Sociedad sobrecalentada

pavo real absorto en su mismidad

En otros momentos de la Historia, sin duda, colectivos humanos concretos han sufrido situaciones dramáticas -guerras, hambrunas, esclavitud, explotación o pestes-, aunque me expongo a afirmar que en ningún otro momento como el actual la sociedad en su conjunto estuvo tan presionada por la necesidad de resolver urgentemente sus contradicciones.

Si la sociedad humana tuviera un motor, diríamos que se encuentra sobrecalentado. En estas particulares condiciones, si fuéramos los conductores de un vehículo de nuestra propiedad, y sin necesidad de consultar a especialistas en mecánica o termodinámica, detendríamos de inmediato el vehículo ante los síntomas de calentura. Levantaríamos el capó, nos encaramaríamos al espectáculo amenazador de incendio inminente que delatarían los humos del cárter, verteríamos agua sobre las partes calientes y cruzando los dedos, esperaríamos a que la máquina motriz se enfriara.

Luego, cuando la generación de  humos se calmara y la temperatura de las piezas metálicas no hiciera daño a la mano, llenaríamos de agua al radiador, aceite hasta el nivel de la muesca, rezos a los santos de devoción y llevaríamos a marcha lenta el vehículo de inmediato al taller más cercano, confiando en que la avería apareciera como subsanable y que el diagnóstico del experto local, cuyos conocimientos pueden ser invocación al premio de una lotería, resulte lo bastante certero y rápido para no tener que suspender la itinerancia.

Los efectos de la globalización económica y la amenaza de un calentamiento terrestre irreversible nos han hecho sentir que, por las buenas o por las malas, nos encontramos aupados todos en un vehículo colectivo (pocos, al volante; un par de miles de millones agarrados al pescante y a las manijas, otros mil millones recluidos en el maletero, mientras unos centenares de millones cantan incluso aquello de “si eres conductor de primera, acelera”, sin importarles que otros cuantos miles de millones tengan que aguantar incomodidades, humos y la incertidumbre de no saber donde nos llevan).

El asunto tiene sus bemoles, dentro de la extraordinaria complejidad, porque los del volante se empeñan en ignorar los síntomas y los gritos de quienes claman que hay que parar, porque cada vez son más los que se quedan en la cuneta.

Que en el país que pretende ser líder mundial, se haya elegido presidente a un negacionista de la globalización y del cambio climático, es, no ya significativo, sino dramático. equivale a romper las cartas de la baraja. Desde luego, no soy de los que confían en que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hará, porque los intereses puestos en evidencia son palmarios: cerrar puertas a compartir beneficios económicos, despreciar la contaminación producida por el desarrollo ilimitado, alimentar el consumismo interno sin importar el coste, potenciar la generación de recursos bélicos y prestar oídos sordos a las necesidades ajenas.

Me uno a los que reclaman mayor protagonismo para Europa, en tanto que mantenga y perfeccione el perfil de apoyo a los principios de solidaridad, defensa ambiental, apoyo a los pueblos menos favorecidos. Obviamente, se trata de poner de relieve valores que, en el pasado no muy lejano, los europeos no tuvieron, que incluso hoy son cuestionados por algunos colectivos.

Pero si renunciamos a defenderlos, si dejamos que el vehículo social sea conducido por el egoísmo de los más fuertes, y el desprecio a los que exigen que es preciso detener la marcha para poner de manifiesto lo importante y recuperar a los que se han dejado en la estacada, la sanción será terrible. No, no vendrá por el lado del desarrollo tecnológico incontrolado; tampoco provendrá -¡ay!- de la sublevación de los oprimidos, reclamando a sangre y cuchillo que se les atienda.

La sociedad se ahorcará con la misma cuerda con la que algunos pueblos pretendían gozar de mayor libertad. Esta visión catastrofista no es improvisada, ni tiene raíces bíblicas. Puede que aún resista varias generaciones. Aunque, desde el mismo momento en que la gravedad de la situación ha sido detectada, pesa sobre nuestras conciencias, sobre la ética universal a cuyos principios nadie puede sustraerse sin negarse humano.


La foto pone de manifiesto el descanso de un ave singular, admirada por el despliegue de su belleza. El pavo real es ornato de muchos parques ciudadanos, a la espera de que abra el abanico de su plumaje. El espectador humano puede pensar que es el destinatario del arco multicolor que este animal pone a la vista, en un ejercicio de musculatura al servicio de la ostentación. No es así, claro. El macho de pavo real necesita la presencia próxima de hembras de su especie (es, además, señaladamente polígamo) para entregarse a esa ceremonia de seducción, cuyo objetivo no es otro que la cópula, por más que pocas veces sus galanteadas parecen prestarle atención.

Si la naturaleza ha respetado el principio de proporcionalidad dotando a esta galliforme de la carga de arrastrar un pesado plumaje para conseguir algo que otras especies tienen más a la mano, es un misterio, como tantos otros. Por su belleza, tanto en la India, de donde proceden estas gallináceas, de la familia de los faisanes,  como en muchos lugares, durante siglos, los machos de pavo real fueron seleccionados como manjar para distinguir a los héroes y como comida elegante para las mesas de los magnates.

Los siervos, criados y gente de los estratos sociales inferiores, cuando podían permitírselo, se contentaban con cocer o cocinar pollo, notablemente más sabroso.

El gallo de la quintana

“El gallo de la quintana” es una obra teatral de Eladio Verde, un escritor costumbrista asturiano, al que nacieron en Madrid en 1899. Una quintana es una casa de recreo; la expresión, en Asturias, se ha convertido en una frase hecha, que tiene varias acepciones. La traigo aquí por una de ellas: alguien que presume y alardea de sus valores -es el más guapo, el más fuerte, o el más listo-, y lo hace de forma tan agresiva y petulante, que se prefiere no discutir su posición para no entrar en conflicto con él.

En este relato en el que lo imaginario sucumbe ante las evidencias, el gallo de la quintana es Estados Unidos. En la granja humana, la quintana norteamericana crea identidad refleja a sus habitantes, en curioso efecto de contagio, pues la mayoría de los estadounidenses se consideran, -sobre todo cuando salen de viaje por ahí, y, en particular, si lo hacen por Europa-, gallitos o representantes de la quintana; la estructura de la identidad norteamericana es, por ello, fractal, asemejándose a una gran matrieska que cobijara millones de matrieskitas en su seno.

El corpus colectivo norteamericano está conformado por una amalgama heterogénea -historias, leyendas, fantasías que apuntan a atribuciones identitarias- que tiene por objetivo reafirmar la superioridad a quienes se otorga el privilegio de identificarse con él. No tiene que ver con el territorio, ni con la tradición documentada, a diferencia, pongo por caso, de las identidades catalana o vasca (cuyo principal elemento aglutinador parece ser el territorio) o con esa pluralidad de esencias presuntamente irrenunciables, en las que podría adivinarse una base religiosa, étnica, tribal -e insolidaria- que podrían converger sobre un mismo territorio, como es el caso de los Balcances, o de otros muchas regiones y países, en las que se ha puesto el énfasis sobre cualquier idea separadora.

En lugar de profundizar demasiado en identidades  comunes, el gallo de la quintana norteamericano se reafirma sobre todo por el ejercicio práctico del poder frente a otros pueblos, y, en especial, por un sentimiento de primacía respecto al segundo clasificado en la Liga de poderes antagónicos (que fue en su momento la URSS y hoy día, parece que emerge en esa posición, China). Como en toda reafirmación colectiva, se combina con la ignorancia del otro, el desprecio a sus cualidades, y ese caldo de cultivo se simboliza en la bandera de las franjas y estrellas, que está en el corazón, en el patio delantero o en la ventana visible de todo buen norteamericano. Contrasta con el uso que los españoles hacemos de nuestra bandera y cómo canalizamos hacia ese símbolo, no lo que nos une, sino nuestras diferencias.

Las instituciones del país, las grandes empresas con sede en Estados Unidos, los representantes de la quintana en las organizaciones internacionales, sus embajadores y miembros diplomáticos,la práctica totalidad de los blancos nacidos en ese territorio de la Granja,  una parte significativa de los de humanos raza negra que tienen esa nacionalidad y algunos latinos, incluso aunque no la tengan, resultan expresión viva de ese peculiar efecto.

