Halloween, el juego de la diversión con la muerte

El último día de octubre es el Jalouín, un pretexto para disfrazarse de zombi, vampiro o -como diría Sofía, una de mis nietas- de bruja mala. Es una fiesta divertida, en la que los niños se pintan ojeras, recortan ojos y bocas en calabazas para que reluzcan en la oscuridad los fulgores de las velas y reparten caramelos o gastan bromas a los mayores.

Por supuesto, quienes más disfrutan de este jolgorio colectivo son los adolescentes, siempre dispuestos a convertir cualquier pretexto en una aglomeración multitudinaria, en la que se canta, se baila, se bebe y se deja pasar el tiempo en la agradable compañía de amigos y, sobre todo, de desconocidos.

Los españoles tenemos fama de saber divertirnos, si bien nuestras raíces carpetocatólicas, siempre atentas a detectar el pecado en todo lo que hacíamos, han dotado a buena parte de las ocasiones en las que deberíamos de pasarlo bien de un trasfondo melancólico, adusto y trascendental. Tenemos una Semana Santa, un Corpus, una Sacramental, un Día de Difuntos,…casi todos los santos que veneramos son mártires, vírgenes y llevaron vidas aburridas.

Por eso, en los últimos tiempos, hemos demostrado una excepcional capacidad para incorporar fiestas ajenas a nuestro santoral despojándolas de cualquier significado, para convertirlas, pura y simplemente, en diversión. Halloween es, junto a las vacaciones de la Semana en la que celebramos la pasión de quien vino a darnos ejemplo de vida otorgándonos el espectáculo imaginero de una muerte llena de colorido, genuina demostración del travestismo ideológico.

Jalouín, es decir, Halloween, la transliteración de All Hallows’ Eve, es nuestro viejo Día de todos los santos, en el que las familias acudían a los cementerios para limpiar las tumbas de sus allegados difuntos, poner flores y rezar varios padrenuestros por su eterno descanso. Qué tiempos.

La prueba siria

No estoy entre los sorprendidos de que Bashar Al Assad esté obteniendo creciente apoyo entre la población siria. Es el resultado de la valoración pragmática, por parte de los ciudadano sirios de los resultados a que conduciría la victoria de una u otra de las facciones armadas que han puesto al país en la situación de guerra civil.

Una simplificación del conflicto nos llevaría, desde el análisis de las ideologías religiosas que se han decantado como parte del argumentario bélico, a pensar que se están enfrentando simpatizantes de Hezbolá (“El partido de Dios”), que apoya al régimen, con revolucionarios en los que Al Qaeda (“La base”) habría cobrado un papel relevante.

No es despreciable esta conclusión, pero habría que añadir que las llamadas potencias occidentales en este conflicto han tenido un papel no solo relevante, sido crucial. Se puede advertir, desde la actual perspectiva y conocimiento de los hechos, que el confuso itinerario de la posición internacional respecto al régimen de Al Assad, ha provocado esta polarización. Y ha dejado desvelado, en un estriptís deplorable, el juego de conveniencias en el que se desarrolla la combinación de una torpe estrategia geopolítica, con una diplomacia de medio pelo, dirigida por intereses económicos directos y, por tanto, rastreros, melting pot en el que se ha incorporado, como ingrediente aglutinador, la información preconcebida con la que se analiza desde occidente la realidad socioeconómica del mundo árabe, que se vincula, obstinadamente, con bases religiosas y anti-judías.

Pero no es así, al menos, para quienes nos acercamos al conocimiento del Islam sin prejuicios, y lo entendemos como una fórmula, religioso-política, de identidad para una amplia porción de la población mundial, que no se ha hecho ningún esfuerzo verdadero por integrar en el concepto, -abstracto, aunque dinámico- de desarrollo económico.

Siria es hoy, por ello, como lo fue a su nivel España en la guerra civil de 1936-1939, un escenario de prueba. de tanteo, entre los intereses económicos occidentales y una, aún imprecisa, propuesta de cambio de gestión de la realidad del mundo islámico.

Al Ashad es un personaje creado y apoyado por Estados Unidos y Europa, educado en los exquisitos modales del papel cartón que representaron una democracia ficticia, y que, de pronto, es abandonado por sus propios ideólogos, ilusionados de repente, (pero también, asustados), por las consecuencias de no estar aupados en la ingenuamente llamada primavera árabe, considerada un motor de cambio pacífico, con base popular, moderna e innovadora, y que llevaría, dirigida hábilmente desde dentro, a los países del norte de Africa a una hipotética democracia mejor, esto es, más acorde con la filosofía occidental del término.

