Otras gentes:(4) Gentes del libro

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, “gentes del libro” son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de “no militares”) proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como “ciudadanos normales”, exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen “lobos solitarios”, sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten “con recato” para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro “La Yihad” -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: “El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)” enlazando con la tradición de sus sociedades que “se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo”.
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

La cuestión del control de las masas

Antes de leer “Sapiens”, el libro de Harari al que me refería en el Comentario inmediatamente anterior, había tenido ocasión de deleitarme con el que escribió posteriormente, “Homo Deus. Una breve Historia del mañana” (Penguin Random House, Grupo Editorial, 2016). Encuentro éste último más interesante y entretenido que el primero y, desde luego, más provocador.

Es una recomendable lectura para las vacaciones y, sobre todo, es una reflexión que deshace, con elegancia y las oportunas referencias históricas, la mitología generada por el hombre en torno a su necesidad de trascendencia, de inmortalidad, de poderes divinos y otras elucubraciones.

No es esa, sin embargo, la cuestión que me trae a redactar este Comentario, sino el asunto de si el dataísmo -neologismo con el que se recoge la idea de que el universo consiste solo en flujos de datos – alcanzará a explicar  que todos los organismos -el hombre, también- se pueden reducir a algoritmos y, cuál será el sendero hasta allí.

Al margen de que la idea pueda parecer una extravagancia inaceptable (para todos los que profesan una religión, desde luego), Harari aclara que la mente humana no tiene capacidad de procesamiento para llegar a esa conclusión y, por tanto, lo que le parece relevante (a mí, también) es, por eso, lo que sucederá, en el camino, a los seres humanos. ¿Seremos más felices, más poderosos, más longevos? ¿Todos, solo algunos? ¿Cómo nos arreglaremos para procesar mejor los datos y avanzar en los nobles deseos de repartir el conocimiento útil para conseguir esos saludables efectos?

Nos falta, en todo caso, mucho trecho para recorrer el camino -éste u otro que conduzca a la Verdad-, y, entre tanto, me parece que lo que nos está afectando, hoy como hace miles de años, es la manera en que algunos grupos pretenden alcanzar el poder de regir las vidas de sus coetáneos (o seguir manteniendo el que tienen), prometiendo que les conducirán a una mayor felicidad, si les hacemos caso, y aderezando las promesas con doctrinas, programas y teorías.

Quisiera creer en la buena intención de los que se erigen en guías hacia tierras de satisfacción -con especial mención a los que consiguen el apoyo de grupos crédulos en sus promesas, obtenido por elección democrática entre ignorantes-, pero me asombra lo poco que saben ellos mismos, los escasos datos que manejan y, en fin, la tranquilidad con la que venden con cuatro pinceladas, el producto de sus religiones particulares, sea el libre mercado, los grandes grupos empresariales, el comunismo, el socialismo con o sin apellido o…la voluntad de un Dios supremo al que se encomiendan.

El dataísmo está aún muy lejos, si ha de llegar. Pero la revolución humanista, también. Sin necesidad de acudir a la gran potencia de procesamiento de superordenadores, utilizando solo el cerebro humano y la lógica no contaminada por axiomas y falacias, podríamos hacerlo mucho mejor. Pienso yo, vamos; aunque nuestra existencia esté gobernada por miles de millones de algoritmos, Dios fuera una elucubración útil en algún momento de la Historia (incluso hoy), y el futuro sea impredecible.

Solo necesitaríamos analizar con seriedad los márgenes de libertad que tenemos a nuestra disposición colectiva, y emplearlos en mejorar la función de utilidad; sin machos alfa, navajazos entre correligionarios, incompetentes que confían en que el paso del tiempo lo arreglará, o amiguetes que se reparten las mejores tajadas del búfalo que hemos cazado entre todos.


Como no todo son pájaros, traigo la fotografía de dos acémilas, a las que encontré jugando en un vallado, actividad a la que se emplearon con tanto ardor e intensidad, que acabaron dándose mordiscos.

No se si ganó el burro o el potro, pero puedo dar fe que, cuando abandoné la observación, ambos estaban sangrando por las orejas y los hocicos.

Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Juguetes peligrosos

No descarto que podamos estar sometidos nuevamente a perturbaciones cósmicas que afecten a la capacidad de raciocinio de la Humanidad. Si mi elucubración es cierta, una parte importante de los seres humanos tendrían completamente distorsionada su visión de los hechos.

La prueba de mi sospecha es imposible, pues se vería sometida a la demostración diabólica de que precisamente los afectados por la distorsión mental están equivocados, cuando ellos creen que los errados somos los demás.

Si alguno de los que han sido poseídos por el mal de la distorsión lógica fuera preguntado, opinará que lo que me dispongo a exponer es producto de mi visión sesgada de las cosas, de mi avanzada edad o incluso a -para ellos- despreciable  tendencia a criticar cuanto provenga de la izquierda o la derecha ideológicas (lo que juzgarán como una ofensa, según la parte del cerebro que les haya afectado).

Analice el lector, para que pueda comprobar por sí mismo si está libre de la anomalía, lo que piensa de estas situaciones:

a) El presidente del país aún más poderoso de la Tierra, que dispone de la capacidad para provocar una destrucción masiva de la Humanidad, se cree poseedor de la verdad absoluta.

