Amenazados por la seguridad

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La probabilidad de que seamos víctimas de un atentado perpetrado por un fanático islamista conduciendo el camión que acaba de robar a punta de pistola, ha aumentado en los últimos años. Sigue siendo, desde luego, muy pequeña (sin necesidad de calcularla con exactitud, intuyo que será del orden de trillonésimas) (1).

Sin embargo, y especialmente a los que vivimos en la inopia occidental, nos preocupa muchísimo. Por supuesto, muchísimo más que los atentados mortíferos que se producen casi a diario en aquellos países en donde el credo musulmán ha estallado en facciones irreconciliables y a los que no hace mucho tiempo aún, los Estados más ricos de la desunida Europa consideraban colonias.

No quiero minimizar el tema, sino que trato de ponerlo en su dimensión, si es que podemos realizar ese ejercicio de ponderación.

Es lógico que nos preocupe la seguridad, aunque lo es menos que identifiquemos seguridad con la necesidad de protegernos frente a los ataques indiscriminados, que son, por consenso, aquellos que se producen contra la “sociedad civil”. Esta construcción sesgada del concepto ha desarrollado en nuestro entorno la desagradable sensación de que corremos riesgo en cualquier sitio, y de que cualquiera puede vulnerar nuestra paz individual. Desde el de las Torres Gemelas, cada nuevo atentado se apoya sobre la escalera de los precedentes, y la inquietud sube peldaños, a pesar de los mensajes estereotipados que apelan a mantener la calma, e incluso antes de que se investigue la autoría y sus perversas razones.

La amenaza de la seguridad es, paradójicamente, el reflejo irónico de la situación. Con el mismo título que ahora utilizo, un profesor de la National Law School of India University, Chandan Gowda, escribía en 2007, un lúcido artículo sobre el tema, que rememoraba una escena de la película Milana, de la productora Kannada, en la que, el protagonista, al atisbar un mendigo ante el complejo residencial de Bangalore, en donde tenía un apartamento, gritaba, angustiado: “¡Seguridad!”.

La tensión entre la sensación de poder y la ansiedad por sentirla amenazada, crece, no solo por las amenazas reales sino, también, aunque no me atrevería a exponer taxativamente que como razón principal,  porque los “encargados de la seguridad” se encargan de potenciarla, generando pro doquier la necesidad de protección, porque todos tenemos algo que perder, desde propiedades a la vida.

Animados por esta corriente alcista de inseguridades, en todas partes -grandes centros comerciales como pequeños comercios del ramo, vagones de metro y entradas de discotecas tanto como de restaurantes, entidades financieras como filantrópicas, estadios deportivos de la capital del reino como ferias de pueblo de chicha y nabo- se ven personas uniformadas, ataviadas con porras, pistolas, esposas y walkietalkies,  dispuestos, “a defendernos”.

Solo que hemos perdido la referencia, y no sabemos ya bien de qué nos defienden.

En realidad, deberíamos saberlo, pues la respuesta se encuentra en la formulación de la propia pregunta. Reconozcámoslo: nos defienden de nosotros mismos. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, y aceptamos el ser observados como tal por cualquier agente, sin importarnos su cualificación, formación e intención, la mayor parte como detentadores improvisados de una autoridad de procedencia difusa.

Como el enemigo potencial es genérico, así lo son los supuestos medios de defensa y, en consecuencia, adquiere una complejidad y diversidad indefinida el elenco de quienes se arrogan tanto la decisión de protegernos como la de protegerse ellos. Hemos convenido, en un apriori ridículo, que nuestro mundo está poblado por presuntos delincuentes. Puede ser el vecino, el colega de empresa, un miembro de nuestra familia, o el mismo ministro de Interior. Nos parece ahora imposible  discernir qué circunstancias o móviles transformarán al inocuo prójimo en un estafador, un ladrón o un asesino.

Para salvar nuestra honestidad puesta en entredicho, dóciles hasta extremos indescriptibles, dejamos, con rostro impávido, que el billete de cincuenta euros que entregamos a la cajera para pagar la compra del supermercado, recién salido de la máquina expendedora de la entidad bancaria que especula con nuestro dinero, sea paseado una o diez veces por la máquina detectora de falsificaciones. Haremos cola, sumisos como borregos camino del esquileo, para pasar por un arco de la vergüenza antes de entrar en el recinto de exposiciones o conferencias, prestos para vaciar de los bolsillos el llavero, la billetera y depositarlos junto al cinturón y el móvil en una bandeja. Por supuesto, casi nos desnudaremos, después de despedirnos de la colonia y el botellín de agua mineral, antes de abordar el avión que nos deberá conducir hasta cualquier destino, porque nos han convencido de que así disminuye el riesgo de que la máquina voladora no explotará a medio camino.

La desconfianza se habrá generalizado, pero los resultados prácticos son mínimos frente a la versatilidad del mal que nos acecha, atento a descubrir agujeros en la malla protectora. Vigilaremos, sí, al vecino, pero solo para enclaustrarnos más en nuestro  miedo al otro, aislándonos. Nos protegeremos en el anonimato, en la masa impersonal, renunciamos a nuestra individualidad, para no ser detectados.

Y, para colmo, ni siquiera sabríamos qué hacer, si nos aventuráramos a actuar como miembros voluntarios de una Stasi descabezada,  con el resultado de nuestra improvisada investigación. ¿Denunciarlo a la policía? ¿A qué policía, si admitimos que es inoperante, y que se limitará a rellenar un formulario cuyo desarrollo posterior nos causará solo molestias? ¡Si, cuando somos víctimas de un robo, nos llenan la casa de polvo en busca de huellas que no conducen a ningún resultado!

Mejor no actuar, no saber, no querer, mantener un perfil bajo con el que pretender pasar desapercibido. No hay que fiarse de nadie y, en especial, de aquellos que tienen otro color de piel, hablan otra lengua, manifiestan otra forma de pensar, tienen afinidades culturales, sociales, sexuales o patológicas que no compartimos, pertenecen a una agrupación social o deportiva distinta a la de nuestra devoción, profesan o se confiesan próximos a una religión diferente, vienen de otro pueblo, ciudad, provincia o nación…

(1) Si alguien quiere tomar la molestia de estimarla con más exactitud, -reto tipo de las aplicaciones del teorema de Bayes para calcular la probabilidad de sucesos condicionados-, tenga en cuenta que la población mundial se acerca a los 7 mil millones de individuos, de los que no más de un 15% son devotos, en variados niveles, de la religión musulmana. De entre éstos, habiendo incluido como seguidores del Alá de Mahoma a algunos a los que no habría que calificar, sensu strictu,  de tales, no parece razonable  admitir que más de cien mil estén fuertemente radicalizados. En elucubración aún más exigente, no deberíamos admitir que más del tres o cuatro por ciento de entre ellos estuvieran dispuestos a inmolarse, al mismo tiempo o después (abatidos por la policía en un control posterior) de haber cometido un atentado. Si, además, imponemos la condición de que ese estúpido fanático suicida tenga la oportunidad de asaltar a un camionero, apropiarse de su vehículo, conducirlo a toda velocidad por el paseo de una ciudad en la que se esté celebrando una fiesta o una ceremonia multitudinaria, y que nosotros nos encontremos casualmente en ella, las opciones de que seamos utilizados como bucos emisarios de su hiperdevota imbecilidad, son realmente escasísimas. De trillonésimas.; es decir, de 1 entre un trillón, que es 1 millón de billones, la unidad seguida de 18 ceros.

