De blunt to smart city, una guía para dummies (y 10)

Admitida la individualidad (en el sentido, de singular o específico) del trayecto que conduce a cada ciudad a la excelencia, cabe preguntarse quién será el guía más adecuado para conducirla por él. En las sociedades democráticas, por tanto, la cuestión a resolver sería ésta: ¿Cómo elegir a alguien que tenga la capacidad, la inteligencia, el juego de cintura, la voluntad de integración, la honradez, y todas cuantas cualidades positivas queramos añadir a ese elenco de virtudes que deben adornar a ese hombre o mujer ejemplares, a quien confiar el mando de la ciudad Smart?

La respuesta a esa pregunta es, según mi criterio, excepcionalmente sencilla. No existe el procedimiento idóneo para seleccionarlo, porque tampoco existe la persona ideal para ocupar ese puesto. Lo que en absoluto supone la conclusión de que tendría que renunciarse al objetivo. Al contrario.

Una primera reflexión que conviene hacer, para avanzar en el razonamiento que me propongo, sería la que permitiera detectar, sensu contrario, qué cualidades pretenden que adornan a sus candidatos, tanto las agrupaciones que los apoyan, como, frecuentemente, alardean ellos mismos de poseerlas.

¿Experiencia previa de gestión? ¿Conocimientos? ¿Un programa de actuación? ¿Capacidad de respuesta a imprevistos?

Desconfiemos de cualquier exhibición de fortalezas. Una fortaleza, real o ficticia, supone una resistencia posterior, una fuente segura de conflictos.

Si repasáramos la historia de las ciudades, advertiríamos que aquellos que han dejado su nombre en ellas como artífices de logros notables, eran, en su inmensa mayoría, personas sin especiales características que hubieran permitido adivinar que triunfarían en la gestión de esa ciudad. Provenían de variadas profesiones y oficios, y no se distinguían precisamente, en general, por sus dotes para la oratoria. No eran expertos en urbanismo, ni en transporte, ni en organización de eventos culturales, ni…

Me apresuro a decir que tenían un punto en común, algo muy importante: amaban a la ciudad de la que habían llegado a ser alcaldes o alcaldesas. La conocían bien, eran conocidos por muchos de sus habitantes, la recorrían de cabo a rabo con extraordinaria frecuencia.

¡Qué diferencia con aquellos que hablan de la ciudad en la que aspiran a ser sus regidores o en la que ya lo han sido como quien cuenta una película, porque viven su ciudad solo en el camino que va de su casa o residencia oficial al despacho, conducidos de una a otra en un coche con cristales ahumados!

La selección de un equipo Smart para una ciudad que pretenda serlo, no empieza por el alcalde, sino en el conjunto de funcionarios y asesores que van a recorrer con ella ese trayecto de excelencia. Es una historia que trae mucha, muchísima tradición:  de siglos y, para no poner melodramatismo, al menos, descansa en la actuación, en las últimas décadas, de quienes tuvieron en sus manos los engranajes de accionamiento de la ciudad.

Me temo que ahí es donde fallan buena parte de la realidad de las ciudades: y no depende tanto de la forma por la que se han elegido muchos -demasiados- de sus responsables de segundos y terceros niveles (por poner un límite hacia abajo en la jerarquía) sino por la manera cómo se les controla y motiva. Qué hacen, quienes son, cuál es su ilusión, qué proponen, cuáles son las deficiencias y puntos fuertes de la estructura administrativa, etc.

El mensaje que pretendo dar en esta primera parte de la reflexión es sencillo: no importa tanto cómo eliges, sino con qué equipo cuenta y de qué capacidad de actuación dispone, y sobre todo, cómo lo controlas. Un equipo de gente capaz e ilusionada, estimulada por el resto de la población y orientada en sus actuaciones por ella, puede hacerlo muy bien, sin necesidad de que lo dirija nadie. Al menos, solo sería necesario hacerlo por excepción: el equipo debe tener su propia inercia, y ésta ha de ser positiva.

Porque la función principal de un regidor de la ciudad Smart no es tomar decisiones por ella, sino vender bien lo que la ciudad vale y hace.

En período electoral, vemos esforzarse a los candidatos a ocupar la posición de alcalde en presentar su voluntad de mejorar la ciudad, ofreciendo más empleo para todos, más servicios sociales, más zonas verdes, más felicidad para todos. Todos vienen a decir lo mismo, que es, en esencia, un mensaje vacío. Incluso los que ya están ejerciendo ese poder municipal y pretenden revalidarlo, difunden un mensaje idéntico a los demás aspirantes, adornado si es caso con las actuaciones de las que están orgullosos y que atribuyen a su capacidad de gestión.