En consecuencia con su megalomanía, improvisa peligrosamente en política exterior (menosprecia a los aliados, se presenta como inesperado cómplice de otros, eleva la tensión mundial con amenazas y bravuconadas); niega el cambio climático (confirmado por miles de científicos que llevan años analizando la evolución de la temperatura media de la Tierra); entiende que  favorecer a sus propias empresas está dentro del lema antiglobalización “América primero” (sus asesores principales son miembros de su familia y su hija ocupa el lugar del Presidente cuando a él le apetece, a despecho de la organización estatal);abomina de la libertad de prensa (pretende que se publiquen solo noticias favorables a su persona);  quiere hacer mayor el vergonzoso muro que separa a USA de México (y financiarlo con placas solares a cargo del país vecino);  incumple los compromisos y tratados firmados por su antecesor (generando una insólita inseguridad jurídica sobre el país que debía ser principal garante del cumplimiento de los acuerdos), etc.

b) Al otro lado del planeta, un personaje con parecida capacidad de movilización sumisa y esquizoide de las masas a la que tuvo el genocida Hitler sobre el pueblo alemán en la parte más oscura de su Historia, un tal Kim Jong-un, se prepara para iniciar una guerra global, construyendo un arsenal atómico descomunal. Con la población norcoreana sofronizada por  un adulterado comunismo, y con una estructura de control interno de la posible disidencia que mejora cum laude las fórmulas de la abominable Stasi, ese país situado en una de las zonas potencialmente más conflictivas del planeta, camina, a paso seguro, desde su aislamiento internacional hacia una explosión incontrolada.

No está solo en su esquizofrenia, tampoco, en esa parte del planeta. Pero analizar los distintos casos de explotación de los más humildes, vejación de etnias y tribus, conflictos enquistados, descontrol consciente, usurpación de tierras y aniquilación de los diferentes, me llevaría un tiempo del que no dispongo, ni al lector conviene.

c) En Venezuela, con voluntad reiterada de convertirse en paradigma de la negación de los derechos  a la discrepancia y a la oposición democrática, un ignorante Nicolás Maduro -contradictorio apellido para alguien con tal bisoñez intelectual-, secundado (nunca es de  otra manera) por una colección de arribistas y aprovechados ante cualquier posible reparto de poder y prebendas , no contento con haber hundido un antes próspero país en la absoluta miseria -en la estela de un visionario Chávez, adormecido por la sesgada y simplona interpretación de las glorias bolivarianas-, lanza bravuconadas a diestro y siniestro, mientras la población se muere de hambre y los recursos venezolanos (incluido el muy valioso de la capacidad de sus habitantes) se desperdician, pudren y, en su utilización descontrolada desde las corruptas élites políticas, perturban hasta llevarlo a la guerra civil, la paz social que un pueblo precisa para crecer.

d) Por supuesto, en esta relación de descalabros y descalabrados, no puede faltar la hidra de cien cabezas del terrorismo islámico -cuya apelación a una religión aún por depurar no puede ignorarse ni menospreciarse-, que alimenta la guerra civil siria, el despropósito de Irak, Irán o Libia, países en los que los intereses económicos se han enmascarado bajo supuesta defensa de derechos civiles (unos pocos ejemplos), la gerontocracia familiar de Arabia saudí, la aún endiosada corto-dinastía marroquí, la convulsa situación egipciaca (incapaz de encontrar su vía democrática), las imposibles supervivencias pacíficas en las ex-colonias africanas (en donde las economías europeas aún tienen tentáculos de los que no quieren desprenderse). Y otras decenas de ejemplos, en los que también hay que destacar la tensión, típicamente anti-humanitaria, por la que el pueblo elegido por su dios, Israel, sigue echando contra la pared, -guiado por una espada flamígera alimentada desde el capital judío norteamericano-, al pueblo palestino, subvencionado, sí, pero para que permanezca en la pobreza y no pueda levantar su cabeza como estado libre, respetable y autónomo.

e) No está nuestro país libre de este mal cuyos efectos tan sucintamente expongo. En lugar de preocuparnos por generar empleo estable, crear empresas, repartir mejor las plusvalías, unos se esfuerzan en mentir y ocultar información, otros se han ocupado y ocupan en apropiarse del dinero público (ocultando a los que nos robaron con dilaciones judiciales y protecciones especiales, injustificadas en un estado de derecho), aquellos proclaman su voluntad de secesión de la causa común (llamando mayorías a minorías muy poco cualificadas), los de más allá, sin ofrecer más perspectiva que el caos o la revolución incontrolable, persiguen y adulteran con falsedades los valiosos principios de 1) las ventajas generales de una educación exigente y de alto nivel; 2) la estabilidad de una forma de gobierno -la Monarquía-  que, amén de constitucional, carece de alternativa ni mejor ni equiparable;  3) el valor de una religión, la cristiana, que en su estado de aplicación actual, si fuera sentida, sería importante garante de la ética universal (no defendida desde muchos otros frentes, ayunos de valores que no converjan en el egoísmo personal o grupal); 4) la importancia de la solidaridad, de la defensa de la Patria, del control del gasto público, de la mejora de la asistencia social, de la incardinación de la política propia con la internacional, y, en especial, con la de la Unión Europea, que nos garantiza compartir un área de defensa económica, militar, de libertades y de ética, y una historia de superación de diferencias, con guerras (ay!) y, desde hace setenta años (1957?), con acuerdos de colaboración en la paz.

