Estrategias salvajes (3): Los dragones de Komodo quieren búfalo

Aprovechar las propias ventajas diferenciales para conseguir posicionarse mejor en el mercado, está en el adn básico de todo empresario. Los dragones de Komodo proporcionan un ejemplo eficiente de utilización de las cualidades naturales, y de la importancia de saber esperar para hacer que desarrollen sus efectos.

Los dragones de Komodo quieren búfalo

El llamado dragón de Komodo (Varanus komodoensis) es, en realidad, un lagarto. Puede alcanzar los tres metros de longitud y superar, en la edad adulta, los 130 kg de peso. Su corpulencia le obliga a tratar de cazar presas adecuadas a su talla, aunque, en realidad, es un animal frágil y poco dotado para las grandes aventuras: no es veloz como el tigre, ni tiene las fuertes mandíbulas de cocodrilo, así que debería estar condenado a alimentarse simplemente de la carroña abandonada por otros animales depredadores.

Durante mucho tiempo, se atribuyó al dragón de Komodo una capacidad peculiar: se sabía que su boca era un foco de bacterias infecciosas, y se extendió entre los estudiosos naturalistas la creencia de que, si conseguía morder a otro animal, en pocos días, el desgraciado fallecería de una septicemia incontrolable, es decir, una infección generalizada.

Pero resulta que no es así. Investigaciones más precisas han venido a probar que el varano de Komodo utiliza un complejo método de caza, centrado, no en las bacterias de las que es portador, sino en un veneno que inocula con el menor mordisco, y que, por contener un poderoso anticoagulante, causa en su presa una pérdida terrible de sangre, debilitándola hasta causarle la muerte.

Los dragones de Komodo, debido a su poca movilidad, tienen que apostarse en los lugares adecuados, por donde conocen que sus potenciales presas han de acudir. Un lugar por el que, más tarde o más temprano, todo animal de la zona deberá hacer su aparición, es allí donde haya agua. Otros animales depredadores también acostumbran a tener su puesto de caza en las cercanías de los abrevaderos naturales, aprovechando, además, que un animal agachado para beber pierde atención y es, por ello, más vulnerable.

Pero el de Komodo, aunque puede lanzar una rápida dentellada, no aguantaría el paso de una persecución en distancias incluso cortas. Tampoco puede saltar sobre su víctima potencial. Si, por un azar doblemente venturoso, consiguiera morder en la pata de, pongamos, un búfalo, que se hubiera acercado a beber en una charca en donde se encontrara al acecho, su presa habría escapado de inmediato a la carrera, y, aunque falleciera al cabo de un par de días, se encontraría a kilómetros de distancia, imposible, por tanto, de alcanzar por él.

Lo que hace el varano, para controlar ese riesgo, es actuar en grupo. Cuando uno de ellos consigue poner sus dientes venenosos en un búfalo -apetitosa pieza, por tamaño y carnes-, que se haya acercado a la charca que entre todos vigilan, ya sea para aliviarse del calor, beber, o, -si acaso ya estuviera enfermo-, buscar algo de tranquilidad, los demás acuden con la máxima presteza que le proporcionan sus patas de lagarto, y lo rodean, mordisqueándolo, por turnos, cuando se presenta oportunidad.

Deben tener mucho cuidado de no ser alcanzados por la cornamenta del búfalo, que puede causarles destrozos importantes. Pero si su labor de acoso y derribo tiene éxito, y el gran bóvido se ve en la imposibilidad de escapar, al advertir que una decena de dragones -o más- le tiene rodeado y a cada intento de huir le lanza una dentellada (minúscula, pero eficaz), solo será ya cuestión de paciencia.

Al cabo de dos o tres días, debilitado hasta la extenuación, dando tumbos por la pérdida de sangre y la infección, el búfalo se dejará caer definitivamente. Sin esperar a su muerte, los dragones le desgarrarán las entrañas y lo devorarán entre todos.

En el mundo empresarial, no es infrecuente observar estrategias basadas en las ventajas diferenciales. Todo el mundo sabe, seguramente desde antes de que Samuelson lo expresara de forma impecable, que la manera óptima de hacerse con una cuota de mercado -a escala de empresa como de región o país- es seleccionar aquellas fortalezas que permitan ofrecer algo con mejor cualificación que la mayoría: por tener recursos naturales adecuados en el territorio, disponer de una Universidad especializada en ciertos temas de investigación aplicadas y aplicables, por ofrecer mano de obra cualificada, (mejor si más barata), o por estar apoyada la implantación por subvenciones oficiales o inoficiales, cuando no con contar con terrenos o equipamientos a precios más ventajosos, incluso regalados.

