No hay sastres para tanto roto

No soy de esos ancianos -pronto cumpliré  69 años- que cuando les ofrecen un asiento en el metropolitano lo rehúsan diciendo que se apean en la próxima o que prefieren mantenerse de pie en la plataforma. Si algún joven me lo ofreciera, me he prometido a mí mismo que lo aceptaría, aunque reconozco que prefiero viajar de pie. No me lo han ofrecido jamás (es cierto que mi aspecto ahora parece saludable, pero cuando estaba sometido a tratamiento de quimioterapia, con la mitad del cabello ido por el desagüe y esa palidez cadavérica que se nos pone a los cancerosos muy evidente, tampoco).

Y sí, prefiero no sentarme, a salvo de que el vagón vaya medio vacío, porque: a) no suelo permanecer sentado más de una estación, pues siempre encuentro razón para cedérselo a una señora, como me educaron en la niñez; b) no es improbable que a mi lado, conformando una extraña capacidad para atraer gordinflones, se siente un/una mole de las que ocupan espacio y medio, que me obliga, por la vía de los hechos previsibles a levantarme si no quiero desfallecer aplastado.

La política de este pequeño país llamado España nos ha puesto sobre el tapete de la convivencia, con un descaro inimaginable hace apenas una década, la confrontación entre los ancianos de la tribu y los jóvenes adultos de la manada. No quiero citar ahora nombres, pero en el escenario político como en el económico, en el mundo de las ciencias, de la investigación como en el de la técnica, la filosofía o el derecho, se ha forjado una dicotomía inexplicable entre los mayores y los menores en edad.

Somos bastantes los ancianos que nos mantenemos de pie en la plataforma, viendo cómo los jóvenes ocupan los asientos, sin atender a nuestra mirada, a lo que podríamos decir o aconsejarles. No estamos muertos, pero nos menosprecian. Muchas de las cosas que dicen esos jóvenes nos suenan -al menos, a mí- a mensajes literarios, desprovistos de realidad y contexto, a juegos de diletantes que se embarcan en aventuras de machos y hembras alfa o beta sin interés para el colectivo, confundiendo su impulso juvenil con la fortaleza del que sabe por dónde va y a dónde conducir a la manada.

Ignoro cómo va a acabar esto, aunque sé, como todos los que lo vivimos, cómo está pasando. En el vagón donde viajo, a veces un grupo de jóvenes se sienta en la propia plataforma, extendiendo las piernas, y cuentan chismes escolares entre sonoras risotadas. No parecen haberme visto; mejor dicho, está claro que les trae sin cuidado que pudieran importunarme, o lo que piensen los demás pasajeros.

En esos casos, para no tropezar con el mar de piernas, prefiero dejarles la cancha libre, llevar mi trasparencia hasta el pasillo, y agarrándome a una barra del vagón, componer un soneto mientras las estaciones pasan. Se muy bien, por experiencia, que si afeo la conducta de esos jovenzuelos que no miran más que a su propio entorno endogámico, me encontraré solo con mi alegato en el vagón, rodeado de indiferencias.

No hay sastres para tanto roto.


La foto de este martinete la conseguí luego de una espera larga, atento a su quietud de pescador avezado. Finalmente, obtuve la secuencia por la que registré cómo se lanzó, utilizando su pico como un dardo, contra una gran carpa, que, luego de un breve forcejeo, engulló.

Después de la exitosa pesca, el ave abandonó su lugar de acecho, supongo que para retirarse a un lugar más recogido o volver al nido en el que quizá tendría que alimentar a sus polluelos. Al día siguiente lo volví a encontrar en el mismo lugar y, aunque también lo observé por largo rato, esa vez creo que el tiempo transcurrió sin que obtuviera presa alguna.

La Tesorería de la Seguridad Social en su laberinto

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Tengo mi teoría acerca de porqué España, a pesar de contar con millones de gentes voluntariosas e imaginativas, es un país colectivamente ineficiente. No voy a comparar, en esta ocasión, con lo que sucede en otros sitios, porque no hace falta salir al campo para reconocer lo que debe mejorarse.

