Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Juguetes peligrosos

No descarto que podamos estar sometidos nuevamente a perturbaciones cósmicas que afecten a la capacidad de raciocinio de la Humanidad. Si mi elucubración es cierta, una parte importante de los seres humanos tendrían completamente distorsionada su visión de los hechos.

La prueba de mi sospecha es imposible, pues se vería sometida a la demostración diabólica de que precisamente los afectados por la distorsión mental están equivocados, cuando ellos creen que los errados somos los demás.

Si alguno de los que han sido poseídos por el mal de la distorsión lógica fuera preguntado, opinará que lo que me dispongo a exponer es producto de mi visión sesgada de las cosas, de mi avanzada edad o incluso a -para ellos- despreciable  tendencia a criticar cuanto provenga de la izquierda o la derecha ideológicas (lo que juzgarán como una ofensa, según la parte del cerebro que les haya afectado).

Analice el lector, para que pueda comprobar por sí mismo si está libre de la anomalía, lo que piensa de estas situaciones:

a) El presidente del país aún más poderoso de la Tierra, que dispone de la capacidad para provocar una destrucción masiva de la Humanidad, se cree poseedor de la verdad absoluta.

En consecuencia con su megalomanía, improvisa peligrosamente en política exterior (menosprecia a los aliados, se presenta como inesperado cómplice de otros, eleva la tensión mundial con amenazas y bravuconadas); niega el cambio climático (confirmado por miles de científicos que llevan años analizando la evolución de la temperatura media de la Tierra); entiende que  favorecer a sus propias empresas está dentro del lema antiglobalización “América primero” (sus asesores principales son miembros de su familia y su hija ocupa el lugar del Presidente cuando a él le apetece, a despecho de la organización estatal);abomina de la libertad de prensa (pretende que se publiquen solo noticias favorables a su persona);  quiere hacer mayor el vergonzoso muro que separa a USA de México (y financiarlo con placas solares a cargo del país vecino);  incumple los compromisos y tratados firmados por su antecesor (generando una insólita inseguridad jurídica sobre el país que debía ser principal garante del cumplimiento de los acuerdos), etc.

b) Al otro lado del planeta, un personaje con parecida capacidad de movilización sumisa y esquizoide de las masas a la que tuvo el genocida Hitler sobre el pueblo alemán en la parte más oscura de su Historia, un tal Kim Jong-un, se prepara para iniciar una guerra global, construyendo un arsenal atómico descomunal. Con la población norcoreana sofronizada por  un adulterado comunismo, y con una estructura de control interno de la posible disidencia que mejora cum laude las fórmulas de la abominable Stasi, ese país situado en una de las zonas potencialmente más conflictivas del planeta, camina, a paso seguro, desde su aislamiento internacional hacia una explosión incontrolada.

No está solo en su esquizofrenia, tampoco, en esa parte del planeta. Pero analizar los distintos casos de explotación de los más humildes, vejación de etnias y tribus, conflictos enquistados, descontrol consciente, usurpación de tierras y aniquilación de los diferentes, me llevaría un tiempo del que no dispongo, ni al lector conviene.

c) En Venezuela, con voluntad reiterada de convertirse en paradigma de la negación de los derechos  a la discrepancia y a la oposición democrática, un ignorante Nicolás Maduro -contradictorio apellido para alguien con tal bisoñez intelectual-, secundado (nunca es de  otra manera) por una colección de arribistas y aprovechados ante cualquier posible reparto de poder y prebendas , no contento con haber hundido un antes próspero país en la absoluta miseria -en la estela de un visionario Chávez, adormecido por la sesgada y simplona interpretación de las glorias bolivarianas-, lanza bravuconadas a diestro y siniestro, mientras la población se muere de hambre y los recursos venezolanos (incluido el muy valioso de la capacidad de sus habitantes) se desperdician, pudren y, en su utilización descontrolada desde las corruptas élites políticas, perturban hasta llevarlo a la guerra civil, la paz social que un pueblo precisa para crecer.

d) Por supuesto, en esta relación de descalabros y descalabrados, no puede faltar la hidra de cien cabezas del terrorismo islámico -cuya apelación a una religión aún por depurar no puede ignorarse ni menospreciarse-, que alimenta la guerra civil siria, el despropósito de Irak, Irán o Libia, países en los que los intereses económicos se han enmascarado bajo supuesta defensa de derechos civiles (unos pocos ejemplos), la gerontocracia familiar de Arabia saudí, la aún endiosada corto-dinastía marroquí, la convulsa situación egipciaca (incapaz de encontrar su vía democrática), las imposibles supervivencias pacíficas en las ex-colonias africanas (en donde las economías europeas aún tienen tentáculos de los que no quieren desprenderse). Y otras decenas de ejemplos, en los que también hay que destacar la tensión, típicamente anti-humanitaria, por la que el pueblo elegido por su dios, Israel, sigue echando contra la pared, -guiado por una espada flamígera alimentada desde el capital judío norteamericano-, al pueblo palestino, subvencionado, sí, pero para que permanezca en la pobreza y no pueda levantar su cabeza como estado libre, respetable y autónomo.

