Cómico o ridículo (20)

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: “Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa”.

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

Estado judicial

El 17 de febrero de 2017, la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca ha dado a conocer la Sentencia del llamado Caso Noos.    Se trata de un texto de gran extensión (741 páginas), ocupando el Fallo las últimas doce. La extensión y el cuidado que evidencia su redacción ponen de manifiesto que no se trataba, en absoluto, de un proceso cualquiera.

Por supuesto, no necesitamos ninguna exhibición de buenos propósitos ni alardear del funcionamiento impecable de los estamentos del estado de derecho. Pueden ahorrárselos sus defensores, en particular, ésos que, cuando una Sentencia penal les afecta a ellos o a sus correligionarios, se apresuran a decir, con la boca pequeña, que la acatan, que el poder judicial es independiente.

¿Pero qué necesidad tenemos de coronar con mentiras y medias palabras algo que surge de la propia imperfección de las decisiones humanas? ¿Porque abogamos por su eterno inmovilismo?: ni las Leyes son perfectas, ni los tipos penales están analizados con total equilibrio y completa objetividad (y no digamos, las penas que acarrean los delitos), ni todos somos iguales ante la Ley o, al menos, no lo somos ante los órganos jurisdiccionles.

No podemos serlo, por la naturaleza de las cosas. Ni todos los abogados son igual de brillantes, ni todos los jueces igual de diligentes, ni todos los demandados o encausados tienen los mismos medios económicos y de influencia, ni todas las sentencias son idénticas para los mismos hechos y datos.

Esto es lo que hay. Y, al afirmarlo así, desde el conocimiento que nos da -a todos los que ejercemos en el campo del Derecho- el actual estado de cosas, no estamos apoyando la necesidad de una revolución, sino insistiendo en la continua necesidad de reformas y la importancia de añadir mesura a los análisis. Acatamos las sentencias, -qué remedio, aunque agotando todos los trámites procesales para buscar su enmienda, cuando la advertimos injusta a nuestras pretensiones- pero no siempre las compartimos.

Voy, pues, al grano del tema de estos días. Los media se han ocupado de difundir las conclusiones de la Sentencia del caso Noos, concentrándose en las penas impuestas y, en su caso, las absoluciones a algunos imputados.

De entre todas ellas, las que afectan a Ignacio Urdangarin, casado con la infanta de España, Cristina de Borbón, y a ella misma, también imputada, han concentrado los análisis. Como en toda cuestión polémica, los comentarios se orientan, según la ideología y simpatías de lo autores, bien a criticar la supuesta benignidad de las penas -y, en particular, la absolución penal de la Infanta-, bien a poner de manifiesto que la Justicia ha actuado, independientemente de la personalidad de los acusados.

Estamos en un Estado judicializado, en el que el profundo deterioro de todos los estamentos ha derivado hacia los procesos judiciales, y, en especial, los penales, la necesidad de redención colectiva.

Los años de la dictadura y los de democracia formal subsiguientes no han eliminado la corrupción, en sus variadas formas. Puede que, incluso, la hayan hecho más refinada. Solo los muy ingenuos o ignorantes pueden sostener la creencia de que se está en los últimos años procediendo con serenidad y contundencia contra la corrupción que, desde hace décadas -me atrevería a afirmar que, siglos-, forma parte del Sistema económico.

La corrupción no se juzga en los tribunales ni se condena en ellos. Vive con el sistema, porque forma parte de la educación general, impregnándolo todo. Los pocos casos que han salido a la luz en España (como en otros países) lo han sido por denuncias de arrepentidos o por declaraciones de pececillos corruptos que, para aliviar sus penas, han acusado a sus superiores. El clan de corruptos y corruptores se cierra sobre sí mismo, protegiéndose.

En relación con el juicio Noos, puede que algunos piensen que se ha juzgado a la monarquía, y que, con este proceso, se va a debilitar a la institución. Tal vez, incluso desde una parte de la judicatura se haya visto con buenos ojos que condenar a miembros de la familia real significa avanzar en el cambio de régimen,

No pienso así (tampoco me puedo imaginar que la Monarquía salga reforzada). Necesitamos la Monarquía porque carecemos de un sustituto válido como forma cabal de Estado. La propia institución se ha encargado de ponerla en bretes evitables, probando su resistencia, de los que ha salido prácticamente indemne: los detentadores de la Corona pueden alardear de rijosidad consustancial a su naturaleza, matar elefantes y osos como sana diversión elitista, casarse con plebeyas a despecho de lo indicado por sus consejeros áulicos… Nuestras abejas reinas no tienen sustituto.

Las Monarquías que sobreviven en países democráticos se han hecho impermeables como fórmula de subsistencia. Levitan sobre lo razonable. Hay un ejemplo paradigmático: la Reina de Inglaterra. Su distancia  infinita con la realidad es la mejor defensa: cuando se manifiesta con algún signo humano, es algo parecido a haber sido testigos de una aparición espectral. Indestructible.

Aquí se sigue el ejemplo, mal que bien, porque hay que salvar la Monarquía, esto es, a todos nosotros, sus súbditos desnortados. Las sonrisas forzadas de SSMM en la inauguración de la exposición en el Museo Thyssen, el mismo día de la publicidad de las condenas a personas de su familia, obviamente, han sido ensayadas previamente en los días anteriores, pues la Sentencia tuvo que ser conocida con anterioridad. La procesión irá por dentro, pero no se la deja trascender.

Y, sin embargo, no es posible ignorar los propósitos y consecuencias de este sometimiento al escarnio popular de la divina Institución. Porque el que personas de la familia real, incluso en una dinastía empobrecida como la española, se vean imputadas, paseadas por los juzgados, analizadas sus conductas a placer por cualquier nindungui, es fruto de un intento de poner a prueba la resistencia de la Institución, pero sin afectar a la vulnerabilidad del núcleo central, poniendo sobre el tapete colectivo, que “la Justicia es igual para todos”, incluso para ese plebeyo deportista al que se le arrojó a los pies de los caballos justicieros.

Se ha producido, en efecto, la apariencia de una sacudida brutal a la esencia de la Monarquía española. ¡Miembros de la Familia, corruptos!. Es lógico que ante un ataque de tamaña envergadura, se hayan activado todos los recursos de contención del daño.

Nadie, disponiendo de su sano juicio mental, admitirá que la justicia haya actuado con total independencia (¿cómo mantener la “total independencia” con ese continuo clamor de la calle, esa tensión permanente, a ratos, insoportable?) , ni dejará de valorar que el gobierno no haya utilizado todos los medios posibles para conducir el tempo y la intensidad del proceso (“espero y deseo que la Infanta salga libre, con todos los predicamentos favorables, del proceso”) y que el propio Monarca Felipe VI, sus padres y resto de familia real (y de otras dinastías monárquicas), y sus apoyos, valedores y beneficiarios sustanciales, no hayan visto con intranquilidad y disgusto el que uno de sus miembros haya sido puesto en la picota justiciera (¿no podemos imaginar llamadas de la reina Sofía a su hijo varón, pidiendo intersección salvífica?).

Tenemos una forma de gobierno anticuada, pero que funciona. La mayoría de las monarquías europeas han dejado de existir, salvo en los libros de Historia o como reliquias depuestas, vagando a la eterna espera de tiempos mejores. Algunas han terminado de forma cruenta. Sin embargo, pasado el tiempo, nada ha cambiado en los pueblos que han visto culminado el proceso de sustitución de las Monarquías por otras formas de Gobierno. República o Monarquía, es lo de menos.

Esa enseñanza de la Historia la tenemos impresa en nuestros genes, los españoles.

