En el día de la mujer trabajadora, haciendo un repaso

Hace 5 años, en mi blog Alsocaire, escribía esta entrada:
“En el día de la mujer trabajadora, haciendo un repaso”
08 de marzo de 2011 –

Ni siquiera lo que es objetivamente bueno, lo es sin matices.

El reconocimiento de la igual capacidad de ambos sexos, venida de la posición menos rotunda de no discriminación de la mujer y, en algunos sectores, encastrándose hacia la insolente discriminación positiva, no tuvo un camino fácil desde el desprecio hacia lo femenino.

Porque la mujer se consideró, en una mutación de valores provocada en no se sabe bién en qué momento de la historia, más débil, más frágil, menos inteligente. Un objeto hermoso; alguien necesitado de protección especial; un ser de poco o ningún valor, no apto para la guerra, aunque sí para el trabajo; una esclava; una prostituta o un objeto carnal; un estorbo; la mitad en valor de un varón…

No alardeemos de nuestra hipotética sensibilidad para defender lo más adecuado para resolver todos los casos. Hay anécdotas archirepetidas que sirven para apuntar hacia luces y sombras, abriendo polémicas que resultan muy del gusto de los que a todo le quieren dar la vuelta sin profundizar en el meollo.

En su momento (ayer, 1931, Congreso de los Diputados), cuando se abrió -con las reservas de quien no está seguro de que el vino no se haya agriado después de cientos de años en las barricas abandonadas en los sótanos de lo que es más urgente, oportuno o conveniente- el debate sobre el sufragio femenino, Victoria Kent y Clara Campoamor, las dos únicas diputadas de aquella República heroica, discreparon sobre lo que era mejor. Ambas tenían razón, posiblemente.

Se nos llena hoy la boca con la defensa de la paridad de sexos en los Consejos (mujeres: Alicia y Esther Koplowitz y las hijas de la segunda, Ana Patricia Botín, Amparo Moraleda, María del Pino, Covadonga O´Shea,…; pero también podíamos apuntar a cómo se eligen los hombres más capaces, tantas veces después de pasar los filtros del linaje y calibrar la fuerza de los dineros).

Nos llevamos las manos a la cabeza ante tanta violencia de género (aquí corren más peligro las Merylin, Betsabé, Celia Ignacio,…; pero no se puede generalizar: entre los asesinos hay gentes de orden con permiso de armas, amantes despechados hábiles con la navaja o el martillo).

Estamos aún lejos de las 3 mujeres asesinadas a diario, en escalofriante promedio, en Turquía, (ese país cuya cercanía nos es imprescindible a la Europa bamboleante). Puede que lleguemos, si nos obstinamos en hacer publicidad de la locura, del desprecio al otro, de la “prostitución consentida”, de “fórmulas para disfrutar plenamente del sexo” en las que la mujer cuenta como adminículo. Puede que lleguemos, si animamos a los adolescentes a que sigan los instintos de su naturaleza… y si, desde las alturas, confundimos igualdad de género con técnicas de folclore electoralista.

A favor del trabajo de la mujer, por supuesto. Pero, aún más, a favor del acceso sin trabas a la cultura, a la formación, al ocio. A favor de que la mujer, a igualdad de tarea, gane lo mismo que el varón de idéntica capacidad y desempeño, por supuesto. Pero no a costa de que el (“gran”) empresario se beneficie más porque tenga la opción de elegir entre mayor oferta de trabajo.

A favor de que la mujer pueda realizarse con un trabajo adecuado, digno (qué palabra), leal, útil, remunerado adecuadamente. Claro. Pero no presentando como si fuera un logro su acceso a los Ejércitos, al frente de las batallas, a los trabajos más duros, las tareas de máximo riesgo. Y también a favor de otras formas de realización que no impliquen necesariamente trabajar para otro, sino por otros. Para varones como para hembras.

Hay tanto por hacer…se cuelan tantas voces que distorsionan el mensaje. Convivimos con tantas trampas, que a veces, creyendo avanzar, giramos en tiovivo.

