Sonetos escritos en el Ramón y Cajal

Esta semana que hoy termina tuve que someterme en el Hospital Ramón y Cajal a una operación quirúrgica, y estuve hospitalizado tres noches. La corta estancia prueba que no se trató de una intervención muy compleja, aunque aún ando con la mosca detrás de la oreja de que la combinación de saber hacer, cirujano, paciente, azar y naturaleza hayan obtenido el éxito deseado por los humanos participantes en el encuentro.

Sea como fuere, el mucho tiempo de vacío y el no dormir esos días, tuvo un efecto secundario, que fue escribir varios sonetos, de los que extraigo estos tres. El primero, está escrito a las siete de la mañana del día inmediatamente posterior a la operación; el dedicado al celador, en realidad, fue el  último, mientras mi colega de habitación esperaba que este funcionario apareciera, una vez recibida el alta algunas horas antes.

1.

A solas, desnudo, y harto dolorido,
veo pasar el tiempo como un lujo
y si rompe el silencio algún sonido
no aportará​ a la noche paz o embrujo.

Conteniendo ayes, mi magín estrujo
para escribir dos líneas con sentido,
y tantas son las ganas con que empujo
el deseo de verme, aún yendo herido,

liberado de este cuarto de hospital
donde hago de paciente el cometido
que sin reparar que me siente bien o mal,

por volver a mi sitio preferido,
soy capaz de ocultar que estoy fatal
y copiar de alguien sano el parecido.

2.

(J) Oda al celador

Que lo público se hunde, es evidente,
y a Sanidad el trago más amargo
le toca soportar, siendo inocente.
Falta dinero, cierto, y, sin embargo,

la ausencia de autoridad es muy patente.
No se sabe bien quién está al cargo
de qué; despreocupado hasta el gerente,
caído también en cómodo letargo.

Sin importar qué pueda creer la gente,
según la práctica y modos en vigor,
quien sufre el deterioro es el paciente,

y aunque vea moverse fiel observador,
como puta por rastrojo al residente,
manda en verdad allí, solo…el celador.

3.

En tierra de metáforas, doncellas,
sobreponed con cordura la emoción
si un poeta, una noche bajo estrellas
os invitara a disfrutar de la ocasión

de ver brotar en sus jardines la pasión,
porque las veleidades dejan huellas
que entran con recatos en reacción,
sufriendo resistencias grandes mellas.

Recoged del vergel dulces fragancias
y del firmamento si queréis, centellas,
pero no os dejéis llevar a estancias

en dónde os obsequie con aquellas,
que siendo metáforas, aun rancias,
embriagan cual licores en botellas.

@angelmanuelarias

(De Sonetos desde el Hospital, 2017)


Esta graciosa y delicada ave que ilustra mi comentario poético es una cigüeñuela. Parece que está, como Narciso, contemplando su belleza en las tranquilas aguas dulces de la marisma, pero, en verdad -como podría suponerse- está alimentándose de pequeños crustáceos y larvas de insectos. Es un ave inconfundible, por sus largas patas rosado intenso que se dirían a punto de romperse, y su capa negra, contrastando sobre un cuerpo níveo.  La fotografiada, por su cabeza completamente parcialmente negra, es un macho. Las hembras la tienen completamente blanca.

 

Comico o ridículo (y 23)

Creo llegado ya el momento de terminar con estos recuerdos de situaciones más o menos singulares de mi vida. No está, claro, agotado el material, y el lector avezado supondrá que son varios los momentos que me callo por prudencia, discreción o vergüenza. Pero si estos relatos han servido para levantar alguna sonrisa, daré por bien empleado mi tiempo en rebuscar en el baúl de los recuerdos y en desplegar esta controlada descubierta de anécdotas.

En el viaje de fin de carrera de Minas, pudimos disfrutar de especiales circunstancias. Era abril de 1971, y aunque en España padecíamos densas limitaciones a la libertad -que no siempre sentíamos como tales, porque, a menudo nos faltaban elementos de comparación o sobraba información irrelevante-, nuestra promoción contaba con un as especial. José Manuel Mateu, (prematuramente fallecido), era hijo del gobernador civil en Asturias, y fue posible organizar un viaje “de estudios” a Polonia y Hungría, en el que fuimos tratados por las autoridades académicas y empresariales de aquellos países, aún bajo el control de la poderosa URSS, a cuerpo de Rey.

En Budapest, que fue nuestra primera parada, una delegación de estudiantes de la Escuela Superior de Ingeniería de Minas, acompañados del Rector y otras autoridades académicas, nos hizo objeto de una recepción inolvidable. Habíamos  sido alojados en el fastuoso Hotel Géllert -para la época y para nosotros- y vivíamos momentos de euforia colectiva.

No puedo recordar exactamente los detalles, pero después de la cena, se pronunciaron algunos discursos. El catedrático que dirigía nuestra expedición, el muy querido por sus magníficas cualidades personales -y uno de los mejores profesores que tuvo aquella Escuela, entonces “piloto de la Unesco”-, Mamel Felgueroso, pronunció unas palabras, y luego fui requerido para decir unas frases de agradecimiento en inglés.