e) No está nuestro país libre de este mal cuyos efectos tan sucintamente expongo. En lugar de preocuparnos por generar empleo estable, crear empresas, repartir mejor las plusvalías, unos se esfuerzan en mentir y ocultar información, otros se han ocupado y ocupan en apropiarse del dinero público (ocultando a los que nos robaron con dilaciones judiciales y protecciones especiales, injustificadas en un estado de derecho), aquellos proclaman su voluntad de secesión de la causa común (llamando mayorías a minorías muy poco cualificadas), los de más allá, sin ofrecer más perspectiva que el caos o la revolución incontrolable, persiguen y adulteran con falsedades los valiosos principios de 1) las ventajas generales de una educación exigente y de alto nivel; 2) la estabilidad de una forma de gobierno -la Monarquía-  que, amén de constitucional, carece de alternativa ni mejor ni equiparable;  3) el valor de una religión, la cristiana, que en su estado de aplicación actual, si fuera sentida, sería importante garante de la ética universal (no defendida desde muchos otros frentes, ayunos de valores que no converjan en el egoísmo personal o grupal); 4) la importancia de la solidaridad, de la defensa de la Patria, del control del gasto público, de la mejora de la asistencia social, de la incardinación de la política propia con la internacional, y, en especial, con la de la Unión Europea, que nos garantiza compartir un área de defensa económica, militar, de libertades y de ética, y una historia de superación de diferencias, con guerras (ay!) y, desde hace setenta años (1957?), con acuerdos de colaboración en la paz.

Mírese, mírese el lector, de qué lado está y, si como deseo y presumo, está con el análisis que expongo, tiéntese la ropa, porque estamos todos en vísperas de saltar por los aires. Al peligro cibernético dedicaré mi próximo comentario.


En la foto, una golondrina adulta alimenta a sus polluelos, ya formados, pero aún dependientes del sustento que le entregan sus progenitores.

En realidad, ya están capacitados para procurarse el alimento por sí mismas, aunque la comodidad de vivir a mesa puesta también se encuentra entre las aves que, en muchos casos -algunos, para el observador, inexplicables- provocan que la cría, situada junto al alimento, se hace todavía cebar por sus padres.

Si se observa la foto con detenimiento, se verá que la cría agraciada en el reparto de comida, en su boca, que su hermano aún mantiene abierta, para excitar al solícito progenitor, sostiene una hormiga alada a punto de ser engullida.

No hay sastres para tanto roto

No soy de esos ancianos -pronto cumpliré  69 años- que cuando les ofrecen un asiento en el metropolitano lo rehúsan diciendo que se apean en la próxima o que prefieren mantenerse de pie en la plataforma. Si algún joven me lo ofreciera, me he prometido a mí mismo que lo aceptaría, aunque reconozco que prefiero viajar de pie. No me lo han ofrecido jamás (es cierto que mi aspecto ahora parece saludable, pero cuando estaba sometido a tratamiento de quimioterapia, con la mitad del cabello ido por el desagüe y esa palidez cadavérica que se nos pone a los cancerosos muy evidente, tampoco).

Y sí, prefiero no sentarme, a salvo de que el vagón vaya medio vacío, porque: a) no suelo permanecer sentado más de una estación, pues siempre encuentro razón para cedérselo a una señora, como me educaron en la niñez; b) no es improbable que a mi lado, conformando una extraña capacidad para atraer gordinflones, se siente un/una mole de las que ocupan espacio y medio, que me obliga, por la vía de los hechos previsibles a levantarme si no quiero desfallecer aplastado.

La política de este pequeño país llamado España nos ha puesto sobre el tapete de la convivencia, con un descaro inimaginable hace apenas una década, la confrontación entre los ancianos de la tribu y los jóvenes adultos de la manada. No quiero citar ahora nombres, pero en el escenario político como en el económico, en el mundo de las ciencias, de la investigación como en el de la técnica, la filosofía o el derecho, se ha forjado una dicotomía inexplicable entre los mayores y los menores en edad.

Somos bastantes los ancianos que nos mantenemos de pie en la plataforma, viendo cómo los jóvenes ocupan los asientos, sin atender a nuestra mirada, a lo que podríamos decir o aconsejarles. No estamos muertos, pero nos menosprecian. Muchas de las cosas que dicen esos jóvenes nos suenan -al menos, a mí- a mensajes literarios, desprovistos de realidad y contexto, a juegos de diletantes que se embarcan en aventuras de machos y hembras alfa o beta sin interés para el colectivo, confundiendo su impulso juvenil con la fortaleza del que sabe por dónde va y a dónde conducir a la manada.

Ignoro cómo va a acabar esto, aunque sé, como todos los que lo vivimos, cómo está pasando. En el vagón donde viajo, a veces un grupo de jóvenes se sienta en la propia plataforma, extendiendo las piernas, y cuentan chismes escolares entre sonoras risotadas. No parecen haberme visto; mejor dicho, está claro que les trae sin cuidado que pudieran importunarme, o lo que piensen los demás pasajeros.

En esos casos, para no tropezar con el mar de piernas, prefiero dejarles la cancha libre, llevar mi trasparencia hasta el pasillo, y agarrándome a una barra del vagón, componer un soneto mientras las estaciones pasan. Se muy bien, por experiencia, que si afeo la conducta de esos jovenzuelos que no miran más que a su propio entorno endogámico, me encontraré solo con mi alegato en el vagón, rodeado de indiferencias.

No hay sastres para tanto roto.


La foto de este martinete la conseguí luego de una espera larga, atento a su quietud de pescador avezado. Finalmente, obtuve la secuencia por la que registré cómo se lanzó, utilizando su pico como un dardo, contra una gran carpa, que, luego de un breve forcejeo, engulló.

Después de la exitosa pesca, el ave abandonó su lugar de acecho, supongo que para retirarse a un lugar más recogido o volver al nido en el que quizá tendría que alimentar a sus polluelos. Al día siguiente lo volví a encontrar en el mismo lugar y, aunque también lo observé por largo rato, esa vez creo que el tiempo transcurrió sin que obtuviera presa alguna.

El PSOE, Podemos, la izquierda y la socialdemocracia en España

No se cómo lo estará viviendo el lector (no le estoy viendo, solo lo imagino), pero quiero expresar mi inquietud acerca de la deriva que ha tomado la izquierda de este país.

