¿He sido yo?

La serpiente se asoma por el ojo divino y encuentra que el mundo está bien hecho. Así es en una región española llamada Cataluña. Un clima excelente, una tierra próspera, una élite económica imaginativa, una población trabajadora.

Todos los españoles estamos orgullosos de Cataluña. Los catalanes -nacidos allí o incorporados a ese gentilicio por haberse afincado allí- siempre presentaron con satisfacción sus credenciales: el hecho irrelevante en apariencia de decirse catalán suponía un plus de consideración ajena. Existía consenso en que los catalanes eran un poco más industriosos, un poco más listos, un poco más creativos.

Y, además, existía una realidad cultural excepcional: en muchas áreas se hablaba un idioma que no era, como el bable o el gallego, el castuero o el andaluz, fácilmente comprensible para los demás españoles. El catalán era una lengua propia de un territorio que llegaba más allá de los Pirineos, cubría la región valenciana, incorporaba las Pitiusas. Cierto que el euskera era aún más propio y más oscuro, pero no tenía igual difusión entre los vascos por ius soli, y era de muy difícil aprendizaje.

El catalán, como todas las lenguas vernáculas que habían sido superadas por una lengua común de mayor alcance, servía para entenderse y profundizar en la diferencia, para distanciarse de los demás en lo que se compartía.

Los demás españoles estamos orgullosos de Cataluña. En realidad, estamos orgullosos de formar parte de una diversidad con miles de matices y con mucha Historia compartida. Todos tenemos el regusto en la boca de una guerra incivil, de una dictadura vergonzante, del desprecio de otros nacionales de la cercana Europa de la perfección, que nos veían como tipos bajitos, con bigotito los hombres y con mantilla y ojos negros las mujeres

Costó decenas de años convencernos de que no éramos peores que los demás europeos, sino, incluso algo más creativos, algo más espléndidos, e igual de trabajadores, abnegados, serios, por lo menos. No éramos bajitos por genética, sino por alimentación deficiente.

Pudimos construir una democracia ejemplar, desde las ascuas calientes de un régimen devastador. Somos muchos los que estudiamos y trabajamos fuera y supimos que podíamos mirar de igual a igual, e incluso por encima del hombro, si alguien se ponía farruco, a aquellos que antes creían tener el patrimonio de decirse europeos.

Puedo detallar múltiples cuestiones que permitirían profundizar más en lo que hemos conseguido en democracia, y cómo esa obra común, no es atribuible en particular a ninguno de los pueblos que componen España, ni ninguno de sus habitantes puede arrogarse el mérito en exclusiva de haber conducido a nuestro país a un lugar de cabecera entre los países del mundo.

No voy a dar aquí nombres, de las ciencias, las letras, el deporte, las artes, la filosofía, la medicina, de quienes, nacidos en cualquier lugar de España, son una referencia mundial. Hay catalanes, madrileños, extremeños, andaluces, gallegos, mallorquines, riojanos…

Ayer, 7 de septiembre de 2017, seguí con el ánimo dolorido, hasta que ya no pude más, el desencuentro en el Parlamento catalán con la cordura, la lealtad y la Ley, de quienes, desde la precaria posición de creerse representantes de una mayoría independentista, se afanan en desbrozar una selva de interrogantes, obsesionados por liberar, esgrimen, a Cataluña del yugo de España. Esto es, en correcta dicción, del resto de España.

El gobierno español que dirige en la actualidad Mariano Rajoy, apoyado por los representantes de los partidos PSOE y Ciudadanos, ha movilizado al Tribunal Constitucional y, por su vía, a las fuerzas del orden, para que paralicen un referéndum que pretende reflejar que una mayoría de residentes en Cataluña quieren separarse del resto de España.

El gobierno de la Generalitat y varios de los alcaldes favorables a la independencia, mantienen, cuando esto escribo, sus posiciones: quieren que el pueblo catalán se exprese acerca de la voluntad de separarse del resto de España, que dan por posición mayoritaria. Lo presentan como un derecho a decidir, y lo sustentan en el poder superior de las leyes emanadas por un Parlament dividido en el que han conseguido una mayoría pírrica, respecto a las Leyes del Estado, y en especial, la Constitución, que, como representantes en una democracia, han debido prometer o jurar.

Como no hay programa para el camino a seguir, en caso de que el referéndum fuera a celebrarse y se obtuviera el resultado favorable a la segregación, hay que aceptar que los votantes del “sí, quiero irme”, tienen asumido que los demás españoles -catalanes o no- somos una compañía indeseable, y les estorbamos para cumplir sus objetivos.

Hermano, sí a ti me dirijo. Tú, nacido en Barcelona, Terrassa, León, Cádiz, Melilla, Marseille, o en cualquier otro lugar del ancho mundo, llámeste Carles, Anxo, Paloma, Neus, Pera o Mohamed, y que te consideras catalán porque tienes residencia ahora en territorio que conforma Catalunya y crees que te irá mejor individualmente si ese equipo de visionarios republicanos separatistas consigue su objetivo,

¿De verdad piensas que somos un lastre? ¿Te hemos hecho algún daño los españoles que no residimos en Cataluña? En este mundo amenazado por tantos frentes por la insolidaridad, las tensiones egoístas, la falta de crítica, la ausencia de ética, ¿te ves mejor caminando solo que en nuestra compañía?

¿Te sientes agraviado por algo? ¿Te han robado, quitado aquello a lo que tenías derecho? ¿Te has sentido marginado? ¿Te menospreciaron?

¿He sido yo? ¿Has mirado bien?

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