Salí del paso, y el delegado de alumnos húngaro, en obligada correspondencia, lanzó una quizá excesivamente larga soflama, cargada de referencias a las similitudes entre ambos países y manifestaciones de amistad perdurable, que terminó con estas palabras:

“As you, the spanish people, used to say: Angel, tienes una flor en el culo.”

Y levantó su copa, feliz.

No estoy seguro de que,  por el alboroto que se había formado a causa de la prolongada duración de los brindis, la alocución fuera escuchada o entendida por buena parte de los asistentes, pero yo me quedé -como suele decirse- “de piedra”, asi que, cuando mi colega húngaro se sentó, le pregunté porqué había elegido esa forma de acabar su intervención.

Me enseñó un papel que extrajo del bolsillo de su chaqueta, en el que estaba escrita la curiosa frase, y con la cara de satisfacción de quien cree que ha causado el efecto sorpresa pretendido, me explicó:

“He pedido a la intérprete que me dijera la forma habitual con la que los españoles os deséais suerte entre amigos, y me la aprendí de memoria”


Me apetece terminar estos relatos con la fotografía de este pequeño mosquitero, a punto de lanzarse a la captura de un insecto (con gran probabilidad, un mosquito) en un vuelo de factura inconfundible: un grácil revoloteo, sostenido unos segundos en el aire.

 

Cómico o ridículo (21)

La vida nos va haciendo resistentes a las adversidades, cuyo paso queda reflejado por cicatrices, algunas de tamaño respetable. Un sexto sentido nos avisa de su presencia en el otro, y, por ello, para evitar conflictos o tensiones, procuramos evitar suscitar algunos recuerdos.

Estas áreas de sensibilidad emotiva son bien conocidas entre quienes llevan tiempo viviendo juntos, especialmente si han tenido una relación personal intensa, y por eso, cuando se quieren hacer daño, no tienen más que hurgar en la cicatriz, para que la sangre y la bilis vuelvan a salir a borbotones, con consecuencias no siempre previsibles.

Aunque, por supuesto, no me faltan cicatrices de la psiquis, que trato de disimular u ocultar como puedo, me voy a referir hoy a mis cicatrices físicas, que son pocas, aunque cada una proporciona una historia.

La mayor, y más antigua, es la derivada de una apendictomía a la que me sometieron en el verano de mis once años. Lo más curioso de aquella vivencia es que, sin venir a cuento, mientras estaba en el postoperatorio, cada vez que me visitaba mi tío Justo, me daba un ataque de risa. Era un estúpido reflejo condicionado, que acababa en lágrimas, debido a la colección de puntos que me habían cosido para cerrar el tajo.

La más ridícula de las cicatrices, en la mano derecha, proviene de mi época en el centro de Cad-Cam de Asturias. La hierba del jardincito, más bien agreste, de la Casita del Príncipe había crecido demasiado y, echando mano de mis hipotéticas raíces de hombre de campo, un mediodía, aprovechando que profesores y alumnos se habían ido durante la pausa para comer, me fui a Lugo de Llanera, compré una guadaña, y me dispuse a segar las altas hierbas, que tanto afeaban el recinto.

Para comprobar el filo de la herramienta recién comprada, no se me ocurrió más que pasar un dedo por el borde afilado, como hacen los expertos segadores. No sé que diablos ocurrió, pero la guadaña se me deslizó y me hizo un tajo en la palma de la mano-no muy considerable, pero aparatoso por la inmediata efusión de sangre-.

Así que, sin nadie a quien poder pedir ayuda, tuve que coger el coche, hacer de tripas corazón (no se qué fue primero), y acercarme hasta el hospitalillo de Llanera, por fortuna abierto a esa hora, y en donde me pusieron unos cuantos puntos. No es fácil olvidar la sonrisa burlona con la que los facultativos de bata blanca recibían la explicación de aquel tipo de corbata y traje gris que mantenía haberse cortado con la guadaña con la que pretendía segar la hierba del Centro de Diseño.

Cuando se enteró Violeta de mi frustrada operación de siega, envió a su esposo, que segó el pradito en un momento y al que yo, con la mano vendada y una sonrisa forzada, regalé la guadaña y la piedra de cabruñar, rogándole que no diese mucha difusión a mi torpeza.

La segunda cicatriz por tamaño que tengo en mi cuerpo serrano (bueno, asturiano) está en mi frente. Hace un par de años, durante las vacaciones de verano, invité a mi hijo Miguel a un recorrido por la montaña belmontina, para indicarle algunos de mis lugares preferidos en donde encontrar, en estación, cantarelus o pinícolas.

Llevábamos un buen rato caminando -monte traviesa- cuando, al saltar desde un terraplén a un sendero, enganché un pie en una rama del suelo, y me caí, con tan mala suerte que una piedra con corte agudo me hizo una tremenda raja en la frente, de la que manó de inmediato, abundante sangre.

Cuando rememoro el momento, me vuelve la sensación de estar allí, echado sobre el sendero, muy a gustito. No tenía, ni mucho menos, la misma sensación, Miguel, que no sabía exactamente cómo volver a casa desde el punto donde nos encontrábamos.

