Como mis santos muertos más próximos están enterrados lejos, este uno de noviembre me di una vuelta por el cementerio de la Almudena (Madrid), para airear ese sentimiento heterogéneo que tiene tendencia creciente a posarse sobre el alma a medida que cumplimos años.
Pensar con serenidad en la muerte, a pesar de su inevitabilidad, es patrimonio de pocos, por lo que voy viendo y me aplico en lo que me toca. Lo normal es ignorar conscientemente que nos vamos a ir -mas bien pronto, y a escala cósmica, ya mismo-, desde la complacencia de saber que, por el momento, estamos aquí y, si no estamos enfermos y, aún mejor, si no hemos alcanzado los cuarenta, nos aferramos a cada momento de felicidad como posesos.
La Almudena estaba bastante vacía de vivos (no está en los tiempos visitar iglesias ni cementerios), aunque a la entrada decenas de floristos se concentraban al rececho de visitantes que pretendieran amortiguar su distancia con los que les fallecieron antes con algunos crisantemos. También había un mercadillo de ropa de esos de barato y hasta me crucé con representantes de la emergente economía sumergida que vendían al paso setas -¡menuda temporada ésta!-, chirimoyas y ajos.
No tiene este cementerio capitalino que lleva nombre árabe por culpa de una imagen aparecida en la muralla musulmana en la mitad del siglo XI, hermosos mausoleos, predominando, entre los más costosos, lo hortera: un exponente singular resulta, en mi opinión, el recinto dedicado a acoger a los González Flores, que aún potencian en su desequilibrado esteticismo las zapatillas con el escudo del Atlétic que alguien colocó a los pies del fundido que recuerda al hijo mayor de la que fue una de las Lolas de España.
Pero de entre tantas tumbas y nichos, me atraen, desde niño, los abandonados. En especial, siento predilección por aquellos que, como si tendieran una amenaza al implacable destino, anuncian lo que se está mostrando, por los síntomas, que fue intención frustrada: «No te olvidaremos nunca», esgrimen.
Aún son más terribles, en su descaro, los que detallan los presuntos culpables del abandono: «Tu esposo e hijos no te olvidan», si bien, de las lápidas más antiguas, se puede interpretar que los que no acuden hoy a la ceremonia profiláctica de honrar, limpiándolas de moho, las tumbas de sus ancestros, son los bisnietos o quizá tataranietos, o lo que pasó, sencillamente, fue que la rama genealógica se perdió para siempre sin vástagos que la sustentaran.
No saco, con todo, mayores consecuencias, porque el asunto me parece que no las tiene si somos coherentes con la corriente actual de poner las cosas en su sitio, que es el desprecio a lo ajeno, y que incluye, como parte del mismo devocionario , desinteresarse por todo aquello que no se pueda pasar por el gañote o alguno de los sentidos, excluido el común.
Lo normal es olvidarse de los demás si no hay nada que obtener de ellos. Y como dejar de hacer es mucho más fácil que actuar para corregir, a cuantos de los que se cree ya no hay posibilidad de lograr fruto, lo habitual es ponerles tierra por encima.
Sensu contrario, pretender que a uno se le recuerde después de muerto, no solo es petulancia, sino que demuestra la ignorancia supina respecto a cómo procede, de forma natural, el futuro: sepultándolo todo.
Si algo queda de lo que mucho fue, como lo evidencia la Historia, incluso de los que tuvieron nombre, es ruina y, entre los menos tocados por el paso del tiempo, fantasía. Ya fueran emperadores, filósofos, científicos o santos de peana, que a todos iguala, dejándolo actuar, no la muerte, sino más que ella, el menosprecio por lo ajeno.
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(1) Para los que tienen olvidado su latín, traduzco la parte del título de este Comentario que no está en español: «Yo no te olvidaré»

