Mi intervención en el CONAMA 2016

Este es el contenido de la presentación que, en la actividad de la Unión Interprofesional de la Comunidad de Madrid en el CONAMA 2016, tuve la oportunidad, y el honor, de hacer. Son mis comentarios a una selección de los 1.500 dibujos con los que otros tantos niños madrileños de menos de 12 años, pusieron a volar su imaginación para representar la ciudad en la que vivirían cuando fueran mayores. No siempre, como veréis, una ciudad ideal,

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Un mensaje para Elías

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Hace ya unos 30 años, escribí una novela con el título de este Comentario, que entre otras elucubraciones muy de mi gusto, empezaba con una inmersión especulativa sobre lo que podría ser España en 2015. No era una novela policíaca, porque se desarrollaba en siete capítulos cuyos protagonistas eran otras tantas mujeres, pero había un intríngulis político que se desvelaba cuando, al final del libro, el protagonista reconocía que había estado participando en los entresijos del Gobierno, inventando y difundiendo historias creíbles, logros falsos de las actuaciones públicas y creando anécdotas y personajes que se incorporaban a la realidad como si fueran parte de ella, con el efecto de confundir y adormecer a la población, haciéndole creer que la situación era idílica, cuando, en verdad, el país se había convertido en un desastre, feudo de unos pocos.

Presenté la novela al premio Nadal y, como era de esperar, no obtuvo ni mención honorífica. Nunca la publiqué, aunque tuvo lectores notables. El más singular de todos ellos fue, sin duda, mi esposa, a la que entregué el original para que me diera su opinión. Al cabo de unas semanas, como no me decía nada, me interesé por su parecer, esperando, ya que no su alabanza desmedida, al menos, su plácet orquestado.

-“Te la estoy corrigiendo entera, y voy solo por la página veinte”- fue su respuesta- “Es muy verde”.

Estuve, por supuesto, uno o dos días sin dirigirle la palabra más que para lo estrictamente imprescindible, pero las aguas volvieron a su cauce natural y la novela, decepción del dictamen Nadalístico incluida, pasó a engrosar el estante en donde guardo mis obras completas impublicadas.

Tengo a la vista el resultado de los nombramientos del flamante Presidente Mariano Rajoy, y me he acordado de mi novela. Esta realidad que nos ha tocado vivir parece confeccionada para ser parte de una historia de ficción. Las mismas caras, y, en muchos casos, incluso con los mismos collares (digo, carteras ministeriales). La voluntad expresa, seguir haciendo lo mismo, dilapidando en minutos el supuesto caudal de la promesa de cambio. Arrastrados a la vorágine del desencuentro, no ya Albert Rivera, al que se le estará poniendo la cara de tonto útil que corresponde a su empeño en presentar que las cosas van a cambiar con una oposición constructiva, sino, al PSOE, descabezado, desnortado, roto y todo ello sin presentar batalla alguna.

Puede que desde la más izquierda -si ese es el lugar donde se podría encontrar a Unidos Podemos, desproveyéndolo de mucha hojarasca mediática, pelo de la dehesa y mentiras de escolar de colegio de pago pillado pirándose las clases- haya opciones para una oposición aunque seguramente será destructiva, o sea, inútil.

Qué pena que, ya que no me dieron el Nadal en 1980, no me hubiera animado (o hubiesen) a publicar mi novela. Ahora sería venerado como profeta. Porque esto que nos está pasando no es real, está generado desde las oscuras catacumbas de este país, y lo que vemos son solo personajes en busca de autor, de programa, de otro rollo, vamos.


P.S. Los estorninos son, por nuestros predios, aves no muy queridas. Con razón. Vienen en bandadas, y se posan sobre los campos recién sembrados en agosto, para hartarse de semillas. Tampoco la naturaleza los dotó con un lenguaje que suponga, al oído humano, el placer de ser obsequiado con trinos agradables, melodiosos ritmos. Quiá. Chillan y graznan como posesos y, como vienen a miles, con su vocerío, aturden.

En invierno, su plumaje negro uniforme, adquiere otras tonalidades y sus plumas parecen moteadas. Algunos observadores poco atentos o nada aficionados a la ornitología, los confunden con mirlos. Pero ni cantan, ni se les atribuye utilidad -sino perjuicio- al agricultor y, para colmo, su carne es dura (dicen los que intentaron probarla) como la peña.

 

La democracia, secuestrada

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La obstinación, revestida de ropaje pseudojurídico, con la que la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría, niega que el Gobierno sin mandato tenga que someterse al control del Congreso, y solo esté obligado a darle información, equivale, en términos llanos, al secuestro de la democracia.

Porque los ciudadanos no tenemos otra forma de controlar a quienes están ocupando en precario los puestos de la máxima gestión pública que por medio de las explicaciones que se le soliciten por quienes son nuestros actuales representantes legales. Esos diputados y senadores, le guste  o no al gobierno que no ha conseguido revalidar su mandato, son ahora el Consejo de Administración de nuestra democracia.

La seguridad de Sáenz de Santamaría puede venir revestida, que no avalada, por una brillante carrera de derecho; adornada, que no por ello libre de sometimiento a la crítica del ojo del pueblo, por unas oposiciones ganadas con mérito que no es momento de discutir, a abogada del Estado; y, por añadidura, consolidada, que no por ello ha de resultar más valiosa en términos de vedad, por la experiencia docente en la divulgación de la teoría del Derecho Administrativo en las aulas universitarias.

Puede parecerle a Soraya que una formación tan densa, que sobrecarga su currículum para proporcionarle un porte apabullante, sirva de patente de corsa para que pueda explicarle, sin sonrojo alguno, al penúltimo Presidente del Congreso, Patxi López, por carta que pasará a los anales de la interpretación adulterada del juego democrático, cómo  se construye un silogismo perverso:

Premisa mayor: El Gobierno en funciones “tiene limitadas sus facultades al despacho ordinario de los asuntos públicos”, y, afinando más,  “al desarrollo de actividades de carácter puramente administrativo que no impliquen orientación política alguna”;

Premisa menor: teniendo en cuenta la insólita petición de la segunda autoridad del país (1) y la sorpresa avergonzada que caisa en la fina jurista.

nos lleva a la Conclusión irrebatible de que Nanay del Paraguay, que no te doy explicaciones de lo me pides, y que si quieres venir a por uvas o melones, espera a otra cosecha, que catar ésta no te corresponde, aunque esgrimas que tu poder viene del pueblo, porque ese pueblo te habrá dado la confianza a tí, pero no a mí.

La habilidad jurídica para enredar los términos legales de Saenz de Santamaría es incuestionable. Su palabrería es tan elocuente que no merece la pena entrar en una discusión con ella. Basta con romper el nudo gordiano de la aparente verosimilitud de su razonamiento, cortándolo de cuajo con la espada afilada que enarbola, por fuero y por derecho, el pueblo soberano.

Parapetada por su interpretación ladina de las vacantes jurídicas, que llena a su antojo, y dado que el análisis máximo de validez nos llevaría a solicitar el pronunciamiento de la autoridad legal del Tribunal Constitucional, que tiene sus plazos y mandangas, podríamos correr el riesgo de enredarnos entretanto sobre el apoyo legal que tiene su negativa y la de sus compis de Gobierno,  a comparecer para explicarnos a los españoles lo que están haciendo desde  con el muñeco que representa para ese equipo, al parecer, la democracia. Debe parecerles un ejercicio de budú, en el que, cada vez que damos la espalda a los que custodian el muñeco, le clavan un alfiler emponzoñado.

A Sáenz de Santamaría le gusta su razonamiento, porque lo repite ya sin el menor rubor, en toda ocasión. Lo ha vuelto a repetir, tal cual, ayer, para justificar la no comparecencia ante el Congreso de Diputados para explicar el nuevo caso Soria. Pueblo soberano, ya que os habéis equivocado al revocar nuestro mandato, sufrid.

No tengo ya idea de cómo va a acabar ésto. Si fueran otras épocas, vería asomar los espadones, y vislumbraría a un general Pavía montando a caballo por el patio del Congreso. Como vivimos un momento de desorientación en todos los órdenes, perdido el norte, agotadas las fuerzas, engañado el pueblo con visiones de bodevil y charanga, solo alcanzo a llevarme las manos a la cabeza.

