¿Se podrá llegar a saber en qué tenía razón Albert Einstein exactamente?

Después de ver la película de ciencia ficción Interstellar, con mi cerebro aún aturdido por las elucubraciones inverosímiles de esa historieta de redención apocalíptica, descubrí con emoción que entre los Extras incluidos en el dvd, se ofrecía una entrevista a Eric Thorne, catedrático de Fisica Teórica del Instituto Tecnológico de California.

Thorne había sido el asesor científico del guión y con convincente tono, explicaba a los legos de la cosmogonía, entre los que figuro -por padecer el síndrome de la predominancia metafísica- como uno de los más retrasados del pelotón, que lo que se contaba en la película de Chris Nolan tenía un soporte aceptable en la teoría de la relatividad avanzada.

Llegado a este punto, debiera recomendar al lector que quisiera pasar por entendido en las ondas gravitacionales que, además de leer algo de lo mucho que se está escribiendo sobre ellas, vea la película Interstellar. No le garantizo que se convierta en un erudito después de esa inmersión en las intimidades del tiempo, pero podrá alardear de estar convencido de que a Erik Thorne y a Rai Weiss (el alter ego europeo del primero) les va a conceder el próximo premio Nobel en la materia.

Ambos científicos son los principales culpables del proyecto LIGO (Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales), que está concebido para detectar los efectos sobre el espacio tiempo de la explosión masiva de energía causada por la colisión de dos agujeros negros a velocidades superiores a los cien mil km/s y a más de mil millones de años luz de la Tierra.

Pues bien: cuando aún se encontraba en pruebas el hipersensible sistema para captación de tales microefectos (por causa de la distancia a que se produjeron los fenómenos), algunos aparatos de parte de los 80 centros destinados a detectar esa anomalía cósmica, registraron oscilaciones que no provenían de las causas conocidas, que se habían, obviamente, filtrado previamente.

“Vimos en acción que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, la ecuación que todo el mundo conoce” -expresó, con la habitual riqueza comunicativa de los sabios, uno de los científicos que trabajan en el proyecto.

Los titulares de prensa de estos días resaltan que ese descubrimiento prueba que existen ondas gravitacionales, capaces de retrasar localmente la flecha del tiempo, aunque sea de forma mínima, respecto al reloj cósmico absoluto y, en consecuencia, Albert Einstein tenía razón.

Gran tipo, ese Albert, capaz de desplazarse con lápiz de mina de carbono sobre un papel pautado que iba rellenando con ecuaciones de máxima complejidad y que, convenientemente simplificadas, desembocaban en una fórmula que es más fácil de recordar que la de la Sachertorte.

Por fortuna para quienes necesitamos tener pruebas de su esencia humana, nos dejó también una prueba irrefutable de su cortedad emocional. Su historia de acoso moral con la científica Mileva Maric, su primera esposa, madre de sus dos hijos, compañera de Facultad y codescubridora de la teoría de la relatividad, que renunció a aparecer como coautora de los artículos que Einstein firmaba solo, con una enamorada explicación: “Wir sind ein Stein” (1), nos ofrece la evidencia.

Porque, ya obtenido el reconocimiento por sus trabajos, pertrechado en su aislamiento gravitacional, levitando sobre su ego humano, Albert escribía a Mileva una Nota con instrucciones tajantes, hirientes, precisas, acerca de cómo debería disponer de su ropa interior y sábanas, preocuparse por mantener a los hijos fuera de su despacho y, por favor, no osar dirigirse a su eminencia más que para contestar escuetamente a lo que él, dios, le preguntara, cuando y cómo quisiera.

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(1) “Somos una Piedra”