Por supuesto, para ser presidente de un país así, hay que seguir un proceso de selección muy duro. Y, aunque se supere el proceso, se estará siempre expuesto a que su actuación no guste a los poderes de la granja colectiva. Mayor riesgo corren, en general, quienes lideren intentos de transformar el orden, subvertir los cimientos de una sociedad en la que los conceptos de libertad y democracia son versátiles y, por ello, de lenta gestación.

Algunos ejemplos recientes estarán todavía, sino en la memoria colectiva de la granja, al menos, en las hemerotecas. El reverendo Martin Luther King Jr., seguidor de la ideología pacífica de Mohandas Gandhi, y propulsor de la eliminación de la discriminación racial de los negros y otras minorías, fue asesinado en 1968 en Memphis. Poco antes, Malcolm X que pretendía lo mismo, desde posiciones religiosas musulmanas, había sido acribillado a balazos en febrero de 1965. A pesar de todo, el Tribunal Supremo de Justicia había puesto de manifiesto que todo ciudadano tenía derecho a la equal opportunity, ¡en 1954!, pero la idea no había prendido en los dominadores de la quintana.

En enero de 1961, J.F. Kennedy llegaba al poder, y a pesar de pertenecer al partido demócrata, siguió la política internacional de sus antecesores republicanos Dwight Eisenhower (que, a su vez, había seguido la estela de Harry Truman). En política interior, las propuestas kennedianas no cuajaron, ni por el ni por su posible sucesor, el hermano Bob, pues ambos fueron asesinados (John Fitzgerald en nov. 1963; Robert, en jun. 1968). Una inmolación que sucedió delante de todo el mundo.

Para el gallo de la quintana, la Granja había quedado dividida como resultado de  la segunda guerra mundial, porque el otro principal vencedor de la contienda, la URSS, representaba valores inconciliables. Se configuró una separación económica, es decir, ideológica, que creció como espuma de jabón en la batidora: el occidente capitalista, debía de ser próspero, plural y democrático, y el oriental comunista, aparecía como totalitario, despótico y atrasado. Por si fuera poco, los Estados Unidos no dudaron en ponerse especiales galones en su manga, apelando a un as invencible: su fe en Dios.  “In God we trust” será, desde 1956, el lema oficial del gallo de la quintana. Un valioso aliado supraterrenal frente al agnosticismo o el ateísmo de la URSS y los países comunistas.

Los ánimos en la quintana a mediados de los 50 del siglo XX estaban ya muy revolucionados. En 1949, la revolución comunista de Mao triunfaba en China. El peligro se estaba extendiendo. Y estaba el caso de Indochina y, más específicamente, de Corea. Había que tomar medidas para que el capitalismo liberal tuviera espacio para crecer.

La península coreana había sido ocupada por Japón en 1910, pero cuando el imperio nipón se rindió, se dividió en 1945 ese territorio con tiralíneas, siguiendo el paralelo 38: las tropas soviéticas ocuparon el Norte. Si la teoría pretendía que unas elecciones libres, que estaban convocadas para 1948, facilitaran un gobierno común para una Corea unificada, sucedió exactamente al contrario, aunque, por supuesto, el azar tuvo poco que ver. Se propició una guerra en la que el norte fue apoyada por la URSS y China y el sur, por Estados Unidos y la ONU (es decir, Estados Unidos al cuadrado): se apuntaban a la guerra fría los dos antiguos colegas que lucharon contra Hitler. Por guerra fría ha de entenderse un marco de disputa en el que se elige a un tercero como chico de los mamporros.

En 1954, Corea quedó definitivamente dividido en dos.

Más ilustrativo aún sería el modelo vietnamita. Ho Chi Min era presidente de Vietnam desde 1954. Había derrotado a los franceses (que habían disfrutado de esa colonia). También se pensó en elecciones libres. En 1955, un golpe de estado puso en Vietnam del Sur al presidente católico Dinh Diem, y se inició un conflicto armado que duraría 20 años, cuyo objetivo era, para las fuerzas del orden mundial, impedir un gobierno comunista unificado. Estados Unidos y otras naciones amigas del imperio apoyaron a Dinh, contra el Viet Cong (Frente de Liberación de Vietnam) y el ejército del Norte, al que respaldaban la Unión Soviética y China.

Ho Chi Min era un político nacionalista, y, para mi gusto, un buen poeta. Escribió varios libros, entre ellos, cuando estaba en la cárcel, “Diario de la prisión”, en el que figura el poema “Duro es el camino de la vida”, que dice así:” Después de haber escalado a pie montañas y altos picos,/¿Cómo iba a suponer que en la llanura encontraría peligros mayores?/En las montañas encontré al tigre, y nada me pasó./En las llanuras me topé con los hombres, y fui arrojado en prisión.”

Ho Chi Min moriría de tuberculosis, en 1969, a los 79 años; Dinh, sería asesinado, junto a su hermano, en 1963, por su propia guardia, como resultado de un golpe que tutelaba, desde la distancia…Estados Unidos: ambos hermanos creían que se les había ofrecido un avión para salir del país.

Como se suele decir en los títulos de crédito cuando se acaba la película, en 1975, la guerra terminó y Vietnam quedó unificado bajo un gobierno socialista.

(continuará)

 

Estrategias salvajes. (Epílogo). Propuesta de estrategia para civilizados. Previsiones (1)

Desarrollo aquí las ideas generales sobre cómo evolucionará, con alta probabilidad, el escenario de interactuación de los seres humanos en el siglo XXI. Puede que, incluso, en el siglo XXII. Es un plazo cortísimo, considerado desde la perspectiva de nuestra evolución como especie.

Por eso, su título y, por eso, también, la necesidad de realizar dos puntualizaciones: es mi previsión, sin que haya que darle otra validez o importancia que la que le conceda el lector y su propia cualificación para valorar y decidir; y se refiere a la tendencia de los elementos sustanciales, no a los más evidentes, y, por supuesto, no a todos, que señalan las lineas evolutivas de la humanidad en su conjunto. ¿A dónde va la especie, si siguen actuando las mismas fuerzas directoras, y con la inercia o potencia que se detectan hoy, 25 de marzo de 2016, Viernes Santo?

Previsiones del desarrollo, principalmente, a corto plazo, de aquellos elementos sociales, económicos, éticos y filosóficos que considero sustentan la evolución de la humanidad.

Los principales factores de evolución de la humanidad en el momento presente, son fáciles de detectar, y enumero ocho, que separo en dos grupos de forma artificial (solo para evitar un párrafo demasiado largo):

Primer grupo: 1) el desplazamiento de las modalidades de trabajo y su retribución en los países occidentales por la tecnología, no solamente digital; 2) el incremento exponencial de la monetarización impropia de las economías orientales por la masiva exportación de productos elaborados, gracias a su mano de obra barata y a la incorporación de la tecnología; 3) el agotamiento de muchas materias primas juzgadas esenciales para el sostenimiento de algunos países, o su sustitución por alternativas no controladas por ellos; 4) la globalización parcial de la economía, generando tensiones inimaginables en el intercambio de productos y modificando las ventajas comparativas con extrema rapidez;

Segundo grupo: 5) la existencia de dos bloques económicos con distintos presupuestos ideológicos y las dificultades de plasmar un modelo conjunto de cooperación y crecimiento; 6) el cambio climático, que, debido a la muy probable incapacidad de controlarlo, supondrá aún mayores necesidades y sufrimientos para las poblaciones más pobres; 7) la resistencia hedonista a replantear, con solvencia, el empleo que se está haciendo del concepto de la ética universal, y 8) el aumento en la escasez o en la distribución desigual de agua, alimentos y otros elementos en amplias zonas del planeta (provocando mayor incremento de muertes, emigración desesperada, guerras).

En conexión con lo ya expuesto, detectamos la existencia de estrategias salvajes que, aplicadas por los colectivos humanos, pretenden tomar ventaja de algunas situaciones.