Pero una ciudad Smart no es mérito de una persona, ni de un equipo, sino una consecuencia de la acción de todos sus habitantes. Es una demostración eficiente de la solidaridad de todos con ella, y que se dirige, por supuesto, con una voluntad subyacente, intangible pero imprescindible, que es la de que todos sus habitantes se hallen cómodos en la posición que ocupan en ella.

Supongo que, ante unas elecciones, los ciudadanos que no se postulan como candidato en una lista ni pertenecen a un grupo o coalición, se plantearán cuál será el candidato que mejor los representaría, atendiendo a sus propias necesidades o intereses.

Como la selección según ese baremo es, objetivamente, si se pretende hacer con seriedad, imposible o muy difícil, pues pocos serán quienes se molesten en atender a la lectura de los programas, y, quienes lo hagan, encontrarán serios obstáculos en separar la paja del trigo, cuando no en dar credibilidad a promesas que aparecen como de quimérico cumplimiento, se acabará votando porque un candidato (primero de la lista) caiga más simpático a primera vista, o haya tenido una aparición afortunada en un medio de difusión.

Es decir, se votará atendiendo a la intuición, a la impresión racionalmente inexplicable; a una de las formas con las que se concreta el azar.

Les sugiero a quienes lean estas líneas que analicen lo que es actualmente su ciudad, lo que encuentran en ella como sus valores  y fallos fundamentales, pasen revista al comportamiento que conozcan de sus funcionarios y empleados públicos y, si tienen detectado lo que le gustaría que hicieran los candidatos, voten en contra de sus propios intereses.

Si están en el centro de la ciudad, si se consideran pertenecientes a la clase alta y figuran entre los más afortunados, voten a aquella propuesta que defienda mejorar la periferia. Voten a los partidos en los que no conocen a nadie, a aquellos candidatos que nunca antes han tenido una representación pública, preferiblemente, a quienes desconozcan totalmente cómo funcionan las instituciones.  Hagan lo contrario de lo que les dicte el propósito de mantener el estado de las cosas que les convienen.

No soy un terrorista político, sino que abogo por el empleo de un maquiavelismo de efectos prácticos muy catárticos, en todo caso, a nivel individual. Si utilizan el coche para ir al trabajo, no duden en apoyar a quien pretenda ampliar el transporte público para relacionar mejor los barrios periféricos. Si tienen propiedades inmobiliarias, apoyen sin dudar a quienes defiendan la subida del ibi o la movilización de los inmuebles vacíos. Si no les gusta el cine, ni la lectura, ni el teatro, cierren los ojos para votar con decisión a quienes entiendan que se debe reducir el iva, por quien corresponda, y atiendan, si ya tienen edad provecta, no a quienes alardeen de mejorar los centros geriátricos o las oportunidades de recreo para la tercera edad, sino a quienes tengan un ideario concreto para los más jóvenes.

Parece una paradoja. No lo veo así. Porque si todos hiciéramos lo mismo, de colocarnos en el sitio del otro más necesitado, la ciudad avanzaría en el camino de la perfección, que no es la mayor diferenciación de lo que existe, el aumento de la tensión entre contrarios, sino la búsqueda de una mayor homogeneidad en el equilibrio dinámico que lleva a lo Smart, al aumento de la inteligencia colectiva.

Obviamente, quienes no lean estas líneas (que serán la inmensa mayoría de la población objetivo) y quienes no estén de acuerdo con lo que propongo (que será, lamentablemente, el resto de la población objetivo), votarán con la cabeza, que es lo mismo que decir, con la cartera o con la tartera. Y, ausente de la imprescindible dosis de catarsis, situada entre contrarios, la ciudad no avanzará hacia lo Smart, sino que perderá un tiempo muy valioso para mejorar.

Con este comentario termino la relación de las diez entradas consecutivas a este blog sobre El camino que va de una Ciudad adormecida hacia una Ciudad inteligente. Pueden leerse por separado, aunque siempre será mejor leerlas todas juntas, empezando por la primera, para no extraer conclusiones precipitadas, que no estaban en la intención con la que he descrito este proceso.

(FIN)

 

 

De blunt to smart city, una guía para dummies (9)

Uno de los aspectos más atractivos de movilización de recursos pasivos en una ciudad para conducirla hacia el objetivo de hacer de ella una Smart city, es el análisis de las posibilidades de mejora de la eficiencia energética global de la misma.

