Cómico o ridículo (10)

Si dedicamos un tiempo a hacer repaso a nuestra existencia, surgirán multitud de episodios (algunos de los cuales creeríamos tener sepultados en el olvido) en los que fuimos protagonistas. No me refiero a momentos en los que asistimos a un espectáculo musical, político o deportivo junto a otros miles de individuos -siempre que no nos encontráramos en el escenario o en el terreno de juego y en tanto no hubiéramos tenido un papel destacable-. Descartemos, en fin, todos los momentos en que no tuvimos el foco de la atención de los demás puesto sobre nuestra acción, para bien o para mal.

No habiendo tenido relevancia pública en ninguna de las ocupaciones a las que entregué mi vida hasta hora, mis anécdotas son mínimas, Solo espero que estos relatos atraigan la atención, al menos, de los amigos, y sirvan de algún divertimento a quienes no me conocen.

Mis aficiones literarias me han proporcionado algunas satisfacciones -escasos premios y cariñosas palmadas en la espalda-, aunque también me atrajeron decepciones y, en estricto sentido, tampoco faltaron las que me pusieron en ridículo. Una de las más tempranas ocasiones de dejarme en cueros el orgullo tuvo como colaborador a Carlos Bousoño, poeta consagrado cuando yo andaba coronando mi adolescencia.

Como su hermano había sido compañero de estudios de mi padre y todos tres, amigos en su época, se me brindó la oportunidad de enviarle un librito de poemas que yo tenía terminado y que había titulado “Diversas intimaciones a las formas”.  Dirigía por entonces, en dura competencia, una tertulia poética en Casa Noriega (Oviedo) en la que poetas, musas y sufridores oyentes leíamos/escuchaban versos propios y ajenos y nos calentábamos la imaginación con vino peleón y cacahuetes.

Sintiéndome espléndido para compartir tamaña ocasión de prestigiarnos, invité a Tomás Recio, Elías Escobar y José Antonio García Mallol, que también eran vates, a que incorporaran, a la mía, una selección de sus mejores poemas y, con una carta de acompañamiento y el conducto del otro Bousoño, le pedimos a D. Carlos que nos prologase aquella cosecha. Por supuesto, el escoger los versos que configurarían el libro nos llevó varias reuniones y discusiones acaloradas, hasta que el producto nos satisfizo, teniéndolo, sencillamente, por genial.

Al cabo de un mes, más o menos, me llegó una carta del vate mayor que, si bien venía dirigida a mi nombre, abrí en presencia de todos en Casa Noriega, y lei en alta voz,  con emoción contenida. El tono era amable, pero el contenido era inequívoco: no le habían gustado nada nuestras elucubraciones.

Y lo que más dolió a los frustrados letrados- y a mí, más por reflejo del resquemor ajeno – es que me dedicaba más líneas que a ningún otro para desmenuzar mis formas de poetizar, para concluir con un: “Si tú, Arias, tuvieras varios versos como los mejores de este librito, te diría Publica ya”… De los demás colegas, ni mayor mención.

Recuerdo haber contestado a vuela pluma con algunas insolencias, que no merecieron contestación y, aunque seguí escribiendo poesía -debo tener más de mil poemas escritos y once libros en barbecho-, solo publiqué uno: “Absueltos de todo don, diversas intimaciones a las formas”. Aunque el Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste adquirió toda la edición -más de mil ejemplares, para distribuirla entre sus colegiados, consiguiendo así mi permanente calificación como “el poeta”-, rescaté unos diez para dejárselos en depósito a María jesús Polledo, regente ilustrada de la librería que lleva su nombre, para que los pusiera en el escaparate a modo de tenderete captador de atención ajena y preparar una segunda edición que me lanzara al estrellato literario.

Nada más supe de  los diez libros. supongo que sepultados bajo los miles que se publican cada año. Sin embargo, la editorial KRK indica que el librillo está agotado, pero hay un ejemplar, “dedicado por el autor”, que se vende en e-bay por ¡23 euros!. Si no tuviera cosas mejores en las que emplear mi dinero, lo compraría, solo para saber quién es el/la destinatario de la dedicatoria que puso tan alto precio a mi pluma.

En 2009, animado por la sencilla opción de publicar lo propio que concede Bubok, el invento empresarial de Angel María, publiqué en esa plataforma los 350 comentarios que habían formado parte de mi blog Al socaire, que tenían todos ellos como principio de su título la preposición “Sobre,,,”, así que lo titulé: “Ensobrados”. Si pensaba en un éxito literario abrumador, la realidad me hizo volver a la razón: se vendieron dos ejemplares. Uno, a mi hijo Miguel y otro, a mi amigo Pedro Pablo Iglesias.


Todo el mundo distingue a las cigüeñas y los niños de generaciones anteriores a la mía -ésta incluida- estábamos convencidos de que traían a los niños desde París, que era una ciudad alejada y, por tanto, misteriosa, en la que imaginábamos había un ejército de bebés y aves voladoras. Ahora resulta que las cigüeñas han abandonado ese trabajo que, aunque no estaba remunerado, les daba prestigio, para asentarse entre nosotros, ocupando a miles agujas de catedrales e iglesias, torres de castillos y palomares en ruinas, postes eléctricos y hasta árboles de envergadura.

Se alimentan de ranas, reptiles, moluscos, y residuos arrojados a los vertederos, en competencia, en este caso, con gaviotas y otras aves de regular tamaño. En el caso de los estercoleros denominados “controlados”, las máquinas que recubren continuamente los desperdicios orgánicos con tierra solo les conceden unos minutos el acceso a la porquería que les sirve de alimento; pero, por fortuna para todos estos animales a quienes la civilización humana les ha dado categoría de “oportunistas”, son muchos los estercoleros salvajes desparramados por la geografía, en los que pueden nutrirse y, en casos desgraciados, encontrar su fin atragantados con una bolsa de plástico o cortado su vuelo por un tendido eléctrico sin balizar.

Cómico o ridículo (9)

Algunas de las anécdotas que recuerdo en estos singulares Comentarios, tienen continuación, incluso estrambote. No pretendo con ello satisfacer curiosidad ajena, ni tampoco dar detalles que permitan (a quienes no fueron testigos) identificar a aquellos, salvo yo mismo, que pudieran ser sujeto de la comicidad o ridiculez que atribuyo a estos episodios.

La reclamación de la bobina caliente de acero de alta resistencia que efectuó Maraldi, no quedó, por supuesto, en la historieta del Hotel Crillon. Cuando estuvimos en la factoría de Ravena se nos ofreció el penoso espectáculo de una bobina despanzurrada sobre la cinta transportadora que alimentaba la soldadora automática. Los italianos, con la aparatosidad verbal que les caracteriza cuando les apetece el teatro, afirmaban que las inclusiones de los bordes de la banda laminada generaban grietas que debilitaban el cordón soldado, y que impedían que se estabilizara.

-Chorradas, dije, muy seguro de mí. Como no sabía cómo expresarlo en italiano, precisé: “Ma che cosa? Tuto questo mi sembra impossibile, escogitato, ”

Me sacaron un aparato del año la pera que parecía haber sido un detector de ultrasonidos, de marca para mi desconocida, y un fulano con cara de estar haciendo una comedia, me invitó a escuchar un retorno que, por la altura del tono y la variedad de interferencias, podría pasar por un ensayo frustrado de Stravinsky.

Como Cristo entre los apóstoles, anuncié que no le daba ninguna credibilidad al aparato, y que, en una semana, volvería con nuestro equipo y el análisis de las muestras de la bobina que había solicitado que me preparasen, pidiendo al responsable del laboratorio (un quimico que parecía el único realmente técnino del grupo italiano) que se quedara con la suya, para contraste. Pedimos registrar en un acta los acuerdos, y los amigos de Maraldi nos dijeron que no era posible, porque, dada la hora, todas las secretarias se habìan marchado.