 

Faldas y falderos por faldudos

Obviamente, han sido muchos los usos y costumbres que nos acercan a nuestros hermanos de lengua en Iberoamérica, y -al menos así lo tenía por admitido hasta años recientes- se creía que era España, como metrópoli, la que marcaba la pauta. Esta situación ha cambiado y, en la actualidad, nuestro país parece ir a remolque de lo que nos señalan al otro lado del charco: a veces, por directo influjo criollo; otras, actuando los de allá como intermediarios de la digestión de lo norteamericano que nos tragamos acá.

El asunto podría dar para escribir un librito sobre los influjos adaptativos, pero hoy quiero detenerme en una cuestión aparentemente trivial: la drástica disminución de la longitud de la falda en los uniformes femeninos de segunda enseñanza.

Hubo un tiempo, que se prolongó incluso más allá de la España tardofranquista, en que rigieron severas normativas de que las faldas de las educandas -eso sí, ya sin pololos- debían cubrir hasta la rodilla. El cumplimiento de esas instrucciones, que estaban incluso puestas por escrito, era especialmente controlado por sus mayores, con atención focalizada en ese período de efervescencia hormonal que la adolescencia introduce en las aulas (y que puede ser virulento si no se ha producido la segregación previa que en las granjas de animales de pico y pluma se conoce técnicamente como sexado).

Mientras en España se tapaban las piernas a las mozas, quienes viajábamos por ahí, constatábamos que las nenas de los colegios de pago latinoamericanos enseñaban sus muslos sin atender a hipotéticos decoros. Será por la calor imperante en esos predios, imaginábamos por causa última de la exhibición de carnes tiernas.

Los años avanzaron por el calendario, vinieron aperturas, y como en el hiposur de Europa también estamos en tierra de calor -agravada por un cambio climático que asoma solo la puntita- aparecería justificado que, si se añade la que está cayendo, se recortasen telas. La crisis obliga a acudir con la tijera a los rincones en donde calor o penuria aprietan.

Los viejos del lugar sabemos, sin embargo, que la corriente cisoria no empezó acortando faldas, sino por decisión de algunas de las mozas más atrevidas de la actual generación de madres, de ajustárselas más arriba al salir de las aulas, subiéndoselas hasta llevarlas casi al borde de los pezones; incluso, otras, cosían jaretones provisionales a las prendas, de un decímetro o más largos, que volvían a descoser cuando se sometían a la mirada escrutadora de sus progenitores, hoy ya en su inmensa mayoría criando malvas o hechos polvo.

Pasó más tiempo, y aquellas hijas se tornaron madres, y hoy muchas, por ley natural,  son abuelas y, por ende, las más retrasadas en esa condición genealógica aún siguen pendientes de tejer camisetillas y gorritos de lana que irán a parar a las Misiones. Pero las hijas más precoces en haber engendrado de aquellas madres que amé tanto y que luego, -unas y otras-, me miraron como si fuera un santo (Campoamor dixit), tienen hoy hijos adolescentes.

En mi memoria guardo lo que, hace cosa de un lustro, varios docentes me contaron en relación con telas escolares. Cuando la moda se propagó y las faldas se convirtieron masivamente en faldillas, algún profesor o profesora de los cursos de Bachillerato llamó la atención en el Consejo Escolar de que esa falta de tela era también asimilable a otra de decoro, y distraía en los aprendizajes de teorías diferentes de la que enciende las líbidos, y que era por los que, en esencia, se acudía a las aulas.

No solo madres, también padres varones pusieron el grito en el cielo contra esa pretensión dictatorial de atentar contra la libertad de sus hijas, ya maduras lo bastante -argumentaron- para vestirse como les petara o petase.

Hétenos, pues, hoy, asimilados en esa moda o costumbre de inspiración transoceánica, de que las nenas núbiles de colegios concertados, (en especial, por aquello de ser portadoras de uniformes) enseñen de lo suyo cuanto quieran, sin faltar al decoro que empieza ahora, al parecer, donde terminan sus prendas más interiores.  No van solas. Las acompañan, en sus grupúsculos en donde cuecen risas y charletas, según constato en las veces en que coincide mi paso con la salida de las aulas, uno o dos de sus colegas varones, convertidos, por ello, en falderos de las que las llevan de reducidas dimensiones, y, por lo que veo, a tenor de cómo ellos se visten, sin que les afecten tanto en sus atuendos externos los calores de la primavera.