La razón fundamental, en mi opinión, de tantas horas, esfuerzos y capacidades perdidas, es que muchos de los que han llegado a los lugares en donde se deben tomar las decisiones, son incompetentes. No saben, no aprenden, no les importa. La selección natural no opera en demasiados estamentos, y prima la selección artificial, con los resultados que cabría esperar. Hay bolsas ejemplares de eficiencia, pero no son contagiosas.

La falta de idoneidad de muchas cúpulas -incluyo, por supuesto, también a las empresas privadas- no es la única causa. Las dos siguientes, en mi escala particular de dónde se origina la ineficiencia-, son:

a) la incapacidad para definir unas reglas de actuación, y seguirlas, en prácticamente todos los órdenes de la vida social y empresarial. Todos quieren opinar, antes que escuchar y no preocupa el tener algo qué decir, sino ocupar espacio. Constantemente se discute lo hecho por otros, se incumple lo pactado, se regula mal y, sobre todo, ni siquiera existen normas, y cuando las hay (de empresa, de departamento de la Administración pública, de asociación, de agrupación de cualquier género que pretenda reflejar una guía de actuación) se desprecian sistemáticamente, sin que se aplique al infractor sanción alguna (las normas de Tráfico son, quizá, la excepción, por su decidido propósito recaudatorio: en este caso se inventan niveles irrelevantes como infracción para poder imponer una multa al detectado)

b) más recientemente, con la aparición generalizada de la devoción a las nuevas tecnologías, y la ignorancia general acerca de cómo funcionan esas cosas, se han incorporado a la ceremonia de la confusión cientos o miles de jóvenes, pertrechados con su conocimiento de algún metalenguaje informático, pero que, lamentablemente, no tienen mucha idea de para qué servirán los códigos y programas que generan con su sabiduría. Estamos en un mundo tecnológico, sí, pero poblado de zombis.

La combinación de no saber lo qué se quiere y la ejecución de esa ignorancia por un equipo informático que no sabe para qué debe servir la generación de ventanas escritas en lenguajes crípticos, instrucciones, subprogramas ejecutables,  árboles decisionales que asemejan escalas de Jacob, etc. produce monstruos.

Uno de ellos, y muy relevante, por lo que significa, es la web de la tesorería de la Seguridad Social, y su colección de arabescos imaginativos. No está hecha para ser usada, es decir, para pagar cotizaciones. Está hecha para desanimar al más pintado.

Y lo que es peor es que -y ruego que no se impute esta ocurrencia a una persona concreta, sino a la pesantez del sistema en sí mismo- cuando se expone, ante el enésimo funcionario al que se ha acudido para exponer que lo que se desea es “que se me indique cómo pagar sin recargo la cuota correspondiente a un único trabajador a tiempo parcial de una Comunidad de Propietarios de solo cinco viviendas, teniendo los certificados digitales correspondientes”, reciba por enésima menos uno respuesta, “no puedo ayudarle. Es que mi ordenador no tiene el mismo programa informático que descargan los usuarios, y no sé cómo funciona el suyo”.

Jóvenes, tenéis mucho trabajo por delante para ordenar este país, y debéis empezar por una labor aparentemente sencilla: simplificando trámites, eliminando incompetentes, generando normas que sean útiles y sencillas de cumplir, no laberintos en donde se pierden los ánimos particulares, y los dineros de todos.


Los picopicapinos (picatueros les decimos en Asturias) avisan de su presencia con un peculiar chillido, una especie de graznido, destinado, supongo, a advertir a otras aves que están ahí, y que están dispuestos a defender su territorio, aunque también lo lanzan cuando están asustados. Si bien su población es numerosa, no es muy común verlos por la ciudad, y menos, cerca de las viviendas, porque son desconfiados y, por tanto, huidizos.

Este, ya no tan joven -como lo demuestra lo extenso de la coloración roja de su zona anal-,  pájaro carpintero (dendropocos major) ha descubierto una cajita preparada para servir alimento complementario a otras aves, y, despreciando la opción para la que ha sido dotado genéticamente por la madre naturaleza, en lugar de horadar la corteza de viejos árboles y troncos, para poner al descubierto larvas y adultos de insectos litófagos, la ha tomado con la caja.