-Sin problema, enuncie con mis insolentes veintiocho años. -Yo escribo a máquina muy bien.

-Ma, tieni presente que il certificato de questo appuntamento devra esere compilato in italiano.

-Escríbanmelo a mano, y yo lo copio a máquina, -repuse.

La sorpresa siguiente fue que todas las máquinas de escribir estaban en cuartos cerrados con llave, salvo la que encontré en una especie de despensa que tenía el carro estropeado. Así que, mordiéndome los dientes, y con la vista de todos los demás de ambas comitivas calentándome el cogote, pasé a limpio (con algunos errores mecanográficos) el acta de la reunión.Fue entonces cuando el jefe de laboratorio se me acercó, me dio un apretón de manos, y me dijo la frase que no he olvidado:

-Lei é bravo, eh?

La parte cómica de la anécdota la protagonizamos el analista de laboratorio de Ensidesa (un tipo excepcional, del que en este momento no recuerdo su nombre) y yo, a la  mañana siguiente, cargando con el pesado aparato de ultrasonidos -imagine el lector pasar las aduanas, llevarlo en brazos al avión y cargar con él en el asiento, para que no se estropeara, etc- y , finalmente, hicimos el ensayo y demostramos que la bobina era de la calidad correcta.

La foto es la de un picogordo bebiendo en un arroyo. Es un ave más bien robusta, que se alimenta de semillas duras, a las que abre con su pico. Aquí deja ver su trasero, que evidencia una de sus carfacterísticas diferenciales: una cola corta, con la punta blanca, y un bajo vientre pálido. Con este pájaro he llegado casi a hacer amistad, si es que puede hablarse de tal confianza entre dos especies tan diferentes

Cómico o ridículo (8)

El 26 de abril de 1986 nos encontrábamos en Italia, mi admirado colega Héctor García Rodríguez y un servidor, junto con nuestras esposas. El inquieto Héctor tenía en mente montar una empresa de fabricación de postes de fibra de vidrio reforzada y había preparado un viaje técnico-recreativo.

Ese día tuvo lugar el mayor desastre nuclear en tiempo de paz de la era moderna. El núcleo del reactor de la central de Chernobyl, por un error de funcionamiento aún no del todo explicado, explotó, causando decenas de muertos. Una nube tóxica y radioactiva emergió de la planta, creando alarma internacional porque se temía su propagación por toda Europa. Los periódicos del día siguiente tenían un tono apocalíptico.

Estábamos ya de vuelta de la misión prospectiva, y Héctor y yo nos paseábamos por Ventimiglia. El mercado de abastos estaba prácticamente vacío de compradores, aunque los comerciantes, presentaban sus mercancías como de costumbre. Había muy buen material.

Nos llamaron la atención unas fresas con aspecto apetitoso irresistible. Sin embargo, los periódicos advertían, en particular, del peligro de la ingesta de verduras y frutas, que los expertos consultados a la trágala estimaban como especialmente sensibles a la radioactividad.

“¿A cómo las vende?”, preguntamos. “Prendere quanti volete, per favore”, nos indicó el desolado vendedor.

Nos miramos. -“¿De dónde son estas fresas?” -se nos ocurrió indagar.

-¿Da dove viene gli fragoli? Sono da qui stesso. Da dove si no?”

-Pues nos las llevamos todas -dijo Héctor, le dimos unas liras y cargamos con la caja.

Nuestras mujeres no quisieron probar la fruta, pero nosotros nos pusimos morados. Reconozco que yo no había tenido la menor preocupación respecto a la radioactividad ni la nube tóxica, y solo me guiaba la gula ante una de mis frutas favoritas. Pero Héctor tenía una explicación, aparentemente rigurosa, que me prometió dar. Solo me aconsejó: “Date prisa”.

Cuando acabamos la última de las fresas, me dijo:

-Seguro que hiciste el mismo cálculo que yo, La hora que los periódicos indicaban como momento de la explosión era la una y media de la madrugada. Son ahora las once de la la mañana del día siguiente: han pasado diez horas. Chernóbil está a unos 1.700 km de aquí y la previsión del tiempo en esta zona de Europa es “viento leve”, según he leído también. Es decir, unos 10 km/h. máximo. Así que la nube radioactiva, si es que ha de llegar, tardará 17 horas en llegar hasta aquí.”

Le miré, de hito en hito. “¿Hablas en serio?”. Dejando la caja en un contenedor, me devolvió la pregunta con otra. “¿Qué te parece?”

“Yo las hubiera lavado antes de comerlas”, dijo una de las chicas. Y sería por la tensión emocional o por las bacterias, tardé un par de días en librarme de la colitis.

Una de las aventuras más apasionantes de mi vida empresarial fue cuando me decidí a comprar un restaurante. Tengo contado el núcleo de la cuestión en mi libro “Cómo no montar un restaurante”, y está colocado en internet, en abierto. Pero muchos detalles no tuvieron sitio en él.

Un restaurante, como saben bien quienes tratan de sacar adelante este tipo de negocio, es la acción empresarial más dificultosa que existe. Tienes que luchar, y a diario, con proveedores, personal, variación de precios, financiación, búsqueda y fidelización de clientela, deterioro de mercancía, etc. No es fácil vencer.

En mi experiencia, lo más duro fue conseguir un equipo mínimamente estable. Mi mujer estaba diariamente al pie del cañón, pero algunas noches yo tomaba el relevo para que pudiera descansar algo. Una vez, al llegar al local, me encontré a la puerta con el maître que teníamos en aquel momento, completamente borracho, con una botella de Moet Chandon en la mano.

Estaba sirviendo copas a los clientes, tambaleándose de mesa en mesa.

-¿Me puede decir qué c… está haciendo Vd?

Me contestó con esfuerzo, con una cara de satisfacción infantiloide: “Es mi cumpleaños”.

Le agarré por el brazo y lo saqué de la sala. “Lo que va a hacer Vd. de inmediato es irse para casa, y mañana hablaremos. Yo me quedo en la sala”.

Trataba de zafarse, pero no lo solté, y lo conduje hasta la puerta de servicio. “Váyase tranquilo. Descanse la mona. Hasta mañana”. El personal de cocina se echaba miradas de reojo, pero no dijo nada. Yo me volví a la sala, y traté de enmendar la situación como pude. A los diez minutos, reapareció el maître por la puerta principal.

-¡Se por qué lo ha hecho! ¡Vd. me quiere mandar a casa porque soy gay! ¡Eso es algo contra la ley! ¡Le denunciaré!

No se atrevió a entrar, por lo que, aunque gritaba, el ruido de la sala aisló sus palabras, que solo me llegaron a mí, que estaba cerca de la puerta. Tuve que hacer el teatro de llamar a la policía y, como esperaba, al oirme aparentar que pedía por el  móvil que enviasen a algún número, el empleado desapareció.

Al día siguiente, mi empleado estaba en el restaurante, cuando me pasé a primera hora para organizar la jornada con mi esposa. Aparentemente sobrio, y compungido. Tenía en una repisa una taza de café cuyo líquido sorbía con nerviosismo.

-Me arrepiento muchísimo. No volverá a pasar -me balbució.

María Jesús cogió la taza, la olió, y probó un poco. Era puro coñac.

-Puede que no le vuelva a pasar. Pero donde no va a pasar, seguro, es en nuestro restaurante. Hemos preparado su finiquito y, como confiamos en que se rehabilite de su alcoholemia, le daremos las referencias habituales-le dije, entregándole un sobre con el dinero y un papel en el que expresaba, “para quien estuviera interesado, que Fulano de Tal tuvo, en el corto tiempo que había estado con nosotros, el comportamiento que cabría esperar”.

