Intimidad, esa carga imaginaria

¿Quién no se ha encerrado -de niño o de adulto- en el cuarto de baño para obtener un momento de “intimidad”? ¿Qué es, en realidad, lo íntimo? ¿Es la intimidad la sensación de encontrarse aislado de todo y de todos, protegido aparentemente -aunque solo sea durante unos instantes- del bombardeo de obligaciones, deberes, interferencias, disciplinas?

Liberarse de las ataduras laborales, familiares o sociales, por minutos, días, meses o para el resto de nuestra vida -es decir, ser otro, cambiar el tino, cargar las baterías con la ilusión de que borramos los problemas- no tiene que ver con la intimidad, sino con la necesidad de tomar distancia respecto a lo que nos angustia o preocupa, para mirarlo de otra forma.

Si atendemos a lo que cada uno cree que es la intimidad y su extensión, nos encontraremos rápidamente con que el concepto de lo íntimo no tiene la misma extensión para todos. Si nos referimos a la intimidad física, que es la primera referencia que suele venir a la mente, el recato al respecto de mostrar nuestro cuerpo desnudo varía con el contexto social y, dentro de él, con la edad y con la situación emocional, la actividad que nos encontremos realizando y, no en última instancia, con nuestro estado de salud.

También depende de que lo sintamos como hermoso o no, porque no deseamos presentar un flanco vulnerable ante los demás, tampoco en lo físico.

En lo práctico, resulta que las interferencias sobre la intimidad física pueden ser importantes, si hemos sido privados en parte de libertad ambulatoria y nuestra capacidad de decisión respecto al qué hacer se encuentra disminuida (por ejemplo, estamos presos, en una zona de guerra, en un convento, e incluso, en el trabajo, especialmente si se trata de una tarea vinculada a una máquina o a un proceso productivo en cadena del que formamos parte).

Pero las restricciones a la intimidad que másinteresa considerar son las psíquicas. Nos jactamos inocentemente de que nuestro pensamiento no podrá ser controlado, que somos libres para imaginar o maquinar desde la trastienda de nuestro cerebro, y que nadie puede intervenir sobre esa capacidad.

Estamos equivocados. La intimidad -tanto la física como la psíquica- ha quedado reducida a una ilusión. El espacio de libertad del yo es una quimera, y lo construimos mediante la selección, llena de condicionantes, de lo que podemos, dentro de lo que nos gusta, y de lo que nos imponen pero no nos gusta, de un escaparate de opciones, que acaba conformando nuestra específica personalidad, lo que entendemos que es nuestro yo.

Nuestro ADN tendrá dos expresiones, la física y la psiquica, pero el ser diferenciables no nos hará originales. Si despojamos de hojarasca lo que somos, eliminando aquello en lo que tenemos coincidencia con cualquier otro, nos encontraremos que somos una combinación de opciones, probablemente idéntica a la que algunos otros, vivos o muertos, han adoptado para ser,

Porque la originalidad, eso es ya otra casa.Una anomalía cósmica, un misterio por descifrar.

Mal Derecho, Justicia colapsada, derechos cuestionables

Difícil condensar en un solo título la variedad de cuestiones que arrastra, convertida en un pesado fardo, la Administración de Justicia en España. La crítica respecto al mal Derecho tiene amplio consenso entre los especialistas, abarcando desde una legislación prolija, desigual, incluso contradictoria, y falta, en aspectos sustanciales, de un ordenamiento lógico, que permita su conocimiento y aplicación sin graves fisuras.

Que los órganos jurisdiccionales están colapsados, no es tema nuevo, y lo padecen, tanto los propios jueces -preocupados, sin duda, por la demora en dar solución a los litigios que se les presentan-, como los letrados y, desde luego, los clientes, que ven acumularse el tiempo sobre sus pretensiones, acumulando gastos, tensiones y pérdidas de oportunidad.

Si esto fuera poco, existe, además, la fundamentada opinión de que la Justicia no es igual para todos. El acceso a la Justicia nunca fue universal ni cómoda. Acudir a los Tribunales es caro -en dineros y en tiempo- y sería, por ello, iluso, pretender que las puertas de acceso a las instancias judiciales está abierta a todos. El ánimo para pleitear no alcanza por igual a todo el mundo y, ante una Justicia lenta y en parte impredecible, quienes obtienen mayor beneficio de la situación son, por supuesto, los que más pueden resistir, incluso desde una posición contraria a derecho que ellos mismos han sabido o querido suscitar.