Analizada someramente la Sentencia, encuentro algunos elementos para la polémica jurídica. La pena principal de Urdangarín lo ha sido porque el Tribunal le estimó como autor de un delito continuado de falsedad en documento público, además de por malversación de caudales públicos (art. 404, 390.1.2º y 4º y 432.1, con la atenuante de reparación del daño). No se cierra con ello la posibilidad de revisión, a pesar del extenso y meditado escrito de las Sras. magistradas. No me ocupo, gracias a Dios, del caso, pero entiendo que la consideración de Urdangarin como “autoridad o funcionario público” que prescribe el art. 390 abre una vía de acogida al recurso de casación, por la reducida extensión jurídica que viene siendo aplicada a estos términos.

Interesante es también el análisis de la comisión del delito de tráfico de influencias, en su tipo agravado, por el que también se condena a Urdangarin, penado según el art. 429 del Código Penal, al entender la Sentencia que  ha obtenido beneficio por la influencia derivada de la situación personal con la autoridad o funcionario público que debe tomar la decisión. Me parece que la influencia de un personaje tan encumbrado como es un miembro de la familia real, en un país en el que la Monarquía es la forma de Estado, ante quien debe tomar una decisión pública, queda manifiesta por el solo hecho de aparecer como interesado, sin necesidad de actuar positivamente como “influyente”.

En cuanto a la exoneración de culpa a la infanta Cristina de los delitos contra la haciendo pública, a mi no me sorprendió en absoluto. Pero, ¿es que nos hemos olvidado de en qué país y bajo qué orden estamos?

Y, como ya han avanzado algunos comentaristas con más intención que yo, tenemos que esperar a la revisión de la sentencia por parte del Tribunal Supremo. Como prueba a la solidez de la Monarquía, de momento, ya hemos tenido dosis suficiente.


Las urracas han ocupado grandes espacios, tanto en las ciudades como en el campo. Son agresivas, gregarias, tienen un excepcional poder de adaptación a los medios, y son prácticamente omnívoras.

En las ciudades españolas, lo normal es encontrarse, en cualquier lugar y ocasión, con estas aves, atentas siempre a hurtar un bocado, ahuyentar a otros pájaros e, incluso, a presentar batalla a animales de mayor tamaño: ni cuervos, ni rapaces se atreven con ellas, cuando se encuentran defendiendo sus nidadas, lo que hacen en grupo sin problemas.

Esta urraca, a la que fotografié en el momento de desplegar sus alas para huir, aguantó, como si me echara un pulso, un buen rato. A diferencia de la inmensa mayoría de los pajarillos (salvo algunos gorriones comunes, que andan siempre mendigando residuos en torno a los humanos), las urracas, o pegas, sostienen al máximo el momento, aparentemente inmutables, hasta que, de pronto, se lanzan en un vuelo rápido, potente, corto.

 

Buen día, mi Cáncer

Los enfermos de cáncer y nuestros acompañantes sabemos que hoy, el 4 de febrero, es el Día Mundial del Cáncer. Tengo diagnosticado desde hace ya un año y medio un cáncer óseo metastásico, de origen prostático, que me está siendo tratado en el Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. La atención que estoy recibiendo en ese Centro, tanto por el equipo médico como por el auxiliar es impecable. Igualmente, no tengo sino elogios y agradecimiento para el personal del Hospital de Día Pedro Muguruza.

He recopilado como un documento único los Consejos para acompañantes y para enfermos de cáncer que publiqué, en este mismo blog. Creo que pueden ser útiles y, desde luego, agradecería su difusión.

Guia para acompañantes y para enfermos de cáncer

Querría, además, con esta ocasión, llamar la atención sobre el grave riesgo de deterioro súbito de la atención sanitaria en España. El esfuerzo de los facultativos, el derroche de empatía y dedicación personal no puede ocultar estos graves problemas, que, por lo que tengo contrastado, son comunes a toda la sanidad española.

Primero.- La gestión de los recursos sanitarios es débil, insuficiente y, en muchos aspectos, inexistente. Es especialmente grave en cuanto a la renovación del personal sanitario, y a la satisfacción de los derechos laborales de los empleados. Resulta patético, alarmante y descorazonador, saber que existen responsables médicos de departamentos hospitalarios que están contratados como interinos, o no se les reconocen sexenios, o incluso, tienen precarios contratos que se renuevan cada año. La situación es aún más grave a niveles auxiliares: conozco casos en los que el contrato que se les ofrece es mensual.

Segundo.- Los servicios de analítica, exploraciones radiológicas, tratamientos, etc., están gestionados, en abrumadora mayoría, por eficiente -incluso, eficientísimo- personal sanitario, pero que se encuentra en edad de jubilación o que ya la ha superado hace uno o más años. Su experiencia, conocimientos, simpatía y proximidad al paciente, son sustanciales. Sostienen la calidad asistencial más perceptible por el paciente. No existe, sin embargo, la dotación necesaria para su reemplazo (ya exigible legalmente), y, con plena consciencia del problema, pero sin que tengan interlocutores con capacidad de resolverlo, ven con preocupación que pasa el tiempo sin que se haya contratado a personal sustituto, al que pudieran trasladar su saber hacer, garantizando así la calidad en la continuidad de su servicio. Cuando un colega recibe, por fin, la baja laboral por jubilación, los que aún no la tienen o no alcanzaron la edad, ven aumentada, sin más, su carga de trabajo. No pueden ser sustituidos en igualdad por jóvenes de segundo o tercer año de las escuelas de enfermería, ni siquiera por recién egresados sin experiencia suficiente. Es imprescindible un programa serio de reemplazos. Los pacientes están sufriendo, y sufrirán aún más, las consecuencias. Los profesionales, también, porque se les confronta con situaciones de estrés evitables.

Tercero.- Los equipos físicos no son sometidos, con la regularidad exigible, a los programas de mantenimiento preventivo o paliativo adecuados y, algunos, están señaladamente obsoletos, deteriorados, o no se corresponden con la máxima calidad tecnológica del momento. En consecuencia, no siempre las exploraciones realizadas a los pacientes tienen la calidad requerida, se obtienen datos confusos o equivocados, algunas máquinas están colapsadas y otras esperan sine die la revisión que las vuelva a poner en uso.

Cuarto.- Existen salas en donde los pacientes a la espera del tratamiento se hacinan, en espacios manifiestamente insuficientes. Es una situación variable, según especialidades: algunas, en condiciones que no dudo en considerar tercermundistas, es decir, dramáticas, generadoras de tensiones y malestar, cuando no afectando a las necesidades de intimidad que exigen las exploraciones médicas. Aquí se detecta también, junto a la escasez de medios, la necesidad de coordinación. Cierto que se advierten esfuerzos (variables según las autonomías, pues no hay que olvidar que la atención sanitaria está transferida) para conseguir la informatización total de los servicios, de las citas, del control asistencial, de las operaciones, de los ingresos y estancias hospitalarias…pero falta una supervisión médica (reforzada por un equipo multidisciplinar con capacidad y experiencia), pragmática, inteligente, para evitar duplicidades, esperas, repetición de ensayos innecesaria; en fin, para coordinar recursos y alcanzar la  eficiencia óptima, relacionada con el máximo bienestar y la menor carga emocional de pacientes, acompañantes…y sanitarios.

Quinto.- Es necesario hacer referencia, en estas notas, a la investigación oncológica española, al tratamiento de la información disponible y a la coordinación de los centros hospitalarios y los de investigación. Se debe actuar, al menos, a nivel español, aunque sería deseable oficializar la relación con centros internacionales, confiada hoy a la inquietud e impulsos personales de los facultativos más concienciados de los efectos saludables de una buena coordinación sanitaria. La tremenda presión sobre los facultativos que están en contacto con los pacientes impide, o dificulta gravemente, el que puedan dedicar tiempo a la búsqueda de información, atender a su propia formación (en un sector que perfecciona métodos y tratamientos casi a diario), sin depender casi exclusivamente de las presiones o consejos de las farmacéuticas , y, aún peor, sin encontrar respuesta general a la exigencia de coordinar la investigación y centralizar y potenciar el sereno análisis de los millones de datos que se acumulan en los expedientes sanitarios. Cierto que tenemos figuras cualificadas y reconocidas, incluso mundialmente, pero me estoy refiriendo a la necesidad de impregnar todo el sistema sanitario, especialmente en lo oncológico, de un espíritu común, y hacerlo de manera oficial, reglada, no confiándola a los impulsos personales -originados por su deontología propia-, de los profesionales, que, por su naturaleza, serán de alcance limitado.