No me parece que haya hoy más que una exigüa minoría capaz de escandalizarse por este ir de venir de faldas y falderos, incluso en aquellos momentos en que los faldudos (típicamente, las escaleras empinadas del subterráneo) dejen al descubierto el máximo de muslo de estas uniformadas mal vestidas. Al fin y al cabo, los viernes y sábados, estas mismas jovencitas salen a disfrutar de su noche ataviadas con trapos que les permiten idénticos desplantes corporales y, además, con el adendo de sus caritas pintadas a destajo, para disimular lo que quede de sus facciones infantiles.

¿Provocan a los adultos que las miran? No se equivoquen estos tales. No van provocando, las chiquillas, a los más viejos que ellas, y por eso, se equivocó de medio a medio el obispo de Tenerife, Benigno Alvarez, cuando se metió en el berenjenal de enjuiciar, con la doctrina más reaccionaria al alcance de su ministerial cerebro, el comportamiento de niñas y niños, allá por 2007, lo que despertó tanto fervor crítico mediático que aún perdura la cola del cometa. Porque a nadie que esté bien informado, impresionará, llamándola provocación para mayores, la exhibición masiva de muslos de féminas adolescentes, en época en la que incluso las imágenes de desnudos integrales en aparente posición coital se catalogan como aptas a partir de siete años.

Hay que mirar las cosas desde otra perspectiva. Se trata de una importación más que nos ha llegado de la zona actualmente dominante entre hispanos, que antes llamábamos colonias, y hoy marcan la pauta, porque los colonizados residen en Europa. Y están aquí, para quedarse. Así que vayan haciéndose a la idea de que el centro de gravedad de lo hispánico está en algún lugar de Centroamérica, y las cortas faldas responden al deseo de gustar a falderos de la misma edad adolescente, y no para dejar al descubierto de miradas adultas las bragas en faldudos.

 

 

Violentos de todo género

Supongo que el lector estará de acuerdo en que la naturaleza del ser humano no es violenta; más bien, somos pacíficos. Considerados individualmente, casi me atrevería a decir que la mayoría somos cobardes, en el sentido de rehuir los conflictos, incluso aunque tengamos razón o razones para defender nuestro derecho con muestras de beligerancia frente a quien nos lo niega o arrebata.

Ah, pero grupalmente tendemos a ser dogmáticos, avasalladores, belicosos. Debe ser un residuo orgánico de la necesidad de cada tribu de resistir el riesgo de ser absorbida por las vecinas, y la tendencia a hacer que el clan propio fuera el líder de las comunidades mayores, acumulando así sobre él poder y dinero, además, si las cosas venían así dadas, de entroncarlo con la estirpe de los dioses.

Si las masas pueden ser fácilmente convertidas en violentas, como saben, desgraciadamente muy bien, los guardianes del orden público, es más raro que un tipo normal se transforme en violento. Un encuentro deportivo, una manifestación autorizada para expresar una posición razonable, pueden generar en algaradas multitudinarias en las que, por el placer de destruir, grupos de individuos exterioricen comportamientos muy violentos.

No soy capaz de entender qué tipo de malformación mental lleva a un tipo al que sus vecinos han caracterizado como “normal, y simpático” a matar a la que fue su pareja. Por eso mismo, no me parece que las Leyes contra la llamada Violencia de Género, que exageran sobre todo las penas a los que agreden, como consecuencia de momentos de ira o expresión de principios de desequilibrio senil, a sus esposas, sirvan para mucho. El individuo que es capaz de matar a quien amó está, ante todo, y en dignóstico preclínico, mal de la cabeza.