Hay 4.800 jueces en España (uno cada 10.000 habitantes), cifra muy inferior a la idónea, que se estima en 10.000. Desde algunos sectores, se critica su preparación, no tanto en los aspectos teóricos, sino en cuanto a la experiencia vital de los magistrados que, llegados demasiado jóvenes a la responsabilidad, no tienen ocasión de adquirir formación práctica al margen de la toga, y, por ello, corren el riesgo -no pocas veces, visible en sus comportamientos- de un endiosamiento que nace de saberse con autoridad pero sin la pericia de quien conoce bien la sociedad a la que sirven.

Seguramente el mayor hándicap con el que se encuentra la Administración de Justicia  proviene, sin embargo, de la entidad de quienes acuden a ella. Las grandes empresas, los demandantes con mayor poder económico o quienes, sabiendo que el fallo se dilatará,  tratan de crear situaciones de hecho que les benefician, asumiendo que quienes se ven desplazados de su derecho, desistirán de defenderlo en los Tribunales o no podrán soportar los altos costes de pleitear contra el poderoso.

Una entrevista histérica con el objetivo de distraer

el rey juan carlos y hermida

Jesús Hermida, periodista histriónico perfectamente capaz de desplazar el interés de la noticia desde un campo de batalla al tupé de su cabeza, fue el elegido por los mismos muñidores de Ferraz que encumbraron a Julio Somoano a la presidencia de RTVE, para conseguir el beneplácito de la Casa Real sobre quién debía entrevistar a S.M. El Rey Juan Carlos la víspera de cumplir 75 años.

La entrevista, difundida el 4 de enero de 2013, fue presentada como histórica, y todos los voncingleros del Capitolio hispano habían preparado el ambiente afirmando que el Monarca no había impuesto límites a las preguntas, salvo que se refirieran al caso Urdangarin y a la causa catalana.

Sentados frente a frente, en lo que parecían incómodos sillones de cortesía (querencias), Hermida y Su Majestad recorrieron, en más o menos la media hora de emisión en la que se ordenaron preguntas y respuestas en una notable labor de edición del material, los lugares comunes que forman patrimonio de las preocupaciones confesas de los reyes modernos.

Y debo decir que El Rey lo hizo muy bien. Con la cara hinchada por los corticoides, pero el tono amable de quien habla campechanamente con un adulador que está recopilando material de primera mano para una hagiografía póstuma, se explayó en las respuestas, no perdió el hilo de ninguna frase, y, en suma, concentró perfectamente el sentido del decurso en lo que son los valores estimados por quien se halla ubicado (o lo hayan ubicado) por encima de los demás mortales: confianza en el futuro colectivo, satisfacción general por el pasado común, selección reductora de los elementos de presente que preocupan a los más pobres de la colectividad y, en fin, disrtibución de fe, esperanza y caridad a espuertas llenas.

No se habló, aparcados en el limbo de la cortesía palaciega, de los ex-yernos del Rey (el formalizado junto al imputado), pero tampoco de la Reina o de las Infantas, salvo referencias genéricas a la familia y a los nietos. Supongo que, en este caso, por falta de tiempo. Un reloj situado en la pared, -pero que en la mayor parte de las tomas, adquiría la posición estrafalaria de corona real-, señalaba que la entrevista duró, al menos, unos tres cuartos de hora (entre la 1 de la mañana de un día cualquiera y las dos menos cuarto de otro), ofreciendo, de propina visual, apasionantes vaivenes de sus agujas.

Sí habló El Rey (“agradezco que me des esta oportunidad”, dijo el monarca al entregado súbdito) de su padre, D. Juan, y lo hizo de manera emotiva y leal, reconociendo en él al consejero. Ansón, más tarde, diluído entre quienes expresaron con frases antológicas, como pertenecientes a la quinta del Rey, su deseo de figurar entre los facedores de la Historia hispana del último cuarto del siglo XX -e ignorando su contribución al resto- afírmaría sin repelos en la lengua que “el fecho non complido” de que D. Juan no hubiera sido Rey (“al menos, por un tiempo”) contaba entre los fracasos de su generación.