Más o menos siempre a la misma hora, acude a darle picotazos, ahuyentando a cualquier otra ave que ose acercarse mientras él perfora, ya que no duda en utilizar contra él, también, su robusto pico. Se ha convertido en el señor de los gorriones, carboneros, herrerillos, currucas, colirrojos, papamoscas, etc., que compiten, en ordenada secuencia,  por su dosis de sobrealimentación a diario.

Lo más curioso es que el carpintero no come de la caja, sino la caja. Hace ya días que no lo veo por el lugar. Como huella de su obstinada presencia, ha dejado una sarta de agujeros.

Sociedad sobrecalentada

pavo real absorto en su mismidad

En otros momentos de la Historia, sin duda, colectivos humanos concretos han sufrido situaciones dramáticas -guerras, hambrunas, esclavitud, explotación o pestes-, aunque me expongo a afirmar que en ningún otro momento como el actual la sociedad en su conjunto estuvo tan presionada por la necesidad de resolver urgentemente sus contradicciones.

Si la sociedad humana tuviera un motor, diríamos que se encuentra sobrecalentado. En estas particulares condiciones, si fuéramos los conductores de un vehículo de nuestra propiedad, y sin necesidad de consultar a especialistas en mecánica o termodinámica, detendríamos de inmediato el vehículo ante los síntomas de calentura. Levantaríamos el capó, nos encaramaríamos al espectáculo amenazador de incendio inminente que delatarían los humos del cárter, verteríamos agua sobre las partes calientes y cruzando los dedos, esperaríamos a que la máquina motriz se enfriara.

Luego, cuando la generación de  humos se calmara y la temperatura de las piezas metálicas no hiciera daño a la mano, llenaríamos de agua al radiador, aceite hasta el nivel de la muesca, rezos a los santos de devoción y llevaríamos a marcha lenta el vehículo de inmediato al taller más cercano, confiando en que la avería apareciera como subsanable y que el diagnóstico del experto local, cuyos conocimientos pueden ser invocación al premio de una lotería, resulte lo bastante certero y rápido para no tener que suspender la itinerancia.

Los efectos de la globalización económica y la amenaza de un calentamiento terrestre irreversible nos han hecho sentir que, por las buenas o por las malas, nos encontramos aupados todos en un vehículo colectivo (pocos, al volante; un par de miles de millones agarrados al pescante y a las manijas, otros mil millones recluidos en el maletero, mientras unos centenares de millones cantan incluso aquello de “si eres conductor de primera, acelera”, sin importarles que otros cuantos miles de millones tengan que aguantar incomodidades, humos y la incertidumbre de no saber donde nos llevan).

El asunto tiene sus bemoles, dentro de la extraordinaria complejidad, porque los del volante se empeñan en ignorar los síntomas y los gritos de quienes claman que hay que parar, porque cada vez son más los que se quedan en la cuneta.

Que en el país que pretende ser líder mundial, se haya elegido presidente a un negacionista de la globalización y del cambio climático, es, no ya significativo, sino dramático. equivale a romper las cartas de la baraja. Desde luego, no soy de los que confían en que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hará, porque los intereses puestos en evidencia son palmarios: cerrar puertas a compartir beneficios económicos, despreciar la contaminación producida por el desarrollo ilimitado, alimentar el consumismo interno sin importar el coste, potenciar la generación de recursos bélicos y prestar oídos sordos a las necesidades ajenas.

Me uno a los que reclaman mayor protagonismo para Europa, en tanto que mantenga y perfeccione el perfil de apoyo a los principios de solidaridad, defensa ambiental, apoyo a los pueblos menos favorecidos. Obviamente, se trata de poner de relieve valores que, en el pasado no muy lejano, los europeos no tuvieron, que incluso hoy son cuestionados por algunos colectivos.

Pero si renunciamos a defenderlos, si dejamos que el vehículo social sea conducido por el egoísmo de los más fuertes, y el desprecio a los que exigen que es preciso detener la marcha para poner de manifiesto lo importante y recuperar a los que se han dejado en la estacada, la sanción será terrible. No, no vendrá por el lado del desarrollo tecnológico incontrolado; tampoco provendrá -¡ay!- de la sublevación de los oprimidos, reclamando a sangre y cuchillo que se les atienda.