No ha sido así, porque no podía ser así. Ha tardado en verse, pero se ha acabado percibiendo que en el levantamiento contra Al Assad no había exactamente deseos de mejora democrática, sino una maniobra rentabilizada desde el fervor revolcionario para poner un pie jihadista más sólido en esa zona de Africa, en un país que cuenta con grandes riquezas naturales, una población importante y una situación estratégica.

Que las dos partes del conflicto estén utilizando armas químicas, que ambos contendientes se comporten vulnerando derechos humanos, que los argumentos de los dirigentes de uno y otro bando sean similares, con acusaciones recíprocas y difundiendo parecidas ideas panfletarias, de odio y resistencia, es normal en toda guerra de intereses.

Ahora los representantes del Pentágono -esto es, la OTAN-, que jamás reconocerán que se han equivocado, hablan de la necesidad de resolver el conflicto con la aplicación de criterios políticos y económicos. Puede ser demasiado tarde, porque ya ha quedado puesta en evidencia una realidad: el mundo estará siempre abocado a separarse en dos bloques. Siria es una prueba.

Como lo fue, salvando ideologías y distancias, el comportamiento internacional con la España republicana en los albores de la Segunda Guerra mundial. Que ganase el gobierno legítimo entonces o una facción levantisca del Ejército no tenía que ver, como creían muchos combatientes civiles, -impulsados a participar en la contienda por sus convicciones religiosas o sus deseos de mejora económica en un determinado sistema político-, con la mejora para ellos de las condiciones de vida.

Tenía que ver con el control de la economía y la ambición de los grupos de poder por obtener más libertad para hacer lo que a ellos les convenía. La matanza de judíos por parte del gobierno nazi no fue importante para movilizar la oposición a Hitler (lo sería después, como argumento para condenar definitivamente al régimen).

Reducir el conflicto a contraposición de argumentos chiítas o sunitas, es una manera más de enmascarar los verdaderos intereses desde los que se contempla, desde las potencias occidentales, un conflicto que han consentido y, en gran medida, propiciado.

Procesiones y espectáculos

España hace décadas que dejó constitucionalmente de ser católica, aligerándose así del peso de la desgraciada connivencia de una parte del clero con la ignorancia sociológica. Como en otras materias, el estriptís fue tan completo que se arrancó algunos trozos de piel en el empeño.

Pero el agnosticismo oficial no impide que durante la llamada Semana Santa, en muchos pueblos se organicen procesiones, que cuentan con la presencia de representantes religiosos y políticos casi por un igual, cada uno ataviado con los atributos de su particular devoción, que exhiben como quien sabe aprovecharse de una oportunidad.

Las comitivas de encapirotados, secundando el paso de figuras de cartón piedra llevadas por esforzados porteadores, acompañados de damas enmantilladasy  tocadores de tambores y timbales, constituyen, sin duda, todo un espectáculo.

Debe reconocerse, sin embargo, que el objetivo originario del despliegue, que hay que confiar se mantenga para la mayor parte de quienes forman parte de las procesiones -la devoción ante el misterio del sacrificio divino como ejemplo para sus descarriadas criaturas-, ha quedado completamente desdibujado.

No hay más que fijarse en los centenares de curiosos, -en muchos pueblos, miles- que se agolpan en las aceras y balcones para contemplar el paso de los séquitos que se organizan en muchos pueblos de la España agnóstica, pertrechados de cámaras de fotos, y que lanzan una y otra vez luces de flash sobre encapuchados, imágenes y resto de fanfarrias.

Ahitos de espectáculo, esos infieles se irán después, tranquilamente, a quebrantar ayunos y abstinencias en torno a cochinillos o corderos asados o vulnerarán un  momento previsto para recogimiento y penitencia agrupándose, impíos, en discotecas y botellones en donde se entregarán a uno de los pecados más abominados por las leyes mosaicas.

No pretendo ridiculizar, sino señalar como hecho histórico, una decadencia. Las procesiones, como las corridas de toros, como lo fueron los lanzamientos de cabras desde los campanarios, las luchas falsas de moros y cristianos o las quemas falleras, forman el residuo de memorias colectivas de las que se ha perdido la referencia.