Mírese, mírese el lector, de qué lado está y, si como deseo y presumo, está con el análisis que expongo, tiéntese la ropa, porque estamos todos en vísperas de saltar por los aires. Al peligro cibernético dedicaré mi próximo comentario.


En la foto, una golondrina adulta alimenta a sus polluelos, ya formados, pero aún dependientes del sustento que le entregan sus progenitores.

En realidad, ya están capacitados para procurarse el alimento por sí mismas, aunque la comodidad de vivir a mesa puesta también se encuentra entre las aves que, en muchos casos -algunos, para el observador, inexplicables- provocan que la cría, situada junto al alimento, se hace todavía cebar por sus padres.

Si se observa la foto con detenimiento, se verá que la cría agraciada en el reparto de comida, en su boca, que su hermano aún mantiene abierta, para excitar al solícito progenitor, sostiene una hormiga alada a punto de ser engullida.

No hay sastres para tanto roto

No soy de esos ancianos -pronto cumpliré  69 años- que cuando les ofrecen un asiento en el metropolitano lo rehúsan diciendo que se apean en la próxima o que prefieren mantenerse de pie en la plataforma. Si algún joven me lo ofreciera, me he prometido a mí mismo que lo aceptaría, aunque reconozco que prefiero viajar de pie. No me lo han ofrecido jamás (es cierto que mi aspecto ahora parece saludable, pero cuando estaba sometido a tratamiento de quimioterapia, con la mitad del cabello ido por el desagüe y esa palidez cadavérica que se nos pone a los cancerosos muy evidente, tampoco).

Y sí, prefiero no sentarme, a salvo de que el vagón vaya medio vacío, porque: a) no suelo permanecer sentado más de una estación, pues siempre encuentro razón para cedérselo a una señora, como me educaron en la niñez; b) no es improbable que a mi lado, conformando una extraña capacidad para atraer gordinflones, se siente un/una mole de las que ocupan espacio y medio, que me obliga, por la vía de los hechos previsibles a levantarme si no quiero desfallecer aplastado.

La política de este pequeño país llamado España nos ha puesto sobre el tapete de la convivencia, con un descaro inimaginable hace apenas una década, la confrontación entre los ancianos de la tribu y los jóvenes adultos de la manada. No quiero citar ahora nombres, pero en el escenario político como en el económico, en el mundo de las ciencias, de la investigación como en el de la técnica, la filosofía o el derecho, se ha forjado una dicotomía inexplicable entre los mayores y los menores en edad.

Somos bastantes los ancianos que nos mantenemos de pie en la plataforma, viendo cómo los jóvenes ocupan los asientos, sin atender a nuestra mirada, a lo que podríamos decir o aconsejarles. No estamos muertos, pero nos menosprecian. Muchas de las cosas que dicen esos jóvenes nos suenan -al menos, a mí- a mensajes literarios, desprovistos de realidad y contexto, a juegos de diletantes que se embarcan en aventuras de machos y hembras alfa o beta sin interés para el colectivo, confundiendo su impulso juvenil con la fortaleza del que sabe por dónde va y a dónde conducir a la manada.

Ignoro cómo va a acabar esto, aunque sé, como todos los que lo vivimos, cómo está pasando. En el vagón donde viajo, a veces un grupo de jóvenes se sienta en la propia plataforma, extendiendo las piernas, y cuentan chismes escolares entre sonoras risotadas. No parecen haberme visto; mejor dicho, está claro que les trae sin cuidado que pudieran importunarme, o lo que piensen los demás pasajeros.

En esos casos, para no tropezar con el mar de piernas, prefiero dejarles la cancha libre, llevar mi trasparencia hasta el pasillo, y agarrándome a una barra del vagón, componer un soneto mientras las estaciones pasan. Se muy bien, por experiencia, que si afeo la conducta de esos jovenzuelos que no miran más que a su propio entorno endogámico, me encontraré solo con mi alegato en el vagón, rodeado de indiferencias.

No hay sastres para tanto roto.


La foto de este martinete la conseguí luego de una espera larga, atento a su quietud de pescador avezado. Finalmente, obtuve la secuencia por la que registré cómo se lanzó, utilizando su pico como un dardo, contra una gran carpa, que, luego de un breve forcejeo, engulló.

Después de la exitosa pesca, el ave abandonó su lugar de acecho, supongo que para retirarse a un lugar más recogido o volver al nido en el que quizá tendría que alimentar a sus polluelos. Al día siguiente lo volví a encontrar en el mismo lugar y, aunque también lo observé por largo rato, esa vez creo que el tiempo transcurrió sin que obtuviera presa alguna.

Patrias multinacionales

Me habían recomendado, desde diversos frentes, que leyera “Patria”, de Fernando Aramburu, un éxito de ventas (best seller, para los anglófilos) en las Españas. Así que me apunté a la lista de proto-lectores de la bien surtida Biblioteca de Castilla la Mancha. Me llamaron al cabo de unas semanas para comunicarme que había quedado disponible un ejemplar y, aprovechando que Toledo siempre merece una visita, incluso con el sofocante calor, me acerqué a la ciudad imperial y recogí el libro.