No debiera darme todo igual, pero las circunstancias se empeñan en apuntarme que el rifirrafe por la investidura de Gobierno no va a traducirse en cambio alguno. Con tantas líneas rojas, azules y enmadejadas posiciones, han conseguido marearme, convenciéndome de que no hablan de lo nuestro, sino de lo suyo. Los unos, contentos con repartirnos las mismas ruedas de molino y vendernos idénticas motos y volver a sacar a la feria los viejos jumentos trampeados con rayas cebra. Los otros, porque no consiguen convencer ni a sus propios partidarios con tantos propósitos de hipotético cambio frontal que no explicitan, porque, además, es imposible.

Más a la izquierda del espectro de lo probable, aunque no me duelen prendas en reconocer que en ese grupo variopinto están la mayoría de las gentes que tienen mi simpatía social, porque son de verdad los que sufren del decaer de la actividad económica, y, aunque soy de la élite, comparto con ellos la convicción de que es necesario hacer temblar los cimientos de esta sociedad corrupta, para que caigan los que se aferran a que todo siga así, lo que no veo es liderazgo. Escucho mucha palabrería, entiendo que se quieren hacer aflorar rencores prendiendo mechas como pirómanos desde la clase académica, y sin valorar el efecto de los fuegos, porque falta el menor conocimiento de cómo se gestiona un pedazo tan corto de un mundo muy complejo.

Soraya, por favor, deja de darnos clases. Tus explicaciones son prescindibles.

Como las de todo aquel que ha sido cogido en falta y pretende justificarse, aún sabiendo que no le asiste razón alguna, su tono petulante y agresivo no mejora su credibilidad. Son vacuas, falsas. Nos agreden a todos y, especialmente, a los que, antes de que todo esto sucediera -el tránsito penoso por la Tierra Oscura-, creíamos que, en caso de necesidad, siempre nos vendría a salvar la democracia.

Ahora, ya empezamos a dudarlo incluso nosotros, los viejos demócratas.


(1) Justamente, por encontrarse el gobierno en funciones, la autoridad constitucionalmente otorgada al presidente de Gobierno, decae ante la validación democrática que otorga el Congreso al nombrar a su propio presidente.

P.S. Este juvenil colirrojo tizón parece a punto de iniciar un paso de ballet. Son aves atopadizas, juguetonas, que tan pronto parecen dispuestas a acercarse sin miedo a nuestro entorno más próximo, como se escapan, huidizas, para ocultarse entre el follaje. La foto no permite apreciar bien su conspicua cola bermeja.

Salidas

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: “Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales”; “Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza”; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa “algo sencillo, personal y justo”, para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de “viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales ” y “torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte”. La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

Epílogo:…y utilizar más grados de libertad

(Continúa aquí, y finaliza con esta segunda entrega, el Epílogo de “La Granja Humana”,  una ficción con indudable parecido con la realidad, cuyo título completo para la versión inglesa sería: “The human farm: a factory of hopes, welfare, poverty and delusions”)

Quinta orientación: Fortalecer las políticas mejorando la competencia de los políticos

De la lectura del epígrafe, no pretendo que se interprete, sin más, que los políticos de la jaula hispana son incompetentes. No tendría razones para afirmar algo así, y, desde luego, “no los conozco a todos”.

Por ello, la afirmación del presidente actual del Círculo de Empresarios, mi compañero de profesión en la ingeniería, Javier Vega de Seoane, de la que ignoro el contexto exacto, aunque pronunciada en relación con la falta de acuerdo tras las elecciones de diciembre de 2015 (“Si los partidos políticos funcionaran como las empresas, cambiarían de líderes tras un fracaso como éste”) me parece poco afortunada, porque parece una indicación a que las empresas deberían ser el modelo a seguir por la política.

En cualquier caso, en todas partes cuecen habas, como dice el dicho, (y en la mía, a calderadas, como reza la obligada continuación del dicho popular).

Sin desviar la atención hacia otros colectivos, el silogismo admitido es que la política es cuestión delicada que exige una especialización y que, por tanto, debe encomendarse su ejercicio a un tipo muy concreto de profesionales: los políticos.

Hay, al menos, dos razones para estar en desacuerdo: una, de base genérica. Para hacer algo bien, además de conocimiento y dedicación, hace falta experiencia. Tanto da que se trate de empresarios, políticos, médicos, comandantes de aeronave o… maestros soldadores. Para llevar a cabo con solvencia la gestión pública, los competentes naturales deberían ser los funcionarios de cada una de las ramas de actividad de las Administraciones, quienes, con los años, serían quienes pueden acreditar la experiencia práctica. Los políticos, por supuesto, pueden llegar a acumular una importante y específica experiencia, pero en cuestiones que  poco tienen que ver con la gestión de la cosa pública, y sí con el desarrollo de su capacidad de convicción, su éxito como vendedores.

Como segunda razón, no comparto la práctica institucionalizada de considerar el acceso a los puestos clave de la gestión pública, como un premio para los políticos. Cuando los partidos consiguen cuotas para nombrar puestos de responsabilidad en los poderes públicos, y cuando éstos son de libre designación, echan mano prácticamente en exclusiva de personas que desde su más tierna juventud se han dedicado al ejercicio de la política. Los convierten, como reconocimiento, en ministros, consejeros de comunidades autónomas, presidentes de empresas públicas, directores de organismos dependientes de las Administraciones,  embajadores, asesores municipales, etc.

El efecto derivado de esta estrategia de pura naturaleza excluyente es que el valor de cambio del político en el mercado laboral queda abrillantado por la experiencia adquirida como gestor de los intereses públicos, y especialmente, por el conocimiento adquirido desde la torre de mando de los entresijos de la Administración, robustecidos por la información confidencial que proporciona esa posición. La teoría viciosa de las puertas giratorias viene a confirmar que no son excepcionales las incorporaciones de ex altos cargos a alguno de los grupos privados con los que se relacionó mientras se mantuvo en ellos, sin que tampoco me apetezca descartar a los políticos con tan excelsa capacidad que pueden culminar su carrera académica, obteniendo doctorados o cátedras, mientras ejercen la -en teoría- absorbente función de gestionar lo de todos.

Ni siquiera estoy de acuerdo en que, por pertenecer a un partido concreto, se está mejor cualificado para cumplir el programa -si existe éste- con el que se ganaron las elecciones. En el ejemplo de la empresa, al que ahora sí vuelvo, los mejores gestores no son los herederos de los fundadores de la misma y, en puridad, ni siquiera los que tuvieron la idea y la lanzaron al éxito. Aquello de :”Soy un buen político porque lo que hago es política, y lo vengo haciendo desde muy joven” es un oxímoron, una falacia por petición e principio.

Debería de prevalecer, justamente, la tesis contraria. Tendrían que ser aquellos profesionales, que hubieran ejercitado su competencia en el sector privado, los que en un momento de madurez, vencida la etapa de aprendizaje, encontrasen en el acceso a un puesto público, su consagración al servicio de la sociedad. En beneficio de todos. Una puerta giratoria, al revés.

Apuesto doble contra sencillo a que se encontraría de esta forma una solución más adecuada al problema de credibilidad que tiene planteado la jaula hispana, y que puede agudizarse más. Porque la frustración de expectativas provocada por la grave crisis económica va agravarse aún, por la ignorante difusión de mensajes supuestamente salvíficos que carecen de viabilidad, emitidos por aquellos que tienen poca idea de cómo funcionan los entresijos de la Granja ni valoran las capacidades reales de la jaula hispana para encajarse u oponerse a ellos.

Sexta orientación. Detectar las líneas de desarrollo más adecuadas en relación con las ventajas comparativas, ya sean naturales o generadas

Ni qué decir tiene que el descontento de una parte importante de la población española tiene serios fundamentos. Casi nadie protesta por diversión o porque le paguen por hacerlo. Los millones de votos conseguidos por la formación de Podemos, o el núcleo fiel de la Izquierda comunista, son reales, serios y no provienen de aves antisistema. En absoluto. La crisis es real, y es duradera. Y si las protestas se dirigen contra la forma de Estado, la Constitución, las entidades financieras o los partidos que gobernaron hasta ahora, no es mala fe. Es mucho peor: es por ignorancia.