Por supuesto, también habló S.M. del hijo muy amado en el que tiene postpuestas sus complacencias, D. Felipe, modelo de virtudes y “el mejor preparado de “todos los príncipes de Asturias” que en este mundo han sido, que, si bien puede no parecer gran cosa para la mayoría republicana juancarlista, sonó a sincero elogio a nuestro trasunto en la demora sucesoria del Prince Charles, solo que el nuestro mucho más simpático, más guapo y a años luz de más empático.

En fin, fue una entrevista distraída, en el sentido de dispersa. Los aspavientos de Hermida contrastaban con la calma regia. Las enrevesadas preguntas del vasallo se dilucidaban con palabras sencillas repletas de comprensión, amor y caridad, por el sereno prócer.

La cámara permitía,  alternativamente, ver el rostro de “Vuestra Majestad” -fórmula magistral para referirse al Monarca que el periodista laureado recogió, sin duda, de los textos clásicos del medioevo-, o el reloj-corona sobre la calva real, o la cerviz y espaldares inclinados, separándose de un asiento que le iba demasiado grande, del coetáneo del tupé.

Si me hubieran pedido consejo a mí (ya presumo de que no será así jamás), habría autorizado las preguntas sobre Urdangarín, la Reina, las Infantas y los catalanes. Para tener algo jugoso de qué hablar al día siguiente.

Se me olvidaba: Feliz cumpleaños, Majestad. En mi opinión, usted no tiene la culpa de nada de lo que nos pasa. Ese es mi regalo.

Ingenieros, abogados, farmaceúticos y arquitectos, a la sala de operaciones

El Ministerio de Economía y Competitividad, que dirige Luis de Guindos, está convencido de que la mejora de la competitividad de España pasa por una nueva regulación (en realidad, desregulación) de ciertas profesiones y de los Colegios profesionales que las agrupan actualmente.

En una presentación en power-point de fecha 20 de diciembre de 2012 titulada “Anteproyecto de la Ley de Servicios Profesionales” resume en 21 viñetas las ideas que pretende imponer a estos colectivos. El propio documento destaca las que se verán “más afectadas”: ingenieros, ingenieros técnicos, arquitectos y arquitectos técnicos, abogados y procuradores y farmacéuticos.

Para arquitectos y arquitectos técnicos, se eliminará la reserva de exclusividad para las actividades de edificación. Los edificios podrán ser proyectados también por ingenieros. Y para su ejecución, independientemente de quién lo haya proyectado, serán competentes tanto ingenieros como arquitectos (con o sin el calificativo de técnicos).

Para ingenieros, la intención es eliminar las restricciones horizontales entre estos profesionales (con otras palabras, que sean competentes para realizar proyectos independientemente de su titulación específica), se desea mantener dos categorías entre ellos, con específicas reservas de actividad para cada una. Las excepciones deberán ser estudiadas por sendos grupos de trabajo en el corto período de dos meses y presentadas para su aprobación al Ministerio. También se prevé la creación de “pasarelas” para que los ingenieros técnicos puedan asumir competencias de los ingenieros.

Tanto para ingenieros como para arquitectos, la colegiación solo será obligatoria para aquellos que pretendan firmar proyectos.

Para farmacéuticos, se suprime la exigencia de que el propietario o titular de la farmacia sea un profesional de esta carrera, aunque no para asumir la dirección de la misma, en la que será obligatorio contar con un farmacéútico.

Finalmente, y atendiendo solo a la letra gruesa de la reforma, se suprime la incompatibilidad entre el ejercicio de las profesiones de abogado y procurador, y no se exigirá a los abogados la colegiación como procuradores para representar a sus clientes en juicio.

El Club de la Tragedia: Porqué no arrancamos

El Gobierno está haciendo lo que hay que hacer, según él, y hay que darle la razón. Porque según la crítica, entre los que me incluyo: hacen lo que les conviene. (Y no implica ésto que he escrito un desprecio hacia las lumbreras de este Ejecutivo -que haberlas, haylas-: un buen empleado hace lo que beneficia a su empleador, que para eso le paga).