La sociedad se ahorcará con la misma cuerda con la que algunos pueblos pretendían gozar de mayor libertad. Esta visión catastrofista no es improvisada, ni tiene raíces bíblicas. Puede que aún resista varias generaciones. Aunque, desde el mismo momento en que la gravedad de la situación ha sido detectada, pesa sobre nuestras conciencias, sobre la ética universal a cuyos principios nadie puede sustraerse sin negarse humano.


La foto pone de manifiesto el descanso de un ave singular, admirada por el despliegue de su belleza. El pavo real es ornato de muchos parques ciudadanos, a la espera de que abra el abanico de su plumaje. El espectador humano puede pensar que es el destinatario del arco multicolor que este animal pone a la vista, en un ejercicio de musculatura al servicio de la ostentación. No es así, claro. El macho de pavo real necesita la presencia próxima de hembras de su especie (es, además, señaladamente polígamo) para entregarse a esa ceremonia de seducción, cuyo objetivo no es otro que la cópula, por más que pocas veces sus galanteadas parecen prestarle atención.

Si la naturaleza ha respetado el principio de proporcionalidad dotando a esta galliforme de la carga de arrastrar un pesado plumaje para conseguir algo que otras especies tienen más a la mano, es un misterio, como tantos otros. Por su belleza, tanto en la India, de donde proceden estas gallináceas, de la familia de los faisanes,  como en muchos lugares, durante siglos, los machos de pavo real fueron seleccionados como manjar para distinguir a los héroes y como comida elegante para las mesas de los magnates.

Los siervos, criados y gente de los estratos sociales inferiores, cuando podían permitírselo, se contentaban con cocer o cocinar pollo, notablemente más sabroso.

Carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

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Alcaldesa:

Hace unos días, en uno de los cajetines utilizados eventualmente para comunicar informaciones sobre el servicio de transportes en los autobuses urbanos, me encontré con un “Bando de Limpieza de la Alcaldesa de Madrid”, suscrito por Vd.

No tenía fecha, aunque supongo que debió ser emitido hace poco. Como el escrito era largo y los viajeros que se amontonaban en la plataforma me impedían leerlo con la debida atención, aproveché un hueco visual y lo fotografié con mi teléfono inteligente. Así pude enterarme, en la calma doméstica, no ya de su contenido, sino que ahora trato de inferir de su concentrada lectura, tomándolo como muestra de razones más profundas, cuál sería la situación por la que Vd. se encontraba en la necesidad de enviar un mensaje a los madrileños.

¿Ilusionada, inspirada, tal vez, aburrida? Si alguno de esos calificativos encajan parcialmente al tono del escrito, el que más se adecúa es otro: desorientada. Mal asesorada.

Desde luego, el reto que lanza en su escrito es tan ingenuo como imposible: “que nos convirtamos en los ciudadanos más limpios del planeta”. Ni siquiera veo el interés que pueda tener, objetivamente, que la ciudadanía madrileña huela a limpio por las mañanas. ¿Hay detrás un intento de promocionar alguna marca de jabón de tocador o desodorante? Por supuesto, las pituitarias sensibles sufren al ser dominadas por el olor a sudor, fritangas, humos de tubos de escape y calefacción, cuando no restos vegetales en putrefacción, pero la cuestión del aire de Madrid no parece, de momento, con entidad para mover su creatividad literaria.

Lo que Vd. pretende con ese Bando, en el que recuerda al que Tierno Galván, “primer alcalde de nuestra democracia” promulgó con idénticas inquietudes a las que Vd., varias décadas después, vuelve a poner de manifiesto, es que Madrid -los madrileños y los visitantes- corrijan, de una vez por todas, su perniciosa manía de ensuciar. El carismático profesor no lo consiguió y le puedo adelantar que Vd. tampoco lo va a conseguir solo con sus recomendaciones.

Coincido con Vd. que la base de lo que “nos ha pasado”es que menospreciamos lo público, esto es, lo que es de todos. No es, por supuesto, lacra que haya que hacer descansar sobre los madrileños. El desprecio hacia los bienes y valores generales de la colectividad ha pasado a formar parte de nuestra idiosincrasia. Especialmente, con la democracia, que hemos entendido mal y corremos el riesgo de entenderla aún peor.