(2) Las lavanderas son aves que señalan el fin del otoño entre nosotros, y nos llegan, en buena parte migrantes, para ocupar durante el invierno espacios próximos a los tíos y aguazales (bellísima palabra, que sirve para significar los charcos de lluvia), pero también parques y jardines, en donde se consagran a una búsqueda incesante de insectos, con pasos acelerados y vuelos cortos, moviendo su cola como una agachadiza.  A diferencia de la mayoría de las paseriformes, y a pesar de estar casi todo el tiempo moviéndose a ras de suelo, no parecen tenernos miedo, y se dejan aproximar por niños y adultos curiosos, para moverse súbitamente, con un aletear rápido, posándose un par de metros más allá, lanzando ocasionalmente un grito suena como “tsii”, mas bien metálico.

Las lavanderas son, como su nombre sugiere, más fáciles de encontrar junto a las corrientes fluviales relativamente tranquilas, en donde encuentran más fácil alimento. En algunos sitios, se las llama pajaritas de las nieves, pititas. Entre aficionados a la ornitología, se distingue a las dos especies más comunes, según el color de su plumaje, como motacilla alba o cinerea (esta última, llamada popularmente lavandera cascadeña, es menos abundante, con obispillo y vientre amarillos)

Compatibles

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Supongo que a todo el mundo, alguna vez en la vida -ojalá que de vez en cuando-,  le haya ocupado la mente la idea de si nuestra existencia tiene algún sentido, y, en el supuesto que sea así, si tiene que ver con la existencia de un ser superior a nosotros.

Sin necesidad de apelar a profundos pensamientos filosóficos, y haciendo un esfuerzo de simplificación, el abanico de opciones a los que conduce tan delicada, pero sustancial cuestión, se reduce a dos:

-a) ese ser superior existe, ha generado todo cuanto vemos, incluso está en el origen de nuestra propia capacidad creativa, y es posible establecer con él una relación de mayor o menor proximidad. Las religiones tienen su principio en la elaboración de esa convicción, porque implican fórmulas de culto al creador. Existen, en el doctrinario de la mayoría de esas formas de tratar de conectar con lo metafísico, múltiples anécdotas, historietas, cuentos chinos y europeos -algunos, se podrían juzgar, sin riesgo, de estrambóticos- que desarrollan la urdimbre de esa presencia del hacedor o sus enviados en nuestro hábitat, para darnos órdenes, consejos, e incluso ayudar a que nos matemos unos y otros.

No necesito enfatizar nada acerca de la rica diversidad de elucubraciones en torno al propósito principal de tanta literatura, que consiste en perfilar la estupenda y atractiva opción de que, acechando nuestras actuaciones, manteniendo activa la opción de premiarnos o castigarnos según nuestro comportamiento en la corta permanencia en el depósito sensorial que llamamos vida, ese Hacedor tan peculiar nos abra o cierre la puerta de la eternidad. Por cierto que, falta de referencias, la imaginación tiende a fracasar en la presentación de tareas verdaderamente atractivas a tan largo plazo para lo que conocemos de las humanas sensibilidades. (1)

-b) no hay tal ser superior, y aunque existiera, nada le importamos. Nuestra existencia es, solamente la que conocemos con los sentidos del cuerpo y la que podemos mejorar con las capacidades del intelecto, incluida la imaginación. Y, desgraciadamente, es finita, cortísima.

Si algún objetivo personal podemos proponernos con ese condicionando,  sería el de  ayudar a los demás, compartir los gozos con los que amamos (y, en lo que nos sea factible, generarlos), y, en caso de que quisiéramos, como sería deseable, imponernos una meta colectiva, contribuir con todas nuestras fuerzas al avance  en el conocimiento de la Humanidad, en la esperanza de que nos conduzca a algún sitio mejor, y, por supuesto, a entender qué nos está pasando, fuera de toda fantasía.

Aparece, por ello, como estupendo propósito para el subconjunto activo de seguidores de esa segunda opción (hay otra masa de adeptos que cultivan el carpe diem puro y simple) que, después de una inmensa cadena de generaciones creativas, se pudiera llegar a desenmascarar cómo se generó este panorama tan complicado y exuberante que tenemos en torno, y que llamamos cosmos, y con qué objetivo. Si, este período de aprendizaje tiene final, metodología y éxito -por los síntomas e historia del comportamiento de la especie humana, con alta probabilidad, lamentablemente, inalcanzable- y encontramos la respuesta, no habría problemas en retornar a la opción primera, sin necesidad de disculparnos ante nadie, porque la fe no forma parte del patrimonio de los escépticos.

He conducido mi razonamiento hasta aquí, para presentar dos libros muy interesantes, cada uno en su estilo, y que parten de premisas diferentes, aunque conducentes a un mismo resultado práctico. “Cosmos”, de Michel Onfray, lleva el subtítulo de “Una ontología materialista” (Editorial Paidós, 2016), ya anuncia, pues, en su carátula, el objetivo propuesto por el autor. El otro, “Dios existe”, de Antony Flew (Editorial Trotta, 2007 para la edición española), lleva un fajín que es, al mismo tiempo, reclamo publicitario y confesión ideológica: “Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo”.

Para los amigos y para mis lectores, no tengo que apuntar ahora a cuál de ambas opciones me acojo. Debo advertir, sin embargo, que el Dios sobre cuya existencia o negación ambos libros gravitan (el primero, con casi 500 páginas, deja al de Flew pequeño, con sus 165, pues lo triplica, ya que no con argumentos, sí, al menos, con la retórica de su presentación), es el Dios judeocristiano, y, en particular, la historia, dogmas y misterios tejidos o revelados en torno a esa opción, cuando se hizo carne entre nosotros,  bien fuera como demiurgo, ya como elaborada creación literaria.

Comparto con los autores el haber crecido y vivir en un entorno cristiano, aunque me separo drásticamente de la concreción partidista de ambos enfoques en una religión concreta.