Hay un hilo conductor, sin embargo, en esa madeja de despropósitos que teje y desteje la compleja naturaleza de los seres humanos, entre quienes son capaces de encontrar razones para matar a sus parejas, y los que estrellan aviones cargados de pasajeros contra las torres gemelas, explosionan mochilas en trenes de Atocha, matan a un soldado en plena calle de Londres… y todo los violentos. Es el hilo que mezcla cualquier tipo de fanatismo, intransigencia, creencia en que un sexo o religión o idea es superior a otro, implica reservas y puede desembocar en odios.

Esos individuos, sin duda, abyectos, que desprecian la vida de los demás, que han llegado a ese punto de enajenación incomprensible por el que nada más les importa que suprimir al otro, aunque desaparezcan al tiempo ellos mismos (con o sin promesas de vida eterna), no están, sin embargo, aislados, no se producen solos, no son producto de la casualidad.

Son alimentados por las mismas fuentes que lo somos todos los demás, solo que en ellos el mejunge les provoca una reacción descontrolada. Pero todos estamos inmersos en mares de ignorancia, de falta de solidaridad, de orgullos estúpidos que enaltece a un clan, grupo, raza, religión, cultura, y menosprecian los otros. Ríos y mares que se hacen anchos, muy anchos, en las sociedades en donde vivimos, porque no tenemos más remedio, los pacíficos. Asistiendo, con espanto, a la eclosión continua de esos productos aberrantes del caldo que se cultiva en las sociedades, que son los violentos. De todo género.

El Informe Barquisimeto (12): La igualdad de sexos como instrumento

La discriminación del sexo femenino ha sido y es una realidad en todo el mundo a lo largo de la Historia, aunque hace unas pocas décadas, en algunos países, se han realizado ciertos avances hacia la igualdad.

En el momento de redactar este Informe, hay varias mujeres que son Presidentes, Jefes de Estado o Primeros Ministros, tanto en países occidentales como orientales, si bien , independientemente de juzgar cómo están realizando sus funciones, cabría hacer observaciones importantes respecto a cómo alcanzaron el poder.

Entre los países musulmanes, la primera mujer en alcanzar la presidencia de un país, Benazhir Bhutto -desgraciadamente asesinada, como se sabe, el 27 de diciembre de 2007- fue hija del presidente paquistaní Zulfikar Alí Bhutto y, con seguridad, no hubiera llegado a esta posición en otras circunstancias, ni hubiera padecido el mismo calvario opositor de haber sido hombre.

En su particular contexto, la historia personal de Park Geun-hye, presidenta de Corea del Sur, hija del también asesinado (en 1979) ex-presidente Park Chung-hee, es similar. Corazón Cojuañgco, conocida como Corazón Aquino, que fue presidente de Filipinas, recogió buena parte de su bagaje político como consecuencia del asesinato de su esposo, en 1983, anterior presidente de ese país. (1)

En los países occidentales, si eliminamos aquellas mujeres que han llegado a la Jefatura del Estado por pertenecer a las monarquías aún no derrocadas o suprimidas, y en países en donde no hay discriminación en ese campo específico, pocas mujeres han superado las duras pruebas de demostrar eficacia superior a varón en la sociedad machista dominante. El caso de España, por lo demás, un país integrado en una Unión Europea que se dice igualitaria en cuanto a los géneros, representa bien el temor a “lo femenino”, pues se proscribe a las mujeres frente a sus hermanos varones para acceder al trono, resultando, por tanto, significativo respecto a la resistencia del magma institucional a ceder espacios de representación.

En general, además, allí donde se ha implantado en occidente, la llamada “discriminación positiva”, por otra parte -en opinión mayoritaria, aunque no unánime, del Equipo de Trabajo- se ha perjudicado la posibilidad de que muchas mujeres más capaces alcanzaran puestos de responsabilidad. Aún peor, se ha contribuído, a niveles populares, a desacreditar la opción femenina por el resistente entorno machista, siendo sido sujeto de escarnio algunos  ejemplos de mujeres que, sin tener suficiente capacidad ni méritos, han sido elevadas a posiciones altas, para cubrir las apariencias de una tendencia a la igualdad de géneros.