En el caso del dragón de Komodo, debo hacer notar, que no ha habido, por su parte, cambio de estrategia. Lo que hubo fue diferente apreciación del método utilizado por él desde la perspectiva de quienes lo analizaban. Se creyó que el medio diferencial eran las bacterias y el efecto, la septicemia en la víctima, cuando lo relevante eran la inoculación de un medio anticoagulante, la cooperación en grupo, y la paciencia.

A veces me detengo a observar cómo se comportan los dragones humanos con los búfalos empresariales. Los búfalos son animales nobles, quizá con gran peso, herbívoros, un tanto inocentes, lo que se dice: buena gente. Han estado trabajando durante años, tal vez, por varias generaciones, para poner en pie un negocio, que está afincado en su zona, con prestigio.

De pronto, aparecen, como surgidos de la nada, unos cuantos tipos hambrientos, deseosos de hincar el diente en la parcela del buen búfalo. No lo atacan a la primera, porque no les merecerá la pena; tampoco se acercarán demasiado, para no recibir una cornada. Le darán un mordisquito por aquí, otro por allá, esperando que se debilite y se hunda, preso de las deudas.

¿Que el lector se ve en dificultades para encontrar ejemplos para aplicación de esta estrategia? Pues me parece que es la que utilizan los franquiciados en no pocos casos. Observe con atención cuando pasee por la ciudad, y se encontrará con que cada vez hay menos búfalos y más dragones de Komodo.

 

 

Cuento de otoño: Un hongo irresistible

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

“NO COMER. ESPECIE VENENOSA.”

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

Comer como comercio

Entre los animales, los más fuertes comen primero, especialmente, entre los carnívoros, que pasan por ser la sofisticación de la escala evolutiva. Los biólogos justifican, por ejemplo, que los leones desplacen a las hembras de su grey que acaban de cazar una pieza, para llevarse los más energéticos trozos de la víctima, porque han de estar fuertes para defender a su prole, aunque el peligro verdadero venga de otros machos.

Pero convertir una necesidad vital en manifestación de estatus, es una operación de cambalache que solo puede concebir y poner en práctica un ánimo perverso; esto es, un ser humano. No es invención moderna: se pierde en la penumbra de los siglos, si bien encuentra ejemplos gloriosos en los registros históricos recientes.

Reyes que comían (y defecaban) delante de sus súbditos -no me consta que esa práctica esté en uso actualmente-. Ventanales abiertos a la calle en donde se exhiben, en restaurantes en donde respirar ya cuesta una pasta, gentes que disfrutan no del comer, sino por ser vistos.

La complejidad de las actitudes relacionadas con el acto de comer merece un análisis riguroso y completo. No tengo información, ni ganas, ni capacidad para hacerlo. Voy a referirme especialmente a dos maneras muy diferentes de entender el circuito de preparación e ingesta de la comida en nuestras sociedades avanzadas. Acoto para sociólogos el estudio, por ejemplo, de las razones por las que unos cuantos millones de estómagos satisfechos dejan, sin remordimiento, padecer y hasta morir de hambre, a más de mil millones de congéneres, y sin ni siquiera poder esgrimir la excusa de que están lejos o de que no lo sabían.

Existe, por un lado, la combinación afectiva del cocinero familiar (suele ser una mujer) que se pasa más de la mitad de la mañana preparando platos cuya componente esencial es el cariño con el que han sido elaborados, y el grupo de comensales al que van destinados. El ingrediente aglutinador de ese conjunto de personas es la felicidad que ilumina al esforzado artífice (una mujer, casi siempre), que sabe interpretar incluso el slencio de quienes han consumido en poco más de quince minutos lo que a él (a ella) le llevó varias horas.

Y en el otro extremo, está el cocineroide, combinación de alumno de química recreativa e iluminador de estampitas, que se rodea de aparatos que congelan, oxicineran, emplastan, difuminan y hasta lapidan, productos de exóticos orígenes e indigestibles amenazas, para ponerlos sobre la mesa de un grupo de idiotas cuyo privilegio es tener las carteras bien pertrechadas de papelotes, que estarán deseando marcharse del lugar para cumplir el fin con el que llegaron, que es, a no dudar, poder contarlo.

El único ingrediente que encuentro como presunto aglutinador de ese segundo grupo, por más vueltas que le doy para ver si hay más asunto, es el comercio, la rentabilización de la picardía de los que cocinan en el mostrador de cambio en el que algunos están dispuestos a entregar mucho dinero para tener que comer lo que les digan, sabiendo garantizado que muy pocos pueden permitírselo.

Exhibición de poder de clase que proporciona un placer que no se encuentra en el estómago de los que engullen tales delicatesen, sino en su cerebro anabolizado con la estulticia, porque he sabido por algunos que han pasado por la experiencia (así dicen) que, después de haber pagado, para comer, han tenido que irse con su hambre a un sitio más acorde en el que conseguir saciarla.