Lo que me gusta de ambos libros, y es de aquí de donde extraigo el título para este Comentario, es que se puede eliminar la plantilla de ambos análisis y concluir, como si se tratara de una premisa mayor que no necesitara más aportaciones para confeccionar el silogismo completo, que todos deberíamos adoptar como fórmula de dar calidad a nuestra existencia la de crecer en conocimientos hasta donde llegue nuestra inteligencia y aportar ayuda y comprensión hacia los demás seres (en particular, los humanos), con el objetivo de mejorar el caudal de felicidad disponible en el mundo a nuestro alcance. Valores y principios tan generales, tan obvios, que por ello se ha convenido en llamarlos, ética universal.

Si al lector le parece un objetivo ingenuo, atribúyamelo a mí, y evítese leer cualquiera de los dos libros.


La fotografía que adjunto hoy me sirve, de forma peculiar, para ilustrar sobre compatibilidades cuando el fin es el mismo. El carbonero común no suele acercarse al comedero cuando lo acaparan los gorriones, a  pesar de que su pico y agilidad lo hacen más poderoso. Suele esperar a que los gorriones se sacien para tomar su posición en él, y llenar su buche entonces sin problemas.

Hoy he visto cómo ambas especies diferentes compartían el espacio del dispensador, y se atiborraban de semillas, respetándose durante un buen rato sin rencillas. Hasta que acudieron los colegas del pardal, y el párido se retiró en un abrir y cerrar de ojos. Más fuerte, pero prudente.


 

 

Por todos los santos!

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Sobre la tumba donde reposa Leonor Izquierdo, la eterna joven esposa de Antonio Machado, había esta pasada semana, dos tiestos con flores y una hoja arrancada de una libreta escolar en la que debió haberse escrito un mensaje que resultaba ilegible. Carteles estratégicamente dispuestos con la palabra “Leonor”, guiaban al visitante, curioso o devoto del poeta, a la contemplación de una lápida circundada por un enrejado, compartido con la sepultura adyacente.

La advocación al poeta está presente en otros lugares de Soria, si bien es en el cementerio del Alto Espino, donde se concentran las imágenes votivas. A la entrada de la Iglesia parroquial, un tronco de olmo seco sirve de soporte a los conocidos versos. Solo que, en vez de brotes verdes, alguien le incrustó una lata de cerveza aplastada, que doy por seguro que hoy no estará ya allí. El propósito de mantener el lugar con decoro se manifiesta en la hoja plastificada que el cuidador del cementerio ha dejado sobre unas cuantas decenas de tumbas: “Sepultura muy deteriorada. Necesita reparación”.

El uno de noviembre, día de todos los Santos, es elegido por muchos deudos para visitar los cementerios donde se encuentran los restos de esposos, padres, hijos o hermanos. Más raro es que se recuerde, al menos con la presencia en el lugar, a los abuelos y tíos, y apostaría doble contra sencillo a que no llega al uno por ciento el porcentaje de descendientes que sabrían donde se hallan.

No puedo entender, por ello, la preocupación de la Iglesia -que manifiesta oficialmente hacer de tripas corazón ante la incineración “por no ser natural”- por defender que las cenizas de los difuntos no pueden ser esparcidas, divididas, ni mantenidas en urnas en las casas particulares. Es cierto que los muertos merecerían respeto, pero esa intención compasiva no alcanza más allá de un par de generaciones. Después, lo que se vierte sobre los difuntos es el olvido. Incluso, si se trata de personas que han tenido fama en vida (siempre efímera), lo que se echa sobre el muerto son, por lo general, mentiras, especulaciones, cuentos, fantasías.

La ciencia se esfuerza en actuar sobre lo que es natural, para dominarlo y corregirlo. En el caso de la medicina, justamente, se trata de detener o paliar lo lque sería tenido por evolución natural de enfermedades y procesos. La incineración del cuerpo no parece merecer reproche alguno, y ya son muchos los cuerpos convertidos en cenizas que han sido dispersos por los lugares más variados. Hay, incluso, quien ha dispuesto -y se ha cumplido- que sus restos sean evacuados por el retrete.

Nadie cree que los difuntos resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron. Y eso que quienes tuvimos una educación católica, bien adobada por la inventiva combinada de la curiosidad infantil y la respuesta para todo, hemos sido informados incluso de que los cuerpos que serán sometidos al Juicio Final serán los de los 33 años, edad mágica en la que se acepta que Cristo fue crucificado, y que aquellos que fallecieron antes, por la gracia divina, se verían también con el que debieron tener si hubieran sobrevivido.

Por todos los santos, tengamos máximo respeto a los vivos y guardemos en nuestra memoria el afecto a los que nos quisieron. En lo demás, en contacto con la tierra donde moran los seres -escarabajos, caracoles, tijeretas, lombrices, hormigas, ratas, etc.- que se encargarán de incorporar nuestros restos a su naturaleza, o convertidos en energía, CO2 y cenizas inertes, nuestro destino fatal será ser olvidados.

 

 

 

 

Impulsos migratorios

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Será avanzada la tarde cuando el Gobierno en funciones de Mariano Rajoy, que se ha prolongado durante más de 300 días, adquiera carácter de estable naturaleza. Lo será, en principio, para los próximos cuatro años, que es lo que la Constitución prevé que dure una legislatura completa.

No hay indicios de que el renovado en su cargo, pero impávido presidente, sustituya más allá de un par de ministros de quienes aún conservan, si bien vacías de contenidos, sus carteras. Incluso, si me aventuro a leer las primeras líneas del manual que sustenta los principios de quien ha conseguido, contra cualquier pronóstico sensible, mantenerse en el poder político, supongo que su intención real sería no mover a ninguno. Aparentar continuidad, ofrecer resistencia a todo cambio, seguir haciendo lo mismo, aunque sin hacer ascos a afirmar, si se le presiona, que tiene la voluntad de hacer algo distinto.

El potingue de continuismo será explicado cada viernes, con la labia grandilocuente de Sáenz de Santamaría, que seguirá dando clases de liberalismo económico para inocentes, utilizando como forzados intermediarios a los periodistas a quienes su profesión obliga a trasladar al pueblo llano las decisiones de los gobiernos.

Mientras los conservadores y retrasadores lo celebran, se habrá consumado un acto más de la escisión del PSOE. Se romperá, y no tanto por la razonable expulsión de los diputados que no se atendrán -escribo en la mañana del 29 de octubre- al mandato de abstenerse en bloque, emitido por la Comisión Gestora, del Comité General y muchas voces de militantes, todos ellos reclamando la imposible unidad. La escisión tendrá raíces más hondas, sociológicas, pragmáticas, menos visibles y, por ello, más terribles. No es lógico que el partido socialista prescinda de algunos diputados indisciplinados en la votación de investidura, enviándolos con la espada flamígera, al grupo mixto, con el efecto doble de perder las ventajas -económicas y estratégicas- de ser el primer partido de la oposición y consolidar exteriormente la ruptura.

No. El tema no va por ahí, por una decena de diputados más o menos. Es mucho más grave. Se trata de entender primero y transmitir después, cuáles son los objetivos migratorios de un partido descabezado y desnortado.