Me preocupan, como a Vd. y a sus asesores, la actitud de los que tiran colillas en las calles y alcorques, de quienes no recogen cacas de sus perros y de todos aquellos que ensucian a sabiendas el espacio público. No ignoro que se nos han colado en el argumentario colectivo dos perniciosas exculpaciones:  “ya pagamos para que lo  limpien” y  “total, para lo que sirve que yo cumpla, sino nadie lo hace”. Ambas direcciones de falsa dialéctica, muy peligrosas.

Debo llamarle la atención, ante todo, de algo que no es trivial o, al menos, no tan conocido. La limpieza de las calles es, de todas las actividades relacionadas con la recogida de basura, la más intensiva en creación de mano de obra.

¿Qué se necesita para barrer? Una persona pertrechada contra las inclemencias, con bolsas, una escoba, un recogedor y un carrito, moviéndose a pie por las aceras y por sus bordes; en algún caso, manejando un aspirador de hojas, papeles o cualesquiera residuos ligeros.

Fíjese algo más y advertirá, para su consternación, como fue la mía, que buena parte de esas personas que recorren las calles son bastante mayores, próximas a la edad de jubilación o que parecen ya haberla superado. También encontrará mujeres con aspecto de acabar de salir de sus labores domésticas, manejando con brío los trastos de limpiar.

¿Por qué? Sin duda, porque de esa manera las empresas concesionarias reducen sus gastos generales (menores pagos a la Seguridad Social) apremiadas por la necesidad de competir a la baja para llevarse alguna parte del contrato.

No me parece un despilfarro, dado el alto índice de paro que tiene la ciudad, generar un par de cientos de puestos de trabajo -baratos- para recoger la basura que otros ciudadanos más pudientes y harto despreocupados tiran en las calles.

Tampoco creo que se pueda/deba reducir más el coste de la recogida en camiones compactadores, con personal a la carrera desesperada por las aceras, manejando los contenedores a golpes, con el fin de cumplir con los exigentes destajos.

Habrá que enfocar la cuestión en otras direcciones, ¿no?

Porque, lo que si me parece intolerable es que se utilicen los contenedores que, teóricamente, están destinados a recogida selectiva, para que se entreguen a ellos, sin respeto, todo tipo de basuras, y que se dejen a su lado, abandonados como si la intención fuera construir tótem urbanos de la inmundicia, aparatos electrodomésticos estropeados, colchones y muebles viejos, aceites de automóvil usados, etc.

Me parece inaceptable que, en lugares elegidos a comodidad del ciudadano más irresponsable, se amontonen bolsas de basura en la calle, y que allí sigan por semanas.

Me parece insoportable -para mi sensibilidad profesional- asistir, cada día, y varias veces, al espectáculo de ver cómo una legión de pepenadores -al estilo de las ciudades paupérrimas- se dedican a abrir las bolsas de basura depositada en los contenedores, y a recoger, en camionetas desvencijadas, algunas sin matrícula, en cajas abiertas, cartones, restos metálicos o mobiliario (no tengo que hacer esfuerzo para imaginar que con destino a una eventual reventa, en una cadena de miserias de largo alcance subterráneo), poniendo boca abajo, revolviendo a la trágala, dejándolo todo luego abandonado de cualquier manera, contenidos aún de menos valor que el sustraído, cajas y bolsas rotas y culminando así el espectáculo de la dejación, el descontrol y el desorden.

No, Sra. Alcaldesa, esto no se corregirá con palabras. Hay que poner barreras: más formación, más concienciación, más inspección y más multas. Actuando de forma implacable con los que incumplan. También con aquellos encargados de la vigilancia que hagan dejación de su función de control.

Si no le molesta, le voy a escribir varias cartas abiertas. Le escribí ya varias cerradas, dirigidas a Vd., solicitándole entrevistas personales, que no me contestó. No se diferencia en eso Vd. de otros alcaldes y alcaldesas que hubo en Madrid, y los disculpo: puedo comprender que estén muy ocupados: una ciudad es un entramado complejo, vital, arisco…aunque también seductor como ninguno.