Los devotos resultan, en las costosas maniobras procesionales, rara avis. Como en los bautizos o en las bodas, los fotógrafos, -profesionales como aficionados-, no están en lo que se celebra, sino ocupados en dejar testimonio para un luego. Sin saberlo, quizás, se han convertido por ello en los protagonistas de la ceremonia global. Lo mismo que las pléyades de informantes que rodean al famoso, que persiguen, hostigándolos, a encausados, artistas, políticos, y que, con su presencia masiva, construyen su propio espectáculo.

Como España es hoy por hoy tierra de procesiones y espectáculos, propongo que se exprima aún más, la opción de aprovechar los rescoldos de nuestro pasado religioso. No solo por Semana Santa. Saquemos a pasear a los santos, a los penitentes, a los majos y siervas, con cada ocasión litúrgica. Si el pueblo llano no está por penetrar en las iglesias, que salgan a la calle. Y que, como motivo turístico, se declare todo el año momento procesional, temporada alta para gozar del espectáculo.

Boatos y beatos

La vistosa magnificencia de los actos ceremoniales vinculados tanto a la dimisión del Papa Benedicto XVI como a la posterior elección del Papa Francisco, con ese incalificable de otro modo que como estupendo espectáculo, ha puesto de manifiesto la importancia del boato.

No es imaginable que ese momento hubiera despertado la misma admiración, alcanzado su gran difusión y merecido tal expectante y florido análisis de silencios, paseos, humos, gestos, escarapelas, tocados e incluso pasiones, si no estuviera soportado por un cuidado juego de colores, correcta dirección escénica de los pausados ritmos, sapiencia estricta acerca de las liturgias precisas y seguro dominio de las fórmulas de locución y apoyos gestuales, tanto en la lengua muerta latina como en su hija viva, consagrada  como idioma universal por los pontífices de la fe católica, el italiano.

¿Suponer a un Papa elegido en un cónclave de remoto lugar, convocando a conjurados para cambiar el orden mundial, sin más auxilio que la fuerza de sus ejemplos y el apoyo de los fieles a la ética universal, portador él mismo de serias dudas sobre las verdades reveladas y de su papel como intemediario frente a los altos espíritus, crítico con el comportamiento licencioso de alguno de los suyos, amenazado por ellos,  y aún más perseguido por muchos de los jerifaltes terrenales debido a su implacable verbo?

No, claro. El boato es imprescindible. Sin boatos, no hay beatos. Y sin beatos, las farmacias espirituales deberían colocar el fatídico letrero de “no hay atutía”.(1)

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(1) “No hay atutía” (que revertió en el lenguaje popular, y así se utiliza hoy en día, como “no hay tu tía”, indicaba que en una farmacia se había agotado la atutía, un polvo utilizado como unguento básico en algunas pócimas para dolencias oculares.

Un Papa jesuita y argentino

Aunque Su Santidad el Papa Francisco  (Primero) haya hecho una gracia, el día de su elección (13 de marzo de 2013),  expresando que sus fratelli cardinali  fueron a buscarlo al fin del mundo, es más cierto que los designios del Espíritu Santo no se han apartado del más puro pragmatismo.

Hijo de italianos emigrados a Argentina, el cardenal Bergoglio es capaz de rezar el Padre nuestro y el Ave María en la lengua de  Bocaccio con acento romano y dirigirse a la multitud de fieles que lo aclamaba en la plaza vaticana sin usar una sola palabra de español. O sea, que por esa vía, se puede considerar un Papa de transición oceánica.

Es cierto, además, que la religiosidad de base cristiana ha ido deplazando su centro de gravedad hacia América, y la cosecha de vocaciones religiosas es hoy más fructífera al recogerse en terrenos que hace pocos siglos (ayer, como quien dice) eran de considerados tierra de misiones.

No coincido, sin embargo, con la torpe referencia al influjo que hubiera podido ejercer en los misterios celestiales el difunto Presidente Chávez en su designación, como expresó el presidente en funciones de la República Bolivariana de Venezuela,  Sr. Maduro, aferrado a un puesto que no se ha ganado aún y que cree apalancar a base de invocar herencias y legitimidades urbi et orbe.

La elección aprovecha, eso sí, la buena racha argentina, que hasta ahora se expresaba con rotundidad en la facilidad goleadora de Leo Messi, malabarista con el balón que despierta admiración mundial como sacerdote iniciático de esa religión transversal (por incluir a católicos, islamistas, animistas y hasta ateos), que es el fútbol. Y no debemos dudar, sin caer en la irreverencia, que si hay alguna posibilidad de que el más allá influya en este valle de crisis, habrá que admitir igualmente que los bienaventurados también disfrutarán de un buen espectáculo, mientras caminan por los caireles de la eternidad.