No será posible mantener a machamartillo la postura de manifestarse contrario a cualquier decisión del Gobierno, y para negociar pactos puntuales hay que tener las ideas claras y saber transmitirlas, no ya a los que tienen ahora nuevamente el mango de la sartén del poder, sino a la ciudadanía, y más en particular, a los antiguos votantes, los desaparecidos en la batalla de la confusión ideológica de las últimas elecciones, en las que todos pudimos ver al partido, en secuencia dramática, abrazarse a Ciudadanos, descolgarse de cuanto olía a PP, enzarzarse a porrazo limpio con Podemos, para disputarse el colmenar de la izquierda clásica, y declararse vencido ante la realidad de no encontrar aliados fiables y suficientes para gobernar solo o en compañía de otros.

No me hagan caso, señores dirigentes socialistas, si no quieren, pero me parece fundamental acercarse a aquellos votantes de Unidos Podemos que, con su repulsa a las posiciones socialdemócratas, han venido a soportar la expresión de un descontento destructivo, o, por lo menos, revolucionario contra las instituciones y el propio Parlamento. Al actual partido de Iglesias le espera una escisión aún mayor que la que se barrunta en el PSOE, y no es de extrañar que se forme una nueva oferta, superando los límites de la socialdemocracia agotada, para encandilar a los votantes en la que, si todo sucede como es de vaticinar, serán las nuevas elecciones dentro de un año, más  o menos.

Mucha labor por delante, para el Gobierno y para los líderes de los partidos. Cruzo mis dedos para que la economía occidental mejore algo, y podamos recoger las migajas caídas de la mesa, para poder vivir el señuelo de una recuperación desde el capitalismo liberal pasado por las aguas de una débil oposición. Y me acuerdo, cómo no, de Keynes, del que siempre se puede encontrar una frase al pelo: “la avaricia es un vicio, la práctica de la usura es un delito, y el amor al dinero es detestable…Debemos una vez más valorar los fines por encima de los medios y preferir lo que es bueno a lo que es útil” (1945-1946). La cita la tomo del libro de Zygmunt Bauman, “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”.

La respuesta de Bauman, como la de cualquiera que conozca la economía real, es “No.” Ténganlo presente los aspirantes a líderes de conducirnos a alguna parte más tranquila.


P.S. Mi foto para este Comentario corresponde a una migración de estorninos. Miles de aves forman como un cardumen celeste, moviéndose de un lado para otro en sincronía prácticamente perfecta. No puedo entender cómo no chocan algunos entre sí, qué les hace intuir los movimientos de los que vuelan al lado. Cierto, también me sorprende la manera compacta en que ruedan los ciclistas en pelotón, aunque alguna vez les he visto caerse, al atravesarse en la carrera un necio aficionado, o encontrar un obstáculo imprevisto.

Esta bandada de estorninos surcaba, impecable, los cielos de la laguna de Pinillas, en Navarra. De pronto, se posaron en tropel sobre el camino que tenía ante mí, en donde había unos cuantos charcos de agua. Me temblaba la mano, de solo pensar en la fotografía que podía hacer, pero cuando me lancé hacia el coche, en el que acababa de guardar la cámara, levantaron el vuelo y tornaron a dar vueltas sobre mi cabeza, en círculos cada vez más amplios, sin volver a posarse en el buen rato que permanecí observándolos.

Identidades al descubierto

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Recibimos continuas advertencias sobre la necesidad de preservar nuestra identidad -de la policía como de amigos-, pero, como seguramente no sabemos en qué tipo de piltrafa expuesta a la observación pública se ha convertido la referencia a lo que nos identifica públicamente, no hacemos mucho caso.

Estaríamos en lo cierto si sospecháramos que en los inmensos bancos de datos que Google pone a disposición de quien quiera pagar por la información o introducirse subrepticiamente en el fangal, está prácticamente todo de lo que nos concierne, y una buena parte de lo que ignoramos de nosotros mismos.

Otros cazadores de identidad no son tan sutiles ni usan medios sofisticados. No será la primera vez que increpo a un fulano que, con pinzas manejadas hábilmente, detecto buscando documentos bancarios en los colectores de papel: es una labor más selectiva, y supongo que fructífera, que la de los que revientan sin más los contenedores: me imagino que algún capitán de mafias bien pertrechadas para sacar partido a esos datos les pagará por el trabajo.

El 20 de octubre de 2016 los media nos recordaron (por si hacía falta) que hace cinco años que ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada, y celebramos, en efecto, que desde entonces, no mata a nadie. Es un torpe alivio, que no puede borrar la memoria de los 829 asesinados en el holocausto de una causa demencial. Que la comunicación de esa descarada indulgencia fuera realizada por tres encapuchados, que pretendían darnos por enterados de que nos perdonaban la vida, la angustia y el sufrimiento, me hace recoger sus palabras con la escobilla del desprecio hacia la forma en que los asesinos y sus cómplices escogieron defender sus razones, a las que convirtieron en inaceptables, sin necesidad de entrar a considerar su fondo.

Están proliferando los portadores de identidades ocultas, que tiran piedras sobre los valores comunes y esconden sus identidades. Grafiteros , estafadores, corruptores y corruptos, ladrones de guante blanco y al descuido, vándalos que se ocultan entre la multitud aprovechando congregaciones culturales o deportivas, incluso universitarios a los que se debe exigir más formación y mejor criterio, junto con otras muchas categorías de tipos sin identificar, que nos hacen daño. Unos se divierten con ello, otros se aprovechan de nuestra confianza, los más se mueven a hurtadillas por la propiedad común y la propia, para quitarnos lo que no les pertenece.

No creo que el diagnóstico certero, ante tantas identidades falseadas o enmascaradas, sea que nuestra sociedad está enferma. Me parece más bien que, amparados por nuestra parte en la esperanza de que no nos afectarán, nos hemos convertido en débiles y apetitosos objetivos.


P.S. Es fácil distinguir entre el herrerillo común (parus caeruleus) y el carbonero común (parus major). El primero, bastante más pequeño, tiene la coronilla azul y el segundo, negra. La foto con la que decoro este Comentario es la de un carbonero garrapinos (parus ater), tan pequeño como el herrerillo, que tiene la coronilla y la pechera negras y una mancha blanca en la nuca.

Otros muchos tipos del pájaro carbonero son más propios de otras latitudes, salvo el herrerillo capuchino, que lleva una cresta que, en la mayoría de los casos, lo hace inconfundible. Identificar aves es una actividad apasionante, y si se pretende fotografiarlas en vuelo, además de un buen objetivo, son precisas mucha paciencia y la voluntad de pasar desapercibido.