Por una parte, me alarma su falta de liderazgo o, mejor expresado, el exceso de individualidades deseando tomar cualquiera de los guiones o estandartes que se encuentren en la vitrina de las sala de banderas. No hay debate interno, y solo surgen las ansias de capitanear el grupúsculo, atraído por las opciones que presenta la terrible vulgaridad, la falta de cultura, información veraz y perspectiva del pueblo llano.

Así que, a pesar de las manifestaciones de unidad de todos cuantos aspiran, al menor descuido, a convertirse en cabeza de lista de facción, pertrechado tras los salarios con los que nuestra democracia en peligro compensa a los llamados representantes del pueblo, no veo sino ambiciones personales en la gran mayoría de los que han hecho de la política su cómoda profesión.

No me conmueven, salvo para alimentar mi ironía, las más bien ridículas, representaciones de afecto, con abrazos y besos que se prodigan, vengan de la izquierda del mapa como de la derecha, cada vez que se cruzan en público. Y estoy convencido, en lo que me importa algo más, que los caminos de la izquierda, en este momento, se han convertido en múltiples laberintos.

Me resulta imposible entender cuál es el argumentario que dirige la cabeza de los que se expresan como portavoces, tanto de los nominados como de los improvisados, en los partidos de izquierda.

No tengo dificultad en interpretar las señales del actual gobierno, ni tampoco en entender las cuestiones que rigen el catecismo formal de todos cuantos confían que dirigir lo público en un país es cuestión de gestión y no de ideología.

Pero…¿en qué se ha convertido el ideario de la izquierda? ¿Quiere evolución o revolución? ¿Orden o caos? En España, tras la dictadura, algunos hemos vivido con ilusión la posibilidad de una alternancia entre partidos de derecha e izquierda. Parecía una excelente forma para avanzar que los gobiernos progresistas dieran dos pasos hacia adelante y que el paso para atrás (si se produjera) de un gobierno más conservador ayudaría a consolidar lo alcanzado.

El fracaso del ideal socialdemócrata, en España como en Europa, tiene mucho que ver con la obsesión de los dirigentes de los partidos tradicionalmente llamados a la alternancia, por criticar al gobierno, sin proponer alternativa. Ignorando que esa moderación en el gobierno, la preocupación por sostener el estado del bienestar amenazado de grave deterioro por la crisis económica, es hija de la socialdemocracia, esto es, del posibilismo, del pragmatismo.

Porque la “socialdemocracia” se convirtió en la posición práctica de aquellos que, desde la sensibilidad acerca de cuanto debe mejorarse distribuyendo los beneficios del progreso común entre los que menos tienen, están dispuestos a aprovechar todas las ocasiones para tirar de la cuerda desde el lado de los necesitados. Sin romperla.

Puede que si tuvieran menos años y , sobre todo, menos experiencia, de en qué se convierten los vocingleros cuando se les presenta la oportunidad de sacar tajada,  me atraería a participar en un movimiento de revisión de los anquilosamientos que la falta de ideas ha traído a la vida política. Pero no cuenten conmigo para chillar que hay que cambiarlo todo sin aportar la menor idea de cómo respetar las armazón del edificio común. Ni tampoco, para poner mi careto detrás de los que chillan.

Claro que, ni yo me he postulado, ni me han llamado, así que no me amenazan remordimientos de conciencia.

En el primero de mayo de 2017

Acabo de escuchar declaraciones de representantes sindicales explicando las razones por las que se convocan los actos para hoy, 1 de mayo de 2017.

Debo indicar, en primer lugar, que desde que se empeñaron en realizar apariciones conjuntas los secretarios generales de UGT y CCOO, en una representación que parecía la versión seria de los episodios cómicos de Tip y Coll, ando perdido en valorar las diferencias entre ambos sindicatos. Se que no servirá de nada, pero mi sugerencia es que unan las fuerzas que les queden, de una vez, y dejen de hacer pantomimas de resistencia obrera.

En este primero de mayo de 2017, tanto los que tienen la suerte de mantener su puesto de trabajo, como los que no lo tienen; lo mismo los estudiantes que andan preparándose para torear en un futuro de lo más incierto con enseñanzas dirigidas, en su gran mayoría, por indolentes o desorientados profesores; igual que los autónomos y pequeños empresarios que no tienen idea de cómo llegarán a final de mes y que trampean para pagar las cuotas de la seguridad social o los impuestos de actividad; tanto los que limpian culos y hacen camas en sus casas o en las ajenas, e incluso los que creen que están trabajando en una empresa solvente que resistirá a cualquier crisis, y hasta, si me pongo a elucubrar, y hay alguno (que pido a los dioses que los haya), los empresarios que se juegan su patrimonio e hincan a diario los codos y el magín para sostener una empresa que los demás juzgan sólida pero que ellos saben bien cómo tiene los pies,

a todos ellos, les digo:

Basta ya de preocuparse por la corrupción del tres por ciento y de esos centenares de chorizos que se han enriquecido mintiendo tan burdamente y que no supieron ocultar sus miserables trapisondas. Basta ya de llevarse las manos a la cabeza por el deterioro de la calidad de la sanidad, de la enseñanza y, por ser más claro, de todos los servicios, públicos y privados. Basta ya de pretender que no sabíamos lo que bien sabemos y supimos, y esperar, mirando estúpidamente la pantalla, que un delator, despechado que no arrepentido, combinado con un juez normal que no brillante, levante pruebas indiciarias para movilizar a la policía judicial o a la guardia civil hasta la casa de un politicastro o un falso gerente para romperle en pedazos la calma de su madrugada; basta ya…

Tenemos un gravísimo problema colectivo. Y es que no sabemos qué hacer que sea eficaz y no falaz o fantasioso, ni a dónde dirigir nuestras fuerzas ni nuestra economía más allá del próximo rellano. Claro que “el desarrollo de la economía pasa por el talento y una estrategia a largo plazo” (titular de El País del viernes, 28 de abril de 2017, para dar las claves de una conferencia internacional de economía humanística, “de vuelta a lo básico”). Para lanzar tales propuestas no hace falta reunir a cabezas supuestamente laureadas con las virtudes de las mejores ideas y experiencias.