Me consta el esfuerzo que se está haciendo por parte de una mayoría del personal facultativo. No quiero, además, que se interprete que este mensaje de urgencia, implica -sensu contrario- ensalzar la atención privada respecto a la pública. En absoluto. Al contrario. Tenemos una sanidad pública excepcional, y, en general, mejor que la privada: en experiencia, cualificación, atención, medios, y dedicación facultativa al paciente.

Los centros hospitalarios, además, no son hoteles y lo que deben ofrecer es, ante todo, asistencia para la curación de enfermedades y dolencias, material quirúrgico, tratamientos avanzados, etc. Valoro, por supuesto, el que la habitación en donde tengo que tratarme o recuperarme de una intervención fuera individual y que mi cama (tal vez con el sistema elevador en malfuncionamiento) sea ubicada en una sala múltiple, separada de otras con mamparas o sábanas, que los servicios sanitarios estén inmaculadamente limpios a cualquier hora del día, que se encuentren libres de cucharachas y dípteros (y, de un elenco de bacterias patógenas), y me encanta, claro que funcionen los dispensadores de jabón y haya papel en ellos. Aplaudiría que los ascensores que me llevan a las plantas no se encuentren permanentemente colapsados, la siñaléctica sea actuaizadal y precisa y que las cabinas donde debo prepararme para la exploración no estén en los pasillos.

Pero eso no es tan importante como que el hospital donde me atienden de mis dolencias tenga un personal facultativo de primera línea y con equipos modernos e información totalmente actualizada. Al menos, cuidemos eso. Presionar para que la calidad asistencial sanitaria no se desplome es responsabilidad de todos, no solo de los pacientes; desde luego, no solo de los sanitarios.

Buen día del cáncer, amigos,

 

Cómico o ridículo (8)

El 26 de abril de 1986 nos encontrábamos en Italia, mi admirado colega Héctor García Rodríguez y un servidor, junto con nuestras esposas. El inquieto Héctor tenía en mente montar una empresa de fabricación de postes de fibra de vidrio reforzada y había preparado un viaje técnico-recreativo.

Ese día tuvo lugar el mayor desastre nuclear en tiempo de paz de la era moderna. El núcleo del reactor de la central de Chernobyl, por un error de funcionamiento aún no del todo explicado, explotó, causando decenas de muertos. Una nube tóxica y radioactiva emergió de la planta, creando alarma internacional porque se temía su propagación por toda Europa. Los periódicos del día siguiente tenían un tono apocalíptico.

Estábamos ya de vuelta de la misión prospectiva, y Héctor y yo nos paseábamos por Ventimiglia. El mercado de abastos estaba prácticamente vacío de compradores, aunque los comerciantes, presentaban sus mercancías como de costumbre. Había muy buen material.

Nos llamaron la atención unas fresas con aspecto apetitoso irresistible. Sin embargo, los periódicos advertían, en particular, del peligro de la ingesta de verduras y frutas, que los expertos consultados a la trágala estimaban como especialmente sensibles a la radioactividad.

“¿A cómo las vende?”, preguntamos. “Prendere quanti volete, per favore”, nos indicó el desolado vendedor.

Nos miramos. -“¿De dónde son estas fresas?” -se nos ocurrió indagar.

-¿Da dove viene gli fragoli? Sono da qui stesso. Da dove si no?”

-Pues nos las llevamos todas -dijo Héctor, le dimos unas liras y cargamos con la caja.

Nuestras mujeres no quisieron probar la fruta, pero nosotros nos pusimos morados. Reconozco que yo no había tenido la menor preocupación respecto a la radioactividad ni la nube tóxica, y solo me guiaba la gula ante una de mis frutas favoritas. Pero Héctor tenía una explicación, aparentemente rigurosa, que me prometió dar. Solo me aconsejó: “Date prisa”.

Cuando acabamos la última de las fresas, me dijo:

-Seguro que hiciste el mismo cálculo que yo, La hora que los periódicos indicaban como momento de la explosión era la una y media de la madrugada. Son ahora las once de la la mañana del día siguiente: han pasado diez horas. Chernóbil está a unos 1.700 km de aquí y la previsión del tiempo en esta zona de Europa es “viento leve”, según he leído también. Es decir, unos 10 km/h. máximo. Así que la nube radioactiva, si es que ha de llegar, tardará 17 horas en llegar hasta aquí.”

Le miré, de hito en hito. “¿Hablas en serio?”. Dejando la caja en un contenedor, me devolvió la pregunta con otra. “¿Qué te parece?”

“Yo las hubiera lavado antes de comerlas”, dijo una de las chicas. Y sería por la tensión emocional o por las bacterias, tardé un par de días en librarme de la colitis.

Una de las aventuras más apasionantes de mi vida empresarial fue cuando me decidí a comprar un restaurante. Tengo contado el núcleo de la cuestión en mi libro “Cómo no montar un restaurante”, y está colocado en internet, en abierto. Pero muchos detalles no tuvieron sitio en él.

Un restaurante, como saben bien quienes tratan de sacar adelante este tipo de negocio, es la acción empresarial más dificultosa que existe. Tienes que luchar, y a diario, con proveedores, personal, variación de precios, financiación, búsqueda y fidelización de clientela, deterioro de mercancía, etc. No es fácil vencer.

En mi experiencia, lo más duro fue conseguir un equipo mínimamente estable. Mi mujer estaba diariamente al pie del cañón, pero algunas noches yo tomaba el relevo para que pudiera descansar algo. Una vez, al llegar al local, me encontré a la puerta con el maître que teníamos en aquel momento, completamente borracho, con una botella de Moet Chandon en la mano.

Estaba sirviendo copas a los clientes, tambaleándose de mesa en mesa.

-¿Me puede decir qué c… está haciendo Vd?

Me contestó con esfuerzo, con una cara de satisfacción infantiloide: “Es mi cumpleaños”.

Le agarré por el brazo y lo saqué de la sala. “Lo que va a hacer Vd. de inmediato es irse para casa, y mañana hablaremos. Yo me quedo en la sala”.

Trataba de zafarse, pero no lo solté, y lo conduje hasta la puerta de servicio. “Váyase tranquilo. Descanse la mona. Hasta mañana”. El personal de cocina se echaba miradas de reojo, pero no dijo nada. Yo me volví a la sala, y traté de enmendar la situación como pude. A los diez minutos, reapareció el maître por la puerta principal.

-¡Se por qué lo ha hecho! ¡Vd. me quiere mandar a casa porque soy gay! ¡Eso es algo contra la ley! ¡Le denunciaré!

No se atrevió a entrar, por lo que, aunque gritaba, el ruido de la sala aisló sus palabras, que solo me llegaron a mí, que estaba cerca de la puerta. Tuve que hacer el teatro de llamar a la policía y, como esperaba, al oirme aparentar que pedía por el  móvil que enviasen a algún número, el empleado desapareció.

Al día siguiente, mi empleado estaba en el restaurante, cuando me pasé a primera hora para organizar la jornada con mi esposa. Aparentemente sobrio, y compungido. Tenía en una repisa una taza de café cuyo líquido sorbía con nerviosismo.

-Me arrepiento muchísimo. No volverá a pasar -me balbució.

María Jesús cogió la taza, la olió, y probó un poco. Era puro coñac.

-Puede que no le vuelva a pasar. Pero donde no va a pasar, seguro, es en nuestro restaurante. Hemos preparado su finiquito y, como confiamos en que se rehabilite de su alcoholemia, le daremos las referencias habituales-le dije, entregándole un sobre con el dinero y un papel en el que expresaba, “para quien estuviera interesado, que Fulano de Tal tuvo, en el corto tiempo que había estado con nosotros, el comportamiento que cabría esperar”.