La recuperación económica, en términos de generar los millones de puestos de trabajo que se han perdido por la crisis, será imposible si no se alimentan líneas de desarrollo de mucha fuerza, que deben crearse o potenciarse en relación con el contexto de otros intereses en la Granja global. Además, debe tenerse muy presente que no basta con que se mejoren las cifras de beneficio de las cuentas de explotación empresariales, o se presenten incrementos de sus facturaciones anuales. Hay que analizar a qué se deben: si conseguidos por aumento de las exportaciones, o por haber desplazado a las empresas que empleaban metodologías tradicionales con tecnologías más eficientes, o por compra de otras empresas. Algo muy distinto de construir un entramado industrial alternativo en pocos años, que tape los graves agujeros causados por el boom (esto es, el estallido) inmobiliario y la brusca detención de la carrera alocada de planes públicos de mejora de las infraestructuras.

Siempre que reflexiono sobre la teoría -de base bíblica- de los ciclos económicos, y recorro, en ejercicio mental o literario, las múltiples explicaciones sobre los mecanismos que hacen alternar los momentos de recesión con los de esplendor, me pregunto por qué hemos convertido en un misterio algo que tiene una justificación técnica sencilla.

A nivel de Granja, el crecimiento del Producto Interior Bruto Global de la Granja se encontrará sistemáticamente con la resistencia que ofrecen los explotados o más perjudicados ante los que procuran concentrar para sí los máximos beneficios. A mayor resistencia, el ciclo será más largo, las oscilaciones más atenuadas; si las perspectivas de beneficio son altas, la avidez por hacerlo efectivo, mayor,  y el ciclo será más corto pero con superiores tensiones. La producción de la Granja sufre continuos impulsos que le hacen parecer una cuerda sostenida por sus extremos por dos infantes jugando a provocar movimientos ondulatorios por pura diversión.

Además, el asunto de fondo no es ése. El crecimiento en términos económicos del PIB de la Granja ya no sirve para medir el aumento de bienestar en muchas áreas. Los aproximadamente 80 billones de dólares/año en los que se calcula aproximadamente su valor total (en 2015), están muy desigualmente distribuídos: Estados Unidos, Europa y Asia Oriental (China y Japón), concentran, por partes iguales, más del 70%.   porque los índices Puede parecer una afirmación a algunos evidente y a otros, controvertida. Si algo cabe esperar es que, en el corto plazo, Estados con economías que venimos llamado emergentes, presionarán sobre los Estados con economías derivadas hacia el sostenimiento de la economía de bienestar, que se hará imposible. También las corrientes migratorias dejarán de poder ser contenidas con policías de frontera, concertinas y mamporros. No será posible seguir generando guerras y episodios de desentendimiento entre etnias, religiones o castas donde apetezca a quienes ahora tienen interés en controlar La Granja.

Me apetece citar a un teórico sobre cuyas teorías ha llovido mucho, aunque la frase tiene aplicación para poner en evidencia la debilidad de los planteamientos globales en La Granja (« Pour découvrir les meilleures règles de société qui conviennent aux nations, il faudrait une intelligence supérieure, qui vît toutes les passions des hommes et qui n’en éprouvât aucune… Il faudrait des dieux pour donner des lois aux hommes. » Jean-Jacques Rousseau, Du Contrat Social).

Si a nivel global, comparto la opinión de que no hay mente humana capaz de predecir hacia dónde irá la Humanidad, sin embargo, encuentro mucho más sencillo elegir las líneas de orientación para un país intermedio, como el de la jaula hispana.

La timorata aplicación hispánica de los amplios conceptos de “libertad de mercado” y “capitalismo liberal” ha restringido las intervenciones desde el Estado sobre la economía o, más bien, las ha desplazado a un maremagnum sin ton ni son de decisiones tomadas, en su mayor parte, desde las Autonomías regionales. Ha sido un error mayúsculo que tuvo (y tiene, porque el mal prosigue) efectos perniciosos sobre la economía real, y ha causado un despilfarro de recursos. Las Sociedades de Promoción Regional, los Institutos de Desarrollo autonómico, la parafernalia de instrumentos para fomentar la iniciativa local, sirven para muy poco, y por razones fáciles de entender, en realidad.

Sin orientación desde arriba, no es de esperar que las iniciativas privadas sean capaces de proponer emprendimientos con valor diferencial: saldrán muchas peluquerías, instalaciones de despiece de conejos, fabricantes de queso o pan artesanal, cooperativas de tres al cuarto y, en el menor de los casos, petición de ayuda para implantación local de multinacionales que lo que agradecen, pero no necesitan para ganar aún más dinero es un terreno barato y publicidad ya sea para su casino, la nave de ensamblaje de componentes o la instalación para productos químicos más o menos contaminantes.

Soy partidario de la definición de sectores preferentes para la jaula hispana. Somos, al fin y al cabo, un país intermedio, sin apenas recursos naturales (salvo el sol, el agua y un legado histórico monumental relativamente bien conservado, pero de mantenimiento costoso). Esos sectores preferentes podrían ser: el energético (con dedicación especial a las energías no contaminantes y renovables), los materiales especiales (cerámicos, aplicaciones del grafeno, muy alta resistencia y comportamiento ante solicitaciones extremas, etc.), transformaciones de productos agropecuarios de mayor valor añadido (y su distribución), diseño industrial con incorporación de valores ergonómicos, seriales, etc. y, por no hacer la relación muy larga, la concepción y elaboración de productos farmacéuticos y biomédicos (con orientación positiva hacia la gerontología o enfermedades especiales o raras)

Impulsar empresas y proyectos en las llamadas nuevas tecnologías (TICs) es, no ya una posibilidad, sino una obligación ineludible para un país que pretende recuperar, y no desea volver a perderlo el contacto con la élite tecnológica.

Cuando pienso que el “sector de defensa” -es decir, la fabricación de armamento- ha sido y es uno de las bases del desarrollo tecnológicos de Estados Unidos, Canadá o Israel, me pregunto, a fuer de pacifista (pero no ingenuo) por qué no hemos conseguido conectar de forma fluida, directa, absoluta, la industria del sector en la jaula hispánica -incluido su centro de investigación muy cualificado, el INTA (1)- con el resto de sectores industriales “civiles”. Las tecnologías de comunicaciones e información ofrecen una estupenda oportunidad de enlace entre lo civil y lo militar que ayudaría, además, a encajar la carrera de muchos profesionales del Ejército en la vida civil, cuando terminara su servicio activo.

Séptima orientación. Revisar, con visión trasversal, el funcionamiento de la administración pública, del poder judicial y, en general, de todos los instrumentos de acción del Estado

A nadie le gusta que le juzguen, y a los jueces, menos. Pero es hora de indicar que la independencia del poder judicial tiene que ser revisada. Una cosa es la no injerencia en la función de administrar la Justicia, que es aplicación profesional de la legislación, y otra muy distinta, impedir que la labor profesional de los jueces no pueda ser juzgada por criterios externos, neutrales y objetivos, no empañados ni por el respeto a los órdenes superiores de la carrera judicial o por la prohibición -más de uso que de fuero- de emitir juicios sobre los jueces.

Ha de ser posible, y sin cortapisas, enjuiciar, no solamente las Sentencias de cualquier orden judicial -labor que, por fortuna, es cada vez más frecuente, perdido el miedo a criticar a magistrados de los Tribunales llamados superiores, incluido el Supremo-, sino a los jueces. Saber los porcentajes en que las Sentencias de un juez o Sala son revocados o revisados por el orden superior. Abrir el debate opinión sobre los comportamientos en los foros, permitiendo la expresión, no anónima, sí fundamentada, acerca de lo que se ventila en los foros. Porque, aunque las vistas son, en general, públicas, el público no asiste a ellas, más que cuando alguna circunstancia puramente morbosa hace un proceso mediáticamente atractivo, sin nada que ver con la administración de Justicia.

Lo dicho para los jueces, para los que es exigible una estructura no judicial que supervise, de manera independientemente y con transparencia hacia la opinión pública, las actuaciones de los jueces y magistrados, obligando así a un control externo muy aconsejable de esta función del Estado moderno que Montesquieu distinguía, de forma arcaica, como uno de los tres poderes independientes, vale para toda la administración pública. No basta el Congreso de Diputados y, en buena medida, tampoco serviría para lo que es necesario hacer que la eficiencia de la Adminstración tenga parámetros  medibles, individualizados y…públicos.