Para ello, es imprescindible, en primer lugar, obtener el mapa de las necesidades energéticas, y cómo se resuelven en la actualidad. Los consumos de energía (eléctrica, pero también bajo la forma de combustibles de todo tipo) constituye un punto de partida. ¿Cuánto absorbe el conjunto de la ciudad -viviendas, edificios públicos, empresas, instalaciones de abastecimiento de agua y depuración, transporte público y privado, etc.-? ¿Cómo se proporciona, a través de qué fuentes? ¿Cuánto cuesta?

Habrá que avanzar, ante la escasez de datos concretos de los que inicialmente se disponga, por aproximaciones sucesivas, estimando el consumo total, a base de índices y datos muestrales, tomados de la realidad como significativos para una evaluación de partida.

¿Cuánto cuesta esta masa de recursos energéticos al conjunto de la ciudad? ¿Qué capacidad de autoabastecimiento posee? De los datos y estimaciones del consumo, y del tipo de energía empleado para satisfacerla, se deducirá una  cifra que permitirá dotar de contenido económico a esa simulación con la que se iniciará el análisis de las actuaciones más convenientes.

Existen ya algunos proyectos y propuestas en curso, que pueden tomarse como referencia. Ya he citado en otros momentos de este trabajo, las actuaciones que están llevando a cabo la municipalidad de Viena, o la de Hamburgo, que figuran entre las más activas.

En este sentido, y aunque se encuentra en su fase inicial, es obligado referirse a la iniciativa de la ciudad de Madrid, que ha propiciado la constitución de una Asociación, Madrid Subterra, en la que participa, junto al Ayuntamiento, un grupo de empresas, Colegios Profesionales y Universidades, y  cuyo objetivo es estimular el aprovechamiento de la energía del subsuelo y la utilización de las múltiples formas de energía producida en los procesos que tienen lugar en la ciudad, y que actualmente se despilfarran, no pocas veces, por ignorancia de su valor. Tengo el honor de encontrarme entre los miembros de su Junta directiva, como representante del Colegio de Ingenieros de Minas del Centro de España

En la ciudad de Viena, se está llevando a cabo el Proyecto ” Optimización de la energía producida a partir de lodos de las depuradoras de aguas residuales”,  que se ha impuesto como objetivo que en 2020 sea autosuficiente. Las depuradoras son uno de los mayores consumidores de energía en las ciudades, habiéndose estimado que un 1% del consumo total se realiza en estas instalaciones.  Conseguir que esta energía provenga de fuentes renovables (solar, geotérmica, y de los propios lodos), así como reducir el consumo con base en una revisión crítica de todas las etapas, es algo a lo que una ciudad inteligente no puede renunciar.

La municipalidad de Hamburgo, por su parte, se ha propuesto generar un sistema integrado en el que se analice la reducción del consumo de energía de todas las instalaciones que se encuentran en la ciudad, y que en la actualidad funcionan de forma independiente. La idea central es que una asociación de consumidores energéticos resulta más eficiente que si cada uno de ellos actúa de manera aislada, y se apela a conceptos como flexibilidad y gestión integrada de valles y puntas de producción y consumo, todo dentro de una red que se plantea como objetivos la disminución del consumo, la oferta de los excedentes puntuales, y la incorporación de formas de producción ambientalmente más saludables, más económicas, y con mayor autonomía.

Me parece imprescindible resaltar que este concepto de actuación común debe encuadrarse en la revisión de las disposiciones legales o reglamentarias que permitan la integración de las instalaciones consumidoras, pertenecientes a empresas e instituciones públicas, para cumplir con los objetivos deseados. Por ejemplo, debe apoyarse la posibilidad de los intercambios energéticos dentro de la asociación de productores-consumidores de la ciudad, y la eventual venta al sistema general de la energía sobrante, y todo ello, sin que resulte afectada la estabilidad y disponibilidad del suministro de energía al resto de la ciudad o la red eléctrica general.

Por supuesto, esta propuesta y otras análogas exigen un análisis profundo de las condiciones técnicas que garanticen que no se interfiera negativamente en la regulación del mercado energético, obligando a desarrollar, por tanto, medidas de control, incorporación de estrictos parámetros de calidad, previsión de almacenaje de energía sobrante y accesibilidad o conectividad a la red general, además de atender a la negociación de las condiciones económicas que regirán el suministro y oferta del recurso.

(continuará)

 

De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes “naturales” en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras “revoluciones tecnológicas”, esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios “con aire antiguo” (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)

De blunt to smart city, una guía para dummies (6)

Cuando escribo esta serie de comentarios, España se encuentra en período de campaña electoral, puesto que el 24 de mayo de 2015, se deberán elegir nuevas corporaciones municipales y se decidirá la composición de la mayoría de los parlamentos autonómicos (salvo en Andalucía, Galicia, Cataluña y País Vasco). Magnífica ocasión, pues, para que los debates de los que se postulen como candidatos giren en torno a propuestas sobre modelos de ciudad o de región.