Firmó y se fue de nuestra vida para siempre. Espero que le vaya bien. Las dos o tres botellas de Moet Chandon que guardábamos habitualmente en la fresquera, habían desaparecido la noche anterior, junto con la memoria general de los detalles del suceso.


Estoy orgulloso de esta foto, que es producto, no de mi genialidad , sino de la oportunidad. El pito real me estuvo observando unos instantes y luego, se elevó desde el suelo, cobrando impulso con el rápido batir de sus robustas alas, hasta lo más alto del árbol que encontró cercano.

Cuántas veces la oportunidad vence a la preparación. Y cuántas más, la oportunidad nos sorprende sin estar preparados.

Cómico o ridículo (7)

Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.

Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.

Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.

No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en  donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.

La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: “A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît”. El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.

Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.

“¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!” , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: “Entrée du personnel”. Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con “Bon jour, messieurs les clients”. “En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar”, ordenó un jefe. “Y no se hable más “.

Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela “Un mensaje para Elías”, me refiero también a este episodio.

Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. “¿Le llevo, patroncito?” Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. “Voy al aeropuerto. Al Alto”, le dije, con inevitables aires de conquistador español.

El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.

-“Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue” -le ordené al improvisado taxista.

-“No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.” -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.

Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.

-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!

-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.

Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble (“ida por vuelta, doctor”), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.


Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.

Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.

No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.

 

Cómico o ridículo (y 6)

Termino aquí la primera presentación de aquellas situaciones de mi propia existencia que me parecieron cómicas o ridículas, según calificativo surgido de una apreciación exclusivamente personal. Al escribir estos relatos, encuentro que tengo muchas más anécdotas de esta categoría de las que imaginaba, así que veo llegado el momento de poner punto final provisional a la serie para no convertirlo en tema dominante.

Lo hago con dos episodios que adapté, para darles un tono moralizante-, a la mentalidad de mis nietas (un ramillete de duendes con edades comprendidas entre los seis y los cuatro años). Como el primero de ellos tuvo otros testigos (algunos de mis hermanos), les ruego que se guarden las posibles diferencias que encuentren para comentarlas exclusivamente en el ámbito familiar.

Cuando éramos niños, la casa familiar en donde pasábamos los veranos, no tenía agua corriente, es decir, no había aún “agua de la traída”, cuya aparición se demoraría unos años.

Entre otras servidumbres higiénicas, era necesario ir con el carro tirado por la yunta de vacas hasta el río, y cargar varios toneles o bidones con los que llenar un pozo junto a la casa. Las necesidades de agua para beber se solucionaban con cubos  recogidos de una fuente (creo que la llamaban “El pilón”, que las mozas que había en casa traían sobre la cabeza, manteniéndolos apoyados en unos rodetes de paño y ayudándose al equilibrio con una mano. Era una imagen muy pictórica.

Yo tenía más o menos once años y, como otros domingos, los mayores fuimos con mi padre a darnos unos chapuzones al río. La ocasión resultaba siempre una fiesta. Aquel día en especial yo estaba especialmente contento y nervioso, pues me habían dejado la cámara de un neumático viejo, que había inflado con una bomba de bicicleta.

Al llegar al río no tardé en subirme a mi improvisada barquichuela y, utilizando mis manos como palas, me entretuve dando varios paseos por las quietas aguas de aquel lugar que, por su mayor seguridad, habíamos elegido para el baño.

Estaba tan entretenido con mi juego, que no me di cuenta que la corriente me estaba alejando río abajo. Desde la orilla, algunas mujeres que estaban lavando la ropa, me gritaban algo que, en principio no entendí. Creí que me saludaban.

Hasta que, de pronto, lo tuve claro. La voz de Jorgelina sonó, vibrante, en mis oídos: “¡Angelín!¡Ahí al frente hay rabiones! ¡Es muy peligroso!¡Tírate!”

Miré al frente y ví, con espanto, que os estábamos aproximando, la cámara y yo, a gran velocidad, a lo que me pareció una catarata. Salté bruscamente, abandonando el neumático y, con el corazón a cien por hora, dando manotazos primero y luego chapoteando, y en todo caso, a duros trompicones, alcancé, por fin, la orilla.

Mi padre se había dado cuenta, angustiado, de que me estaba alejando peligrosamente de la zona calma. También me gritó y asimismo, no lo oí. Así que, corriendo por la orilla, pretendía llegar a donde yo estaba. Los árboles le impidieron advertir que yo me había lanzado fuera del neumático y, cuando pudo ver nuevamente el río, solo atisbó, a lo lejos,  una llanta a la deriva, sin nadie encima.

Temió que me hubiera ahogado.

Fue una suerte que mi aparición, con cara aún de susto, pero esbozando una falsa sonrisa de tranquilidad, no se demorara. Mi padre esperó a que llegara a su encuentro y, con tono muy airado, me espetó: (aquí adopto un tono melodramático, que a mis nietas les encanta, por lo  que me piden, una y otra vez, que repita esta parte del suceso)

“¡Angelín!¡Que no vuelva a suceder!¡Me diste un susto de muerte!¡Tienes que obedecer!¡Cuando yo te digo que hay peligro, hay peligro!”

Y acompañó su recriminación con un par de sonoras bofetadas.

Mis nietas se ríen a carcajadas cuando yo gesticulo “¡Pim, pan!”, cruzando los brazos, y les apunto, nuevamente, la moraleja. “Hay que obedecer a los papás y a los abuelos”.

En ese mismo río Narcea, muchos años más tarde, estaba pescando con aparejo de mosca para trucha, cuando sentí un fuerte tirón y vi saltar, a unos cincuenta metros de distancia, cebado en el engaño, un magnífico salmón de siete u ocho kilos.

Había leído historietas de avezados pescadores que con hilo finísimo, destreza descomunal y paciencia infinita, habían conseguido, se decía, doblegar al animal, y cobrarlo a la orilla. Pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que, torpemente emocionado, sin dejar de observar la caña ni de dar carrete, me acerqué a uno de los ribereños, al que estaba más próximo.

-“He cogido un salmón. Pero tengo aparejo de trucha y un hilo que solo aguanta 1 kg. Necesito que me ayudes a sacarlo.”

El otro me miró y, lanzando nuevamente su aparejo, con calma, me dijo: “Sin problemas. Acércalo hasta aquí y cuando lo tengas en la orilla, voy con la sacadera”.

En aquél preciso momento, el salmón dio un fuerte tirón y allá se fue, con mi aparejo, libre y suelto. Mi colega de pesca sentenció, mientras el cabo del hilo roto oscilaba al viento del atardecer: “Es lo que tiene. Si vas a salmón, usa hilo para salmón, y si vas a trucha, hilo fino. Porque si por casualidad te entra un salmón cuando andas a trucha, pierdes el bicho y el aparejo”.

—–

El reyezuelo listado (regulus ignicapillus) es pájaro muy pequeño, vivaz, y, como ya apunté en otro comentario, parece desentenderse de los humanos, pudiendo fotografíarsele, cuando se tiene la suerte de avistarlo alimentándose de insectos o de diminutos granos, desde muy cerca.

El listado se distingue del común (regulus regulus) en que éste tiene una raya negra, paralela al píleo, en donde destaca la real coronilla, de un amarillo vibrante, que atraviesa la zona del ojo.

Me caen muy simpáticos los reyezuelos. A este de la foto, que llegó a acercarse tanto que se salía fuera de foco para el objetivo que llevaba, le hice compañía durante casi media hora, y solo me miró un par de veces, como diciéndome: “¿Qué tengo yo para interesarte tanto? ¿Acaso tengo pelos en la cara?”

Cómico o ridículo (3)

carbonero comiendo loncha de chorizo

Tenemos una capacidad excepcional para olvidar aquellas situaciones en las que hicimos el ridículo. Esta acción de borrado actúa como una protección de nuestro ego, de la autoestima. Nos viene bien, para convivir con nuestra pequeñez.