La alimentación de los pulgones por las hormigas es, sin duda, la estrategia que subyace en la compra masiva de propiedades agrarias en Africa  (y otras zonas), con el apoyo del gobierno chino. No es la única vez que se aplica, al contrario, es una de las estrategias más habituales: la ha seguido y sigue Japón en algunos países latinoamericanos, con el apoyo a centros educativos o asistenciales y la obtención de contraprestaciones en otros terrenos de los que obtener beneficios mucho más relevantes; las colonias y protectorados de los que los países de centro Europa han hecho amplio uso en Africa, América y Asia: Inglaterra,  en Egipto, India, Pakistán, Bangladesh; Francia en Marruecos, Argelia, Camboya, Vietnam,..; Bélgica en Ruanda, Burundi, Zaire; Alemania en Tanzania, Tanganica, Camerún, Togo, Samoa, …entregadas por el Imperio después de la primera guerra mundial a los vencedores. (1)

Podría citar también a España y Portugal, con sus conquistas trasatlánticas, que arrebataron territorios ajenos utilizando armas incluso misteriosas, o a los colones ingleses exterminando a los pobladores nativos en Estados Unidos, pero la diferencia entre estas actuaciones y las anteriores es que se concentraron en el siglo XV y XVI las primeras y, la enumerada en segundo lugar, durante el XVII y XVIII. Este trabajo no es un tratado de Historia. Quiero ir a lo elemental, esto es, a lo básico.

La estrategia de conquista y explotación ha tomado forma más sutil en tiempos más recientes. Se empleó, en apariencia, el modelo de ocas voladoras, si bien, con peculiaridades que lo caracterizarían como “modelo forzado de las ocas voladoras”. Los consorcios y las empresas más activas de países  avanzados tecnológicamente, a partir sobre todo de la mitad del siglo XX, empezaron a implantar sus instalaciones en los países menos desarrollados. Se beneficiaban así de la legislación permisiva o inexistente (en tema fiscal, laboral, jurídico, ambiental, etc,), de la mano de obra mucho más barata para producción de bienes que importaban, semielaborados o elaborados a sus países de origen y preparaban también el acceso al mercado interior de las zonas “colonizadas” tecnológicamente.

Esos modelos deben considerarse positivos en sus efectos. El caso de Japón y de los denominados dragones asiáticos ya fue analizado. Alemania también lo utilizó en China, con éxito. Estados Unidos utilizó un modelo combinado de oca voladora y dragón de Komodo, con una sensibilidad que, cuanto menos, se puede calificar peculiar respecto a los demás países que tienen como eje el principio activo de considerarse, gracias a las dos guerras mundiales, artífice global de la economía, líder mundial con capacidad para hacer y deshacer, al menos, hasta hace muy poco.

No es posible despreciar el análisis de la concentración de gases perniciosos en la atmósfera terrestre, por efecto de la combustión masiva de combustibles fósiles, que significaron el apoyo principal a la revolución energética, que impulsó el desarrollo de algunos países a niveles nunca alcanzados, provocando el mayor desequilibrio económico de la historia de la Humanidad y la amenaza cierta de una debacle extendida.

La estrategia salvaje seguida en este caso, se interpreta ahora por algunos como que se cerraron los ojos a los efectos que se estaban provocando hasta que se detectó que eran ya, en la práctica, irreversibles, es la propia del avestruz. Para quienes me hayan seguido hasta aquí, entenderán que opine, más bien, que es la estrategia salvaje de la avispa de las abejas.

No traté esta “estrategia del avestruz”, que, por cierto, ha sido siempre interpretada tendenciosamente. El animal no esconde la cabeza, cuando se ve amenazado de cerca, pretendiendo así no ver el enemigo depredador. Lo que sucede, detectado por zoólogos es que, para que su gran envergadura -la cabeza del adulto, gracias a su alargado cuello, se eleva por encima de los dos metros- no le delate, se oculta entre la vegetación, y baja la cabeza hasta el suelo.

Reinterpretada la estrategia de las empresas contaminantes, y de los países que podían haber impuesto restricciones a sus emisiones, no fue la de “esconder la cabeza para no ver el peligro”, fue la de esconderla a sabiendas para que no les vieran lo que estaban haciendo, conscientes de sus efectos.

En cualquier caso, las largas y tediosas negociaciones entre los países más contaminantes y los que aún están en fase de desarrollo y poseen recursos para quemar, vienen a demostrar que los acuerdos que se alcanzan son débiles, no tienen carácter vinculante, y como la amenaza está ya declarada cierta y próxima, se puede adelantar que antes de finales del siglo XXI la temperatura media de la Tierra subirá, al menos dos grados o dos grados y medio.

Los efectos de este aumento térmico serán terribles, y provocarán mayores desigualdades, inundaciones, hambrunas,…pero favorecerán a algunos países, que verán la opción de incorporar nuevos territorios y recursos (para seguir explotándolos) y que no se verán afectados sino positivamente por el aumento de temperatura.

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(1) Es una relación que no pretende ser exhaustiva, ni seguramente recoge siquiera los países que más se han distinguido en la explotación de otros. Faltan, por omisión voluntaria en este momento, aquellos que, partiendo de las zonas del Este han colonizado, arrasado o sojuzgado, tanto a vecinos como a distantes.

(continuará)

Estrategias salvajes (4): Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

Los modelos migratorios de algunas aves, desde las golondrinas hasta las ocas, han inspirado cuentos de Navidad y, más recientemente,  propuestas de acción en las escuelas de negocio. Se trata, en efecto, de un esquema muy fértil, de gran versatilidad, provocador de interesantes sugerencias, movilizando los ánimos hacia la misericordia o el deseo de lucro.

Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

Cuando los economistas japoneses Kaname Akamatsu y Saburo Okita propusieron a los políticos de su país, derrotado por la segunda guerra mundial, un modelo de desarrollo inspirado en el vuelo de los gansos -el Ganko-Keitai-, supongo que tuvieron que dar algunas explicaciones.

La idea, sin embargo, es sencilla. Los gansos, cuando emigran a tierras más cálidas en las que pasar el período invernal, avanzan en uve, guiados por uno de ellos. Todos siguen la estela de ese líder, ahorrándose así el esfuerzo de romper cada uno de ellos los aires, si hubieran decidido volar de forma independiente. Akamatsu y Okita pensaban que Japón debería acelerar la recuperación de los desastres de la guerra, apoyando algunas empresas clave, en sectores especiales, para que actuaran con capacidad de arrastre de las demás.

El modelo, inspirado en Hegel (ni más ni menos), según reconoció el propio Akamatsu, que estudió en Alemania, no solo sirvió de inspiración al gobierno de Japón, sino a otros países de la zona. A lo largo de décadas, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, etc. se incorporaron a la propuesta, adaptándola.

Aunque el modelo tuvo muchas reinterpretaciones, en su concepción más difundida y explicada se pretende plasmar con esa analogía que el desarrollo no puede confiarse al azar. Porque, al principio de un proceso de desarrollo, son necesarios, sobre todo, bienes industriales, que, si carece de ellos, debe importar o desarrollar un país líder.

Con el tiempo, se impulsa la generación de bienes de consumo y capital en la economía, y se produce una realimentación continua, y eficaz, que actúa como persistente punta de lanza del crecimiento. Si se consigue implantar el esquema en varios países que actúen de forma coordinada, siguiendo al país más avanzado, los demás gansos u ocas, al conseguir la evolución de sus economías de manera más acelerada que si lo hicieran de manera independiente, se convierten, a su vez, en exportadoras. El paso del tiempo les llevará a conseguir una cierta uniformidad con el país líder, diferenciándose toda la bandada de gansos de aquellos otros países que no han comenzado aún su fase de industrialización.

Fuera del mundo empresarial, los gansos y las ocas, que no han estudiado economía ni les preocupa el crecimiento sostenido, cuando emigran, saben hacia dónde van. Lo hacen siempre al mismo lugar, donde, año tras año, generación tras generación, han estado yendo, y en donde colectivamente se sienten seguros de encontrar algunos pastos, el calor suficiente y el mínimo descanso que necesitan hasta que llegue la primavera. Entonces retornarán a las tierras ya desheladas que tuvieron que abandonar para no morirse de hambre y frío, y que, con el rebrotar de la naturaleza, les volverán a proporcionar lo que necesitan para procrear y proseguir su ciclo vital.

