Temible Leviathan

La película titulada Leviathan, que dirigió en 2014 el inspirado Andréi Zviáguintsev, con un guión escrito junto a  Oleg Negin -protagonizada por un elenco de actores encomiable- me llevó a releer uno de mis pasajes preferidos de la Biblia: el libro de Job.

Ese monstruo acuático, identificado con una de las formas del demonio, que comparte muchas de sus características físicas con el cocodrilo y  del que “no hay sobre la tierra su semejante, porque está hecho para no temer nada” (Job, 41,34) es el elemento subyacente de la historia que nos cuenta Zviáguintsev: un hombre serio, sometido a la prueba de perderlo todo y que, efectivamente, es desposeído de cuanto ama (su casa, su pareja, su hijo, su libertad).

Su culpa no es otra que haberse enfrentado, en defensa de su derecho, con el auxilio de un letrado eficiente , al poder. Que la historia tenga como escenario la Rusia de Putin y que el poder triunfante adopte en la película la forma de un sistema político concreto al que los representantes de la judicatura, de la iglesia, de la policía, del empresariado, …rinden pleitesía , no nos impide, al contrario, entender que la historia es universal.

La vivimos aquí, también, en España. Tenemos ejemplos concretos. Yo, también. Poderes corruptos, que no pueden disimular siquiera en la incapacidad o en la ignorancia su desfachatez con los más débiles, que solo pueden esgrimir en su defensa, el valor del derecho.

El libro de Job es, en su conjunto, la narración de un misterioso episodio que, a los niños y a los inocentes se les esquematiza indicando que es la historia de un hombre que soporta con resignación la prueba de Jahvé, hasta el punto de perderlo todo. Sin embargo, la lectura desinhibida del texto nos descubre que el pobre Job se resiste únicamente a reconocer, como le aconsejan sus amigos, que vierten sobre él su propia culpa, que ha pecado. No lo hace por resistencia orgullosa, sino porque ha tratado siempre de ser justo, y, como el propio Jahvé le reconocerá, así ha sido: “¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?” (Job, 13,23)

En fin: véan, si no lo han hecho, la película. Es magnífica. Y, si puedo aportar un poco de mi erudición de pacotilla, a los que tengan ganas de hacer gozar el espíritu con algo más que los sentidos del cuerpo, arrímense a Garcilaso de la Vega (1501?-1535), por ejemplo. Imagino al pastor Albanio, enamorado de Camila, a la que acaba de descubrir dormida.  Prudente y azorado, se plantea, en hermosos versos, si tendrá fuerza suficiente para despertarla.  Estando en estas elucubraciones, la joven se despierta y llama en su socorro a Diana, lo que obliga a actuar con rapidez al galán, que la sujeta, mientras le solicita: “No te muevas, que no te he de soltar; escucha un poco”.

La fuerza de Leviathan parece magnífica, y sus servidores, confiados en ella y en sus ventajas. Los que no le tememos y deseamos que los justos no sean llevados a su ruina, sino al triunfo, nos apropiamos de la frase de Albanio, para sacarla de contexto, pero aplicarla a quienes se jactan de tener el poder de su parte: “No te he de soltar. Escucha un poco”.

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