Como ya somos mayores en este cuento de andar rondando a las soluciones de la crisis, hora es de ir directamente al grano. A corto plazo, no tenemos remedio.

Las grandes empresas de este país, cuyos propietarios (algunos con nombre conocido, otros, ocultos en Sicav y sociedades de control) y sus principales ejecutivos andaban a Rolex cuando los demás andábamos a setas, han exprimido hasta dejarlas exangües las posibilidades de inversión y endeudamiento públicos.

Lo han hecho, naturalmente, en lo que era más vistoso y técnicamente no muy arriesgado. No en investigación y desarrollo, que eso ya lo harán otros. Se concentraron en carreteras, muchas carreteras; y en edificios, muchos edificios; y en depuradoras y desaladoras y múltiples sistemas de aducción y colección, aunque no hubiera siempre la intención de hacerlos funcionar algún día, si faltaran dineros.

Tenemos hoy una geografía plagada de cemento, armado y bien defendido, aunque no justificado siempre. De país agrario hemos pasado a ser país asfaltado.

La perspicacia del cooperador necesario en ese expolio de las arcas públicas, crédito presente y compromisos de pago futuros, – la Banca-, ha sido no descuidar la atención al sector privado.

Quiá. Enguadado el ambiente con unas promesas de perspectivas florecientes, han concedido préstamos hasta el gato, si le hubiera apetecido hacerse una casa con gatera. No había problemas a la vista: el país no podría pagárselo, pero Vd. sí. “España, país pobre; ciudadano español y asimilado, persona rica”, como he tenido ocasión de reflejar en otro Comentario, en boca de un japonés, que alegaba del suyo justamente lo contrario (“Japón, país rico…”; etc.).

Conclusión: No arrancaremos si alguien no nos empuja cuesta abajo, como había que hacer antes con los coches cuando, a la mañana, se encotraban fríos y había que dar al motor con  unas vueltas. Ahora dependemos de la exportación y del milagro del arrastre exterior.

Nuestras grandes empresas de construcción y servicios (FCC, ACS, Ferrovial, hasta Telefónica, Mapfre, y compañía), las ingenierías (en gran parte, drogodependientes de ellas), tienen sus Balances muy tocados: algunas estallarán en corto plazo. Las de producción de bienes de consumo más o menos directo y distribución (El Corte Inglés, Inditex, Carrefour, etc.) se mantienen a base de ofrecer peores calidades y aplastar aún más al comercio minorista; y no sigo, para no causar más depresión en el lector amigo.

Es cierto que la educación y la investigación son pilares del desarrollo; pero no se improvisan; implican medidas a medio y largo plazo; no tenemos, para impulsarlas, ni dineros, ni capacidades, ni, en casos muy sangrantes, ganas de reformas sustanciales.

Así que nos queda el turismo, la hostelería, la hospedería, la venta de las empresas de nuevas tecnologías al capital extranjero, atender a la especulación de los que se aprovechan de la coyuntura del caído. No nos moriremos de hambre, pero nos esperan períodos muy duros: adiós al estado social, riesgos al estado del derecho, imperio de la filosofía del sálvese quien pueda.

A los menos creyentes, nos queda el consuelo de reconocer que los españoles tenemos experiencia de momentos de austeridad. Sabemos, como hidalgos viejos en la sangre, vivir con menos; incluso malvivir con casi nada. Reagrupamiento de familias, aumento de la economía sumergida, imperio de la chapuza y de la picaresca.

No son buenas noticias, pero ni siquiera son noticias. No nos gusta que nos digan lo que hay, y a los que nos lo cuentan, los tachamos de pesimistas, de agoreros del desastre, de izquierdistas irredentos.

Qué se va a hacer, si somos ciclotímicos; pero si alguien tiene la solución, es hora de que nos la diga. Y si no se atreve nadie a poner orden en las cuentas de los que más tienen, forzándoles a repartir parte de lo que acumularon (si es que no se lo han llevado todo), que no se engañen luego los que pensaron que este pueblo puede aguantar con ilusiones fatuas, con promesas fantasiosas, que todo va a cambiar, porque hay que tener fe en lo que están haciendo, tensando la cuerda sobre los que menos tienen.