Ni siquiera me parece tan importante aumentar los impuestos a las pocas empresas que obtienen beneficios, y  estoy en desacuerdo con tocar los gravámenes o tasas de cualquier tipo, con solo la intención recaudatoria. No. Lo importante es saber en qué se van a dedicar los dineros, y si servirán solo para tapar agujeros provisionalmente o actuarán de acicate para renovar la actividad en sectores con futuro.

Pero esos temas serios y profundos no se resuelven en debates abiertos, ni en manifestaciones de descontentos, ni en parlamentos en donde los teóricos representantes de un pueblo desinformado y colectivamente indolente se tiran piedras a las cabezas y están más preocupados de su imagen y de lo que tienen entre las piernas que de los millones de familias que no tienen trabajo, o lo van a perder, o no deben creerse (y no porque lo diga yo, sino porque cualquiera ha de saber que no estamos solos en el mundo) que en el turismo y en la exportación de productos agrícolas y bienes intermedios está la salvación y el futuro que nos sostenga,  oxímoron de una panacea que está, obviamente, en la agenda teórica de todos los países y regiones que no tienen más cosas que ofrecer.

Venga, pónganse a trabajar. Lo siento, en esta invitación no caben todos. Solo muy pocos, porque hay que evitar cualquier tipo de ruido, opiniones que ensordezcan en lugar de aportar. Se necesitan personas con experiencia, conocimiento, libertad de pensamiento, ayunos  de rémoras y limpios de ideología reaccionaria.

Hay mucho que hacer. Es una tarea no remunerada, y las propuestas que resulten no serán todas satisfactorias ni aceptables. Pero saldremos de este tremendo vacío de ilusiones, de esta caspa de obsesión por cazar corruptos de medio pelo (los peces gordos se escaparán siempre) y ahuyentar fantasmas del pasado, de muertos ya bien muertos.

Jóvenes, os va en ello ni más ni menos que la felicidad futura.


Los mirlos o tordos, como casi todas las aves, son territoriales, aunque normalmente bastan los sonidos y cantos que emiten para hacer desistir a sus congéneres de adentrarse en el territorio dominado por una pareja o ya preparado por un macho para asentarse en él con la elegida al ritmo de su reloj natural.

A veces, la densidad de población ofrece vistosas batallas entre machos, incluso entre aves tenidas por pacíficas. Estos dos representantes encelados del sexo masculino se enzarzaron en una disputa -nada reglada- por el ánimo de una hembra que, en esta foto, está fuera de encuadre.

 

Cómico o ridículo (20)

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: “Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa”.

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

Estado judicial

El 17 de febrero de 2017, la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca ha dado a conocer la Sentencia del llamado Caso Noos.    Se trata de un texto de gran extensión (741 páginas), ocupando el Fallo las últimas doce. La extensión y el cuidado que evidencia su redacción ponen de manifiesto que no se trataba, en absoluto, de un proceso cualquiera.

Por supuesto, no necesitamos ninguna exhibición de buenos propósitos ni alardear del funcionamiento impecable de los estamentos del estado de derecho. Pueden ahorrárselos sus defensores, en particular, ésos que, cuando una Sentencia penal les afecta a ellos o a sus correligionarios, se apresuran a decir, con la boca pequeña, que la acatan, que el poder judicial es independiente.

¿Pero qué necesidad tenemos de coronar con mentiras y medias palabras algo que surge de la propia imperfección de las decisiones humanas? ¿Porque abogamos por su eterno inmovilismo?: ni las Leyes son perfectas, ni los tipos penales están analizados con total equilibrio y completa objetividad (y no digamos, las penas que acarrean los delitos), ni todos somos iguales ante la Ley o, al menos, no lo somos ante los órganos jurisdiccionles.

No podemos serlo, por la naturaleza de las cosas. Ni todos los abogados son igual de brillantes, ni todos los jueces igual de diligentes, ni todos los demandados o encausados tienen los mismos medios económicos y de influencia, ni todas las sentencias son idénticas para los mismos hechos y datos.

Esto es lo que hay. Y, al afirmarlo así, desde el conocimiento que nos da -a todos los que ejercemos en el campo del Derecho- el actual estado de cosas, no estamos apoyando la necesidad de una revolución, sino insistiendo en la continua necesidad de reformas y la importancia de añadir mesura a los análisis. Acatamos las sentencias, -qué remedio, aunque agotando todos los trámites procesales para buscar su enmienda, cuando la advertimos injusta a nuestras pretensiones- pero no siempre las compartimos.

Voy, pues, al grano del tema de estos días. Los media se han ocupado de difundir las conclusiones de la Sentencia del caso Noos, concentrándose en las penas impuestas y, en su caso, las absoluciones a algunos imputados.

De entre todas ellas, las que afectan a Ignacio Urdangarin, casado con la infanta de España, Cristina de Borbón, y a ella misma, también imputada, han concentrado los análisis. Como en toda cuestión polémica, los comentarios se orientan, según la ideología y simpatías de lo autores, bien a criticar la supuesta benignidad de las penas -y, en particular, la absolución penal de la Infanta-, bien a poner de manifiesto que la Justicia ha actuado, independientemente de la personalidad de los acusados.

