Buen día, mi Cáncer

Los enfermos de cáncer y nuestros acompañantes sabemos que hoy, el 4 de febrero, es el Día Mundial del Cáncer. Tengo diagnosticado desde hace ya un año y medio un cáncer óseo metastásico, de origen prostático, que me está siendo tratado en el Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. La atención que estoy recibiendo en ese Centro, tanto por el equipo médico como por el auxiliar es impecable. Igualmente, no tengo sino elogios y agradecimiento para el personal del Hospital de Día Pedro Muguruza.

He recopilado como un documento único los Consejos para acompañantes y para enfermos de cáncer que publiqué, en este mismo blog. Creo que pueden ser útiles y, desde luego, agradecería su difusión.

Guia para acompañantes y para enfermos de cáncer

Querría, además, con esta ocasión, llamar la atención sobre el grave riesgo de deterioro súbito de la atención sanitaria en España. El esfuerzo de los facultativos, el derroche de empatía y dedicación personal no puede ocultar estos graves problemas, que, por lo que tengo contrastado, son comunes a toda la sanidad española.

Primero.- La gestión de los recursos sanitarios es débil, insuficiente y, en muchos aspectos, inexistente. Es especialmente grave en cuanto a la renovación del personal sanitario, y a la satisfacción de los derechos laborales de los empleados. Resulta patético, alarmante y descorazonador, saber que existen responsables médicos de departamentos hospitalarios que están contratados como interinos, o no se les reconocen sexenios, o incluso, tienen precarios contratos que se renuevan cada año. La situación es aún más grave a niveles auxiliares: conozco casos en los que el contrato que se les ofrece es mensual.

Segundo.- Los servicios de analítica, exploraciones radiológicas, tratamientos, etc., están gestionados, en abrumadora mayoría, por eficiente -incluso, eficientísimo- personal sanitario, pero que se encuentra en edad de jubilación o que ya la ha superado hace uno o más años. Su experiencia, conocimientos, simpatía y proximidad al paciente, son sustanciales. Sostienen la calidad asistencial más perceptible por el paciente. No existe, sin embargo, la dotación necesaria para su reemplazo (ya exigible legalmente), y, con plena consciencia del problema, pero sin que tengan interlocutores con capacidad de resolverlo, ven con preocupación que pasa el tiempo sin que se haya contratado a personal sustituto, al que pudieran trasladar su saber hacer, garantizando así la calidad en la continuidad de su servicio. Cuando un colega recibe, por fin, la baja laboral por jubilación, los que aún no la tienen o no alcanzaron la edad, ven aumentada, sin más, su carga de trabajo. No pueden ser sustituidos en igualdad por jóvenes de segundo o tercer año de las escuelas de enfermería, ni siquiera por recién egresados sin experiencia suficiente. Es imprescindible un programa serio de reemplazos. Los pacientes están sufriendo, y sufrirán aún más, las consecuencias. Los profesionales, también, porque se les confronta con situaciones de estrés evitables.

Tercero.- Los equipos físicos no son sometidos, con la regularidad exigible, a los programas de mantenimiento preventivo o paliativo adecuados y, algunos, están señaladamente obsoletos, deteriorados, o no se corresponden con la máxima calidad tecnológica del momento. En consecuencia, no siempre las exploraciones realizadas a los pacientes tienen la calidad requerida, se obtienen datos confusos o equivocados, algunas máquinas están colapsadas y otras esperan sine die la revisión que las vuelva a poner en uso.

Cuarto.- Existen salas en donde los pacientes a la espera del tratamiento se hacinan, en espacios manifiestamente insuficientes. Es una situación variable, según especialidades: algunas, en condiciones que no dudo en considerar tercermundistas, es decir, dramáticas, generadoras de tensiones y malestar, cuando no afectando a las necesidades de intimidad que exigen las exploraciones médicas. Aquí se detecta también, junto a la escasez de medios, la necesidad de coordinación. Cierto que se advierten esfuerzos (variables según las autonomías, pues no hay que olvidar que la atención sanitaria está transferida) para conseguir la informatización total de los servicios, de las citas, del control asistencial, de las operaciones, de los ingresos y estancias hospitalarias…pero falta una supervisión médica (reforzada por un equipo multidisciplinar con capacidad y experiencia), pragmática, inteligente, para evitar duplicidades, esperas, repetición de ensayos innecesaria; en fin, para coordinar recursos y alcanzar la  eficiencia óptima, relacionada con el máximo bienestar y la menor carga emocional de pacientes, acompañantes…y sanitarios.