Como estoy seguro de que está imbuida de la mejor intención, le voy a dar un consejo de persona a persona, ambos peinando canas de experiencia: no se entretenga con los problemas pequeños. El de la basura es un tema muy visible, pero menor.

Tenemos otros mucho más importantes y, aunque no le corresponda a Vd. resolverlos -¡por favor, Vd. no es la heroína de los cuentos de hadas!- sí le vendría bien conocerlos.

Un saludo

Angel, un ciudadano de Madrid.

La experiencia del pollito indio

Uno de los experimentos más apasionantes en relación con la planificación lo representa India, que había expulsado a sus colonizadores británicos en 1947. Mohandas Gandhi, que había liderado durante décadas el movimiento independentista, decidió instalar un estricto proteccionismo, abogando por la autosuficiencia y estimulando la producción local. En 1948, Gandhi fue asesinado y se abrió la caja de Pandora de la que surgieron todo tipo de recomendaciones acerca de lo que convenía hacer, y de interesados en recoger el legado popular del viejo líder.

Jawaharlal Nehru se consolidó como heredero político de Gandhi. Contaba con una educación muy solvente: había estudiado en la London School of Economics, cuyos profesores cubrían un abanico claramente sesgado hacia la izquierda ideológica,  y se sentía atraído por la escuela fabiana, un movimiento económico socialista creado en 1883, que matizaba la dureza del marxismo utópico y que, con la victoria laborista, había cobrado en 1945 una importancia excepcional. (1)

Lo fabiano estaba de moda, y a Nehru y sus consejeros no pudo pasárseles desapercibida la consecuencia práctica de su acceso al poder en el Reino Unido: una serie de nacionalizaciones de los medios básicos de producción, que abarcaban desde las minas a los ferrocarriles o correos y que incluyó la participación en la gestión de los trabajadores, organizados sindicalmente, medidas que, a pesar de sonar aparatosas sobre el papel, sin embargo, en realidad, se mantuvieron dentro de límites prudentes.

Sin embargo, Nehru se encontraba en una encrucijada mucho más violenta. Entendía que la moderación en las medidas económicas de privatización no bastaría para sacar a la India del profundo bache del colonialismo, y, consciente de que el esquema debería ser mucho más drástico, se inclinó por dotar al Estado del máximo poder, para lo que fue necesario crear un ejército de burócratas, que se encargarían de controlar el cumplimiento de los planes propuestos por el Partido del Congreso.

La curiosidad para conocer de primera mano los resultados del experimento que los consejeros económicos habían apoyado, motivó varias visitas ilustres. En 1955, el Gobierno de Eisenhower envió a Milton Friedman, que fue crítico tanto respecto a la preocupación de Nehru por invertir en industria pesada como con la obsesión de Gandhi por apoyar la artesanía popular. Para Friedman, ambas decisiones eran ineficientes, porque solo el mercado podría actuar de seleccionador de las inversiones rentables, que no podía confiarse a la definición de antemano de lo que era más conveniente.

Unos meses después (1956), John Kenneth Galbraith también visitó la India como consultor de la Comisión de Planificación. Era el más relevante de los mentores del plan de Nehru, y cabe imaginar que los informes de Friedman le afectaban el amor propio; su prestigio, además, era mayor, y contaba con el aplauso casi unánime de la colectividad de macroeconomistas occidentales, en especial, de los norteamericanos. Pero no solo: Galbraith había sido el encargado de supervisar la política económica de la Alemania ocupada tras la segunda guerra mundial, y defendía que era necesario dar poder a los sindicatos frente a las grandes empresas, así como mantener el control sobre los precios para evitar la especulación.

El entusiasmo de Galbraith por relanzar la economía de la India era propio de quien entiende la cuestión como un reto personal. En 1960 volvió al país como embajador nombrado por Kennedy, y reforzó la idea de llevar a cabo una planificación ordenada -por fases, primero, con inversión en infraestructuras básicas; luego, concentrándose en industria pesada; para acabar, en una tercera fase, con el impulso a la producción artesanal-. Su premisa era la desconfianza en el mercado como regulador y, por estas razones u otras más pragmáticas, fluía la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que llegó a aportar entre 1947 y 1962 unos 4.000 millones de dólares.