Estamos en un Estado judicializado, en el que el profundo deterioro de todos los estamentos ha derivado hacia los procesos judiciales, y, en especial, los penales, la necesidad de redención colectiva.

Los años de la dictadura y los de democracia formal subsiguientes no han eliminado la corrupción, en sus variadas formas. Puede que, incluso, la hayan hecho más refinada. Solo los muy ingenuos o ignorantes pueden sostener la creencia de que se está en los últimos años procediendo con serenidad y contundencia contra la corrupción que, desde hace décadas -me atrevería a afirmar que, siglos-, forma parte del Sistema económico.

La corrupción no se juzga en los tribunales ni se condena en ellos. Vive con el sistema, porque forma parte de la educación general, impregnándolo todo. Los pocos casos que han salido a la luz en España (como en otros países) lo han sido por denuncias de arrepentidos o por declaraciones de pececillos corruptos que, para aliviar sus penas, han acusado a sus superiores. El clan de corruptos y corruptores se cierra sobre sí mismo, protegiéndose.

En relación con el juicio Noos, puede que algunos piensen que se ha juzgado a la monarquía, y que, con este proceso, se va a debilitar a la institución. Tal vez, incluso desde una parte de la judicatura se haya visto con buenos ojos que condenar a miembros de la familia real significa avanzar en el cambio de régimen,

No pienso así (tampoco me puedo imaginar que la Monarquía salga reforzada). Necesitamos la Monarquía porque carecemos de un sustituto válido como forma cabal de Estado. La propia institución se ha encargado de ponerla en bretes evitables, probando su resistencia, de los que ha salido prácticamente indemne: los detentadores de la Corona pueden alardear de rijosidad consustancial a su naturaleza, matar elefantes y osos como sana diversión elitista, casarse con plebeyas a despecho de lo indicado por sus consejeros áulicos… Nuestras abejas reinas no tienen sustituto.

Las Monarquías que sobreviven en países democráticos se han hecho impermeables como fórmula de subsistencia. Levitan sobre lo razonable. Hay un ejemplo paradigmático: la Reina de Inglaterra. Su distancia  infinita con la realidad es la mejor defensa: cuando se manifiesta con algún signo humano, es algo parecido a haber sido testigos de una aparición espectral. Indestructible.

Aquí se sigue el ejemplo, mal que bien, porque hay que salvar la Monarquía, esto es, a todos nosotros, sus súbditos desnortados. Las sonrisas forzadas de SSMM en la inauguración de la exposición en el Museo Thyssen, el mismo día de la publicidad de las condenas a personas de su familia, obviamente, han sido ensayadas previamente en los días anteriores, pues la Sentencia tuvo que ser conocida con anterioridad. La procesión irá por dentro, pero no se la deja trascender.

Y, sin embargo, no es posible ignorar los propósitos y consecuencias de este sometimiento al escarnio popular de la divina Institución. Porque el que personas de la familia real, incluso en una dinastía empobrecida como la española, se vean imputadas, paseadas por los juzgados, analizadas sus conductas a placer por cualquier nindungui, es fruto de un intento de poner a prueba la resistencia de la Institución, pero sin afectar a la vulnerabilidad del núcleo central, poniendo sobre el tapete colectivo, que “la Justicia es igual para todos”, incluso para ese plebeyo deportista al que se le arrojó a los pies de los caballos justicieros.

Se ha producido, en efecto, la apariencia de una sacudida brutal a la esencia de la Monarquía española. ¡Miembros de la Familia, corruptos!. Es lógico que ante un ataque de tamaña envergadura, se hayan activado todos los recursos de contención del daño.

Nadie, disponiendo de su sano juicio mental, admitirá que la justicia haya actuado con total independencia (¿cómo mantener la “total independencia” con ese continuo clamor de la calle, esa tensión permanente, a ratos, insoportable?) , ni dejará de valorar que el gobierno no haya utilizado todos los medios posibles para conducir el tempo y la intensidad del proceso (“espero y deseo que la Infanta salga libre, con todos los predicamentos favorables, del proceso”) y que el propio Monarca Felipe VI, sus padres y resto de familia real (y de otras dinastías monárquicas), y sus apoyos, valedores y beneficiarios sustanciales, no hayan visto con intranquilidad y disgusto el que uno de sus miembros haya sido puesto en la picota justiciera (¿no podemos imaginar llamadas de la reina Sofía a su hijo varón, pidiendo intersección salvífica?).

Tenemos una forma de gobierno anticuada, pero que funciona. La mayoría de las monarquías europeas han dejado de existir, salvo en los libros de Historia o como reliquias depuestas, vagando a la eterna espera de tiempos mejores. Algunas han terminado de forma cruenta. Sin embargo, pasado el tiempo, nada ha cambiado en los pueblos que han visto culminado el proceso de sustitución de las Monarquías por otras formas de Gobierno. República o Monarquía, es lo de menos.

Esa enseñanza de la Historia la tenemos impresa en nuestros genes, los españoles.

Analizada someramente la Sentencia, encuentro algunos elementos para la polémica jurídica. La pena principal de Urdangarín lo ha sido porque el Tribunal le estimó como autor de un delito continuado de falsedad en documento público, además de por malversación de caudales públicos (art. 404, 390.1.2º y 4º y 432.1, con la atenuante de reparación del daño). No se cierra con ello la posibilidad de revisión, a pesar del extenso y meditado escrito de las Sras. magistradas. No me ocupo, gracias a Dios, del caso, pero entiendo que la consideración de Urdangarin como “autoridad o funcionario público” que prescribe el art. 390 abre una vía de acogida al recurso de casación, por la reducida extensión jurídica que viene siendo aplicada a estos términos.