En relación con la administración de Justicia en la jaula hispana, una cuestión fundamental y, debido a su complejidad, arrumbada, es la revisión de las penas previstas en el Derecho Penal, relación con la gravedad de los delitos -las disparidades e incongruencias son notables-. Otra, no menos importante, es el abrir el debate acerca de los cometidos pretendidos -no los fantasiosos, ingenuos o voluntaristas- por la reclusión de los penados: ¿simple reclusión como castigo? ¿verdaderamente procurar la reinserción del penado? ¿para qué sujetos, en qué casos y de conformidad con qué delitos?

Finalmente, y por cerrar este capítulo, debería reordenarse la tremenda complejidad de las leyes y normativas de determinadas áreas, empezando por la ambiental y siguiendo por el derecho urbanístico y deteniéndose con cinturón y tirantes de la calma más resistente, en el laboral. Demasiada disparidad, redundante o contradictoria complejidad, que hace imposible la aplicación correcta del principio “dame los hechos, que yo (el juez) te aplicaré la ley correspondiente”. ¡Si cada día surgen unas cuantas decenas de disposiciones en algún lugar legiferante de la jaula hispana! Basta tomarse la molestia de estudiar las modificaciones, revisiones, anulaciones y remisiones de una Ley cualquiera, para entender que el orden jurídico está lleno de lagunas, posibles superposiciones de criterios de aplicación presumiblemente contradictorios y, en fin, huecos para la interpretación abierta de lo reglado…

FINAL

Termino aquí este relato sesgado, seguramente pretencioso, genuinamente superable, de la Granja Humana, con especial detención en la Jaula Hispana y claro sesgo hacia el momento actual. Me hubiera gustado ser Tony Judt para sacar más enjundia al panorama descrito y poder terminar este relato con algo parecido a esta conclusión: “Sea el que fuere, el nuevo orden de la Jaula hispana, estará siempre unido a los signos y símbolos de su pasado, y su propia concepción como impulsora de renovadas ilusiones, constituye un éxito notable. Para que los españoles conserven ese vínculo vital con sus antecesores, para que el pasado siga proporcionando al presente un contenido que no sea únicamente reprobatorio y se constituya en un objetivo moral y alimente metas con futuro, habrá que enseñárselo de nuevo a cada generación. Porque cada nuevo orden que se imagine en la Jaula, puede que se considere una completa renovación, una destrucción absoluta de lo anterior, pero por innovadora que se crea la respuesta a la Historia, siempre estará vinculada a ella, y jamás podrá borrarla ni sustituirla.” Pongo entrecomilladas las frases, pero el lector de Judt podrá detectar que me he inventado gran parte del contenido. (2)

Madrid, 15 de mayo de 2016

——

(1) El repaso a la situación actual de los centros de investigación que “fueron en otro tiempo Italica famosa” es desesperante: falta de medios, de personal investigador de recambio, de ilusión u objetivos: CSIC (Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, Cebtro de Automática y Robótica, Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas, Instituto Nacional del Carbón,…)

(2) Tony Judt, “Postguerra, una historia de Europa desde 1945” Ed. Taurus, 2006

Patologías destructivas en la jaula hispánica

Permítanme que me presente. Soy solo un ave de corral en esta Granja humana, una más entre los 7.000 millones de aves de toda clase, especie y condición que en este preciso instante están ocupando los cercados, perchas, jaulas, naves y criaderos que la llenan casi por completo. Somos aves peculiares, con capacidad propia para volar, incluso lejos, pero solo con los recursos de la imaginación.

Vivo en una jaula con otros cuarenta y cuatro millones de aves (más o menos), llamada España. La mayor parte, somos gallos, gallinas, y patos (algunos, algo despistados); pero nos visitan también milanos, águilas y buitres, que algunos confunden con seres meríficos.

Si algo llama la atención a quien se aventure, de buena fe, a visitar nuestro espacio, posiblemente sea nuestra heterogeneidad física: los hay rubios, morenos y pelirrojos y, tanto entre jóvenes como ancianos, si varones, muchos calvos; alternan gentes de estatura más bien pequeña con estándares europeos -y más, sobre todo, entre mujeres, casi todas bellas-, con algunos muchachos que sacan a todos más que la cabeza; por supuesto, que los hay gordos y delgados (los menos;  y pocas mujeres a partir de ciertas edades, que han resistido a la tentación de lo dulce); blancos, mulatos, negros, cobrizos; no nos importan géneros ni orientaciones a los más. La tolerancia prima.

Hay, en proporción a lo que se veía por aquí hace solo unos años, muchas aves venidas de otros sitios   que están para quedarse -Marruecos, Latinoamérica, El Sahel, Rumanía, Ucrania, China,…-, de los que no de todos sabríamos decir en qué trabajan, y otros que vienen de vacaciones, disfrutar del sol y el mar, blanquear dinero u operarse de cataratas o un tumor benigno.

Somos un buen país de acogida, aunque lo estamos pasando muy mal. “La vida en España es dura”, escribió Luis Garicano (en el libro colectivo “La España posible”, Península, 2015), como prólogo para sus ideas de cómo cambiar España. A pesar de todo, y de los casi 5 millones de habitantes que quieren trabajar y no encuentran un modo oficial de hacerlo (¡y la mitad, jóvenes!), disimulamos bien.

Tenemos muchos problemas en nuestra jaula en este momento, y el más grave, es que no somos capaces de entendernos para salir de él. Preciso: no saben cómo sacarnos del agujero momentáneo los que tienen, sino la capacidad completa, sí la obligación de hacerlo. Como no voy a hablar de personas concretas, solo citaré los grupos en donde se les encontrará: políticos, empresarios (en particular, propietarios de las grandes empresas), universitarios, funcionarios, jueces, sindicatos, periodistas. Y algunos otros, que iré señalando, según sea.

Un problema que distorsiona mucho la solución más global de las preocupaciones de nuestra jaula es el de las nacionalidades. Es evidente el empeño que algunos ponen en exagerar la condición de diferentes, atribuyendo virtudes o defectos según en qué espacios o rincones; me resulta, como supongo a muchos, patético y desleal, pero se bien que no es trasladando esa apreciación directamente al que defiende la postura, como se le hará desistir de ella. Porque son duras de pelar las razones de los que, creyendo ser superiores, más ricos, o más capaces, quieren dejan de estar apoyando a los que consideran inferiores, más ineficaces, menos solventes.

Si manejan falsedades, hay que confrontarlos a ellas -también a los que los apoyan- con recios argumentos, no con ocurrencias.

Si en algún punto manejan verdades, habrá que reconocerlas, y negociar el darles algunas contraprestaciones, a cambio de que no abandonen -por un tiempo, al menos- la necesidad de avanzar hacia lo que es ventaja común, sin detenerse más que lo justo en la pretensión de separarnos de golpe, haciendo sangre.

J. Alvarez Junco, en su libro “Dioses útiles”, destroza con repaso a la Historia de esta jaula, las presuntas diferencias de las que han surgido en España nacionalismos de ocasión. España es una nación consolidada. Producto de mezclas y mosaico de culturas, seguro que más que otros pueblos de Europa, nuestros ancestros han sabido integrar. Si hubo expulsiones de judíos, jesuitas o moriscos, no fue porque el pueblo llano lo pidiera; lo desearon los de arriba.

Que no haya pureza en las estirpes, que casi todos seamos López, González o Fernández, debería sera punto de orgullo y no vergüenza ni desdoro. ¡Hay tantos apellidos y lustres inventados, robados a otros, pervertidos!. La inmensa mayoría somos bastardos, hijos de la pobreza histórica, plebeyos. Un orgullo.

Por eso es de lamentar que los nacionalismos surgidos de la vieja chistera de los intereses particulares se pretendan llevar al terreno de los razonamientos puros, inventando diferencias y clases: no han surgido limpios de condición, llevan la mierda pegada al cascarón de lo que fueron las intenciones previas de quienes los pusieron en circulación como bandera.

Se nos atribuye un carácter vehemente, una tendencia disidente y pendenciera y se nos escatiman desde otras jaulas los méritos, de los que no solemos, además, hacer alarde. No lo veo así, tenemos mucho trasfondo de valor colectivo. Somos, por lo normal, sumisos, obedientes: no cobardes, pero preferimos no discutir, y si llegamos a ese punto, con frecuencia nos acaloramos, perdiendo por el ardor buenas razones.