Tiempo entre costuras

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Tomo prestado el atractivo título del magnífico libro de María Dueñas, inspirador de una serie de televisión, para enmarcar mi Comentario sobre el Partido Socialista español. Pero advierto al amable lector que no me refiero de esta forma a la labor de zurcidor que le espera a mi colega en la ingeniería Javier Fernández, sino a los años transcurridos desde que Rodríguez Zapatero y su equipo de circunstancias hicieron lo imposible para ocultar bajo la cama de la complacencia la basura de la crisis que inundaba las estancias del estado social y hasta que Pedro Sánchez derrotó a Eduardo Madina en las primarias para elección de Secretario General del primer partido de la oposición.

Tiempo perdido fue para el PSOE. Desde la dimisión de Rodríguez Zapatero en 2011 hasta julio de 2014 fue secretario general del PSOE, candidato a Presidente y líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, doctor en química orgánica y una de las cabezas más sensatas del panorama político español. Ejerció, en lo que lo tengo analizado, un liderazgo de capacidad, de solvencia académica, con dotes peculiares para explicar lo que estaba pasando en el país y fuera de él. Su música pareció celestial, no ya a los militantes, sino a las mayorías que sirven para elegir presidente de Gobierno, y Mariano Rajoy y su equipo de coordinados guerreros del antifaz se hicieron con el poder y, una vez conseguido, se aferraron a él, sin importarles monsergas.

Tengo que admitir que la socialdemocracia (o lo que sea lo que representa el PSOE) tiene incapacidad congénita para proponer alternativas en momentos de crisis. Le asusta tomar riesgos. No se atreve a profundizar en las propuestas para aumentar los impuestos al gran capital (que en España, país intermedio, no dejan de ser cuatro amigos), por miedo a alborotar de refilón a la clase media (que, en efecto, es la que paga los patos) , y carece de visión económica global (y eso que muy insignes profesores universitarios que se autoproclaman de izquierdas no dejan de publicar estudios académicos con análisis retrospectivos)

En esas circunstancias, y sabiendo que, como señala la Biblia, a períodos de vacas flacas y espigas macilentas seguirán siempre vacas gordas y cosechas henchidas, cualquier líder de un partido conservador de un país de medio pelo, no tiene más que echar la culpa de mala gestión al equipo al que le tocó lidiar con la crisis mundial y esperar tranquilo la rentabilización del éxito de su teórico buen hacer con los frutos que pongan en su feudo las bonanzas externas: más exportación, aumento del empleo menos cualificado, disminución de deuda externa, miedo al cambio.

Ni la corrupción, ni los desgastes personales, ni los escándalos ocasionales, prevalecerán contra un partido conservador aupado a gobernar al tiempo en que empiecen a soplar los aires buenos. De él serán los triunfos y, pretendiendo diferenciarse, los que, desde la oposición pretendan innovar, tropezarán con la dificultad de proponer propuestas que alcancen consenso interno.

Que el PSOE esté hoy dividido entre los que proponen abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy y los que ven opciones en embocar unas terceras elecciones que mejore el número de escaños y facilite un gobierno de coalición con los del abrazo del oso podemita, no es más que un síntoma de la desorientación ideológica de la izquierda prudente

Dejen, pues, los diputados de ese partido que ha perdido el contacto con los votantes, que gobierne Rajoy gracias a la abstención del mínimo de la bancada socialista que, con estricta disciplina de voto, le abra el camino para agotar la leche que aún darán las enflaquecidas vacas. Y que, desde el reposo, los militantes de los llamados partidos de izquierda (desde el PSOE hasta Unidos Podemos) piensen bien lo que van a hacer cuando las tornas se hagan claras. Sin cal viva de por medio, sin insultos, sin gritos ni algaradas en las calles. Teniendo presente que les tocarán vacas y espigas flacas.

Porque mientras algunos militantes crean que es tiempo de desgarros, cortes de tijera, exhibición de retales y fuertes desencuentros a cuchillo, no esperen que los que tienen que votar la credibilidad de sus opciones, les vayan a dar apoyo incondicional.

Javier Fernández tiene, ante sí, un reto de los que menos rédito personal producen. Tratar de coser los rotos, mientras dentro y fuera de su partido, muchos andan aún con las tijeras. Rubalcaba no lo consiguió; Javier Fernández tiene la expectativa soplándole a la cara.

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P.S. Incluyo hoy la fotografía en vuelo rasante de una urraca. Gregarias, agresivas, en expansión al parecer imparable. Me contaba un lugareño, aficionado a la caza, que un día en que volvía de vacío, encontró forma de aliviar su frustración disparándole a una de esas aves, y la llevaba al cinto. Al cabo de un rato, notando dolor en un costado, observó que el animal, aunque herido de muerte, le estaba picoteando el flanco con ardor.

Software libre con restricciones

Cuando me trataron, hace años, de explicar la filosofía que existe tanto detrás de las ideas de Código Fuente Abierto como de Software libre (Open Source, Free Software), creí entender el trasfondo del mensaje -ético o práctico-, pero, sobre todo, vislumbré las ventajas para los destinatarios del regalo -la colectividad internacional de usuarios de productos informáticos- pero reconozco que no acerté a ver qué podía reportar para el equipo creador de la herramienta.

La práctica, que es madre de casi todas las ciencias, ha ido perfilando las características de esos productos, provocando, en realidad, su escisión en varios trozos. Porque, salvo casos de altruismo dignos de peana, en la inmensa mayoría de los casos, en el think tank del desarrollo existe un grupo de personas a los que preocupa la forma de rentabilizar su trabajo.

Tratar de sistematizar las posibles situaciones, dada la complejidad que puede presentarse en la práctica en el uso de ambas figuras, no es sencillo. El sector ha aceptado que el perfil básico del “software libre” no implica la gratuidad, contrariamente a lo que parece indicar su nombre, sino que el usuario puede modificar el código fuente para adaptarlo a sus necesidades. Por su parte, el concepto “código abierto” supone que se permite el acceso al código fuente, sin coste, para que el usuario pueda encontrar la solución a su concreto problema.

La rápida evolución de los productos informáticos, con una tendencia detectable hacia la búsqueda de soluciones genéricas, abstractas, que posibiliten una amplia adaptabilidad a las necesidades de un gran número de usuarios, ha venido a señalar la ambigüedad de ambas definiciones y su convergencia en muchas ocasiones. Quizá son mayoría los casos en los que una parte del producto -del código fuente- es ofrecido, no solo de forma abierta, sino también gratuita, y se presenten varios opciones de tratamiento de la disponibilidad de acceso al programa fuente básico, y perfeccionarlo o modificarlo.

Si el equipo desarrollador mantiene en control de esas mejoras sobre el código fuente, el equipo tendrá la ventaja de disponer de un amplio grupo de usuarios que actuarán como células de ensayo y perfeccionamiento de esa unidad central, recogiendo la cosecha de sus avances, y mejorando el producto.

