Explicar el mundo para politólogos

Pocos de los grandes científicos y pensadores que la Humanidad ha producido fueron personalidades engreídas, poseídas de su potencia intelectual. Y, de entre los que prefirieron no revestir sus logros de modestia, que es auxiliar de la virtud de la templanza, según Tomás de Aquino, no fueron pocos los que, pasado el tiempo, vieron sus teorías superadas por las pruebas de otros sabios que iban comiendo los altramuces del conocimiento que habían despreciado.

Tengo junto a mí un libro que aconsejaría a todo politólogo, especie surgida de los recovecos del saber y que ahora nos quiere dar lecciones en materias que entienden tenemos descuidadas. Está escrito por el premio Nobel de Física, Steven Weinberg y se titula “Explicar el mundo”. (Editorial Taurus, 2015), a cuya perspicacia y dotes para explicar de forma sencilla lo que sabe, se debe, entre otros, también el libro “Los tres primeros minutos del Universo”, que me leí de un tirón.

Weinberg justifica su propósito de “explicar el mundo”, como resultado de la decisión de “profundizar más, aprender más de una época anterior de la historia de la ciencia” y a que “como es natural en un profesor universitario, cada vez que quiero aprender algo me presento voluntario para impartir un curso sobre el tema”. No es la única joya que puede encontrarse ya en el Prólogo, y, al leer sus explicaciones, no pude menos de recordar a un científico más próximo a mi naturaleza, mi tío Juan Manuel F. Carrio, que no dudaba en dar clases de cualquier disciplina técnica (sic), (1) , aprendiendo en todas ellas hasta desmenuzar sus recovecos y siendo capaz de explicar la materia con meridiana claridad a los alumnos más exigentes.

Escribe Weinberg que dio a su libro el subtítulo de “El descubrimiento de la ciencia moderna”, con el que “también pretendía distanciarme de los pocos constructivistas sociales que quedan: los sociólogos, filósofos e historiadores que intentan explicar, no solo el proceso, sino incluso los resultados de la ciencia como productos de un entorno cultural específico.”

Como no quiero resumir el contenido del libro, porque sería un intento imperdonable de pretender evitar el disfrute total al posible lector, me salto dos centenares de sus páginas para tomar un par de frases del Epílogo: “A lo mejor se nos agotan los recursos intelectuales: quizá los humanos no seamos lo bastante inteligentes para comprender las leyes realmente fundamentales de la física. (…) Por ejemplo, aunque quizá lleguemos a comprender los procesos cerebrales responsables de la conciencia, resulta difícil entender cómo podremos describir alguna vez los sentimientos conscientes en términos físicos”.

Amigos politólogos: cuando leo algunas de vuestras petulantes declaraciones, por las que pretendéis convencernos de que domináis campos tan diversos como la sociología, la economía, el derecho o la ingeniería, no puedo menos de hacer la propuesta de que adoptéis la templanza de los que, sino más inteligentes, su sabiduría se ha visto laureada por Comités internacionales.

Algunos preferiríamos que reconociérais saber mucho menos, pero que os mostrárais honrosamente dispuestos a aprender junto a nosotros. Por supuesto, con transparencia, yendo unos cuantos pasos por delante, y con el esfuerzo y dedicación que corresponde entregar a quienes dedican su tiempo `¡vocacionalmente!- a mejorar lo que tenemos.

Por cierto, si algo no sabéis o no entendéis de cómo funciona el mundo, preguntad a los que venimos de la estepa. Encontraréis a unos cuantos que estaríamos dispuestos de buen grado a exponer nuestra experiencia sobre las dificultades de “alcanzar una teoría física fundamental” (últimas palabras del “Epílogo: La gran reducción” , del libro de Steven Weinberg (2)

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(1) Desde Cursos de Náutica a futuros patrones de pesca, hasta Electrónica, Ampliación de Cálculo o Resistencia de Materiales para ingenieros, o Mecánica de Fluidos para médicos urólogos, por ejemplo.

2) El libro tiene 424 páginas, pero desde la 279 son Notas técnicas y Bibliografía y, por tanto, su lectura tal vez podría obviarse sin desdoro. Más imperdonable se me haría no llamar la atención sobre los versos del poeta metafísico John Donne, que Weinberg recoge a modo de advocación, y que retomo en su versión original (A lecture about the shadow: “These three hours that we have spent,/Walking here, two shadows went/ Along with us, which we ourselves produc’d./But, now the sun is just above our head,/ We do those shadows tread,/And to brave clearness all things are reduc’d.”).

La traducción de Damià Olau, excelente por lo demás, no me convence mucho para estos concretos versos, pero la recojo aquí para quienes no dominen el inglés poético: “En estas tres horas que hemos pasado/caminando, dos sombras nos han acompañado,/que nosotros mismos producimos;/ pero ahora que el Sol ha ascendido,/estas dos sombras pisamos/ y a la espléndida claridad todo se ha reducido. (Disertación sobre la sombra)”

 

El 23 F de 1981 en la desmemoria

Cada 23 de febrero, desde el año 1981, en que la democracia entró en la Historia reciente de nuestro país por la puerta del miedo a una nueva dictadura militar, son muchos quienes rememoran el relato fáctico de aquellos momentos, que, a medida que el tiempo pasa, se ve adornado con nuevas plumas por quienes hubieran deseado tener un papel relevante en aquellos sucesos.

Como tengo escrito, padezco, como la inmensa mayoría de mis coetáneos, de una incapacidad insuperable para situarme, incluso como actor de reparto, entre quienes ocuparon las primeras líneas de los acontecimientos que señalaron la senda por la que ahora discurrimos.

Mi currículum como posible participante en esa historia colectiva al parecer tan relevante es nula: No corrí detrás (ni delante) de los grises en las algaradas callejeras del tardofranquismo; fui delegado en la escuela de Minas, pero como estudiante en la Facultad de Filosofía, aunque asistí a algunas Asambleas multitudinarias, lo hice en silencio, abandonando el recinto cuando los ánimos se encrespaban-; pasé por la Instrucción Premilitar Superior con el imprescindible aprovechamiento del tiempo que huía, y, como alférez, implanté un programa de aprendizaje de inglés entre los reclutas de mi sección, y escribí un libro.