Tenía, sobre todo, curiosidad. De Aramburu -prolífico autor, como aseveran las carátulas- solo conocía dos libros, que, desde mi petulancia crítica, juzgo desiguales: “La gran Mirivián” (infumable) y “Fuegos con límón” (más que notable).

Solo leí la cuarta parte de “Patria” (unas 160 páginas) y, a diferencia de lo que suelo hacer con la mayoría de los que alimentan mi voracidad lectora, no lo hice en transversal, sino de seguido. La novela está escrita en un estilo ágil, fresco y, por tanto, resulta entretenida para quien busque evasión, aunque el tema sea tan áspero y dramático como glosar los tiempos oscuros de ETA y de Euskadi.

No es un libro de Historia, ni de comportamiento social. Es un libro de entretenimiento, en el que se entremezclan algunos personajes históricos con los de ficción y en lo que, eso sí, el contexto pretende recrear las tensiones que se vivían y viven en las familias de esa región española como consecuencia de la convivencia de familias de asesinos y de asesinados.

Mi esposa, que posee la necesaria resistencia para enfrascarse con obras de otros, leyó “Patria” entera y me hizo el gran favor de resumirla, con la variedad de matices y colores que una empedernida e inteligente lectora como ella es capaz de dotar a su recensión.

Quizá deba responder a la pregunta de por qué no la lei yo mismo entera. En primer lugar, porque nos habíamos propuesto devolver a la Biblioteca el libro antes de volvernos a Madrid el lunes y tuve otras tentaciones para el fin de semana; la fotografía del macho de oropéndola con la que ilustro este comentario es prueba de ellas. Y en segundo lugar, porque no me apeteció.

El “Patria” de Aramburu se me descubrió una obra oportunista, más que oportuna. Tiene un aire de “dejà vu” (perdón por la pedantería francófona) , o mejor dicho, “dejà lu”, que equivale a “dejà vecu” (ya vivido). Presenta dos familias que viven y sufren en Euskadi, con un pincel austero, manteniendo cierta distancia emocional, aunque ese ardid literario no excluye que nos sintamos suficientemente enterados de por qué actúan, o han actuado los protagonistas del drama.

Un drama, el del País Vasco (las provincias vascongadas, para los escolares de los cincuenta y sesenta), que los mayores de este país hemos vivido con gran intensidad y que, para quienes habitaban en esas tierras de España, supuso tener que convivir durante décadas con la opción de estar junto a los asesinos o ser caracterizado como víctima propiciatoria.

Si tienen tiempo, léanse Patria. Los más ancianos de esta tribu no descubriremos nada nuevo, y seguramente echaremos de menos en el prolífico y ágil Aramburu, ya que se puso a ello, algo más de análisis crítico. Aunque posiblemente, no le corresponde a él, profesor de filología, hacer de historiador neutral de un período oscuro, miserable y tremendo de la postguerra civil de 1936-1939, que se convirtió en un pulso despiadado contra el Estado de derecho.

Patria, que es una novela, tiene pretensiones de no serlo. Desde esa intención de autor, podría ser caracterizada como una crónica reducida de episodios que se han sufrido con mucha más intensidad que comprensión en esta región de nuestra Patria mayor que es España.

Solo que ahí se revelaría su carácter falsario, porque el episodio real, del que toma sus principales buches literarios, es aún una crónica abierta. No habrá, espero, nunca más muertos injustos por paisanos del mismo pueblo y raíces (España), convertidos en asesinos a sueldo de intereses bastardos, enmascarados con la idea metafísica -patafísica- de que existe una Patria propia, una nación distinta a las demás, un pueblo singular, una Historia peculiar incrustada en el paisaje y el paisanaje colectivos.

Oigo hoy los gritos que se profieren desde Cataluña, por parte de algunos iluminados, en defensa de una Patria propia, una nación distinta a las demás, un pueblo singular, una Historia peculiar incrustada en el paisaje y el paisanaje colectivos, y un escalofrío me recorre la espina dorsal.

Yo quiero que seamos todos españoles, y si oigo a algún nacionalista de esas patrias pequeñas, decirme con aire condescendiente que Asturias, la región donde nací y tengo entronque familiar por muchas generaciones, también es un país, me sacudo de encima el incienso, porque yo desearía que avanzáramos hacia lo que nos une y haría solidarios, y no que nos enviciáramos en lo que nos hace pequeños, hurgando en aquello que creemos nos hace supuestamente más valiosos.


Estoy orgulloso de esta foto de oropéndola, que es fruto, como casi todas las instantáneas de aves, de la paciencia y de la suerte. Estos pájaros vistosos, espléndidos, que no tienen problema en delatar su presencia con unos gritos peculiares, son muy difíciles de descubrir. Se enmascaran en las copas altas de sus árboles preferidos y -¡no se podría creer!-, manteniéndose rígidos, se confunden con hojas iluminadas por el sol.

En bable (zona occidental) llamamos a las oropéndolas cirumbiellas, por la rapidez con la que realizan y cuelgan sus nidos, como lo harían expertas hilanderas. En la zona oriental de Asturias las llaman munchufriu, y por mucho que me estrujo el magín no entiendo las diferencias para designar un ave que es emigrante en la zona, pues llega a primeros de mayo y luego de la cría, se va a finales de agosto.

