Preparando Octubre de 2015

Tengo abierto sobre la mesa, por las páginas 1158 y 1159, el libro “La segunda República española,  una crónica” (Ed. Destino, 2006), con la recopilación de artículos escritos por Josep Pla en el período 1931-1936, traducidos al español.

Las páginas corresponden a la crónica publicada en “La Veu de Catalunya” el 10 de octubre de 1934, bajo el título “El momento actual”. Más de ochenta años después de los sucesos que sacudieron el árbol frágil de la República desde dos áreas del país -Asturias y Cataluña-, por diferenciables propósitos y móviles, el lector de Pla tiene una perspectiva formidable para valorar lo que estaba pasando, – y lo que aconteció luego-.

Pla escribe desde sus propias convicciones ideológicas y con la limitación de su parcial acceso a la información sobre lo que estaba sucediendo en esos precisos momentos.

Nuestra posición es, desde luego, diferente. Es muy posible que, como fue mi caso, quien avance en la lectura de las crónicas del gran periodista, se haya acercado a esa recopilación con el bagaje de sus propias conclusiones o se entienda alineado con las extraídas por alguno de los eficientes analistas de hechos históricos que encontraron en esa época un campo abonado para estudiar algunos de los porqués de la incapacidad de los españoles para entendernos sin llegar a las manos.

Pero la lectura de la descripción, casi en tiempo real, de lo que estaba sucediendo en España, tiene un efecto provocador, y, cuando se compara aquella situación con lo que estamos viviendo hoy, con la que, en mi opinión, no faltan similitudes, se suscitan imágenes con tintes sombríos respecto a lo que puede venir y, por tanto, aún evitarse.

Repasar el pulso de esas fechas guiado por la dicción del  “prosista más relevante de la literatura catalana” -que es como se le denomina en una de las guardas del grueso volumen- me ha puesto de manifiesto algo que supone más que una intuición, porque ha sido sellado con la realidad dramática. Entre Asturias y Cataluña, dos regiones españolas de esencial personalidad, jalonada por su historia y el sentimiento de complicidad intuitivo entre sus habitantes, el núcleo mayoritario de esa identidad corporativa se alinea con dos presupuestos ideológicos muy diferentes: lo que bulle en Asturias es un sentimiento solidario hacia lo universal; lo que moviliza el catalanismo descansa en la defensa de los intereses propios.

No quiero pontificar y rehúyo la polémica. Pero han sido tenazmente distintos los móviles sociales, económicos, políticos y hasta sentimentales que han servido de acicate para conducir su responsabilidad histórica, en momentos significados, por parte de los colectivos que asumieron el protagonismo en esas regiones. En octubre de 1934 tuvieron lugar dos movimientos simultáneos, pero que tenían poco que ver.

Los mineros que se levantaron contra la República en Asturias, estaban guiados por las ilusorias expectativas de los líderes de la UGT y la CNT de tumbar una República que entendían de derechas e implantar una República de trabajadores, bajo el ideario marxista. Lucharon bajo esa convicción, vivieron durante unos días con la emoción de la victoria, y -permítaseme esta licencia- no se rindieron, aunque los promotores de aquella revolución pactaron la entrega de las armas cuando comprendieron la desproporción de sus fuerzas y las del Ejército que se envió para sofocarlos. Porque no se rindieron, en julio de 1936 volverían a movilizarse para luchar por sus convicciones.

En Cataluña, la insurrección del 34había sido capitaneada por el propio gobierno de La Generalitat, y el mismo Companys proclamó, el 6 de octubre a las ocho de la tarde, el estado Catalán de la República Federal Española. El objetivo era exclusivamente político, provocado por la falta de entendimiento entre el gobierno central y el de Cataluña, en el que el riesgo de Companys era que “su postura comporta querer ligar sus propios errores a los intereses generales” (crónica del 28 de febrero de 1934) .

Había también algunos antecedentes de agravios inmediatos: el Tribunal de Garantías, en junio de 1934, declaró anticonstitucional la ley catalana de Contratos de Cultivo, aprobada por el parlamento catalán. A finales de mayo, Cambó, líder de Lliga Catalana, conmovía a la Cámara de diputados defendiendo los regímenes de libertad frente al presunto despilfarro de una Dictadura bajo la influencia de los socialistas.

Escribe Plá: “Los hombres de Esquerra, que gobernaban en la Generalitat de Cataluña, a pesar de la magnífica posición de privilegio de que disfrutaban dentro del régimen, privilegio que no había conocido ningún partido político catalán, han creído que tenían que ligar su suerte a la política de los hombres más destructivos, más impopulares y más odiados de la política general. Se han equivocado y lo han pagado caro”.

Es bien sabido que la inmediata reacción del general Batet, negándose a acatar las órdenes de Companys y sacando las tropas a la calle, reduciendo sin problemas a los escamots del Estat Catalá, terminó al alba del día 7 de octubre con el intento secesionista y la prisión de Companys y su gobierno.

En su crónica del 20 de junio anterior, había escrito Plá (pág. 1098): “En el estado actual de las cosas, dejo a la consideración del lector la valoración de la gravedad inmensa que podría significar un reavivamiento del anticatalanismo en este país”.

En septiembre de 2015, cuando escribo estas líneas, el gobierno legítimo de Cataluña está embarcando a la región en una aventura anticonstitucional, con la pretensión de obtener una mayoría secesionista en un referéndum, que podrá ser legal en su convocatoria, pero que plantea solidarizarse con una ilegalidad y, sea cual sea su resultado, cava más hondo en el infame pretexto de la separación entre las Españas, tan acomodaticio y, por tanto, utilizado con ligereza por variados intereses particulares.

Tengo pocas dudas de cómo habrá de terminar este movimiento de carácter secesionista y jurídicamente suicida; no se hará, sin embargo, sin que se haya provocado algún dolor y ciertas lágrimas.

Miro hacia Asturias, y la veo, hoy, tranquila y, a pesar de la crisis, confiada en que se saldrá adelante con el apoyo de todos. Ya no es una región minera, ni existen impulsos protagonistas que alimenten brotes revolucionarios ni mucho menos, secesionistas. Y cierro el libro de Pla y me dispongo a escribir la crónica de esta otra historia que nos corresponde vivir en directo.

 

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