Si la idea era buena,  la realización fue pésima. Los datos que se utilizaron eran pocos y no fiables. Utilizando un programa de input-output aún no muy perfeccionado, tomado de Wassily Leontief, (la versión de Mahalanobis), y con el fin de generar el máximo de mano de obra que facilitara la redistribución de la riqueza, se limitó la producción de la industria pesada y la importación de maquinaria más eficiente, por considerar que perjudicaban el empleo, prescribiendo que se otorgaran licencias y permisos para las actividades más productivas. Se creó, en suma, un régimen de control ineficiente, que propició la corrupción, el nepotismo y el desorden.

Las medidas respecto a la producción a gran escala, se complementaron -valga la paradoja. con el apoyo a la fabricación en pequeños talleres artesanales, a donde fluyeron las subvenciones y, para asegurar su sostenimiento, donde era necesario, se protegió a la industria local de la competencia exterior con elevados aranceles . En efecto, se crearon muchos puestos de trabajo, pero no se generó desarrollo alguno. La India se distanció de los países de la zona que se apoyaron en la economía de mercado.

El cambio en la orientación no resultó sencillo, pues los primeros avances hacia la liberalización no se dieron hasta que llegó al gobierno Rajiv Gandhi, que fue primer ministro después del asesinato de su madre Indira en 1984. y que inició una tímida apertura. En la campaña electoral para recuperar el Gobierno, en 1991, fue asesinado. Una parte sustancial de su programa era el desmantelamiento del sistema de licencias y la eliminación del control de precios, como aconsejaban las teorías de Hayek y sus seguidores.

Pocas veces se habrá de encontrar en la granja una prueba de ejecución y resultados tan extraños y controvertidos. Porque se trata de la experimentación de un modelo de desarrollo centralizado, propuesto y apoyado -resalto la paradoja- por el gobierno norteamericano, y defendido con uñas y dientes por prestigiosos economistas (galardonados con el Premio Nobel muchos de ellos) que tienen su campo natural de acción bajo la economía del libre mercado.

Todo parece indicar que al pollito indio lo empujaron a salirse de la granja, para que su experiencia sirviera de indicativo a otros aventureros respecto al frío que imperaba fuera.

——

(1) La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Quito Fabio Maximo, cuya estrategia para derrotar al ejército de Anibal fue rehuir el enfrentamiento directo y apoyarse en escaramuzas que lo desgastaran poco a poco.

¡Ay, Carmena!

Como en mi casa no caben ya más libros, pero las bibliotecas públicas están cada vez más surtidas, sigo leyendo mucho y rápido, pero compro pocos. Uno de los últimos es “Por qué las cosas pueden ser diferentes (Reflexiones de una jueza)” (Ed. Clave Intelectual, 2014). Autora: Manuela Carmena. El ejemplar que tengo corresponde a su 6ª Edición.

La portada es una foto de la alcaldesa actual de Madrid, de pie, con las manos sobre el manillar de una bicicleta que, si la vista y Google no me engañan, es un artefacto de la marca y subespecie Specialized Expedition Sport FR Mujer 2014, accesible por 529 euros. La magistrada-jueza lleva zapatos de tacón, lo que indicaría que no viene precisamente de un paseo por el bosque, y la instantánea está tomada, seguramente, en su casa -se ve el arranque de una escalera de caracol, y hay un cuadro de una joven Manuela, pensativa, con una mirada algo melancólica.

En la imagen más actual, la agarrada a la bicicleta, Manuela mira a la cámara desde arriba, con la inconfundible expresión del que piensa: “A ver si terminas de una vez, que tengo otras cosas que hacer”.

Me apresuro a decir que me cae bien esta señora. La defiendo siempre que ha lugar -y no faltan- porque siento que es de los míos: no hemos hecho nada de relumblón, de eso que el stablishment considera importante (yo, por lo menos, hasta ahora; ella, hasta mayo de 2015), pero lo tenemos currado, y bien curriculado. Manuela Carmena lo cuenta en su libro, con detalles que, si no se tienen puestas las gafas de entender, podrán parecer un tanto triviales, acaso, ñoños. Tal vez, presuntuosos.