Quinto.- Es necesario hacer referencia, en estas notas, a la investigación oncológica española, al tratamiento de la información disponible y a la coordinación de los centros hospitalarios y los de investigación. Se debe actuar, al menos, a nivel español, aunque sería deseable oficializar la relación con centros internacionales, confiada hoy a la inquietud e impulsos personales de los facultativos más concienciados de los efectos saludables de una buena coordinación sanitaria. La tremenda presión sobre los facultativos que están en contacto con los pacientes impide, o dificulta gravemente, el que puedan dedicar tiempo a la búsqueda de información, atender a su propia formación (en un sector que perfecciona métodos y tratamientos casi a diario), sin depender casi exclusivamente de las presiones o consejos de las farmacéuticas , y, aún peor, sin encontrar respuesta general a la exigencia de coordinar la investigación y centralizar y potenciar el sereno análisis de los millones de datos que se acumulan en los expedientes sanitarios. Cierto que tenemos figuras cualificadas y reconocidas, incluso mundialmente, pero me estoy refiriendo a la necesidad de impregnar todo el sistema sanitario, especialmente en lo oncológico, de un espíritu común, y hacerlo de manera oficial, reglada, no confiándola a los impulsos personales -originados por su deontología propia-, de los profesionales, que, por su naturaleza, serán de alcance limitado.

Me consta el esfuerzo que se está haciendo por parte de una mayoría del personal facultativo. No quiero, además, que se interprete que este mensaje de urgencia, implica -sensu contrario- ensalzar la atención privada respecto a la pública. En absoluto. Al contrario. Tenemos una sanidad pública excepcional, y, en general, mejor que la privada: en experiencia, cualificación, atención, medios, y dedicación facultativa al paciente.

Los centros hospitalarios, además, no son hoteles y lo que deben ofrecer es, ante todo, asistencia para la curación de enfermedades y dolencias, material quirúrgico, tratamientos avanzados, etc. Valoro, por supuesto, el que la habitación en donde tengo que tratarme o recuperarme de una intervención fuera individual y que mi cama (tal vez con el sistema elevador en malfuncionamiento) sea ubicada en una sala múltiple, separada de otras con mamparas o sábanas, que los servicios sanitarios estén inmaculadamente limpios a cualquier hora del día, que se encuentren libres de cucharachas y dípteros (y, de un elenco de bacterias patógenas), y me encanta, claro que funcionen los dispensadores de jabón y haya papel en ellos. Aplaudiría que los ascensores que me llevan a las plantas no se encuentren permanentemente colapsados, la siñaléctica sea actuaizadal y precisa y que las cabinas donde debo prepararme para la exploración no estén en los pasillos.

Pero eso no es tan importante como que el hospital donde me atienden de mis dolencias tenga un personal facultativo de primera línea y con equipos modernos e información totalmente actualizada. Al menos, cuidemos eso. Presionar para que la calidad asistencial sanitaria no se desplome es responsabilidad de todos, no solo de los pacientes; desde luego, no solo de los sanitarios.

Buen día del cáncer, amigos,

 

Recursos

Aprovechar los recursos que se tienen no es un consejo, sino una obviedad. Utilizarlos bien supone no despilfarrarlos, y administrar su empleo implica situar los que no se necesiten en este momento, invirtiéndolos en proyectos de futuro.

Especialmente, si por cualquier razón el panorama está habitado por las vacas flacas, los recursos disponibles no van a servir si los enterramos en el jardín, o dejamos que se vayan a Alemania. Porque no se hizo la luz para ponerla bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre toda la casa.