Porque el problema nuevo con el que se enfrentan los que manejan los hilos de la política aparente, es que ahora la información fluye con más rapidez y que acabaremos todos sabiendo porqué nuestra democracia no ha funcionado como debiera. Nos la tuvieron secuestrada, y se chupaban el jugo de la carne, dándonos las hebras sin sustancia.

 

Educar, ¿para qué?

Nunca he sentido, en ninguna de las múltiples reuniones y discusiones de trabajo que mantuve con profesionales de variados países (1) que mi formación fuera insuficiente. He tenido ocasión de comentar con otros colegas españoles, no solamente de los que poseen la misma cualificación universitaria que yo, sino de otras carreras, y la constatación se repite: a nivel personal no tenemos nada que envidiar.

El éxito contrastado de miles de universitarios trabajando en el extranjero, plenamente integrados en equipos en muchos casos de alta cualificación, confirma que no existe un problema de formación: no existía para los que nos hábíamos educado hace treinta o cuarenta años, y que, por razones en su mayoría coyunturales, teníamos que trabajar con extranjeros, ni existe ahora, momento en el que, por la crisis estructural, se está produciendo la selección de jóvenes egresados con mejores currícula para integrarlos en las estructuras productivas o de investigación en aquellos países extranjeros que son conscientes de necesitar mayor cantidad de gente bien preparada que la que pueden producir por sí mismos.

Si la introducción del comentario resulta demasiado larga, lo lamento. Si aparece focalizado hacia la situación de la formación universitaria, lo siento también, pero soy de los que están convencidos de que una buena educación universitaria es la base no prescindible de un país próspero.

Y no la tenemos, al menos desde que el desmadre autonómico con obsesión de copiarse unas a otras, hasta la caricatura, los modelos de las competencias trasferidas o arrancadas, convirtió a España en un mosaico de desorden administrativo, económico y práctico.

Hay demasiadas universidades, demasiadas carreras, demasiados catedráticos, demasiados profesores muy malos, demasiados alumnos, demasiados alumnos muy malos, demasiada dejación de exigencia y rigor en la mayoría de los centros universitarios.

¿Por qué hemos llegado a esto?. Porque la Universidad española, salvo excepciones escasísimas, no tiene como horizonte educativo, formar para saber, exigir para comprobar que se sabe, educar para conocer cómo llegar a aprender lo que no se conoce desde la formación que se adquiere en la Universidad.

Y con esta descalificación frontal hacia el actual sistema universitario, no estoy, contra lo que pudiera parecer, alabando sin reservas lo que había antes. No. Los profesores no eran entonces muy buenos, pero eran, en general, mejores y, sobre todo, estaban más involucrados. Los alumnos no eran, en media, mejores, pero eran muchos menos y, salvo deshonrosas excepciones, estaban convencidos de que tener un título universitario -en especial, en las carreras técnicas- mejoraría sus opciones de alcanzar un estándar de vida más alto. Las enseñanzas que se recibían no eran ni menos prolijas, o arbitrarias o, en muchos casos, inútiles, de lo que son ahora (en el que la técnica y la ciencia puntera han avanzado brutalmente), pero los alumnos tenían que estudiar mucho, -¡mucho más!-, para sacar las asignaturas adelante -¡y todos, no solo los mejores de cada curso!-, y hacerlo por su cuenta, solos o en grupos, sin tutores ni zarandajas.

Educar, ¿para qué? Háganse esta pregunta los que tienen que tomar las decisiones. Y piensen que no necesita el país miríadas de universitarios desorientados y con cuatro conocimientos adquiridos al bies, posiblemente inútiles para su vida profesional (si llegan a tenerla), sino unos pocos miles de universitarios bien formados (especialmente, en las disciplinas troncales), concienciados de su papel especial en la sociedad, involucrados con el deseo de progreso colectivo…y muy humildes, conscientes de que son unos privilegiados en cuyo desarrollo hemos invertido todos.

No necesitarán que se les estimule a estudiar tres días antes de los exámenes tipo-test para que alcancen un mínimo de conocimientos vergonzante con el que justificar un aprobado, en general, arbitrario. Y sus maestros, evaluados por la sociedad (¿qué ha sido de los Consejos Sociales y del cumplimiento de sus teóricas funciones?) y no por los propios alumnos, no temerán que un alto número de suspensos sea estimado como consecuencia perversa de su fracaso como docentes.