Interesante es también el análisis de la comisión del delito de tráfico de influencias, en su tipo agravado, por el que también se condena a Urdangarin, penado según el art. 429 del Código Penal, al entender la Sentencia que  ha obtenido beneficio por la influencia derivada de la situación personal con la autoridad o funcionario público que debe tomar la decisión. Me parece que la influencia de un personaje tan encumbrado como es un miembro de la familia real, en un país en el que la Monarquía es la forma de Estado, ante quien debe tomar una decisión pública, queda manifiesta por el solo hecho de aparecer como interesado, sin necesidad de actuar positivamente como “influyente”.

En cuanto a la exoneración de culpa a la infanta Cristina de los delitos contra la haciendo pública, a mi no me sorprendió en absoluto. Pero, ¿es que nos hemos olvidado de en qué país y bajo qué orden estamos?

Y, como ya han avanzado algunos comentaristas con más intención que yo, tenemos que esperar a la revisión de la sentencia por parte del Tribunal Supremo. Como prueba a la solidez de la Monarquía, de momento, ya hemos tenido dosis suficiente.


Las urracas han ocupado grandes espacios, tanto en las ciudades como en el campo. Son agresivas, gregarias, tienen un excepcional poder de adaptación a los medios, y son prácticamente omnívoras.

En las ciudades españolas, lo normal es encontrarse, en cualquier lugar y ocasión, con estas aves, atentas siempre a hurtar un bocado, ahuyentar a otros pájaros e, incluso, a presentar batalla a animales de mayor tamaño: ni cuervos, ni rapaces se atreven con ellas, cuando se encuentran defendiendo sus nidadas, lo que hacen en grupo sin problemas.

Esta urraca, a la que fotografié en el momento de desplegar sus alas para huir, aguantó, como si me echara un pulso, un buen rato. A diferencia de la inmensa mayoría de los pajarillos (salvo algunos gorriones comunes, que andan siempre mendigando residuos en torno a los humanos), las urracas, o pegas, sostienen al máximo el momento, aparentemente inmutables, hasta que, de pronto, se lanzan en un vuelo rápido, potente, corto.

 

Buen día, mi Cáncer

Los enfermos de cáncer y nuestros acompañantes sabemos que hoy, el 4 de febrero, es el Día Mundial del Cáncer. Tengo diagnosticado desde hace ya un año y medio un cáncer óseo metastásico, de origen prostático, que me está siendo tratado en el Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. La atención que estoy recibiendo en ese Centro, tanto por el equipo médico como por el auxiliar es impecable. Igualmente, no tengo sino elogios y agradecimiento para el personal del Hospital de Día Pedro Muguruza.

He recopilado como un documento único los Consejos para acompañantes y para enfermos de cáncer que publiqué, en este mismo blog. Creo que pueden ser útiles y, desde luego, agradecería su difusión.

Guia para acompañantes y para enfermos de cáncer

Querría, además, con esta ocasión, llamar la atención sobre el grave riesgo de deterioro súbito de la atención sanitaria en España. El esfuerzo de los facultativos, el derroche de empatía y dedicación personal no puede ocultar estos graves problemas, que, por lo que tengo contrastado, son comunes a toda la sanidad española.

Primero.- La gestión de los recursos sanitarios es débil, insuficiente y, en muchos aspectos, inexistente. Es especialmente grave en cuanto a la renovación del personal sanitario, y a la satisfacción de los derechos laborales de los empleados. Resulta patético, alarmante y descorazonador, saber que existen responsables médicos de departamentos hospitalarios que están contratados como interinos, o no se les reconocen sexenios, o incluso, tienen precarios contratos que se renuevan cada año. La situación es aún más grave a niveles auxiliares: conozco casos en los que el contrato que se les ofrece es mensual.

Segundo.- Los servicios de analítica, exploraciones radiológicas, tratamientos, etc., están gestionados, en abrumadora mayoría, por eficiente -incluso, eficientísimo- personal sanitario, pero que se encuentra en edad de jubilación o que ya la ha superado hace uno o más años. Su experiencia, conocimientos, simpatía y proximidad al paciente, son sustanciales. Sostienen la calidad asistencial más perceptible por el paciente. No existe, sin embargo, la dotación necesaria para su reemplazo (ya exigible legalmente), y, con plena consciencia del problema, pero sin que tengan interlocutores con capacidad de resolverlo, ven con preocupación que pasa el tiempo sin que se haya contratado a personal sustituto, al que pudieran trasladar su saber hacer, garantizando así la calidad en la continuidad de su servicio. Cuando un colega recibe, por fin, la baja laboral por jubilación, los que aún no la tienen o no alcanzaron la edad, ven aumentada, sin más, su carga de trabajo. No pueden ser sustituidos en igualdad por jóvenes de segundo o tercer año de las escuelas de enfermería, ni siquiera por recién egresados sin experiencia suficiente. Es imprescindible un programa serio de reemplazos. Los pacientes están sufriendo, y sufrirán aún más, las consecuencias. Los profesionales, también, porque se les confronta con situaciones de estrés evitables.

Tercero.- Los equipos físicos no son sometidos, con la regularidad exigible, a los programas de mantenimiento preventivo o paliativo adecuados y, algunos, están señaladamente obsoletos, deteriorados, o no se corresponden con la máxima calidad tecnológica del momento. En consecuencia, no siempre las exploraciones realizadas a los pacientes tienen la calidad requerida, se obtienen datos confusos o equivocados, algunas máquinas están colapsadas y otras esperan sine die la revisión que las vuelva a poner en uso.