No es tan sencillo, desde luego, improvisar en unas pocas semanas las ideas que han de movilizar el voto de los indecisos que, en España, como sucede si se analiza una tendencia creciente en Europa, van siendo mayoría. Lamentablemente roto el bipartidismo -en el apacible sentido de dos grupos políticos fuertes que basculen en torno a la idea de centro, pero con la dirección puesta hacia adelante-, el panorama se presenta complejo. No quiero decir con ello que no sea interesante, pero la dificultad de alcanzar consensos en nuestro país, abre demasiadas incógnitas acerca de lo que será viable en coalición de partidos, pues se perderá mucho tiempo (siempre tan valioso) en llegar a acuerdos que se puedan presentar por los líderes de los partidos como logros particulares, en lugar de pensar en poner rápidamente de manifiesto los puntos comunes que permitan avanzar.

En las elecciones locales, soy de los que se han dejado guiar, en prácticamente la mayoría en las que participé, -y lo digo para bien como para mal- por el perfil personal de los candidatos que figuran en primera línea de las listas. Analizo sus currícula, sus trayectorias personales, más que los programas de sus partidos o agrupaciones, puesto que parto de la base escéptica, pero experimentada, de que la dinámica de los acontecimientos arrumbará las intenciones programáticas, sepultándolas en un posibilismo, esto es, en las actuaciones que señalará la coyuntura económica.

No pocas veces he rechazado votar una lista porque conocía -o creía conocer perfectamente- a algunos de los que se postulaban para defender intereses generales, a los “que había conocido ciruelos”: entiéndase, tránsfugas de otros partidos o defensores de incendiarias ideologías, portavoces ocultos de intereses familiares o personales incompatibles con lo que pretendían defender, …o cínicos con don de palabra o de gentes que, en campaña, daban apretones y abrazos a cuantos se ponían delante llamándolos de amigos de toda la vida, o no se contenían en ser adeptos y fieles de toda la vida a opiniones, criterios y posturas que eran justo lo contrario de lo que habían hecho o creído  hasta entonces.

Desconfío de los que ofrecen crear muchos puestos de trabajo, mejorar lo que lleva tiempo sin arreglarse, poner bozales (es un decir) al gran capital, subir o bajar muchos de los impuestos, impulsar la cultura y las artes, motivar a los parados a que se hagan autónomos, ampliar parques y zonas verdes o mejorar el ambiente con introducción de más medidas coercitivas contra lo infractores.

No es que no me guste, claro. De las buenas ideas, como decía aquel campesino del cuento al que le preguntaban qué parte del cerdo le gustaba más, respondo que me gustan “hasta los andares”. Pero una cosa es predicar, y otra, dar trigo.

Y en eso de la agricultura, como en política, hay que contar con el terreno adecuado, sembrar a tiempo, fertilizar los campos, cuidar los plantones, vigilar las plagas y no excederse con los insecticidas ni fungicidas (mejor, si son ecológicos) , contar con que haya bastante sol pero no hiele, desear que  llueva lo justo y en sus momentos, y, desde luego, saber esperar…pero no dejar pasar la época dela recolección, pues se perderá la cosecha que, por supuesto, ha de tener quién la compre y la valore en su calidad y precio, para que la inversión no sea un fracaso.

Me aburre que en los debates se esté dando tanta importancia a la corrupción (realidades y sospechas) y a las entretelas oscuras de los candidatos principales y sus compañeros de lista. No soy indulgente con los corruptos, pero no soy tan cínico como para no saber entender que esta sociedad, como todas, se mueve con un poso de corruptelas, amiguismos y avideces personales que, cuando no son vigiladas, dan lugar a aberrantes malicias en algunos grupos y personales. No es, para mí, parte del debate sobre el futuro, ahondar en lo que algunos han acaparado para sí, utilizando malas artes, comisiones exigidas para ser objeto de contrataciones públicas o posiciones de privilegio junto a la caja de los dineros.

Porque una ciudad Smart, ha de ser, ante todo, regida con honestidad, para que pueda brillar el buen saber de la inteligencia, la detección de las oportunidades colectivas, el saber señalar a la inmensa mayoría el camino que conduce a una mayor felicidad, para lo que no basta solo desearlo, sino poner los cimientos donde no los haya y cuidar los puntales de la sociedad del bienestar, donde ya existan.