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(1) Por supuesto, entre ellos, alemanes, franceses, norteamericanos, ingleses, chilenos, argelinos o marroquíes…

Lo que necesitamos en 2013

Está a punto de terminar 2012, un año malo. Dicen algunos que estamos ante un cambio de tendencia, pero no les creo. Dicen otros que necesitamos cambiar de paradigma, y no me convencen.

Expresan unos que tienen la solución, y no me inspiran confianza. Intervienen otros para manifestar que los que toman decisiones lo hacen en su provecho o que se equivocan en lo que otros hacen, y no tienen credibilidad, porque no acertaron cuando tuvieron la oportunidad.

Opino que a todos nos hace falta mucha humildad. Para no opinar de lo que no sabemos, no actuar sobre lo que ignoramos, no aparentar lo que no tenemos.

Si tuviéramos perfectamente detectados a los que conocen bien sobre un tema y les dejáramos opinar, sin el ruido de los que solo hablan de oídas o por intereses propios o al mandato de los que los tienen, tendríamos la oportunidad de saber cuáles son, en verdad, la magnitud de los problemas y las opciones para solucionarlos.

Y, si los que tienen el poder para actuar se dejasen guiar por los que saben y tomasen las decisiones adecuadas -solo las imprescindibles- para llegar por el camino más derecho a solventar las dificultades, todos estaríamos mejor y más tranquilos.

Pero no es así. Quizá el mundo está organizado para que nunca sea así. Hay demasiados papeles ya distriubuídos entre personas que no son suficientemente capaces, y que, desde luego, no están dispuestos a ceder su posición relevante. Hay demasiadas personas que están encumbradas en centros de poder y que, por el hecho de estar allí, creen que deben opinar y tomar decisiones acerca de lo que ignoran. Peor aún, muchos de los que toman decisiones actúan desde la extraña convicción de que deben cambiar lo que los ánteriores hicieron, por cuestiones de ideología, intuición o, simplemente, porque se pretenden con la autoridad para modificar lo que se encuentran en su feudo de acción, acercándolo a sus intereses, creencias o imaginaciones.

Y luego, estamos todos los demás. Los que somos conscientes de que sabemos poco de casi todo, aunque pretendemos dominar una pequeña esfera en la que hemos acumulado nuestra específica experiencia y conocimientos. No tenemos ocasión de manifestarnos y cuando lo hacemos, no tenemos público. Nos ignoran.

La verdad hace daño a quien desearía tener su dominio absoluto. Los que tienen el dominio hacen daño con sus decisiones, fundadas con demasiada frecuencia en sus conocimientos limitados, en su información imprecisa o, aún peor, en la confianza que les da el actuar como lo hacen solo por saberse apoyados por un pequeño grupo de instigadores, que quieren convencernos de que hay que hacer las cosas así, como ellos o los que los mandan, quieren.

Necesitamos humildad, pero también fortaleza. La fortaleza que se consigue aglutinando las opiniones de los mejores, de los que saben de verdad de los temas, de los que manejan la información cierta, de los que no tienen otra ideología que la del progreso de todos.

Pero no tenemos muchas probabilidades de que esto sea así, como la mayoría queremos, y como muchos pensamos que debería hacerse. Con honestridad, con conocimientos, con seriedad, con sentido de la solidaridad.

Nadie tiene el derecho a pensar que lo está haciendo muy bien, porque no será así. Nadie tiene el derecho a creer que es tan bueno que merece ser recompensado con un salario que no guarda ninguna relación sensata con la de los que están a sus órdenes o bajo su cuidado. Nadie puede jactarse de haber tenido suerte en su vida, porque haya heredado una fortuna, conseguido con trampas y artimañas acumular un magnífico inventario de bienes, alcanzado en solo él sabe qué condiciones un puesto de dominio en la academia, en la política, en la empresa, en la judicatura o en cualquier otro orden de la vida.