Me recuperé, pues, como pude, y fui guiando a mi hijo hasta lugares conocidos. Cuando tuvo cobertura con el móvil, llamó a su hermano para contarle que su padre había tenido un accidente, y que avisara al ambulatorio de Belmonte (era domingo).

Hicimos un par de llamadas más durante el descenso, y los que estaban en la casa, bajaron el nivel de alarma inicial, especialmente cuando yo les dije que me encontraba bien y que no se preocuparan.

Cuando me vieron entrar en el comedor donde los que habían quedado en la casa se disponían a comer, la aparición de aquel ensangrentado, un tanto vacilante, y su lazarillo, tuvo que ser inolvidable. Salvo para las dos nietas que ya estaban en el mundo por entonces, que ni se inmutaron, desde la inmensa capacidad de asimilación de su año  medio.

En Belmonte, una eficientísima ATS me cosió la frente con el esmero de una de las hilanderas de Velázquez, con puntadas tan diminutas y certeras que ya casi ni yo mismo noto que alguna vez tuve el hueso frontal al descubierto.


Me gusta esta foto, de un colorido muy pictórico, si se me permite la trivialidad. El ave es un gorrión que acaba de refrescarse y, con las plumas aún mojadas, remonta el vuelo con algo de dificultad.

Los fotógrafos de aves sabemos que un remanso en un arroyo de agua cristalina, un recipiente con agua pura suficientemente resguardado, son puntos de encuentro en los que, con paciencia y discreción, se puede llegar a avistar a bastantes especies que acudirán a saciar su sed o, en un día caluroso, a darse un baño.

 

 

Cómico o ridículo (20)

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: “Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa”.

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

Cómico o ridículo (19)

Los que viajamos por trabajo, adquirimos una visión particular -más bien escasa- de los países en donde hemos llevado a cabo la actividad que nos llevó hasta allí. Pocas veces tenemos ocasión de permanecer más allá de una o dos semanas y, aunque la estancia sea superior, normalmente nos limitaremos a recorrer, sin guía turístico, la zona en donde estamos desarrollando nuestro trabajo.

De entre los países que tuve la suerte de conocer con detalles que no son habituales, Bolivia está en el grupo de cabeza.

En Santa Cruz de la Sierra, mi anfitrión fue un emprendedor inteligente, extremadamente cordial y que, a sus muchas cualidades, unía un sentido del humor envidiable: Mariano Egüez. Ingeniero civil, era capitán de un grupo de empresas muy dinámico, con un equipo que transmitía ilusión.

Yo era entonces director de Proyectos y Estudios en FCC-Dragados Internacional de Servicios, y habíamos firmado un acuerdo para optar a la adjudicación de varios proyectos que estaban en marcha.

No se cómo se enteró de que, en una de mis estancias en Santa Cruz, yo cumplía cincuenta años. Sin decirme nada, cuando terminamos el trabajo del día, me llevó  a un terreno, iluminado con bombillas de colorines como para una kermesse, y me anunció que había preparado en mi honor un espectáculo. Advertí que estaban allí las varias decenas de empleados de su grupo, y que, en uno de los laterales, se habían dispuesto vituallas y bebidas.

Mi asombro subió de nivel cuando vi aparecer a un grupo musical, capitaneado por una señorita, algo ligera de ropa (aunque sin traspasar los límites de la decencia), que, micrófono en mano, me dedicó desde una tarima varias canciones.

Después, el anfitrión hizo un panegírico descomunal de mis virtudes -en su mayor parte, inventadas- y, finalmente, reclamando un aplauso, me invitó a cantar alguna canción española.

Tengo muchos vacíos en mi formación, pero el más notable es la ausencia del menor sentido musical. Cuando me vi con el micrófono en la mano y toda aquella gente expectante, comprendí, por unos instantes, que iba a protagonizar el ridículo más espantoso de mi vida.

Por fortuna, tuve una revelación. Me acordé del cuento de Andersen del mozo del martillo y, complaciéndome en los detalles del relato, ante un público entregado, quiero creer que salí del trámite, porque aquella gente educada y gentil, me felicitó y, como estaba previsto, todos nos entregamos a las libaciones y al manduque, hasta que el material se acabó.

Fue en otro viaje, algo más adelante, cuando Sergio Antelo, que había sido alcalde de Santa Cruz y era un notable arquitecto, me invitó a conocer a su familia y su casa. Era buen amigo de Mariano, que me apuntó que “también era pintor”, por lo que le parecía una buena idea hacer una especie de competición entre ambos, mientras tomábamos un aperitivo de vino español y jamón, de los que mi socio siempre tenía acopios.

“-No traje pinturas, ni pinceles, ni tengo lienzo”, me defendí, para hacerlo desistir.

“-Sin problemas. Ya encargué a un propio que los comprara en el bazar. Los llevará a casa de Sergio”.

Sergio Antelo es un magnífico pintor y, advertido por Mariano, cuando llegamos, tenía preparado el caballete, la paleta, un maletín con tubos de óleo de todos los matices imaginables y, por si hacía falta algún refuerzo, a su esposa e hija mayor como fervientes apoyos.

