Cuento de invierno: Agdar y la presa de Cleopatra

En el valle de Escol,  los almendros  habían empezado a florecer y los hebronitas varones de más de quince años, incluso los ancianos, una vez que habían podado las viñas y recogido las aceitunas, estaban reunidos en la plaza para pedir al dios sol que no se hiciera notar demasiado, porque  todos eran conscientes de su fortaleza.

Un muchacho se acercó, alborotado, para advertir que en las afueras de la ciudad se estaba instalando un grupo numeroso. Venían con camellos, cabras y esclavos.

-No es la primera vez que tribus nómadas procedentes de los desiertos de Siria o de Farán se acercan a nuestra ciudad, buscando pastos para su ganado -dijo el patriarca mayor de Hebrón, tranquilizando a los suyos-. Les diremos que se vayan hacia Belén o Jerusalén, en donde encontrarán tierras más fértiles.

A la mañana siguiente, Abmadián, acompañado de otros cuatro principales, se dirigió al grupo acampado y preguntó por el que los dirigía. Varias mujeres estaban lavando ropas en el río y decenas de niños jugaban a darse empujones y golpearse con espadas rudimentarias hechas de ramas de acacia.

-Yo soy quien manda -reconoció un individuo de larga barba entrecana-. Me llamo Abraham, que quiere decir padre de un gran pueblo.

Los hebronitas le observaron con atención, y les pareció, aunque no se comunicaron entre sí la percepción, que se trataba de un enajenado. Tenía la mirada fija de los que han bebido demasiado vino, aunque no hacía mucho que había amanecido.

-Yo también soy padre, como habrás podido deducir de mi nombre. Y nosotros también somos un gran pueblo, forastero, y estas tierras son nuestras. No son suficientemente productivas para alimentar a más gente, por lo que te rogamos que, una vez que, por nuestra hospitalidad, tus bestias han saciado su sed y vosotros, vuestras mujeres y vuestros esclavos se han quitado la mugre del desierto, ensuciando nuestro río, os vayáis más hacia el norte, en donde encontraréis terrenos sin dueño y mucho más fértiles que estas tierras ya muy solicitadas.

Así habló Abmadián, con firmeza y poniendo cara de pocos amigos.

-Lo siento, colega -dijo Abraham-, pero he venido para quedarme. Una voz interior a la que no puedo corregir ni contradecir me ha traído hasta aquí, después de hacerme dar casi la vuelta al mundo conocido, con mi familia, riquezas, rebaños y siervos. He nacido en Caldea, he recorrido Mesopotamia y ha llegado la hora de que siente mis reales. Si no estás de acuerdo, no tienes más que decírmelo, y al instante, un fuego destructor caerá sobre tu ciudad, porque Dios me protege.

Abdamián reflexionó unos instantes y, sin preguntar a los que le acompañaban, inquirió:

-¿Has dicho que tienes riquezas, además de los rebaños y los siervos que veo por aquí?

-En efecto -fue la contestación que recibió-. Y como prueba de mis buenas intenciones, te comunico que deseo comprar un sepulcro adecuado para mi mujer, Sara, que ya tiene sus años y no me ha dado hijos y, más adelante, cuando mi tiempo se haya cumplido, también para mí.

-Tenemos sepulcros muy hermosos -reconoció Abdamián, siguiéndole la corriente-, aunque bastante caros. Por el momento, quedáos aquí tranquilamente, que no os importunaremos y, al atardecer, nos gustaría conocer exactamente cuánto dinero estás dispuesto a invertir en nuestra ciudad, para lo que te presentaremos una lista de peticiones.

La expedición de hebronitas se fue, para debatir la relación de condiciones que impondrían a los extraños si pretendían quedarse. Entre ellas, desde luego, una prensa de mayor tamaño para machacar las uvas, varios odres de piel de carnero  bien curada y oro suficiente para recubrir el becerro que tanta prosperidad les estaba otorgando.

Abraham, contento por haber convencido tan fácilmente a los hebronitas de sus intenciones, hizo llamar a Sara y le dijo:

-Mujer, te has hecho clueca y no solamente no has conseguido darme ningún hijo, sino que cada vez que acudo a ti, me haces daño, porque tus entrañas están secas como el desierto de Siria. Como es designio de la voz que me instruye, teniendo en cuenta que a mí también me cuesta cada día más conseguir que mi miembro se endurezca, he dejado preñada a Agdar, tu esclava, para que mis genes no se pierdan.

Sara, que venía sospechando desde hacía algún tiempo que la joven Agdar le estaba birlando el esposo, no se arredró por ello, ni pronunció palabras malsonantes. Por el contrario, dijo a su esposo que no le parecía mal, y que entendía que los designios superiores deberían de cumplirse, aún a costa de la infamia de las mujeres. Después, hizo llamar a Agdar, que había ido a buscar agua al río Escol, y, sin preguntarle la causa por la que su vientre empezaba a crecer, le ofreció una infusión y le pidió que le trenzase el pelo, después de untárselo con gena y ungüentos aromáticos.

-Dime, Agdar -expresó Sara, mientras la esclava le hacía la coleta-. He sabido por Ab-ram (1) que vamos a quedarnos en estas tierras, en donde tiene previsto comprar un sepulcro para ti y lo que has concebido de él, ya que piensa mataros a los dos, pues ese es el mensaje que dice haber recibido de la voz que escucha dentro de sí, como forma de expiar su pecado.

La esclava se mostró aterrada.

-No ha sido por mi seducción, sino por su lascivia. El me prometió que… -comenzó a explicarse, Agdar.

-No quiero justificaciones. Estoy dispuesta a dar mi consentimiento y hacer la vista gorda. Pero me tienes que enseñar una destreza que, según es voz corrida en el campamento, has adquirido con tus entrañas. Creo que de esa manera conseguiré también darle yo un hijo, y así me dejará tranquila.

De esa manera se expresó Sara, que, como mujer educada en las privaciones del desierto, era, no solamente inteligente, sino pragmática.

De aquella enseñanza de la sierva, aprendió Sara una habilidad que, andando el tiempo, se conocería como presa de Cleopatra (sin que se sepa bien por qué) y, para lo que importa de esta historia, tuvo por consecuencia especial el que resultó preñada, de un varón al que llamaron Isaac que, por gran fortuna, a pesar de la avanzada edad de sus padres, resultó sano.

FIN

(1) Sara no llamaba a Abraham por otro nombre que el de Ab-ram, que era como le había conocido.