 

No estoy orgulloso de ser normal

La coalición que ha llevado a la alcaldía de Madrid a mi casi coetánea Manuela Carmena ha tomado la insólita decisión de cambiar las señales de algunos semáforos de la capital para que, en lugar de la figura reglamentaria con la silueta de un peatón en posición de parado o caminando, aparezcan figuras emparejadas, cogidas de una mano.

La explicación que se ha difundido es que se pretende que, dado que se va a celebrar el Día del Orgullo Gay, se interprete como una señal de simpatía hacia el colectivo GLTBI (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales). La señal está en Madrid para quedarse, pues ha costado unos 40.000 euros. Supongo que se habrá dado instrucción inmediata a todos los centros educativos de que se explique a los niños que en algunas zonas las señales para peatones pueden variar y que no es necesario que vayan cogidos de la mano para cruzar la calle. (1)

Me considero una persona normal, del sexo masculino. Nunca vi en ello una opción para sentirme más o menos orgulloso. Tampoco tuve jamás la menor intención ni tendencia a considerar anormales a los homosexuales masculinos (gays), lesbianas,  intersexuales y bisexuales, aunque también es cierto que las prácticas y orientaciones sexuales de los demás no me interesaron ni me interesan. Haga cada uno en su intimidad lo que le pete.

Sí reconozco mantener cierta reticencia para incorporar al recinto de la normalidad a los transexuales, porque mi idea de la normalidad tiene que ver, como el lector inteligente habrá intuido, con los designios de la naturaleza, sin intervención del bisturí. Ruego que no se me lleve a la hoguera por esa carencia que, dada mi edad, me temo no voy a superar en esta vida.

No entiendo la exhibición de chabacanería con la que una parte del colectivo normal de GLTBI se esfuerza en aparentar que tienen unos gustos aberrantes, con los que parece ser quieren indicar que están orgullosos de su condición sexual. No sé que tiene que ver la exhibición impúdica de desnudeces, los disfraces sin gracia alguna, la proliferación de gestos obscenos desde las carrozas en donde se apelotonan individuos que no tienen un comportamiento normal, con la exigencia absolutamente legítima, de que sean tratados con normalidad.


(1) Para los muy despistados: intersexuales son aquellas personas que han nacido con ambos sexos, es decir, hermafroditas. Según algunos estudios, el 2% de la población mundial tiene esta anomalía sexual que, no necesito justificarme, no interfiere con mi idea central de que todos somos normales, esto es, productos de la naturaleza. Como no tengo conocimientos ni información sobre la posible interferencia, según casos, entre la intersexualidad y la bisexualidad, puedo entender que las personas afectadas deseen someterse a una intervención que les permita aparecer sexualmente con la identidad que predomine. En mi opinión, esa operación debería ser costeada por la seguridad social.

(2) La fotografía recoge el momento en que tres garzas reales (ardea cinerea) sobrevolaron mi cabeza. Se distingue a las reales de las imperiales (en vuelo) porque tienen la quilla del cuello redondeada y no angulosa. Ambas lo recogen, como también las garcetas y garcillas, lo que no hacen las grullas y las cigüeñas, que lo llevan estirado cuando vuelan.

Como creo que ya hice notar en otra ocasión, pero disculpe el lector la repetición, las aves que tienen el apelativo de reales son mayores que las imperiales. Las garzas reales tienen una envergadura que puede alcanzar el metro (con el cuello estirado), en tanto que las garzas imperiales, en el más corpulento de los casos, no superan los 90 cm.

En vuelo, el penacho ornamental (también difícil de ver en reposo) no se distingue.

Una pasada

Una de las frases de Ortega y Gasset más citadas recientemente, con la intención de reflejar la desorientación de nuestra situación sociopolítica, es ésta: “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”. No ha merecido idéntica difusión, otra que igualmente revela el fino sentido del humor del filósofo, y que puede tener la misma aplicación para entender el momento hispano: “Ser de la izquierda, como ser de la derecha, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

La apelación a la izquierda, verdadera, genuina, chamuscada o trampeada, se ha convertido en un lugar común desde el PSOE (renovado, al menos en su cúpula) al casi desaparecido Partido Comunista, fagocitado por ese animal omnívoro que es Podemos, del que, por supuesto, sus dirigentes también esgrimen su genuina estirpe izquierdosa.

Supongo que todos los politólogos, sociólogos y gentes del vivir de la política que hablan de izquierdas y derechas (o de centro) como si estuvieran manejando el fiel de una balanza ideológico, no se han parado demasiado a pensar que, según el país y la circunstancia, un programa de actuación puede ser juzgado por otro país y circunstancia, como de signo incluso contrario. Los demócratas estadounidenses seguro que criticarían por demasiado izquierdosas muchas de las actuaciones del PP español y el hoy alabado Sr. Makron tiene un tufillo a derecha engatusadora para los amigos de Pablo Iglesias jr., que lo hace incluso menos de fiar que la Sra. Le Pen (Verstringe dixit).