El propio de Mariano había llegado, en efecto, y había dejado una bolsa de plástico con un lienzo de tamaño liliputiense, dos pinceles de cerdas de plástico de los que se utilizan para trabajos manuales infantiles, y tres pequeños tubos de óleo, con los colores negro, blanco y rojo. Había también una nota: “Ez lo que pude encontrar”

A Sergio le dio un ataque de risa. “¿Vas a competir con éso? ¿Qué piensas pintar, la portada de Rojo y Negro?” …Fue una velada estupenda. La competición resultó muy igualada -la hija de Sergio trajo su maletín de pinturas al óleo- y , al final, agradecí que el tamaño el lienzo no fuera excesivo.  Pinté, animado también por aquel público cordial y divertido, un cuadro de paisaje y figuras, que improvisé con cierta desfachatez, y que regalé a Mariano Egüez.

Ya en Madrid, volví a pintar el mismo motivo, en un lienzo de mayor tamaño, y es uno de los cuadros que tego colgados en mi casa.


La primavera se nota en la actividad frenética de las aves buscando pareja con la que procrear. La foto representa a dos mirlos (el más oscuro, es el macho). Son aves territoriales, y en Madrid hay una notable densidad de estos pájaros, que se hacen notar al atardecer, sobre todo, con trinos bastante melódicos, con los que marcan su territorio.

Mi hijo David me contaba ayer que grabó con el móvil el canto de un tordo que estaba utilizando su terraza como escenario para mostrar sus virtudes y, cuando lo reprodujo, el propio autor del trino se acercaba, curioso, al aparato, con la intención, tal vez, de plantear una batalla por la zona. Contra sí mismo.

Cómico o ridículo (18)

A los animales, e incluso a las cosas, se los llega a coger cariño. Se de familiares y amigos que han llorado la pérdida de un perro o un gato con tanta intensidad y verosimilitud como si fuera de la familia (no me atrevo a poner el nivel más alto). La devoción a algunos objetos, que mantenemos durante décadas como recuerdo de quién sabe qué situaciones, es también conocida.

Reconozco, arrojándome la primera piedra, que soy incapaz de desprenderme, por ejemplo, de las decenas de libretas en las que, por inveterada costumbre, fui anotando durante años, apuntes de conferencias, conversaciones telefónicas, notas de las reuniones en las que participé.

Federico era un pollo. No recuerdo cuando apareció en nuestra vida familiar, en uno de los veranos que pasábamos en el pueblo. Supongo que habría sido adquirido junto a otras decenas de pollitos destinados a mejorar el sabor del arroz, cuando hubieran adquirido el tamaño suficiente para alcanzar la categoría de pollo tomatero.

La peculiaridad de Federico consistía en que acudía cuando lo llamábamos. No importa lo lejos que estuviéramos de lugar en donde sus compañeros engordaban ciegamente, a base de maíz, harina de trigo y gusanos que recogían del recinto de gallinero, si alguien gritaba: “¡Federico!”, al poco rato acudía presto, moviendo sus alas para impulsarse con aún mayor rapidez.

Para los niños de la casa, aquel pollo era un juguete especial, con el que hacíamos las inevitables pruebas de confirmación del fenómeno. Si estábamos en el jardín, y Federico se encontraba (porque así lo habíamos dispuesto) en la azotea, el animal, al instante de ser invocado, se lanzaba con arrojo propio del capitán Trueno desde lo alto, para venir al lado de quien lo hubiera llamado.

Ni qué decir tiene que el pollo sobrevivió a sus compañeros. Cuando tuvimos que volver a Oviedo, yo, como capitán de la patrulla que formaba junto a mis hermanos, di instrucciones precisas de cómo debería cuidarse, porque no tenía dudas que, al año siguiente, convertido en un gallo hecho y derecho, aquél ave singular estaría en condiciones de generar una estirpe de prodigiosa inteligencia (a nivel avícola, por supuesto).

En las cartas que dirigía puntualmente a mi abuela y tía, que habían quedado hasta comienzo del invierno en la casa de campo, me interesaba por el estado del pollo, y recibía tranquilizadora información de que progresaba adecuadamente. En mi imaginación infantil, hasta creía que, con el aumento del cerebro propio de la edad, Federico sería capaz de otras habilidades, a poco que se le enseñara.

Grande fue mi decepción cuando, a principios de diciembre, tuve ocasión de hacer una breve visita al pueblo. Federico no estaba. Después de una investigación en la que tuve que utilizar mis habilidades policíacas, se me reconoció que, el mismo día de nuestra marcha, Federico había corrido detrás del coche y había sido atropellado por un camión. Se me había ocultado la información, se me dijo, para no disgustarme. “Mejora hubiera sido haberlo echado a un arroz”, dijo el casero, manifestando su insensibilidad.

Así terminó la historia del único ave con inteligencia emocional que conocí. Las demás gallinas con las que me crucé en mi existencia me parecieron, sin excepción, estúpidas.

Por ejemplo, es proverbial la incapacidad que tienen las gallinas para esquivar los automóviles, al contrario, por ejemplo, que las urracas, los cernícalos, los cuervos y hasta los gorriones.

