Más sonetos

Tengo escritos decenas de sonetos. Estos son una muestra de los últimos :

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Si fuera redención el sufrimiento
como algunos la fórmula pretenden,
yo tendría ya ganado el firmamento
y saldadas las cuentas que en mí penden.

No me mueven a creer quienes entienden
recibir de los dioses el aliento
y a consejos y máximas atienden
que otros trajeron a adornar el cuento.

Mi respeto al crédulo sustento
en ética y no en rezos de novicias
y no me importa el color del argumento

si frente a odios, amores y sevicias
opone amor al otro. Lo lamento,
todo lo demás, no es fe. Es estulticia.

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De formas de morir, la de repente
prefiero con ventaja, y si ello fuera
imposible, elijo el que me  muera
luchando con honores en el frente.

Que sea en toda forma que presente,
-en guerra como en paz- corta la espera,
que la mano del verdugo sea certera
y quien haya de llorar, antes se ausente.

Para mi funeral, venga la gente
con ganas de reír y armar bullicio,
porque, aunque ya conmigo nadie cuente,

de combinar amor, virtud y vicio
y disfrutarlo en paz, tal vez mi mente
aún pueda encontrar poso o resquicio.

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No temo, soledad, que el tiempo empañe
voluntad de querer con que me empeño,
pero de la emoción que no se es dueño
puede surgir peligro que la dañe.

Promete eterno amor, más frunce el ceño
que dispuesta a resistir aunque se ensañe
para destruir con celos nuestro sueño,
no nos ha de afectar, si a mí me atañe.

Pues contra tentaciones no hay diseño
que en honor de virtud defensa amañe,
pongamos por delante lo risueño

y, en lugar de traición, que no te extrañe
que admita que el destrozo fue pequeño
y al altar del perdón yo te acompañe.

 

@angelmanuelarias

(Del libro “Sonetos desde el Hospital, 2017)

 

 

Jisei de la democracia representativa

Democracia, sí,
pero esa impostora
que ya se vaya.

Para quienes no estén impuestos en el apasionante mundo de los haiku (que, en español, está admitido que son breves poemas de tres versos, con cinco, siete y cinco silabas), les ilustraré que un jisei es el ultimo haiku, el que se ha escrito antes de que allegue la muerte. Aquí me refiero a la democracia representativa, que, como es un ente inanimado y no posee capacidad para escribir, le pongo yo la voz y lo explico.

Tengo varias razones para defender que debíamos reflexionar sobre las formas en las que tomamos decisiones relevantes en las colectividades humanas. En las Asociaciones, en los Colegios profesionales, en los sindicatos, en los Comités de empresa,…pero, y sobre todo, en los partidos políticos y, aún más grave, en las elecciones generales para designar a nuestros  representantes en los Parlamentos y, en consecuencia, en el Gobierno.

Los procedimientos ideados son diversos, según entidades y Estados. Todos pretenden conducir, en los países que se definen como regidos por la democracia, a instrumentalizar un ente oscuro, por su carácter acomodaticio a las veleidades de los que tienen la sartén por el mango, al que se llama “democracia representativa”.

Sobre el papel, el procedimiento tipo es atractivo. Consiste en la voluntad de selección de los más idóneos para los cargos que deben cubrirse, aunque, admitiendo que el número de electores es excesivo, se prefiere ofrecerles una lista, abierta o cerrada (en el fondo, da casi lo mismo), para que manifiesten, sobre ella, sus preferencias. Estos elegidos se convertirán en electores de quienes representarán, concluido el proceso, a la totalidad de los que se verán afectados.

Las interferencias sobre la bondad del procedimiento aparecen en un doble o triple sentido. Ante todo, debe considerarse el factor tiempo, trascurrido desde que los electores de primer nivel han votado a sus representantes, y estos eligen, normalmente entre ellos (aunque no siempre), a quienes asumirán los cargos de responsabilidad, y, por fin, el que corresponda a la asunción por estos últimos de sus puestos de gobierno.

Las interferencias mayores se encuentran en el proceso mismo. Por una parte, no todos los electores van a votar, y la abstención cumple, por tanto, una función determinante. Un número no despreciable de votantes, harán, voluntaria o inconscientemente, que su voto sea nulo o votarán en blanco. Y una mayoría indetectable de votantes, votarán con insuficiente conocimiento de lo que votan, de a quienes votan y, para colmo, no tendrán control posterior sobre el cumplimiento de los programas y de los objetivos, en caso de que éstos se hayan puesto de manifiesto en el proceso electoral,

Pero es que, por parte de los postulantes a electores “representativos”, las deformaciones del proceso son tremendas. En múltiples casos, se desconoce cómo postularse para elector; en otros, en no menor en número, los electores son nombrados por los órganos preexistentes de las asociaciones, corporaciones o partidos, (que puede hayan llegado hasta allí por fórmulas nada democráticas) de forma caprichosa, misteriosa o nepótica.

Que no hemos encontrado la fórmula ideal, es evidente, Los ejemplos llueven y nos limitamos a echarnos las manos a la cabeza. Los lindes entre una democracia orgánica -que es abominada en todos los libros de texto- y una representativa, son muy confusos. Como es sabido, la orgánica, de la que en España hemos sufrido un modelo paradigmático durante la dictadura franquista, la representación del pueblo llano se realiza por medio de órganos de decisión delegada, sin que se consulte a la población en ningún caso de forma directa.

Sin embargo, ¿qué añade de nuevo el parlamentarismo o los partidos políticos, si su formación está viciada de origen, o si ese pueblo llano se desvincula mayoritaria o significativamente del proceso? ¿Cómo detectar los vicios en la selección si los votantes carecen de información o conocimientos suficientes sobre lo que votan y sus efectos?

La designación del presidente del país con mayor poder -económico y militar- del mundo, ha conducido en el momento en que esto escribo, a la selección de una personalidad, Donald Trump, que parece surgida de una pesadilla. Fruto de una campaña mediática, pero aberrante, en favor de una personalidad bullanguera y provocadora, hecha popular, pero desligada de la defensa de los valores que el núcleo sensible de la sociedad concienciada y abierta viene defendiendo.

En España, la actual situación, tanto en el Gobierno del país, como en el interior de sus partidos más relevantes, plantea también serias dudas acerca de cómo estamos eligiendo a nuestros representantes y, por ende, a nuestros gobiernos. Las formaciones políticas, incluso las más recientemente constituidas, padecen crisis que provienen, no de la discusión de sus propuestas de mejora de la generalidad, sino, por lo visto y oído, de personalismos y tensiones de poder surgidas en su seno.

La falta de interés general por la política tiene consecuencias deplorables. Una gran mayoría vota sin atención a los programas, sin vocación ideológica, basándose en cuestiones irrelevantes, como puede ser el aspecto físico de los candidatos a presidente de gobierno, la costumbre, la improvisación. El votante medio, como han evidenciado las encuestas, está mejor enterado de los pormenores de la vida de un cantante, un futbolista o un actor distinguido por los media, que de lo que cree necesario para mejorar el empleo, el bienestar o la igualdad social.

Traslademos esta penosa apreciación a casi todos los ámbitos. La inmensa mayoría de los puestos en los sindicatos, colegios profesionales, comités, se designan porque solo se ha presentado un candidato, o por designación digital, sin programa de actuación alguno. Se eligen por aclamación, esto es, por ausencia de alternativa. Los equipos de gobierno y asesores de las Administraciones -locales, regionales o centrales- se nombran, en esa tónica de comportamientos viciosos, siguiendo misteriosos procedimientos, en los que no priman los conocimientos, sino las amistades, las relaciones con terceros, la oportunidad, la posibilidad de lucro o beneficio de grupos.

Vuelvo al principio. Hay que replantearse la democracia representativa, para que se aumente de forma clave la participación de los electores y el compromiso de los elegidos. Para que resulten elegidos, en fin, los mejores. Para que todos los que voten sepan qué votan y por qué. Y para que todos los que deban votar, lo hagan, con la consciencia de que están ejerciendo un derecho sustancial para la comunidad, no un trámite sin consecuencias para ellos.


El dibujo con el que ilustro este Comentario es una interpretación libre de una de mis nietas de lo que entiende por “democracia representativa”. Tenía tres años su autora cuando plasmó el reto de su abuelo, no explicado con detalle adicional alguno (si hubiera sido necesario), de que dibujara lo que le sugerían esas, para ella, como para muchos, enigmáticas palabras.

Fábula del hombre, los lobos y las ovejas

Hace muchos años, pongamos cincuenta o así, los hombres descubrieron que las ovejas estabuladas proporcionaban más beneficios que las que se dejaban libres en el campo.

Eran más fáciles de controlar, producían más y mejor lana, tenían partos dobles viables con mayor frecuencia y, sin que eso signifique enumerar todas las ventajas, la carne de los corderos era más suave y el ordeño resultaba simple, produciendo más leche y más cremosa.

Con el avance tecnológico, las merinas, seleccionadas cuidadosamente,  se mantenían en inmensas naves, sujetas a  aldabas individuales mediante cadenas, con el fin de reducir al máximo su movilidad; así, perdían menos energía, comían más pienso y engordaban rápido y parían con mayor frecuencia, a ritmos de mercado y momentos que se elegían mediante adecuada inseminación artificial, para optimizar el beneficio. Se crearon puestos de trabajo muy cualificados.

Todo ello tenía, además, una ventaja: como ya no necesitaban salir al campo a pastar ni ramonear, no era necesario dejar a los rebaños bajo el cuidado y vigilancia en la montaña de pastores ni ganaderos,  no ya en las gélidas noches, ni siquiera en las suaves amanecidas primaverales. Las dosis simbólicas  de hierba fresca mezclada con hojas de romero, salvia y colorantes alimentarios, se traían a las granjas ovinas, en camiones, y se distribuía a los pesebres, mediante cintas transportadoras, una semana antes del sacrificio, para dar a la carne mejor sabor y un color apetitoso.

Como consecuencia colateral, las ovejas dejaron de caer víctimas ocasionales de sus imaginarios ancestrales enemigos, y los niños, por tanto, dejaron de oir historias de lobos y corderos. No había más lobos, para ellos, que los de los dibujos animados que se comían de un bocado a Caperucita, ni más corderos que los trozos de carne con los que se celebraban en los hogares las ocasiones especiales.

Los campos que proporcionaban praderías jugosas se abandonaron en su mayor parte. Donde los tréboles, las ulmarias, las orquídeas o las potentillas, crecieron espinos, matojos y artos de rosa canina; laureles, acebos y helechos de cien especies; surgieron en, según en qué partes, brezos, alisos; hasta rebrotaron raíces y prendieron bejucos, y hubo, dependiendo de los sitios, no solo eucaliptos que se hicieron gigantes, sino bosquetes de robles,  hayas, serbales y hasta de castaños, que, al crecer sin control, generaron un tapiz de hojas secas y ramas rotas o partidas por el rayo, que como nadie recogía, volvieron el espacio impenetrable.