Necesitamos humildad para reconocer lo que no sabemos y los que sabemos poco necesitamos fortaleza para defender aquello que sabemos bien y no desfallecer en utilizar todos los medios legítimos para hacer llegar nuestra voz. A los que padecen la injusticia de las decisiones atropelladas y a los que disfrutan del placer de tomarlas, convencidos de que nadie podrá desmentirlos.

Ese es mi deseo para 2013. Y para siempre.

Redes sociales, espacios virtuales y pesca incontrolada

Imaginar las redes sociales que entrelazan con frenética intensidad nuestros perfiles reales en el mundo virtual como un artilugio de pesca, podrá parecer a algunos una metáfora exagerada, arcaica, tendenciosa y pendenciera.

Porque pertenecer a varias redes virtuales es visto, especialmente por los menores de cuarenta años, como una forma especial de vivir más intensamente, de generar nuevos horizontes, incluso sin límites. Estar conectado en directo permanente con conocidos y hasta desconocidos, que nos ofrecen centenares de mensajes diarios con informaciones variopintas, es una manera moderna de sentirse mejor, de estar mejor informado, de ser más global.

No voy a negar que, para un grupo selecto de participantes en este maremágnum de relaciones virtuales que se complica continuamente, la experiencia de estar en las redes es interesante, y productiva.

Pero con la misma intensidad afirmo que, para la inmensa mayoría, las redes no son un artilugio que les corresponda controlar, sino que ellos son los peces. Objetos de pesca apetecida por quienes, tiburones en el mismo mar o pescadores en el espacio virtual que han acotado a su antojo, fingiendo ser parte de las redes, son, en realidad, sus tejedores.

El entramado que las redes virtuales han tejido en el espacio cibernético no es ya controlable por autoregulación, y, desde luego, no puede serlo individualmente respecto a lo que conforma nuestra identidad telemática,  que acaba siendo incluso más potente que la real. A la información que se ofrezca personalmente en ellas, se une la, no siempre deseada, que los buscadores bombardean a quien tenga interés en saber sobre nosotros, lo que hacemos, nos gusta o abominamos.

Somos peces en estas estas redes, y apetecibles objetivos para los tiburones y pescadores del espacio cibernético, en el que nos movemos con aparente soltura. Para algunos de los usuarios, no tenemos el perfil de amigo, colega ni profesional interesante, sino, por ejemplo, el de cliente potencial, competidor, empleado a vigilar, adversario e incluso enemigo.

La autoregulación es necesaria, y hay que ser conscientes de lo que se ofrece de uno mismo en el espacio en donde podemos convertirnos en carnada para las especies mayores. Pero es imprescindible introducir algunas reglas de juego, prohibiendo la pesca incontrolada, los artefactos y artimañañas, porque este espacio empieza a estar demasiado lleno de despojos.

Es imprescindible, por ejemplo, regular y penalizar el robo de identidades virtuales, el envío de publicidad no deseada, la comercialización engañosa, las agresiones a la privacidad, el uso de falsas identidades con el objetivo de apropiarse de datos de terceros, el insulto y la descalificación amparándose en el anonimato, la difusión de informaciones falsas a sabiendas, etc…

El buen jefe

Mientras merendábamos, un amigo ya jubilado recordó a uno de sus jefes con la expresión: Era un buen jefe, porque no tenía prisa porque se terminara ningún asunto y todo lo que hacíamos sus subordinados le parecía bien.

Mi primera reacción fue la de la ironía: En efecto, si el destino final de lo que estábais haciendo era un desastre, no había porqué correr, y, teniendo en cuenta que lo que perseguíais era la máxima ineficiencia, cualquier actuación es buena para contribuir al caos.

Pero, cuando me escuchaba a mí mismo, se me presentó la imagen vívida de que no podía defender que la posición contraria, acelerar la terminación de los temas, hostigando a los subordinados y criticando sus propuestas, supusiera la definición de un buen líder.

El asentamiento despiadado de la crisis en España durante 2012 ha puesto en bandeja a los críticos la posibilidad de juzgar los resultados del tipo de liderazgo que hemos tenido en el país, no solamente en el gobierno de la nación, sino en las grandes empresas.

La panorámica de la gestión pública como privada se nos ha poblado de buenos jefes. Gentes que, hagan lo que hagan, son juzgados como mentes brillantes por sus subordinados.

