Reconozcamos que nos ha tocado vivir en una época apasionante. Misteriosas mutaciones en el cerebro de algunos individuos de nuestra especie han provocado avances espectaculares en la utilización ventajosa de la materia cercana. Y lo que es más interesante, desde el punto de vista de la perversión sociológica: aunque la inmensa mayoría de los restantes miembros de esa heterogénea colectividad no tenemos la menor idea de cómo funcionan los apetecibles mecanismos que se nos ofrecen a cambio de nuestra actividad, nos afanamos por conseguirlos ,porque en su posesión se nos ha hecho creer que reside la felicidad.
Podemos añadir, si fuera necesario, más ingredientes a este cóctel cuya naturaleza explosiva no debiera pasar desapercibida, por débil que sea la combinación neuronal con la que se analice. Las claves para controlar las tecnologías más avanzadas con plena eficacia se concentran, con velocidad exponencial, en menos manos, más distantes y oscuras. Los centros de investigación independientes, realmente cualificados para conectar con las fronteras de la ciencia y obtener resultados positivos para todos con su trabajo, son ridículamente escasos y limitados -en medios, es decir, personal y dineros- en relación con los centros de entidades opacas, y no digamos con las líneas abiertas de posibles campos de análisis…aunque, en el desorden provocado por una meritocracia fantasiosa, cada vez se cuenta con mayor número de titulados y sabios oficiales, que ignoran hasta cómo cambiar una bombilla de la lámpara del comedor.
Pero la cuestión de la tecnología es relativamente menor. La sobrepoblación en ciertas regiones está provocando hambrunas, muertes por inanición, insalubridad o falta de medios, que, como no son corregidas, se traducen en millones de muertos de esa especie que consideramos brillante y destinada a dominar la Tierra, por hipotético mandato de los que nos ven, nos imaginamos, desde fuera de nuestro periplo hacia su sabiduría. Hay desplazamientos masivos -cientos de miles, millones- de quienes no tienen sitio para vivir donde antes lo hacían y buscan un lugar en donde creen que se les dispensará trabajo y, por tanto, cobijo y comida. Ni los que vienen ni los que reciben tienen claro qué va a pasar.
Uno de los representantes de la más cualificada de las divinidades acaba de expresar que nos encontramos en una tercera guerra mundial a trozos. No lo hace en el lenguaje a que nos había acostumbrado el Espíritu Santo: este lenguaje del papa Francisco es muy cercano, y quema las entrañas del alma.
No tengamos duda de que esta confrontación -que no es del hombre contra la naturaleza, ni causada por invasión de creaturas cósmicas, ni de microscópicos entes que se hubieran obstinado en colarse en nuestros organismos para destruirnos- será la última de las que han enfrentado al ser humano contra el ser humano. Hay tantas opciones de discrepancia entre colectivos de nuestra especie, capaces de generar un conflicto, que no merece la pena enumerarlas. En su base, está la incapacidad para entenderse, para cooperar, para compartir, para dejar de lado el egoísmo que empaña, surgiendo como un magma desde el fondo de nuestras mezquinas idiosincrasias, casi todas las actuaciones, tanto de individuos como de colectivos (grandes y pequeños, próximos como alejados, occidentales como orientales, instruidos como lerdos…).
Precisamente por mi apreciación del gran desnivel, y creciente, entre lo que la colectividad sabe y lo que utiliza alegremente, alarmado por el papel preponderante que vamos concediendo a las máquinas que almacenan creciente información y con las que aumentamos nuestra dependencia, aventuro una posibilidad de que todo se nos vaya al garete: un día nos levantaremos, creyendo que todo será como ha venido siendo, y encontraremos que a la máquina de la que dependemos se le ha borrado la información que nos era sustancial, …para saber quienes somos, qué tenemos hacer, qué nos es imprescindible conocer para vivir y ser .
(Tengo mi android entre granos de arroz desde hace días; se me cayó del bolsillo trasero del pantalón al wáter. No funciona. Tenía en él los teléfonos de mis contactos, información de últimos correos, varios documentos imprescindibles…Ruego se disculpe si parezco derrotista. Cada poco, me acerco al recipiente donde yace mi aparatito imprescindible, introduzco la tarjeta sim y recibo, a cambio, junto con un dibujo de una especie de robot y unas palabras en chino, esta frase en inglés: «Sim card not available». Estoy asustado; no por mi información, que recuperaré por otros medios, sino porque este sea el mensaje que algún día reciban los que tienen el control de lo que nos puede pasar.)