El cambio -una revolución- fue generalizado y no afectó solo a las ovejas y a los lobos. La propiedad de las naves y de las merinas y la tecnología de muchos productos de consumo y de ocio se concentró en muy pocas manos, que terminaron siendo misteriosas, totalmente desconocidas. Se especulaba incluso, en algunos círculos, si se trataría o no de ser propiamente humanos. En concreto, las fórmulas de combinación de los piensos para las ovejas se hicieron secretos -como las de la Coca Cola y las patatas chips de los Burguer-; para evitar miradas indiscretas, las naves de producción se llevaron a lugares incógnitos, aunque los centros de transformación y distribución, se ubicaron en lo posible muy cerca de las ciudades, es decir, de los mercados, para ahorrar costes de transporte; algunas cantidades menores eran trasladadas a curiosos comercios al por menor, regentados en exclusiva por inmigrantes adaptados.

¿Y los lobos? Pues, crecieron y se multiplicaron con bastante rapidez. Es cierto que ya no tenían ovejas con las que alimentarse, pero el espacio que antes ocupaban las praderas pasó a ser prácticamente suyo. No habían de temer al hombre, que se acercaba raramente por sus andurriales -quizá algún micófago nostálgico a recoger algún rebozuelo en el otoño-. Cuando los humanos prefirieron no asumir riesgos y llamaron sin problemas hongos del bosque a los champiñones cultivados y al shitaki, se tornaron los dueños del espacio, porque carecían, como las urracas, los estorninos y los cuervos, de enemigos naturales.

Sin embargo, cuando la presión demográfica que sufrían los lobos aumentó, empezaron a hacerse visibles cerca de las ciudades, buscando carnes para comer. Desde luego, no podían acercarse a las naves en donde estaban siendo criadas con todos los adelantos científicos sus deseadas ovejas, defendidas con alambradas eléctricas, cuchillas afiladas y púas.

Fue más o menos por entonces cuando empezó a correr la noticia de que los lobos estaban atacando a los humanos. Primero, fue una niña que estaba jugando en un parque infantil, con un perrito de peluche. Un lobo le arrebató el juguete, seguramente creyendo que era comestible. Luego, se denunció que un lobezno había aparecido muerto en una autovía de circunvalación. Hubo más casos. La angustia se instaló y creció primero en una ciudad, y luego, en todas.

Estaban los ciudadanos y ciudadanas tan preocupados con la amenaza de los lobos que prestaron poca atención a que algunos médicos habían descubierto una enfermedad nueva en algunos humanos que les hacía comportarse de manera muy loca, y que, luego de meses de investigación y pedir a los veterinarios que los ayudasen, encontraron que las ovejas llevaban algún tiempo sufriendo de una epidemia causada por unas proteínas patógenas, que se llamaban priones, debido a que se las alimentaba con cadáveres de animales, muy económicos.

Había que tomar una decisión de largo alcance. Los responsables del bienestar de la ciudadanía convocaron a un debate intensísimo. ¿Qué hacer? ¿Matar a todas las ovejas afectadas, que eran muchísimas? ¿Reducir el número de lobos a una quintaesencia simbólica? ¿Volver a los tiempos en los que las ovejas pastaban en los montes?

Cada opción tenía sus inconvenientes. Desde luego, a los propietarios de las ovejas había que indemnizarlos, y no con cuatro dineros. Los lobos estaban protegidos por una ley de conservación de la naturaleza primigenia. Pero lo principal era que el bosque -al menos, el de esta fábula- se había hecho impenetrable.

Después de una reñida votación, en la que los partidarios de cada opción (y de otras que me callo, para no hacer el asunto demasiado largo) expusieron sus razones con vehemencia creciente, salieron empatadas dos posibilidades.

La de los que proponían quemar una parte de los bosques para que, en su lugar, retornaran los prados en los que pastaran las ovejas no afectadas del mal, y recuperar la cabaña. No era sencillo de poner en práctica, pues no había voluntarios que ofrecieran sus parcelas de bosque para quemar, y aunque algunas era de propiedad comunal, no se tenía claro donde empezaba cada una. Entendiendo que el debate se prolongaba demasiado… unos desconocidos empezaron a quemar algunos bosques y, sin control, las llamas estaban provocando graves incendios cuya extinción reclamaba medios mayúsculos.

Por supuesto, la oposición de los propietarios de las naves a esa medida había formado un lobbing poderoso. Tenían contratados expertos muy cualificados que defendían que la situación estaba perfectamente controlada y que, con ayudas públicas, se podría garantizar carne de oveja merina de una nueva subespecie, más sabrosa y resistente. Además, se estaba dispuesto a autorizar inspecciones más severas y frecuentes.

Mientras se celebraban los debates, que se hicieron interminables, un grupo de sabios cansados de no tener nada que hacer ni ser escuchados, se puso en marcha con un macuto, una brújula y un machete cada uno. No trascendió mucho de lo que llevaban en el macuto, pero sí comunicaron su propósito: dar, pian pianito, un rodeo al bosque, hasta llegar a la otra parte.

Fueron muchos los kilómetros y pasaron muchas aventuras. Ellos también discutieron, algunos desistieron, otros amenazaron con volver y no lo hicieron. Por fin, los supervivientes llegaron a unos prados verdes en donde había pastando unos magníficos rebaños de ovejas.

Sentados a la sombra de un castaño, un grupo de pastores estaba comiendo queso entre hogazas de un pan con muy buen aspecto y uno de ellos, tocando un caramillo, servía de guía para que otros dos cantaran una canción de amores frustrados y esperanza, con voces embriagadoras.

Los sabios, que estaban cansados de la caminata, pidieron permiso para sentarse con ellos, lo que se les concedió de buen grado. Y entre la bebida, la comida y los cánticos, no me lo podréis creer, pero se les olvidó para lo que habían llegado hasta allí.

Lo que faltaba

Se diría que, a punto de alcanzar el final de 2015, algunos se resisten a abandonar el año sin extremar su protagonismo. Vivimos una época en la que lo mediático supera lo razonable, y lo imaginario excede con creces de lo real. En esta última semana, son tantas las incertidumbres, noticias, especulaciones y comentarios que llenan las páginas de periódicos y revistas, que se me hace difícil seleccionar algunas, por lo relevante o por lo insólito. Pero creo que debo a mis lectores este Comentario, y ruego de antemano disculpas si dejo algo en el tintero.

En primer lugar, me resulta penoso -por lo que significa para la institución- que se haya dejado circular que el propósito inicial del Rey Felipe VI fue el de pronunciar su mensaje de Navidad desde el balcón principal del Palacio Real, y ante una multitud que debiera haber sido convocada en la Plaza de Oriente. Según ha trascendido, se habrían repartido invitaciones a residencias geriátricas de varios pueblos de Extremadura, la Generalitat valenciana, Castilla León y la Comunidad murciana, y se tenía apalabrada la contratación de varios centenares de autobuses. Finalmente, la idea, valorando pros y contras, fue desestimada, al menos, para este año.

No son pocos los media que aseguran que, por fin, se ha llegado a un acuerdo de gobierno entre todos los partidos que se presentaron a las elecciones de diciembre. No ha sido fácil, desde luego (se trataba, al parecer, de más de mil agrupaciones políticas, y algunos de sus líderes resultaron muy difíciles de localizar). Pero acabó triunfando, por lo que se indica, la sensatez y el amor a España, para salvar todos juntos este difícil momento. Únicamente se está a falta de encontrar un jefe de Gobierno para esta gran coalición, aunque el sentir unánime es que sea mujer, de no más de cuarenta años, licenciada en derecho o sociología, e independiente.

De una fuente desconocida de los juzgados de Palma de Mallorca ha sido enviada por fax a la redacción de varios periódicos y semanarios del país una copia de la petición de anulación de la instrucción del caso Noos -acogiéndose al art. 263 bis.4, del Código Penal reformado-, suscrita por el bufete del prestigioso jurista Miguel Roca, alegando que el procedimiento estaba viciado por haber sido conducido por un juez antisistema. Aunque algunos de esos media han tratado de ponerse en contacto con la infanta Cristina, para confirmar si se trata de una actuación consensuada con la Casa Real, no ha sido posible obtener tal declaración.

No sorprende que la nueva novia de Pablo Iglesias (junior), Zenobia Camprubí (que seguramente es un heterónimo con el que oculta su verdadera identidad) haya confesado que acaba de abandonar la militancia del Partido Socialista, en la que ocupaba un cargo de Jefa de Fotocopiadoras, llevándose abundante documentación sobre la ideología -en buena parte, secreta- de este partido. Consultados algunos antiguos dirigentes de la formación de Pablo Iglesias (senior) indican que la pérdida de los papeles sustraídos no es importante, ya que hace tiempo que la ideología no es el elemento que más preocupa en los Comités ejecutivos, sino la venta de pins y gorras, que está creciendo.

Menos credibilidad merece, aunque de ser cierta, demostraría lo tortuoso que ha llegado a ser este país desde el que escribo, la reseña que realiza El Periódico de Cataluña (versión restringida a suscriptores especiales) de una reunión en Baqueira mantenida por Rajoy y Mas con el ex Honorable ex President Pujol, y por la que le habrían pedido consejo acerca del mejor lugar para pasar los próximos años. Según la misma fuente, después de un intercambio intenso de opiniones, los congregados y sus asesores, se han ido cada uno por su lado, si bien los dos primeros advirtieron, al estar ya de vuelta  en su coche oficial en funciones, que les había desaparecido la cartera.

Ha provocado gran conmoción en el mundo de las devociones, conocer que se ha obligado, con presión inconcebible, al papa Francisco a pronunciar un discurso de Navidad distinto al que tenía preparado, en el que reconocía dificultades para entrar en comunicación con el Espíritu Santo, y expresaba sus dudas respecto a la prioridad que debía darse a los mandamientos, proponiendo incluso que se eliminaran un par de ellos.

(Estas noticias, y otras que pueden venir, son, por supuesto, básicamente falsas. No me preocupa que lo parezcan al lector desde el principio, pero es que hoy es el día de los Inocentes, y me apeteció escribir algo gracioso -teóricamente, al menos- en un panorama general tan abrumadoramente serio)

 

Segmento del capítulo “Encarna” de “Hay un mensaje para Elías”

Apunte a lápiz y acuarela

Apunte a lápiz y acuarela

4

Al volver a mi pueblo, no reconocí a casi nadie. Ni siquiera fuí capaz de encontrar la tumba de mi padre, porque habían reformado el cementerio. Una de las gemelas vivía en la panadería, en donde se hacía ahora pan francés en horno eléctrico. La otra se había ido a vivir a La Coruña con un guardia civil. Encarnita había engordado tanto que estuve seguro de que mi otra hermana no podía haber seguido el mismo ritmo, así que habrían dejado de ser gemelas, nos vemos únicamente por las fiestas, y de los niños, ¿qué sabes?, el más pequeño tiene algo en los huesos, lo están tratando especialistas de Santiago.

De las puertas abiertas de las viejas casas aparecían personas desconocidas que pretendían que yo las identificase con antiguos amigos y vecinos. “Soy Mercedes, ¿no te acuerdas de mí?”, me confesaba una sonrosada matrona, con la dentadura deshecha por la piorrea, arrastrando con las manos sendos niños demasiado gordos, uno de ellos, por no atender las que se le hacían, con señales autistas. Su marido era el concejal de Obras y, como los otros, habían entrelazado sus vidas de forma poco imaginativa. Cuando conseguía ubicar un rostro, surgía algo más allá otro grupo de entusiastas de la adivinación, convencidos de mi capacidad para eliminar canas, gorduras, y reponer dientes, pelos, ligerezas, tú sí que no has cambiado nada.

-Cómo le hubiera gustado a mi padre verte. Pues no hablaba poco el viejo de tí. Me decía: Arturo, el de la Encarna, ese sí ha triunfado.