Quizá no ha sido siempre así. Pesa en nuestro déficit, que hemos tenido hace poco una guerra civil, excepción en la Europa que se cree más civilizada -ni Alemania ni Francia han vivido nada parecido (tuvieron siempre claro sus dirigentes dónde estaba el enemigo, siempre fuera)-. De los entresijos de la jaula, surgen, a poco de rascar, los rencores de las dos Españas que han contribuido a nuestro retraso colectivo.  La guerra civil causó una tremenda destrucción de España, que no está ni físicamente -en el territorio- ni sicológicamente -en los espíritus- superada.

Las heridas no se cubrieron con una postguerra en la que los vencedores fueron, precisamente, los que se levantaron contra el orden, y se aprovecharon de la victoria redistribuyendo ventajas. Los perdedores siguieron sufriendo en la paz, y tuvieron que callar, acomodarse; ellos sí, olvidar para salir adelante. No quiero, por mi parte, reabrir ningún capítulo de rencor. Soy hijo de la postguerra, y he podido, como muchos de mis actuales coetáneos mayores, disfrutar de la apertura y tolerancia del tardofranquismo: no fue gratis. Había becas y oportunidades para algunos más, y, en especial, para los mejores si venían de atrás recomendados.

No fueron pocos los estudiantes brillantes que se aprovecharon de esa ventana abierta y, con trabajo, hicieron algo de dinero con el que comprar lo que más apetecía: un coche, un piso, unos estudios mejores para los hijos, a los que no se les negó nada. Todos, los de arriba como los de más abajo, buscaron acomodo: es cierto que la vida sigue, que sobrevivir es la necesidad que está en la sangre.

No merece la pena escarbar en las razones de la guerra civil, pero tampoco parece preciso elucubrar más sobre ella queriendo hacer con ello mala sangre, porque debiera quedar reducto intelectual de la Academia, si en ello encuentra placer que no enseñanza. Ilustres historiadores han detectado opciones por las que ambos bandos lucharon, pero me atrevo a dudar que la mayoría de los que combatieron a sangre y maza, y se mataron a cientos de miles, tuvieran muy claro qué defendían. A los nacidos en la postguerra, y en especial, a los menores de cuarenta y cinco años, no interesa saber qué pasó, sino lo que está pasando. Que no es lo mejor, y, aún peor, que no es lo que podemos hacer que pase.

Pero si alguien quiere sonreir tristemente con lo que algunos, desde su pretendida autoridad moral, pensaban y escribieron, para adoctrinar a otros, valga como desgraciada muestra lo que Enrique Herrea Oria, (hermano del primado), Licenciado en Ciencias Históricas, S.J. con el título meloso de “España es mi madre”, decía en el “III Año Triunfal, 1939”: (pág, 283) “Lo malo es que los mismos gobiernos de España se han vendido a los comunistas rusos, porque los gobernantes son malos, muy malos, son masones. ¿Qué es esto de masones? Son unos hombres que reniegan de Dios. No quieren ni curas, ni frailes, ni religiosas, ni iglesias. Dicen que ellos son amigos de hacer el bien. Pero se reúnen ocultamente a media noche, en unas casas que llaman logias. Allí reciben instrucciones secretas de lo que hay que hacer, de sus Jefes, gente malvada que también reciben instrucciones de otros jefes que están en Francia. (…)”

Estoy convencido de que, en tiempo de grave crisis colectiva, ahondar en el pasado tiene escaso interés, salvo para detener a quienes pretenden repetirlo, sin haberlo conocido ni estudiado bien.

No escribo así por petulancia ni por sabiduría. Mi visión de conjunto de esta jaula es propia y, por tanto, la responsabilidad es mía, y no pretendo imponerla, ni tampoco tengo un foro para expresarla ni difundirla, salvo estas páginas. No es fruto de una improvisación ni de una calentura. Proviene de los muchos libros leídos, de no pocos viajes, y, sobre todo, de haber vivido casi hasta el final el período de mi estancia en esta jaula: la experiencia, que comparto con otros que peinamos canas y hemos aprendido a amortiguar vehemencias y a detectar falsas plumas y turbios intereses.

Como sujeto, normalmente paciente y pocas agente (quiero creer que no por mi culpa, zancadillas no faltaron), tuve ocasión de conocer muchas gradaciones de lo que se llama libertad, y, de resultas de haber buscado siempre el acomodo, procurando no herir, aunque sin renunciar a avanzar en la conquista de derechos de los más, he aprendido a amar lo que poseo y a desconfiar de los que ofrecen mejoras como quien vende acémilas de desecho en los mercados.

No acostumbro a citar a otros cuando escribo, porque siempre me pareció que era auparse con ello en la autoridad de otros, pretendiendo parecer igual, pero la ocasión merece aquí algunas ajenas referencias.

Empiezo con una que parecería traída a contrapelo. La tomo de “La selección natural y el apoyo mutuo”, de Piotr Kropotkin, un teórico del anarquismo polifacético: “Para dar una idea completa de la respuesta de los animales a su entorno, deberían también analizarse las (…) modificaciones que se producen en el color y las marcas de los animales cuando se transforma su entorno” y más adelante (citando a De Vries): “no nos asombra conocer (…) que cada mutación debe tener no solo una causa interna, sino también una causa externa”.

Como postdarwinista, Kropotkin cree que la evolución no viene determinada solo por la genética, sino por lo que sucede alrededor. A veces, nos acomodamos al entorno, para sacar beneficio de él o subsistir, pero también sucede que lo externo nos constriñe, nos limite y entorpezca. En nuestra jaula hispana, siempre ha habido una gran densidad de aves que, sin haber tomado tiempo en analizar qué problema hay que resolver primero, nos hablan de soluciones y prometen glorias.

Por aquí y por allá se han organizado, en todo tiempo, en casi cada lugar, en torno a esos visionarios, verduleros de afición, cantamañanas de oficio, grupos de devotos en los que alternan polluelos, gañanes, gallos, pollastras y tipos de la uña, que se atontan con lo que escuchan, tomando por verdades sacras cualquier cosa que escuchen desde lo alto, con tal de que les suene a beneficio propio, y, en particular, si lo ven factible en corto plazo.

El caso es que nuestra jaula está, de natural, bien orientada: da al sol, tiene buenas vistas, no falta la comida. Pero somos un país pobre, sin recursos naturales salvo los que se pueden enfocar hacia el turismo, que es y será pan para hoy y hambre para mañana.

Tenemos otro valor muy mal aprovechado. Si nos olvidamos de la paja, descubrimos buen percal entre algunos de los que se arriesgan a pensar con independencia -y que no mandan, aunque, para analizar con otra calma, no falta quienes mandaron y vienen ahora con consejas-. Hay tela de valor, en los estantes, de quienes podrían actuar con mérito y valor si estuvieran mejor orientados, se les instruyera mejor, y, en tantos casos, no se les calentara de fantasías la cabeza.

Un problema que no es fácil de resolver mientras estemos dirigidos por gentes incompetentes o con poca experiencia, es el de tomar las decisiones correctas -también lo apuntan César Molinas, Luis Garicano y otros en el libro citado, pero no se me interprete con ello que estoy con pleno acuerdo en sus propuestas, sino que solo escribo ahora desde el análisis-. Ese análisis, convertido en pieza fundamental, de nuestro comportamiento colectivo, podría ser tomado por cierto por aclamación y es el verdadero deporte nacional.

Seguros de la incapacidad del que dirige, de forma intuitiva, si algo apreciamos, en grupo, es ver derrotado al que está encumbrado, aunque lo haya sido por nuestro impulso. Estamos cómodos es no respetar ninguna regla, educados para transgredirlo todo, con permiso que nos autootorgamos con total beneplácito.

¿Para qué una Constitución? ¿Una norma de acción? ¿Unos principios, unas reglas? Como mejor nos sirven es para obviarlas, olvidarnos de ellas cuando se trata del beneficio propio. La tendencia innata nos anima a desear como espacio mejor, el de anarquía. No la de todos, la que consolida nuestra independencia para mirarnos a gusto el propio ombligo.