La mujer ha estado relegada también, por supuesto, en los países orientales a posiciones secundarias y, en general, así sigue y no dudamos en que seguirá sucediendo, a salvo de concretos y muy puntuales períodos de matriarcado, que serán utilizados y rentabilizados, en realidad, por el entorno dominante, en el que es muy superior la presencia masculina.

El equipo de trabajo opina, repetimos que de forma no unánime, aunque sí mayoritaria, que en la carrera por el control absoluto, es preferible que las mujeres no dominen las situaciones relevantes. La mayor sensibilidad de las mujeres a los problemas cotidianos, su indudable tendencia a valorar más el apoyo a los más débiles o desfavorecidos, surgido de su propia naturaleza maternal, es un serio hándicap para dominar el mundo.

Las imágenes difundidas recientemente, con ocasión del fallecimento de la ex-líder conservadora Margaret Thatcher, bailando en plena crisis con el ex presidente gringo Ronald Reagan, dejan clara la utilización de la frivolización de la relación entre géneros, difundiendo la imagen inequívocamente sexual de dominio del hombre, pues es sabido que en estas manifestaciones de sensualidad reprimida (como son los bailes), es el varón el que dirige los movimientos.

Las mujeres tienden, de forma natural, a concentrar su deseo de independencia y poder en ámbitos restringidos, familiares o próximos, que aparecen más vinculados al mundo de lo virtual o imaginario que a la dura contienda por el dominio global. Si existiese un más allá -lo que nos parece muy poco probable, por no decir, imposible- serían ellas, sin duda, las dominadoras de los espacios para-celestes, por su gran capacidad para la imaginación y la entrega hacia los sentimientos -amor, simpatía, conmiseración,…, en fin, cuando abarca a la poesía y a la metafísica-, actitudes muy poco rentables en el mamrco de una existencia competitiva.

Creemos, en definitiva, que el triunfo final de los ideales de control absoluto por la vía de la economia centralizada deberían obviar la presencia en puestos relevantes de las mujeres, al estimar que su actuación sería, a la larga, una rémora para el cumplimiento de los objetivos. La persistencia en la marginación de las mujeres debe hacerse, por supuesto, de una manera solapada, inteligente, poniendo todo tipo de dificultades para que accedan al poder, restringiendo a las mujeres a su papel de esposas y madres, distrayéndolas, y sin descuidar la utilización rentable de su tendencia a la religiosidad, a la devoción a los antepasados, al respeto a los semejantes y a la subordinación en evitación de conflictos.

En este sentido, obligarlas a la discreción pública, a la ocultación de su imagen tras velos y paredes e, incluso, forzándolas a perder su aspecto femenino convenciéndolas de que son capaces de realizar tareas sin prestigio pero de gran dedicación (como la pertenencia al ejército, la ejecución de tareas pesadas, la incorporación al mundo de los servicios o de la investigación aplicada, etc.) es un camino adecuado para ocupar su tiempo y dominar sus impulsos para cambiar el mundo, “haciéndolo mejor”, como hemos oído de sus bocas reiteradamente.

Debemos aclarar, sin embargo, que estas ideas no son necesariamente coincidentes con nuestra opinión personal, sino que hemos mantenido el criterio de expresar aquello que creemos más conveniente para el triunfo de los ideales de dominio que deducimos de intérés del Grupo de Solicitantes, que son quienes han encargado este trabajo.

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(1) No pretendemos ser exhaustivos. Los casos de Pratibha Patil (presidente de la India), Dilma Rousseff (Brasil), Cristina Fernández de Kirchner (Argentina), Michelle Bachelet (que lo fue de Chile), Laura Chinchilla (Costa Rica), e incluso Angela Merkel (Alemania) -este último caso, como paradigma de la virilización de la mujer dominante- , no deben hacer olvidar que en sus trayectorias de ascenso político hay una presencia tuteladora masculina y, si no existe de forma clara, se advierte el acelerado asexuadamiento de la mujer, para mejor aprovechamiento de una oportunidad política que no descansa tanto en la valía probada de la candidata como en una coyuntura propicia a la que fueron impulsadas por las fuerzas masculinas dominantes.

(continuará)  .