-¿Triunfar, yo?. ¿Triunfar alguien que anda de un sitio para otro, buscando recuperar lo que ya tenía en este pueblo?

-Siempre tan bromista. Esto va para atrás.

-No hay de qué quejarse. Ahora hay teléfono, televisión. No falta dinero. Las tierras de labor están sembradas de eucalíptos. Los establos se han transformado en locales de negocio en donde la gente bebe malta.

-¿Qué querías? ¿Que nos quedáramos atrás?

-Si tengo que decir la verdad, sí.

Tendían las fuertes manos callosas y las mantenían rígidas sin atreverse a apretar las mías, dedos y palmas de mujer ante las suyas; viéndolos así, transformados en gentes de otra raza, gordos, recios, feos, nadie diría que nuestra niñez había sido conjunta, conservándome yo tan estirado, el bigotillo recortado, el cutis blanquecino, las cejas depiladas con mesura, el traje de fina tela hecho a la medida. Yo los había utilizado tantas veces como defensa ante los habitantes de la gran ciudad, había presumido de mis orígenes junto el pueblo simple, que me avergonzaba descubrir que nadie, salvo un imbécil, me podría confundir con ellos.

El río y el puente sobre la carretera permanecían en pié, ningún programa de desarrollo hubiera podido con su inercia. Paseé con el coche hasta el borde del agua. Aparqué el vehículo entre tres olmos que habían resistido al tiempo. Empecé a desnudarme poco a poco. Fue un movimiento reflejo el que me llevó a quedarme como mi madre me trajo al mundo, tal como habíamos hecho cada tarde de verano los niños de mi edad, y me zambullí sin percatarme de que ya no era la estación, de que mi cuerpo se había transformado en la vulnerable coraza de un adulto. Obsesionado por el recuerdo, estuve seguro de que la sensación de frío que me invadió de pronto era exactamente la misma que no había vuelto a disfrutar desde la infancia, porque nos pertenecía por igual al río y no a mí. Al tiempo que redescubría el tiritar de la niñez, me di también cuenta de que había sabores y olores olvidados que podría reencontrar en aquellos orígenes. Así que, saliendo del agua, corrí desnudo por la orilla y estuve masticando acederas, potentillas, tarios y tréboles, oliendo el aire como quien imita a un perro.

A la siguiente inmersión, me entró curiosidad por saber si todavía habría peces en las mismas oquedades. Los importuné poco, cómplice de su ocultación, haciéndoles cosquillas de salutación en el vientre. Podrían ser las mismas que había conocido, hacía treinta años, alevines cuya longevidad tenía el sentido de permitirme reflexionar sobre el pasado. Me acometió el pudor. Sentí que me habían echado del Paraíso. Avergonzado de que alguien hubiera podido verme en ese estado de desnudez injustificable salvo para un loco, tomé mis pantalones y me los puse rápidamente, sin atreverme a mirar a ningún lado.

Rehice el camino de vuelta a casa, y en el cuarto que había sido mío y que mi hermana había dejado expedito para mí, me eché sobre la cama luego de prepararme una pipa muy aromática, que tomé deleitándome con cada una de las aspiraciones, abandonándome, mientras me masturbaba recordando lo que había sido de mí, convocando las voces y el cuerpo de Amelia, pero sobre todo, excitado por la visión anticipada de Esperanza, una putita cuyo concepto empezaba a perfilar, mucho antes de que ella hubiera nacido, de que sus nalgas duras de adolescente se convirtieran en la razón de mi vejez.

Cuando me concentré en mi placer, los jóvenes de entonces desaparecieron como empujados por un tornado. Sus rostros se desdibujaron, se deformaron, engordando, estirándose, rompiéndose. No los reconocería ni aunque pasasen por mi lado. Mi hermana la gemela abre la puerta sin avisar, se sienta sobre la cama, no advierte mi turbación, y dice imitando a mi madre, “Te he preparado natillas para la cena”. Por un momento pensé que era Encarna, pero ella permanece para siempre inválida en la cocina. “¿Eres tú, Arturo José?, pregunta desde su enajenación, cuando me siento frente a esa anciana y le tomo sus manos entre las mías, tratando de llegar al fondo de su mirada vacía.

(pags. 138 a 139, “Hay un mensaje para Elías”, Angel Manuel Arias, copyright)

Concedidos los Premios del IX Certamen Nacional de Escritores ingenieros de Minas

Acabo de recibir el Acta de la concesión de los premios al IX Certamen Nacional de Escritores ingenieros de Minas, firmada por Da. Carmen Ruiz-Tilve Arias, D. Manuel Herrero Montoto y D. Miguel Rodríguez Muñoz.

El primer premio ha sido otorgado, por unanimidad, a D. Fernando Mendieta Benedicto, por “La leyenda de…”

Me presenté al Certamen, con mi relato “Fragmentos de una investigación”, bajo el lema Achernar, que no obtuvo Premio ni mención alguna.

Al tiempo que felicito a los premiados, al no haber sido considerado merecedor de publicación por parte del Jurado, entiendo quedo libre para hacerlo en los lugares que me plazca, por lo que incorporo el mismo a este blog, para su posible disfrute, al margen de premios y favores.

Fragmentos de una investigación

A las once y media del jueves, 6 de noviembre de 2014, Maurice Godward detectó un agradable olor a cacao  en el aire que entraba por la ventana abierta del aula. Acababa de impartir su clase diaria de Fotónica aplicada a los alumnos de Ingeniería de Materiales en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Kumasi.  Quizás fuera éste el último día de la temporada de lluvias.

Atrás en su memoria, quedaba la parte de su vida que había consumido en Estados Unidos, en donde  había desarrollado una brillante carrera como ingeniero nuclear, concentrada durante años en la generación y aplicaciones de los positrones. Es decir, en la extracción de recursos de la antimateria.

Contrariando lo abstracto o pretencioso que a cualquier lego le pudiera parecer ese sector de actividad, Godward se consideraba “simple aventurero por terrenos desconocidos”, según había manifestado en 2003 a un redactor de la prestigiosa publicación Scientific American.

Sin embargo, catalogar a Maurice no hubiera resultado sencillo. Ni justo, encasillar su compleja personalidad en un modelo preconcebido. El grupo de trabajo de la Universidad de Stanford, Palo Alto, que pretendía detectar las características relevantes atribuibles a los investigadores profesionales, lo definió como “Intuitivo y asistemático”.  Es decir, atípico.

“¿Asistemático?” se limitó a replicar en la nota al margen, con la que devolvió la valoración de sus resultados al equipo que realizó el estudio.

Si cada existencia fuera una peculiar respuesta personal contra el desorden externo, la brújula de Maurice cambió de dirección el día en que murió Jane –su primera esposa-.

Fue el 4 de marzo de 2007, domingo, a las 4 horas 45 de la madrugada. Nevaba en Tennessee. El mundo de interés de Maurice Godward se desplomó.

Jane había sido su ayudante de laboratorio. Eficaz, tímida, voluntariosa. Ambos figuraban adscritos como docentes profesionales al mismo programa de doctorado del Instituto de Tullahoma, en la Universidad of Tennessee—Knoxville. Aún disponían de cuatro años antes de renovar su tercer contrato por otros diez.

Como amante, Jane era frígida. Como investigadora, era genial. Experta en analizar las interacciones de rayos laser y materiales compuestos, bajo la influencia de campos electromagnéticos, había desarrollado una línea de investigación apasionante.

“Jane fue colaboradora irremplazable”, reconoció en la carta de baja voluntaria que Maurice entregó al decano, a las dos semanas exactas del funeral. “Estamos hechos de polvo y permanecemos sobre el filo de los tiempos, sin ser capaces de entender aún la razón”, añadió, repitiendo la glosa del Confiteor. “Sin Jane a mi lado, me siento inerme”.  Unable, fue la palabra elegida.

Admitir que Jane había sido soporte fundamental en su trabajo, por el que fue incluso propuesto como precandidato al Premio Nobel de Física en 2003, era justo, pero hacerlo en el momento del duelo, reflejaba la consciencia de su desamparo.

Jane le había venido proporcionando las razones para alimentar su pedestal de genio, regalándole, espléndida, los frutos de sus propias conclusiones, dejando que Maurice las administrase como quisiera; atribuyéndoselas si así le apetecía. Y le había apetecido casi siempre, absorbiéndola. Neutralizándola.

Aunque la naturaleza no les había concedido tener hijos, la compensación consistía en sembrar de inquietudes los cerebros de las decenas de jóvenes inteligentes que, año tras año, se ponían a su alcance, inoculándoles el ansia de saber más acerca de la posibilidad remota de controlar la producción de antimateria.

También esa idea era de Jane. Estaba convencida de que los alumnos eran su descendencia. Se convertirían en su continuación, si conseguían inocularles los alelos espirituales de la inquietud por descubrir lo que estaba pasando por la esencia del cosmos. Una raza mística de la que saldrían los campeones que recogerían el testigo en la carrera de obstáculos en la que Jane imaginaba el desarrollo de la inteligencia, es decir, lo intangible, y cuyo premio era desentrañar, por fin, el misterio de la evolución de la materia.

-Maurice, la investigación está madura… Creo haber encontrado el principio por el que la energía evoluciona selectivamente en determinadas formas de materia…

-Descansa, querida. –prometía Maurice, apretando la mano lánguida de su esposa, agotada por el sufrimiento-.

-Los positrones….-musitaba Jane, en frases entrecortadas- pueden estabilizarse…en otro universo…

Jane, sin remedios para su metástasis, vencida su inteligencia por analgésicos que la conducían al definitivo sopor de la inconsciencia, repetía entre ayes de dolor: “Otro universo…imaginable…”

“Un ejemplo de la aplicación general de la teoría de la evolución bajo campos electromagnéticos” fue el título del proyecto con el que se había propuesto, al parecer, condensar sus hallazgos. Maurice descubrió el archivo al revisar el ordenador de trabajo de Jane. Estaba vacío. Le había faltado tiempo para escribir más.

Con su muerte, Maurice admitió que, sin su protección, sepultado entre talentos muy superiores al suyo, desenmascarada su mediocridad, había quedado relegado al mero papel de estrella gigante roja, destello terminal en la constelación de la investigación científica. Como Betelgeuse en Orión, estaba destinado a apagarse para siempre.

Habían pasado siete años desde entonces. Comenzaron por un túnel de alcoholismo y desgana, el intento chapucero de suicidio, y, después de un tratamiento de desintoxicación, se abrieron, felizmente, nuevas esperanzas.

El 19 de enero de 2009, Maurice se postuló, como profesor invitado, en la Universidad de Kumasi, la Kwame Nkrumah University of Science and Technology, conocida como la KNUST. La convocatoria se abría a doctores con experiencia docente de, al menos, diez años, y comprendía varias disciplinas en las que podía encajar.

No sabía entonces nada de Ghana, ni del nivel de estudios que encontraría en los alumnos, ni era consciente de las exigencias más elementales con las que tendría que enfrentarse para sobrevivir. ¿Habría elefantes, cocodrilos, leones, monos? ¿Se encontraba Kumasi en medio de una selva tropical, o estaba enclavada en un desierto en donde proliferarían serpientes y alacranes?