La observación más cuidadosa hubiera permitido descubrir que no existe un “ganso líder”, sino que el que vemos encabezando el grupo, cuando la bandada surca por encima de nuestras cabezas, caerá al cabo de un tiempo, exhausto, si antes su lugar no es ocupado por otro, y esa sustitución le permita retirarse a una posición más modesta en la “uve”. Que es la misma situación, por cierto, que suele producirse, por lo general, en esas escapadas de las carreras ciclistas, que tanto nos gustan a los aficionados a ver espectáculos, y en las que suele ganar la carrera quien está en el grupo de cabeza, pero no “ha tirado” mucho en el mismo.

Los países asiáticos consiguieron generar unas estructuras económicas muy solventes, en un espacio extremadamente competitivo, y aunque no lo hicieron de forma muy transparente, tuvieron una actuación bastante coordinada. Se mejoraron los rendimientos de los sectores básicos, se potenciaron varias industrias y sectores de producción de bienes de consumo que resultaron muy eficientes, sobre todo en el mercado internacional, y el ahorro se trasvasaba con rapidez hacia las industrias de alta tecnología y a los centros de investigación aplicada.

Bien. Solo que la tendencia tan positiva de las tasas de ahorro y la renta per cápita, que habían crecido de forma paralela durante un tiempo, llegando a absorber las primeras más de la tercera parte del PIB que se generaba, se rompió. Las familias y los empresarios se sintieron más interesados en invertir que en ahorrar, aunque los márgenes de las empresas tecnológicas resultaban cada vez más estrechos, por la competencia creciente y… porque el mercado se agotaba a ojos vistas.

Resultó que las economías de la llamada “constelación del yen” se habían ido tensando hacia esa idea de crecimiento puro y duro, a cualquier precio, y el estímulo a las exportaciones, que debería apoyarse en una productividad constantemente creciente, para conseguir un valor añadido consistentemente más alto o, al menos, razonablemente sostenido, acabó estancando la productividad marginal del capital.

Se arriesgaba estar cambiando el dinero de mano, simplemente.

Las inversiones en capital ya no eran (tan) rentables y, aunque no se exportaba ya competitivamente, a pesar de todo, el consumo crecía. Pero era solo el consumo interno, porque la gente, viciada por los comportamientos de pasado, no estaba interesada en ahorrar, y compraba convulsivamente, en auge de la sociedad líquida. Los agentes socioeconómicos parecían ignorar que las exportaciones no dejaban margen como antes, y aunque el mercado interior mejoraba,  la población de los países asiáticos más eficientes se estaba consumiendo el resultado de su eficacia, autofagocitándose. El riesgo de deflación estaba ahí.

Por si el lector no ha entendido del todo el razonamiento -no por su deficiencia comprensiva, sino por mi torpeza expositiva-, permítame que le resuma la idea: el crecimiento sin límites a partir de algunas ventajas comparativas no es, en la práctica, posible. No puede sostenerse.

Por varias razones y, entre ellas:

a) Del grupete de gansos seguidores surgirán, mientras el mundo globalizado lo sea solo en el papel, algunos que tengan costes laborales más bajos, si es que no disponen de ciertas cualidades adicionales para superar  la competitividad del ganso líder (recursos naturales, legislación más tolerante, financiación más barata, etc.). Exactamente igual que en la realidad natural de las anátidas, no es posible mantenerse en cabeza por tiempo indefinido, y hay que estar preparado para ceder el sitio, o sucumbir.

b) Y, lo que es peor, el mercado mundial no resulta, ni resultó, ni aún menos, resultará, lo suficientemente grande para absorber todas las exportaciones asiáticas, máxime si se han ido incorporando masivamente otros a la carrera de gansos.

En cada país asiático, además, el incremento de los niveles medios de renta per cápita, aumentó el consumo sectorialmente, por zonas o áreas más industrializadas, lo que provocó desigualdades internas inaceptables. Se hizo necesario deslocalizar las producciones, llevando la prioridad política hacia la generación de un tejido industrial propio, tipo “tela de araña”. Hubo que hacer reajustes sustanciales para paliar los efectos de la tensión social, deteniendo el crecimiento por el crecimiento y ordenando e consumo interno.

La estrategia de las ocas voladoras se desveló así como de aplicación interesante, aunque de gran complejidad en su puesta en práctica. Los seres humanos no somos fáciles de dirigir, y aún menos, si se consideran los objetivos de países diferentes, con economías dirigidas y de mercado, y programas poco explícitos. Por seguir con la analogía, había por doquier grupos de ocas empresariales orientadas hacia fines particulares -confesables o no-, y el lugar de primacía que podía ocupar, en un momento dado, una tecnología concreta, pasaba pronto a ser ocupado por otras ocas o gansos que habían estado chupando rueda, y que copiaban las patentes o captaban a los investigadores principales de los centros de excelencia del ganso líder.

Las tecnologías mismas, a diferencia de los lugares en donde los gansos tienen claro que pasarán el invierno, no son tan previsibles y el crecimiento propio de los resultados de las investigaciones alcanzaba, en algunas especialidades, ritmos exponenciales, en tanto en otras, se estancaba.

Hay dos países asiáticos que han cubierto, con todo, -además de Japón- un espacio fundamental en el panorama del crecimiento conjunto, y han aprovechado la carrera de la eficiencia: Corea del Sur, con una economía dominada durante décadas por solo cuatro o cinco chaebol (“empresa familiar” en coreano): Samsung, Hyundai, LG, Lotte y SK Group; y Taiwan, cuya competitividad está basada en una red intensa de pymes. Ambos países se han convertido en escaso tiempo, en exportadores hacia Japón, después de haber seguido durante décadas su senda. Le comen los pies, por así decirlo, junto a Singapur o Vietnam.

El vuelo de los gansos asiáticos, por supuesto, sigue. Ha atravesado por varias vicisitudes, su rumbo sigue siendo relativamente impreciso, y está profundamente afectado por las turbulencias de los mercados internacionales. Como se sabe, los chaebol han visto delimitada su influencia, acusados de corrupción, y después del susto de la quiebra de Daewoo o la reducción estructural de Hyundai.

Sigue siendo un modelo muy sugerente, lleno de gansos; no pocos de los grupos, exhaustos.

Por cierto, en su adaptación al crecimiento europeo, se ha revelado mucho menos aplicable. Si se me permite la petulancia, mi tesis doctoral sobre desarrollo para la región asturiana, analizaba esta cuestión, allá por 1989. Como seguí interesado en el tema, pude analizar otros modelos de estrategia animal sobre los que inspirarse, para cuyo desvelamiento propongo al lector algo de paciencia.

 

 

Estrategias salvajes (1): La abeja común contra el avispón asiático.

La palabra estrategia es, desde hace décadas, uno de los vocablos preferidos en las escuelas de negocios y, por tanto, en las empresas: toda corporación debe tener una estrategia a corto, a medio, y a largo plazo, una misión y una visión.

Esta terminología que se traduce en informes, documentos y planes de desarrollo de negocio que raramente se ajustan a la realidad venidera -aunque se supone que sirven para orientarse mejor hacia ella-, ha contagiado a las vidas personales. Existen estrategias para conseguir un puesto de trabajo, mejorar de posición en él, no hacer el ridículo en un “medio maratón”(el de diez km), comprar o vender acciones en bolsa con rendimientos superiores al mercado, y hasta para postularse como ganador en la vida del más allá, en el supuesto de que tengamos la oportunidad de entrar en ella por alguna puerta.

Empiezo aquí una serie de artículos, que numeraré correlativamente, para explicar estrategias salvajes, esto es, de animales, y analizar su posible aplicación a la vida de los humanos. Me consta que algunas han sido ya presentadas como ejemplos de comportamiento que, salvando distancias, permiten sacar deducciones aprovechables. Si espero que el lector saque algún provecho de mis reflexiones es, sobre todo, porque añadiré un ingrediente menos común: el de la ironía.

Estrategias de confrontación desde la desigualdad: La abeja común contra el avispón asiático

¿Cuál podría ser la estrategia del que tiene todas las de perder?