A mí el problema más grave del PP me parece el despejar la madeja de su financiación ilegal, y, lo siento, me parece un dilema que no podrán resolver. No va a haber suficientes muertos o afectados por demencia senil para achacarles la recaudación de dineros contra adjudicaciones y, por tanto, su agonía solo se va a resolver con la muerte de ese partido. Lo que ya no se es si servirá para algo que, de pronto, los propietarios de las grandes empresas del país -desde Florentino Pérez a Pérez del Bricio, pasando por las Koplowitz, Fanjul, Alierta y todos los que han tenido alguna responsabilidad máxima- aparezcan en una declaración conjunta y confiesen al país: “Sí, hemos financiado a los partidos a cambio de adjudicaciones. Pero lo hemos hecho todos de acuerdo, ¿eh?”.

Muerto el PP, no se acabó la rabia, porque el problema que tenemos como país es solucionar el paro. Y ahí sí que no sabemos. Las propuestas de los partidos que se creen alternativa al PP son chuscas. Porque sus líderes saben poco de economía real. Los que saben, de verdad, cómo se cuecen las habas en este país y en el resto del mundo occidental, están asesorando al Gobierno, a las grandes empresas, a Ciudadanos, y al viejo PSOE (que supongo, Sánchez, conseguirá recuperar, si le interesa la economía real). Los que asesoran a Unidos-Podemos tienen, lo admito, bellísimas intenciones (algunos, al menos), pero no desconocen de la misa la media.

Y hasta aquí puedo leer.


Acompaño este Comentario con dos fotos de parejas de tarros. A la izquierda, dos ejemplares de Oca de Egipto o Ganso del Nilo (Alopochen aegyptiacus), una de las especies alóctonas preferidas par dar exotismo y colorido a los estanques de patos. La pareja de la derecha, son tarros canelos (Tadorna ferruginea), de color pardo anaranjado o castaño; en reposo, el macho se distingue por un anillo oscuro en el cuello, que pierde en el invierno. También se trata de una especie importada en nuestros estanques.

 

Lecciones ferroviarias

La delicada situación, inimaginable hace tan solo un par de años, en la que se encuentra la gestión de los intereses de la población que vive en Cataluña, se compara a menudo con un choque de trenes. La posición independentista, es decir, separatista, de la que se ha convertido en portavoz el gobierno de la Generalitat, se presenta confrontada radicalmente con la defensa de la aplicación de la Constitución española, que niega cualquier intento de segregación.

Han sido numerosos los autores, -algunos muy prestigiosos constitucionalistas e incluso, personajes de Estados vecinos-, que se han manifestado sobre la falta de apoyo de ese movimiento ni en la legalidad internacional, ni en la historia contada desde la objetividad. No importa.

Para el actual presidente del gobierno catalán, Carles Puigdemont, -que sigue, empecinado, la estela marcada por el anterior, Artur Mas (1)- , la legitimidad de la separación de Cataluña respecto al resto de España viene amparada, socialmente, por el sentimiento místico de ser una nación, y específicamente, por contar con el apoyo, también por mayoría simple, de los miembros de la Cámara local.

Para consumar la ruptura, con mimbres tan precarios, confían Puigdemont y el nuevo Tripartito que le sostiene, en el resultado de un referéndum, que, según ha anunciado informalmente, convocará para el 1 de octubre de 2017, y en el que se preguntará a la ciudadanía regional: “¿Quiere Vd. que Cataluña sea un Estado independiente con forma de República?”. La consulta se hará en los tres idiomas oficiales de la Generalitat, a saber, el español, el catalán, y el araneo.

Los distintos analistas que han abordado la cuestión separatista, lo han hecho utilizando un lenguaje que podríamos calificar de técnico-jurídico, posicionándose a favor o en contra de la consulta,  entre el hipotético derecho de las minorías a decidir su secesión del territorio común cuando, en su área local, se encuentren en posición mayoritaria, y  la vigencia e inmovilidad de los pactos que rigen la convivencia social en democracia, mientras no se renegocien de acuerdo con las propias normas acordadas.

La contención verbal de ambas posiciones y, sobre todo, de los que se alinean con la posibilidad separatista, vienen impuestas, supongo, porque la pregunta implica abordar el tema muy delicado de una doble vulneración de la legalidad constitucional española: la ruptura de la unidad del Estado y la negación de la forma monárquica que se decidió en 1978 para la Jefatura de ese Estado.

La doble infracción, implica, pues, para los promotores e instigadores de la secesión, riesgo claro de procesamiento por aplicación de varios tipos penales e, incluso, debería significar la inmediata sustitución de las autoridades locales por el Estado garantista.

La cuestión no es baladí y, desde luego, no se resuelve con diálogo; no ahora, en que los dados de la suerte están echados. Ni siquiera parece posible calmar los ánimos separatistas con la oferta unilateral de concesiones económicas o proponiendo fórmulas de mayor libertad de actuación política, que surgieran de pronto de la chistera del gobierno central o del Parlamento estatal. Un parlamento que no tiene una posición firme, pues, junto a los grupúsculos regionalistas que apoyan la consulta y se atendrían a su resultado, se cuentan quienes están a favor de una consulta pero a la que no conceden carácter vinculante, sino solo informativo y, en fin, aquellos que niegan cualquier posibilidad de que se realice. Estos últimos son, en la actualidad, mayoría amplia de parlamentarios, aunque el magma sigue fluido.