Para ceñirme a lo que ahora quiero comentar, estaba en Alemania cuando el 23-F que cuenta y cuando, a la vista de lo que estaba viendo en la tele, me llamó una secretaria de Ensidesa para aconsejarme que pusiera a salvo los trastos de mi tufo a rojerío, me dio por llamar al cónsul de España, que recibió de esta manera extraordinaria la primera noticia de aquel intento de golpe de estado, del que nunca sabremos toda la verdad.

Leo estos días un articulo de Miguel Angel Aguilar, “23-F: el golpe y la falta de uniformidad” (Ahora, número 14), en el que glosa la elucubración de que el general Gutiérrez Mellado era el único cualificado, por su conocimiento del género, para descodificar la intención del grupo de gentes con variopintas uniformidades, que había entrado con las armas en la mano en el Congreso, y deducir de inmediato “el significado del desbarajuste indumentario y la debilidad que traslucía”.

No le quito razón, porque el general Gutiérrez está muerto y los que aún no lo están, no van a hablar de lo que ya no importa. Aunque, si me detengo en la indolencia con la que, 35 años después, asiste el pueblo a una negociación opaca entre partidos para recomponer, haciéndolo viable, un resultado electoral endemoniado y acordar un programa de gobierno que proporcione algo de estabilidad para avanzar, me pregunto qué podría descubrir un observador sagaz de las indumentarias de los políticos que están, aparentemente, discutiendo qué hacer con nuestro futuro colectivo.

Porque ignoro si podría aplicarse eso de que el “desbarajuste indumentario trasluce la debilidad de la intentona”, en este caso, de formar un gobierno estable. Y cuando miro los agujeros que provocan los disparos de salvas en la credibilidad del Congreso, echo de menos la perspicacia que Aguilar atribuye a Gutiérrez Mellado.

Nota: He escrito varias veces sobre el 23-F. Este enlace es uno de mis últimos Comentarios. http://angelmanuelarias.com/un-23-f-para-felipe/

La mano tendida del PSOE, en sus justos términos

He bajado de internet el “PROGRAMA PARA UN GOBIERNO PROGRESISTA Y REFORMISTA. PROPUESTA DEL PSOE”, fechado el 8 de febrero de 2016, con el que el presidenciable Pedro Sánchez trata de seducir a los partidos con los que debería pactar para poder ser investido Presidente. No va dirigido al PP, ya que desde las primeras páginas resulta claro que no cuenta con este partido, puesto que “la mayoría abrumadora de los ciudadanos ha dejado claro que (…) ha pasado el tiempo del Partido Popular” (sic) y “desde posiciones diferentes han coincidido en su deseo de no encomendar al PP la dirección de la vida colectiva en esta nueva legislativa.”

Podría escribir, a continuación, que me leí el Programa. Consciente de que no interesa a nadie mi opinión, ya que no estoy en la negociación -como tampoco lo está el lector que pudiera leerme-, me guardo la misma, aunque no sin decir que me parece inabordable. Y no porque me parezca mal -ya se sabe que el papel lo aguanta todo, y con mayor entidad desorientadora aún, internet-, y aún menos porque reniegue de mi devoción estructural por el socialismo democrático posibilista, sino porque le falta algo fundamental a un Programa de Gobierno: no existe la menor indicación acerca de los costes del mismo.

Si aparecen cifras en el Programa (pocas), son escasas. Sirven para anunciar medidas con las que “mejorar la cualificación” a 700.000 parados, mismo número que los que han abandonado los estudios (¿cifra mágica?) “sin titulación ESO y, por eso no trabajan”(!); la promesa de aumento de empleo público en 5.000 personas -¿para hacer qué?-; el “límite de pago en efectivo a 1.000 euros” y…poco más.

¿Más deuda, más impuestos, reclasificación de partidas presupuestarias, confianza en una recuperación milagrosa? Ignoro el tipo de santoral que maneja Sánchez y sus mentores y, en realidad, tampoco me importa. Lo urgente es que se empiecen a tomar medidas concretas y que estas surtan efecto, en la dirección en la que la mayoría ciudadana, lo haya explicitado o no al votar en las urnas el 20 D, desearía como objetivo principal al Programa: la disminución del paro y la generación de más actividad.

Por eso, para no caer en la trampa de un análisis crítico, he recurrido a lo más simple: copiar en formato Word el Programa y, con la ayuda del Buscador de términos, detectar el número de veces que se hace referencia a una raíz o palabra concreta. Después de todo, si en un escrito de 53 páginas con intenciones programáticas hay vocablos o expresiones que se repiten más que otras, tenemos ahí un reflejo de la intención subyacente, del esquema subliminal con el que se ha construido la propuesta y, naturalmente, de aquello que más preocupa al futurible partido de Gobierno.

Estos son mis resultados, que expongo, al mismo tiempo que invito al lector interesado (y, tal vez, desocupado) a que haga más exploraciones por su cuenta (indico, después de la palabra o raíz, el número de veces que se encuentra en el texto):

Administ 51; Amb 11; Audit 6; Autonom 10; beca 3; Bruselas 4; Cargo 17 (sobre todo, “cargo público”); Ciudadanos 25; Consumo 21; Control 22; Coste 8; Creación 20;  Crisis 11; Cultur 23; deb 71 (“deber”1 (de colaborar); Defensa 19; Derecho 58; Desahu 3; Difer 8; Economía 15 (“economía sumergida”, 4); Educa 17; Elector 17; Empleo 49; Empresa 65; Equilibrio 4;Equival 3;Europ 41; Gasto 16;Hombres y mujeres 9; mujeres 21; jóve 6; mayor 4; pension 7; Enseñ 0; Formación (31, “información 13); Iguald 33; Impuest 11; Incompat 5; Indust 6; ingr 16; Interés 19;  Investig 11; Justicia 5;Ley 94 (“Decreto-Ley” 4); Mayor 39; Minor 4; Minería 0; Modelo 14; Mund 4; Nuevo 54; Obligac 11;Paro 5; Partido Popular 3;Partido socialista 2;paternidad, 3;Patrimon 11; Precio 7; Préstamo 4;Presup 31;Programa 24;Poder 6 (“poder adquisitivo” 1, “poder judicial” 2); Proyecto 19;Recup 29; Reform 100; Relig 4;Responsab 13; Salar 15;sani 11; Sindic 3;Tecno 11;Terr 4; Trabajo 66; Universidad 7; Violencia de genero, 19; Vivienda 9.