Firmó y se fue de nuestra vida para siempre. Espero que le vaya bien. Las dos o tres botellas de Moet Chandon que guardábamos habitualmente en la fresquera, habían desaparecido la noche anterior, junto con la memoria general de los detalles del suceso.


Estoy orgulloso de esta foto, que es producto, no de mi genialidad , sino de la oportunidad. El pito real me estuvo observando unos instantes y luego, se elevó desde el suelo, cobrando impulso con el rápido batir de sus robustas alas, hasta lo más alto del árbol que encontró cercano.

Cuántas veces la oportunidad vence a la preparación. Y cuántas más, la oportunidad nos sorprende sin estar preparados.

Trump, la película: Se rueda en directo sin guión

Cuando la Sra. Trump (Melania) le encasquetó un misterioso paquete plano, envuelto en papel azul clarito, en el que se adivinaba la pegatina de Tiffany&Associates, a una sorprendida Michelle Obama, justo cuando empezaba la ceremonia oficial del traspaso de poderes en la Casa Blanca, recordé que hacía algunos años, en una librería de Washington, había tenido un libro del nuevo Presidente en mis manos.

Estaba haciendo tiempo antes de dirigirme al aeropuerto, y ví que en uno de los expositores se presentaba un libro: “How to Get Rich” (“Cómo hacerse rico”) y estaba escrito por Donald Trump, un tipo con un tupé ridículo. Curioseé algunas páginas, y lo volví a dejar en el mismo lugar. No me pareció interesante y el pretencioso título estaba solo destinado a llamar la atención de ingenuos que no tienen la más remota idea de cómo funciona ésto. “Esto” es/era, por supuesto, el mundo de los negocios, lo que sostiene la estructura del capitalismo.

Por supuesto, nadie en su sano juicio podría pretender hacerse rico con aquellos consejos de chicha y nabo -que no tenían nada que ver, a buen seguro, con las trampas, acuerdos y tropelías que habían permitido al autor amasar su fortuna, presentados ahora en formato de autoayuda para crédulos sin suficiente dinero o ganas para pagar al psicoanalista. La cuestión, además, no estaba para mí en el cómo, sino en el para qué.

Los Trump no solamente habían pasado por alto el protocolo oficial del acto, sino que la entrega pública de un regalo de presunto alto valor (¿dos mil euros?) a la aún primera dama, implicaba la propuesta de una vulneración inexplicable de la rígida normativa sobre la aceptación de regalos por parte de funcionarios del Gobierno de los Estados.

Me sumergí, pues, en internet, aún con la imagen mental de la desconcertada Michelle no sabiendo qué hacer con el paquetito, que le acabó siendo delicadamente arrebatado por Barak, con rostro de contrariedad, para entregárselo a algún funcionario emergido de las sombras de la White House. Buscaba información sobre el libro, sobre el que habrían pasado más de diez años.

Entre muchas, me quedo ahora con una frase: “I am the creator of my own comic book, and I love living in it. If you’re going to think, think big. If you’re going to live, live large.” (“Soy el creativo de mi propio libro de historietas, y me gusta vivir en él. Si tienes que pensar, piensa en grande. Si tienes que vivir, vive a lo grande”) (1)

Esta confesión de Trump la detecto como sincera y sigue, por tanto, vigente para aproximarnos a su personalidad.

Como Presidente de los Estados Unidos, garantiza cuatro años de incoherencia verbal externa, pero no me dejo engañar. No tengo la menor duda de que el entramado de capital e intereses que se mueve detrás (y delante) del presidente del país más poderoso (aún) de la Tierra, se esforzarán en hacer las cosas bien… para ellos. Las sospechas se concretarán, por tanto. Se potenciarán las empresas de fabricación de armas, los beneficios a costa de proteccionismo y mejora de productividad sin que el ambiente sea un hándicap, se tratará de controlar el expansionismo chino con aranceles y limitaciones al libre comercio).

No quiero parecer acomodaticio ni, aún menos, estúpido, si afirmo que, para el mundo occidental no será malo, si deja que el juego se lo hagan otros: porque si el armamento fabricado en USA no se compra por los Europeos (por ejemplo) y se utilizan en países miserables cuyos dirigentes se empeñan en matarse, o acaban siendo destruidas en un crematorio o enterradas a kilómetros de profundidad, es cierto que las empresas del sector norteamericanas serán más ricas y los países pobres, más pobres, pero aquí podríamos seguir dedicándonos a mejorar nuestra educación y nuestra tecnología pacífica. Que también suponga poner en marcha un sistema autónomo de defensa común, más independiente de la OTAN.

Ni siquiera me preocuparía porque los chinos se ocuparan de mejorar su propio nivel de vida explotando sus recursos sin empeñarse en vendernos mercancías deterioradas o fabricadas con la técnica del tente mientras cobro, y aprovecháramos para mejorar nuestra competitividad entre europeos, defendiendo la calidad, la fiabilidad y la durabilidad, y renegociando el Brexit con solvencia y visión de futuro, no con lamentos de cocodrilo.

Y, ya puesto a ser pragmático: ¿de qué nos ha valido defender el cuidado ambiental, reduciendo el consumo de hidrocarburos y pagando más por las energías limpias, salvo para reducir nuestra capacidad de exportación y eliminar la viabilidad de empresas y provocar desempleo? ¡Seguimos necesitando un modelo propio de crecimiento para Europa!

Obama, aunque desde la perspectiva europea (bienintencionada) lo estaba haciendo bien, había reducido el desempleo norteamericano, mejorado a límites no alcanzados la imagen exterior de Estados Unidos, aumentado las prestaciones sociales, etc., en realidad, estaba siendo criticado duramente por el sistema. Había ido demasiado lejos.

Era necesario impulsar a un cómico al puesto de primer mandatario, para que el público se entretuviera, los media hablaran de él, todos especuláramos sobre sus planteamientos. Pero el Gran Cuco canta en un lado y pone sus huevos en otro sitio. Y no tiene corazón, solo devora. Apartémonos, please.

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(1) Hay otras muchas, igualmente reflejo del escaso poder que su autor da a la coherencia. Parece Trump estar divertido sumergido en la ironía burda y en la desfachatez insolente. Más que un libro de consejos, se diría que se trata de un libro de pasatiempos, escrito por un cómico: “If You Have Them by the Balls, Their Hearts and Minds Will Follow. Most negotiations should proceed calmly, rather than in a hostile manner. However, sometimes a negotiation works best after a few screams and some table pounding.”(“Si los tienes cogidos por los güebos, les seguirán sus corazones y mentes. La mayoría de las negociaciones se deberían desarrollar de forma tranquila, en lugar de hostil. Sin embargo, a veces, una negociación va mejor después de algunos gritos y puñetazos sobre la mesa”)

Tampoco está mal esta confesión: “Era una joya alemana, una joya alemana suertuda, que estaba de liquidación con algunos banqueros comprensivos que se empeñaban en hacer conmigo en trato justo. ¿Quién necesita saber detalles concretos si puedes explicar salirte de una deuda de 9,2 mil millones de dólares con  elocuencia? “( “I was a schmuck, but I was a lucky schmuck, and I wound up dealing with some understanding bankers who worked out a fair deal.” Who needs exact details when you can explain getting out of a $9.2 billion debt with such simple eloquence?”. )

Jisei de la democracia representativa

Democracia, sí,
pero esa impostora
que ya se vaya.