En realidad, Maurice solo buscaba la oportunidad de abrir una vía en la jungla de su personal desamparo. Una mirada en Google Map le sirvió para fijarse en la gran mancha azul del Lago Volta: Ghana no era el Sáhara, pues. Otro descubrimiento feliz: el inglés se encontraba entre los idiomas oficiales del país y era, junto al chino, la lengua en la que estaba admitido impartir la docencia.

Rellenó los formularios, sugirió su encaje como profesor en tres o cuatro asignaturas de los últimos cursos de Ingeniería de Materiales, y los envió a la dirección que se indicaba en la convocatoria. Adjuntó varios pdf con los certificados que se exigían –añadió alguno más- y la declaración jurada de no estar incurso en ninguna investigación judicial, ni inhabilitado para ejercer sus derechos civiles, ni sometido a la obligación de guardar secreto militar por razón de su trabajo anterior.

A los pocos días –el 20 de febrero de 2009-, el departamento de Contrataciones de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Kumasi le envió los ejemplares del contrato como profesor encargado de Fotónica aplicada.

En el correo, le indicaban que Miss Abena Comfort Annan sería su contacto para ayudarle en los trámites administrativos y facilitarle la acomodación al país. Ella y un conductor le esperarían el día de su conveniencia del mayo siguiente -¿le parecería adecuado el día 27, miércoles?- en el aeropuerto de Accra (Kotoka International Airport) para conducirlo hasta Kumasi. Dejaban a su cargo obtener el visado y los billetes necesarios para conectar Tennessee con Accra, pues desconocían –admitían en su amable escrito- si habría enlaces directos, asegurándole que, desde luego,  el coste del vuelo de ida le sería totalmente reembolsado.

Fotónica aplicada era una disciplina interesante, aunque algo distante de la experiencia investigadora de Maurice; a Jane, en cambio, le hubiera encantado.

¿Se puede empezar otra vida cuando se está cercano a cumplir los cincuenta años, en un país del que se ignora lo más elemental, y en el que, en cualquier sitio a donde se vaya, sería detectado de inmediato como blanco, rico, intelectual y excéntrico? Habría que intentarlo.

Kumasi, con más de dos millones de habitantes, es una ciudad tumultuosa y desorganizada, enclavada en un paisaje lleno de contrastes, escenario de la lucha entre la naturaleza rebelde a dejarse modificar y la impetuosa demografía humana empeñada en provocar su deterioro irreversible. Una urbe fascinante, compleja, vital.

Maurice se había tenido que vacunar contra la malaria y la fiebre amarilla y a las tres semanas de su llegada temió morir, víctima de una gastroenteritis infecciosa. El 5 de octubre de 2009, cuando se encontró dando su primera clase en la KNUST, inició el proceso que le recuperaba para la nueva existencia. Su adaptación al nuevo entorno se produjo de forma tan sólida, que decidió quedarse en Ghana para siempre. Abena Comfort  había sido el catalizador de tal transformación.

A las once y treinta y dos del seis de noviembre de 2014, Maurice desconectó el ordenador portátil y recogió de la mesa, para meterlas en el maletín, varias  hojas con las notas en las que se había apoyado para subrayar algunos de los conceptos que podrían resultar más oscuros. Los alumnos permanecieron quietos, esperando a que, como acostumbraba, concretase el tema que trataría al día siguiente.

Dirigiendo la vista a un punto indeterminado de los primeros bancos, anunció:

-Mañana me alejaré del programa. Comentaré con Vds. las últimas teorías sobre la evolución de nuestro sistema solar hasta su previsible final. Analizaremos cómo se modelaron los planetas y por qué se descomponen.

Tuvo la sensación de que alguien le estaba dictando las palabras.

-Las ondas de energía interna, al chocar contra la coraza impenetrable del espacio exterior, se vuelven materia inestable. Para sacar máximo provecho de la disertación de mañana, les sugiero que repasen sus apuntes de cálculo tensorial. También será conveniente refrescar la aplicación del teorema de Bayes a dominios indeterminados.

Se suscitó un murmullo, provocado por los comentarios y cábalas de los estudiantes más inquietos, del que sobresalió la voz de Mary Aqua, nacida un miércoles.

-Profesor Godward: ¿Cree que la física tiene explicación para cualquier evolución de la materia? ¡Cuando miramos las cosas en detalle, todo son anomalías! Nuestro cerebro es una gran anomalía, ¿verdad?

Maurice levantó la cabeza para dirigirse a Mary Aqua, una bella joven de  la tribu manjago, considerada entre los más inteligentes e imaginativos del grupo. A su clase, solamente asistían ahora tres mujeres, pues otras dos que también se habían apuntado al principio, abandonaron el curso para casarse. Pontificó:

-La física tiene grandes soluciones, pero no para las mejores preguntas.

Mientras se dirigía hacia la puerta, lanzó este reto:

-Mary Aqua ha expresado una preocupación interesante, para la que no se tiene respuesta todavía. Tal vez alguno de Vds., la encuentre un día. Después de la clase, realizaremos en el laboratorio, algunos experimentos que probarán que los haces de iones de muy alta energía pueden adulterar la naturaleza de la materia sobre la que inciden. Y aquí viene lo interesante: un observador que estuviera dentro del sistema,  consideraría que estamos causando daños sobre ella; visto desde fuera, deberían tratarse como un resultado, es decir, un éxito.

Salió del aula. Condujo su todoterreno de segunda mano por el camino, a ratos barrizal, de quince kilómetros trescientos cincuenta metros que separaba el campus de su casa, situada en Kentinkrono. A las once cuarenta y siete volvió a presentársele el dolor de cabeza que le asaltaba de vez en cuando. Añadido a la penosa necesidad de tener que levantarse varias veces por la noche para ir al baño, resultaba una seria advertencia de que su reloj vital estaba avanzando velozmente para que su cerebro se convirtiera en antimateria.

Maurice vivía en un chalet con siete habitaciones y tres cuartos de baño. Un edificio desmesurado para sus propias necesidades y ostentoso para el nivel de vida de los habitantes del entorno, que había sido imaginado como sede de una multinacional que nunca llegó a instalarse. El profesor lo había comprado a medio construir, cuando, apenas llegado a Ghana, le explicaron que el campus no tenía aún terminados los alojamientos para profesores.

La casa necesitaba arreglos y, a pesar de ello, el aspecto exterior era engañoso. Como su porte destacaba sobre los alojamientos del área, la llamaban “el palacio del profesor”.  Maurice Godward la había convertido en algo más que su casa particular. Era también un albergue para cuatro o cinco de sus mejores estudiantes, a los que seleccionaba anualmente, en una competición de excelencia. Para los alumnos equivalía a una beca, puesto que no cobraba nada por el alojamiento y les dejaba utilizar la cocina.

A las 12 horas y tres minutos, sus meditaciones fueron interrumpidas por el móvil, que sonaba insistente. Sin abandonar el volante, miró la pantalla del aparato y comprobó que quien llamaba era Abena Comfort, nacida en martes. Sintió un pinchazo en la espalda, como consecuencia del movimiento brusco con el que intentó coger el teléfono. El aparato dejó de emitir señales y, puesto que estaba llegando a casa, no intentó devolver la llamada.

Con Abena compartía su determinación de vivir mientras fuera posible. Para la mayoría de los ghaneses, cuya edad no superaba los treinta años, Maurice era ya un superviviente. Así también lo admitía él mismo. Se había convertido en el protector de Abena. Ella, a cabio, le cuidaba, lavaba la ropa, cocinaba, le enseñaba con inagotable paciencia la dificultosa lengua akan e incluso le impulsaba a arrugar las sábanas con esporádicas demostraciones de cariño, que él agradecía como se respeta la voluntad de una diosa.

No le sorprendió verla, junto al murete de entrada a la casa, esperándolo con el pequeño Gary Kuesi Godward, nacido en domingo, en sus brazos. Pero sí le extrañó advertir que un vehículo con la bandera tricolor estaba aparcado en el callejón.

-¿Ha pasado algo? –preguntó, dando un beso a la joven y acariciando al niño, de unos dos años. No era su hijo, aunque lo había adoptado como suyo. Algunos vecinos y colegas de Universidad, murmuraban a sus espaldas que  parecía ligeramente mulato.

-Han traído esta carta del Ministerio de Defensa. –dijo Abena.

Le alargó, sin soltar al pequeño Kuesi, el sobre que mantenía sujeto bajo la axila. Olía a desodorante y a almizcle. Maurice lo cogió y, en la solapa leyó su nombre, mal escrito: Professor Dr. Gokard, Kwame Nkrumah University of Science and Technology.

Lo abrió de inmediato. No conocía al Ministro de Defensa. Solo en una ocasión había tenido la oportunidad de saludar al Presidente de la República, cuando se inauguró el Laboratorio de Física Experimental, el 7 de agosto de 2012, donación del Winnington Group de Hong Kong.

Dentro del sobre había un tarjetón, con el escudo de Ghana y el membrete del Ministerio en color. Se le convocaba a una reunión para el día siguiente, 4 de noviembre de 2014, a las ocho de la mañana. Alguien había escrito de su puño y letra: “Su presencia es requerida como imprescindible”. La mano había subrayado la palabra “imperative”. Abena Comfort habló entonces nuevamente.

-El hombre que trajo la carta está ahí fuera.

Maurice no la entendió bien.

-¿Está esperando respuesta?

El profesor se volvió a tiempo para comprobar que el tipo uniformado que se ocultaba dentro del vehículo oficial, se había bajado del coche. De manera educada, con una sonrisa radiante que mostraba su dentadura inmaculada, expresó, como si hubiera estado atento al desarrollo de la conversación anterior, avanzando unos pasos:

-Dr. Gokard, estoy aquí para llevarle a Accra. Le volveré a traer mañana, después de la reunión. Tiene hotel reservado para esta noche.

-¿Tan urgente es? –preguntó Maurice, ahogando la sorpresa en cierta incomodidad.

-No lo sé. El viceministro me ordenó que no volviera sin usted.

Entonces se dio cuenta de que Abena Comfort lo tenía todo previsto para el viaje. Le había preparado un bolso de mano con el traje de celebraciones –no tenía otro-, una camisa, muda, maquinilla de afeitar, loción, y el ejemplar de la Biblia que acostumbraba a hojear cuando no podía conciliar el sueño.

-También metí el cd de Rhian Benson que pensaba regalarte para tu cumpleaños –confesó la joven, señalando el maletín de viaje que reposaba en el suelo-. En la bolsa hay bocadillos de pollo y cervezas para el camino.

Maurice guardó la carta en un bolsillo, se agachó y abrió uno de los laterales del bolso, en donde estaba la carátula de Say how I feel; en el otro lateral, abultaban dos envoltorios de papel de aluminio y cuatro latas de cerveza.

A las 12 horas y veintidós minutos, le vino a la cabeza que seguramente el objeto de aquel despliegue de búsqueda y captura hacia su persona podría ser debido a que la Administración ghanesa quería agradecerle con alguna distinción los servicios que venía prestando a la Universidad de Ciencias. Fantaseó que, incluso, cabría la posibilidad de que le nombraran ciudadano honorario de la república de Ghana… si tal distinción existiera. Pero, ¡qué diablos! ¿Por qué habría de movilizarse el ministerio de Defensa para otorgarle su mejor galardón a un norteamericano carente de pedigrí político? ¿Habrían imaginado que les ayudaría a fabricar una bomba atómica?