Para la mayoría de los trabajos académicos, o aquellos otros que no revistan complejidad, el programa básico brindará soluciones inmediatas, Pero  aquellos usuarios de un programa de código abierto básico, que pretendan resolver problemas específicos más complejos con la herramienta, tendrán que resolverlos creando equipos propios de especialistas para que completen el desarrollo. Es más efectivo, en esos casos, acudir al desarrollo de quienes crearon y controlan el programa básico, contratándolos para que lo adapten a las condiciones requeridas para esa aplicación. Los interesados por la aplicación “a medida”, tendrán, entonces, que pagar por ella.

Podrá seguramente entenderse de inmediato que la fijación del precio de esos desarrollos del programa fuente está relacionado con la necesidad de sostener toda la estructura técnica y comercial de la empresa de software. En lo técnico, es posible que el código fuente que se aplique no sea ya el programa fuente originario. que sigue ofreciéndose gratuito, sino otro más eleabroado (pues habrá incorporado a él las modificaciones y perfeccionamientos que les parecieron convenientes a los desarrolladores, partir de las experiencias de los free riders y, por supuesto, de su propio trabajo).

Cuando la empresa en cuestión es una start-up, como el precio del producto no está regido por el mercado -es más, está afectado por la disponibilidad gratuita del código fuente-, la estrategia de fijación del precio de las aplicaciones a medida es, en mi opinión, una de las cuestiones más delicadas para la supervivencia de estas sociedades.

En España no se han planteado cuestiones legales relativas al copyright del software libre o el código fuente. En realidad, la idea del copyleft no deja de estar sometida a aquellas condiciones que fija, como imposición unilateral, en un contrato tipo de adhesión, quien hace la dadivosa oferta de disponibilidad. Cuando el futuro usuario teclea desde su ordenador la opción de aceptación, está, conscientemente o no,  imponiéndose una obligación propia, que equivale a su contraprestación. El contrato, pues, podrá ser gratuito, pero adquirirá la naturaleza de bilateral.

Esta reflexión, desordenada por lo rápido y, no lo niego, por mi relativa ignorancia sobre un tema tan complejo, tiene su origen en el análisis de una reciente decisión del Tribunal de Apelación de California que, en un litigio sobre la propiedad de un software libre, recogía la interpretación singular de que “El código de fuente abierta es problemático porque lo diseña gente anónima en Internet, y los “agujeros” no están solucionados por actualizaciones del vendedor”.

Este error del juzgador norteamericano, es preocupante -aunque, al parecer, no tuvo efectos prácticos sobre el tema litigioso-, pues parece hacer derivar las cuestiones legales que dimanen del código fuente abierto de la inexistencia de una propiedad intelectual, que es, sin embargo, una cuestión totalmente independiente.

Las licencias de uso de software libre o de código abierto son solo una manera más de licenciar un producto, y están sometidas a las mismas obligaciones jurídicas que las demás formas de software. No suponen, en absoluto, la renuncia a la propiedad intelectual: están soportadas por el derecho de patentes, suponen restricciones de uso, implican la precisión del alcance de cesión de derechos, etc.

El único elemento quizá, exótico, por extrañol a lo habitual, pero que resulta consustancial al trasfondo que ha animado a la apertura de los códigos o del software a los usuarios, es filosófico, incluso ético. Normalmente, se expresa por los cesionarios con términos más o menos ambigüos, como, por ejemplo, no podrá ser utilizado para aplicaciones militares, o contrarias al medio ambiente, o contra el derecho de personas, pero el elemento común es la voluntad de impulsar el desarrollo del mundo de la creatividad en las tics, la alimentación del karma de la “comunidad de creadores y usuarios de la informática y las comunicaciones avanzadas”.

La variedad de participantes en la comunidad de software libre permite detectar, sin embargo, algunas tipologías concretas.

Existen quienes aceptan cualquier versión ofrecida en la red sin plantearse problemas, con tal de que funcione, des preocuparse de la solvencia del autor o de las responsabilidades que adquiere.

Entre los creadores, no faltarán quienes desarrollen subprogramas o aplicaciones que corran sobre el programa fuente y permitan su diferenciación como soluciones adaptadas, derivadas de aquél. Si no existe condicionando por parte de los que crearon el programa fuente de uso libre, pueden fijar un precio para sus desarrollos, y venderlos como paquetes independientes, si bien su existencia como solución dependerá de que el programa fuente en el que se han basado siga teniendo soporte y mantenimiento.

La situación de tranquilidad y satisfacción recíproca en la que se mueven las colectividades de software libre -una comunidad de bonhomía teórica en la que se están manejando cantidades económicas con crecimiento exponencial- puede no durar mucho tiempo.

No tardará, por ello, mucho tiempo en ser objeto de litigios agudos ante los Tribunales de Justicia, y llegará a las instancias superiores. Mientras llega ese momento inevitable, no estaría de más que los expertos ayudasen a los juristas a perfilar los pros y contras de esas figuras tan atractivas como heterogéneas, y quienes ofrecen el producto, lo modifican o lo comercializan, clarifiquen las condiciones de uso, tratamiento, adaptación y perfeccionamiento del mismo que quieren sean respetadas por los usuarios.

 

 

Estrategias salvajes (9): Las consecuencias de exterminar a los gorriones

En alguna parte leí que se han catalogado más de 2 millones de especies animales, y ese número se cree que es una parte menor (menos del 3%) de las que puede haber en la Tierra. Las que han sido domesticadas por el hombre o le proporcionan servicios tenidos por directamente útiles para esta especie depredadora máxima son, relativamente, insignificantes.

El desconocimiento de cómo se desarrollan las cosas a nuestro alrededor, al menos, con detalle, no impide tener opinión acerca de algunas especies benefactoras que, desde su libertad de acción, nos ayudan a que nuestra vida sea mejor. Entre estos animales se encuentran, en selección representativa de otros muchos, los luciones (esculibiertos en mi patria chica), los sapos, los pececillos de plata (lepisma saccharina), las salamanquesas, las lombrices de tierra, y…por supuesto, los gorriones.

No siempre ha sido así. Ni siquiera hoy es unánimemente admitido que los gorriones, como otras aves, deben ser protegidas. De aquí que sea necesario hablar de algunas estrategias salvajes que han pretendido eliminarlos y contar su historia.

Las consecuencias de exterminar a los gorriones

El gorrión común (passer domesticus) es bien conocido por todos, ya que en nuestro país y en varios europeos es el ave más abundante, superando ampliamente a su inmediato seguidor, el pinzón vulgar (Fringuilla coelebs), que ocupa espacios más abiertos.

Los gorriones son omnívoros y en las ciudades, parecen omnipresentes. No es raro ver acercarse a unos cuantos a las terrazas al sol en donde tomamos el aperitivo, atentos a que les arrojemos unas migas de pan o unos trocitos de patata y, los más atrevidos, corretearán sobre la mesa picoteando cualquier desperdicio y hasta picoteando el pincho de tortilla.