Sin embargo, “haber hecho el ridículo” es una apreciación básicamente subjetiva que nos lleva a imaginar (y casi siempre, de manera equivocada) que una actuación, voluntaria o involuntaria, nuestra indumentaria o una circunstancia tenida por anómala,  es sancionada por los demás menoscabando la consideración que tienen de nosotros.

Los adolescentes sufren mucho al pasar ese campo sembrado de inseguridades. El termómetro interior es el sonrojo. Ningún adulto está libre de ese temor, sin embargo, aunque, como siempre que opera el consciente, no todos tenemos la misma sensibilidad al respecto (algunos simulan no tener ninguna).

La experiencia demuestra que no solo nosotros olvidamos nuestros actos ridículos, sino que, por fortuna, los demás también los entregan rápidamente al olvido, e incluso lo hacen antes que nosotros, y puede que ni los detecten. En caso de que alguien mantenga presentes, y difunda nuestras actuaciones ridículas, debemos sospechar que tiene razones personales para ello,  no necesariamente negativas.

En el tiempo que estuve como delegado de Ensidesa en Alemania, viví ciertamente momentos peligrosos para mi ego. Al inicio, ni sabía suficiente alemán, ni tenía experiencia alguna como vendedor (venía de la investigación pura y dura). Disponía de un antídoto contra cualquier depresión: una esposa infatigable. Con dos hijos que aún estaban en su primer lustro y la ilusión de mis 31 años, tenía aún, como se suele decir, el mundo por delante.

Aprendí a convivir con mis limitaciones y a reirme con ellas. Al hacer balance cada día, sentía haber hecho varias veces el ridículo. Tenía una grabadora asociada al teléfono con la que repasaba, estudiándolas, las conversaciones que mantenía con los clientes. Mis “wiederholen Sie, bite” y mis “Entschuldigen, aber ich habe nicht verstanden” se repartían a partes iguales las primeras semanas.

Mi primera secretaria, Thirza, alemana, me adoptó como hijo. Hacía de Dante y de Pigmalión, y de lo que fuera. En Zum Schiffchen (la catedral del codillo y la cerveza negra), hice amistad con uno de los camareros (se llaman allí Kobe), que cam paba por el local con su particular campechanería, no exenta de insolencia. Me servía el Schweine haxe más grande y  la alt en jarra doble. Una vez que ella llevaba un abrigo de pieles para proteger del frío exterior su cuerpo más bien rollizo (yo me mantenía delgado tendiendo a demacrado) nos llevó a la mesa con un saludo general: “Hier kommen die Löwin und ihr Junge!.” (aquí vienen la leona y su retoño)

Como país tercero que era España entonces, las huestes de Eurofer estaban ávidas a obtener tajada de los precios de nuestros productos siderúrgicos y de la situación económica española. Apenas llegado al país, la dirección de Carl Spaeter, que veía con recelo que tuviéramos una delegación en el país, propuso a la dirección de Ensidesa mantener una reunión en un lugar adecuado en el que se pudiera pactar el documento de cooperación futura (la palabra cooperación, que se magnifica en alemán, es una de las más utilizadas comercialmente).

Muy posiblemente en el programa secreto de la reunión figuraba mi inmolación.

El lugar previsto era Frankfurt, y yo, que aún vivía de hotel,  me desplacé desde Dusseldorf el día anterior con lo puesto. No fui advertido, o si hubo intención, como era fin de semana, nadie cogió el teléfono en mi oficina, de que se decidió cambiar a última hora el sitio de concentración de fuerzas a un recoleto Hotel en Baden Baden, en la Selva Negra. Allí aparecí, pues, impecablemente vestido de traje, corbata a tono y mis zapatos con suela de cuero, en un áspero día de febrero en el que la temperatura exterior se mantuvo algunos grados bajo cero.

Al dar los primeros pasos sobre el hielo, resbalé y pude matarme. “¡Herr Arias! ¿Viene Vd. para enrolarse a la División Azul?¡¡El equipamiento es inadecuado!” -me saludó, enfatizando las palabras, con su rostro impenetrable (que, más tarde, descubriría que protegía a un tipo estupendo), el Sr. Stachelhaus.

La reunión no cumplió sus objetivos previstos, y yo me aferré al Jägermeister para sobrevivir. A pesar de la medicina, estuve varios días con fiebre alta.

Unas semanas más tarde, cumpliendo con el rito de llevar a los clientes distinguidos a conocer la factoría de Avilés, acompañé en su periplo hispano a los directores de una empresa naval, y, como no sabía qué hacer con ellos luego de la visita a la fábrica, la comida, el paseo por la ciudad y la cena, queriendo sacar nota en mi inmersión como comercial, en lugar de llevarlos al hotel, había preguntado a un experto en la cuestión comercial sobre lo que sería lo más top.

“Llévalos de cachondeo; les gustará”, me aconsejó (no exactamente con estas palabras, que el lector avezado sabrá sustituir, si le apetece).

Oviedo no es precisamente la ciudad más alegre del mundo (no le era entonces), pero en la zona de Los Monumentos (prerománicos) del Naranco había (y creo que sigue habiendo) concentración de Night Clubs y otros lugares de los llamados de alterne. Nunca había estado allí, y le pedí al taxista que nos llevase a uno que tuviera animación.

Cuando bajamos del taxi, llamé decidido al timbre del que me fue recomendado, poniendo aire de experto. Me abrió un tipo raro (todos me lo hubieran parecido, desde luego) y me pareció que se encendían algunas luces. Estuvimos más solos que la una hasta que aparecieron, por fin, unas mujeres, que nos pidieron, como corresponde, que las invitáramos a beber.

Resultaba un lugar deprimente y una situación auténticamente ridícula, aunque mis clientes eran gente de buen humor y, para mi tranquilidad, no deseaban más que tomar una copa (o dos) sin  mayores complicaciones ni excesos.

Si el lector/lectora tiene otras sospechas, ruego que se me respete la presunción de inocencia. De pronto, miré el reloj, y entendí que se estaba haciendo tarde y que debía avisar a casa. Cogió el teléfono mi suegra. “Dígale a María Jesús que estoy en Los Monumentos con unos clientes y que ya nos vamos”.

Mi mamá política, que era una mujer encantadora y más buena que el pan -aunque no inocente-, cuando le trasladó el mensaje a mi esposa, que estaba dando la papilla a Miguel, mi hijo menor, no pudo refrenar una curiosidad: “Hija, esto de los Monumentos donde está Angel, ¿no será ese sitio dónde dicen que hay mujeres de mala fama? ¿Vais bien?”

Mi mujer tuvo una salida inteligente: “Mamá, ya sabes cómo es Angel de bromista. Está con unos amigos de la Universidad cenando en el Reconquista”.

Aún me suenan hoy los oídos al recordar el discurso que tuve que escuchar cuando llegué a casa.


Reconozco que sentí emoción cuando me topé con este carbonero común que llevaba una loncha de chorizo en el pico. Era pesada para él, así que le cayó después de un corto vuelo. Viendo que volvía sobre ella, me acerqué, y lo fotografié varias veces, mientras le daba frenéticos picotazos al embutido, con evidente deleite.

Los libros de aves de los que dispongo en mi biblioteca (y tengo algunas decenas), coinciden en afirmar que los “parus major” se alimentan, fundamentalmente, de semillas e insectos, aunque no dudan, llegado el caso, en atacar a polluelos de los pequeños herrerillo común o agateador.

Lo que no leí en ninguna parte es que les gustase el chorizo. Queda registrado.

 

 

 

 

(1) Se que teutón y alemán no son sinónimos, e incluso que a los alemanes no les agrada la identificación, pero a los españoles esta distinción nos suele importar un carajo.

 

 

Cómico o ridículo (2)

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Uno de mis penosos ridículos lo protagonicé, aunque por fortuna para mi ego, de forma anónima, con ocasión de los exámenes médicos que debíamos sufrir los varones cuando nos llamaban a filas, es decir, para confirmar nuestra aptitud para el servicio militar.

