Otras gentes: (7) De fiar

No se precisa realizar estadísticas, para afirmar que nunca en la Historia de la Humanidad ha habido tantos individuos analizando, con seriedad y profesionalidad, y en las más variadas materias, la manera de mejorar, aunque fuera solo un poco, el espacio intelectual a su alcance.

Nunca antes en la Historia de la Humanidad hubo tantos mentirosos, tantos crédulos. Jamás se difundieron tantas falsedades y se dio cancha a tantos falsarios, que, actuando en beneficio propio o de terceros, o simplemente, por el placer individual de hacer daño o propagar tonterías o maldades, han convertido el espacio de la información y de las comunicaciones en un campo minado por mentiras, citas espurias y consejos ruinosos.

Por eso, cabe preguntarse porqué, habiendo muchas personas que tienen solvencia técnica, sobriedad argumental, seriedad formal, respaldadas por una trayectoria individual de estudio, investigación o pureza deontológica, se concede por las masas credibilidad mayor a los que vociferan, a los payasos de la idea, a los ignorantes revestidos de toques de farándula.

Coincido con la idea central que expone Arjun Appadurai en su artículo “Fatiga democrática” (incorporado en una colección que recopila pensamientos de una decena de ilustrados, publicada bajo el título de “El gran retroceso”, Seix Barral, 2017): los líderes de los nuevos populismos tienen en común que, como ninguno puede controlar la economía de sus conciudadanos, prometen la purificación de lo que presentan como base cultural, rescatada con falsificaciones y adulteraciones del fondo de saco de la historia, a un grupo, una facción o un pueblo a la que se presenta como víctima, ya sea de colonialismo, centralismo o de la etnia o grupo antes dominantes.

Los ejemplos de este rescate cultural a la carta son muchos, y se encuentran por doquier: han supuesto y suponen graves conflictos en la India, Pakistán, Irán, Irak, Afganistán,…, y muchos Estados frágiles africanos, por deplorable ejemplo. Se presentan en Escocia, brotan ahora en el Reino DesUnido, viven a sus anchas incluso en la paciente Canadá, trepan por los recovecos existenciales, “bouquet garni”  con resonancias étnicas, marginación social y ribetes paranoicos, de Bolivia, Nicaragua, Colombia, Ecuador, etc.

Es, sin duda, y lo escribo con dolor de corazón, el mismo síndrome sociólogico que se está viviendo en Cataluña (esto es, en España), con un equipo de iluminados que, incapaces de ofrecer soluciones al deterioro de la economía regional, se han concentrado en la recuperación de una supuesta raíz cultural propia endógena, catalana of course.

De nada sirve argumentar que estamos en un mundo global o que las bases culturales de la Humanidad son fruto de la consolidación, durante siglos y siglos, de los resultados de intercambios pacíficos o enfrentamientos revolucionarios o bélicos, de ideas felices de afortunados elegidos, de aspiraciones frustradas o consolidadas de grupos muy diversos y, en fin, son el soluto indescifrable de un camino de hipotética perfección y búsqueda de la verdad filosófica y técnica en la que estamos todos embarcados. Nadie, ningún pueblo o facción debería considerarse superior, ni siquiera distinto. Los pueblos elegidos por los dioses no existen. Jamás existieron. (1)

Los profetas de tierras prometidas por ellos son, sencillamente, trileros, falsarios, mentirosos que ocultan su ignorancia, su ignominia o su desfachatez pretendiendo que saben lo que hay que hacer para salvarse del mundo global, de la pérdida de fuerza de las democracias, del control financiero de los grandes grupos, de la eterna lucha entre la ética y el mal…acudiendo al reducto sin futuro de encerrarse a cal y canto en las cuatro paredes del proteccionismo y la insolidaridad.

(1) Puede que para algunos, esa sea solo mi verdad, de la que no participan. No discutiré jamás sobre peticiones de principio.


Este joven busardo ratonero (la edad queda delatada por su pecho rayado, que se torna barrado en la edad adulta) se posó en un poste de la luz, aquel atardecer belmontino asturiano, y pareció ignorarme durante unos minutos. La luz era mala, pero la proximidad del Buteo buteo a mi cámara, idónea. Al cabo de un tiempo de observación recíproca, se elevó, majestuoso, hacia algún lugar en las montañas próximas, en donde tendría su sede principal.

Tenía, sin duda, su lugar principal de caza de topillos, pequeños pájaros o insectos cerca de donde yo residía entonces, pues volví a verlo otras veces, aunque, lamentablemente, ya no tenía la cámara al alcance. Por cierto, si el lector se toma la molestia de aumentar el tamaño de la imagen, verá que el busardo sostiene un insecto en su pico, del que sobresalen las patas, que acabaría de atrapar.

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