Todos tenemos familia en Cataluña y , por tanto, disponemos de referencia directa de lo que se está cociendo allí. Las comparaciones son odiosas, pero el momento sociológico no parece diferente, en esencia, a la circunstancia compleja que permitió el apoyo aparentemente mayoritario de la población vasca a las actuaciones terroristas de ETA, de las que hoy todos abominan.

Entonces, se trataba de la contaminación de una teoría de peculiaridades étnicas e históricas (respetable, aunque acrónica) con la utopía de que la independencia permitiría vivir mejor, y la instalación del miedo a llevar al contraria a quienes defendían la postura secesionista, porque la publicidad de esa posición podría llamar la atención de quienes tenían armas que, como acabó siendo puesto de manifiesto, habían organizado una banda criminal que era un negocio, a cuyo amparo se extorsionaba, amedrentaba o mataba, en un régimen de terror despreciable, ilegal y antiético.

La posición separatista antiespañola del gobierno catalán y sus apoyos populares no cuenta con apoyo armado ni tampoco existe una vía de terror que la apoye. La cuestión se desarrolla -al menos, hasta ahora- en términos pacíficos, si bien, verbalmente, muy subidos de tono.

Para muchos catalanes y la inmensa mayoría de los españoles que viven fuera de Cataluña, el pretendido “yugo castellano” no existe. Esa afirmación desharía, por sí misma, el núcleo central de la argumentación secesionista. Sin embargo, como sucedió en el País Vasco, ya no parece posible conversar tranquilamente, de forma abierta, con quienes viven en Cataluña sobre la cuestión. Los argumentos no son ya ni económicos, ni históricos, ni, por supuesto, legales. Son temperamentales.

Se repiten esquemas finalistas, sintéticos, en los que, por parte de los defensores de la separación, tanto nacidos catalanes como residentes advenedizos -venidos de otras regiones o del extranjero-, la independencia se ve con ventajas indiscutibles . Frente a la cuantificación económica o social, se ha construido un memorial de agravios en el que parece haber tenido cabida, como eje directriz, la recuperación de un odio ancestral contra Castilla, magníficamente representado en su sintética estupidez con un “España/Madrid nos roba”, y alentado por figuras muy mediáticas (como Pep Guadiola, Laporta o Gérard Piqué).

El empresariado catalán ha sido, desde finales del XIX, muy activo y exitoso, utilizando perfectamente sus recursos y la capacidad de apoyo recíproco. Un ejemplo de emprendimiento español, aunque otras regiones también han generado y generan grandes empresarios. Consecuencia de ese trabajo y del aprovechamiento de las ventajas diferenciales, Cataluña tiene hoy una renta per cápita (datos de 2016, equipo económico de El Mundo, publicados el 11.05.2017) de 28.590 euros, frente a una media nacional de 23.970 euros.

Pero las demás regiones no están pobladas por incompetentes. La diversidad natural, ha provocado que España no sea un territorio económicamente homogéneo. Puede hablarse de una concentración de rentas en Madrid (32.723 euros) y en el Nordeste (País Vasco, Navarra, La Rioja, Cataluña y Baleares), frente a una España pobre. El resto de las regiones, tienen una renta inferior o muy inferior a la media y bastante distante de las regiones afortunadas. El abanico de los menos favorecidos va desde los 16.369 euros de Extremadura a los 22.649 euros de Castilla-León. ¿Cataluña, Madrid o el País Vasco les roban?

En fin, no veo ninguna necesidad de esperar al choque de trenes, y sí  la oportunidad de ofrecer una vía de escape a la plataforma independentista. No se me ocurre nada mejor que declarar obligatoria la contestación al referéndum para todos los residentes catalanes mayores de 18 años, y admitir el carácter vinculante del resultado. Porque la otra maximalista opción sería aplicar la fuerza, declarar ilegal e inconstitucional el referéndum (¡ya!) y encarcelar a Puigdemont y demás componentes del gobierno separatista si persisten en su actitud, llegando incluso a declarar el estado de excepción en Cataluña. Pero…si no se está dispuesto a llevarla a cabo, ¿para qué cacarearla?

Mejor, admitir que haya referéndum, indicar que solo será válida la hipotética voluntad de secesión si consiguiera las dos terceras partes de votos afirmativos y, eso sí, obligar a que voten todos los residentes catalanes mayores de edad (o, en todo caso, con derecho a voto).

La aprobación de esta singular salida, exige, claro está, el apoyo del proceso por mayoría muy cualificada de la cámara. Y no veo necesario modificar la Constitución a priori, dado que no le concedo la mínima viabilidad a la opción separatista y republicana. Tenemos, colectivamente, asuntos más graves y urgentes que atender a un puñado de políticos separatistas que prefieren encubrir sus miserias ideológicas con el paño de un nacionalismo trasnochado.
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(1) Como se recordará, aupado en 2006 al cargo de Molt Honorable President por el apoyo del PSC, después de varios enfrentamientos extraparlamentarios entre las facciones políticas catalanas. La capacidad de Mas para defender al hoy descubierto como un mafioso catalanista, Jordi Pujol, insultando gravemente, como nuevo líder de CiU en 2004, al tripartito PSC-ERC e ICV-EUiA, sirve también para caracterizar a un personaje polivalente.