Una ciudad Smart ha de mantener y crear empleo estable para sus habitantes, generando actividad suficiente  para que las familias puedan contar con un medio de vida aceptable, no subvencionado, sino autosostenible. Cada ciudad debe ahondar en sus fortalezas. Si se quiere consolidar como ciudad de congresos y servicios, no solo bastará tener imponentes edificios de convenciones, sino estar seguro de que sabrá programarlos con alicientes adecuados, atrayendo expositores y visitantes foráneos. Si pretende ser una ciudad industrial, analice qué formación conviene dar a sus habitantes, contando, no con fantasías surgidas en despachos académicos, sino en íntima colaboración entre responsables empresariales y centros de enseñanza.

Por supuesto que me gusta tener en mi ciudad sendas ecológicas, pistas para bicicletas, aparcamientos disuasorios para los automóviles, transporte urbano eficiente y que conecte la periferia con el centro, centros comerciales compatibles con un vivo comercio local. Quiero hospitales con magníficos equipos médicos y material de última generación, grupos de investigación conectados con los más avanzados del mundo, guarderías y colegios cerca de mi casa regidos por entusiastas de la enseñanza infantil.

Todo eso, y más que deseo para mi ciudad Smart, cuesta dinero. Mucho dinero, que no puedo generar a base de incrementos impositivos desproporcionados o subvenciones que endeuden a mis administraciones públicas por varias décadas, porque no puedo confiar en que el futuro me proporcionará los recursos de los que ahora no dispongo.

Esa concepción ajustada a la realidad, no debe impedir ser ambicioso en los objetivos a medio y largo plazo, pero obliga a ser juicioso y prudente en el corto, priorizando, y encajando conjuntamente, lo que es más imprescindible o necesario, con lo que costaría lograrlo,  teniendo en cuenta el presupuesto de que se dispone. Echo de menos en los debates, la cuantificación económica de las propuestas. Y aún peor (en el sentido, de más lamentable), echo en falta las visiones técnicas. No quiero que mis representantes sean graciosos, me parece bien que sean optimistas, aunque desconfío de los que parecen haber descubierto de pronto lo que le gustaría tener al potencial votante, para convencerlo de su voluntad de realizar para contentarlo, lo imposible.

Una ciudad Smart (o una región Smart) profundiza en sus cualidades diferenciales, y destaca por sus capacidades distintivas, sin preocuparle no tener un polígono industrial (si no hay industria a que apoyar), o, por ejemplo, carecer de carriles para bicicletas (si su orografía es complicada o el trazado de los carriles-bici no puede hacerse sin poner en riesgo diario a los que utilicen este barato medio de transporte).

Creo conocer bastante bien algunas ciudades situadas en puntos diferentes del planeta. He vivido durante tiempo suficiente para sentir su pálpito, en especial, en Oviedo, Vigo, Dusseldorf, Madrid y Toledo. Por mi profesión, he analizado a fondo -disculpe el lector la petulancia, pero si el objetivo es distribuir agua a una ciudad o recoger sus residuos, hay que hacerlo con mucha atención- el urbanismo de ciudades tan distintas como Casablanca y Rabat, Santa Cruz de la Sierra  y La Paz, Buenos Aires y Mendoza, Santiago de Chile y Valparaíso, El Cairo y Alejandría, Tirana y Lezhe, …Bruselas, París, Roma…y decenas de ciudades españolas. Tratar de homogeneizarlas, pretender conducirlas a un modelo común, sería aberrante.

En estas mismas páginas del blog, he desarrollado algunas ideas sobre cómo mejorar Madrid. Como usuario habitual del transporte público y amigo de andar sin importarme las distancias si tengo tiempo, creo que esta ciudad tiene un magnífico metro, que permite la comunicación dentro del círculo señalado por la M-30, excepcional; no muy usado, por cierto, salvo en horas puntas, puesto que hay aún muchas personas que creen que es un transporte para clases económicas inferiores. Respecto a la modificación que se ha realizado de las marquesinas, opino que ha sido un despilfarro: no era necesario cambiarlas, y no son mejores que las que había; por ejemplo, con la llegada del calor, se convierten en receptáculos en donde los que esperan, se cuecen en su salsa; para el viandante, son obstáculos que obligan a andar de perfil o salirse de la acera.

Los madrileños, andan mucho, utilizan también demasiado tiempo en ir y venir. Se consume buena parte del día, caminando, o embutidos en el automóvil o el medio de transporte público. Hay ahí un reto para hacer de esta ciudad, más Smart, más limpia. Es una ciudad demasiado ruidosa y, por desgracia, desde hace años, es más sucia; incluso la recogida separativa es parcialmente un fracaso, pues no se usan adecuadamente los recolectores y el ciudadano medio no es consciente de su responsabilidad individual para no ensuciar.