Un día en que volvíamos de Guitiriz, en donde había acompañado a mi padre a visitar una concesión de caolín que prometía hacernos millonarios -jamás se cumplieron, lamentablemente, sus predicciones-, ya al atardecer, avistamos, detenidas en la carretera, picoteando alegres, un grupo de perdices. Mi padre, que conducía -yo tendría doce años-, en un hábil movimiento de volante, consiguió atropellar a dos de ellas.

Cuando nos disponíamos, con emoción, a recoger la caza, apareció una señora con muy malas pulgas que nos afeó el que hubiéramos matado a dos de sus gallinas conduciendo tan temerariamente.

Después de una discusión, en la que venció, sobre todo, la vergüenza de la torpe apreciación que habíamos tenido sobre la naturaleza de los pollos, mi padre consintió en abonar unas pesetas por las fallecidas.

Con fingida dignidad, cuando la campesina le ofreció quedárselas, renunció a tal cosa, con un: “Que le aprovechen a Vd. señora, que a nosotros no nos gusta el pollo, que somos más de pescado”. Y seguimos, tan campantes, sin referirnos al incidente.


Hace unos años, alguien puso una mascarilla a la estatuilla de Arturo Soria, el insigne urbanista, que preside el viaducto sobre la avenida de América. “Menos mal que estoy muerto” rezaba el letrero que acompañaba al acto reivindicativo de una ciudad con atmósfera más limpia.

En Madrid gobierna desde va a hacer dos años la alcaldesa Manuela Carmena, que me da la impresión que ha adoptado un perfil más bajo que al inicio de su mandato. Hace unos días se terminó el plazo para que los madrileños votáramos si queríamos que la Gran Vía se peatonalizara y que el billete de transporte público fuera único, para autobús y para metropolitano.

Bien está mantener al personal entretenido. Hoy mismo, una algarabía de bocinazos colapsó la calle Arturo Soria. A golpe de claxon y griterío, acompañados de varias decenas de coches policiales, motoristas de la nacional y urbana, una respetable (en tamaño) caravana de coches y autobuses de las academias de conductores pedían, por lo que pude deducir, que se hicieran exámenes, ya.

Lo que ya no se es si a Arturo Soria, estatua, le colocaron algún cartel esta vez. Yo no pude sacar el coche del garaje y tampoco fui capaz de concentrarme en mi trabajo, por el ruido. Había quedado a comer con un amigo, y cuando fui a coger el metro, resulta que no había servicio, al menos durante media hora, según anunciaba la megafonía. Las opiniones entre los que esperaban en vano, se repartían entre los que creían que era debido a la huelga de conductores y los que argumentaban que alguien se había arrojado a las vías.

Salí de la estación y fui andando.

 

 

Cómico o ridículo (16)

Los años de residencia en Düsseldorf fueron para toda la familia, muy especiales. Recién cumplidos los treinta años, tenía ante mí una oportunidad profesional excepcional. El sueño de recuperación del mercado siderúrgico español se desvelaba como un espejismo y Ensidesa tuvo que potenciar la venta de algunos productos en los países más industrializados, creando empresas locales.  El mercado alemán (y, en general, el de toda la antigua Eurofer) era muy atractivo en precios, si bien los países terceros, como era el caso de España, estaban sometidos a cuotas máximas anuales de importación.

De resultas de aquellos cinco años de paso por Alemania, volvimos con dos hijos bilingües, una familia puesta a prueba y con los laureles del éxito de haber reforzado nuestra unión y, a mi particularmente, me aportó algunas plumas rotas y un dossier de abultada experiencia. Entre 1979 y 1984 hubo sucesos importantes en España y observarlos, y juzgarlos, desde la plataforma emocional y económica del núcleo duro de Europa, perfeccionó la base argumental con la que he construido mi posición ante la vida.

Recuerdo muy bien cuando el 23 de febrero de 1981, más o menos sobre las seis y media de la tarde, recibí la llamada de Evelio Mañas, director de personal de Ensidesa. “Ha habido un golpe de Estado. El Congreso está ocupado por los militares. Tienes que recoger toda la documentación reservada de la oficina. Llévatela a un lugar seguro. Que no sea tu casa”,

¿Documentación reservada? No tenía la menor idea de qué tipo de información de la que manejábamos podría merecer tal calificativo, y Evelio no parecía dispuesto a dar muchas explicaciones. Capté, sin dificultades, que en el ambiente gravitaba la sospecha de que todas las comunicaciones estaban interferidas. España había caído, de nuevo, en el pozo profundo de su historia desdichada.

Llamé al cónsul de España en Düsseldorf, el asturiano Trelles, -un personaje con una humanidad fuera de lo común, al que estaré siempre agradecido por la manera como facilitó mi integración en el país- para obtener más detalles. Mientras me ponían con él, encendí una pequeña televisión que tenía en la oficina. Las cadenas alemanas estaban ya ofreciendo en directo el espectáculo lamentable. “Me acaban de decir desde España que ha habido un golpe de Estado. La televisión alemana está poniendo imágenes de guardias civiles en el Congreso. ¿Qué váis a hacer en el consulado?¿Qué instrucciones tenéis?”

Al otro lado, advertí un silencio denso. “Primera noticia. Llamo al embajador y te cuento”. Era evidente que el protocolo de reacción ante sucesos que afectaban a la seguridad no estaba aún desarrollado.