De esta relación, que he transcrito por orden alfabético, se pueden deducir, sin duda, algunas conclusiones muy básicas:

  1. El enfoque mediático del Programa. El mayor énfasis sobre algunos términos pone de manifiesto que se ha concedido especial atención a temas de actualidad. Es el caso de la expresión “violencia de género”, cuestión a la que no niego importancia, pero no me parece que merezca tanta relevancia en un Programa de puntos básicos. A parecido nivel sitúo la raíz “incompat”, que refleja la preocupación -más política que otra cosa- por el ejercicio de la función de representante del pueblo y gestor de asuntos privados. Es más grave la escasa formación (vital y profesional) con la que muchos llegan a la política, lo que traslada a futuro la cuestión de qué harán cuando dejen de representarnos. La raíz “desahu”(cio), con 3 citas es una referencia más a lo inmediato. Tampoco se entiende bien que “Defensa” tenga 19 nominaciones (un guiño al general Rodríguez y a Podemos?). Bien está que se apoye la Cultura, pero citarla 23 veces, ¿no es un poco excesivo, en relación con otros términos?
  2. La enunciación de problemas graves sin profundizar en su solución. El tema de la reactivación, que implica la motivación y movilización de todos los agentes económicos -y no solo los demandantes de empleo- queda abierto. Hay 29 citas a la “Recup(eración”, 5, al Paro, y 15 a Economía,… pero solo 6 a Indust(ria), ninguna a Minería, se abomina explícitamente del Fracking, y se anuncia el cierre de las centrales nucleares a los 40 años de vida; etc. En general, como es habitual, por desgracia, en los Programas políticos al uso (de ingenuos iletrados), se menosprecia la técnica, la industria, y la referencia a las tecnologías es tímida, equívoca o falta de un elemento sustancial: decidir quién va a pagar por los programas, y tanto más cuanto más ambiciosos : (¿”materiales avanzados”? ¿”nuevo modelo de gobernanza”? ¿”creación de 200.000 nuevos puestos de trabajo” en la rehabilitación urbana? ¿”nuevo modelo de crecimiento”? ¿”nuevos competidores”? ¿De qué manual de buenas voluntades se han extraído a la carrera esos términos?)
  3. Se pone énfasis en el deseo de reforma, eso sí. 100 citas al vocablo la convierten en una de las palabras claves del Programa (24 veces citado) y se prevé una importancia legiferancia: 94 veces se utiliza la palabra Ley. La Justicia no preocupa tanto, en apariencia (5 nominaciones) y el “poder judicial” solo se cita dos veces. La sanidad sube 11 escaños, lo que no alcanza, por ejemplo, a la bio(logía), que no tiene sitio.
  4. El entorno internacional tiene una presencia limitada en el Programa. 41 citas a Europa y 4 a Bruselas, y 4 al mundo mundial (una, a EEUU, para referirse a él como modelo puntual de una de las medidas propuestas), las mismas veces que se refiere al “terrorismo” (2 veces con la categoría de “internacional”).
  5. Hay mucho más interés en resaltar los “derechos” -58 referencias- que los “deb(eres)” -1 sola vez, el “deber de colaborar”-, en tanto que la raíz “deb”, aplicada a “deberán” -de forma genérica- es hiperutilizada 71 veces. Los ing(resos) y los gast(os), quedan compensados a 16 puntos. La “formación” es una preocupación persistente, aunque no se traduce en “enseñanza” y no demasiado en “Universidad” (7), para lo que la necesitaríamos cambiar, ya que es, a un tiempo, generadora de paro juvenil distinguido y necesaria potenciadora de la creatividad aplicada. Y, aunque se hace una cita al “ingenio”, ninguna a los “ingenieros”, aunque la “tecno”(logía) está mejor representada (11 veces; 1, con la palabra con connotaciones casi mágicas, de “biotecnología”).

Así podría seguir haciendo análisis transversal, pero me entra sueño. Así que, termino aquí, deseando suerte a quienes están negociando, sea lo que fuere. La necesitamos todos…

Políticos, funcionarios y ciudadanos

La sociedad civil es, muy posiblemente, una entelequia formal. No es difícil asimilar, cuando se leen crónicas de sucesos y escritos aderezados de historias y políticas, a los civiles a sujetos/objetos pasivos, inermes, indolentes, anónimos. Son destino de actuaciones de otros, y aparecen no pocas veces como víctimas colaterales (casualties). Se les toma por masa homogénea, predecible, inmune al estímulo individual y, en todo caso, se consideran detectables sus vaivenes cuando se les somete a la servidumbre adicional de las encuestas y sus necesidades y deseos se jalonan, como marcas de clase en estadísticas.

Frente a ellos están las fuerzas vivas, los estamentos, los ejércitos y el aparato inescrutable del Estado  que actúa para ellos, pero sobre todo, por encima, sobre ellos, y, muy raras veces, con ellos.

Así que, demandando un esfuerzo de abstracción podríamos preguntar: ¿cuál es la esencia de la ciudadanía? ¿A quiénes se refieren con el término ciudadanos y sociedad civil los que la usan tan despreocupadamente, y oímos a diario?

Procedamos por exclusión, para acercarnos a un intento, ya que no de definición, al menos de los confines del asunto. Desplacemos con decisión a quienes, precisamente, por utilizar el término ciudadanos para enmarcar a terceros, ni se consideran de ese grupo, ni apetecen que se les confunda con sus miembros: hablo de funcionarios y, por supuesto, de políticos.

Como funcionarios, incluyo a todos cuantos ocupan un puesto laboral pagado total o parcialmente desde el Estado.

