, desemboque en la complejidad de formas -constelaciones, nebulosas, agujeros negros- que abren millones de interrogantes por cada puerta de comprensión que intentamos cerrar.

Pero no es el universo físico, sea cual fuera su dimensión, lo que más me obsesiona (sin llegar, de momento, a la paranoia): es el universo metafísico, de una complejidad perceptible muy superior, a pesar de tener un campo de observación mucho más limitado que el otro. Me refiero al mundo de las ideas, de los pensamientos y especulaciones de que somos capaces los seres humanos, y que conforman, tanto en lo que expresamos como en lo que ocultamos en nuestra intimidad, y no digamos ya en lo que apenas si es esbozado por la mente en etapas subconscientes, un cosmos metafísico del que los filósofos más eminentes y los sicólogos más capaces no han conseguido siquiera localizar el equivalente a la estrella polar o a la cruz del sur.

En esos momentos de tranquilidad personal, sorbiendo a ratos de la taza de café que mantengo al alcance de la mano, y mientras escucho las cadencias creadas por alguno de los compositores que admiro, me pregunto si no han existido varios big bang metafísicos y nosotros, los seres humanos, en esa evolución que nos ha permitido manipular una parte ínfima de la materia y la energía y de la que formamos parte, somos también consecuencia de ello.

Así que la Humanidad, y cada uno de nosotros en particular, estamos sometidos a una doble dependencia. Como portadores de una entidad metafísica, formaríamos una pequeña constelación de inquietudes, en efímero dinamismo y cortísima existencia, a modo de mínima porción de estrellas en el espacio de las ideas, -brillando, apagándose, o ya muertas para la flecha del tiempo, que solo la conocemos yendo hacia lo desconocido.

Aún más, esa aparente exuberancia metafísica, de la que, desde nuestra nadería, podemos sentirnos a veces orgullosos, carece de observadores externos conocidos -que también puede que no existan, y que si existen, carezcan del menor interés hacia nosotros-. No tengo pascalina  que enseñar, ni argumentos que yo mismo pueda creerme para convencerme de que nuestra posición en el maremagnum de big bangs tenga otro sentido que vernos sometidos a cumplir una ecuación que nunca conseguiremos formular, ya que no podremos salir del campo de experimentación que nos proporciona el único material de análisis que escudriñamos con ansiedad, con instrumentos cada vez más complejos y que aderezamos, para digerirlo, con ecuaciones más y más ininteligibles.