Mi esposa es rubia, tiene los ojos de un hermoso color verde azulado y la tez blanca. Parece nórdica, pero es asturiana de pura cepa, seguro que descendiente de aquellos suevos o alanos que invadieron la península y se establecieron por el occidente. No es tan extraño que se dirijan a ella en inglés, tomándola por extranjera.

Cuando fuimos a Alemania, ella no tenía la menor idea del alemán. (En verdad, yo había rellenado la casilla en donde se pedía identificar las preferencias de expatriación, con un claro: “Cualquier país de Europa menos Alemania”). Mucho más sociable que yo, enseguida se encontró, o la integró ella misma, con una colonia de más de una decena de mujeres españolas, con las que formó sólidas amistades.

Salvo una o dos excepciones, todas estaban casadas con extranjeros: alemanes, japoneses, ingleses, yugoslavos…Cuando nos reuníamos con cualquier pretexto, ellas se lo pasaban en grande verbalizando sus vivencias en la lengua propia y los maridos pugnábamos por encontrar un lenguaje común en el que intercambiar algunos mensajes. No eran las nuestras, en general, charlas para enorgullecerse, aunque, en honor a la verdad, también hice magníficos amigos.

Una vez en que teníamos invitados en casa y queríamos preparar un plato especial, María Jesús me condujo a la carnicería y, después de observar el género, me pidió que tradujera: “Dile que quiero una buena pieza de morcillo, pero que sea entera y, por lo menos, de un kilo”. Estaba buscando de lo profundo de mi vocabulario alemán la palabra más afín a morcillo (de la que aún hoy, dudo su significado real en la morfología vacuna), cuando la voz del carnicero, atento sin duda, a mi aspecto de turco atildado, con el bigote recortado que entonces lucía y mi pelo castaño oscuro ligeramente ondulado, interrumpió mis elucubraciones:

“Aber, mein Herrn! Lassen Sie ihren komischen Versuche (…)” En nuestra lengua: “Pero, hombre de Dios, deje de hacer pinitos con su alemán, y que su esposa me diga directamente lo que quiere, que no tengo toda la mañana para Vd.”


El cormorán moñudo (Phalacrocoax aristotelis), en invierno, y avistado a distancia, es difícil de distinguir del cormorán grande, que se ha hecho habitual entre nosotros. El moñudo es más pequeño y recibe su nombre porque, en verano, el adulto tiene una cresta muy aparente.

Los cormoranes se alimentan sobre todo de peces, que engullen enteros -algunos, de un tamaño considerable en relación a lo que podría suponerse más acorde para el buche del ave-. Son capaces de aguantar sumergidos durante algo más de un minuto, nadando con gran rapidez, por lo que pocos peces se escapan a su voracidad. A su presencia creciente en los ríos del Norte de España, siempre al acecho de alguna posible presa, se atribuye la reducción de la pesca, siendo acusados como uno de los depredadores dañinos para esta afición deportiva.

Después de las inmersiones, abren las alas en una posición característica, exponiéndolas al sol, para que se sequen,

Hace unos días leí que el cormorán pigmeo ha vuelto a España, en donde había desaparecido en la Edad Media. En el delta del río Danubio está localizada una de las colonias más numerosas de este ave. De allí provendrán, supongo, los ejemplares avistados aquí.

Cómico o ridículo (12)

Hace unos días, en una agradable cena de despedida de una de las Comisiones a las que me ha llevado, hasta ahora, mi ajetreada voluntad de ser miembro permanente de mi propia ONG, invité a los asistentes, con la intención de dar un contenido informal a la sobremesa, a contar alguna anécdota en la que creyeran haber hecho el ridículo o hubieran sido protagonistas de una circunstancia cómica.

Para animar la exposición, me referí a dos peculiares momentos de mi vida, relacionados con el nacimiento de mis dos hijos.

Cuando mi esposa estaba a término del primer embarazo, la pareja de primerizos vivíamos aquellos días con la lógica ilusión, aunque también con temor a no hacer las cosas bien. Habíamos acopiado una colección de libros sobre el particular, desde “Mi hijo”, el clásico del Dr. Spock, hasta “Vida sexual”, firmado por el Dr. López-Ibor (y que bastante más tarde,  la periodista Lidia Falcón se declararía como autora real del mismo, junto a su pareja entonces, el admirable Eliseo Bayo). Después de la celebración del año nuevo, María Jesús había tomado una copa de champán (sería cava) y mi padre había enunciado dogmáticamente que, dadas las virtudes atribuibles a ese vino, el parto habría de ser inminente.

La noche del uno de enero siguiente fue realmente movida. Mi esposa no pegó ojo y yo, que tenía que trabajar al día siguiente por el futuro de España, tampoco. Me disponía a tomar el coche para encaminarme hacia Avilés, por la tortuosa carretera de la Miranda, pero, antes de partir, con todos los libros técnicos sobre parto, abiertos sobre la mesita, y el reloj en la mano, contaba los intervalos entre contracciones.