Pero lo que me resulta determinante, a la vista del nombre elegido por el nuevo Pontífice, es su voluntad de unificar, de una vez por todas, a los seguidores de San Ignacio de Loyola con los de San Francisco de Asís.

Que un jesuíta, por primera vez elevado a la silla de San Pedro, en lugar de decidir llamarse Ignacio -que parecería lo propio-, se decida por el creador de la congregación secularmente enfrentada con la suya, revela una mano tendida al fortalecedor deseo de tirar pelillos de pasadas rencillas a la mar atlántica, superando discrepancias pasadas sobre la mejor manera de evangelizar a los otrora indómitos indios, vistos, eso sí, como semejantes a los conquistadores.

No ha trascendido, pero posiblemente el Papa Francisco (Papa Paco para los tuentieros) descartó la tentación de llamarse Leo (León), para no suscitar malentendidos.

Me gusta, en fin, que la trayectoria como obispo del nuevo Papa haya tenido momentos estelares de defensa de los oprimidos, de los menos favorecidos, y que haya plantado cara valientemente a los Kirchner, una saga de descarriados que utilizan a las empresas españolas como saco de boxeo, olvidándose de que si Argentina está en el mapa no es gracias al fútbol, sino a que el lebrijano Juan Díaz de Solís, en 1516, abrió el camino a que los europeos consideraran aquel territorio apto para sus emigraciones.

Sedes vacantes

La silla de San Pedro en el Vaticano quedará libre en la tarde del 28 de febrero de este año singular, cuando S.S. El Papa Benedicto XVI se retire a Castelgandolfo, haciendo efectiva la dimisión que anunció hace un par de semanas. Y la iglesia católica quedará sin representante de Dios en la Tierra hasta que el Cónclave de los cardenales encuentre, por inspiración del Espíritu Santo, un sucesor.

Han sido muchas las conjeturas en torno a esta dimisión papal, construídas sin dar credibilidad a la razón expresada por el propio Pontífice: avanzada edad y falta de salud, imprescindible para llevar a buen término la encomienda de máximo director espiritual de los católicos,  que lleva aparejada otras obligaciones -más incómodas y cuyos fallos son de difícil ocultación, por ser terrenales-.

El Papa emérito se propone, al parecer, meditar y estudiar hasta el fin de sus días, enclaustrado en el convento de su retiro. Seguramente, concluirá un nuevo libro sobre la singular vida de Jesús -en este caso, sobre su madurez, ejemplo de vida adulta y apostolado- que dará mucho que hablar, entre fieles e infieles. En ese volumen, escrito con la finura del analista teológico que siempre dió muestras S.S. de llevar dentro , no faltará, siempre como hipótesis, algún comentario o análisis sobre las razones del descenso brutal de las vocaciones religiosas en Europa.

Según me han dicho, solo 500 seminaristas siguen los estudios para alcanzar el título hasta hace muy poco, prestigioso, de sacerdote en los centros de toda España. Nada que ver con los tiempos postguerreros de aquella España heroica, católica y grande, en la que, por ejemplo, solo en Comillas más de 3.000 jóvenes estudiaban los entresijos de la palabra de Dios, escudriñando su significado, junto a otras enseñanzas más de andar por casa, a la espera de alcanzar algún día el privilegio de la tonsura.

Las consecuencias de las escasas vocatios se pueden ver en casi todos los pueblos de este país que ha dejado oficialmente de ser católico, (e incluso, lo que ya es gravísimo, de apreciar lo ético). No hay servicios divinos más que quizá una vez al mes; un mismo sacerdote tiene que atender, obviamente a la trágala, seis o diez parroquias, repitiendo una y otra vez cada día los ritos y pláticas correspondientes ante un público mínimo, tantas veces compuesto de solo cuatro ancianas y un par de beatos de puchero.

Solo en los funerales -y en las fiestas patronales- se llenan las iglesias. Ante el cuerpo presente del vecino fallecido, el único mensaje que escuchan impávidos tantos incrédulos, mientras pasan frío y miran los desconchados abiertos en las paredes y el techo, es un recetario sobre la inmortalidad del alma, el episodio de Lázaro y esa teoría esotérica de la promesa de resurrección de la carne el día del Juicio final.