No importa si en calidad de militares, desde generales a soldados; desde magistrados a oficiales: a todos cuantos estén adscritos a los recovecos de las administraciones de justicia; vayan fuera (con respeto), médicos, enfermeros, ATSs, analistas, gerentes, celadores y, sin dudar, todo el personal con bata de los centros de salud públicos del Reino; eliminemos, cómo no, a catedráticos, profesores titulares y suplentes, conserjes, asociados, eméritos, becarios y a los que ocupen los escalones administrativos y subalternos de cualquier centro de enseñanzas públicas; sean caídos del panel, abogados del Estado, TACs, actuarios, inspectores, y, con ellos, a todo tipo de ocupantes, ya sea por oposición, designación digital o asignación provisional, de cuantos lugares sean previstos en el escalafón de las legal o reglamentariamente definidas estructuras de las Administraciones; incluyamos el personal de los servicios de aguas, saneamientos, residuos y depuraciones; de los transportes, tierra, mar y aire, si reciben la nómina del Estado o de contratas, apéense ; del censo grupal, no caben tampoco en este empeño, los directivos, titulados, y todo el personal contratado por empresas públicas, mixtas, y parapúblicas; y, en fin,  desclasifiquen de la cosa de la ciudadanía, a todos cuantos reciban, si no están ya comprendidos en alguno de los epígrafes anteriores, una parte de su salario, remuneración o prebenda del erario común o de los centros relacionados con él por cualesquiera de sus arabescos organizativos.

Vayamos, luego a desclasificar a los políticos. Más fácil está, pues no pocos se habrán caído antes. Pero, al grano. Habría que entender por tales, no solamente a los que ocupan posiciones -no importa si esporádicamente- en cualesquiera de los Parlamentos, Senados y Senadetes, Municipios, Diputaciones, Consejerías o Gobiernos de toda alcurnia y condición -desde los Ministerios hasta las Direcciones Generales y los asesores áulicos, ya hubieran accedido en virtud de carnet o afiliación, aún la imprecisa; saquemos del plantel, también, a cuantos reciban encargos retribuidos sobre actuaciones pasadas o futuras, regalos y dádivas más o menos sólidas, sean o no de marca, y, en especial, los que encubran compensaciones económicas por trabajos ya acabados o de los nunca empezados, y a no olvidar los que tengan expectativas  fundadas o infundadas de acabar recibiéndolas, y, si se cumplieron, bájense o retírense, aunque falten documentos y razones demostrables de que las hayan disfrutado.

Si quedaran aún gentes incólumes; de la batalla y purga, irredentas; vírgenes de oposición, limpios de maniobra o engaño; incumplidores tenaces de las condiciones que les habrían llevado a otra situación que no gustaban; orgullosos de su nulo poder; tibios para ascender, diligentes al bajar y ayudar; si hubiera algo remanente, ahí tendríamos, como aquella rosa de la creación siderúrgica que salió de la mano de Aranguren y que acabó llamándose Arcelor-Mittal, voilá, la sociedad civil.

Gentes inocuas, invisibles, oscuras: siervos de la gleba. No tienen nada que ver con políticos ni funcionarios, no esperan de unos y otros nada de particular (tal vez, disgustos), de lo que no saben no contestan, y prefieren no contestar de lo que saben, si no es a su debido tiempo. No comprenden de asuntos políticos y, cuando les toca con su mano de hierro la función pública, agachan, sumisos, la cabeza.

Lo que no quiere decir, que no sean ellos, sin embargo, los que sufren de las crisis, disfrutan de las migajas de la bonanza, reciben premios de lo que cae de la mesa, padecen disgustos, se someten aunque se muestren reacios, entregan su valor cuando las levas, y se esfuerzan en cumplir prescripciones, dictámenes, decisiones e incluso los caprichos que del otro mundo de la esencia vienen.

Si existieran, como yo me siento, más gentes pertenecientes a la sociedad civil, -que no representantes, pues la heterogeneidad excluye cualquier representación-, entenderán mi desconcierto.

Porque hétenos aquí llegados a un punto en que los políticos aparecen enzarzados, no en decidir cómo gobernar mejor la polis, sino en pavonearse entre sí acerca de lo bien que podrían hacer no se sabe qué y aún menos, cómo. Nos exhiben lo mucho que se valoran a sí mismos y quieren que los admiremos por ello.

Y vuelvo mi mirada hacia los funcionarios. Mientras la sociedad civil, esa formada por los que dependemos de nosotros mismos, los que, si no hemos conseguido en el día de hoy vender nuestra mercancía laboral no comeremos mañana, asistimos, con envidia, al hecho de que el aparato funcionarial sigue funcionando. Es buena cosa: sigue habiendo clases, asistencias médicas, multas, inspecciones fiscales, encausamientos, sentencias. Nadie marca a los funcionarios, desde arriba, el camino a seguir. El sistema tiene inercia, y actúa, no por las decisiones marcadas por los políticos, sino por la necesidad de otros, por la voluntad de unos, por conocimientos, perspicacias e intereses que no están dictados desde arriba.

Ya me gusta sentir ese aire en la cara. Se habla de corregir el rumbo, pero yo lo que creo es que hay que poner más dosis de realidad en la política. Si no saben descender a donde estamos los ciudadanos, si no saben qué dar o mandar a los funcionarios para que lo hagan mejor, renuncien los políticos a formar gobierno, olviden los resultados de las elecciones de diciembre de 2015, y dejen que se convoquen otras nuevas. Por favor, eso sí: Que no vuelvan a presentarse los mismos ni con los mismos programas -si es que hubo-, que a esos y a éstos ya los hemos votado.

Que vengan otros que utilicen la oportunidad de orientar y dirigir mejor el trabajo de los funcionarios, haciendo que el magma del que vive la sociedad civil se tranquilice, y el dinero y el trabajo dinamicen las ruedas, que se paran.

 

Negociadores a tiempo completo

El tablero político está enmadejado y no parece que haya quien lo desenmadeje, aunque el desenmadejador que lo desenmadeje, buen desenmadejador será.