-“Llama a la comadrona”, me apremiaba María Jesús, “y pregunta qué hay que hacer”

-“No creo que estés de parto”, le replicaba.”Aquí dice que las primerizas tenéis sensaciones de parto falsas”.

Finalmente, fui compelido a coger el teléfono y con aire doctoral, expliqué a la persona que contestó la llamada: “Mi esposa tiene contracciones cada veinte minutos, pero aquí el libro dice que…” La voz me interrumpió: “¡Deje el libro y venga inmediatamente! ¡Su esposa está de parto avanzado y si no rompió aguas lo hará en cualquier momento!”

A las dos de la tarde nacía David, un robusto bebé de más de cuatro kilos de peso.

El nacimiento de nuestro segundo hijo fue muy diferente. Habían transcurrido tres años y medio y la obstetricia había avanzado descomunalmente, incluso en ciudades de provincias. Como el nasciturus, según el cálculo docto del Dr. X, estaba a término, y parecía coincidir la fecha del parto con mi cumpleaños, mi esposa y su asesor y cuidador médico decidieron hacerme el regalo mejor del mundo: el nacimiento de un hijo el día 5 de julio.

En la muy avanzada clínica, hoy Fundación Gustavo Bueno, antes Casa de la Cultura, llamada Sanatorio Miñor, mi mujer fue sometida a una epidural para provocarle un parto programado de máxima comodidad. Fue terrible. En la madrugada del día 6, después de horas de lucha, con mi mujer agotada, nació Miguel, con poco más de siete meses de gestación, y con un peso ligeramente superior a los dos kilos.

Serían las dos de la madrugada, cuando el médico de guardia me llamó: “No me puedo hacer cargo de este niño. Está muy débil y aquí no tenemos incubadoras. He llamado al Hospital General para que lo atiendan. Tienes que llevarlo tú, porque aquí no hay ambulancias”.

Envolvieron al niño en varias mantas, y, con él en los asientos traseros del vetusto R-12 que tenía entonces, debí hacer el camino más rápido posible hasta el Hospital público. En Maternidad me esperaban varias enfermeras.

Acababan de enchufar la incubadora y aún no había alcanzado la temperatura requerida. Así que, por turnos, aquellas náyades de uniforme,  se abrieron la blusa y calentaron a Miguel.

Esta historia la cuento de vez en cuando a mis hijos y nueras, y no se la creen. “Es un invento tuyo”, siguen diciendo. Pero es rigurosamente cierta.

Como que dejé al recién nacido en la incubadora -daba grima verlo, tan mínimo, con la vía conectada a la cabecita pelada- y volví a ver a María Jesús. Con tono débil, me preguntó: “¿Cómo está el pequeñín?” La tranquilicé de la mejor manera que se me ocurrió: “Te aseguro que está en muy buenas manos. Y que no me parece que ningún recién nacido haya tenido tantas emociones en el primer día de su vida”


Si el lector tiene ocasión y dispone de la opción de un jardín comunitario, no deje de aprovechar ambos con un comedero para pájaros. Vendrán, sobre todo, gorriones. Pero no únicamente. En mis dispensadores de Madrid, he podido fotografiar, además, picogordos, currucas, mosquiteros, pico picapinos, tórtolas, mirlos, lavanderas, agateadores, herrerillos, carboneros…

En esta foto, tres gorriones parecen alinearse, en una cola simbólica, para tomar alimento del comedero. He presenciado peleas familiares intensas, e incluso, como ya he podido publicar en este mismo blog, entre especies diferentes. El espectáculo, según la hora del día, me proporciona tanta diversión y esparcimiento, que he tenido que limitar el horario en el que me asomo a esa ventana de la naturaleza paseriforme, en la que no dejo de encontrar similitudes y modelos para el comportamiento de nuestra especie.

 

 

Cómico o ridículo (11)

Hubo un tiempo en que la escasez llamaba frecuentemente a nuestras puertas, solicitando al ingenio. Los niños españoles de la postguerra no disponíamos de muchos juguetes, y los Reyes Magos se habían hecho tan pobres como nuestros padres, pero sabíamos también lo que era la felicidad. Acomodarse a lo que se tiene a disposición.

En el colegio Auseva de Oviedo, el patio de duro cemento en el que nos alineábamos para cantar Prietas las filas, el  Cara al sol o Corazones y manos de artistas, antes de entrar a las clases, servía como parque de recreo. Había, en un lateral, dos canastas de baloncesto, y, como la densidad de niños que disfrutábamos al mismo tiempo de los quince minutos de recreo era muy alta,  jugábamos los partidos compartiendo una cesta cada dos equipos. Eso sí, de composición reglamentaria: tantos como estuviéramos dispuestos a jugar, distribuidos en ambos equitativamente; si había resto, estaba claro que el pobre diablo que había sido el último en ser elegido, más que ventaja, resultaba un estorbo.

Era necesario atacar o defender, pues, según quién tuviera el balón, pero a la hora de encestar se precisaba apuntar siempre a la misma canasta. Incluso, algunos días, éramos tantos los aficionados al básket, que se formaban cuatro equipos por canasta, organizándose espectáculos de confusión inenarrables, que era comprensible acabasen, de cuando en vez, a bofetadas o amenazas de “luego te veo”, que se solían solventar en el Campo de San Francisco. Los que se batían eran inmediatamente rodeados por un coro de vociferantes muchachos, hasta que algún adulto actuaba de apaciguador momentáneo.