Para quienes no estén impuestos en el apasionante mundo de los haiku (que, en español, está admitido que son breves poemas de tres versos, con cinco, siete y cinco silabas), les ilustraré que un jisei es el ultimo haiku, el que se ha escrito antes de que allegue la muerte. Aquí me refiero a la democracia representativa, que, como es un ente inanimado y no posee capacidad para escribir, le pongo yo la voz y lo explico.

Tengo varias razones para defender que debíamos reflexionar sobre las formas en las que tomamos decisiones relevantes en las colectividades humanas. En las Asociaciones, en los Colegios profesionales, en los sindicatos, en los Comités de empresa,…pero, y sobre todo, en los partidos políticos y, aún más grave, en las elecciones generales para designar a nuestros  representantes en los Parlamentos y, en consecuencia, en el Gobierno.

Los procedimientos ideados son diversos, según entidades y Estados. Todos pretenden conducir, en los países que se definen como regidos por la democracia, a instrumentalizar un ente oscuro, por su carácter acomodaticio a las veleidades de los que tienen la sartén por el mango, al que se llama “democracia representativa”.

Sobre el papel, el procedimiento tipo es atractivo. Consiste en la voluntad de selección de los más idóneos para los cargos que deben cubrirse, aunque, admitiendo que el número de electores es excesivo, se prefiere ofrecerles una lista, abierta o cerrada (en el fondo, da casi lo mismo), para que manifiesten, sobre ella, sus preferencias. Estos elegidos se convertirán en electores de quienes representarán, concluido el proceso, a la totalidad de los que se verán afectados.

Las interferencias sobre la bondad del procedimiento aparecen en un doble o triple sentido. Ante todo, debe considerarse el factor tiempo, trascurrido desde que los electores de primer nivel han votado a sus representantes, y estos eligen, normalmente entre ellos (aunque no siempre), a quienes asumirán los cargos de responsabilidad, y, por fin, el que corresponda a la asunción por estos últimos de sus puestos de gobierno.

Las interferencias mayores se encuentran en el proceso mismo. Por una parte, no todos los electores van a votar, y la abstención cumple, por tanto, una función determinante. Un número no despreciable de votantes, harán, voluntaria o inconscientemente, que su voto sea nulo o votarán en blanco. Y una mayoría indetectable de votantes, votarán con insuficiente conocimiento de lo que votan, de a quienes votan y, para colmo, no tendrán control posterior sobre el cumplimiento de los programas y de los objetivos, en caso de que éstos se hayan puesto de manifiesto en el proceso electoral,

Pero es que, por parte de los postulantes a electores “representativos”, las deformaciones del proceso son tremendas. En múltiples casos, se desconoce cómo postularse para elector; en otros, en no menor en número, los electores son nombrados por los órganos preexistentes de las asociaciones, corporaciones o partidos, (que puede hayan llegado hasta allí por fórmulas nada democráticas) de forma caprichosa, misteriosa o nepótica.

Que no hemos encontrado la fórmula ideal, es evidente, Los ejemplos llueven y nos limitamos a echarnos las manos a la cabeza. Los lindes entre una democracia orgánica -que es abominada en todos los libros de texto- y una representativa, son muy confusos. Como es sabido, la orgánica, de la que en España hemos sufrido un modelo paradigmático durante la dictadura franquista, la representación del pueblo llano se realiza por medio de órganos de decisión delegada, sin que se consulte a la población en ningún caso de forma directa.

Sin embargo, ¿qué añade de nuevo el parlamentarismo o los partidos políticos, si su formación está viciada de origen, o si ese pueblo llano se desvincula mayoritaria o significativamente del proceso? ¿Cómo detectar los vicios en la selección si los votantes carecen de información o conocimientos suficientes sobre lo que votan y sus efectos?

La designación del presidente del país con mayor poder -económico y militar- del mundo, ha conducido en el momento en que esto escribo, a la selección de una personalidad, Donald Trump, que parece surgida de una pesadilla. Fruto de una campaña mediática, pero aberrante, en favor de una personalidad bullanguera y provocadora, hecha popular, pero desligada de la defensa de los valores que el núcleo sensible de la sociedad concienciada y abierta viene defendiendo.

En España, la actual situación, tanto en el Gobierno del país, como en el interior de sus partidos más relevantes, plantea también serias dudas acerca de cómo estamos eligiendo a nuestros representantes y, por ende, a nuestros gobiernos. Las formaciones políticas, incluso las más recientemente constituidas, padecen crisis que provienen, no de la discusión de sus propuestas de mejora de la generalidad, sino, por lo visto y oído, de personalismos y tensiones de poder surgidas en su seno.

La falta de interés general por la política tiene consecuencias deplorables. Una gran mayoría vota sin atención a los programas, sin vocación ideológica, basándose en cuestiones irrelevantes, como puede ser el aspecto físico de los candidatos a presidente de gobierno, la costumbre, la improvisación. El votante medio, como han evidenciado las encuestas, está mejor enterado de los pormenores de la vida de un cantante, un futbolista o un actor distinguido por los media, que de lo que cree necesario para mejorar el empleo, el bienestar o la igualdad social.

Traslademos esta penosa apreciación a casi todos los ámbitos. La inmensa mayoría de los puestos en los sindicatos, colegios profesionales, comités, se designan porque solo se ha presentado un candidato, o por designación digital, sin programa de actuación alguno. Se eligen por aclamación, esto es, por ausencia de alternativa. Los equipos de gobierno y asesores de las Administraciones -locales, regionales o centrales- se nombran, en esa tónica de comportamientos viciosos, siguiendo misteriosos procedimientos, en los que no priman los conocimientos, sino las amistades, las relaciones con terceros, la oportunidad, la posibilidad de lucro o beneficio de grupos.

Vuelvo al principio. Hay que replantearse la democracia representativa, para que se aumente de forma clave la participación de los electores y el compromiso de los elegidos. Para que resulten elegidos, en fin, los mejores. Para que todos los que voten sepan qué votan y por qué. Y para que todos los que deban votar, lo hagan, con la consciencia de que están ejerciendo un derecho sustancial para la comunidad, no un trámite sin consecuencias para ellos.


El dibujo con el que ilustro este Comentario es una interpretación libre de una de mis nietas de lo que entiende por “democracia representativa”. Tenía tres años su autora cuando plasmó el reto de su abuelo, no explicado con detalle adicional alguno (si hubiera sido necesario), de que dibujara lo que le sugerían esas, para ella, como para muchos, enigmáticas palabras.

Cómico o ridículo (y 6)

Termino aquí la primera presentación de aquellas situaciones de mi propia existencia que me parecieron cómicas o ridículas, según calificativo surgido de una apreciación exclusivamente personal. Al escribir estos relatos, encuentro que tengo muchas más anécdotas de esta categoría de las que imaginaba, así que veo llegado el momento de poner punto final provisional a la serie para no convertirlo en tema dominante.

Lo hago con dos episodios que adapté, para darles un tono moralizante-, a la mentalidad de mis nietas (un ramillete de duendes con edades comprendidas entre los seis y los cuatro años). Como el primero de ellos tuvo otros testigos (algunos de mis hermanos), les ruego que se guarden las posibles diferencias que encuentren para comentarlas exclusivamente en el ámbito familiar.

Cuando éramos niños, la casa familiar en donde pasábamos los veranos, no tenía agua corriente, es decir, no había aún “agua de la traída”, cuya aparición se demoraría unos años.

Entre otras servidumbres higiénicas, era necesario ir con el carro tirado por la yunta de vacas hasta el río, y cargar varios toneles o bidones con los que llenar un pozo junto a la casa. Las necesidades de agua para beber se solucionaban con cubos  recogidos de una fuente (creo que la llamaban “El pilón”, que las mozas que había en casa traían sobre la cabeza, manteniéndolos apoyados en unos rodetes de paño y ayudándose al equilibrio con una mano. Era una imagen muy pictórica.