Tengo en mi escritorio el libro “El arte de negociar”, escrito por Enrique de las Alas-Pumariño Miranda. Me lo regaló hace unos días su autor, y me lo leí de inmediato. Al principio, movido por la voluntad de ser cortés con un amigo; a las pocas páginas, empujado por el interés de su contenido. En sus 204 páginas, este Dr. Ingeniero Industrial, que acaba de cumplir los noventa años y está “como una rosa”, desarrolla, con orden, sabiduría y humor, una teoría teórico-empírica sobre cómo ha de desenvolverse “el negociador a tiempo completo” que es, también, el subtítulo del volumen, y del que tomo el titular para este Comentario.

Es sobre todo en su capítulo dedicado a las “estratagemas”, en donde el lector más ávido encontrará lo que Alas-Pumariño llama las “doce guindas que rematan la obra”, y que relatan historietas que reflejan otros tantos trucos que pueden utilizarse, o pueden ser detectados, en una negociación.

Desde las elecciones de diciembre, quizá sin saberlo, los representantes de los partidos políticos que han obtenido mejores resultados (es un decir), están utilizando unas cuantas de ese elenco. Quien, en mi opinión, lleva la palma con ventaja es el equipo de Podemos, seguido a considerable distancia por los portavoces del Partido Popular, incluido, por supuesto, el Presidente de Gobierno en prolongadas funciones, Rajoy.

Pablo Iglesias jr. ha introducido el señuelo de la cabra maloliente unas cuantas veces y se ha especializado en el uso del enredo de las cerezas; el PP no desprecia la treta de las caperuzas de paño y defiende la metamorfosis de la gallina de los huevos de oro. En las imperfectas negociaciones para decidir en dónde pretenden instalarse, el PSOE -tanto por boca de Pedro Sánchez como de la de Susana Díez, aclamada como la baronesa andaluza por demasiados de sus inspi-conspiradores- parece ensimismado en necesitar una habitación más para la casa, lo que corresponde al ardid del arquitecto.

Por supuesto, la estratagema de la Batalla de Fontenoy es el truco del almendruco preferido por Iñigo Errejón, y los partidos regionales que apoyan, con sus trajes folclóricos más o menos aderezados, a cada coalición ocasional, defienden a la perfección el subterfugio de la tortuga huidiza del denostado Aquiles.

En fin, debería animar al lector a leer el libro, lo que, desde luego, hago convencido. Pero, antes de despedirme por hoy, permítanme que haga una propuesta: me postulo como Presidente independiente del futuro gobierno, y animo a que todos los ciudadanos independientes, que deseamos que se forme de una vez un gobierno que acabe con esta pesadilla de indeterminaciones y juegos posturales, hagan lo mismo. Cuantos más, mejor.

Lo haría gratis y por poco tiempo: el justo para volver a poner en funcionamiento el reloj de la actividad del país. No tengo especiales conocimientos sobre la Administración pública -aunque me se la teoría-, pero no tienen por qué ser peores que los de todos los candidatos (excluido, tal vez, Rajoy); tengo buenas calificaciones académicas; he trabajado tanto para la empresa privada como para la pública y creo saber bien cómo se mueven los hilos, delante y detrás de bambalinas; etc.

Puede que algunos  lo interpreten como la artimaña del Caballo de Troya, y así es. Pero es que, en esta coyuntura de atasco hiper-maquiavélico, o cambiamos las Reglas de juego (sí, otra estratagema) o estaremos ensimismados con la reproducción de la farsa del halcón y la paloma -que escenifica estupendamente Albert Ribera-, maniobrando estúpidamente con el tiempo, mientras la necesidad nos come los pies y los negociadores se acabarían convirtiendo en elefantes en la cacharrería.

Que, obviamente, no es una de las doce estratagemas que relaciona Alas-Pumariño, sino la consecuencia indeseable de negociar sin rumbo ni concierto.

 

La voz del pueblo

En el concepto resbaladizo y sinuoso de democracia, hay un componente bastante perverso que aparece cuando se consulta al pueblo -es decir, a la generalidad que se supone resultará afectada por la decisión que se tome- qué es lo que opina sobre una cuestión concreta.

Claro está que, como no se va a entregar al personal al que se interroga un cuestionario completo con las diferentes opciones, ni mucho menos, se va a facilitar a cada individuo la posibilidad de expresar matices, condiciones o añadidos en unas hojas supletorias, la cuestión queda reducida a que diga sí, no, o nada (paleta en blanco o quedarse en casa) o  a que se deje convencer por la labia, el careto o el programa de quienes han decidido dedicarse, de por vida, o por una temporada, a manejar los dineros públicos.

En particular, si se trata de un asunto tan complejo (aunque no necesariamente el más delicado) como designar representantes de la población por una temporada larga, incluida la opción de que entre ellos nombren un Presidente de Gobierno que ordene los asuntos de la caja común, no dejará de sorprender al votante juicioso e independiente, la cantidad de opciones a las que entregar su voto.

El dicho popular indica que “si llueve como si hace calor, el culpable es el alcalde”. (1) Con mayor razón, si la economía va mal o regular, el culpable es el partido de Gobierno, y, en este caso, además, en España hemos tenido la fortuna de que el Jefe de Gobierno es un señor bastante mayor y al que, perdóneseme la osadía, no parece haberle dado natura el don de la labia jacarandosa.

Como tocaba convocar elecciones generales, el momento parecía oportuno para lograr una alternancia, que diese nuevos aires -no ventarrón- al paquebote en donde viajamos todos los españoles. Me gustaría haber subrayado “todos”, pero ahí lo dejo, porque no hay que menospreciar la sagacidad del lector.

Dicen que el pueblo, pues, habló. Y lo hizo con claridad tan sutil que no hay analista que se aclare, por más que se estrujen las meninges, se tracen líneas rojas o verdes por los portavoces de los partidos y se barajen al tuntún o de buena fe las combinaciones para formar gobierno, pues existen cuatro agrupaciones -de los cientos que se postularon- que andan más o menos igualadas y que, si se combinan dos a dos, no alcanzan mayoría simple para nombrar quien lo presida.