El avispón asiático (Vespa simillima xanthoptera (1)), como su nombre común indica, es originario de China, y algunos parientes próximos se han afincado en Japón y otros lugares de una amplia zona, en donde comparte hábitat con la abeja común. Se trata de un insecto muy agresivo, y de notable tamaño si se compara con las abejas: cuando se observa una fotografía de ambos animales que permita cotejar sus respectivas dimensiones, se comprende bien que, en caso de ataque, una abeja no tiene nada que hacer.

En Europa estos avispones eran desconocidos; había otras muchas especies de unos y otras, pero por estos lugares occidentales los primeros hacían su vida independiente de las segundas, y las abejas melíferas tienen establecido, además, un acuerdo de no agresión -tácito- con la especie de los humanos, -la más peligrosa de todas-, que entraña una forma de colaboración sui generis, a la que no voy a referirme ahora.

Sucedió que, hace un par de años, llegaron a Francia, en un contenedor procedente de un puerto de China, algunos avispones hembras de la especia asiática. Desde entonces, se están propagando con rapidez, apoyados en su fertilidad y en que se han encontrado que las abejas melíferas de aquí son de lo más inocente. Incluso los que están más interesados en detener su avance, los apicultores, desconcertados, no han dado aún con un método eficaz para combatirlas y, hasta que no den con la tecla -si es que lo consiguen- asisten consternados a la destrucción de las colmenas de sus fieles cooperadoras en la producción de miel, jalea real y cera, que tan buenos beneficios les proporcionaban. (2)

Porque los avispones adultos se alimentan de frutas maduras y néctar, pero -¡ay!- cuando tienen larvas que cuidar, el avispón madre, desde lo profundo de su colmena, las incita, con mordiscos persuasivos, a buscar carne fresca. Y la que les resulta más apetitosa es la de las abejas y las de sus larvas. Así que, cuando una de las exploradores detecta una colmena, la señala con sus feromonas para encontrar luego el camino, y vuelve luego con un ejército de colegas que, en pocas horas, deshacen la defensa de las pobres abejas, matándolas con cruel frenesí, sin que los aguijones que clavan las infelices invadidas les dejen huella apreciable (necesitarían más de ocho o nuevo pinchazos de su veneno, y, como es sabido, además, cada vez que una abeja pierde su aguijón, está condenada a morir).

Los sabios entomólogos, presionados por la necesidad, han puesto al cubierto que, en sus zonas de origen, las abejas melíferas (de la especie apis cerana) habían desarrollado una estrategia especial para el momento en que  detectaban a un avispón de patrulla cerca de su colmena.

Se acercan, aparentemente sin miedo, y le invitan con movimientos de sus antenas,  señalándole la entrada  de su casa común. Cuando, confiado, el gigante se ha adentrado lo suficiente en el domicilio ajeno, en lo que imaginará es una muestra de sumisión ante su superioridad, se agrupan en tropel en torno al intruso, y, batiendo sus alas con frenesí, consiguen que la temperatura suba por encima de los 40 o 45ºC , que es el máximo que puede soportar el avispón, que muere de sobrecalentamiento, atufado.

Resulta, por ello, que no puede volver con los suyos a avisarles de lo que había encontrado, y la colmena de abejas puede seguir su existencia tranquila.Lamentablemente, las abejas europeas (apis mellifera) no han desarrollado esa estrategia, y, ante el ataque de los avispones asiáticos, no saben cómo defenderse.

Encuentro que la aplicación al mundo de los humanos es inmediata. Si un gran consorcio pretende hacerse con un sector del mercado de distribución de cercanías, las actitudes posibles son dos: dejarse vencer o convencer por el gigante, abandonando resignadamente el sitio que se ocupaba, o, dejando que se instale en el territorio que ocupan -no necesariamente invitándolo a hacerlo, desde luego-, pero, en lugar de realizar una defensa aislada, coordinando su actuación en unión de los demás pequeños comerciantes.

Me resulta curioso que nuestros mercados de cercanías, hace apenas cuatro o seis décadas ocupados por comerciantes locales -las emotivas “tiendas de la esquina”, cuyos propietarios fiaban sin problemas, anotando en hojas de papel de estraza las cuentas por cobrar de sus clientes, y que éstos liquidaban cuando disponían de efectivo, hayan sido sustituidas, por una invasión de dos especies muy diferentes. Las instalaciones de las grandes cadenas, que se establecieron en las afueras, en gigantescas superficies cedidas a precios de conveniencia por los ayuntamientos, y, cuando los pequeños comerciantes tuvieron que cerrar sus tiendas, ahogados por las deudas, se instalaron en las cercanías representantes de una especie foránea, resistente al ataque de los avispones, que es la abeja asiática: el comercio chino.

No se conoce aún cómo se las arreglan esos industriosos humanos abejínidos para subsistir, aunque se sabe que no tienen horario, que actúan todos coordinadamente, que son misteriosos como las noches de primavera y otoño, y que aprovechan las necesidades de los abejínidos autóctonos, y su manifiesto carácter acomodaticio, para crecer y multiplicarse.

Y esta es la primera estrategia salvaje que ofrezco para meditar.

(continuará)

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(1) Considerada como la especie Vespa velutina, en otros lugares.

(2) Lo que se les ha ocurrido, hasta ahora, a los humanos, no ha sido especialmente brillante. Repiten esquemas antiguos en la creencia de que situaciones distintas, cuando son tratadas con una fórmula que tuvo éxito anteriormente, van a resolverse igual.

Una de las ocurrencias más tontas ha sido, sin duda, imaginar que. disparando a una colmena de avispones con una bomba incendiaria, iban a conseguir quemar a toda la población que se cobijase en su interior y, en particular, matar al avispón reina.

Tururú, El núcleo de la colmena de avispones asiáticos, en donde se cobija la reina madre está especialmente protegido, y se ha revelado extraordinariamente resistente a este tipo de ataques. Peor aún, los avispones, al sentir el calor, al que son muy sensibles se dispersan rápidamente y, algunos, enfilando al humano que les disparó, lo atacan con virulencia. Sus picaduras son muy peligrosas, porque tienen mucho más veneno que las avispas locales, y se han reseñado algunos apicultores que lo han pasado muy mal.

La mirada podrida sobre Grecia

En algún lugar leí que la palabra Europa no tiene sus raíces etimológicas en el griego, pues no se le puede suponer -como por algunos eruditos se había defendido- compuesta de los vocablos eur y op (que significaría “mirada amplia”),  sino por eur y opa, ya que se debe mantener la concordancia de género, y eso se traduciría por “mirada podrida”. Así que la polémica sobre el origen del nombre ha derivado hacia las fuentes semíticas, que tienen aguas mucho más frescas.

Lo que tiene menos dudas es que Europa  tiene su amplia base geográfica y cultural original en el equilibrio entre Atenas y Roma, al que se ha de añadir una componente judía, proveniente de los vientos históricos que se formaron desde Jerusalén. Y también admite poca discusión que en los últimos veinticinco siglos se han librado en el territorio que podríamos considerar originariamente europeo muy cruentas batallas, que lo han seccionado, longitudinal y transversalmente (1).

Esas manifestaciones de la belicosidad de sus gobiernos, las ambiciones de conquista y apropiación de bienes del vecino, las luchas dinásticas, las revoluciones sociales, la evolución de las lenguas habladas y escritas -¡y, cómo no, la influencia de las religiones y la autoritas otorgada por los creyentes al representante de Dios en la Tierra!- se han reflejado en multitud fracturas, convirtiéndola en un mosaico de intereses, que debemos admitir, de forma indulgente, que forman parte de las culturas nacionales.

Estamos oyendo múltiples opiniones acerca de  la manera de resolver la actual crisis nacida en la Unión Económica Europea, como consecuencia de la dificultad -en realidad, debemos hablar de la incapacidad- de Grecia de devolver la totalidad de los créditos que obtuvo de los demás socios de la eurozona. Como en todos los temas, los comentarios no hacen sino reflejar la consecuencia de los diferentes intereses que se defienden, y que están detrás de los argumentos, aunque no se vean.