La ausencia de vocaciones patrias ha propiciado que los sacerdotes nativos se concentren en las grandes ciudades (1) y quienes ocupan hoy mayoritariamente las sedes vacantes parroquiales en los miles de pueblos mínimos de España, sean latinos. Sacerdotes hondureños, nicaragüenses, ecuatorianos, etc., que han cruzado el charco con su fe a cuestas y que, con sus acentos ceceantes y sus expresiones variopintas , hablan, en las iglesias que les han puesto en las manos, de dioses, vírgenes y deberes religiosos con tonos y modos que suenan a país de misiones y a película con tribu multicultural.

Porque estamos en tierra de misiones. Misiones imposibles. Elí, Elí, lama sabactani?

(1) Debo decir que estos curas citadinos no tienen garantizado vivir mejor que los de aldea. Conozco quienes malviven, ocultando como pueden su penuria y sometidos a un trabajo atroz, haciendo labores de ayuda social y consuelo síquico y físico, que les separan de otros de su misma carrera, éstos preocupados por problemas alejados de la realidad (y, si se me permite, también del espíritu)

Adónde vamos a parar

No lo planteo como pregunta -faltan los signos de interrogación en el título- aunque tampoco me jactaría de mantenerlo como respuesta. “Adónde vamos a parar” debe ser entendido entre señales de admiración, o más apropiadamente, de asombro y hasta menosprecio.

Me imagino que hacer de relator (con título o no en las Universidades de Ciencias de la Información, antes Periodismo) de lo que está pasando, con la cantidad de material disponible, debe ser una gozada. Cada tarde basta seleccionar cualquiera de las cerezas enmerdadas que la actualidad nos ha tirado en el cesto de la basura social, y los artículos glosando el suceso elegido, e incluso extrayendo posibles consecuencias a diestro y siniestro y rasgando algunas vestiduras para que se vean los trozos de carne ensangrentada, son cosa hecha. Como coser y cantar, pan con queso, miel sobre hojuelas.

Menos -o ninguna- atención merece la cuestión del posible final a todo esto. A la escala que nos importa más, que es la nacional, los que más presencia tienen en las calles señalan, camuflados entre la multitud absorta, dos puertas de salida: la República (no se bien dónde se tejen las banderas tricolores, pero debe ser negocio, porque cada día hay más, y doy por seguro que no van a faltar ni en la Feria de abril en Sevilla ni en las procesiones de Semana Santa, si este año no llueve) y la dimisión del gobierno del Partido Popular, enfangado en su incompetencia, no ya para dar la remontada al país (lo que se disculparía, dada la dificultad de la encomienda y la endeblez de los mimbres), sino en explicar con algo más que con balbuceos, desplantes y tonterías, las torpezas y pecados que se le van descubriendo a tropel en su trastienda ideológica, donde guardaban el pendón.

Puertas de salida no hay muchas, es cierto, y por ello, no faltan quienes se empeñan en estrellarse contra las paredes, dándose trompazos que les aturden la cabeza. Una pared muy sólida (para romperse en ella las narices) es la de acusar a los responsables del partido teóricamente contrario (ya no sé en qué) en haberlo hecho, hacerlo,y propornerse hacerlo muy mal, intenten lo que intenten. Pues allí van, una y otra vez, en soledad o en grupúsculos de amigos, los que comen y beben de la política, dando juego a los cómicos que han vuelto a salir de sus casitas y disfrutan imitándolos, porque dan risa con solo hacer lo mismo, pero en serio.

Aunque oficialmente (y en la práctica) España ha dejado de ser católica, se me ocurre que podíamos mirar a Roma para encontrar un posible modelo que nos ilumine sobre lo que convendría hacer en caso tan extremo. No me refiero a las elecciones generales italianas que han tenido lugar en estos días (y que ya ni siquiera nos sirven de referencia, pues estamos tan próximos en el codo a codo por llegar primeros al esperpento, que haría falta el fotofinish para dilucidar qué sociedad está más desencajada, si ellos o nosotros).

Me refiero al Vaticano y al procedimiento de elección de Papa.

La Iglesia católica, el mejor mecanismo ideado por el hombre (solo o en compañía de Dios) para combinar los negocios del espítritu y de la carne, ha ideado que los cardenales, cuando deben elegir sucesor al Papa difunto o dimitido, se reunirán en Cónclave y no saldrán del recinto vaticano hasta que no se pongan de acuerdo en quién ocupará la sede vacante.

La fórmula me parece excelente. Encerremos a los que plantean discrepancias sobre una medida y, hasta que no se pongan de acuerdo en lo que hay que hacer, que no salgan.

