Emparedados europeos

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El ascenso del pintoresco empresario Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, como resultado de una campaña elaborada desde el núcleo duro del sistema para engatusar a los que tendrían razones sobradas para desconfiar de él, abre un camino de incertidumbres que, para los historiadores del porvenir, significará una fuente de novedosos materiales de análisis.

Habrá que esperar a conocer el despliegue de las acciones anunciadas, antes de autoinmolarse en el altar de las desdichas presentidas. Todo indica que las ambiciones empresariales del Sr. Trump van a experimentar un realce espléndido (para él) desde su posición privilegiada como factor del país aún más poderoso de esta Tierra, y que se iniciará un período de ayuda y comprensión recíproca con la Federación Rusa, gracias a la cálida relación personal con Vladimir Putin. Además de haberse manifestado afecto recíproco y gran sintonía, los dos presidentes parecen dispuestos a obviar los importantes conflictos y tensiones que ocupaban un prominente lugar en la agenda de preocupaciones del aún presidente Obama.

La verdad, a título exclusivamente personal, que Putin y Trump se aprecien, se quieran y estén dispuestos a evitar cualquier tensión mayor entre los intereses que representan, tendría que importarme un bledo. Sin embargo, tengo serias sospechas de que la gran perjudicada de ese nuevo cariño perjudicará gravemente a Europa. Un proyecto de agrupación de Estados en fase lamentablemente en descomposición, y que, por ubicación geográfica y dependencia comercial, se haya en medio del camino de aproximación entre ambas potencias,  con perfil tradicional de escudo ambivalente más que de puente practicable.

No es momento para enarbolar ingenuamente banderas de paz y conformismo. Se necesita una Europa unida, fuerte, económicamente solvente y con las ideas muy claras, no solamente sobre los valores éticos, ambientales o sociales que hay que preservar o potenciar, sino, sobre todo, capaz de defender esos principios y sus consecuencias.

Si las negociaciones que se creían muy avanzadas sobre el Tratado de Comercio con EEUU están rotas definitivamente (y cabe preguntarse quién rompió el enlace), si el Reino Unido entiende que va mejor solo que mal acompañado a abrazarse con Estados Unidos, si la presencia de Estados Unidos en la OTAN se cuestiona y deja de proporcionar (aunque solo sea como amenaza táctica) cobertura a las posibles amenazas exteriores a un conjunto de naciones armadas casi exclusivamente con buenas voluntades, habrá que potenciar los recursos propios, buscarse nuevos aliados estratégicos y ponerse las pilas (perdón por la vulgaridad) de una vez sobre lo que importa.

Ah, y en ese contexto especial, resulta desquiciante, que analistas reputados muy serios, entiendan que este apoyo de la nomenclatura rusa al nuevo equipo norteamericano viene de largo, y que los escándalos de filtración de documentos confidenciales (ya vengan de Assange como de Manning o de la misma CIA) ha sido muñida por intereses muy oscuros.

En la ceremonia de la confusión, mientras el equipo de Clinton se lame las heridas, sin haber asimilado aún que la derrota infligida va para largo, hay quien cree que un impeachment (procesamiento de un cargo público) del Presidente liberará al mundo de la pesadilla Trump.

Es un deseo imaginativo pero absurdo, no ya  porque el nuevo Presidente controle ambas cámaras, sino porque a la noble nación norteamericana lo que le importa, de verdad, es si un presidente, por muy capaz que sea para gestionar lo público, oculta sus relaciones íntimas con una becaria.

Eso sí que le resulta imperdonable. Por eso, el apellido Clinton estará para siempre marcado por el puritanismo arcaico de la sociedad que pretende dirigir los destinos del mundo, y que no tolera que un presidente de los Estados ose abrirse un par de veces la bragueta debajo de la mesa del despacho oval. Muy diferente, sin duda, a hacer ostentación pública de las más rijosas inclinaciones, adornadas, además, con el desprecio a las mujeres, a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a  los homosexuales y, en fin, a lo que le apetezca mancillar según el humor del día.