Cuarto.- Existen salas en donde los pacientes a la espera del tratamiento se hacinan, en espacios manifiestamente insuficientes. Es una situación variable, según especialidades: algunas, en condiciones que no dudo en considerar tercermundistas, es decir, dramáticas, generadoras de tensiones y malestar, cuando no afectando a las necesidades de intimidad que exigen las exploraciones médicas. Aquí se detecta también, junto a la escasez de medios, la necesidad de coordinación. Cierto que se advierten esfuerzos (variables según las autonomías, pues no hay que olvidar que la atención sanitaria está transferida) para conseguir la informatización total de los servicios, de las citas, del control asistencial, de las operaciones, de los ingresos y estancias hospitalarias…pero falta una supervisión médica (reforzada por un equipo multidisciplinar con capacidad y experiencia), pragmática, inteligente, para evitar duplicidades, esperas, repetición de ensayos innecesaria; en fin, para coordinar recursos y alcanzar la  eficiencia óptima, relacionada con el máximo bienestar y la menor carga emocional de pacientes, acompañantes…y sanitarios.

Quinto.- Es necesario hacer referencia, en estas notas, a la investigación oncológica española, al tratamiento de la información disponible y a la coordinación de los centros hospitalarios y los de investigación. Se debe actuar, al menos, a nivel español, aunque sería deseable oficializar la relación con centros internacionales, confiada hoy a la inquietud e impulsos personales de los facultativos más concienciados de los efectos saludables de una buena coordinación sanitaria. La tremenda presión sobre los facultativos que están en contacto con los pacientes impide, o dificulta gravemente, el que puedan dedicar tiempo a la búsqueda de información, atender a su propia formación (en un sector que perfecciona métodos y tratamientos casi a diario), sin depender casi exclusivamente de las presiones o consejos de las farmacéuticas , y, aún peor, sin encontrar respuesta general a la exigencia de coordinar la investigación y centralizar y potenciar el sereno análisis de los millones de datos que se acumulan en los expedientes sanitarios. Cierto que tenemos figuras cualificadas y reconocidas, incluso mundialmente, pero me estoy refiriendo a la necesidad de impregnar todo el sistema sanitario, especialmente en lo oncológico, de un espíritu común, y hacerlo de manera oficial, reglada, no confiándola a los impulsos personales -originados por su deontología propia-, de los profesionales, que, por su naturaleza, serán de alcance limitado.

Me consta el esfuerzo que se está haciendo por parte de una mayoría del personal facultativo. No quiero, además, que se interprete que este mensaje de urgencia, implica -sensu contrario- ensalzar la atención privada respecto a la pública. En absoluto. Al contrario. Tenemos una sanidad pública excepcional, y, en general, mejor que la privada: en experiencia, cualificación, atención, medios, y dedicación facultativa al paciente.

Los centros hospitalarios, además, no son hoteles y lo que deben ofrecer es, ante todo, asistencia para la curación de enfermedades y dolencias, material quirúrgico, tratamientos avanzados, etc. Valoro, por supuesto, el que la habitación en donde tengo que tratarme o recuperarme de una intervención fuera individual y que mi cama (tal vez con el sistema elevador en malfuncionamiento) sea ubicada en una sala múltiple, separada de otras con mamparas o sábanas, que los servicios sanitarios estén inmaculadamente limpios a cualquier hora del día, que se encuentren libres de cucharachas y dípteros (y, de un elenco de bacterias patógenas), y me encanta, claro que funcionen los dispensadores de jabón y haya papel en ellos. Aplaudiría que los ascensores que me llevan a las plantas no se encuentren permanentemente colapsados, la siñaléctica sea actuaizadal y precisa y que las cabinas donde debo prepararme para la exploración no estén en los pasillos.

Pero eso no es tan importante como que el hospital donde me atienden de mis dolencias tenga un personal facultativo de primera línea y con equipos modernos e información totalmente actualizada. Al menos, cuidemos eso. Presionar para que la calidad asistencial sanitaria no se desplome es responsabilidad de todos, no solo de los pacientes; desde luego, no solo de los sanitarios.

Buen día del cáncer, amigos,

 

Cómico o ridículo (8)

El 26 de abril de 1986 nos encontrábamos en Italia, mi admirado colega Héctor García Rodríguez y un servidor, junto con nuestras esposas. El inquieto Héctor tenía en mente montar una empresa de fabricación de postes de fibra de vidrio reforzada y había preparado un viaje técnico-recreativo.

Ese día tuvo lugar el mayor desastre nuclear en tiempo de paz de la era moderna. El núcleo del reactor de la central de Chernobyl, por un error de funcionamiento aún no del todo explicado, explotó, causando decenas de muertos. Una nube tóxica y radioactiva emergió de la planta, creando alarma internacional porque se temía su propagación por toda Europa. Los periódicos del día siguiente tenían un tono apocalíptico.

Estábamos ya de vuelta de la misión prospectiva, y Héctor y yo nos paseábamos por Ventimiglia. El mercado de abastos estaba prácticamente vacío de compradores, aunque los comerciantes, presentaban sus mercancías como de costumbre. Había muy buen material.

Nos llamaron la atención unas fresas con aspecto apetitoso irresistible. Sin embargo, los periódicos advertían, en particular, del peligro de la ingesta de verduras y frutas, que los expertos consultados a la trágala estimaban como especialmente sensibles a la radioactividad.

“¿A cómo las vende?”, preguntamos. “Prendere quanti volete, per favore”, nos indicó el desolado vendedor.

Nos miramos. -“¿De dónde son estas fresas?” -se nos ocurrió indagar.

-¿Da dove viene gli fragoli? Sono da qui stesso. Da dove si no?”

-Pues nos las llevamos todas -dijo Héctor, le dimos unas liras y cargamos con la caja.