Así, al menos, no tendremos tanto ruido los que, sencillamente, deseamos trabajar tranquilos.

Caminos de perfección

 

La idea de la perfección ha caído en desuso, sepultada por la de la inmediatez, no exenta de su dosis de chabacanería. Perfeccionar supone un trabajo de afino, una tarea con sucesivas aproximaciones a lo que se desea obtener como resultado final, meta que, además, no siempre se alcanza, pero que sirve de orientación para avanzar.

Como nos encontramos en la Cuaresma, que es -para los cristianos- período de preparación para asumir el misterio del sacrificio de Dios hecho colega para darnos ejemplo de vida, me pareció una aceptable ocasión para dedicar unas líneas al objetivo de avanzar en la perfección, personal como colectiva. Supuesto, naturalmente, que sea una preocupación existente o que su análisis tenga interés potencial para el lector, que, en otro caso, seguro que hará un par de minutos que habrá pasado página, sin darme tiempo ni para despedirme.

Teresa de Jesús escribió un Camino de perfección para sus monjas carmelitas, al que consiguió dotar de carácter universal, con consejos muy prácticos para avanzar por los andurriales de la fe y, si se me permite lo que pudiera ser considerado frivolidad, también para andar por casa, entre pucheros místicos;  aunque algún perverso ha querido convertir ciertos pasajes en subliminales carnales devociones.

Poco que ver el teresiano y los otros senderos que se recorren desde la fe, con el Camino de perfección por el que Pío Baroja, a principios del siglo XX, hizo discurrir a su personaje Fernando Ossorio, cuyo mapa de carreteras particular le señalaba, con carácter exclusivo, las hosterías de la sensualidad y otros deleites de la naturaleza.

Acabo de enterarme que la muy activa Casa árabe de Madrid ofrece una introducción a la religión suní, que se cerrará con una actuación (pido perdón, por emplear esta palabra, a los seguidores de esta peculiar interpretación de los consejos de Mohammed para alcanzar la perfección) de algunos derviches giróvagos.

La primera vez que vi -por televisión- los giros de estos fieles, los asimilé a un espectáculo de variedades. Parecían vistosos remoquetes, artilugios seductores de varones engalanados para un baile menos público. Cuando, años después, con conocimientos someros, pero ya aclaratorios, de lo que significa el esfuerzo físico de “los que esperan a la puerta“, que consistía en encontrar, a base de esa danza-mediación, que llaman sema, la verdad interior, encontré analogías entre esas técnicas corporales que perseguían objetivos psíquicos, con  los procedimientos que, según filósofos tanto estoicos como epicúreos (unos por la apatía y otros por la ataraxia), desembocarían en la paz profunda. Un método que podía incluso relacionarse con el “noble camino óctuple” de los devotos budistas.

Mi ecléctico escepticismo no me ha permitido, hasta ahora, hallar una fórmula mágica que me asegure un camino de perfección interior. No me convencen, tampoco -incluso, aún menos-, las propuestas de perfección simultánea que encuentran aceptación gregaria, en mafias, sectas, partidos, y agrupaciones de toda índole que obligan a aceptar líderes y doctrinas sin posibilidad de discusión a sus fieles.

No estoy solo, sin embargo, si bien, no formamos grupo. Soy uno más de esos solitarios contemporáneos, que, empeñados en desbrozar el lío de zarzas, contradicciones, patrañas, obstáculos impuestos, no alcanzamos a ver, siquiera, dónde está, si lo hay, ese camino convincente que, aunque no lleve a la perfección, nos mejore a todos sin tapujos.

Cada grupo sigue con su cuento, en torno a giróvagos, iluminados, perversos, bien intencionados, tramposos, extasiados, aprovechados o drogados,  y forman en conjunto un espectáculo que puede resultar entretenido para quien lo observe desde fuera -¿hay alguien?-, pero me resulta aterrador cuando advierto que todos los que ocupamos el escenario acabamos, uno tras otro, los agrupados al igual que los independientes, desapareciendo sin dejar huellas duraderas, convertidos en tenues estelas con trazos imperfectos.

Por más que los vocingleros se empeñen en convencernos de que no será así, caminos marcados por intereses de facción, inútiles al resto. Aunque lo llamemos, en momentos de vanagloria, progreso. Porque, mientras no sea de todos los de fuera, los caminos hacia el hipotético mejor conocimiento del yo, nos aislan tanto más cuanto avanzamos.