Muchos de los aspirantes se hacían acompañar por novias y familiares, que aguardaban en la antesala de los servicios médicos del Cuartel de Rubín, en Oviedo. Los jóvenes, en certera premonición de la disciplina que nos aguardaba, éramos mantenidos en fila, en calzoncillos, con la ropa de calle en la mano, y desfilábamos por la secuencia de tallaje, auscultación, y una operación cuyo alcance no estaba tan clara para muchos, por la que se nos pedía que enseñáramos los genitales, y un oficial médico nos tocaba ambos testículos.

Después de la auscultación, recibí la orden liberatoria: “Vale, vístase”. Aliviado, pero confuso, salía ya por la puerta de la calle, de aquella guisa, hasta que la voz del comandante me paralizó: “¡Pero dónde va, hombre!¿Se cree Vd. que estamos en un programa de varietés?”

Una de las anécdotas más graciosas me la proporcionó mi sustituto en Dusseldorf, que había tenido una institutriz alemana y se jactaba de amplios conocimientos de alemán. Cuando paseábamos con las familias por la orilla del Rin -el selecto linken Seite- dio, tajante, una instrucción a sus revoltosos hijos. “No se os ocurra jugar al balón aquí, y menos aún dar balonazos”. Cuando le pregunté por qué les limitaba de esa forma, me dijo, señalando un letrero: “¿No lo ves? ¡Está prohibido chutar!”.

Miré y le aclaré: “Dice Schutten abladen verboten, que significa Prohibido tirar basuras”. No replicó, pero los niños no recibieron (al menos, en aquel momento) contraorden, y siguieron dando pataditas y pasitos cortos por la amplia explanada ribereña.

La enseñanza que recibimos en el Auseva, regido por los Hermanos Maristas, tenía calidad, aunque no estaba exenta de inefables curiosidades. En quinto curso, con alumnos de catorce y más años, el fraile que nos daba francés, y a quien apodábamos El Capotas, por la forma de su calvicie, se tomó la molestia de recortar, del Selecciones del Reader Digest en ese idioma, que utilizaba como texto de apoyo, absolutamente todas las fotos en donde aparecían mujeres. Puede imaginarse sin problemas que la lectura de los artículos tenía, a veces, tales claros, que resultaban absolutamente ininteligibles.

Era, eso sí, divertido, cuando algunos hacíamos esfuerzos por imaginar lo que se nos había hurtado, y utilizábamos, para ello, la sorna que nos parecía adecuada. Para castigar esa malicia, recibí una vez un deficiente en Conducta.

Se que a los adolescentes de hoy, ilustrados desde edad temprana en los misterios del sexo (ahora llamado género), cualquier referencia a la forma en que se cuidaba nuestra pureza, resulta extravagante. Yo era (y sigo siéndolo) aficionado al cine, y los domingos por la tarde, no me perdía ninguna de las películas que proyectaban en el Auseva en su Salón de Actos. Una vez, con ocasión de no sé qué festividad, se invitó a las niñas de las teresianas (que eran vecinas) a ver una película con nosotros. Recuerdo que era Mon oncle, de Jacques Tati. No pude entender nada, porque cada cinco minutos, más o menos, se encendían las luces y un encargado de inspeccionar el recato se paseaba por la sala, entre jolgorio y carraspeos.


La pareja de patos azulones que ilustra mi Comentario (o lo desvirtúa) refleja el contraste entre el vigilante macho y la hembra, que sumerge su cabeza para pastar las hierbas acuáticas del estanque en donde tienen su morada.

No se crea, sin embargo, que lo que preocupa al diligente machito es la protección de su pareja de depredadores. No. La atención del ave está puesta en otros machos que rondan al acecho y, al menor descuido, se aproximan a su pareja, para cubrirla.

 

 

Cómico o ridículo (1)

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Me gusta utilizar la ironía, arma de fogueo que solo debe emplearse entre gente inteligente y distendida, y siempre bajo la condición no escrita de que te pueden devolver el disparo. Como en todo deporte con armas, se corre el riesgo de que, si no calibras bien, el tiro te salga por la culata. La ironía tiene un pariente lejano muy desagradable, que es el escarnio, que no es deporte de salón, sino de taberna inmunda.

No comprendo al chistoso, y aún menos entiendo la supuesta relación del chiste con el subconsciente, por mucho que haya teorizado Freud sobre el asunto (salvo como guía para detectar algún posible desvío mental en quien se cree gracioso). En las sobremesas con grupo, siempre hay alguien que aprovecha los instantes de sopor que siguen a las libaciones para lanzar una retahila de chistes verdes -no solamente groseros, sino, por lo general, machistas, racistas o, por agruparlos en una categoría única, infumables-.

Un momento especialmente peligroso, que yo suelo aprovechar (si tengo esa libertad) para marcharme, aduciendo que voy al baño, es cuando otros de la cofradía se animan al reto de contar los suyos.

Nunca comprenderé porqué la mayoría se ríe tanto más si el chascarrillo es archiconocido y tampoco, qué mueve a los chistosos a contar variantes, tan pronto el primero del club de la comedia acabó con lo suyo.

Con estos antecedentes de seriedad más bien palurda, se comprenderá que pocas ocasiones han atravesado mi vida por las que pueda, con sinceridad, afirmar que me sucedió algo digno de ser calificado de gracioso.

Mi padre me recordaba de vez en cuando que, al poco de nacer, puesto encima de la mesa del comedor de la abuela, oriné. “Fue muy gracioso”, apostillaba. Ninguna gracia me hizo, por supuesto, que el primer día en que me incorporé como gerente de aguas de Vigo, después de llevar a mis jefes al aeropuerto de Peinador, tuve que empujar el vehículo que andaba flojo de batería y me rompí los gemelos cruzados. Al día siguiente, aparecí con una pierna escayolada y muletas y, al pasar entre las limpiadoras de la entrada, resbalé y dí con las posaderas en el suelo húmedo y brillante. “Fue muy divertido”, me dijeron más tarde.

El ridículo sí que soy consciente de haberlo hecho muchas veces. Recuerdo, con bastante sonrojo, mi introducción al exquisito Comité de Laminoirs a Froid, en el París de la Francia, a la que Javier Millán (q.e.p.d.) que era Jefe de Laminación en frío de Ensidesa había sido gentilmente invitado. Le acompañaba yo, como más experto en el idioma de Molière. Llegamos cuando ya estaba muy avanzada una de sus reuniones ordinarias. La puerta no se abría, y tuve que darle un golpecito (quizá una leve patada).

Se produjo un silencio y las miradas se concentraron en los intrusos. Sentí la necesidad de presentarnos: “Nous sommes ici par première fois. Je suis Angel Arias d´Espagne, acompagnant au chief de Laminoirs à Froid d´Ensidesa, Javier Millán”

El que parecía jefe de la erudita reunión se levantó y, en perfecto español, mientras nos ofrecía sendos asientos a su lado, y antes de hacer la presentación oficial, me aclaró: “Sr. Arias, es usted el primero de España, pero habría sido el quinto de Alemania.”

Los idiomas siempre han estado revoloteando sobre mis anécdotas. En casa de los Acuña, con los que me unía una buena amistad, después de una exhibición de ballet del profesor con la hermana pequeña de las hijas de la familia, realizada con riesgo indudable en el salón, y en la que a cada evolución temíamos que la lámpara se nos cayera encima de la cabeza, el danzarín, que era francés y dominaba el español, nos contaba que, recién llegado a nuestro país y estando aquejado de gripe, entró una farmacia para solicitar remedio.

No estaba seguro de cómo decir pastilla, aunque, dada la proximidad entre ambas lenguas, imaginó que debía ser parecido a pilule. Como era alérgico a la aspirina, precisó a la joven dependienta, señalando su destacable nariz: “Quiero una pirula, pero no vale la normal, tiene que ser especial. La otra me hace daño”.