¿Tenemos un país ingobernable? En absoluto. Aunque la Historia tenga ejemplos de Estados que se fueron al garete por la ambición, insidia o dejación de sus mandatarios, no es ese el riesgo que corremos. Lo que nos ha pasado es que las opciones de los cuatro partidos que han salido como minivencedores de esta contienda electoral tienen cosas buenas y malas, según cómo se mire, pero ninguno ha conseguido seducir de manera convincente a algo más de la mitad de los votantes.

Porque, de eso se trata, cuando se pide al pueblo que elija: de elegir entre dos opciones, carne o pescado; de postre: arroz con leche o café solo. Y que una de ellas obtenga la mayoría -aunque sea por un pelo, o incluso, que lo sea de esa mínima manera-.

El país estaba ya adquiriendo la costumbre de escoger entre Derecha liberal o Socialdemocracia, que a mí me sigue pareciendo de lo más saludable. Aparecieron más opciones, de las que dos resultaron destacadas: Podemos (bajo el lema subterráneo de Cambiarlo todo de momento y Luego ya se verá) y Ciudadanos (con su eslogan de Somos capaces y sensatos y, además, separaremos la caja común de la propia).

Todas tienen su puntito, sobre el papel. Pero, como la inmensa mayoría no leerá papeles, el asunto de decidir se trasladó a los caretos y a la labia, con el resultado conocido. Lamentablemente, el Menú no permite combinar tantas opciones y, aunque las encarguemos a la mesa, lo que tendríamos garantizado es un empacho colectivo.

Por tanto, es preferible que no se alcancen acuerdos en esta ronda. Que se vuelvan a sus rediles, mediten los muñidores de cocina que les falta a cada una de las opciones para alcanzar la mayoría, y que se presenten con nuevos platos a la mesa. Porque si han de ir modificando las enjundias, las salsas y el porqué cuando estamos sentados, con el hambre que tenemos, presumo que no habrá Hoja de reclamaciones a la que dirigirnos con solvencia.

(1) Circulan múltiples variantes de esta imputación gratuita. Me gusta especialmente, ésta, en bable occidental: “Cuando llueve y fai aire, tola culpa tienla l’alcalde; cuando llueve y fai sol, tola culpa tienla el rexidor”.

 

On va? D’on ve Catalunya?

Hoy, 9 de enero de 2016, quienes desde Cataluña apoyan la separación de su territorio respecto al resto de España, en una actuación al margen de la Constitución y de las leyes, ven más cerca la consecución de esa independencia. En una operación en la que es imposible no ver la mano conductista del desprecio a las instituciones del Estado español, y a punto de terminar el plazo para votar el President de la Generalitat, se comunicó haberse logrado un pacto por el que el actual alcalde de Girona, Carles Puigdemont, obtendrá el número mínimo de apoyos para su investidura.

La comunicación puede que haya cogido por sorpresa a algunos, aunque desde que la CUP realizó una votación vinculante, cuyo resultado fue difundido el día 28 de diciembre (festividad de los Santos Inocentes), por la que 1515 compromisarios votaron a favor y un  número idéntico en contra, de apoyar al candidato Artur Mas, -de la estrambótica plataforma Junts Pel Sí-, todas las opciones quedaban abiertas.

Cuando Antonio Baños, portavoz de la agrupación tenida por antisistema, licenciado en ciencias exactas, y difusor radiofónico, con Toni Garrido, de los recovecos mágicos de las matemáticas, explicó el resultado, atribuyéndolo a que “la aritmética es diabólica”, las probabilidades y la estadística descendieron a las profundidades tenebrosas donde reina Plutón, que, con solo ponerse el casco que le regalaron las Cíclopes, tiene la facultad de hacerse invisible a su antojo.

No dudo, pues, que mañana, a las cinco de la tarde, con la atención del resto de España (aún) puesto sobre el Parlament, Puigdemont pasará a ser Honorable y Mas, mártir del independentismo. Y no faltará quién, recordando el brete en el que se vio metido Felipe IV, allá por 1640, y cuya resolución fue confiada al Conde Duque de Olivares, lamente, una vez más, que el valido hubiera mandado concentrar las fuerzas militares en defender Cataluña contra los franceses, en lugar de dedicarse a sofocar la revuelta portuguesa, con lo que ahora tendríamos una Iberia más homogénea y los catalanes estarían negociando la salida de Francia, apoyándose, cómo no, en la revuelta de los Segadores.

Como se me da mal llevar la ironía hacia el sarcasmo, me detengo ahí, para expresar que el movimiento de ficha de la extraña familia de independentistas catalanes, obliga a jugar más fuerte de lo que se había tal vez imaginado, en este lado del tablero (que, en realidad, debiera ser, el de la Banca, en sentido real y figurado). Me parece que lo que hay que poner sobre la mesa desde la acción constitucional es un pacto de Gobierno que reúna al PP, PSOE y Ciudadanos (y los demás que quieran unirse), con un programa concreto que suponga una reforma constitucional en plazo corto, que nos alivie, para siempre, o al menos, por un buen período, de estos furores separatistas que les dan a algunos políticos catalanes cuando creen llegada su oportunidad de ocupar un hueco en los libros de Historia.

Companys, lo tuvo, desde luego. Sin llegar a tanto sacrificio, convendría dejar a Mas un par de líneas y concentrarse en generar cuanto antes una alianza de interlocución fuerte con el Gobierno catalán, para enterarse de una vez, si van, o vienen. Que, por cierto, distinguir entre un verbo y otro es dificultad que, aunque suele endosarse a la capacidad de los gallegos para disimular por dónde andan, es genuinamente catalana. Aquellos que han tenido que desentrañar si un catalán nos invita a ir a su casa o vendrá a la nuestra, sabrán de lo que hablo.

 

 

Barajar y volver a repartir las cartas, pero…¿cuál es el juego?

La consolidación de la sospecha de que la fragmentación de las preferencias manifestadas en las elecciones generales y catalanas hace inviable la formación de un gobierno con las mínimas garantías de estabilidad, empuja hacia la convocatoria de unas nuevas elecciones.

