Otras gentes: (3) Gentes falsas

Es “más falsa que la falsa moneda”, se escucha para descalificar a aquella persona que es propensa a mentir en lo que nos atañe de cerca. Esas personas, que no son de fiar, por su naturaleza retorcida, han hecho del hábito de engañar, su principal característica, y quien se acerca a ellas, pretendiendo que le den información veraz, se encontrará de hoz y coz con el embuste, que le acabará doliendo, generalmente en el bolsillo.

La mentira es algo despreciable, sin duda, porque a todos nos gusta contar con información fidedigna, fehaciente, coherente y, sobre todo, útil. Sin embargo, quien no haya mentido alguna vez, que tire la primera piedra, y que procure no tirarla a lo alto, porque puede quedarse, si le cae encima por mal sitio, sin un ojo o con un considerable chichón en la mollera.

Son, sin embargo, los que han hecho de la mentira el oficio, aquellas gentes a las que me refiero. Son tipos con apariencia de credibilidad, que ocupan un puesto de relevancia (al que habrán llegado, sin duda, utilizando las mismas malas artes), y que no mueven ni una pestaña cuando lanzan sus embustes. Mi tío Manuel decía que, “si te engañan una vez, la culpa es del mentiroso, pero si la misma persona te engaña dos veces, la culpa es tuya”.

Pues el personal no parece darse por enterado de esa magnífica máxima, puesto que proliferan las mentiras y se encumbran los mentirosos. Internet es un foco infestado de mentiras, que se difunden impunemente por miles de crédulos: consejos estúpidos para conseguir la felicidad, citas falsas de escritores y personajes reales o de ficción que les harían sonrojar -incluso a estos últimos- si fueran enterados de la atribución, noticias seleccionadas con mala uva para difundir mensajes difamatorios contra inocentes, etc.

Quienes mejor me encajan en el apelativo de gentes falsas, son, por una parte, los comerciantes, que nos venden el género con un sobreprecio que no guarda relación alguna con la calidad, o adornan el producto con palabras rimbombantes, para que, con nuestra credulidad a flor de piel, traguemos su mercancía adulterada en calidad o en coste.

Y, por otra, están los políticos y afines, que amparados en títulos de Boston, Oxford o Tegucigalpa (para el caso), rodeados de otros tipos de parecida calaña, traje de merecer y palabras adormecedoras, nos engañan, una y otra vez, con un futuro que no llega (es decir, no llega con el color con el que nos lo pintaron), una recuperación laboral que no aparece más que en los papeles, unas ventajas de productos financieros que jamás tuvieron, en realidad, el mérito que pronosticaron, etc.

No todos los que se dedican a la política , a las finanzas o a la empresa, son “gentes falsas”. Solo algunos. Aunque este tipo de enfermedades de la ética son muy contagiosas. Sospecho que incluso se contagian a distancia, por emulación, o  por instinto de supervivencia en el caldo en el que se desarrolla la actividad a la que algunos han decidido consagrarse como forma de ganar los garbanzos.

Razones estas por las cuales, veo mentirosos profesionales tanto en la izquierda como en la derecha, en la oposición como en el Gobierno. Los tipos que no son de fiar en el mundo de la empresa, merecen capítulo aparte, aunque no estará más recordar a los niños que la economía, la política y la religión son los tres jinetes que conducen la Humanidad hacia su destino.


He fotografiado a este estornino dando de comer a su cría, ya talludita. No son los estorninos las aves a las que tengo más simpatía, pues las asocio a asaltar los campos recién sembrados como si se tratara de enjambres de langosta. Sin embargo, su canto es bastante melodioso y, aunque suelen encontrarse en bandos numerosos, si se las contempla aisladamente, tiene su belleza. Su plumaje negro, brillante, y su agilidad para levantar el vuelo al ser avistados, les hace contrastar vivamente con los tordos, aves con las que los que solo se fijan en lo superficial, frecuentemente los confunden.

Por que los tordos, o mirlos, son también negros -los machos-, pero su plumaje es más opaco, son territoriales y, para levantar el vuelo, tienen que dar algunos saltitos, haciendo su peculiar carrerilla.

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