La foto corresponde a un Ganso del Nilo o ganso egipcio (identificable por la mancha orbicular oscura), que vive solitario en el Parque San Francisco en Oviedo. Es frecuente encontrar a congéneres de estos caretos en los mini-zoos de las ciudades españolas, importados desde sus lugares de origen para dar exotismo a las colecciones de patos, gansos y cisnes.

Según pude observar, el animal, robusto y pendenciero, se lleva mal con los pavos reales, y con los demás anseriformes que pueblan el más bien abarrotado lago que, desde hace décadas, se ha montado allí y que se conoce como “el estanque de los patos”. Si me remonto casi a mediados del siglo pasado, los  más preciados habitantes de lo que entonces era una charca no siempre muy limpia, fueron una pareja de cisnes blancos y un cisne negro, además de una decena de patos azulones.

Tengo alguna instantánea de uno de aquellos cisnes, que tomé -obviamente, en blanco y negro- con una Reflex que tenía entonces. Por una de ellas, seguramente por el complicado juego de brillos y reflejos del ave en el agua, me dieron un premio de fotografía, que, desde mi impulso adolescente, me hizo creer que había méritos de autor y que, en todo caso, me llevó horas revelar en un cuarto oscuro que el SEU ponía a disposición de los aficionados autodidactas.

Ahora, según he oído, en el estanque solo queda un cisne de aquella pareja, viudo, y se ha decidido no introducir más de esta especie en su hábitat, porque estos animales son monóganos (además de territoriales). Se espera, pues, para la repoblación con otra pareja de cisnes, al fallecimiento del supérstite, que se supone ya próximo. Los cisnes son longevos, pero no mucho más allá de cincuenta o sesenta años.

Con la aparición de mejores ópticas, cámaras de aplicación más sencilla y la capacidad de hacer cientos de fotos del objeto en soporte digital sin gastarse euros ni minutos, me convencí de que el mérito suele estar en el aparato y -exceptuando dosis de paciencia y dosis de oportunidad-no en quien lo manipula.

Lo que no tengo idea es quien incorporó al careto a la avifauna ovetense, ni tampoco quien toma decisiones sobre la vida de las anátidas. Si se hiciera una encuesta, entre si fue por causa de Apolo o por virtud de a pelo, no sería de extrañar que, en vez de abstenerse o entender que es patochada, ganaran los partidarios de montarse sobre los temas en pelota.

Cuento de primavera: La víctima y el sicario

Cuando recibió el encargo de matarlo, contraviniendo las normas jamás escritas que rigen esa actividad reprochable, el sicario se empeñó en conocer detalles de su futura víctima. Había recibido, como pago adelantado, la mitad de lo convenido, y su cliente se había comprometido a abonarle el resto cuando tuviera conocimiento del cumplimiento de la orden.

-No me envíe ningún mensaje. No se le ocurra volver a ponerse en contacto conmigo. Yo me enteraré por mis propios medios de que todo está concluido y le haré llegar el dinero que falta de la manera que tenemos convenida.

No es, desde luego, lo mismo matar a una persona desconocida que a alguien de quien se conoce previamente sus circunstancias, su perfil ideológico, sus relaciones familiares. Pero aquel sicario tenía por norma no matar jamás en vano. Era casi una cuestión religiosa, con la que pretendía tranquilizar los oscuros recovecos de su miserable conciencia.

Tenía que encontrar, pues, fundamentos para asesinar a su víctima, aunque no fueran coincidentes con las de su peculiar cliente y para ello era imprescindible acercarse a ella, y justificar con alguna razón porqué debería estar muerta.