Me resulta curioso, cuando vuelvo a Oviedo, mi ciudad natal, observar que la gente anda mucho menos; cierto que todos tendemos a movernos en un círculo seudo-virtuoso cada día, del que no somos capaces de salir. Conocer mejor la ciudad en donde uno vive es una condición para quererla. me agrada reconocer que el ovetense está orgulloso de su ciudad, aunque sospecho que hay barrios enteros que no ha visitado jamás. Ya no es exactamente una ciudad estudiantil, pues los centros de enseñanza universitarios están fuera del núcleo urbano (una reliquia, la querida Escuela de Minas), y, además, Gijón y Mieres han comido una parte importante de la tostada. Cada vez más, se parece a una ciudad de jubilados, de pensionistas, que tienen, obvio, sus peculiares preocupaciones, gustos y necesidades.

Toledo se me aparece como una ciudad mal aprovechada. ¡Cuántos monumentos desconocidos! ¡Qué río Tajo por poner aún en valor!. Su casco antiguo, una joya histórica, permanece desconectado del resto de la ciudad, infrautilizado, mal conocido en sitios, misterioso en otros, y, en sus vías principales -siguiendo las líneas de nivel-, pasto de visitantes foráneos que son guiados a uña de caballo con cuatro tópicos,  por un recorrido cuyos centros de interés principal parecen ser tiendas con suvenir traídos de China, idénticos a los que se pueden encontrar en cualquier otro lugar del mundo: las espadas y armaduras toledanas que ofrecen casi todos los comercios de esos escaparates para tipos con prisa de engullir ciudades, provienen del lejano oriente. El arroz envasado con nombre de paella, los burritos, las pizzas calentadas a la vista del cliente o los bocatas de jamón y queso, y hasta las “legítimas carcamusas” que se airean en ciertos locales con mucho trasiego, tienen tanto que ver con la deliciosa cocina castellano-manchega como un palo de golf con una estaca para cercar un prado.

(continuará)

De blunt to smart city, una guía para dummies (5)

Cuando se hace referencia al proyecto de una Smart City, se acostumbra a dirigir la mirada hacia los responsables municipales. Sin embargo, aunque el ámbito de actuación sea la ciudad, los agentes que influyen sobre ella, incluso de manera determinante, son externos.

En relación con las consecuencias de los avances tecnológicos (no solo en el campo de la informática y las comunicaciones) sobre el ámbito urbano, la dependencia de las grandes empresas y consorcios es decisiva. Controlar sus actuaciones desde las corporaciones es, a menudo imposible y, desde luego, siempre difícil. No quiero dramatizar la cuestión, pero incluso en el campo de menor complejidad técnica de los servicios tradicionales que presta el municipio por competencias delegadas constitucionalmente (agua, saneamiento, recogida de residuos, etc.), o que se prestan en su territorio (distribución de electricidad, servicios sanitarios, educación, telefonía, etc.) el control de la eficacia o del coste real de su ejecución se hace muy difícil para los funcionarios municipales, por falta de medios, o de su propia competencia, cuando no del oscurantismo con que se llevan a cabo.

Se plantea la cuestión, por tanto del control y la forma de ejercerlo. Las grandes empresas tecnológicas ya han tomado sus posiciones sobre algunas de las ciudades más interesantes como candidatos a ocupar los primeros puestos en la división de las Smart Cities, y las están convirtiendo en sus escaparates para exhibición de sus propuestas. IBM, Siemens, Intel, Cisco, etc. son ya nombres que suenan en el nuevo escenario de moda. Esta intromisión en las fuentes de información de la ciudad y en la acumulación de datos de interés sobre las mismas, hará a las ciudades cada vez más dependientes de los consorcios posicionados en la gestión de los big data.

Especialmente preocupante sería la posibilidad -ya realidad en algunos casos- de que, a cambio de la gestión de esos datos se ofrezcan a las ciudades ventajas económicas o ahorros en sus cargas financieras. Los superordenadores, equipados con programas para tratamiento de la información geo referenciada, y presentar respuestas a las cuestiones urbanas, se convertirán así en un elemento de ayuda a la gestión imprescindible, pero que se escapará al control de las autoridades municipales, e, incluso de las superiores a ellas.

La cuestión no es baladí, puesto que la reciente experiencia viene a demostrar que, por eficaces que parezcan en los primeros momentos, los programas y los soportes de computación tienen una vida útil muy corta, cuando se atiende a su coste y a la potencia del tratamiento. Un programa con más de tres años se encontrará ya obsoleto, muy seguramente, y los tiempos en los que una aplicación es rentable en relación con las alternativas son y serán cada vez más cortos. Una ciudad, por muy Smart que haya sido, no podrá pagárselos, y la referencia al tamaño crítico (cuantas más mega Smart city, mejor) pasará a ser la clave para mantener la disponibilidad de la información y encontrarle un uso adaptado a las necesidades del momento.