(2) El ave que fotografié en Madrid Río la semana pasada, solitaria y veloz, no me resulta de fácil identificación. Tiene el capirote negro de los charranes, charrancitos, fumareles y pagazas, pero me inclino a identificarlo, por su tamaño, tratarse de un individuo aislado, y su pico corto, grueso y rojoscuro como un fumarel cariblanco /Chlidonias hybrida), con plumaje de transición de invierno a verano (plateado pálido).

Ejecutivos guardianes de activos tóxicos

Más de 300.000 accionistas del Banco Popular han perdido su inversión el 7 de junio de 2017. Hace 10 años la valoración bursátil del cuarto Banco español era de 19.500 Millones de euros. Hoy, no vale nada. El Banco de Santander compró la entidad, simbólicamente, por 1 euro. Las acciones del Banco adquirente subieron de inmediato más del 5,5%, aunque, desde entonces, se vienen produciendo vaivenes especulativos con este valor.

Aconsejo al lector interesado en conocer más acerca de las tensiones e intereses que propiciaron esta situación, que se sumerja en las declaraciones realizadas al Indepediente, por parte de Angel Ron, presidente del Popular hasta el 20 de febrero de 2017, en que fue sustituido por Emilio Saracho, al que acusa claramente de desconocimiento de la banca comercial, situándolo como responsable de haber provocado la caída descontrolada del valor.

Nunca me gustó el juego de la Bolsa, porque lo encuentro basado en tres factores que me resultan antipáticos:

1) la pérdida de relación entre el funcionamiento real de las empresas y la cotización de las acciones que, alimentada de forma artificial, puede alcanzar ratios desorbitados. ¿Quién se arriesgaría a invertir, con la expectativa de recuperar su inversión, por la vía de dividendos, solo en 20 o 30 años?

2) la confianza en que las cifras de Cuentas de Resultados y Balance de situación, auditadas por solventes firmas cuyos empleados se zambullen durante varias semanas en los libros cuya llevanza se realiza por muy capaces contables de los grupos cotizados, estén bien. Mi desconfianza crónica acerca del ser humano, unida a la capacidad imaginativa de mentes privilegiadas para ocultar riesgos, enmascarar pérdidas o engordar perspectivas, añade, en explosivo cóctel, mi experiencia en descubrir y soportar situaciones no previstas, lo que me lleva a suponer que estamos rodeados de miles, millones tal vez, de burbujas económico-financieras, -grandes y pequeñas- que pueden reventar a poco que se las caliente, y que conforman, como en una máquina de palomitas, el ruido de fondo de la economía de mercado.

3) la gran dependencia de los resultados propios de los de la economía general. No me creo que existan genios de las finanzas, sino tipos y grupos con información o instrumentos privilegiados. Los demás, somos comparsas. En tiempo de vacas flacas, los clientes pagan, los proveedores cumplen, las calidades mejoran; cuando el magma compartido se corrompe, aparecen signos de inestabilidad que tienen efectos multiplicadores de insospechados alcances. Los más grandes, resisten, no solo por tamaño y no precisamente por solvencia, sino porque se apegan al sistema, mienten mejor, ocultan sus carencias con más habilidad, y, aprovechan la coyuntura, para comprar activos contaminados o tóxicos recuperables de los débiles que han caído. Por la ley natural de la supervivencia, unidos a los que han aparecido nuevos, todo se prepara para la nueva bonanza, en una huida compleja hacia adelante.

No importa que el lector no esté plenamente de acuerdo con lo expuesto, la caída del Banco Popular responde fielmente al esquema de haber ocultado, hasta el final, una situación de grave riesgo; combinarla con la apetencia de los buitres del mercado por alimentarse de la carne y la carroña de la osamenta aparatosa del gigante y, como elemento especialmente grave que deberán enjuiciar los tribunales de justicia y servir para tomar medidas generales, la actuación de las alimañas económicas, cebándose sobre el enfermo (aún no moribundo) para hacerle perder las pocas fuerzas, extrayendo depósitos, negándole financiación o difundiendo noticias de forzadas ilusiones.

La labor de los ejecutivos del Popular en alimentar esta situación desde dentro será analizada, sin duda, de forma muy crítica, incluso ante la justicia. Están involucrados los equipos saliente y entrante, el Gobierno, las entidades oficiales de control. Como asistente regular a las Juntas del Banco desde hace varios años, he sido testigo de la capacidad de ensoñación de los accionistas ante las perspectivas presentadas por los gestores de la entidad. Un ejemplo de paranoia colectiva dirigida desde el escenario del iluminismo económico.


He elegido la foto de esta cotorra de argentina (Myopsitta monachus), que se come tranquilamente una manzana aún en desarrollo en el Parque de la Partida (Madrid), como ejemplo de pasividad ante el avance del peligro. Las cotorras -hay varios tipos ya anclados entre nuestra avifauna- son parte sustancial de la invasión indeseable de aves, escapadas o liberadas de jaulas doradas, que ha alcanzado gran desarrollo en nuestras ciudades, sin enemigos naturales. Son acomodaticias, gregarias, fuertes, y agresivas con otras aves.

En varias ciudades, incluido Madrid, se ha analizado la situación y defendido su erradicación, autorizando incluso el empleo de medios drásticos contra la invasión. No parece haberse conseguido nada: cada vez hay más. Y empiezan a dominar espacios que antes pertenecían a la avifauna local, desplazada, depredada o reducida brutalmente donde ellas imperan.