Con varias expresiones, el lenguaje común revela tanto la devoción hacia algunas cualidades atribuidas a los gorriones, como algunos recelos. Su carácter oportunista las caracteriza como una de las aves más inteligentes, y algunos dichos populares reflejan que no pasan desapercibidas. Se puede ser “listo como un gorrión”, “comer tan poco como un gorrión”, y con la clarividencia de Perogrullo,  también se nos recuerda que “cada gorrión tiene su corazón” y “para matar un gorrión no hace falta un cañón”.

Hay una historia respecto a los gorriones que recoge una estrategia nefasta, surgida del más profundo desconocimiento del papel que juegan en la naturaleza. Mao Ze Dong, en el año 1958, como parte del proyecto “Gran Salto Adelante”, y para potenciar la agricultura, puso en marcha la campaña de las “Cuatro Plagas”. Se proponía eliminar completamente cuatro especies, consideradas extremadamente dañinas: ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

En defensa de la orden de exterminar al gorrión, el programa utilizó el argumento de que cada ave venía a comer unos 4,5 kg de grano anualmente, por lo que, con lo que se tragaban 1 millón de gorriones, se podría alimentar a 60.000 personas (calculaba 75 kg de grano por persona y año: ¡solo 200 gramos diarios!…en tanto que la proporción del grano que se imputaba a la voracidad de los pájaros duplicaba prácticamente la realidad).

La población china se empeñó con diligencia al exterminio, destruyendo nidos y ahuyentando a los pájaros adultos, impidiendo que procreasen. El aforismo que guiaba a Mao era impecable: “Ren Ding Sheng Tian” (La determinación del hombre vencerá sobre la naturaleza). Hasta en Corea del Norte, el presidente Kim II-Sung se sintió también motivado para aniquilar en su territorio los dañinos gorriones, si bien, prudente, esperó a conocer los resultados en el país vecino antes de implantar su Plan Trianual para Eliminación de los Gorriones.

Pocos años bastaron (dos) para que los fanáticos de la lucha contra los gorriones se convencieran de que estas aves comían muchos más insectos que granos. Al desaparecer masivamente por el éxito de la campaña, los campos quedaron entregados a los insectos. Las cosechas disminuyeron en picado. En 1960, convencido de que se había equivocado, el gobierno maoísta lanzó una nueva recomendación “Suán Le” (Olvidadlos) y el sitio de los gorriones fue ocupado por las cucarachas.

El daño estaba causado, sin embargo. Una terrible plaga de langostas asoló los campos, causando tres años de “Gran Hambruna”, en la que murieron más de veinte millones de personas, sobre todo, los campesinos más pobres. Se pidió, incluso, un cargamento de gorriones a Rusia, para acelerar la repoblación de las aves esquilmadas.

Actualmente, los gorriones son especie protegida en China desde 2001 (por ley, desde 2002), aunque este cambio en la valoración oficial no está impidiendo que su población siga disminuyendo, al parece, como consecuencia ahora de los pesticidas.

No necesitamos, en realidad, poner la vista tan lejos. En España, hasta no hace mucho -e incluso, de forma ilegal, ahora mismo en ciertos antros-, en los bares y tabernas, sobre todo, desde Madrid a Andalucía, se ofrecían como aperitivo “pajaritos fritos”, una delicatesse culinaria formada por aves de pequeño tamaño, entre las que se encontraban el gorrión, el tordo, el petirrojo o la curruca capirotada. Se cazaban con redes y se freían en aceite, normalmente lardeados con tocino y condimentados con dientes de ajo y perejil.

A partir de la vigencia de la Ley 4/1986 de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, en el territorio español quedó prohibido de forma absoluta “dar muerte, dañar, molestar o inquietar intencionadamente a los animales silvestres, incluyendo su captura en vivo y la recolección de sus huevos o crías, así como alterar y destruir la vegetación. En relación a los mismos quedan igualmente prohibidos el tráfico y el comercio de ejemplares vivos o muertos”. El Anexo I del Real Decreto 1095/1989 y el Real Decreto 439/1999 prohíben terminantemente la caza y comercio de aves fringílidas y de la mayor parte de las aves insectívoras. Numerosos Decretos y reglamentos autonómicos han extendido y precisado estas prohibiciones.

Las conductas sancionadas no solo se consideran ilícitos administrativos, sino, también, penales, y se encuentran tipificadas en los artículos 332 a 337 del Código Penal de 1995.

Pero los gorriones no están desapareciendo solo por causa de su captura para pasar por la sartén y, sobre todo, se cree ahora que su propia existencia es un indicador de otra especie que puede estar amenazada. La humana.

Seo/Birdlife  ha elegido al gorrión “Ave del año 2016”, advirtiendo que su población en Europa ha disminuido quizá un 60%. Se calcula, por diversas fuentes, que habría, hace diez años, más de 60 millones de gorriones y actualmente la población en España, menos afectada relativamente, habría caído de un 10 a 15%, afectada por la contaminación, las aves invasoras, los venenos y la caída de las propias defensas inmunológicas.

Cuando leo que la economía necesita de un tejido de pymes, como base estructural para su mejor solvencia, pienso en los gorriones y en la necesidad de aplicar una estrategia coherente.

Porque se puede creer que las grandes empresas, los grupos internacionales, son imprescindibles para el desarrollo social y económico. Lo son, desde luego, en cuanto que concentran núcleos importantes de empleo: el cierre de uan empresa con diez o treinta mil trabajadores es un trauma inmediato para miles de familias y conmociona una o varias zonas en donde estaban implantados sus centros de producción.

Sin embargo, el control de sus actuaciones se escapa: sus centros de decisión están alejados, su fortaleza económica es, en muchos casos, más fuerte que la del Estado, y pueden tomar sus decisiones con muchos menos condicionantes. Al fin y al cabo, sus consejos de administración tienen perfectamente claros sus objetivos e intereses.

Nuestras pymes, por el contrario, son como nuestros gorriones empresariales. Desaparecen suavemente, sin que advirtamos el efecto hasta que alcanza límites alarmantes. Su disminución es claro síntoma de alarma, que demuestra la debilidad de nuestra economía, su falta de capacidad para resistir, la contaminación por elementos foráneos que no sabemos cómo controlar.

Deberían analizarse con urgencia las razones por las que las pymes mueren y las que nacen, tienen peor arraigo. Demasiadas peluquerías, mercerías, bares, tiendas de comestibles, librerías de textos escolares, bollerías, …Demasiadas sucursales de Bancos, tiendas de todo a cien, franquicias de ropa china, bufetes unipersonales, dentistas, …

Hay que disponer comederos y abrevaderos en los lugares estratégicos para que críen y se reproduzcan, con ideas imaginativas. Hay que criar inquietudes empresariales en las Universidades y centros de formación profesional. Porque las pymes viven en nuestro entorno próximo, anidan en nuestros tejados industriales y comerciales.