Las decisiones de gestión, por la misma esencia de la interconectividad, se desplazarán desde la ciudad a otros estamentos. Posiblemente, no públicos, o, en el mejor de los casos, resultado de Contratos de colaboración público-privada en la que los firmantes serán los responsables de órganos superiores a los que actúan sobre la ciudad. Tal vez, incluso con el riesgo de que los datos sensibles sobre los ciudadanos y la ciudad sean utilizados por elementos ajenos a la misma, quién sabe si no potenciales enemigos de su seguridad o rivales para su bienestar.

No hay por qué llevar la cuestión a sus límites. Estas interrogantes aparecen ya especialmente evidentes cuando se trata de gestionar la conectividad de una ciudad con sus vecinas, o la óptima eficacia de los recursos que son necesarios en la ciudad, o que podrían ser proporcionados por ella, o, por abordar una cuestión aparentemente marginal a este respecto, el mantenimiento de los edificios, la conservación de los parques, etc..

El núcleo de esta idea es: si queremos una ciudad realmente interconectada, que saque el máximo partido a la información, hay que atender a la forma de acotar el riesgo de que se pierda el control, y la misma esencia de lo municipal. Los datos, sabemos ya por amplias experiencias, contienen información válida, sensible muchas veces, y que puede ser utilizada de muchas maneras, positivas como dañinas, si bien estas últimas, por la rapidez con la que se han generado los procesos masivos de tratamiento, no siempre tienen sanción penal en los Códigos.

Lo que nadie dudará es que la información es un elemento potencialmente lucrativo para quien la posee, y si se es capaz de ordenarla y se dispone de muchos valores para determinadas variables que posibiliten reducir riesgos o aventurar zonas de mayor beneficio, puede amparar actuaciones de muy distinta índole y que, tratándose de una ciudad, podrían acabar convirtiéndose en una servidumbre más que en una ventaja, si no se atiende a delimitar un marco legal preciso.

La integración de los sistemas de información y comunicación en la ciudad, para el seguimiento, control y optimización de los sistemas técnicos y de infraestructura de la ciudad está en el fondo de uno de los objetivos tenidos por esenciales en la Smart City. La movilidad, la seguridad, el ambiente de la ciudad están dependiendo de una buena resolución a esos problemas comunes a las urbes. La experiencia demuestra lo difícil que está siendo controlar la ejecución de las obras de reparación o sustitución de redes en las ciudades para los funcionarios municipales, que disponen de herramientas informáticas, generalmente, inferiores a las de las empresas de servicios (electricidad, agua, gas, transporte de mercancías, sanidad, etc.)

Es sustancial, por tanto, conseguir una transparencia y lealtad con el municipio en entre las empresas y la ciudadanía, mediante acuerdos que deberán someterse a un marco legal. Sería de lamentar que los bueyes se pusieran detrás del carro, para empujarlo, y que se aprovechara la escasez de medios de las ciudades, o la situación de insolvencia de muchas de ellas, para introducir una variable de aspecto ventajoso, pero que pronto se convertirá en una servidumre sobre la ciudad de la que no será posible sustraerse. Prudencia, pues, antes de introducirse en el camino de una modernidad que puede estar plagada de minas anti buena voluntad.

(continuará)

De blunt to smart city, una guía para dummies (4)

El camino hacia la categoría de Smart City (como signo de calidad reconocida tanto por los propios habitantes como por terceros) tiene muy peculiares características, pues no solo se basa en conceptos y valoraciones subjetivas, sino que está fuertemente condicionado por las condiciones de partida. Es, por otra parte, multidisciplinar, exigiendo la colaboración de especialistas  que ayuden a perfilar ese recorrido hacia la perfección (idea dinámica, como ya indiqué).

Pero, lo más importante, es que el juicio de mayor valor es el que emitan los propios habitantes, independientemente de su formación, clase social, forma de subsistencia, inquietudes culturales o intelectuales y lugar que ocupen físicamente en ella. Yo introduciría un factor muy especial, compuesto de índices a su vez muy diversos, que señalaría la diferencia máxima entre los grupos que la componen y que reflejaría las tensiones intrínsecas que coexisten en ella.  Otro factor sustancial es de su diversidad, en el sentido de que las categorías sociales, culturales, profesionales, los distintos grupos de edad y de género, resulten integrados de forma armónica.

