Quizá en la idea de que Telefónica, en tanto que empresa líder en el sector de comunicaciones, se maneja con soltura en escenarios virtuales, en los que se pueden reducir drásticamente los tiempos de transferencia de información, César Alierta dio por leído su Informe a la Junta General de Accionistas. Me resultó paradójico, y me recordó esas sesiones en las que se da por leída el acta de la reunión anterior, con lo cual pocos se dan por enterados de lo que se aprobó y, por eso, los mismos argumentos se repiten una y otra vez, sin avanzar en lo que importa.
En fin. El folleto, de quince páginas (incluídas las que contienen, respectivamente, el Indice y una foto del Presidente, en postura de «ahí me las den todas»), alude al avance en «la transformación tecnológica» de la compañía, al «crecimiento orgánico» (que alcanzó el 2,6%) -atribuible al incremento del negocio en Hispanoamérica y, en menor medida, al impulso a los servicios digitales y a las «iniciativas de monetizar el tráfico de datos». Se trata de un informe optimista (demasiado), y quizá por eso los asesores del Presidente, dado el caliente caldo de tensión emocional que se preveía, optaron por pasar de puntillas por el trámite.
Hay que remitirse al Informe financiero -que tuve que solicitar expresamente-, para entender lo que está pasando en la compañía y, sobre todo, lo que puede pasar. Telefónica, con unos ingresos por ventas en 2014 de 50.377 Mill euros, ha perdido un 20% de facturación en relación con 2012. Su resultado operativo antes de amortizaciones (OIBDA), que fue de 15.515 Mill euros, ha caído casi un 30% si lo relacionamos con ese mismo año. Y, aunque las amortizaciones aplicadas son casi 2.000 Mill euros inferiores a las de 2012, (aunque el informe del Presidente indica que 2014 «ha sido un año récord en inversiones, hasta casi 9.500 Mill euros»), el resultado final ha caído en un 35%.
Brasil se ha convertido en el principal mercado de Telefónica, con más de 100 millones de clientes, con un reflejo en la facturación total similar al de España (22,8% y 23,9%, respectivamente), aunque el mercado español está perdiendo eficiencia relativa. La devaluación del real brasileño y el peso argentino frente al euro y la hiperinflación en Venezuela están influyendo muy negativamente en los resultados y, de mantenerse la situación, las perspectivas futuras del negocio de la compañía pueden terminar seriamente dañadas. Porque, aunque el número total de clientes crezca, si lo que pagan por el servicio -traducido a moneda fuerte- es una bagatela, salvo que los costes se lleven a la misma moneda que los ingresos, las pérdidas en la matriz no harán sino aumentar.
La dedicación que el Informe financiero realiza a los planes de retribución e incentivos de sus principales ejecutivos, me merece el calificativo de lamentable. Cierto que otras grandes compañías parecen muy sensibilizadas por garantizar unos altos honorarios a sus directivos de máximo nivel, y que pretenden presentarlos como vinculados a los resultados obtenidos, pero -y esta cuestión queda reflejada en los datos de Telefónica de forma bastante evidente-, no puede obviarse que son los Consejos de Administración y sus accionistas principales quienes seleccionan y aprueban tales propuestas, de las que los accionistas minoritarios son meros espectadores y, además, inocentes incompetentes para valorarlas.
Esta cuestión de la remuneración a los altos ejecutivos, que merecería un capítulo especial (y al margen de Telefónica), está relacionada, y directamente, con tres cuestiones claves de la sociedad globalizada: a) la obsesión de los grandes grupos empresariales por reducir costes, disminuyendo la mano de obra o desplazándola a países con menores salarios (en cuanto sea posible); b) la imposible vinculación convincente entre la «excelente gestión» y unos honorarios que están completamente fuera de toda comparación con los salarios del resto de los mortales, y levanta la incógnita acerca de lo que hace a esos hércules de la técnica y las finanzas tan eficientes, lo que despierta sospechas fundadas de que la economía tiene claves que no se estudian en ninguna escuela de negocios ; y, c) en fin, llevando la sinceridad del análisis hacia a una reflexión filosófica, la necesidad de reflexionar éticamente acerca de la distribución de cargas, beneficios y responsabilidades entre los que soportan las servidumbres de una sociedad cada vez más tecnológica y deshumanizada y los que la disfrutan, con crecientes márgenes de satisfacción e individualismo.
El grupo Telefónica tenía en 2012, 272.598 empleados y en 2014 sostenía solo 120.497. La transacción de Atento la liberó de 137.454 trabajadores en plantilla, que quedaron «externalizados» en su mayor parte. En Telefónica España, se perdieron, solo entre 2012 y 2014, 2.000 empleos (al final de este año tenía 29.840 empleados). Solo los más viejos del lugar tendrán presente que en 1996, Telefónica empleaba a más de 67.000 personas en España, cuando estaba controlada por el Estado. La privatización redujo la plantilla en más de 17.000 empleados entre 1999 y 2000, paso previo para un segundo ERE entre 2003 y 2007 que redujo en casi otros 19.000 esta joya de la corona tecnológica española, que tiene sus engastes muy deteriorados.
No tengo la bola de ver el futuro, pero puedo avistar que el camino del futuro de Telefónica y las grandes empresas de comunicaciones estará lleno de piedras agudas, y que el terreno tecnológico alcanzará más pronto que tarde una dicotomía disruptiva (entre quienes puedan pagarse los cada vez más sofisticados equipos y las empresas capaces de estar en la punta de lanza de los avances, y los que no puedan ni adquirirlos ni sostenerlos, y las empresas que no puedan competir para producir más barato y con mayor calidad). Hay una burbuja generándose en el ambiente, y el tamaño sí que importa…pero por el daño que pueden producir los cascotes.
Encontrar una vía para avanzar por ese sendero, no se paga incentivando a altos ejecutivos. No tiene precio, en realidad, y resolver la dimensión para su desarrollo eficaz solo se logra involucrando a toda la sociedad que la sustenta: desde la investigación hasta el consumo; desde los operarios menos cualificados hasta los especialistas más sabios en reducir costes para dar un mejor servicio con una tecnología crecientemente sofisticada que, en este momento, no tiene límites conocidos y no se está generando precisamente en las grandes compañías, sino en pequeños think tanks dispersos por el mundo.
César Alierta tendría que haber expresado, en su discurso, su previsión de por dónde cree que van a ir los tiros. Que no provendrán, seguro, de ese par de decenas de alborotadores que me ensordecieron un viernes de junio de 2015.