Yo tenía más o menos once años y, como otros domingos, los mayores fuimos con mi padre a darnos unos chapuzones al río. La ocasión resultaba siempre una fiesta. Aquel día en especial yo estaba especialmente contento y nervioso, pues me habían dejado la cámara de un neumático viejo, que había inflado con una bomba de bicicleta.

Al llegar al río no tardé en subirme a mi improvisada barquichuela y, utilizando mis manos como palas, me entretuve dando varios paseos por las quietas aguas de aquel lugar que, por su mayor seguridad, habíamos elegido para el baño.

Estaba tan entretenido con mi juego, que no me di cuenta que la corriente me estaba alejando río abajo. Desde la orilla, algunas mujeres que estaban lavando la ropa, me gritaban algo que, en principio no entendí. Creí que me saludaban.

Hasta que, de pronto, lo tuve claro. La voz de Jorgelina sonó, vibrante, en mis oídos: “¡Angelín!¡Ahí al frente hay rabiones! ¡Es muy peligroso!¡Tírate!”

Miré al frente y ví, con espanto, que os estábamos aproximando, la cámara y yo, a gran velocidad, a lo que me pareció una catarata. Salté bruscamente, abandonando el neumático y, con el corazón a cien por hora, dando manotazos primero y luego chapoteando, y en todo caso, a duros trompicones, alcancé, por fin, la orilla.

Mi padre se había dado cuenta, angustiado, de que me estaba alejando peligrosamente de la zona calma. También me gritó y asimismo, no lo oí. Así que, corriendo por la orilla, pretendía llegar a donde yo estaba. Los árboles le impidieron advertir que yo me había lanzado fuera del neumático y, cuando pudo ver nuevamente el río, solo atisbó, a lo lejos,  una llanta a la deriva, sin nadie encima.

Temió que me hubiera ahogado.

Fue una suerte que mi aparición, con cara aún de susto, pero esbozando una falsa sonrisa de tranquilidad, no se demorara. Mi padre esperó a que llegara a su encuentro y, con tono muy airado, me espetó: (aquí adopto un tono melodramático, que a mis nietas les encanta, por lo  que me piden, una y otra vez, que repita esta parte del suceso)

“¡Angelín!¡Que no vuelva a suceder!¡Me diste un susto de muerte!¡Tienes que obedecer!¡Cuando yo te digo que hay peligro, hay peligro!”

Y acompañó su recriminación con un par de sonoras bofetadas.

Mis nietas se ríen a carcajadas cuando yo gesticulo “¡Pim, pan!”, cruzando los brazos, y les apunto, nuevamente, la moraleja. “Hay que obedecer a los papás y a los abuelos”.

En ese mismo río Narcea, muchos años más tarde, estaba pescando con aparejo de mosca para trucha, cuando sentí un fuerte tirón y vi saltar, a unos cincuenta metros de distancia, cebado en el engaño, un magnífico salmón de siete u ocho kilos.

Había leído historietas de avezados pescadores que con hilo finísimo, destreza descomunal y paciencia infinita, habían conseguido, se decía, doblegar al animal, y cobrarlo a la orilla. Pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que, torpemente emocionado, sin dejar de observar la caña ni de dar carrete, me acerqué a uno de los ribereños, al que estaba más próximo.

-“He cogido un salmón. Pero tengo aparejo de trucha y un hilo que solo aguanta 1 kg. Necesito que me ayudes a sacarlo.”

El otro me miró y, lanzando nuevamente su aparejo, con calma, me dijo: “Sin problemas. Acércalo hasta aquí y cuando lo tengas en la orilla, voy con la sacadera”.

En aquél preciso momento, el salmón dio un fuerte tirón y allá se fue, con mi aparejo, libre y suelto. Mi colega de pesca sentenció, mientras el cabo del hilo roto oscilaba al viento del atardecer: “Es lo que tiene. Si vas a salmón, usa hilo para salmón, y si vas a trucha, hilo fino. Porque si por casualidad te entra un salmón cuando andas a trucha, pierdes el bicho y el aparejo”.

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El reyezuelo listado (regulus ignicapillus) es pájaro muy pequeño, vivaz, y, como ya apunté en otro comentario, parece desentenderse de los humanos, pudiendo fotografíarsele, cuando se tiene la suerte de avistarlo alimentándose de insectos o de diminutos granos, desde muy cerca.

El listado se distingue del común (regulus regulus) en que éste tiene una raya negra, paralela al píleo, en donde destaca la real coronilla, de un amarillo vibrante, que atraviesa la zona del ojo.

Me caen muy simpáticos los reyezuelos. A este de la foto, que llegó a acercarse tanto que se salía fuera de foco para el objetivo que llevaba, le hice compañía durante casi media hora, y solo me miró un par de veces, como diciéndome: “¿Qué tengo yo para interesarte tanto? ¿Acaso tengo pelos en la cara?”

Cómico o ridículo (5)

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El sentido del ridículo es una de las defensas menos seguras que tiene el ego frente a la maledicencia ajena. Sin embargo, es utilizado frecuentemente como excusa para ocultación de nuestra inseguridad.

No me refiero a la prudencia que debe servir de recoleta pantalla para que los demás no se nos cuelen, sin estar invitados, en lo que nos interesa proteger, y, en especial, para evitar que lo hagan con intenciones retorcidas o actúen como elefantes en cacharrería. Caracterizo, por contra, el “sentido del ridículo” como un impedimento que nos lleva a ocultar nuestra opinión, cuando la situación lo requeriría, a no mostrarnos, cuando sería conveniente dejar expresa  nuestra voluntad, o a no dar la cara para poner en solfa a quienes están maltratando un bien público o incumpliendo una norma cívica.

Como casi todos los seres humanos, yo he evolucionado desde la timidez que traté mal que bien de disimular en la adolescencia, hasta conseguir derribar amplias barreras de mis zonas exógenas de seguridad. Puede que algunos interpreten que pertenezco al grupo de los extrovertidos, y no me veo así. Lo que me pasa queda mejor explicado porque a) no concibo estar en una reunión sin sacarle el máximo jugo para que resulte interesante y b) me he propuesto no dejar pasar por alto, manifestando mi criterio, ni las injusticias, ni las incoherencias, ni las mentiras interesadas, ni, entre otras, las vulneraciones ambientales.

Por supuesto, nunca he pretendido hacer el ridículo de forma consciente. Aunque algunas veces tengo la sensación de haber protagonizado escenas de alto contenido ridiculizante.

Una de ellas fue, sin duda, con ocasión de las pruebas físicas de milicia universitaria, que, en Oviedo, se desarrollaban en el campo de atletismo del Colegio de San Gregorio.

Las pruebas se realizaban por facultades o escuelas universitarias, de acuerdo con los cuerpos del Ejército a los que seríamos destinados si superábamos esos exámenes. Una de las pruebas, la más simple, suponía correr cien metros en menos de 14 segundos, en grupos de seis: tirado. Yo no tenía problema con ninguna (ni subir la cuerda, saltar “el caballo” o superar los 4,5 m en longitud), aunque sí (como otros) un recelo: tenía dos compañeros, Anselmo Gutiérres y Feliciano Alvarez, que eran campeones de distrito en cien metros lisos, vallas y lo que se les pusiera por delante.

“Por favor, no forcéis el ritmo” -les pedimos los demás- “Vayamos todos, más o menos, a la par”.

Cuando nos dieron la salida, yo tenía a mi izquierda a Feliciano. Salió como una bala. Tratando de seguirle el paso, trastabillé y di con la cara en el suelo, además de destrozarme la piel de ambas piernas. Fin de la prueba, eliminado.