Nuestras mujeres no quisieron probar la fruta, pero nosotros nos pusimos morados. Reconozco que yo no había tenido la menor preocupación respecto a la radioactividad ni la nube tóxica, y solo me guiaba la gula ante una de mis frutas favoritas. Pero Héctor tenía una explicación, aparentemente rigurosa, que me prometió dar. Solo me aconsejó: “Date prisa”.

Cuando acabamos la última de las fresas, me dijo:

-Seguro que hiciste el mismo cálculo que yo, La hora que los periódicos indicaban como momento de la explosión era la una y media de la madrugada. Son ahora las once de la la mañana del día siguiente: han pasado diez horas. Chernóbil está a unos 1.700 km de aquí y la previsión del tiempo en esta zona de Europa es “viento leve”, según he leído también. Es decir, unos 10 km/h. máximo. Así que la nube radioactiva, si es que ha de llegar, tardará 17 horas en llegar hasta aquí.”

Le miré, de hito en hito. “¿Hablas en serio?”. Dejando la caja en un contenedor, me devolvió la pregunta con otra. “¿Qué te parece?”

“Yo las hubiera lavado antes de comerlas”, dijo una de las chicas. Y sería por la tensión emocional o por las bacterias, tardé un par de días en librarme de la colitis.

Una de las aventuras más apasionantes de mi vida empresarial fue cuando me decidí a comprar un restaurante. Tengo contado el núcleo de la cuestión en mi libro “Cómo no montar un restaurante”, y está colocado en internet, en abierto. Pero muchos detalles no tuvieron sitio en él.

Un restaurante, como saben bien quienes tratan de sacar adelante este tipo de negocio, es la acción empresarial más dificultosa que existe. Tienes que luchar, y a diario, con proveedores, personal, variación de precios, financiación, búsqueda y fidelización de clientela, deterioro de mercancía, etc. No es fácil vencer.

En mi experiencia, lo más duro fue conseguir un equipo mínimamente estable. Mi mujer estaba diariamente al pie del cañón, pero algunas noches yo tomaba el relevo para que pudiera descansar algo. Una vez, al llegar al local, me encontré a la puerta con el maître que teníamos en aquel momento, completamente borracho, con una botella de Moet Chandon en la mano.

Estaba sirviendo copas a los clientes, tambaleándose de mesa en mesa.

-¿Me puede decir qué c… está haciendo Vd?

Me contestó con esfuerzo, con una cara de satisfacción infantiloide: “Es mi cumpleaños”.

Le agarré por el brazo y lo saqué de la sala. “Lo que va a hacer Vd. de inmediato es irse para casa, y mañana hablaremos. Yo me quedo en la sala”.

Trataba de zafarse, pero no lo solté, y lo conduje hasta la puerta de servicio. “Váyase tranquilo. Descanse la mona. Hasta mañana”. El personal de cocina se echaba miradas de reojo, pero no dijo nada. Yo me volví a la sala, y traté de enmendar la situación como pude. A los diez minutos, reapareció el maître por la puerta principal.

-¡Se por qué lo ha hecho! ¡Vd. me quiere mandar a casa porque soy gay! ¡Eso es algo contra la ley! ¡Le denunciaré!

No se atrevió a entrar, por lo que, aunque gritaba, el ruido de la sala aisló sus palabras, que solo me llegaron a mí, que estaba cerca de la puerta. Tuve que hacer el teatro de llamar a la policía y, como esperaba, al oirme aparentar que pedía por el  móvil que enviasen a algún número, el empleado desapareció.

Al día siguiente, mi empleado estaba en el restaurante, cuando me pasé a primera hora para organizar la jornada con mi esposa. Aparentemente sobrio, y compungido. Tenía en una repisa una taza de café cuyo líquido sorbía con nerviosismo.

-Me arrepiento muchísimo. No volverá a pasar -me balbució.

María Jesús cogió la taza, la olió, y probó un poco. Era puro coñac.

-Puede que no le vuelva a pasar. Pero donde no va a pasar, seguro, es en nuestro restaurante. Hemos preparado su finiquito y, como confiamos en que se rehabilite de su alcoholemia, le daremos las referencias habituales-le dije, entregándole un sobre con el dinero y un papel en el que expresaba, “para quien estuviera interesado, que Fulano de Tal tuvo, en el corto tiempo que había estado con nosotros, el comportamiento que cabría esperar”.

Firmó y se fue de nuestra vida para siempre. Espero que le vaya bien. Las dos o tres botellas de Moet Chandon que guardábamos habitualmente en la fresquera, habían desaparecido la noche anterior, junto con la memoria general de los detalles del suceso.


Estoy orgulloso de esta foto, que es producto, no de mi genialidad , sino de la oportunidad. El pito real me estuvo observando unos instantes y luego, se elevó desde el suelo, cobrando impulso con el rápido batir de sus robustas alas, hasta lo más alto del árbol que encontró cercano.

Cuántas veces la oportunidad vence a la preparación. Y cuántas más, la oportunidad nos sorprende sin estar preparados.

Cómico o ridículo (7)

Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.

Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.

Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.

No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en  donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.

La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: “A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît”. El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.

Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.

“¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!” , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: “Entrée du personnel”. Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con “Bon jour, messieurs les clients”. “En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar”, ordenó un jefe. “Y no se hable más “.

Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela “Un mensaje para Elías”, me refiero también a este episodio.

Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. “¿Le llevo, patroncito?” Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. “Voy al aeropuerto. Al Alto”, le dije, con inevitables aires de conquistador español.

El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.

-“Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue” -le ordené al improvisado taxista.

-“No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.” -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.

Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.

-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!

-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.

Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble (“ida por vuelta, doctor”), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.


Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.

Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.

No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.