(continuará)


El jilguero es un fringílido, como el pinzón vulgar. Era un ave preferida para jaula, puesto que, los machos, tienen un trino bastante variado y melodioso, que sacan a relucir, de forma agradecida, a poco que les de el sol de la mañana.  Tiene más variaciones su voz que la del pinzón, aunque éste suele terminar su canto de pocas notas con un floreo muy vistoso.

Su pasado de esclavitud, debió forzar a los jilgueros a ser muy cautos con la especie depredadora máxima, aunque a finales de otoño se les ve agrupados en bandadas, donde se mezclan los nacidos en el año con los más avezados, que son quienes les guiarán a tierras más cálidas, atravesando el estrecho de Gibraltar.

Durante bastante tiempo creí que a los machos se les distinguía por tener el rostro de un conspicuo rojo sangre, en tanto que las hembras y los juveniles tenían la cara limpia. No es así, sin embargo, y los adultos tienen casi idénticos colores, incluso, por supuesto, las alas de plumas negras y amarillas que les dan un porte muy vistoso.

En mi época de adolescente, tuve un jilguero al que llamé Sirjós -no recuerdo por qué-. Era muy cantarín y vivaz. Parecía casi domesticado: cuando ponía un grano en el dedo, y lo acercaba a los barrotes, me lo arrebataba con delicadeza y parecía agradecido. Un buen día, cuando estaba limpiando su jaula, se escapó.

Me dijeron en el pueblo que, si mantenía abierta la puerta de la jaula, seguro que volvía, pues estaba acostumbrado a encontrar allí el grano que le servía de fácil alimento.

Pero nanay del Paraguay. Nunca volvió. Consulté con mi madre sobre la conveniencia de poner un cartel con la foto del pájaro y la leyenda: “Se extravió. Agradezco a quien pueda informar de su paradero”. Me hizo desistir. Fue hace casi sesenta años.

Seguridad frente amenazas (y 3)

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Según apreciación certera de Zygmunt Bauman, “parece que miedo y modernidad sean hermanos gemelos. o incluso gemelos siameses, y de una especie que ningún cirujano (…) podrá separar sin poner en riesgo la supervivencia de ambos hermanos” (1).

En otro momento de la interesante conversación-entrevista a la que le somete Leonidas Donskis, expresa que “vivimos en un estado de alerta permanente derivado de múltiples peligros”. Esta multiplicidad de amenazas y su puesta en evidencia, de forma que todos seamos conscientes de su presencia entre nosotros, es alimentada por intereses muy diversos y aparentemente inconexos. El punto de unión entre todas ellas es nuestra debilidad, la confirmación de la vulnerabilidad de nuestra precaria satisfacción, y, como consecuencia, la generación de la angustia especial que mezcla sentimientos de desconfianza y necesidad de protección.

He empezado esta serie de reflexiones apuntando a la importancia tradicional de los Ejércitos en relación con la protección frente a las amenazas de otros Estados. Estado implica reconocimiento de un orden internacional, asumido como base para la convivencia, pacífica o beligerante, y con órganos reglados que toman decisiones respecto a él y a los ciudadanos de su territorio.

Este orden se ha visto deshecho en múltiples pedazos, desde el mismo momento en que una parte creciente de la ciudadanía desconfía de sus dirigentes, duda del valor de la democracia, los valores tradicionales, la religión, el honor, la Patria. Todo parece haberse vuelto hacia la individualidad, a la necesidad de proteger, no lo que es ajeno a nosotros, sino el círculo más personal, más íntimo: lo mío, mi familia, mi propiedad, mi entorno más cercano.

No solo eso: la información con la que se nos bombardea a diario nos ayuda a creer, confirmando la validez de la creencia, que lo demás no importa, y cuando más alejado, menos aún. Manejamos la información con despego singular; cierto que tenemos mucha, pero la consumimos de inmediato -buena o mala, especialmente si tiene esta última categoría-. Solo cuando la amenaza se ha hecho realidad en nuestro círculo, la afrontamos por unos instantes, incluso magnificándola, hasta que la “autoridad oficial” nos tranquiliza con medidas desproporcionadas, costosísimas, y, con seguridad, inútiles, porque no han sido meditadas, ni tienen otro objetivo que hacernos pasar rápidamente la página de nuestro miedo concreto, para que vuelva a ser difuso.

Tengo que volver a alguna de las ideas expresadas al comienzo de mis reflexiones, para expresar que nuestro sistema de actuaciones no aborda la solución a las amenazas más importantes. Si se tratara de realizar una aproximación sistemática de los riesgos con los que se ve confrontado el habitante de clase media de los países más ricos del Planeta, habría que enumerar, no ya entre los principales,  sino como sustanciales, la amenaza del inminente cambio climático, y la inestabilidad derivada de una economía en crisis que no es cíclica, sino estructural, con generación de desempleos y desajustes laborales de magnitudes tremendas.

No hay debate real ante estas amenazas, ni existe verdadera intención de paliarlas ni atender a sus consecuencias. El incremento de temperaturas del Planeta se estima, por algunos serios científicos, ya imparable -porque no se tomaron medidas a tiempo- y se especula, con fundamento, que el nivel del mar superará un metro respecto al actual antes de final de siglo.

Los desequilibrios frente a la producción y el empleo, alimentados por la fiebre obsesiva del consumo, no han servido para analizar las consecuencias de la globalización de los mercados, la mano de obra barata en algunos países y la visión cortoplacista de la creación de empleos con única base en el sostenimiento ficticio de la sociedad de bienestar, cuya quiebra es inminente.

Lejos de abordar de inmediato medidas correctoras, se sigue dando pábulo a argumentos simplemente negacionistas o recalcitrantemente optimistas, situándolos al mismo nivel que los críticos, a los que se califica de pesimistas -“la Tierra atravesó períodos de glaciación en el pasado en los que el hombre no tuvo influencia alguna” o “la economía está mejorando y se crearán millones de empleos”-. No importa que la realidad se concrete en cambios estacionales insólitos y  que la generación de empleos no alcance, ni de lejos, a igualar ni en cantidad ni en calidad a los perdidos por la tecnificación y la globalización.

En todo caso, afrontar éstas y otras amenazas implica adoptar medidas y organización de medios y recursos que, además de cuantiosos, tienen que ver con nuevos centros de decisión: ya sean económicos, industriales, sociales,…Ni siquiera hace falta que tengan cara y ojos ni posean el refrende de la autoridad ética, técnica o humanística. Internet lo iguala todo, y ayuda a difundir un miedo nuevo, que afecta a nuestra propia identidad, aunque, al mismo tiempo, ofrece el caramelo de compartirla, exhibiéndola, con desconocidos. Las redes terroristas, los círculos infractores, la delincuencia internacional, saben utilizar esta herramienta, tan bien o mejor que quienes la utilizan para “fines legítimos”…alimentar nuestra ansia de consumo.

La seguridad ciudadana está afectada en múltiples frentes y su protección sugiere la necesidad de nuevos mecanismos. Poco que ver con el pasado. Las fuerzas denominadas del orden -uno aquí, por conveniencia de mi relato, Ejército, policía, inteligencia, en cierta medida, la diplomacia…- son llamadas, con frecuencia alarmante, no a resolver los conflictos (que no sería en ningún caso su función), sino a sofocar las manifestaciones del descontento, mejor dicho, de las consecuencias de las amenazas no cubiertas: paros masivos, cierres de empresas, ausencia de protección de desfavorecidos, etc., exacerbados, legítimamente, porque el individuo, ahora, ya no tiene confianza en resolver la situación de precariedad de forma aislada. Tiene miedo, y su miedo convierte a sus manifestaciones en amenaza para otros sectores de la población que, mientras tengan el poder, pretenden ejercerlo ordenando actuaciones de las “fuerzas del orden”.

Hay amenazas que parecen más fáciles de cubrir, porque se presentan de forma externa al territorio. La creciente presión de la migración provocada por el hambre, guerras y conflictos ha provocado medidas muy elementales: erección de barreras (comerciales y físicas), muros con o sin cuchillas, sirgas, y la concentración en las fronteras de agentes represores.