Una vez que lo localizó -las señas eran precisas-, se dedicó a acecharlo. Lo espió día y noche, vigilándolo  desde la calle, a prudente distancia.  Estuvo así tres días completos sin conseguir  información relevante, porque aquel tipo no salió de casa más que para ir a una Farmacia, en donde permanecía dos o tres horas. No había otros movimientos en el domicilio, no entraba ni salía nadie más. La vida de la futura víctima aparecía totalmente anodina, seguramente ocupada por el cuidado de una enfermedad, envuelto en soledad y misterio.

Cuando, en la mañana del tercer día, lo vio salir del edificio, en lo que suponía habría de ser otro paseo hacia la Farmacia, en donde deberían estar preparándole a diario algún brebaje especial de fácil descomposición, se decidió a abordarlo.

Quería conocer, al menos, el tono de voz de la futura víctima, sus inflexiones, desvelar algún misterio de su talante.

-Perdone, ¿me puede decir cómo se llega desde aquí a la Plaza del Comercio? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, para entablar una mínima conversación.

La víctima no se mostró extrañeza por la interceptación del paseo, algo forzada. Vertiendo sobre el sicario una mirada inexpresiva, le contestó:

-Queda un poco lejos. Pero, como tengo algo de tiempo, yo mismo le acompañaré hasta allí.

La voz era melodiosa, agradable, con inflexiones en el tono, sugerente.

Caminaron un rato en silencio, avanzando por una calle muy concurrida. El futuro asesino había disimulado su rostro con un bigote postizo y se había puesto unas gafas que no necesitaba. A hurtadillas, para no despertar sospecha, sopesaba cómo adentrarse en el misterio de aquella vida cuyo futuro debería ser frustrada por su mano asesina. ¿Qué cuestiones resultarían más adecuadas para abrir la cancela en donde se guardaban las razones de aquel desconocido al que debería asesinar y que, por tanto, le permitirían descubrir la causa por la que tendría que morir?

-Ya veo por su pregunta y, sobre todo, por su tono de voz que Vd. es forastero y que conoce muy poco de esta ciudad. La Plaza del Comercio es el lugar en donde se concentra la mayor parte de las manifestaciones de quienes protestan por algo que va mal. Y no faltan motivos en este país. Justamente, dentro de una hora está convocada una para denunciar la falta de seguridad ciudadana, y a la que yo pienso asistir. -dijo el desconocido al que correspondía asesinar más bien pronto que tarde-. He estado enfermo y hoy me siento, de pronto, muy bien.

El sicario no dijo nada. Se limitó a observarlo de reojo, advirtiendo en el rostro de su futura víctima una sonrisa quizá algo triste, pero sincera. La voz le resultaba casi embriagadora, y no encontraba tampoco motivos cabales para interrumpirla con preguntas necias. Así que el otro, tomando la delantera de la conversación,continuó.

-Intuyo que Vd. también va asistir, aunque es algo pronto para ocupar la Plaza. Si acepta, le invitaría a tomar algo mientras hacemos tiempo.

El desconocido señaló una cafetería que encontrarían a su paso. Un cafetón con aspecto de tener más de un siglo, que el sicario imaginó con mesas de mármol, sillas de madera muchas veces barnizada y barra con columnas esquineras de hojas labradas.

-No…no se si debo. -se le ocurrió decir, como improvisada excusa.

-Me encantaría charlar un rato con Vd. Al fin y al cabo, aunque Vd. sea extranjero, tenemos ahora un objetivo común: hacer que la tranquilidad vuelva a esta ciudad, limpiándola de delincuentes. -y así diciendo, ambos se encontraron traspasando el umbral del local comercial, que estaba abarrotado.

Tan pronto entraron, uno de los clientes se acercó a la víctima, y lo saludó efusivamente.

-¡Caramba, Servando, cuánto tiempo sin aparecer por aquí! -y se permitió una apostilla que, para el sicario, sonó macabra- Ya te dábamos por muerto.

-Pues ves que no -replicó el futuro asesinado, señalando con un gesto delicado a su acompañante-. Me he animado a salir a la calle hoy, porque quiero participar en la manifestación. Este nuevo amigo, por cierto, también va a asistir.