Esto trae consecuencias funestas. J. K. Galbraith, en su libro “La anatomía del poder”, después de analizar las distintas formas de ejercer el poder, expresa: “En una democracia nadie puede dudar de la eficacia real de la oposición organizada al poder concentrado.” Antes había indicado: “(…) la vida se caracteriza por el número de organizaciones que compiten por dominar la mente pública y política…, grupos de presión, comités de acción política, organizaciones de interés público, asociaciones comerciales, sindicatos, empresas de relaciones públicas, asesores políticos y de otro tipo, evangelistas por Radio y Televisión y muchas más”…”si tienen alguna función que cumplir es porque son capaces de influir en el Gobierno y apropiarse de alguna parte de su poder”.

Precisamente por no conseguir estar bien organizados, la ventaja la tienen los que lo están para sacar tajada.

Dudo que quienes ejercen el control político más directo de la jaula hispana hayan leído a Galbraith, lo que tampoco sería importante, si tuvieran presente que la mayor parte del poder que ostentan es “poder condicionado”, y que la libertad de palabra y expresión es solo una parte de otras libertades cuyo correcto ejercicio debe controlarse desde el Estado, como elemento de “poder compensatorio”, protegido por la Ley.

Una sociedad capitalista no puede subordinarse a las grandes empresas o a los intereses del mayor capital, porque no debe abandonar la responsabilidad de garantizar el bienestar a sus ciudadanos, ordenando la redistribución de las plusvalías colectivas.

Hace falta, en esta jaula, un Estado fuerte, convincente, serio. Y con voluntad de actuar para todos. Sí, estoy defendiendo, hoy, un gobierno de concertación, o, al menos, el de más amplio espectro. Ningún partido tiene la verdad completa, y, como idea más fuerte, hay gentes valiosas en todas las grandes opciones. No es momento para ideologías, sino para acciones concretas. Y, si nos quitamos las gafas de no ver al otro, entenderemos que, al margen de partidos, de posiciones de clase, de intereses manifiestos, semienterrados u ocultos, hay personas que saben que pueden, que quieren.

Es la obligación de este instante, ponerlas en valor, sacarlas de donde están, escucharlas y atender a sus propuestas. Ponerlas en marcha es más sencillo.

(continuará)

 

 

Cuarenta años de El País

Hace 40 años que se publicó, por primera vez, El País. Este comentarista era entonces un joven ingeniero, bastante escorado hacia la izquierda, que, prácticamente cada día, al iniciar su jornada laboral, dibujaba un chiste en la hoja del día de su calendario de sobremesa, Myrga. Muchos de aquellos dibujos se han perdido. Traigo aquí algunos, elegidos al azar, del aproximadamente el centenar que yo conservo. Están realizados entre 1975 y 1977.

chistes 1976

Tiempo de exposición

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga “la” solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.

 

Estrategias salvajes (Epílogo): Propuesta de estrategia para civilizados. Contexto

A lo largo de diez capítulos, he presentado, de la prometida manera informal, otras tantas estrategias salvajes. He explicado que entiendo por tales, las realizadas por animales que siguen su instinto natural, sin obedecer a planteamientos organizados previamente, sino ejecutadas como consecuencia de pautas de conductas a las que se ven abocados seres, típicamente semovientes, programados por la naturaleza para actuar como lo hacen, como consecuencia de sus genes y de la evolución que han experimentado sus antepasados.

Satisfacen de forma eficaz, acorde con su hábitat y fisionomía, tres impulsos básicos de todo ser vivo: la fuerte inclinación a seguir viviendo antes que dejarse morir  o matar; la necesidad de alimentarse para proporcionarse energía suficiente con la que satisfacer la primera inclinación y, no en último lugar, esta otra: la tendencia, que puede convertirse en obsesión en determinados momentos de sus vidas, para copular con otros seres de su misma especie, para obtener, principalmente, placer y, subsidiariamente, descendencia.

En esas entregas, con fortuna y oportunidad que el lector habrá tenido ocasión de juzgar, traté, como corolario de cada una, de analizar la posible aplicación de esos comportamientos animales al mundo de la empresa, que se acepta, en una petición de principio que puede discutirse,  regido por directrices emitidas por entes racionales en continua evolución hacia la perfección: los humanos.

El medio en el que se deben desarrollar esas estrategias civilizadas es un magma que se crea por los propios intervinientes: el mercado. Se han hecho múltiples análisis y expuesto formas de predecirlo, y de influir sobre él, al menos, en el corto plazo. Incluso ha habido notabilísimas intenciones programáticas de negarlo, de domeñarlo a la fuerza.

En este Epílogo, con los elementos de que dispongo actualmente, de la observación de lo que veo alrededor, y de mis conocimientos -precarios y discutibles, por supuesto- de los seres humanos, de las empresas, y del mercado, emito, a forma de dictamen, esta

Propuesta de Estrategia para civilizados.

La propuesta tiene tres partes: una presentación del Contexto, una previsión del desarrollo a corto plazo de los elementos sociales, económicos, éticos y filosóficos que considero sustanciales y una formulación de la estrategia propiamente dicha.

Contexto

Hoy es jueves, 24 de marzo de 2016. Jueves Santo, según el calendario de efemérides por el que se rige el país desde donde escribo, España. Un país con unos 46 millones de habitantes, y con un peso relativo en la población humana mundial inferior al 1 % (se estima que en la Tierra viven 6.500 millones de personas).

Pertenezco a una especie que ha desarrollado una capacidad singular: la de analizar situaciones, imaginando las consecuencias de intervenir sobre ellas. Esa propiedad, que podríamos identificar con el raciocinio, no es igual para todos los seres humanos y se puede educar, es decir, desarrollar.

A lo largo del proceso de existencia de la Humanidad como colectivo, se han producido múltiples heterogeneidades en la especie. Las que interesan aquí, afectan a la forma de utilizar ese potencial diferencial de la especie, que alcanza su máxima eficacia si consigue aprovechar o destruir el potencial conseguido por otros.

Aunque el objetivo de los colectivos humanos se ha encubierto o disimulado de muy diversas maneras, existe una mayoritaria coincidencia subyacente, que se plasma a nivel individual de forma muy sencilla: facilitar la mejor existencia posible, utilizando, incluso, grandes esfuerzos. Esa simplicidad en la formulación del objetivo existencial, adquiere connotaciones cada vez más abstractas, justamente siempre que los sujetos humanos pretendemos concretarlo más: apelamos a la felicidad.

El estado de felicidad se ha vinculado recientemente, a la situación económica. Sin embargo, existen ejemplos, y muy posiblemente todo ser humano puede presentar su propia experiencia al respecto, de que hay momentos en cualquier existencia que no tienen nada que ver con lo económico y que se identificarían, -típicamente, a posteriori-, como haber atravesado por un estado de felicidad.

La felicidad por vías económicas es un propósito, en todo caso, que sería inalcanzable para la inmensa mayoría. El acceso a los aparatos tecnológicos que, según la información ampliamente difundida por grupos de interés, la proporcionarían por períodos más o menos largos, puede resultar muy cómodo para algunos, pero es imposible alcanzarla para la gran generalidad de la población humana, está interferido por la puesta en circulación de mercancías con prestaciones (ventajas) cada vez más apetecibles para el consumidor, configurando, irremisiblemente, la sociedad líquida, bien definida y estudiada a partir de las reflexiones de Zygmund Bauman.

El objetivo adquiere todavía mayor diversidad si se analiza el estado económico por países o zonas. Sea como fuera, a  escala de la población mundial, jamás ha tenido una formulación expresa. No existe una estrategia mundial para alcanzar la felicidad.

Creo útil profundizar en los fundamentos de la disparidad. Las diferencias más importantes entre los países y las zonas geográficas, provienen de las desigualdades de su desarrollo económico y tecnológico, y han sido  exacerbadas a lo largo de la Historia de la Humanidad, correspondiendo a impulsos bastante identificables Sobre todo, de forma reciente y, en especial, en relación con los desarrollos tecnológicos.

La secuencia de ese desarrollo se encuentra, actualmente, en crisis muy grave, que ciertos filósofos sociales caracterizan como la necesidad de un cambio de paradigma. La historia del ser humano no está documentada más que en unos pocos cientos de años  y solo de forma bastante deficiente), por diversos hallazgos paleológicos y antropológicos, se especula que nuestra especie o su inmediata antecesora existe desde hace 600.000 años o más. Lo que conocemos de cómo se llevó a cabo esa evolución es, por tanto, mínimo. Resulta curioso que, en una trayectoria tan longeva, algunos se planteen ahora la posibilidad de que la humanidad haya alcanzado un punto de no retorno.