Da lo mismo que se trate de Mariano que de Rubalcaba, de Mas como de Menos, de Botín como de Florentino, de Rato como de Villalonga, de Esperanza como de Solchaga, … no conozco personaje público ni privado que no sea alabado como un figura de la previsión estratégica por sus más directos allegados al poder.

Por supuesto, tampoco conozco ningún líder vivo que no haya obtenido feroces críticas por parte de quienes están sufriendo las consecuencias de las decisiones restrictivas que estén tomando ellos mismos o -nunca se suele saber bien de dónde parte la corriente- la estén tomando sus subordinados o, más seguramente, se las estén dictando desde arriba.

Así que, si me viera en la tesitura de analizar, en una tertulia de café, que es en realidad un buen jefe, debería matizar que todo depende de la coyuntura en la que le haya tocado lidiar: si se encuentra situado en una fase recesiva del sector o de la economía en general, lo mejor que puede hacer, si, como supongo que le sucederá, pues ha llegado hasta allí, no tiene mayor idea de lo que hay que hacer, es no hacer nada, y dejar que sus subordinados hagan lo que le plazca.

Si, por suerte, se encuentra con una fase expansiva de la economía, lo mejor que puede hacer, bajo los mismos supuestos, es hacer cualquier cosa que se le ocurra, con la seguridad de que eso serán también lo que hagan sus subordinados, por lo que entre todos conseguirán llegar de la manera más rápida posible y más caótica al final de la fase expansiva, por lo que no tendrán problemas en aplicar el resto del manual, tal como figura en el párrafo anterior.

Soy consciente de que estas ideas no van a figurar en ningún libro de gestión empresarial (salvo, eventualmente, el que yo mismo me publique), pero eso no les resta validez. Al contrario. Las fuerzas del mal están en todas partes para impedir que lo razonable destruya, ya en su fase prodómica, la recuperación de la amnesia colectiva.

Por qué no felicito por correo ni el Año Nuevo ni la Navidad

Como todos los años, por estas fechas, recibo decenas de correos electrónicos de amigos y conocidos, colegas, clientes, consultores, proveedores de muy variados productos -(algunos, incluso, de los que no utilicé en mi vida), colegios profesionales, centros oficiales, etc., felicitándome la Navidad y deseándome que prospere y que lo pase bien en compañía de los míos.

Agradezco tantas muestras de buena voluntad. Y, como no voy a contestar a ninguna (ni, por supuesto, iniciar ninguna cadena de felicitaciones por mí mismo), quiero dejar constancia en este blog personal de que haré todo lo posible por ser feliz y hacer felices a los demás, en la medida de mis posibilidades.

Confirmo, igualmente, que deseo lo mismo para todos los que conozco e, incluso, para todos los que no conozco. Especialmente, y espero que no se enfade nadie, deseo que todos los que se han ocupado de hacer más infelices (poco o mucho) a sus semejantes, cambien de inmediato de actitud y, puesto que no deseo mal a nadie, si no lo hacen, que sean marginados a profundas cavernas en donde no puedan causar más desperfectos con sus decisiones.

Por no responder a ningún correo ni expresar ninguna felicitación personal, no desearía que se interprete que soy un raro, aunque todos somos libres de sacar esta conclusión de la actitud de quienes no hacen lo mismo que todos.

No quiero aumentar el spam del espacio virtual -y, mucho menos, el del físico-. No quiero participar en la ceremonia de manifestar lo obvio. No deseo hacer la pelota a nadie aprovechando estos días, ni aspiro a obtener la menor ventaja de dioses ni de humanos que no sea resultado, como hasta ahora ha sido, de mi trabajo y el de los que colaboran conmigo. Ni tampoco quiero ser sujeto de otras manifestaciones de afecto y cariño que las que se me dispensen realmente, y a las que procuro corresponder, e incluso adelantarme a ellas, como norma de actuación en mi vida.

Un saludo cordial y espero que, aunque no leáis nunca esto, no os sintáis decepcionados por no haber recibido mi felicitación. Por supuesto que quiero que os vaya mejor, y por eso, prefiero ocuparme en tratar de mejorarlo haciendo lo que puedo lo mejor que puedo.