La situación no admite circunloquios, sin embargo: Grecia, independientemente de cuál sea el color de su gobierno, quizá pueda pagar algún día el principal de la deuda, si se le concede la moratoria adecuada y se le ayuda a la reactivación de su maltrecha economía, pero jamás podrá responder de los altísimos intereses, propios de usureros, que los prestamistas le habían fijado. Por cierto: una buena parte de los préstamos han ido a parar a dotar al estado griego de una capacidad armamentística, para pagar, a buen precio, los equipos bélicos proporcionados por los principales países de esa Unión Europea.

No valen para nada afirmaciones políticas destinadas a asustar a los griegos, pretendiendo tranquilizar (sensu contrario) a los ciudadanos de los países de donde surgen las declaraciones de ciertos mandatarios: apelar a que “los pactos deben cumplirse” o a que “la salida de Grecia del euro tendrá escasa o nula recuperación para nuestra economía”, se hayan hecho o no los deberes (¿qué significa eso?) no puede merecer ningún calificativo inteligente.

Grecia es Europa (casi, más propiamente hablando, al revés: Europa es Grecia). En una familia, las dificultades esporádicas, ocasionales, de un miembro -aunque haya sido un despilfarrador, incluso si se le califica de drogadicto- se solucionan en el seno de la misma, ayudando al perjudicado: con un tratamiento de rehabilitación, pagando sus deudas, ayudando a su recuperación definitiva. No ahogándole aún más.

No me duelen prendas al afirmar que los argumentos más sensatos respecto al tratamiento de la deuda griega han venido desde la izquierda reputada como “radical” por los amigos del orden mundial, supongo que siempre que lo determinen ellos mismos. He escuchado a Gaspar Llamazares y a Iñigo Errejón decir cosas muy adecuadas. En esencia: no exijas a quien no puede pagar, que pague, haciendo los sacrificios que tú le quieres imponer, y escúchalo atentamente, y ayúdale a que se recupere.

Creo que la razón por la que, en este caso al menos (no es el único), me encuentro tan próximo a las ideas que se exponen desde los márgenes del sistema, incluso desde fuera de él, es sencilla: no tienen nada que perder. Cosa que, mírese por donde, me parece que los distancia de los sabios defensores del dólar Stiglitz, Krugman, de los asesores de Merkel o de Hollande (y sus palmeros) y me acerca, junto a ellos, a lo más sensato.

(1) He recuperado esta idea de un artículo, aún no publicado, escrito por mi buen amigo Santos Castro Fernández, “Europa: Una realidad histórica”, y que su autor apoya con citas, entre otros, de Remi Brage, Horacio, y Jacques Le Goff.

Faldas y falderos por faldudos

Obviamente, han sido muchos los usos y costumbres que nos acercan a nuestros hermanos de lengua en Iberoamérica, y -al menos así lo tenía por admitido hasta años recientes- se creía que era España, como metrópoli, la que marcaba la pauta. Esta situación ha cambiado y, en la actualidad, nuestro país parece ir a remolque de lo que nos señalan al otro lado del charco: a veces, por directo influjo criollo; otras, actuando los de allá como intermediarios de la digestión de lo norteamericano que nos tragamos acá.

El asunto podría dar para escribir un librito sobre los influjos adaptativos, pero hoy quiero detenerme en una cuestión aparentemente trivial: la drástica disminución de la longitud de la falda en los uniformes femeninos de segunda enseñanza.

Hubo un tiempo, que se prolongó incluso más allá de la España tardofranquista, en que rigieron severas normativas de que las faldas de las educandas -eso sí, ya sin pololos- debían cubrir hasta la rodilla. El cumplimiento de esas instrucciones, que estaban incluso puestas por escrito, era especialmente controlado por sus mayores, con atención focalizada en ese período de efervescencia hormonal que la adolescencia introduce en las aulas (y que puede ser virulento si no se ha producido la segregación previa que en las granjas de animales de pico y pluma se conoce técnicamente como sexado).

Mientras en España se tapaban las piernas a las mozas, quienes viajábamos por ahí, constatábamos que las nenas de los colegios de pago latinoamericanos enseñaban sus muslos sin atender a hipotéticos decoros. Será por la calor imperante en esos predios, imaginábamos por causa última de la exhibición de carnes tiernas.

Los años avanzaron por el calendario, vinieron aperturas, y como en el hiposur de Europa también estamos en tierra de calor -agravada por un cambio climático que asoma solo la puntita- aparecería justificado que, si se añade la que está cayendo, se recortasen telas. La crisis obliga a acudir con la tijera a los rincones en donde calor o penuria aprietan.

Los viejos del lugar sabemos, sin embargo, que la corriente cisoria no empezó acortando faldas, sino por decisión de algunas de las mozas más atrevidas de la actual generación de madres, de ajustárselas más arriba al salir de las aulas, subiéndoselas hasta llevarlas casi al borde de los pezones; incluso, otras, cosían jaretones provisionales a las prendas, de un decímetro o más largos, que volvían a descoser cuando se sometían a la mirada escrutadora de sus progenitores, hoy ya en su inmensa mayoría criando malvas o hechos polvo.

Pasó más tiempo, y aquellas hijas se tornaron madres, y hoy muchas, por ley natural,  son abuelas y, por ende, las más retrasadas en esa condición genealógica aún siguen pendientes de tejer camisetillas y gorritos de lana que irán a parar a las Misiones. Pero las hijas más precoces en haber engendrado de aquellas madres que amé tanto y que luego, -unas y otras-, me miraron como si fuera un santo (Campoamor dixit), tienen hoy hijos adolescentes.

En mi memoria guardo lo que, hace cosa de un lustro, varios docentes me contaron en relación con telas escolares. Cuando la moda se propagó y las faldas se convirtieron masivamente en faldillas, algún profesor o profesora de los cursos de Bachillerato llamó la atención en el Consejo Escolar de que esa falta de tela era también asimilable a otra de decoro, y distraía en los aprendizajes de teorías diferentes de la que enciende las líbidos, y que era por los que, en esencia, se acudía a las aulas.

No solo madres, también padres varones pusieron el grito en el cielo contra esa pretensión dictatorial de atentar contra la libertad de sus hijas, ya maduras lo bastante -argumentaron- para vestirse como les petara o petase.

Hétenos, pues, hoy, asimilados en esa moda o costumbre de inspiración transoceánica, de que las nenas núbiles de colegios concertados, (en especial, por aquello de ser portadoras de uniformes) enseñen de lo suyo cuanto quieran, sin faltar al decoro que empieza ahora, al parecer, donde terminan sus prendas más interiores.  No van solas. Las acompañan, en sus grupúsculos en donde cuecen risas y charletas, según constato en las veces en que coincide mi paso con la salida de las aulas, uno o dos de sus colegas varones, convertidos, por ello, en falderos de las que las llevan de reducidas dimensiones, y, por lo que veo, a tenor de cómo ellos se visten, sin que les afecten tanto en sus atuendos externos los calores de la primavera.

No me parece que haya hoy más que una exigüa minoría capaz de escandalizarse por este ir de venir de faldas y falderos, incluso en aquellos momentos en que los faldudos (típicamente, las escaleras empinadas del subterráneo) dejen al descubierto el máximo de muslo de estas uniformadas mal vestidas. Al fin y al cabo, los viernes y sábados, estas mismas jovencitas salen a disfrutar de su noche ataviadas con trapos que les permiten idénticos desplantes corporales y, además, con el adendo de sus caritas pintadas a destajo, para disimular lo que quede de sus facciones infantiles.

¿Provocan a los adultos que las miran? No se equivoquen estos tales. No van provocando, las chiquillas, a los más viejos que ellas, y por eso, se equivocó de medio a medio el obispo de Tenerife, Benigno Alvarez, cuando se metió en el berenjenal de enjuiciar, con la doctrina más reaccionaria al alcance de su ministerial cerebro, el comportamiento de niñas y niños, allá por 2007, lo que despertó tanto fervor crítico mediático que aún perdura la cola del cometa. Porque a nadie que esté bien informado, impresionará, llamándola provocación para mayores, la exhibición masiva de muslos de féminas adolescentes, en época en la que incluso las imágenes de desnudos integrales en aparente posición coital se catalogan como aptas a partir de siete años.