Si fuere así, no habría que conceder excesiva influencia para proponer una estrategia colectiva cara al futuro, al proceso reciente de la especie humana en los últimos 3.000 o 4.000 años, del que puede deducirse que ha tenido una importancia fundamental en el desarrollo de los pueblos, la combinación de la utilización de la guerra y su consecuencia más clara, la usurpación de propiedades del vencido por el vencedor. Tampoco tendría tanta importancia analizar si están agotándose, o se descubrirán otros, los factores vinculados a los recursos naturales (incluida la mano de obra del esclavo, o del sojuzgado) y su rápida explotación, bien para favorecer el disfrute propio o para comerciar con ella, para disfrute de otros a cambio de recompensa.

Interesante sería, desde luego, valorar la influencia en el desarrollo humano de otros elementos no materialistas. Debe admitirse la gran importancia del desarrollo de una conciencia colectiva mayoritaria vinculada a percepciones o deseos de percepción de naturaleza extraterreste.

Dado que durante miles de años no se conocía en absoluto, -incluso se desconoce aún, a pesar de importantes avances-  como funciona la Naturaleza y si existen leyes que la rigen, la capacidad de raciocinio cubrió esa carencia imaginando que deberían existir uno o varios seres superiores, a los que se llamó dioses y a quienes, como medida de prudencia, rápidamente se tomó la decisión colectiva de rendirles pleitesía -sacrificios, tributos, plegarias, etc.-para aplacar sus ánimos o provocar su intercesión benefactora.

La elaboración de esta conciencia ha sido compleja, sofisticada, y, en cierta medida, perversa, pues se ha apoyado solo en suposiciones y, muy pronto, en la declaración de personas que confesaban haber recibido instrucciones y consejos de entes metafísicos e incluso, de fallecidos humanos. Estas personas, si se encontraron favorecidos por el azar, y utilizando sus dotes de convicción, trasladaron a los demás -al menos, por algún tiempo, en cada generación- la idea de que se hallaban en situación de superioridad, por herencia, vocación o juramento, para contactar con el más allá.

La cooperación con quienes disponían de mayor concentración de recursos, mayor fortaleza física, y contaban con el apoyo de quienes poseían mayores conocimientos y experiencias, fue fundamental. Los más beneficiados fueron, precisamente, éstos últimos, que pronto entendieron que deberían apoyarse en la magia para protegerse.

La hipótesis de existencia de organismos superiores a los hombres, y externos al mundo real, a pesar de no haber sido probada jamás, evolucionó a otra hipótesis, de efectos más directos y ventajosos, que implicaría que los dioses (uno o varios) nos han dotado de inteligencia no por azar ni efecto de la evolución, sino con el objetivo de recompensarnos  si cumplimos ciertos requisitos, cuando se produzca un efecto consustancial a todo ser vivo, del que nuestro raciocinio nos hace conscientes de que sucederá irremediablemente: la muerte. Se introdujo así en el proceso ilógico, una entelequia inabordable por la razón, llamada Eternidad,en donde los elegidos disfrutarán de  continuos goces, trasunto de los terrenales.

Las religiones han cumplido y cumplen, por ello, una función sustancial, pues da sentido a la existencia, cuanto menos, para una parte de la Humanidad, la de los creyentes. Son muchas las consecuencias derivadas para los humanos mientras vivan, y  algunos han sabido aprovechar la situación en su beneficio.

España, es hoy, constitucionalmente, aconfesional. Ha sido un país católico por excelencia, pero esto ha dejado de ser así.

En esta Semana, en muchos países, se conmemora la muerte de Jesús, o Jesucristo, (resaltando así que es Hijo de Dios, que es lo que significa Cristo), que acaeció hace unos 2.000 años, por crucifixión, precedida de crueles torturas, y tras un juicio totalmente irregular. Un asesinato con efectos de catarsis colectiva de una parte deplorable de la población, y del que se conservan testimonios.

En unos documentos escritos algunos años después de su muerte, se recogen aspectos de la vida del mártir, y decenas de sucesos portentosos protagonizados por el y por su control de las fuerzas de la Naturaleza que, junto a varias máximas de comportamiento. Esas máximas, deducibles básicamente de la ética universal, han conformado un grupo de religiones, durante algunos siglos identificables como cristianismo, que se han expandido con rapidez. Su perfección ritual se llama catolicismo.

La expansión del cristianismo se apoyó no tanto en la ética defendida, sino en la dominación o conquista de territorios ajenos, y en el enriquecimiento de su aparato de control, la Iglesia, y el perfeccionamiento de los ritos y del dogma.

El dogma cristiano se ha convertido en un elemento complejo. La religión es monoteista -venera un solo Dios, aunque considera que resulta de una combinación trinitaria metafísica-.  Algunas de sus varias ramas difieren de forma bastante exótica del tronco doctrinario original.

Los cristianos son actualmente la segunda religión mundial, con unos 1.400 millones de seguidores. Como colectivo, han perdido influencia política, si bien existen grupos de poder que se inspiran en su dogma.

Por el contrario, la religión musulmana, que puede considerarse una derivada del cristianismo, es la mayoritaria, con más de 1.600 millones de fieles. Surgió en el siglo VII, por reinterpretación del cristianismo y del judaismo, y una nueva revelación de la divinidad, expresada a un pastor analfabeto por medio de un enviado, el arcángel Gabriel. El judaísmo, la creencia esencial de la que derivan las dos religiones mayoritarias sigue siendo practicada por devotos localizados y relativamente influyentes, pero tiene, relativamente, muy pocos seguidores.

En el día de hoy, como consecuencia de la festividad, la ciudad desde donde escribo, Madrid, está prácticamente vacía, aunque están programados procesiones y algunos oficios litúrgicos. En ésta, como en la mayor parte de las ciudades, sus habitantes, aprovechando el asueto y el cierre de las escuelas, se han desplazado a la costa o a otras poblaciones más atractivas. En algunas de ellas, siguiendo una tradición que no se podrá desarraigar fácilmente, se celebra la Pasión de Jesús. Toma la forma de un espectáculo con varias representaciones a lo largo de la semana, con procesiones, cánticos, desfiles de gente encapirotada y señoras con mantillas, pasacalles con músicas paramilitares, y diversos oficios litúrgicos.

Muchos de los comercios cerrarán en la tarde de hoy, pero los restaurantes, en especial los situados en lugares de destino vacacional, harán lo que se llama “buena caja”. Se comerá y beberá con fruición: paellas, mariscos, cochinillos, chuletones, corderos, pescados variados; se beberán vinos y licores, … si bien, para los católicos, la Cuaresma es época de ayuno, penitencia, sobriedad.

No señalo estas cuestiones más que como contraste entre las razones y los hechos.

El martes de esta misma Semana, en Bruselas, la capital teórica de la Europa comunitaria, ha sufrido una serie de atentados (cuatro, al menos) en los que han sido asesinadas más de 30 personas y heridas más de trescientas, algunas de extrema gravedad. Han sido reivindicados por islamistas radicales de un Estado fantasma (en realidad, los islamistas son considerados musulmanes radicales, porque el mensaje de Mahoma, revelado por Alá, es contemporizador y, esencialmente pacífico). Así lo fue también el cristianismo, que está en la base de las peores guerras de conquista y destrucción.

La influencia de las religiones en el desarrollo de los pueblos, en la actualidad, ha disminuido de forma muy importante. Aunque existen países que apelan a su condición cristiana (tenida por religión aglutinante de las idiosincrasias occidentales, especialmente en la mitad norte), o a su carácter confesional musulmán (la religión dominante en los países de Africa y Oriente medio), las influencias dominantes hoy son aconfesionales.

Y, en ese contexto, el megapaís con potencia emergente más cualificada, que ya está provocando una modificación profunda de las estrategias de otros países, imponiendo la suya, China, ha puesto sobre la mesa mundial de interrelaciones, nuevos principios de acción. Como se sabe, la mayor parte (más del 70%, desde luego, según las estadísticas más conservadoras) de la población china es agnóstica o atea; solo de un 10 a 15% practica alguna religión; esa “religión” es, en inmensa mayoría el budismo (o un sincretismo de ésta con el taoismo y el confucionismo), que es, más bien, una filosofía de vida.