Niego, por tanto, que una Smart City pueda ser un campus universitario, o un Sillicon Valley o un conjunto residencial de alto nivel. Estos ejemplos -y otros muchos que el lector puede aportar por sí mismo- pueden ser, y de hecho lo son, imprescindibles para configurar un nivel más amplio al de una ciudad, e incluso resultarían elementos sustanciales para el desarrollo o el bienestar de una Comunidad más amplia o de un Estado, pero no son ejemplos de Smart City.

A partir de una realidad existente, la voluntad de transformar una ciudad actual en una ciudad Smart, exige una permanente discusión política, y un acuerdo de la comunidad sobre la estrategia. De otra forma, se caerá en el precipicio de la introducción de parches (especial atención a las copias de medidas extrañas que hayan tenido éxito en otro contexto) o en despilfarros inútiles, que solo servirán para aumentar la frustración colectiva, además de, por supuesto, incrementar el gasto municipal, dejando la ciudad con nuevos cadáveres.

Esta observación es muy importante, en  mi opinión, pues se ha desencadenado una estéril y peligrosa carrera de rivalidad entre las ciudades Europas (pongo por caso), que se enfoca más hacia una pretensión de homogeneidad, en lugar de aprovechar, corregir o rentabilizar (en provecho colectivo de sus habitantes) las diferencias. Las críticas respecto a esta concepción elitista e igualadora en medidas que pueden ser vistosas o que se presentan como fórmulas ecológicas o de ahorro energético sin que se las haya analizado desde una perspectiva propia e integradora, han aparecido ya, pero su presencia en el debate es aún débil, puesto que los responsables políticos están, como siempre, obsesionados por el corto plazo y por la rivalizar en la mejora en baremos de puntuación en ciertos índices que no son apropiados, frecuentemente, para sus ciudades.

Para empezar el camino, es imprescindible tener en cuenta el mapa urbano de origen, sus estratos socioecónomicos y el modelo de vida actual de sus habitantes. La disponibilidad de territorio urbanizable es un elemento clave, y una medida de gran valor hacia la smart city sería convertirlo de inmediato en no urbanizable, en zonas verdes, delimitando de esta forma, de manera obviamente brutal, el crecimiento sustentable, que pasaría necesariamente a enfocarse sobre la mejora de las urbanizaciones existentes y el aumento del equipamiento y su óptima distribución, a partir del inventario de lo ya disponible.

Los elementos de dinamismo endógenos de la ciudad debieran ser analizados con máxima objetividad y precisión. La oferta tecnológica propia, la capacidad para resolver de forma autónoma las necesidades para recorrer el camino hacia una mayor intercomunicación de sus activos es parte esencial del reto a resolver. ¿Qué necesita la ciudad para ser más limpia, menos ruidosa, más transparente para sus habitantes, más cómoda para el transporte, más eficiente y creativa? ¿Dónde están los focos que pueden ser las claves para ese desarrollo? ¿Cómo se les puede motivar, impulsar, interconectar?. Hay que poner en valor, ante todo, esas características endógenas, antes de lanzarse por un camino de gasto que, si no se ha analizado con rigor, conducirá indefectiblemente a hacer la ciudad más dual y, por tanto, menos Smart.

La detección de esas áreas de desarrollo que han de ser impulsadas, con soluciones consensuadas o, al menos, claramente explicitadas, es imprescindible. Una ciudad no será más inteligente por haber apostado por convertirse en una ciudad de servicios hacia el exterior, con múltiples centros de convenciones, salas de exposiciones o lugares feriales o parques tecnológicos, puesto que su potencial éxito en esa dirección (medido, siempre, en bienestar de sus habitantes) entraría en competencia con otras ciudades que pueden estar mucho mejor situadas para rentabilizar esas inversiones.

La ciudad Smart aprovecha de manera inteligente sus singularidades, para potenciarlas, y rehúye entrar en competencia en campos para los que carece de factores diferenciales positivos. En eso radica la fuerza de la idea de un e-gobierno responsable. En la coordinación e integración de los elementos infraestructurales, formas de movilidad, interrelación de sus agentes propios con los impulsos ajenos, con una base de información mixta (geográfica, digital y analógica) que sea transparente, pero, sobre todo, mensurable. Esa gobernanza ha de apoyar, sin sustituirlos, las posibilidades de incorporación tecnológica, de información y de comunicación, dentro de un marco, no ya de respeto ambiental (concepto superado), sino de mejora ambiental drástica.

(continuará)

De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de “ciudades intermedias” (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las “ciudades cercadas”  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son “ciudades terminadas” (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)