El sicario se creyó obligado a decir un nombre que le identificara. Lo inventó sobre la marcha.

-Protesio Gómez -y, algo más confuso, prosiguió-. En realidad, solo pretendía hacer un recado en la plaza del Comercio. Quería comprar algo para llevar a mi familia, porque me vuelvo a mi país. No sabía que… habría una manifestación.

-¡Pero si hoy está todo cerrado! La ciudad se encuentra paralizada. Ayer ha habido un asesinato más y la situación se ha hecho insostenible. Esto se ha convertido en una selva -comentó, dinámico, el nuevo interlocutor. Le faltaba un premolar, y por el hueco de la dentadura, se le escaparon unas gotitas de saliva que fueron a parar a la pechera del sicario.

-Sí. ¡Y de qué forma tan cruel! La muerte del pobre Amelio no tiene justificación alguna. Un asesinato por la espalda, por un desconocido que le metió dos balazos en el cuerpo. Le robaron, por lo que se sabe, el reloj y la cartera. Mucho no debía llevar en ella, porque tenía deudas con todo el mundo -apostrofó la futura víctima.

El sicario contuvo un escalofrío, porque algo se le cruzó en el cerebro.

-¿Amelio? -era exactamente ése el nombre con el que se había presentado, dos días antes, quien le había hecho el encargo.

-¿Lo conoce? -oyó decir al cliente amistoso- No me extrañaría. Era un tipo singular, hasta en el nombre. No tenía enemigos. Delicado y sensible, aunque últimamente padecía de manía persecutoria. Estaba, por ello, a tratamiento. En la sanidad pública, claro.

El falso Protesio se fijó mejor en su futura víctima y alimentó una sospecha. Algo en la mirada, que ahora encontró especialmente fría, le pareció indicar que le faltaban muchos datos.

-Dicen incluso que puede ser que él mismo ordenase que lo mataran. Tuvo que ser, en todo caso, obra de un sicario, alguien sin escrúpulos, que seguro que no conocía de nada al pobre Amelio, porque era muy digno: bueno como el pan y pobre como las ratas. -la voz que escuchó le pareció que venía de muy lejos.

Fue todo muy rápido. En el local penetró un tipo con pasamontañas cubriéndole el rostro, y se dirigió sin titubear al sitio en donde se encontraban el sicario y su futura víctima. Sacando un arma de pequeño formato de un bolsillo del pantalón -la policía la identificaría posteriormente como un revólver Smith and Benson de dos pulgadas, por el tamaño y muescas de los proyectiles- disparó dos veces sobre el sicario.

El asesino pudo escapar sin que nadie consiguiera interceptarlo, unos, paralizados por el estupor y los más cercanos a la víctima, por haberse precipitado a auxiliar al herido, que falleció casi instantáneamente. Alguien dice que se le oyó decir algo así como “No puedo creerlo”

-¿Vd. conocía a la víctima? -preguntó el inspector, cuando se interesó por los detalles del triste suceso.

-Era la primera vez que lo veía; no tengo trato con ese tipo de gentes. No se adaptan a nuestro modo de vida, son delincuentes profesionales -fue la respuesta que obtuvo.

-Habrá sido un ajuste entre bandas rivales. Hemos comprobado ya que tenía varios antecedentes por varios intentos de asesinato.

El inductor se alegró de haber descubierto a tiempo, que su vida corría peligro. Amelio era un completo chapuzas; muy diferente, desde luego, a su actitud prevenida, anticipatoria, resuelta. Las deudas de juego se pagan, amigo.

Pagó la consumición y volvió a su casa, con paso tranquilo. En el camino de vuelta se metió, sin embargo, en la Farmacia, en cuya rebotica, esclavo de su ludopatía, estuvo jugando, como casi todos los días, dos o tres horas al póker con el farmacéutico y otros compañeros de timba.

FIN