No se resuelve así el problema de fondo, quiá -la terrible desigualdad de información, medios y tecnologías, que ha puesto de manifiesto la globalización y la difusión de la información que presenta el bienestar del que disfrutan otras sociedades- . Solo se pretende abortar las manifestaciones, antes de que afecten al propio territorio, intentando salvaguardarlo. Inútil actuación, puesto que el problema de fondo permanece inatacado y, por tanto, crece. Por una parte, se generan nuevas formas de violencia y de sofisticado rechazo a esas invasiones “pacíficas”. Por otra, la debilidad y la explotación de la misma por nuevos agentes en el territorio de los migrantes, se exacerba. La “ayuda al desarrollo” se dedica a levantar muros más altos, o a enviar fuerzas de pacificación entre tribus enemigas en Estados sin ley, sin orden.

Hénos aquí en la base de la cuestión. Cualquier riesgo, precisa medidas para eliminarlo o reducirlo, pero esas medidas han de ser adecuadas. En la esfera de las decisiones individuales, el ámbito se ha visto muy restringido; no vale como garantía educarse bien, aplicarse mucho, ser disciplinado con el sistema.  ¿Quién sabe a qué situación se enfrentarán nuestros hijos, no digamos ya nuestros nietos? ¿Cómo orientarlos? ¡Los grandes centros de decisión se han hecho herméticos, la inteligencia colectiva, más torpe! ¡La Universidad no sabe qué enseñar, en realidad, y repite viejos esquemas inútiles, pero emponzoñados de nepotismo y autofagocitación!

Podemos, en principio, reducir mucho el riesgo de que alguien no deseado penetre en nuestro domicilio: alarmas, puertas blindadas, cámaras de vídeo, vigilantes armados. Podemos creer que las tediosas revisiones de equipaje garantizarán que nuestro avión no saldrá disparado por los aires por una bomba que algún descerebrado colocó en su maleta. Tal vez, si suprimimos el tránsito de todo vehículo pesado y amontonamos bloques de hormigón frente a los paseos, eliminaremos la cruel posibilidad de que un fanático enajenado al que prometieron un cielo con huríes no lance un camión contra la multitud en fiestas.

Lamentablemente, acabaremos descubriendo que eliminar totalmente la manifestación de una amenaza es imposible. Nuestra única opción es acotar significativamente las que detectemos y tratar de enfocar las acciones al fondo, al núcleo donde se generan.

La antes enunciada, y bien detectada, amenaza de un cambio climático global, implica decisiones que trascienden de los Estados y, para que resulten efectivas, deberían ser asumidas y satisfechas por la colectividad internacional en su conjunto. Difícil situación, sin antecedentes históricos. La necesidad de modificar de forma drástica y urgente el empleo de hidrocarburos, tanto para la producción de energía eléctrica como combustible preferente para los vehículos, es un reto inmenso. Solo que no caben medidas parciales: serían ineficientes y, en el mejor de los casos, genuinamente egoístas: salve quien pueda.

La normalidad aparente no puede servir de placebo para la tranquilidad. Hay amenazas que están creciendo y estallarán. La desigual distribución de los recursos hídricos, en relación con la población demandante, es ya fuente de conflictos, puesto que el agua es elemento sustancial para la vida y el desarrollo de casi la totalidad de las actividades productivas. Solo que, aún con mayor virulencia que en el pasado, los conflictos por el agua trascenderán de la escala local para alcanzar dimensiones muy graves en ciertas zonas. La disponibilidad del agua ocasiona ya, incluso en países avanzados (véase, España), conflictos serios entre consumidores, y la fijación de un precio justo al recurso está permanentemente sujeto a polémica.

¿Cuál es, en fin, el papel que cabe reservar a los Ejércitos ante nuevas amenazas, en las que no se puede hablar genuinamente ni de la necesidad de defender el propio territorio ante una fuerza organizada, ni aún menos, atacar el de un Estado para sojuzgarlo?

La respuesta es compleja y delicada, y solo puedo apuntar aquí -para no extralimitarme en mi conocimiento de la cuestión- que exige un cambio sustancial de posiciones. Se están empleando recursos militares como fuerzas de paz o como refuerzo (más o menos solapado) a una de las facciones en litigio en países terceros.

No veo futuro a estas actuaciones (en medio-largo plazo). Las decisiones eficientes han de pasar por la ayuda económica y tecnológica y por la implantación (no forzada, asumida por la población residente) de la democracia, que suponga eliminar los focos dictatoriales, reducir desigualdades, favorecer la explotación de recursos propios, elevar fuertemente los niveles educativos y técnicos. Tendrá que eliminarse, por supuesto, cualquier sospecha de injerencia espuria por parte de potencias militares que se sientan autorizadas para participar en conflictos ajenos. Habrá que ser contundente con el control de venta de armas a países terceros. Y, en fin, tendremos que asumir colectivamente que, ya que no se ha sabido actuar de otra manera, vivimos bajo la amenaza constante de una Destrucción Mutua Asegurada.

Termino, pues, con la apelación a la recuperación de los ámbitos de libertad que garanticen el desarrollo de la sociedad y del individuo. La necesidad de seguridad no debe coartar nuestro deseo de libertad consciente, plena. Debemos poner en orden las amenazas y confrontarlas con los medios puestos a disposición para sofocarlas.

El papel de los Ejércitos, de la industria de Defensa, de la diplomacia, de la inteligencia, de las telecomunicaciones, y las múltiples interrelaciones entre los estamentos que tienen que ver con la seguridad, debe ser revisado. No es cuestión de escuchar una sola opinión (y, menos, tan poco cualificada en el tema como la mía), pero el abordaje del tema es urgente, e imprescindible.

Los nanodrones están ya en avanzada gestación y nosotros no podemos seguir con estos pelos.

(1)”Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad de la sociedad líquida”, Zygmunt Bauman y Lenidas Dnskis, Wd. Paídos, 2015

FIN

El ave que hoy utilizo como complemento ornitológico (excéntrico) a mi Comentario principal es un agateador común (Certhia brachydactyla). Es una suerte encontrarlo, tanto por u relativa escasez en nuestros predios como por su capacidad mimética, a la que añade su pequeñez. Pesa alrededor de 10 g y mide poco más de 12 cm. Por el plumaje moteado diría que es un joven, a la busca de insectos xilófagos en el jardín comunitario. Su pico, fuertemente curvado hacia abajo, pone de manifiesto su especialización en hurgar bajo la corteza suelta.

Si se tiene ocasión de oir al macho de estas aves singulares en momento de flirteo, sorprenderá por sus floreos argumentales, que pretenden resultar, como propio de todo seductor, irresistibles para el objeto de su adoración.

Cuando me encontraba haciendo las prácticas de alférez en Mallorca, estando de jefe del retén de incendios, fuimos advertidos de un incendio que se había presentado en una zona montañosa de la isla, y a la que se nos ordenó acudir a sofocarlo. Me dirigí hacia allá, con la rapidez que nos concedieron los vehículos todo terreno que tenía a mi disposición, con el equipo de soldados de reemplazo que se encontraban en el cuartel. Pronto me convencí que la principal función que me correspondía era la de conseguir que ninguno de aquellos jóvenes resultara lesionado. Así que, manteniendo una prudente distancia respecto al frente de fuego, ordené que se talaran algunos árboles, para improvisar un cortafuego.

Lo hicimos con ardor, disciplina y dedicación insuperables.

Sofocado el fuego, por la intervención experta del cuerpo de bomberos y varios vecinos voluntarios, me sentí profundamente afectado cuando el propietario del terreno, reclamó mi presencia. Me dio un abrazo y me felicitó efusivamente: “Mi sincero agradecimiento a Vd. y a su compañía, alférez. Me han librado de esos árboles que me impedían la vista del mar desde mi chalet y que el alcalde se empeñaba en prohibirme cortar”.