Hay que mirar las cosas desde otra perspectiva. Se trata de una importación más que nos ha llegado de la zona actualmente dominante entre hispanos, que antes llamábamos colonias, y hoy marcan la pauta, porque los colonizados residen en Europa. Y están aquí, para quedarse. Así que vayan haciéndose a la idea de que el centro de gravedad de lo hispánico está en algún lugar de Centroamérica, y las cortas faldas responden al deseo de gustar a falderos de la misma edad adolescente, y no para dejar al descubierto de miradas adultas las bragas en faldudos.

 

 

¡Por Dios!

Israelíes y palestinos se encuentran de nuevo enzarzados en una escalada de violencia de un conflicto que no tiene solución, porque no es cuestión de diálogo, sino de principios. Y cuando los principios son inamovibles, de poco vale que los que asisten a la exhibición de intransigencia exhorten a que se pongan de acuerdo los que se confrontan.

El antiguo responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, actualmente Presidente de EsadeGeo (Center for Global Economy and Geopolitics), ha expresado que ese nuevo incidente en las estériles relaciones de ambas colectividades, “no conducirá a nada”, lo que ha de interpretarse, no como una frase diplomática, sino como una conclusión nacida de su amplia experiencia en asistir a empecinamientos políticos, tratando de mediar entre quienes tienen clara su voluntad de no entenderse.

¿Por qué ha de ser así? Existen, como un análisis elemental puede poner de manifiesto, discrepancias religiosas, que solo pueden servir a los que creen todavía que la religión es un fundamento y no una excusa. Los judíos se creen descendientes de Isaac y los musulmanes pretenden serlo de Ismael, los hijos mitológicos de Abraham, habidos, respectivamente, con su esclava Agar y con su esposa Sara, y a los que Jehová, o Alá, en tiempos en los que los dioses hablaban con los humanos, encomendó de manera suficientemente oscura la construcción de la genealogía para su futura encarnación en el descabellado propósito de darse un paseo por nuestras miserias, sellando ese pacto con una acción realmente singular, es decir, estrambótica: ordenando que se cortara el prepucio a los descendientes varones.

No voy a adentrarme más en la narración bíblica, salvo para recordar sin mayor énfasis que uno de los hijos de Isaac fue Jacob (Israel), que tenía un hermano gemelo, Esaú, al que le gustaban mucho las lentejas y con el que compartía, al menos, un exagerado carácter pendenciero, pues peleaban ya desde el seno materno.

Poco que ver el cuento divertido con la complicada historia geopolítica que se tejió en torno a Palestina, aunque se podría adivinar por él, pero no justificar, los cientos de años de esclavitud y persecución que sufrieron los judíos, ni se encontrarán atisbos del juego descarado al que se sometió por las llamadas potencias occidentales, el territorio del cercano Oriente, ni hay preludios del genocidio nazi durante la segunda guerra mundial y, mucho menos, del estrambótico reconocimiento como nación de Israel, dándole un trozo de la tierra prometida, fabricando un parche sin futuro en una zona rodeada por musulmanes. Hay tanto escrito sobre la cuestión que es imposible resumirlo y no menos difícil, comprenderlo.

Los israelíes han conseguido, con la ayuda de los Estados Unidos, convertirse en una potencia militar, capaz de mantener a raya a los países árabes que la circundan y, no solo eso, apta para aventurarse en incursiones bélicas gracias a las cuales ha ido ampliando el espacio de su asentamiento. Los palestinos, empujados a una mísera dependencia económica del próspero estado israelí, -adobados también, por su parte, pero en mucha menor cuantía, con circunstanciales ayudas norteamericanas y subvenciones de subsistencia surgidas de aquí y de acullá-, se han convertido en un pueblo empobrecido, dividido y aislado: sus razones se ven como apestosas, su resistencia, inútil, las discrepancias entre sus líderes forman parte del folclore mundial, y, lo que es gravísimo, sus derechos -a la libertad, a la tranquilidad, a la construcción de una economía autosuficiente-, son ignorados sin despertar el menor sentimiento de culpabilidad ajena.

Los hechos recientes no son más que una consecuencia de algo que, en 1938!, la clarividente pensadora judía Simone Weil, inteligente cosmopolita renegada de sus raíces semíticas, ya veía como la prolongación de la sempiterna conflagración por hincar banderas en ese territorio estratégico.

Para Israel, atento a cualquier excusa, el asesinato de tres adolescentes judíos atribuido -de forma poco creíble- a miembros de Hamás, justifica hoy las represalias, el lanzamiento de misiles sobre Gaza, e incluso la movilización de 40.000 reservistas “dispuestos a defenderse” de quien no tiene capacidad de ofensa suficiente. Es decir, los dirigentes israelíes se declaran dispuestos a invadir otra vez las tierras que añoran como expansión de su Estado consentido.

David esgrimiendo la honda frente a otro David armado con torpedos de cabeza atómica y cohetes antimisiles.

¡Por Dios! ¿No seremos capaces nunca de contener los impulsos destructivos de la especie humana contra sí misma, allí donde afloren? ¿A qué necesitamos apelar, no para entendernos -en Israel y Palestina como en cualquiera de los múltiples lugares del planeta Tierra en donde la Humanidad se está destruyendo a sí misma, apelando a la religión, es decir, a la economía y a la ambición de unos pocos, escudada en designios de Aquel que, cuando le hacen hablar, los que no estamos en la procesión no sabemos interpretar lo que quiere decir?

¿O es que no hay quien, como yo -y otros que tienen más elementos que yo para analizar lo que nos pasa- entienda que hay que dejarse de una vez por todas de hacer atribuciones fuera de nuestra capacidad de actuación, y reconocer que mientras los que dirigen lo sustancial de lo que nos tiene que pasar sigan, en realidad, adorando a Belcebú-dinero, no tenemos solución?

Aunque momentáneamente parezca a los que las promueven y a los que creen obtener beneficio de aplastar a otros, tantas guerras y guerras, …no conducen a nada.

Porque nada es destruir lo creado por nosotros, una y otra vez, hasta que sea la última.

 

Creo en la resurrección de los sueños y en un mundo mejor, amén

(Con este Comentario termino la serie de seis a los que he dedicado la confección de mi Credo tecnológico)

6. A modo de conclusiones

Las evidencias apuntan a que el conocimiento tecnológico más avanzado se concentrará (en realidad, se concentra) en pocas instituciones, en tanto que, a los niveles inferiores, las telecomunicaciones contribuirán a una rápida expansión y homogeneización de los conocimientos científicos, haciendo irrelevante su posesión, premiándose, en cambio, la disponibilidad de materias primas.

El papel de la mano de obra no cualificada será de manera creciente, irrelevante, generándose graves tensiones, a nivel global como local, respecto a la distribución de la riqueza y su disfrute. Las necesidades de ayuda social, incluso existencial, crecerán, y los Estados, de forma independiente, no podrán hacer frente a la resolución de los problemas generados por la combinación de desarrollo tecnológico, insuficiencia de trabajo disponible y presión reivindicativa sobre lo que se conoce como nivel de vida deseable.

La valoración de la situación es diferente por países, pues no cabe hablar de convergencia. En Alemania, por ejemplo, se advierte un crecimiento en la creación de empleo de muy alta cualificación (hasta un 25% de la población activa), en tanto que los empleos auxiliares (que no demandan especiales habilidades) se han reducido hasta un 15%. Muy diferente a lo que sucede en China, India, Pakistán, etc. Y bastante diferente a lo que se observa en España, empeñada en consolidarse como un país a remolque de las circunstancias.

Admitiendo que la celeridad en la asimilación de los conocimientos tecnológicos y la redistribución de los mercados, obligará a una adaptación constante, tanto de las estructuras como de aquellos que tengan empleo, no puede pretenderse que esa “versatilidad”, invocada continuamente por los políticos y analistas, sea posible para la gran mayoría. No depende tanto de la formación previa, ni siquiera de la actitud personal, sino de la orientación recibida. Deberíamos sacar consecuencias del exceso de peluqueros, cocineros, camareros, expertos en lenguajes informáticos obsoletos, empresarios de bares y mercerías arruinados, etc. Se les ha impulsado a un fracaso personal y económico, porque se les ha hecho abrigar esperanzas en lo que estaba vacío.