Cuando escribo este Comentario, hay aún voces que defienden que es posible llegar a algún acuerdo, prendido con alfileres de voluntarismos esencialmente frágiles, para investir, respectivamente, a un Presidente de Gobierno y a un President de la Generalitat de Catalunya. Con parecida panoplia imaginativa que la que se utiliza para prever la evolución de la situación económica cuando se estanca la crisis, se especula sobre posibles coaliciones, incluso con cambio de candidatos presidenciables.

Así, según el color del comentarista, o los intereses de los portavoces de partido, los nombres de Rajoy y Sánchez iluminan la pirinola o Mas se desdibuja del panel como el gato de Chehshire y parecida sonrisa.

Me parece muy grave que, en esta pugna por reparto de un poder cuyos efectos para el ciudadano normal (el no politizado) se han convertido en una mera especulación, no se esté hablando de programas de gobierno, sino de melifluas líneas rojas.

¿Es importante, de veras, realizar un referéndum en Catalunya, para que se vuelva a votar acerca de su independencia? ¿Va a obtenerse un resultado que no signifique -además de la obvia creciente abstención, dimanante del desinterés galopante por la cuestión- sino que la sociedad está dividida, que es lo mismo que confusa?

¿Importa mucho, con serenidad, que creamos que la tenue (por imperceptible y frágil) recuperación de la economía que dice haber conseguido el Gobierno ahora en funciones, necesita, para eclosionar, más dosis del mismo placebo?

Estoy entre los que defienden que, tanto si han de convocarse -como parece- nuevas elecciones, como si no, lo que interesa es lo que van a hacer los gobiernos que se constituyan. Qué actuaciones concretas, con qué medios, a qué coste. Y, por supuesto, con qué cuentan -en personas, relaciones, ideas- para llevarlas a cabo.

Porque si solo se trata de barajar una y otra vez las cartas, sin cambiar ni rostros ni concretar los programas (no fantasías, por favor: acciones específicas, indicando cómo se van a llevar a cabo, con qué apoyos, y de dónde sacarán los dineros y las capacidades), será tiempo perdido. Peor aún: ahondaremos en la miseria, por mucho que nos la quieran revestir de fantasía.

Cómo crear empleo para los jóvenes (y es justo que protesten indignados los que no lo tienen, pero eso no mejorará si situación). Repartir mejor y de forma más eficiente las partidas de gasto público (y habrá que llamar a capítulo a los despilfarros autonómicos, regenerando economías de escala). Apoyar a las empresas más eficientes e impulsar la generación de otras nuevas en sectores estratégicos y de futuro (y, para eso, habrá que combinar sabiamente la economía de mercado con la de Estado); etc.

Me repito, lo sé. Lo preocupante es que no seamos muchos los que tenemos la sensación de clamar en el vacío.

 

¿Fue idóneo el mensaje de Navidad de Felipe VI en 2015?

Felipe VI cumplió con el trámite de su segundo mensaje navideño con una faena de aliño, sin arriesgar ni lucirse. No hubo pases apretados ni alardes vistosos, manteniendo la distancia en todo momento. Leyó con énfasis forzado las cuartillas que le habían preparado desde el partido aún en el Gobierno -dicen que con añadidos propios-, acompañando algunas de las frases con gestos repetitivos y bastante torpes, destinados a enfatizar los tibios contenidos.

Ha trascendido también que fue el propio monarca quien eligió el escenario para la representación -el salón del trono del Palacio Real, en la Plaza de Oriente de Madrid-. Sentado en un silloncete en medio del inmenso espacio, teniendo a su costado diestro los dos tronos barrocos que presiden la estancia, se pretendía expresar la conexión de la institución regia con la historia profunda de nuestro pueblo, y a esa referencia dedicó las primeras frases de su alocución.

El marco simbólico pudo parecer acertado para los asesores de Su Majestad, pero resultó más bien un impedimento. ¿Qué significado plebeyo cabe dar, desde esa tendencia republicana que va cobrando fuerza de vendaval, a la visión de un Jefe de Estado que ostenta un arcaico privilegio sanguíneo, implantado en una sala vacía, desprovisto de corona, símbolos y boato, pero también falto del parapeto funcional de una mesa de trabajo con papeles que revolver? Su visión producía sensación de soledad, incluso de desamparo; los amplios encuadres animaban al desapego y distanciamento: formal detachment, que diría, con Received Pronuntiation,  H.M. The Queen Elisabeth of England.

El contexto en el que se producía el mensaje tenía, además, otra vinculación con el pasado, que no debería pasar inadvertida. La Navidad es una festividad religiosa y, aunque se celebre a final de Año y tenga un arraigo familiar y social indiscutible en España y en otros países, a alguien avispado se le podía haber ocurrido llegado el momento de trasladar la alocución real al último día de 2015, apurando la sintonía con un Estado aconfesional y para mayor acercamiento a una población que, por su comportamiento, se ha vuelto hedonista, informalmente republicana y agnóstica.

Dejando a un lado la opinión sobre el marco escénico, ¿se desaprovechó la oportunidad de confeccionar un mensaje más directo e incisivo? Si pretendemos responder desde el espacio que la Constitución concede a la institución monárquica, no hubiera sido posible. El Rey no ha de intervenir en política, ya que representa al Estado y es una figura simbólica. Pero es que la política sí está afectando, y gravemente, a la institución. Hay más de 5 millones de españoles que están manifestando, a gritos, su voluntad republicana. Hay, al menos, dos millones de españoles que proclaman su deseo de separarse del Estado que Felipe VI representa.

Hubiera sido una excelente oportunidad para que el Rey manifestara la base humana de su entidad, y, apartando a un lado, con un par de frases bien urdidas, la sensiblería o el populismo, dejase aflorar su opinión sobre lo que está pasando, y expresara, sin florituras semánticas trasnochadas, su voluntad de ser un colaborador activo y eficiente, para ayudar a encontrar la solución al lío de intereses políticos en el que se ha metido el país.