No se si encontraremos alternativas mejores para distribuir los beneficios de las empresas entre el grueso de la población que la vía del trabajo remunerado. Mientras no las encontremos, impulsemos la generación de pequeñas empresas, esforcémonos en incrementar el número de gorriones, orientándolos. Ellos no se comen el grano de nuestro imprescindible desarrollo, se comen los insectos que lo deteriorían.

 

Estrategias salvajes (8): Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

Todos hemos tenido ocasión de ver alguno de los magníficos documentales del National Geographic en los que varias leonas persiguen a un antílope -más veloz en carreras largas, pues los carnívoros consumen demasiada energía para mantener el ritmo más allá de unos pocos minutos-, disponiéndose a lo largo del recorrido más probable de su presa, y compartiendo el resultado final de la caza conjunta.

Otros animales también cazan en grupo, siendo las hienas y los licaones los depredadores que practican, por excelencia, esa modalidad de persecución a una víctima. A estos últimos dedico esta reflexión.

Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

El licaón (lycaon pictus), el perro salvaje africano, es relativamente pequeño, con un peso entre 20 y 40 kg. La envergadura no es muy diferente de la de un pointer o un podenco enjuto y, como ellos, aunque mejorando las prestaciones de estos cánidos domésticos, su cualidad más notable es la carrera de fondo. Por su tamaño, podría creerse que se dedica a presas menores, pero en realidad, no desdeña atacar a ningún animal, por grande que sea.

Tiene unas mandíbulas tan poderosas que pueden romper los huesos más duros y su coeficiente de mordida, es el más alto de los mamíferos carnívoros (a salvo, se dice, del diablo de Tasmania, -sarcophilus harrisii-, marsupial parecido a un perro con cabeza desproporcionada).

La ferocidad y habilidades de los licaones alcanzan su verdadera dimensión porque cazan en manadas, que superan los 20 ejemplares. En grupo resulta el depredador más efectivo de la naturaleza, pues falla en menos de 1 de cada cinco veces que lo intentan. Aunque individualmente son excelentes corredores, y muy resistentes, en la persecución a sus presas lo hace de forma coordinada, tomando la delantera, atajando espacios algunos miembros de la manada, sobre el grupo principal de perseguidores y acosado.

Cuando consiguen atrapar a su víctima, mientras alguno de los licaones la sujeta por la cabeza y la cola, la mayoría se lanza sobre el vientre de la infeliz, y la destripa; sin llegar matarla, por lo que puede decirse que es devorada aún viva. Una técnica de caza colectiva que depuran y perfeccionan con la experiencia, que les permite no desdeñar  impalas o antílopes, e incluso, cuando la manada alcanza su plenitud como depredador coordinado, cebras, búfalos o ñúes.

Aunque no se ha podido encontrar fotográficamente la evidencia, los habitantes humanos de las sabanas africanas que los tienen por convecinos, están seguros de que, como las hienas manchadas (crocruta crocruta) -que pueden triplicarlos en tamaño y rivalizan en ferocidad y coordinación de masas-, los licaones cazan hasta leones que son, sin embargo, junto a los cocodrilos y las mismas hienas, sus enemigos naturales.

He aquí, pues, un ejemplo de cómo el trabajo acometido en grupo potencia la consecución de objetivos. Un licaón que actuara aislado tendría muy escasas, o nulas, posibilidades de lograr cazar una pieza tan ágil como un antílope o provista de colmillos tan peligrosos como el facóquero o facocero. En manada, sin embargo, alternando los esfuerzos y agotando los de la presa, ésta tiene pocas posibilidades de escapar viva.

Quiero llamar la atención, también, sobre una especial circunstancia. Hay que creer a los masari y a otros representantes tribales de los territorios en donde cazan los licaones, cuando afirman que, si se encuentran con un león o una hiena, los persiguen también. No los comerán, en ese caso, si consiguen atraparlos, porque no les gusta su carne. Eliminan, con ello, simplemente, competencia.

En el mundo de la empresa, la coordinación de esfuerzos resulta imprescindible para abordar los objetivos más ambiciosos. Refiriéndonos a la investigación aplicada, al desarrollo de nuevos productos, a los avances en materiales o tecnologías sofisticadas, la imaginación humana ha descubierto, desde los años 90 del pasado siglo, el interés de los clúster industriales.

Un clúster puede asimilarse a una manada empresarial heterogénea que se fija metas que sabe que solo puede conseguir en equipo. No está formada por empresas del mismo sector, ni con iguales características. El punto de unión es la complementariedad y, adicionalmente, la ubicación en un mismo espacio físico.

Gracias al análisis previo de las ventajas y debilidades individuales, se estructura una estrategia conjunta que permitirá  incorporar nuevos elementos a las cadenas de producción, tecnologías y procesos que sirvan al crecimiento de todos sus miembros, respetando, sin embargo, los sectores que constituyen el objeto social de cada uno.

Pertrechados con herramientas de uso compartido, robustecidos con nuevos elementos que habrán surgido del trabajo o la investigación conjunta y que incorporarán a sus cadenas de producción propias, las concentraciones territoriales de empresas, ponen en valor sus ventajas comparativas como grupo en sectores concretos, consiguiendo mejorar sus competitividades y aumentando las capacidades individuales de resistencia.

No es una propuesta ingenua, sino que hay que advertir de sus limitaciones. Lo que los humanos persiguen con sus empresas no son piezas sencillas, ni tienen características tan bien determinadas como las gacelas, o los cuacóqueros. Tampoco es fácil saber si los competidores más peligrosos serán los leones, los cocodrilos, la falta de recursos financieros, el crecimiento desmedido en corto plaza, o muchos otros de los fantasmas de medio pelo, que se mueven al acecho de los que se mueven por la pradera, amparados en quién sabe qué artes.

Por eso, tanto si se trata de actuar en clúster como de forma independiente, no se puede olvidar la prudencia en la mochila de empresario. Antes de lanzarse a pisar un nuevo terreno, que se desconoce si resultará pantanoso o firme, y en vez de comprobar en propias carnes si habrá sido plaza previa de cocodrilos, tiburones o leones, échese mano de la sensatez.

Servirá para acomodar los objetivos a las fuerzas de que se disponga y a las características del emprendimiento -conocimientos, finanzas, dimensión del mercado potencial, análisis de la competencia, etc.-. Que, como ingredientes tan necesarios como los principales, habrán de incorporarse a la inteligencia, la dedicación, y las capacidades de reacción y resistencia que a todo buen emprendedor, como se decía del valor al soldado, se le presupone.

Incluso si el territorio ocupado resultara atractivo para algún león, hiena o cocodrilo empresarial, y se aventurara por él despreciando las señales disuasorias, que se atenga el intruso al riesgo de resultar, él mismo, víctima en lugar de victimario.