La salvación vino de la mano de uno de los tenientes que vigilaban el desarrollo de la prueba: “No te limpies, y vete de inmediato al comandante, salúdalo militarmente, y pídele permiso par repetir la prueba mañana”. Mi aspecto debía de ser deplorable. Accedió.

Al día siguiente, mis dos rodillas se habían hinchado de forma notable. Los candidatos de Derecho, que eran también amigos  (y, por fortuna, no pensaban batir ningún récord), no forzaron la carrera y la superé sin mayores problemas. Ah, pero el salto de longitud, que era lo que siempre se me había dado mejor, se torció. Las piernas me dolían terriblemente y cometí dos nulos imperdonables.

Traté de mentalizarme para volar, como fuera, al tercer intento. Tenía al estadio pendiente de mi, porque quedábamos solo cuatro minusválidos (con respeto lo digo) atascados. Sentí el calor de la multitud en mis orejas. Corrí cuanto pude, y, no queriendo pisar la raya, salté incluso un decímetro antes, yendo a caer alejado, me pareció, un metro más allá del mínimo.

Sonaron los aplausos de la clac entregada ante aquel aspirante cubierto de esparadrapos y con la cara llena de postillas. “Chaval, te has pasado. No había que batir ningún récord. ” alguien me dijo.

En relación con los deportes, el mío, durante algún tiempo, fue la pesca. Estábamos de vacaciones en Noia, con esposa, hijos y cuñada, y habíamos alquilado un piso en una casita al lado de la ría. Magnífico paisaje. A poco de llegar, una tarde en que la familia se había ido de compras, yo decidí acercarme a la ría y recoger algunas lombrices de mar, que utilizaría como cebo, y que los asturianos llamamos xorra.

Me armé con botas de pescar de caña alta, una fesoria y una caja para mis cebos, y bajé, confiado, hasta la ría, metiendo ambos pies en el fango en donde esperaba cargarme de lombrices. En segundos, me vi con ambas piernas hundidas hasta los corvejones y, lo que es peor, sin capacidad de movimiento alguna.

Pasé los peores momentos de mi vida, mientras arrastraba, penosamente, los pies, hasta recuperar la orilla. Ni azadón, ni caja de cebos. Subí a la carretera, con las botas y los pantalones chorreando basa maloliente. Esperaba no cruzarme con nadie hasta llegar a casa y poder limpiar mi indumentaria, pero me topé con una vecina, que me advirtió. “Ay, rapaz, vexo que téntante os caramuxos,  mais ten coidado co o bulleiro, que e moito traizoeiro”

Como no doy mi brazo a torcer así como así, le contesté, con una sonrisa: “No iba por bígaros, señora. Acabo de dejar el yate aparcado ahí mismo”.


Me gusta esta foto de un colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), volando desde su percha -se suelen colocar, moviendo de forma característica su cola rojo-anaranjada, sobre un murete, o el alféizar de una ventana- hasta la presa apetecida.

No es una instantánea clara, pero el color del conjunto me parece que posee una calidad pictórica agradable. Al fin y al cabo, a veces, en la indefinición está el mérito.

Cómico o ridículo (4)

pito real cabeza mejor

Puede que, con la que está cayendo y la que amenaza con caer, dedicar comentarios de este blog a glosar situaciones más o menos ridículas en las que yo fui protagonista principal o invitado especial para presenciar el patinazo ajeno, sea, en sí misma, y dada mi exigencia de rigor, una actuación ridícula.

Asumo el riesgo. Todo el mundo que cree tener algo que decir, habla hoy de Trump, del Brexit, de los migrantes sirios, de la crisis interna de Podemos (¿Unidos Podemos?), de la inmensa corrupción destapada, o de la deriva hacia mares ignotos del PSOE.  Me tomo un respiro, y en lugar de incidir en lo que hay tanta gente que alardea de saber tanto, yo me concentro ahora en lo que se más y mejor que nadie, sin competencia. De mí mismo.

Un innegable momento de ridículo para mí, con exposición pública a la picota, lo protagonicé con ocasión de la inauguración del Centro de Diseño de CAD-CAM de Asturias, allá por 1986, a cuya dirección acababa de ser designado. El CAD-CAM, para los despistados, son las siglas correspondientes a las modalidades Computer Aided Design, diseño asistido por computadora, y Computer-Aided Manufacturing, fabricación asistida por computadora. (Más información en: http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php )

El Centro de Diseño era la primera piedra del proyecto de la Factoría Cultural, que estaba apoyado por el entonces Presidente del Principado, Pedro de Silva, y respondía a la elucubración mental, entre otros, de Juan Cueto. Estuvo situado en un chaletito recuperado en el espacio que ocupara Cerámica Guisasola, que había quebrado. La inauguración fue  un éxito, con asistencia del ministro Joan Majó y una representación nutrida de las fuerzas vivas de la región, que se agruparon en el pequeño recinto para la ocasión.

El punto débil del asunto era que el ordenador central (un potente Cyber) no había llegado a tiempo y, para no postponer el acto, se había decidido desde el Instituto de Fomento Regional, que presidía Leonardo Alvarez de Diego, conectar las pantallas de alta resolución con el ordenador de la Escuela de Ingenieros Industriales de Gijón, de la misma familia que el que no había llegado, aunque con escasa capacidad de diseño y cálculo. Nada importante, sin embargo, se me dijo, pues, el equipo estaba ya en aduanas y tardaría solo un par de días en llegar.

Lamentablemente para la rentabilidad política del acto, la desleal oposición (seguramente, personal del propio PSOE) destapó el apaño y mi foto apareció, sonriente, al día siguiente, en los periódicos locales, bajo el titular “El Centro de Diseño de Asturias se inaugura con cajas de cartón”.

Como no pretendo ahora contar la historia completa, sino recordar mi ridículo, dejo el asunto aquí, que tuvo mucha más miga.

Cuando me decidí a estudiar Filosofía, en la Facultad de Oviedo, siendo ya bisoño profesor de la Escuela de Minas, con el principal objeto de poder estar algo más de tiempo con la que sería mi esposa, no imaginaba lo exigente que era el profesorado y la extensión y complejidad de las asignaturas. Por mis trabajos en Ensidesa y en la Escuela, no podía asistir a la mayoría de las clases, aunque contaba con los apuntes y la orientación de María Jesús.

El profesor de Latín era Luis Castañón, a quien yo conocía de antes, pues tenía muy buena relación con mi padre -creo que había sido Hermano Marista- y tenía buena relación con alguna de sus hijas. Me senté el día del examen final al lado de María Jesús, y le copié la traducción. Era un texto de la Eneida, de Virgilio. Como tenía mucho tiempo de sobra, la puse en verso.

Al cabo de unos días, se publicaron las notas. Yo había obtenido un notable, y el sujeto de mi adoración, estaba suspensa. Aquella tarde me lanzó un ultimátum: “Vete a hablar con Castañón y o consigues que me apruebe, o no quiero saber más de tí”. Así que pedí ver a Castañón, que me recibió amablemente y, ya desde la puerta, me advirtió: “Entiendo que venga a reclamar que le suba la nota, y tiene mucho mérito que haya puesto la traducción en verso”. Le atajé: “No, don Luis, yo no quiero que me toque la nota, y si tiene que bajarla a un aprobado, hágalo. Pero tiene que aprobar a mi novia, porque si no, me deja”.

Don Luis era un bendito. Salí de su casa con el aprobado de María Jesús. Por la noche, llamó a casa y preguntó por mí: “Tengo que decirle que revisé el examen de su novia. Merecía el aprobado sin necesidad de que hubiera Vd.  intervenido. ¡Pero es que tiene una letra!”