A mi me rompieron la nariz unos compis del curso superior al mío, en un episodio ridículo que tal vez me anime a contar en estos relatos mínimos.

La alta densidad de adictos al enceste, junto a mi carácter pacífico, fueron las razones principales por las que, cuando vi la luz de escape, derivé del baloncesto, a practicar el fútbol en los recreos, en la modalidad original, hoy desconocida, de mini-fultbito.

Había que ser rápidos para, una vez que el Hermano ordenaba el Rompan filas, ocupar uno de los espacios entre columnas junto a las letrinas. Las columnas de sostenimiento del edificio hacían de porterías, y disponer de una pelota de goma -dura como una piedra- era un tesoro.  Se podían organizar hasta diez partidos en aquella zona -cuatro muchachos en cada uno-, en la que la ausencia de líneas que señalizasen cada campo de juego, propiciaba momentos de confusión y tensión. Era todo muy emocionante.

Mientras la mayoría jugábamos (incluido el frontón, que el reducido patio se estiraba como de goma) algunos lanzaban petardos a los pies apuntando a la cabeza para resolver envidias, recelos o, sencillamente, bajar los humos a los primeros de la clase (hasta que se prohibió), y otros se acercaban a la Boalesa a comprar pan de higo, bolas de chicle o cigarrillos por unidades. Los más devotos utilizaban también el recreo para visitar la capilla, y como en épocas determinadas -el mes de las flores (mayo), la Inmaculada, el tránsito celestial del -entonces, aún- Beato Marcelino Champagnat y otras que no recuerdo-, había que apuntar las obras pías que los alumnos de cada clase realizábamos, los chavales entrábamos en una competición de carácter fundamentalmente metafísico.

Se apuntaban las visitas a la Capilla que había en un lateral y que, para elevar la puntuación, algunos entrábamos y salíamos varias veces en un solo recreo. El premio podría consistir en una bolsa de caramelos para toda la clase, además de la promesa de indulgencias que San Pedro debe tener contabilizadas donde corresponda.

Aparte del objetivo de elevar al fundador a la categoría de Santo, teníamos otros: la salvación de Rusia, la resolución favorable del misterio de Fátima (depositado en una carta custodiada por el Santo Pontífice y que se abriría cualquier día menos pensado), la conversión de los chinitos, la paz mundial, etc. En el día del Domund (2o de octubre), se nos distribuía a los niños unas huchas metálicas o de arcilla policromada, que portaban un candadito en la parte inferior y ofrecían una hendidura o raja en la superior, para que postulásemos, es decir, pidiéramos dinero a la familia y por las calles, para la conversión de los habitantes de los pueblos de Misiones, que estaban situados en algún lugar de Africa, fundamentalmente.

Yo hubiera preferido que el resultado de estas colectas fuera anónimo, porque no me apetecía andar moviendo el cántaro ante los peatones para que apoquinasen  (siendo lo más probable que me mandaran a freir vientos) , ni aún menos, solicitar a mi madre que me diese algunas monedas,  para que la exhibición de mi vergüenza o timidez no fuera tan evidente. Pero también aquí había una dura competición, y los resultados de las postulaciones se hacían públicos. Había campeones destacados, cuadros de honor y caramelos. Ganaba siempre un rapaz hasta que la tentación le llevó un año a quedarse con parte de la recaudación y le premiaron con un mal en conducta y el escarnio público. Ignoro cómo fue descubierto.

En lo que no me ganaba nadie era en despegar los sellos que se recolectaban a decenas de miles que, cuidadosamente agrupados, una vez secos, se metían en cajas que, al parecer, eran vendidos a ávidos coleccionistas. Pasé muchas horas de mi vida infantil mojando estampitas, despegándolas del papel de sobre al que estaban adheridas, dejándolas secar en papeles de periódico, separándolas por países y valores faciales, y agrupándolas en montoncitos de cien a los que ataba con una goma elástica. Todo ello servía para salvar a chinos, rusos y, con perdón, negritos, del infierno. Me lo tendrán en cuenta un día, espero.


Incorporo a este Comentario una instantánea de una alondra cojugada en vuelo. Tomada con las luces tenues aún de la madrugada, la foto carece de interés en sí misma; está hecha, además, a contraluz, es imprecisa y ni siquiera permite ver bien la característica diferencial de esta especie de alondras, la cresta notable de la cabeza, en comparación con la alondra común.

La iba siguiendo con cautela, atento a que mejorasen tanto mi posición como la luz. Estas aves tienen un vuelo corto y no son asustadizas, por lo que estaba cambiando el objetivo por otro de no tantos aumentos. De pronto, como una exhalación, un azor se lanzó sobre ella y en un santiamén, la arrebató de mi vista,

Así que esta foto es testimonio último de la vida de una inocente alondra que, tal vez, se estaba librando de mi, pero que ignoró o subestimó un peligro mayor. Para mi afición, fue una advertencia: debes estar siempre perfectamente preparado, en relación con lo que pretendes.