A las 12h 28 min Maurice se sintió dispuesto a aclarar a las gentes del Ministerio, llegado el caso, antes mismo de empezar cualquier reunión, que él, Maurice ex Betelgeuse Godward, no tenía más noción de lo que sería necesario para confeccionar un artefacto nuclear que la que podría extraerse directamente de la Wikipedia. Les pondría de manifiesto de inmediato que solo pretendía estudiar mejor los efectos de la amorfización en ciertas estructuras cristalinas, al bombardearlas con positrones.

Se despidió de Abena con un beso en la frente –así acostumbraba a manifestar su afecto por ella en público, poniéndose casi de puntillas, pues era más alta- y le susurró al oído:

-Hasta mañana, mi pequeña. Serán buenas noticias. Cuida de Kuesi y de tí.

La capital estaba distante doscientos setenta y dos kilómetros. Si bien la autovía Kumatsu-Accra se había dado oficialmente por terminada, en algunos tramos, debido a la lluvia y a la falta de mantenimiento, aparecía enfangada y resbaladiza. Sabía que tenía ante sí algo más de tres horas de implacable penitencia para su espalda sensible.

El conductor era una persona educada, con tendencia a mantenerse silente. Puede que se sintiera inseguro con el inglés. Pronto se desveló como aficionado al fútbol, deporte del que Maurice sabía muy poco.

-Nadie podrá emular a Abédi Pelé –dijo, recordando el nombre de un ídolo popular.

El ghanés reaccionó, activado en sus resortes emocionales.

-¡El padre de André Ayew! Un genio. Gracias a Ayew estuvimos a punto de ganar a Alemania en Brasil hace dos años. Yo también me llamo André. André Kuaku, nacido miércoles –aclaró.

Agotado el tema deportivo, como puso de manifiesto el siguiente largo silencio, Maurice le entregó el cd que llevaba en la bolsa, rogando que lo introdujera en el reproductor.

-Este coche solo admite casetes –se disculpó André, volviendo a extraer de su caja de rictus, la mejor sonrisa.

André Kuaku encendió entonces la radio, y buscó una emisora con programación musical, que dejó conectada durante el resto del viaje. Maurice se entretuvo mirando el paisaje. ¿Habría visto un leopardo? Deseaba, al menos mientras se mantuvo plenamente despierto, que ninguna rueda reventara durante el trayecto.

Atravesaron Suhum. El conductor prestaba la máxima atención para no arrollar bicicletas, animales sueltos o peatones cargados de bultos que cruzaban los carriles sin cuidarse de los vehículos que circulaban a la máxima velocidad que podían ofrecerles sus gastados motores y la resistencia de sus neumáticos lirondos. Maurice dormitaba cuando el conductor le comunicó que estaban llegando a Nkawkaw, y que debía pararse a repostar. Eran las tres y veintisiete de la tarde, y seguía lloviendo con fuerza.

Mientras cargaban el depósito con los 100 cedis que le alargó al encargado, Maurice ofreció a André Kuaku uno de los bocadillos y un bote de cerveza tibio, que el otro agradeció. Luego, volvió a entregarse a la perezosa duermevela.

A las quince cincuenta y cuatro le pareció que había tenido una precisa revelación sobre la composición de la materia más allá de la heliopausa. ¿Se trataba de una señal desde Jane? Hubiera deseado  recoger de inmediato el fogonazo de inspiración en su ipad, que se había quedado en Kentinkrono. La idea se desvaneció en su frágil memoria humana.

Durante los últimos kilómetros tuvieron que soportar un atasco formidable. Había ya oscurecido cuando llegaron al hotel, a las diecisiete treinta.  Estaba situado muy cerca de Burma Camp, en el Gran Accra, en primera línea sobre la playa de Labadi.

No llovía entonces. André Kuaku se despidió hasta la mañana siguiente.

-Le recogeré a las siete y media. Descanse. –habló, desapareciendo de inmediato,  dejando la bolsa de viaje y el traje de ceremonia en manos del conserje.

A Maurice le apeteció dar un paseo por la playa, envuelta en sombras, y en la que se adivinaban algunos pescadores que esperaban a que subiera la marea. Se guió por nuevas luces, callejeó. No tenía hambre y, con el solo objeto de matar el tiempo, penetró en un restaurante, que estaba vacío.

-No estamos abiertos, pero le podemos servir.- Le dijo la joven que estaba limpiando las mesas pasándoles por encima la bayeta húmeda.

La empleada se ausentó para volver portando una carta casi tan extensa como un libro de cocina. Maurice sabía cómo defenderse del riesgo de una espera interminable.

-¿Qué tienen ya cocinado? –preguntó a la muchacha.

-Fufu con nueces. Se lo puedo servir con alacha a la plancha–le contestó.

Pidió las raíces cocinadas entre granos de almidón y dos sardinas ovejeras. Mientras le cumplían el encargo, llamó a Abena para comunicarle que había llegado y que todo estaba en orden. Eran las veinte horas cuatro minutos. Se acordó  de que no había dejado aviso en la Universidad de que no podría impartir la clase de mañana, así que le pidió que llamara a Sharon y le dijera que repasara con los alumnos cualquier tema anterior en el que se sintiera cómodo.

No durmió bien. El aparato de televisión solo permitía ver Ghana News y películas pornográficas de pago. No consiguió tampoco controlar el aire acondicionado. Releyó una y otra vez páginas del Apocalipsis, sin prestar demasiada atención.

A las siete y cinco de la mañana, el ruido era intenso. Se levantó, se duchó, se puso el traje de ceremonia y se sentó a desayunar en el restaurante. Un muchacho le sirvió café y bollos recién hechos y le invitó a utilizar el buffet libre. Cuando estaba sirviéndose un zumo de kiwano y limón, entraron varios jóvenes vociferantes, en chándal.  Dejó el hotel, después de echarle una ojeada a los periódicos que estaban sobre una mesita.

Andre Kuaku estaba esperando. Seguro que desde bastante antes de las siete. Puede incluso que hubiera pasado gran parte de la noche en el automóvil.

En los alrededores del Ministerio se percibía ajetreo. Los encargados del control de seguridad le dejaron pasar sin pedirle documentación, saludándolo militarmente. “Están ya reunidos”, le apremió el oficial que se encontraba en la puerta, y le condujo casi en volandas a una sala del primer piso.

Había una mesa gigantesca, y varias decenas de sillas en torno a ella. En la sala solo se encontraban tres personas, de pie, charlando animadamente. Cuando entró Maurice, se callaron. Alguien con uniforme del ejército del aire, la casaca condecorada con varias medallas y cintas, se identificó como el viceministro y le tendió la mano.

-Es un honor tenerle entre nosotros, Dr. Gokard –pronunció, en un inglés con  acento que a Maurice le pareció galés.

Junto a una inmensa bandera tricolor con la estrella de cinco puntas, en la pared principal, colgaba la fotografía del Presidente, rodeada de un lazo con los colores de Ghana: verde, amarillo, rojo. Las demás paredes también estaban ocupadas. En la del fondo, se había representado un mandala, y debajo podía leerse que “La unión nos da confianza”. En las laterales, pendían máscaras talladas en madera de okum, y una colección de fotografías de multitudes, procedentes de mítines de campaña del Presidente, al que debía  pertenecer la figura que aparecía, en todas ellas, de espaldas.

El viceministro señaló el objeto que estaba sobre la mesa, en una bandeja, y que Maurice había creído se trataba de un adorno peculiar.

-Procede del vertedero de Agbogbloshie.  En realidad, no lo hemos recogido allí, sino en una oficina de Accra. Pertenece a mercancía incautada a una banda criminal que se dedica a descifrar códigos de los discos duros que llegan con ordenadores de segunda mano desde Europa y Estados Unidos.

Maurice sabía de qué estaba hablando. Agbobloshie era el destino de miles de toneladas de basura informática, enviados a Ghana en contenedores facturados desde Amberes y otros embarcaderos hasta el puerto de Tema, bajo la cobertura de ayuda al desarrollo. La mayoría eran equipos desechados por inservibles en países donde la tecnología de consumo sepulta en prematura obsolescencia los juguetes de la modernidad.

Sabía también que, frecuentemente, el propietario casi nunca se molestaba en borrar los discos duros, y los cachivaches eran entregados a empresas que los recogían para su teórico reciclaje o destrucción. Muchos contenían aún información delicada: números de tarjetas de crédito, balances y cuentas de resultados, datos financieros personales. Había mafias dedicadas a inspeccionar las memorias de esos ordenadores, que utilizaban los datos obtenidos para cometer estafas y fraudes.

-Lo que tenemos sobre la mesa son restos de la carcasa semidestruida de un ordenador, en uno de cuyos puertos –pronunció la palabra slot con solemnidad- se encontraba, casualmente, una memoria extraíble de un tera. Ésta.

El viceministro se detuvo, deseando dar énfasis a la frase que pronunció a continuación, esgrimiendo un pequeño objeto de plástico.

-Ese ordenador perteneció seguramente a la Agencia de Inteligencia del Ministerio de Defensa Americano.

-Ah –dijo Maurice, convencido de que le correspondería expresar algo. Trató de descubrir en alguna zona del amasijo metálico sobre la mesa una pegatina con las siglas DIA (Defense Intelligence Agency), pero no percibió nada especial.

El viceministro consideraba la memoria usb que tenía en la mano un trofeo de caza.

-Hemos analizado su contenido y encontrado información y planos para fabricar un generador de energía de alta potencia electromagnética. Una máquina capaz de producir campos de millones de miles de voltios por metro y guiar, mediante la rotación de lanzaderas de ultra precisión, haces de electrones al espacio.

Maurice supuso entonces que se trataba de una broma.

-Eso no es posible, señor. Nadie ha inventado un artefacto así. Es más, es imposible alcanzar campos de esa magnitud. Se necesitarían, además, para tratar la información resultante, hiperprocesadores aún no desarrollados

Los dos acompañantes del viceministro le miraron, atentos a un golpe de efecto. Aquel, pulsando un mando a distancia, hizo correr una pantalla de proyección que sepultó momentáneamente el multicolor mandala en cruz y señaló, sobre ella, una fotografía, que apareció, al principio, borrosa.

-El almacén informático tiene, en una de sus caras, dos iniciales: J.G.

Con un puntero, señaló una zona concreta de la pantalla. Inmediatamente, proyectó la carátula de lo que parecía el título de un trabajo académico: “Un ejemplo de la aplicación general de la teoría de la evolución bajo campos electromagnéticos. Por Jane Godward”.

Debajo, había una fecha: 6 de marzo de 2007. Dos días después de la muerte de Jane.

-Era su esposa, ¿no?-preguntó a Maurice el viceministro.

-No puede referirse a mi difunta esposa.- contestó el profesor-. Había fallecido y desde hacía varios meses no se dedicaba a ninguna investigación relacionada con el electromagnetismo. Le era físicamente imposible acercarse al Laboratorio. Y, desde luego, no trabajábamos para la Secretaría de Defensa. Nuestro trabajo era exclusivamente académico. Como sigue siéndolo el mío.

El viceministro no se detuvo.

-Eso creíamos. Hemos hecho revisar parte de la información de este lápiz por especialistas de  bioelectromagnetismo la Universidad de Hong Kong. Hace dos días nos comunicaron que los planos son objetivamente fiables y corresponden a un aparato perfectamente ejecutable, un híbrido que utiliza la potencia de procesamiento que puede lograrse con un supercomputador para seleccionar eficazmente los huecos intersticiales de la materia, dirigiendo los haces de positrones entre ellos. Están ferozmente interesados en recibir el resto de los planos y fabricar un prototipo.