La letra de mi mujer es para darle de comer aparte. Me cuesta trabajo hoy día descifrarla.


El pito real (picus viridis), a pesar de su relativa corpulencia y su caperuza roja, no suele ser avistado. La fotografía que tomé, como casi todas las de pájaros, es fruto de la paciencia combinada con la casualidad. Este macho de pito real, de la raza española -tienen el obispillo verde amarillento- estaba haciendo su agosto, entretenido aunque atento, a costa de un hormiguero, que son su comida predilecta.

A cada rato, levantaba la cabeza y cuando me descubrió, se evadió de golpe, emitiendo una voz característica que asemeja a una risa, que los libros de fauna avícola suelen describir como maníaca y que, por tanto, tiene su particular encaje en estos comentarios sobre situaciones cómicas o ridículas.

 

 

 

Seguridad frente amenazas (1)

pinzon vulgar

Permita el  lector una reflexión elemental. Si queremos seguridad, habrá que identificar las amenazas. Y si algunas de ellas son imprecisas, difusas o desconocidas, la apelación a la seguridad global se convertirá en una mera petición de principio.

Hace apenas unas décadas lo teníamos más sencillo, porque había un enemigo, real o potencial del que defenderse, y la fórmula para resolver los conflictos era mediante una guerra, con medios militares.

Desde 1950, y en especial, a partir de la llamada ingenuamente “guerra fría”, la situación cambió y el árbol de la seguridad empezó a mostrar hongos, insectos litófagos, muérdago y parásitos. En la actualidad, está sometido a tantas tensiones que hay que poner el concepto en cuarentena, para analizar el perímetro de contorno que podemos abarcar realmente, para no provocar falsas expectativas y desilusiones de la ciudadanía.

La detección de las amenazas y adecuar a cada una el medio de defensa, es imprescindible. Tenemos que aceptar, por ejemplo, que aunque se sigan utilizando los antiguos términos convencionales, el concepto de Defensa pone de manifiesto su amplia polisemia.

En términos políticos -esto es, en el ámbito que se atribuye a la acción política-, agrupa o puede agrupar desde la organización y dotación de las fuerzas armadas, a las alianzas y convenios internacionales, tanto comerciales como militares; incluye la diplomacia, las estructuras de espionaje y contraespionaje y, por no ser incómodamente exhaustivo, también la ayuda y cooperación al desarrollo; incluso habría que incorporar a la idea genérica de Defensa, la actividad de la policía interior en aquellos cometidos que supongan la protección de la forma de Estado y sus órganos máximos, el control del terrorismo y el separatismo.

Una tarea inmensa, que exige una coordinación precisa y una versatilidad sin fisuras. Esta labor oficial está, por supuesto, imbricada, con la idea de ofrecer seguridad, aunque no al ciudadano individual -sería imposible- sino, al conjunto de la ciudadanía, y, atendiendo a su relevancia institucional, a determinadas personas que ocupan o han ocupado cargos especiales y que pueden ser objetivo del terrorismo.

Para los más desorientados puede ser necesario señalar, que, a raíz del terrible toque de atención que supuso la Segunda Guerra mundial para la utopía de la convivencia internacional, ya se produjo un cambio sustancial en el concepto de la seguridad, y se confeccionó  un primer mapa de alianzas. Se trataba de simplificar el número de enemigos potenciales.

Se acudió también a la gramática. En un ejercicio profiláctico intencionado, las grandes potencias que estaban dispuestas a rentabilizar la paz conseguida, y pronto, sus imitadores y seguidores, cambiaron de nombre al Ministerio del que dependen sus Ejércitos.

Así, en Estados Unidos, por la Ley de Seguridad Nacional de 1947 (National Security Act),  el nombre del Departamento de la Guerra, pasó a ser el de Ejército de Tierra (Army) y se fusionó con el Departamento de la Armada -la fuerza naval-, formando el NME (National Military Establishment), bajo la presidencia del Secretario de Defensa.

Parecida situación se recreó en la URSS y después, en China y decenas de países: los ministerios de Defensa sustituyeron a los de la Guerra, vocablo maldito. En Alemania, potencia perdedora (al menos, sobre el papel) desapareció el Ministerio de la Resistencia (Wehr, palabra que cayó en desuso) de los tiempos del Tercer Reich, y la estructura militar también afloró como Ministerio de la Defensa (Verteidigung) en 1955, tanto en la RDA como en la RFA.

En la Historia reciente de España, el nombre del Ministerio que asume, entre otras funciones, la dirección y la responsabilidad presupuestaria del mantenimiento de un Ejército y su armamento, adoptó también diversos nombres.

El Ministerio de la Guerra, creado por Real Decreto de 1851, estaba solo encargado de los asuntos militares del Ejército de Tierra y subsistió, pasando sobre monarquías y repúblicas, hasta que el rebelde general Franco imaginó que era más propio el camuflaje de su levantamiento bajo el equívoco apelativo de Ministerio de Defensa Nacional, que, desde 1938 y hasta la firma de la paz, concentró los tres Ejércitos por un corto período. Se mantuvieron luego desagregados hasta 1977, en que desaparecieron los tres Ministerios de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y se unificaron las fuerzas militares y su correspondiente organización, en un Ministerio de Defensa.

Sería infantil limitarse a la semántica, y poco serio  reducir hoy el rol de la Defensa nacional al mantenimiento de un Ejército y a firmar unas cuantas alianzas con Estados afines. La acción política de cara al exterior, es cierto, implica asumir que el Estado ha de organizar adecuadamente su protección frente a cualquier agresión externa por parte de otro Estado.

Sin embargo, la tranquilidad del conjunto de los habitantes  en período de paz exterior aparece más bien desviada hacia la seguridad nacional, que se configura como una categoría de espectro mucho más sutil y, por tanto, difícil de abordar con transparencia.

No valen aquí las exhibiciones públicas de fuerza -como en los desfiles militares-, sino que la discreción pasa a primer término. Debe actuar la ponderación, la vigilancia, bajo la redacción y cumplimiento de leyes adecuadas. Cuando la policía (en algún caso, el Ejército) actúa en territorio propio contra una amenaza a la seguridad, la proporción y mesura de los medios empleados debe dominar sobre la represión.

Cualquier definición rígida de los conceptos de seguridad, defensa, libertad, paz o bonanza queda desautorizada continuamente por la realidad. Como dramático ejemplo del terreno resbaladizo, los manuales académicos clásicos no previeron que las agresiones externas pudieran provenir, no de Estados, sino de terroristas cuyo punto de unión fuera el fanatismo religioso y que actuasen, no en campos de batalla ni con armamento estándar, sino en cualquier lugar, contra cualquier persona y con cualquier instrumento capaz de matar.

El terrorismo islámico, cualquiera que sea su pretendido fundamento, se ha convertido en el riesgo difuso por excelencia. Su objetivo material es indiscriminado, aunque el efecto pretendido es muy concreto: sembrar el terror en Occidente y rentabilizarlo en Oriente.

No quiero ser obvio ni parecer insolente, pero cuando ETA mataba a militares o políticos prominentes, el ciudadano anónimo español podría estar tranquilo. Si el objetivo para llamar la atención sobre su fanática causa de  los adictos al DAESH y a su forma de manifestar su enajenación fuera su autoinmolación sin más víctimas, o incluso, se limitaran a asesinar ocasionalmente a algún imán de una mezquita, no hablaríamos de la necesidad de cambiar los mecanismos de seguridad para proteger a los ciudadanos que viven en ciudades occidentales, o, por lo menos, de hacer alarde y exhibición de las medidas emprendidas, con el objetivo de que la población se sienta protegida…hasta que, desgraciadamente, se produzca la difusión del próximo atentado.