Es España tierra de pocos recursos minerales, y la mayoría de los que tenemos detectados, nos aparecen de forma dispersa, o han sido sobreexplotados.

El hierro y el carbón nos han dado más quebraderos de cabeza que impulsos al desarrollo, y siguen excavando, sobre todo el segundo, en nuestras preocupaciones colectivas, aunque ambos han propiciado algunas de las fortunas más fulgurantes de este país y de algún otro. Vivimos de cuando en cuando el fulgor de la recuperación del fuego de la franja pirítica, o de los yacimientos auríferos de la zona belmontina asturiana, o del gas natural, libre o enquistado, aunque todo lo que se diga en los papeles, hay que probarlo, lo que no siempre se deja.

Tenemos, en fin, piedras con valor ornamental, que han embellecido, sobre todo, casas centroeuropeas, y dejado algunas huellas difíciles de ocultar en paisajes muy hermosos, resultado visible que me gustaría atribuir, sin asomo de duda, solo a canteras piratas, como consuelo pírrico profesional.

Hay otros recursos mucho más importantes, en mi opinión, que no solo son renovables, sino que se pueden potenciar. Son los de los cerebros nacionales, a los que no solo hay que estimular, sino saber emplear allí donde puedan rendir mejor.

Y en eso, nuestra sociedad fracasa estrepitosamente. Ni aprovechamos la formación que hemos dado a los más jóvenes, ni sabemos seleccionar a los más diestros, ni estimulamos a los más creativos, ni apoyamos a los mejores, ni utilizamos la experiencia de los mayores, ni acertamos a juzgar sin filtros machistas la capacidad de las mujeres, ni premiamos a los más rentables. Ni siquiera somos capaces de apoyar a los que son apartados por haber destacado en la defensa de lo nuestro, admitiendo que el díscolo merece su castigo, y aplaudiendo al verdugo.

En el caso de los escasos recursos naturales, hay movimientos ecologistas -supongo que siempre bien intencionados, pero pocas veces bien informados de los problemas reales que tenemos que solventar- actúan de controladores de la hipotética avidez del capital, eterno fagocitador de paisajes. Puedo entender sus razones, aunque discuta de sus oportunidades.

En el caso de los recursos humanos, atribuyo la persistente incuria de nuestra sociedad a las fuerzas del mal. Como no creo en los demonios, y he visto cómo se las gastan, teniendo que sufrir en mis propias carnes algunas dentelladas, he puesto nombres y apellidos a muchos causantes de este despilfarro. No actúan por móviles ecológicos, quiá, sino como auténtica plaga depredadora de cualquier alternativa que amenace su injustificable posición dominante.

Todólogos sin fronteras

Estaba hojeando la revista Telva de abril de 2013, haciendo lo que supongo hacemos casi todos cuando una publicación de esta naturaleza cae en nuestras manos, que es “mirar los santos” (especialmente las de mozas que nos mueven impulsos pecadores), cuando me topé con una entrevista a Pedro Cavadas, el especialista en cirujía reconstructiva más famoso de España.

Tengo curiosidad persistente sobre este personaje al que tenía situado, sin conocerlo personalmente, a medio camino entre la pose y el morbo, en la tierra de nadie de los que han encontrado un hueco personal para vivir resolviendo complicaciones. Así que me devoré el juego de preguntas y respuestas, mientras sorbía el primer café de esta mañana.

Cavadas explica en la entrevista que se va dos veces al año a Kenia, en lo que considera sus “ejercicios espirituales”, y que allí “practicará la especialidad de la todología”. “Opero lo que sea. Allí soy su única oportunidad”.

Solo quienes hayan tenido que vérselas con un problema serio sin tiempo para analizarlo completamente, sin tener a quien acudir para consultar una opinión o echarle la culpa si el asunto falla, y sin los medios y el equipo humano del que uno dispone si está en su ambiente habitual, saben lo que es practicar la todología.

El todólogo Cavadas es miembro distinguido del Cuadro de Honor de los que, además de haberse especializado en una materia para convertirse en una referencia, no han olvidado que las raíces de la sabiduría están en la todología de cada ciencia; estar preparado para resolver el problema básico, conocer por qué se hacen las cosas.