Maurice se sintió, de pronto, interesado.

-¿Y? ¿Qué les han contestado ustedes?

El viceministro le miró.

-Les dijimos parte de la verdad: carecemos de toda la información. –dijo-. Algunos de los planos son irrecuperables. Por eso, necesitamos que Vd. los complete en lo que falta, y así podamos fabricar y probar el aparato aquí, en Ghana.

-P…permítame, viceministro, antes de formular cualquier objeción o comentario, que le haga una pregunta. En el caso de que fuera posible realizar ese propósito,  ¿qué esperan conseguir con un aparato tan peculiar? –preguntó Maurice, sin desviar su atención de los algoritmos, cálculos y esquemas que, en una secuencia veloz, estaban siendo proyectados en la pantalla por el viceministro.

Eran las ocho cuarenta y siete de la mañana. Un mozo trajo una bandeja con café y pastas.

-Sr. Gokard, no conseguirá ocultar lo que es obvio. Este aparato ha sido ideado para generar núcleos alternativos de Magara.

-¿Magara? –preguntó Maurice, aparentando estar estupefacto.

¿Cómo ignorar que Magara es la fuerza vital universal, el espíritu que conecta a todos los seres vivos, pasados y presentes?. El alma del mundo: una quimera filosófica.

-Magara –repitió el viceministro, eliminando el énfasis.

Entonces intervino uno de los acompañantes, rompiendo su silencio.

-El equipo servirá para generar fuerzas excepcionales, capaces de acelerar la materia más allá de la velocidad de la luz, que podrán hacer un agujero en el tiempo. Seguramente, una brecha pequeña, pero suficiente –explicó. Podría estar convenciéndose a sí mismo mientras se expresaba.

-Hemos sido alumnos de la Dra. Jane Godward en Tennessee, en 2006. En su seminario, reconoció que estaban Vds. próximos a obtener un resultado excepcional en la predicción de la evolución general de la materia. No nos extraña, pues, que esta invención sirva para observar  el futuro con cierta antelación. No mucha. Un minuto, quizá. –dijo, con entusiasmo, el otro acompañante.

Maurice tomó el lápiz informático de la mano del viceministro.

-Ahora que todas las cartas están sobre la mesa, Sr. Gokard, no vale que disimule con nosotros. Podría exigirle la cooperación, pero apelo, sobre todo, a su cariño hacia nuestro país, en el que decidió fijar su residencia. Afecto y devoción que son correspondidos por miles de mis compatriotas.  Fabrique aquí, en Ghana, el prototipo de esa máquina. Tiene la información que  falta y nadie como Vd. dispone de la práctica necesaria para trabajar con positrones. Conocer con uno o, quizás, dos minutos de adelanto,  lo que va a suceder, es de importancia capital, y abre el camino para otros desarrollos en Defensa y estrategia.

Así habló el viceministro. Maurice estalló en una risa incontenible.

Estaba viendo a su primera mujer,  con bata blanca de laboratorio y la melena rubia recogida en una coleta. Vio a su propia madre, sometiendo la ropa de la cama cuando estuvo enfermo de paperas. Se contempló a sí mismo el día en que consiguió el acceso a la Universidad,  con la corbata estampada regalada por la tía Rosheen y volvió a abrazarse a su padre al obtener el diploma de licenciatura en ingeniería nuclear. Hasta se vio viajando por toda Europa y se reconoció cuando le entregaban el premio al mejor científico en física cuántica del año en Berlín, en 2003.

-Con todo respeto, no encuentro el menor interés en fabricar un artefacto complejo y muy caro para observar el futuro con solo un minuto de antelación.  Si se tratara de un año, dos meses, o incluso, un día…. ¡Pero un solo minuto!–dijo, con parsimonia.

Continuó.

-Señores, lamento tener que desilusionarles. Lo que Vds. han encontrado en ese puerto de ordenador no son los planos de un equipo avanzado, sino la plasmación de una elucubración. La fecha es errónea, desde luego. Aunque lo sustancial es que ese  proyecto al que, por lamentable confusión, Vds. dan tanta importancia, no es más que un juego infantil.

Maurice se había trasladado mentalmente al aula universitaria. Su tono era docente.

-Mi  difunta esposa, con la frustración de que no pudimos tener hijos, debió idearlo para fomentar el uso de la imaginación en los niños. Yo no lo sabía, pero doy por seguro que el lápiz  contiene los esquemas para confeccionar un juguete, un aparato de fantasía y que fue ideado como entretenimiento, por pura diversión, sin la menor intención de que funcionara jamás como instrumento científico.  Por eso, estoy firmemente convencido de que los planos que echan en falta nunca existieron y que, si se fabricara el aparato, no funcionaría en el sentido que pretenden.

Un reloj de pared hizo sonar nueve campanadas. El eco de la última llenó la sala.

-¡Por supuesto que sería interesante conseguir la capacidad a nuestro antojo para viajar por encima del heliocampo, más allá de donde termina el sistema solar! Pero eso, señores, –afirmó el Dr. Maurice Godward- solo sería posible negando el presente, destruyéndonos a nosotros mismos. El futuro deshace de forma natural  la realidad para convertirla en antimateria. La hace, por tanto, irrecuperable para nosotros desde el espacio en que se desarrolla nuestra existencia, porque necesitamos el tiempo como sitio en que vivir.

Volvió a mirar el lápiz, lo volteó varias veces, y se lo devolvió al viceministro con un vaivén lateral de la cabeza. El viceministro no le  creyó.

-El aparato funcionará, Dr. Gokard. Y lo fabricaremos aquí, en Accra o en Kumasi, bajo su dirección. A partir de este mismo momento, queda Vd. sometido a la obligación de mantener absoluta confidencialidad. Iniciamos hoy mismo el programa ultrasecreto para el que contará con el apoyo de cuantos ingenieros, biólogos, físicos, filósofos y todo el personal subalterno que sea preciso. No regatearemos medios materiales.

Sonó un móvil. Abena Komfort Annan anunció que había trasmitido el recado a Sharon y que éste repasaría con los alumnos las teorías del nacimiento de una supernova.

-¿Qué tal lo estás pasando ahí? –preguntaba Abena. Maurice pidió disculpas, y poniéndose la mano delante de la boca, musitó:

-Acabo de caer en la cuenta de que soy una de las pocas personas a quienes importa más lo que sucederá dentro de millones de años, que lo que va a pasarle el próximo minuto.

Se volvió hacia el viceministro, y le confesó, imitando su sonrisa.

-De acuerdo, señor. Estudiaré toda esa información, y me comprometo a fabricar el aparato si, en efecto, cuento con los medios adecuados y puedo suplir las deficiencias. Después de todo, la ciencia humana no es más que un juego para quien nos contempla desde fuera del tiempo. Y qué diablos,  para nosotros, un minuto…

Iba a decir que un minuto es un minuto, pero le pareció una obviedad inoportuna.

El día transcurrió sin incidentes. Puede que una mónada de tiempo se hubiera cruzado en la vida de Maurice Godward, atravesándola. Era, teóricamente, algo imposible, porque el tiempo carece de corpúsculos. Aunque, considerando la evidencia, también era fruto de la casualidad que Maurice hubiera nacido, además, otro viernes.

FIN

Ónde vais?

Hace pocos días fue, según me enteré después, “el día del abuelo”. No lo sabía cuando, encontrándome a la espera del autobús, un grupito de niños de entre cinco o seis años, dirigido por uno algo más atrevido, me increpó: “¡Abuelo, abuelo!” y el que llevaba la voz campante, incluso se interesaba por un detalle que me dejó perplejo: “¿Cuántos años tienes? ¿Ochenta? ¿Cien?”

Miré al monitor que, cual gos d´atura homínido, trataba de ordenar aquella troupe de descarados para repartirles unos bocadillos que acarreaba en una caja de cartón de fondo desvencijado, esperando de él alguna reconvención al más vociferante, pero desvió la vista, dándome a entender que el asunto no iba con él.

Aunque no pude menos que recordar al pasaje bíblico donde se nos cuenta que los profetas Elías y Eliseo se toparon con unos mozalbetes que insultaban al primero -que sería poco después elevado al cielo en carro flamígero-, gritándole :”¡Sube, viejo calvo!”, y que, según el relato, fueron castigados con el envío de dos osos que despedazaron en un momento a varios de aquellos deslenguados, debo reconocer que lo que en realidad me preocupó era sospechar que mi estado físico había sufrido un deterioro repentino y que, de resultas, aparentaba unos cuantos años más de los que ya soporto.

No estoy dispuesto a dejarme intimidar por cómo me vean niñatos que no son aún capaces de distinguir edades de envejecientes con la precisión con la que yo he aprendido a discernir, por tramos de seis meses a los párvulos. Me encuentro físicamente bien, y aunque no me vean tan joven los que incluso sacan un par de años a mis nietas mayores, me creo con capacidad aún bastante para seguir trabajando por mejorar algo lo que me rodea, haciendo lo que pueda dentro de lo que me dejen (1).

Por eso, y porque la madurez me ha dado la visión directa de unas décadas ilustrativas de la historia de España y del mundo, me siento, sino con autoridad, si con la necesidad, de advertir que el momento por el que está atravesando nuestro país es muy interesante, porque es extremadamente peligroso.

Tomando como referencia el tiempo que los media dedican a los temas, sacaríamos la conclusión de que los dos temas que más animan a unos cuantos españoles y preocupan a otros muchos españoles -no quiero ahora cuantificar la dimensión de ambos grupos- son: la propuesta de escisión independentista que ha calado entre muchos residentes en Cataluña y el avance de la agrupación Podemos, con un programa político que se va construyendo, en buena medida, sobre la marcha.

Por supuesto, ambos asuntos no son sino la lengua de la morrena del glaciar que empuja al mar de la inmediatez el hielo de la indiferencia con la que se tratan los problemas de los demás. No es nuevo para la Humanidad, ni para nuestro país, y hasta ahora, la generación de unos años de caos y destrucción le ha venido bien. De las cenizas y la sangre han surgido nuevas esperanzas, entre supervivientes que se han llevado las manos a la cabeza gritando “¿Qué hemos hecho?” (o dejado hacer) y aprovechados que se han aupado sobre las ruinas, para enriquecerse con la reconstrucción más sólida de lo destruido, utilizando la capacidad, no exenta de docilidad y esperanza de la mayoría de los que también sobrevivieron.

La actualidad nos ha puesto sobre la mesa del comedor a dos excelentes charlatanes: Mas e Iglesias, que, además, venden frascos de una medicina que hace un par de años no hubiéramos creído necesitar jamás pero ahora, a no pocos, les parece imprescindible. El nombre del producto es diferente, pero el contenido del frasco es el mismo: un placebo que no soluciona el problema de base, sino que lo complica.

A ambos líderes mediáticos, con la mirada puesta en el después y no en el ahora, creo que les viene de perlas el mensaje de advertencia que recoge esa canción asturiana, convertida en dicho popular muy socorrido: “Ónde vas, Pachín del alma, de alpargates y orbayando, non te metas por los praos, que vas ponéte pingando”.