Esto supondría expresar claramente que la forma de Estado no es un parte del problema, que la composición del Gobierno no es el qué sino el cómo de lo que corresponde hacer y que comparte la voluntad mayoritaria de concentrarse en las prioridades que mejorarán la convivencia de los españoles -crear más empleo y de calidad, eliminar las bolsas de pobreza, mejorar el reparto de riqueza y aumentar la generación de plusvalías colectivas, etc-.

Es decir, pudo colocarse por encima del rifirrafe en que se ha encallado la política, dejando al descubierto la línea central que nos garantiza mantenernos en convivencia y no en rebeldía ineficiente. No lo hizo. En consecuencia, mi respuesta a la pregunta que me planteaba en el titular sería: idóneo, desde luego, no fue.

La energía en los programas políticos de los partidos que optan a gobernar España (1)

La infatigable Yolanda Moratilla hizo de presentadora y entrevistadora de tres expertos en temas energéticos, que analizaron, el 2 de diciembre de 2015, y en un acto público en el seno del IIE, la parte energética de los programas de los cuatro partidos con más opciones de participar en el futuro Gobierno de España, en la combinación que resulte de las elecciones del próximo día 20: PP, PSOE, C’s (Ciudadanos) y Podemos.

Quienes hicieron tanto el trabajo previo como la presentación de las conclusiones, además de la catedrática de la Universidad Pontificia, fueron Isaac Alvarez (compañero de la ingeniería minera, directivo emérito de Repsol), Manuel Lozano (catedrático de Física Nuclear en Sevilla) y Victoriano Casajús (ex Director General de REE, presidente de Lysys Real).

Moratilla dilapidó aparentemente la parte misteriosa que pudiera tener el acto, al resumir, apoyándose en un par de transparencias,  los programas energéticos de los partidos, en los que se habían señalado con puntos rojos las propuestas técnicamente  irrealizables, y de amarillo, las inconsistencias detectadas en el propio programa electoral.

“Nucleares y fracking, no; renovables a tope”, era -concretó- el mensaje común de los tres partidos opositores, que, en el caso de Podemos, presentaba una curiosa singularidad: apoyaba el alcanzar el 100% de empleo de energía renovable en la Administración pública (realizable, aunque caro), y clausurar el ATC, además de cerrar de inmediato todas las centrales nucleares (elucubración patafísica, aunque el adjetivo lo pone este cronista por su cuenta) .

Pero advirtió también, que, si el menos dañado por los puntos rojos era el programa propuesto por el PP, lo era más por omisión de propuestas en temas que pudieran resultar conflictivos, quizá por la idea subyacente de que, siendo el actual partido de gobierno, lo que inferirá el elector es que habrá de mantenerse en la misma línea.

A preguntas concretas de la conductora del acto, los invitados fueron desarrollando sus comentarios críticos a los programas. Posteriormente, se admitieron intervenciones y comentarios desde el público, que resultaron en algún caso, polémicos, más por el tono que por el contenido. Lo que no hubo, y lo lamento, fue una propuesta técnica alternativa de lo que podría ser un programa energético óptimo. Al final de esta reseña realizo un esfuerzo petulante en esa dirección..

Casajús, que fue, quizá, el más comprometido en la rotundidad de los análisis, expresó que sería técnicamente imposible, desde el punto de vista de la seguridad de todo el sistema, introducir un porcentaje de energía renovable tal que se comprometiera la sincronicidad.

En lo esencial, se expresó así (aunque utilizo el entrecomillado, transcribo desde mis notas manuscritas).

“Por supuesto, las energías renovables son valiosas en múltiples órdenes y lo serán cada vez más. Pero su incorporación masiva en nuestro actual sistema eléctrico es inviable. Esto es así, porque el sistema de distribución de electricidad es síncrono, -de frecuencia constante-, y ante cualquier variación externa, tiende a autoregularse para mantener su sincronismo.  La incorporación de producciones asíncronas modifica el sistema, que las máquinas instaladas no son siempre capaces de compensar. La situación se convierte en especialmente grave cuando se compromete la falta de periodicidad y la predictibilidad de la generación eléctrica, al superar ese límite por la introducción masiva de energía eólica y solar, que, por su esencia, son asíncronas y, por tanto, perturbadoras de la estabilidad.

“La teoría electromagnética de Maxwell y Cía -explicó el actual presidente de Lyxys Real, para justificar su aseveración- no fue desarrollada a partir de la observación de la realidad, sino en base a experimentos de laboratorio, que sirvieron para concebir los actuales sistemas de suministro. Necesitamos en ellos, mantener la inercia y la capacidad generadora. Para conservar la inercia, son necesarias máquinas rodantes -turbinas, grupos diesel, máquinas de vapor, ciclos combinados, máquinas hidráulicas, etc.- , y si se introducen excesivos elementos que no satisfacen las condiciones de inercia, una parte del sistema, intentan corregir ese desequilibrio y si no fueran capaces de lograrlo, se provocará su desconexión automática”.

Y Casajús prosiguió, extendiéndose en la idea:

“Por su parte, las centrales nucleares son sistemas que proporcionan mucha capacidad de inercia para compensación; la central hidráulica es el elemento ideal -la tubería que comunica los rodetes tiene una reserva de energía importante-. Por el contrario, las centrales solares son sistemas estáticos puros… y, no podemos ignorar que las centrales termosolares no son más que centrales de gas… que se apoyan en el sol para conseguir la fuente de energía primaria.

“Si, en nuestro mix actual, cerráramos de golpe todas las centrales nucleares, el sistema español solo podría admitir un 40 a 50% de generadores asíncronos. Ni siquiera las centrales de ciclo combinado pueden estabilizar el sistema cuando cae la tensión y, por tanto, se altera la frecuencia: el compresor de cabecera baja la velocidad y se queda parado durante un intervalo; ya ha se ha dado ya el caso de un “blackout” (apagón total) cuando el subsistema de generación solo se disponía de centrales de ciclo combinado para alternar con aerogeneradores.”

Con esta concluyente aseveración, la promesa del PSOE de alcanzar el 70% de incorporación de energías renovables, la calificó, por tanto, de irrealizable, al menos, en un horizonte de una o dos décadas.

(continuará)