Ser adicto a esa filosofía seguro que tiene aplicación tanto en Kenia como en Manises, el pueblo en donde tiene su Fundación de Cirujía Reconstructiva, una referencia médica mundial.

Un revulsivo, también, con todo mi respeto y admiración hacia Pedro Cavadas, para quienes creen que no hay otro medio de rentabilizar lo que se sabe que el dinero.

En vos confío

El “estallido” de varias botellas de oxígeno en la Clínica La Milagrosa de Madrid, en donde está hospitalizado el Rey Juan Carlos, convaleciente de una operación de hernia discal, ha desatado especulaciones sobre el origen de ese incidente, que causó al menos cinco heridos, y obligó a desalojar la unidad de cuidados intensivos.

Sucedió el 6 de marzo de 2013,a las 7h 45 min. Las crónicas del reino indican que innmediatamente, se desplazaron al sitio cinco dotaciones de bomberos, cuatro ambulancias del SAMUR, varios coches de policía, un hospital de campaña, se acordonaron las calles y aceras (la Clínica está situada en el centro de la ciudad), y se atendió a los afectados por las inhalaciones de humo y por las quemaduras de vapor.

No se más. La dirección del Hospital ha afirmado que, “se informará de las causas de incidente tan pronto se conozcan” y que “a partir del medio día el Hospital funciona normalmente”, sin que “en ningún momento la seguridad del Rey se ha visto amenazada“.

La mía, sí. El Rey y la mayor parte de sus súbditos podrán dormir tranquilos, pero yo no.

Vengo denunciando, desde hace varios años, ante los organismos llamados competentes, que la manipulación de gases licuados en los hospitales y clínicas de Madrid -y no solo en los centros hospitalarios y supongo que también en toda España, porque la desidia es mal de general propagación- no cumple con las medidas de seguridad. Lo hice incluso en los periódicos, enviando fotografías de irregularidades y, en un caso, de un accidente, que he tenido la ocasión de presenciar en directo.

Sin mucho éxito, aunque debo reconocer que, en algunos casos, se han reforzado los muros de contención ante eventuales implosiones o explosiones de gases, se han incorporado carteles más grandes o cegado algunas ventanas por las que se arrojaban, inconscientemente, colillas encendidas sobre los depósitos sucios.

Las irregularidades, en mi opinión técnica, son múltiples: situación de depósitos de oxígeno de gan tamaño sin guardar las distancias mínimas -con las propias dependencias hospitalarias, incluso-, o sin que se indiquen (ni, por supuesto, cumplan) las limitaciones de acceso o la prohibición de fumar en sus proximidades; cargas mientras se produce el tránsito de peatones y coches; suciedad de todo tipo en los recintos donde se produce la carga y manipulación; almacenaje conjunto de botellas de gases licuados diferentes, y sin los adecuados anclajes; válvulas en mal estado; etc.

En la época de la anterior dictadura, las familias se pasaban de piso en piso unas imágenes de las que la más popular era la del Corazón de Jesús, que se entronizaba en los hogares. “Corazón de Jesús, en Vos confío”, era la jaculatoria más socorrida, por la que se invocaba la protección permanente del Altísimo, en pretendida evitación de todo mal.

En esta sociedad no creyente, indolente y ácrata, confiamos ahora en que la casualidad nos proteja. Es decir, seguimos desconfiando de la obra bien hecha, en la seriedad de los controles, en el cumplimiento de la normativa, para apelar a la protección de lo desconocido.

En cada frontispicio, en cada despacho funcionarial, en cada dependencia municipal o empresarial, en cada hogar, con letras en tinta simpática que la hacen invisible, parece que hay escrita esta frase increíble:

“Venerable Casualidad, en vos confío y a vuestra invisible protección me someto, para que no suceda ese accidente del que, conociendo los riesgos, no hago nada por evitar. Y si, como por pura Probabilidad es seguro que acabará sucediendo alguna vez, te ruego que, por mor del inextricable Azar, me pille lejos, para no tener que ofrecer explicaciones”.