(1) Estoy pensando, al escribir esto, en el cuento guaraní que presenta a un diminuto colibrí que, mientras el bosque ardía, y ante la pasividad de los demás animales, volaba una y otra vez de un riachuelo al corazón del fuego, llevando cada vez en su pico una gota de agua. El jaguar, -¿o fue el oso?- que estaba quieto mientras el fuego amenazaba sus pies, justificaba su propia inactividad queriendo hacer ver al pajarillo que sus esfuerzos serían inútiles ante la magnitud de lo que pretendía: “Nada conseguirás”, le dijo. A lo que el colibrí replicó. “Yo hago lo que puedo”.

Tengo comprometido a mi amigo Rafael Ceballos -que nos lo transmitió cuando recibía, el 14 de noviembre de 2014, la medalla del Club Español de Medio Ambiente- mejorar el previsible final de esta historia de animalario, simulando que los animales del bosque se movilizan todos, recapacitando respecto al poder de que son capaces si actúan conjuntamente, y consiguen apagar el fuego. De momento, solo algunos luchan con las llamas y otros, hasta se diría que las aventan.

Cuento de primavera: La comisionista y el tendero

En la misma calle en que habito, tiene su comercio abierto un tendero. El rótulo que está colocado sobre la puerta, debe corresponder a la actividad desarrollada por el propietario anterior, ya que en él se lee Peluquería. Y este tendero parece estar dispuesto a vender de todo pero no a cortar el pelo.

Desde hace varios meses, sigo con interés y curiosidad  la evolución de su negocio. Incluso se su nombre: Armadendo Contritio, porque, la semana pasada, en uno de los cajones de cartón que se amontonaban a la entrada de su negocio, leí ese nombre, la dirección correcta y la naturaleza del peculiar establecimiento. “Armadendo Contritio S.L., calle de las Delicias s/n, Especialidad en Placebos y Sustancias con Propiedades Terapéuticas Imaginarias.

En realidad, podía haber supuesto la singular naturaleza de lo que era el objeto de comercio para Armadendo. Yo mismo, recién abierto el mismo al público, debí haber sido uno de los primeros clientes. Recuerdo perfectamente la conversación.

-Buenas tardes, me alegro de que el barrio tenga por fin alguna actividad nueva. Aquí no hacían más que cerrarse negocios -fue mi introducción, mientras curioseaba por las estanterías, en las que apenas descubría mercancía, pues estaban prácticamente vacías.

-¿Qué busca? -fue la escueta y directa interpelación del tendero, sin levantar la vista de una libreta en la que estaba anotando algo.

-En realidad…-iba a decirle que había entrado solamente para saludarlo como nuevo vecino, pero, finalmente, descubrí, en la esquina de uno de los estantes, un bote en el que se podía leer: “Melaza repelente de parásitos intestinales”, lo que me llamó la atención y cambié mi propósito sobre la marcha- Quisiera una Melaza contra los parásitos del intestino.

-No se qué es eso -casi me escupió el propietario del negocio, ajeno a mis evoluciones por el local.

Creyendo que el hombre no sabía aún exactamente ni lo que tenía expuesto para la venta, tomé el bote, y lo puse sobre el mostrador.

-Me llevaré esto -le indiqué, con una sonrisa que pretendía ser de complicidad.

-Son cincuenta céntimos -me aclaró, y, mientras recogía la moneda que le tendí, envolvió la lata en papel de estraza, dándose muy poca maña. Después, ató el paquete con un cordel de esparto y metió todo en una bolsa de plástico, que me ofreció, sin pronunciar más palabras.

Debo reconocer que me sorprendió el reducido precio que me cobró por aquel artículo, aunque, como no tenía ninguna referencia personal sobre la procedencia, naturaleza y contenido de la lata, admití que era correcto y que aquel nuevo comerciante del barrio estaba decidido a ofrecer productos con muy escaso margen, con el propósito de conseguir una clientela fiel.

Cuando abrí el artículo en casa, encontré que el contenido era una especie de mermelada que, por prudencia, y aunque me olía arándanos silvestres, ya que todas las indicaciones estaban escritas en una lengua que no conocía, me abstuve de probar, y se lo ofrecí, dada la obstinación con la que me lamía los zapatos, pidiéndome su parte, a mi foxterrier, que lo devoró, encantado.

Al día siguiente, y al otro, y al otro, pasé por delante del comercio y ví, con complacencia, que el interior iba llenándose de mercancía, hasta el punto que en el transcurso de una semana, todas las estanterías me parecieron ya atiborradas de productos. El tendero estaba en todas las ocasiones, de pie, a la entrada del establecimiento, con la misma o parecida libreta, tomando notas y más notas. Ninguna de estas veces advertí que en el local hubiera cliente alguno. Incluso, en muchos momentos, estaba cerrado a cal y canto, aunque se trataba del habitual horario comercial.

El hombre tenía un aspecto descuidado, realmente desaliñado. Aparecía, muchas veces, con el rostro preocupado y su ropa estaba sin planchar, los zapatos polvorientos y la mirada perdida.

Pero, un día, en uno de mis paseos, sí descubrí al tendero hablando con una joven -me pareció una mujer agraciada, vestida con una blusa y una falda que se me antojaron sugerentes-. El comerciante parecía entonces muy animado, y la muchacha tomaba apuntes en un cuaderno que llevaba, al que, por las apariencias, trasladaba con cuidado el contenido de las notas que le iba leyendo el hombre.

-Mañana mismo llegará el pedido -comunicaba aquella mujer, cerrando con lo que me pareció una evidente fruición, su libreta.

La escena se repitió varias veces a lo largo de las siguientes semanas, en sus dos versiones. El comerciante, si el local estaba abierto, permanecía a la puerta. Estaba siempre vacío de clientela . Si mi paseo coincidía con las últimas horas de la tarde, me la encontraba invariablemente tomando notas al dictado del extraño tendero.

La tienda se iba llenando de mercancía, que ocupaba ahora, no ya las repletas estanterías, sino gran parte del suelo. Un día, incluso, encontré que algunos productos estaban expuestos -o mejor dicho, simplemente, amontonados- ocupando parte de la acera.

-Buenas tardes -saludaba siempre, al pasar, al tendero.

Nunca me contestaba. Absorto, huido de todo lo demás, concentrado en quién supiera qué meditaciones.

En la acera empezaron a acumularse ya escandalosamente, mercancías y más mercancías, hasta el punto que los viandantes tenían, si no querían sortear las pilas de estrambóticos productos -desde plantas agostadas, frutas que se estaban pudriendo, cartones de productos contra la caída del cabello o estimuladores de potencia sexual, laxantes, chupetes para infantes, colirios,…hasta vinos espumosos e, incluso, libros de autoayuda-, debían aventurarse a pasar a la calle, para seguir su paseo.

Cuando supe, por fin (o así lo imaginaba), el objeto social de aquel singular negocio, cuyo erróneo planteamiento y evidente declive hasta el fracaso absoluto, eran manifiestos, guiado por mi formación de asesor empresarial, me creí en la obligación de exponerle al huraño tendero mi opinión sobre el asunto.

-Perdone mi intromisión -le expresé-. Veo que en su local no hace más que introducir nueva mercancía, aunque no me parece que tenga el éxito esperado. ¿Le va bien? ¿Es solo mi apreciación errónea la que me hace ver que está perdiendo dinero a manos llenas, con un inmovilizado que le está lastrando su economía?

El tipo, que estaba apoyado, como casi siempre, en la pared del local, entre los bultos dispares, me miró con unos ojos inexpresivos.

-¿Y a usted, qué le importa? -me espetó.

Me quedé helado.

-Desde luego, no mucho, porque la decisión es suya. Solo que me parece, por lo que tengo observado, que en este local solo entra mercancía, pero no sale ninguna.

-Pues ya lo tiene claro. Eso es lo que pretendo -me aclaró, si tal explicación fuera convincente, como, sin duda, a él le parecía.

Convencido de que el mercachifle estaba como una cabra, cuando ayer lo descubrí hablando con la joven, en la idéntica actitud que a ambos los relacionaba -la una, con su libreta de encargos, el otro, venga a aumentar la lista de pedidos invendibles-, seguí a la mujer y, cuando me pareció que estaba suficientemente lejos de la vista del orate, la abordé, con el propósito de afear su conducta.

Estaba convencido de que aquella mujer, comisionista o intermediaria de quién sabe cuántos proveedores de las más variadas naderías, se estaba aprovechando de la debilidad mental del mal comerciante.

-Le ruego que me disculpe por entrometerme. Vengo observando que usted es la proveedora de mercancía de la tienda de Armadendo. ¿No se da cuenta de que no consigue vender nada de lo que le compra a usted? ¡El pobre hombre no hace más que acumular cosas en su local, sin éxito alguno!

La joven, que se había detenido en su marcha, m observó con sus hermosos ojos azules, con una mirada angelical.

-¿Piensa que no me doy cuenta? -me replicó, asomando en su rostro una mueca de tristeza-. Lo se, pero no tengo otro remedio que actuar así.

-¿Qué me dice? ¿No tiene más remedio que expoliar a un débil mental, a un pobre loco? -le increpé, sin entender.

-Armadendo es un hijo único de una familia extraordinariamente rica. Su padre, un hombre de negocios con mucho éxito, ha fallecido hace meses y, dejó varias empresas en funcionamiento y este local. Está profundamente enamorado de mí y, para ayudarme, me compra todo tipo de cosas, garantizando así que, cada día, pueda obtener suficiente dinero para lo que necesito. -aclaró la joven.

-¿Es ese motivo para estafarle? ¡Lo que necesita ese hombre es ayuda médica y no de alguien que se aproveche del amor que, sin ninguna correspondencia, pueda sentir hacia alguien que se comporta con él tan injusta y dolosamente! -casi grité, llevado de un impulso de reproche que no pude contener.

-Armadendo no está loco, sino que es una bellísima persona. Ha de saber que él es mi esposo. Tenemos un hijo enfermo de una extraña dolencia para cuyos cuidados se precisa mucho dinero. Su padre nunca aprobó nuestra unión. No así, por fortuna, su madre, usufructuaria del local, que nos ama y está totalmente volcada hacia ese único nieto.

La joven, prosiguió:

-El problema es que mi suegro impuso en su testamento una cláusula perversa, y es que no podemos enajenar las empresas que posee. Por eso, cada día, simulamos vender las mercancías suficientes, procedentes de la producción de su emporio industrial, para garantizar que nuestro hijo tenga la ayuda médica que necesita. Ese es el cálculo que hacemos diariamente, y que, al parecer, a usted le intriga. No nos interesa venderla, sino lo que yo obtengo como comisionista. -la mujer hizo intención de mostrarme la libreta, pero renunció, dejando caer su pregunta- ¿Lo entiende ahora? ¿Sabe por qué hacemos lo que hacemos?

Mientras asimilaba la información, solo se me ocurrió decirle, desde lo profundo de mi corazón, en el que afloraba un aire intenso de simpatía hacia ella y de arrepentimiento por mi falsa elucubración.

-Creo que lo que ustedes necesitan es un buen abogado.

Y, pidiendo disculpas, despidiéndome de ella con un apretón de manos, crucé la calle, aprovechando que el semáforo tenía la luz verde.

FIN

Cuento de primavera: El examen

Dicen los que han estudiado el tema, que al final de los tiempos, el Supremo Controlador de las criaturas, reunirá a todos los que han sido profesores, jueces, seleccionadores de las más variadas actividades y materias, y les someterá a un examen.