(seguirá)

Fábula del hombre, los lobos y las ovejas

Hace muchos años, pongamos cincuenta o así, los hombres descubrieron que las ovejas estabuladas proporcionaban más beneficios que las que se dejaban libres en el campo.

Eran más fáciles de controlar, producían más y mejor lana, tenían partos dobles viables con mayor frecuencia y, sin que eso signifique enumerar todas las ventajas, la carne de los corderos era más suave y el ordeño resultaba simple, produciendo más leche y más cremosa.

Con el avance tecnológico, las merinas, seleccionadas cuidadosamente,  se mantenían en inmensas naves, sujetas a  aldabas individuales mediante cadenas, con el fin de reducir al máximo su movilidad; así, perdían menos energía, comían más pienso y engordaban rápido y parían con mayor frecuencia, a ritmos de mercado y momentos que se elegían mediante adecuada inseminación artificial, para optimizar el beneficio. Se crearon puestos de trabajo muy cualificados.

Todo ello tenía, además, una ventaja: como ya no necesitaban salir al campo a pastar ni ramonear, no era necesario dejar a los rebaños bajo el cuidado y vigilancia en la montaña de pastores ni ganaderos,  no ya en las gélidas noches, ni siquiera en las suaves amanecidas primaverales. Las dosis simbólicas  de hierba fresca mezclada con hojas de romero, salvia y colorantes alimentarios, se traían a las granjas ovinas, en camiones, y se distribuía a los pesebres, mediante cintas transportadoras, una semana antes del sacrificio, para dar a la carne mejor sabor y un color apetitoso.

Como consecuencia colateral, las ovejas dejaron de caer víctimas ocasionales de sus imaginarios ancestrales enemigos, y los niños, por tanto, dejaron de oir historias de lobos y corderos. No había más lobos, para ellos, que los de los dibujos animados que se comían de un bocado a Caperucita, ni más corderos que los trozos de carne con los que se celebraban en los hogares las ocasiones especiales.

Los campos que proporcionaban praderías jugosas se abandonaron en su mayor parte. Donde los tréboles, las ulmarias, las orquídeas o las potentillas, crecieron espinos, matojos y artos de rosa canina; laureles, acebos y helechos de cien especies; surgieron en, según en qué partes, brezos, alisos; hasta rebrotaron raíces y prendieron bejucos, y hubo, dependiendo de los sitios, no solo eucaliptos que se hicieron gigantes, sino bosquetes de robles,  hayas, serbales y hasta de castaños, que, al crecer sin control, generaron un tapiz de hojas secas y ramas rotas o partidas por el rayo, que como nadie recogía, volvieron el espacio impenetrable.

El cambio -una revolución- fue generalizado y no afectó solo a las ovejas y a los lobos. La propiedad de las naves y de las merinas y la tecnología de muchos productos de consumo y de ocio se concentró en muy pocas manos, que terminaron siendo misteriosas, totalmente desconocidas. Se especulaba incluso, en algunos círculos, si se trataría o no de ser propiamente humanos. En concreto, las fórmulas de combinación de los piensos para las ovejas se hicieron secretos -como las de la Coca Cola y las patatas chips de los Burguer-; para evitar miradas indiscretas, las naves de producción se llevaron a lugares incógnitos, aunque los centros de transformación y distribución, se ubicaron en lo posible muy cerca de las ciudades, es decir, de los mercados, para ahorrar costes de transporte; algunas cantidades menores eran trasladadas a curiosos comercios al por menor, regentados en exclusiva por inmigrantes adaptados.

¿Y los lobos? Pues, crecieron y se multiplicaron con bastante rapidez. Es cierto que ya no tenían ovejas con las que alimentarse, pero el espacio que antes ocupaban las praderas pasó a ser prácticamente suyo. No habían de temer al hombre, que se acercaba raramente por sus andurriales -quizá algún micófago nostálgico a recoger algún rebozuelo en el otoño-. Cuando los humanos prefirieron no asumir riesgos y llamaron sin problemas hongos del bosque a los champiñones cultivados y al shitaki, se tornaron los dueños del espacio, porque carecían, como las urracas, los estorninos y los cuervos, de enemigos naturales.

Sin embargo, cuando la presión demográfica que sufrían los lobos aumentó, empezaron a hacerse visibles cerca de las ciudades, buscando carnes para comer. Desde luego, no podían acercarse a las naves en donde estaban siendo criadas con todos los adelantos científicos sus deseadas ovejas, defendidas con alambradas eléctricas, cuchillas afiladas y púas.

Fue más o menos por entonces cuando empezó a correr la noticia de que los lobos estaban atacando a los humanos. Primero, fue una niña que estaba jugando en un parque infantil, con un perrito de peluche. Un lobo le arrebató el juguete, seguramente creyendo que era comestible. Luego, se denunció que un lobezno había aparecido muerto en una autovía de circunvalación. Hubo más casos. La angustia se instaló y creció primero en una ciudad, y luego, en todas.

Estaban los ciudadanos y ciudadanas tan preocupados con la amenaza de los lobos que prestaron poca atención a que algunos médicos habían descubierto una enfermedad nueva en algunos humanos que les hacía comportarse de manera muy loca, y que, luego de meses de investigación y pedir a los veterinarios que los ayudasen, encontraron que las ovejas llevaban algún tiempo sufriendo de una epidemia causada por unas proteínas patógenas, que se llamaban priones, debido a que se las alimentaba con cadáveres de animales, muy económicos.

Había que tomar una decisión de largo alcance. Los responsables del bienestar de la ciudadanía convocaron a un debate intensísimo. ¿Qué hacer? ¿Matar a todas las ovejas afectadas, que eran muchísimas? ¿Reducir el número de lobos a una quintaesencia simbólica? ¿Volver a los tiempos en los que las ovejas pastaban en los montes?

Cada opción tenía sus inconvenientes. Desde luego, a los propietarios de las ovejas había que indemnizarlos, y no con cuatro dineros. Los lobos estaban protegidos por una ley de conservación de la naturaleza primigenia. Pero lo principal era que el bosque -al menos, el de esta fábula- se había hecho impenetrable.

Después de una reñida votación, en la que los partidarios de cada opción (y de otras que me callo, para no hacer el asunto demasiado largo) expusieron sus razones con vehemencia creciente, salieron empatadas dos posibilidades.

La de los que proponían quemar una parte de los bosques para que, en su lugar, retornaran los prados en los que pastaran las ovejas no afectadas del mal, y recuperar la cabaña. No era sencillo de poner en práctica, pues no había voluntarios que ofrecieran sus parcelas de bosque para quemar, y aunque algunas era de propiedad comunal, no se tenía claro donde empezaba cada una. Entendiendo que el debate se prolongaba demasiado… unos desconocidos empezaron a quemar algunos bosques y, sin control, las llamas estaban provocando graves incendios cuya extinción reclamaba medios mayúsculos.

Por supuesto, la oposición de los propietarios de las naves a esa medida había formado un lobbing poderoso. Tenían contratados expertos muy cualificados que defendían que la situación estaba perfectamente controlada y que, con ayudas públicas, se podría garantizar carne de oveja merina de una nueva subespecie, más sabrosa y resistente. Además, se estaba dispuesto a autorizar inspecciones más severas y frecuentes.

Mientras se celebraban los debates, que se hicieron interminables, un grupo de sabios cansados de no tener nada que hacer ni ser escuchados, se puso en marcha con un macuto, una brújula y un machete cada uno. No trascendió mucho de lo que llevaban en el macuto, pero sí comunicaron su propósito: dar, pian pianito, un rodeo al bosque, hasta llegar a la otra parte.

Fueron muchos los kilómetros y pasaron muchas aventuras. Ellos también discutieron, algunos desistieron, otros amenazaron con volver y no lo hicieron. Por fin, los supervivientes llegaron a unos prados verdes en donde había pastando unos magníficos rebaños de ovejas.

Sentados a la sombra de un castaño, un grupo de pastores estaba comiendo queso entre hogazas de un pan con muy buen aspecto y uno de ellos, tocando un caramillo, servía de guía para que otros dos cantaran una canción de amores frustrados y esperanza, con voces embriagadoras.

Los sabios, que estaban cansados de la caminata, pidieron permiso para sentarse con ellos, lo que se les concedió de buen grado. Y entre la bebida, la comida y los cánticos, no me lo podréis creer, pero se les olvidó para lo que habían llegado hasta allí.