Ni hablar. Su vida es una vida muy seria, consistente, coherente de principios a fines. Así me parece, y no la conocía de nada, ni la conozco más que de lo que he leído y visto, de ella y sobre ella. En parte, su vida es la de una pulpesa en sempiternos garajes. Salir viva, incluso de atentados mortales, es un milagro.

La que sería alcaldesa -la primera edición de este libro data de abril de 2014- nos cuenta, al final de sus páginas, que en 2013 constituyó la sociedad “Yayos Emprendedores S.L.” Por si me lee un marciano, yayos son los abuelos, porque la autora quería “transmitir la idea de que los abuelos, los viejos, tenemos una enorme capacidad de emprender, de idear y de inventar”. Y más adelante: “Los viejos emprendedores podemos ser como una especie de puente de todo el causal de nuestras vivencias para los que ahora están comenzando sus propias vidas personales o sociales” (pág, 285).

El libro no tiene desperdicio, y entiendo bien que lleve muchas ediciones. Es una confesión de una campaña persistente, personal, en algunos momentos, íntima, en un campo de batalla. Puede ser tenido por la labor de una mezcla de dama de la Cruz Roja con uniforme de coronela de intendencias. Lo leí con fruición, que es un antídoto estupendo contra la vulgaridad que nos rodea.

Manuela Carmena es de mi partido político. En él militan muchas gentes independientes -no pocos de entre ellos, se consideran centro, pero que no saben lo que son en realidad-,  algunos pertenecen a las derechas prudentes, no pocos vienen de la izquierda consecuente, quedan unos pocos de la izquierda irredenta.

No me importa lo que piensan, sino lo que hacen. No se ponen a discutir lo que hay que hacer, ni se pasan días perfilando puntos de coincidencia que no encuentran en los programas, no se preocupan de colocar a la familia o amigos en los lugares para los que tienen alguna mano. Tratan de agrupar, reunir, sacar lo mejor de los equipos que tienen a sus órdenes; y, aún más curioso, dan pocas órdenes; señalan las rutas con el ejemplo.

Me llamó la atención, en especial, el tratamiento que la jueza-magistrada hace de la observación de la corrupción en la Justicia. Si hay algo más antagónico, supongo, es Justicia-Corrupción.

Hace Carmena un buen análisis de las oposiciones a juez, que compartimos muchos. El esfuerzo por la memorización de temas jurídicos sin conexión con la sociedad, la dura preparación para la oposición como meta y no como salida (el retruécano es mío), la falta de experiencia en la vida real para juzgar, justamente, casos reales, etapas que jalonan un currículum tempranero que superan jóvenes de menos de 30 años para “adquirir seguridad” y que, desde entonces, se ven encumbrados al poder de decidir sobre la vida de los demás.

Pero donde lleva la cesta llena de sembrar asombros a ignorantes es cuando nos cuenta lo que descubrió en su paso por los Juzgados. La tasa PSC (Por si cuela), las ayudas a algunos funcionarios para que se pierda algún expediente, las dietas  oscuras, el reparto “aleatorio” de los asuntos. la asignación de interventores concursales por complicidad.

Es una lástima que no haya pasado por el mundo de la empresa, porque nos hubiera ilustrado, con su desparpajo -el del que está de vuelta y ha sobrevivido- sobre lo que ha tenido que suceder en las relaciones entre las administraciones públicas y los contratistas. Nos ahorraríamos así muchos ayes y manos a la cabeza.

La abuela Carmena está ahora en una nueva batalla, de la que no sé si saldrá un nuevo libro, pero de la que sí deseo que salga, no solo incólume, sino reforzada. No se cuánto lleva analizado de ese Ayuntamiento de Madrid en el que no le faltarán capítulos para llenar con anécdotas. Si tiene tiempo para invitarme a un café con pastas, yo puedo contarle algunas historias enjundiosas.

Y, por favor, que en la próxima portada, se haga fotografiar con zapatillas de deporte, chándal y bicicleta de montaña. No hace falta que sean de marca, basta con que le funcionen dos o tres marchas, que hay mucha oferta de segunda mano.