Será un examen en el que no se permitirá consultar ni libros, ni apuntes, ni iPod, ni los bancos de datos, ni ninguna otra información disponible en ningún medio conocido o por conocer.

Dicen los entendidos, que el examen consistirá en dos únicas preguntas, que no les serán planteadas conjuntamente, sino en sucesión. El enunciado de la primera, será ésta:

“Explica, de la forma lo más concisa posible, por qué has aprobado, premiado o seleccionado, utilizando tu poder de decisión, a quién, según los mismos baremos que has aplicado en otros casos, no lo merecía”.

El Supremo Controlador ofrecerá un tiempo limitado, porque aunque se tenga por delante toda la eternidad, no es cuestión de dejar que los examinandos se pierdan en elucubraciones.

Habrá de ver a muchos jueces tratando de detallar por qué han adoptado resoluciones manifiestamente injustas, teniendo en cuenta la presión de los poderes económicos o políticos, los intereses personales, familiares o grupales, una alegada escasez de tiempo o medios para analizar en profundidad las cuestiones debatidas, que les llevó a fiarse de la pretendida autoridad de los bufetes que defendían una determinada postura, su intuición que les había hecho prever que un justiciable era inocente o más inocente que otros, etc.

Allí estarán  no pocos profesores explicando la vulnerabilidad a ciertas recomendaciones, a la previsión de hacer méritos ante quienes después, por otras razones, podrían beneficiarlos a ellos, a compensaciones por trabajos extraacadémicos que les proporcionaría alguna ventaja económica, a oscuras relaciones personales o favores sexuales, etc.

No faltarán los argumentos de tantísimos seleccionadores de personal, miembros de jurados de certámenes, concursos y procesos de calificación, defendiendo que, con su actuación, se trataba de dar el sello de su aprobación a un candidato ya escogido por quienes les habían elegido a ellos por su facilidad para hacer la vista gorda y refrendar una decisión predeterminada, o reconociendo que habían sucumbido ante la presión de ciertos estamentos, empresariales o sindicales, o que habían premiado a una obra literaria, artística o científica, sencillamente, porque se habían dejado guiar por corporativismos, amistades inquebrantables, pertenencia a grupos, mafias o agrupaciones, etc.

Cuando se hubieran recogido por los ángeles custodios las respuestas, el Supremo Controlador, expondría la segunda pregunta:

“Explica, ahora, por qué no has elegido a quien, mereciéndolo, has desestimado para un puesto, o has condenado sin razón suficiente, has suspendido teniendo los mismos méritos o con igual o incluso mejor, expediente o examen o, en su caso, has rechazado para una candidatura”.

Los examinandos habrán llenado, con mayor o menor diligencia, las hojas de examen que, por la naturaleza de que estamos hablando, estarían obligatoriamente redactadas en papel celeste.

Recogidas todas las explicaciones, dicen los exégetas que el Supremo Hacedor, dirá, a quienes hayan ofrecido sus explicaciones, con voz tonante:

“Pocos habéis aprobado, y no necesito leer vuestras respuestas, desde mi infinita sabiduría. A los demás, pobres desgraciados, os digo con toda determinación que no habéis hecho caso del preciso mandato que os he dado a todos: No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. No habéis sabido interpretarlo desde la posición de vuestro poder, porque lo habéis despilfarrado, actuando de manera arbitraria. Debíais de haber sido objetivos, porque para ello aceptasteis juzgar, que supone situarse en mi posición y habéis sido mezquinos. Por ello, seréis castigados.”

Parece ser, si las revelaciones son ciertas, que durante toda la eternidad, estos jueces, profesores, seleccionadores, conjurados y sabihondos estarán presentándose, una y otra vez, a tribunales, oposiciones, juicios, certámenes, concursos, en los que serán, reiteradamente rechazados, suspendidos, despreciados.

Hasta que encuentren la solución a su laberinto.

Que no es otra, dicen los eruditos, que descubrir la humildad que debe presidir toda decisión de juicio, la sensibilidad que ha de ser inherente a toda selección, la capacidad que se ha de desplegar en todo análisis, y la objetividad de la que no es posible desprenderse, cuando se está ejerciendo autoridad sobre otros, que no dimana del que posee el poder, sino de la delegación que hacen todos los demás en él para que administre ese poder con inquebrantable coherencia y justicia.

Que esa es la servidumbre de quien es designado para juzgar a otros, que es privilegio de los dioses.

FIN

 

 

 

Cuento de primavera: Olor a quemado

Como en las historias de fingido misterio, un relámpago iluminó con mayor intensidad la sala. Muy pocos segundos después, llegó el sonido de un trueno largo, como si la tensión eléctrica rebotara de nube en nube.

Los invitados a la merienda, aturdidos por las informaciones que habían recibido aquella tarde, se habían quedado quietos, imaginando tal vez que todo correspondía a una escenificación a la que, quienes mejor conocían a Balisondio, no lo suponían ajeno.

Hasta el camarero, que quizá no había calibrado el alcance de su espontánea intervención en el debate, se mantuvo sin moverse. Aunque el olor provenía de la cocina, y debería haberse sentido, por tanto, culpable del descuido, permanecía hierático. Sacarindo, que lo estaba mirando fijamente, creyó verlo parpadear; era el único vestigio que demostraba que no se había convertido en una estatua.

Maicosenda llegó a la cocina, al tiempo que un grito desgarrado y una exclamación no reproducible, procedentes de allí, atravesaron, como una flecha, en sucesión, atravesó la sala.

No eran las croquetas las que se quemaban. El olor no provenía de una sartén y el causante del incidente no era el camarero.

Encontró a su padre, ex magistrado de la Audiencia Nacional, jubilado hacía varios años, y que actualmente vivía con ellos, doliéndose de las quemaduras en el rostro, que se acababa de producir.

-P…pero papá, ¿qué estás haciendo?

El anciano soltó la tartera que tenía en la mano, y la dejó caer al suelo. El contenido se desparramó, en gran parte, sobre las baldosas. Maicosenda, ante todo, cerró la llave de gas, abierta al máximo, extinguiendo la llama.

-Me quemé -fue la explicación del abuelo.

-¿Cómo se te ocurrió ponerla al fuego? ¿Qué te estabas preparando? ¿Por qué? -fueron las preguntas que se le ocurrió formular, atropelladamente, a Maicosenda. Todos los invitados a la merienda, y el camarero, movilizados por fin, se habían acercado también, y se agolpaban ahora a la puerta de la cocina.  Escucharon, por tanto, la sucinta explicación de lo que había pasado.

-Tengo hambre. Quiero lentejas -dijo el ex magistrado; tenía el rostro salpicado de puntos rojos, producidos, al parecer, por las legumbres, que habían salido disparadas de la olla cuando había tratado de abrirla, forzándola.

-¡Si ya habías cenado! ¿Por qué tuviste que levantarte de la cama?-le increpaba Maicosenda, tomándolo del brazo y acercándolo al fregadero, para echarle agua fría en la cara.

Balisondio se acercó al anciano, y, con la pomada que acababa de extraer de un cajón, trataba también de ofrecer solución al rostro maltratado. Su suegro no parecía dolerse, distraído en otros mundos.

-Estoy bien -argumentaba, añadiendo, de forma sorprendente, anclado en su pasado-. Sobreseimiento sin costas y archivo.

-Tendremos que llevarlo al ambulatorio -expuso el anfitrión, antes de dirigirse a Urgiondo, pidiendo su aprobación, como médico-. ¿No te parece?

-¡A quién se le ocurre ponerse a cocer unas lentejas en la olla a presión! -recriminó Maicosenda- ¡Sin agua!

Recogió la olla del suelo, en cuyo fondo se había formado una costra con las legumbres, que despedía un desagradable olor a quemado.

– ¿Por qué no le pidió algo al camarero?. Hay mucha comida que sobra de la merienda -se interesó, sin poder contenerse, Peronicia-. No se cómo hemos podido dejarlo solo. Se le ve desvalido.

Welory tomó, por su parte, al anciano de una mano, con delicadeza, y, recogiendo el tubo de pomada que Balisondio sostenía, se la aplicó con sumo cuidado en el rostro afectado.   El anfitrión advirtió entonces que la mano derecha de la mujer tenía una uña pintada con laca de distinto color.

-Estas quemaduras no tienen buen aspecto -diagnosticó la samaritana, alarmada también por la mirada vacía del que tenía delante.

El ex magistrado ofrecía síntomas de padecer un Alzheimer avanzado. El camarero, adivinando que algunos de los presentes le creían culpable, se justificó, con una exagerada voz aflautada.

-No sabía que alguien estaba utilizando la cocina. Yo estoy usando el hornillo portátil que tengo instalado en la antesala. Lo tengo apagado ahora, porque esperaba la indicación de la señora, para servir la tempura de verduritas, los soldaditos de Pavía y las croquetitas de ibérico.

Carminolina y Covelanta se rozaron inadvertidamente. Ambas se habían puesto a recoger las lentejas, dispersas por el suelo, como si fueran fresas silvestres.

-Hablábamos del amor y nos olvidábamos de responder al contrarecíproco -murmuró, como para sus adentros, Covelanta.

Juripando no pudo contener la risa. Fue un acto espontáneo, irreprimible, estúpido.

-¡Este sí que es el regalo de cumpleaños más extraordinario que podías esperar, Balisondo!

Urgiondo y Maicosenda, con el anciano ex magistrado conducido entre ellos, como si se tratara de un delincuente detenido, se encaminaron hacia la puerta, con la intención de acercarle a un dispensario, en donde recibiera la asistencia sanitaria que el caso reclamaba.

-Yo conduzco, que he bebido menos -decía, con tono algo gangoso, el estomatólogo.

Fuera, llovía a cántaros. Apenas acababan de salir cuando el camarero, recobrando el tono profesional que le correspondía, preguntó, sin dirigirse a nadie en concreto.

-¿Qué hago ahora? ¿Sirvo las croquetitas?

Balisondio le echó una mirada de fuego.

-Ya vamos bien servidos. La fiesta se acabó. Aplazaremos la celebración para otro día. Aún tenemos bastante de qué hablar.

Y se echó sobre un sillón, seguramente rumiando algunas ideas que se le antojaban pertinentes. Carminolina se le acercó, recogiendo unos papeles que se le habían caído al sentarse de un bolsillo, y que parecían unos apuntes; tal vez un guión. Le tocó en la cara, con una mano fría, sugerente.

-¿Puedo ofrecerte algo?

Balisondio no contestó. Entonces sonó el móvil que llevaba en el bolsillo. Era su hija adolescente:

-Papá, soy yo. Me quedo a estudiar en casa de una amiga. Dormiré aquí. No os preocupéis, que ya he cenado.

Le pareció oír risas de fondo. Estaba seguro de que la niña mentía.

-Ya es hora de irnos; aquí no hacemos nada. -Sacarindo dio un apretón de manos a Balisondio, apremió a Susiela para que le siguiera, y cogió de la percha su gabardina.

-Que cumplas muchos más, campeón.

A su marcha, siguieron las de los demás, en pocos minutos. El camarero había recogido, entre tanto, las bandejas de canapés y las botellas de la mesa auxiliar y se entretenía limpiando de restos la cocina.

Carminolina  se sentó enfrente de Balisondio, mirándolo directamente a los ojos. Su expresión arrobada le pareció fuera de lugar.

FIN