Por causa del terrorismo internacional como de las guerras calientes o frías, como por la amenaza clara de un cataclismo nuclear, nuestra seguridad, y la sensación de su dominio, tanto a nivel individual como colectivo, ha sufrido mutaciones. Todos estábamos dispuestos a admitir que, al estar viviendo en sociedad, deberíamos renunciar a algunos aspectos de libertad para disfrutar de la mayor sensación de tener seguridad.

Llegamos a aceptar el convencionalismo de que podíamos sentirnos tanto más libres, cuanto menos injerencias extrañas encontrásemos interfiriendo en el camino para hacer efectivas nuestras decisiones de consumo y placer, aunque también agradecemos, paradójicamente, alguna participación externa para conseguir más fácilmente lo que nos apetece.

Lo que no estamos preparados es para soportar la sensación de que nuestra tranquilidad está amenazada, en lo que creíamos período de paz en nuestro entorno, precisamente por ser nosotros anónimos, por tratarse de ciudadanos normales, vulgares, sin otro valor que el de un especimen humano más, como los otros, situado en un territorio determinado, elegido por un grupo de gentes que juegan a la ruleta con nuestra existencia.

(En una obra teatral de Casona, la injustamente olvidada Barca sin pescador, el caballero de negro (el diablo)  ofrece al angustiado protagonista un pacto para salvar su fortuna: tiene que acceder  a matar a alguien indiscriminado en un lugar remoto. En aquella ficción, también al estilo de las novelas policíacas, el homicida tiene sin embargo el deseo irrefrenable de conocer el escenario de quien fue su víctima  y los concretos efectos de su acción. El descubrimiento del otro cambia la historia.)

(continuará)

 


La foto es de una hembra de pinzón vulgar. Es un paseriforme muy común, ubicuo, aunque prefiere las zonas con árboles, en donde se oculta mejor. En invierno trata de agruparse en los lugares más cálidos de su hábital. Su nombre científico es Fringilla coelebs. Es un fringílido, como los jilgueros y verderones, por ejemplo, y recibió su nombre específico por Linneo al observar que en Suecia, país natal del científico, las hembras migran y los machos se quedan. Coelebes es la palabra latina para célibe, soltero.

Por cierto, los machos son, desde luego, más fuertes, pero también más vistosos y se especula acerca de las verdaderas razones por las que deciden quedarse en sus territorios de verano, ya que algunas hembras acompañan a los residentes durante las estaciones frías, alegrándose mutuamente el paso por los rigores del invierno.

Migrantes y estrategia

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Hay cada vez más Yónatan, Irina, Dumitru o Yesica atendiendo los supermercados, las tiendas de ropa o los restaurantes. Son Fátima, Jadilla, Evelin o Diana quienes cuidan de nuestros ancianos y niños. Habrá Yusef, Dragomi, o Leonar haciendo reformas y reparaciones en las viviendas y alquitranando las calles…

Me gustaría poder interpretarlo como un signo de nuestra recuperación económica. No puedo hacerlo, cuando las estadísticas siguen hablando de más de cuatro millones de parados y aún menos cuando investigo acerca de los salarios que son abonados a estos ciudadanos nacidos fuera de nuestras fronteras, que han conseguido su tarjeta de residentes y un empleo a tiempo parcial o infrapagado.

Claro que tengo que conciliar estas cifras de migrantes que nos sacan las castañas del fuego de los trabajos menos atractivos o peor remunerados, con la de otros migrantes, éstos llamados Carlos, María, Juan o Cecilia, que viven en Suecia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos, trabajando en hospitales, centros de investigación o empresas tecnológicas.

El 12 de diciembre de 2016, en la Fundación Rafael del Pino, se presentó el libro “Europa y el porvenir” (Editorial Península), bajo la fórmula de una entrevista a sus autores (José Manuel García-Margallo y Fernando Eguidazu) realizada por José Ignacio Torreblanca (director de Opinión de El País).

Por supuesto, la conversación a tres bandas -no hubo coloquio posterior- discurrió sobre el concepto y límites del estado del bienestar, “concepto de goma -precisó Margallo- con dos límites: el económico (como frontera superior al gasto) y el estímulo a la iniciativa privada”(como frontera inferior, para no adormecerla, recogiendo el vocablo empleado por el ex-ministro).

No creo que me regalen el libro, así que me tengo que guiar exclusivamente por las notas que tomé durante la sesión. La preocupación por la disminución del peso relativo de la población europea en el mundo, nos llevará -coincidieron ambos autores- a depender durante mucho tiempo de los flujos migratorios.

Las preguntas de Torreblanca (supongo que previamente pactadas) incidieron en desvelar la visión que la pareja titular tenía sobre el modelo fiscal: Con tipos fiscales para las empresas tan bajos, ¿no existe el riesgo de que el ciudadano entienda que no se está haciendo lo necesario?

La respuesta fue del libro, aunque no del que se estaba presentando: Si el mercado lo permite, los impuestos se trasladarán al producto: el iva es, en alguna manera, la forma de recaudar impuestos atendiendo a los beneficios. Y, por otra parte, las cotizaciones empresariales, a la postre, las paga el trabajador si se repercuten como costes de empresa y, si se repercuten hacia delante, en los precios, los soportará el consumidor.

Como colofón, el ministro De Guindos, confeso admirador de los dos ponentes, alabó a Maragall, “que sacó la Ley de Servicio Exterior”, resaltó el “crecimiento exponencial” del gasto sanitario y apuntó hacia el problema de la demografía (“aquí hay más fallecimientos que nacimientos”), para reforzar la idea de que la inmigración es imprescindible para sostener el estado de bienestar, porque se necesita aumentar el número de trabajadores por cada destinatario de pensiones y ayudas sociales.

No hace falta ser ministro de este país para entender que la pirámide socieconomica no se sostendrá alimentándola por debajo con empleos que cubren las necesidades de servicio asistencial a las clases medias y superiores. Hace falta que se tire de la economía con empleos mejor remunerados y de más alta cualificación. Son imprescindibles empresas punteras y de mayor valor tecnológico. Volvemos, pues, a la necesidad de clarificar lo que está pasando en la Universidad y en los demás centros formativos, para corregirlo. Repetimos la urgencia en potenciar la creación de empleos de alta productividad.

Y, agradeciendo a estos migrantes extranjeros que están asumiendo las tareas que no queremos hacer los españoles -no voy a detenerme ahora en los porqués y aún menos, en las razones que les han forzado a llegar hasta aquí-, que alguien se preocupe en solucionar porqué no somos capaces de generar más empresas que acojan y estimulen a los más capaces y mejor formados, para que se consiga el efecto multiplicador que nos haga posible mantener el estado del bienestar, y no consumir sus residuos alegremente.


La foto es la de un reyezuelo, un pájaro diminuto, difícil de ver (ya que es nervioso, tiene una gran movilidad y desaparece oculto entre el follaje). Se le llama así porque los machos adultos tienen una especie de corona en la cabeza (concretamente, en el píleo), debido al color de sus plumas. A pesar de esa apariencia tan singular, este paseriforme, el más pequeño de Europa (solo pesa 5/6 g), suele pasar desapercibido, salvo por su canto, inconfundible (un síi-síi repetido).

Algunas gentes creen que estos paseriformes mínimos vuelan protegidos entre las alas de las grandes torcaces, pues no parecería posible que aguantaran largas distancias siendo tan ligeros. Pero lo cierto es que las soportan, con vuelos ondulados y firmes. Y también muy curioso que no parecen preocuparse por los humanos. Es posible acercarse a ellos, y casi tocarlos con la mano, sin que se inmuten. Se diría que no nos ven.