Es imprescindible que los empresarios, las representaciones sindicales y las instituciones políticas de todo orden se pongan de acuerdo en objetivos comunes. No los tenemos en la actualidad: ¿despido libre? ¿mini trabajos? ¿formación continuada? ¿ruptura definitiva entre la Universidad y el mundo real? ¿disminución de las prestaciones sociales a golpe de martillazos en el modelo existente? ¿incremento de impuestos a las clases medias para sostener el estado “social y de derechos”?…

Tenemos un tejido industrial con múltiples deficiencias, pero lo tenemos y tiene elementos muy aprovechables, que hay que poner en valor y saber potenciar. Se han de promover constantes reuniones (la palabra “reunión” está adulterada por el uso, pero no tengo otra forma de referirme  a encuentros dinámicos de trabajo), en las que se pueda plasmar el intercambio de información, la voluntad de coordinación, la transparencia en los objetivos y en la detección de dificultades y las conclusiones para apoyo recíproco.

La Administración no tiene por qué participar en ellas con voto, y ni siquiera con voz, pero debe de estar, y saber estar. Me produce sonrojo cuando, en un Congreso o Sesión en las que representantes de empresas exponen sus planes en ponencias por lo general muy bien preparadas, contando lo que hacen, sus sugerencias de solución a los problemas, etc., veo que los políticos que han realizado la inauguración de la Jornada se han marchado todos (principal y séquito), después de la intervención del Ministro o Secretario de Estado. ¿Tanto tienen que hacer? ¿Cómo se enteran de lo que pasa? ¿Por los periódicos?.

Habrá cada vez menos trabajo disponible, las cualificaciones cambiarán y las empresas no podrán garantizar el empleo indefinidamente. Los demandantes de empleo y la población actualmente activa ha de organizarse, y de manera diferente a como lo ha venido haciendo hasta ahora. El fracaso de las organizaciones sindicales en la detección del problema es notorio: se han preocupado de mantener el empleo y no por la creación, con lo que han sido testigos ineficientes de la corrosión de los fundamentos del sistema socio-laboral.

Es necesario, por tanto, la organización desde la oferta de trabajo, teniendo en cuenta la formación requerida, y las necesidades familiares y personales. Puesto que las empresas -las grandes empresas- no pueden garantizar los puestos de trabajo, los que lo necesitan para vivir han de plantear propuestas colectivas nuevas. Si la demanda de trabajo ha de ser a tiempo parcial, temporal y no indefinido y remunerado con criterios no transparentes, no se puede permanecer inactivo o con obsoletos esquemas desde la oferta, y hay que recuperar olvidados elementos de solidaridad, forzando a que el Estado se alinee en la defensa de los más débiles, no para argumentar junto a los que ya poseen.

No pretendo la originalidad de esta propuesta. La sustitución progresiva del tipo de empleado contratado laboralmente por la de un ofertante de prestaciones que negocia con las empresas o con la Administración el precio de las mismas, está cobrando creciente interés sociológico. Existen ya, como es bien sabido, empresas que se ocupan de la externalización de trabajos y servicios, franquicias, subcontratistas a precio inferior al que fue contratado el principal y otras que ofrecen una cartera de trabajadores a tiempo parcial. La modalidad de empresas que ofrecen solo trabajo y capacidad ha de crecer exponencialmente, y muchos de los actuales autónomos, deben organizarse para una oferta colectiva.

Y si se asumen todos los riesgos de los períodos en los que no se disponga de empleo (es decir, los no cubiertos por las prestaciones públicas), ese ofertante de disponibilidades tiene que organizarse y pensar como un empresario, no como un empleado… con todas las consecuencias: fijación del precio de sus servicios, potenciación de su capacidad, interconexión gremial, creación y selección de oportunidades, creación de oligopolios y soporte de estrategias, concreción de los espacios en los que se realiza la publicidad de las ofertas, modos de interconexión física y virtual de los miembros que forman las empresas de la oferta.

Creo, en definitiva, en un mundo mejor, reforzado por la puesta en valor de la versatilidad de ese tradicionalmente menospreciado factor de producción que es el trabajo. No me refiero al trabajo físico (al menos, no solo), sino, y sobre todo, al trabajo de alta cualificación, aquel que caracteriza la genialidad de la especie humana, que se ha de convertir en el eje de reconstrucción de las relaciones entre capital y empleo en el mundo global, si queremos que sea sustentable y no una fantasía de papel.

Así sea en España como en toda la Tierra, así en los países intermedios como en el cielo de la más alta tecnología. En defensa de la honesta distribución de las plusvalías generadas entre todos, de acuerdo con el trabajo, capacidades y oportunidades de cada uno.

(No hay por qué ocultar que esa defensa de posiciones es, por sí misma, revolucionaria. La superación de las ventajas circunstanciales que derivan del poder irregularmente adquirido, de la herencia descomunal de origen injusto, de las acumulaciones desorbitadas de beneficios obtenidas por razón de las ineficiencias del mercado o sus trampas, y, en fin, de todas esas espurias razones derivadas del azar, la corrupción histórica y no de los méritos propios, es revolucionaria. La forma de llegar al objetivo puede ser pacífica o violenta. Depende de la capacidad de liderazgo y convicción de los que se encuentren a ambos lados del conflicto)

Por la inteligencia. Amén.

FIN

La vuelta a la Edad del Cobre

Estamos, en realidad, en la Epoca de las commodities, que es una forma un tanto vergonzante de empaquetar fonéticamente todo aquello con lo que se comercia, y desde que alguien descubrió que podía hacer mucho dinero con la basura, es posible afirmar sin equivocación que no hay nada sin precio.

El Foro España Innova, una actividad del hiperactivo Nueva Economía Forum, que apoyan con dineros El Corte Inglés y la Fundación Areces, y con alientos algunas instituciones públicas, nos invitó a unas doscientas personas a un “desayuno informativo” con Javier Targhetta Roza, el 10 de junio de 2013. Fue en el Hotel Ritz, de Madrid.

Es Javier Targhetta -vicepresidente de FCX y Presidente de Attlantic Copper S.L.U.(1)- uno de esos ingenieros de minas a los que no tengo más remedio que seguirles la pista, y envidiarlos secreta y públicamente, por lo que ha conseguido y por cómo lo hace. Otra de mis referencias es Matías Rodríguez Inciarte, economista, vicepresidente de BSCH, también asturiano, también de mi misma edad, y al que conozco desde niño, porque nuestras familias eran amigas.

Matías fue el telonero de lujo de Javier. En la presentación de Targhetta, Rodríguez Inciarte recordó una frase de Bill Gates: “El mayor negocio es hacer amigos”, y, en un cálido repaso por la biografía llena de hitos de Javier, no dejó sin mencionar que ambos pertenecían a la Cofradía de “Asturias Patria Querida” (APQ). asociación fundada por José Luis Alvarez Margaride (q.e.p.d.), que aglutina a los asturianos ilustres desterrados en Madrid y a la que, por mi propia desidia, o por no cumplir la segunda de las condiciones, no pertenezco.

Javier Targhetta presentó el grupo y el mercado internacional de las materias primas en las que trabaja -fundamentalmente el cobre- de una forma clara, concisa, brillante. En algunos aspectos, su ponencia recogió temas que ya había presentado en el IIE hacía unas semanas. En otros, y sobre todo, al hilo de las preguntas en el coloquio, que contestó con sinceridad, dejó reflejada su posición en relación con los temas económicos, energéticos y mineros.

Abogó por una Unión Europea que al 20-20-20 que tenemos tan repetido, incluya el 20% del PIB dedicado al sector industrial, después de haber expresado que España está cuatro o cinco puntos por debajo (aunque en la media europea) y que Andalucía, con su 34% de paro, anda por el 11%, lejos del 27% del Pais Vasco, que solo tiene al 13% de su población activa sin empleo.

(continuará)

(1) Pronúnciese Cúper, en cruce mental con Gary Cooper, y se permitirá así que cualquier empleado de la multinacional en España le corrija, y, con ello, se abrirá el comienzo de una posible amistad.