Hace ya unos 30 años, escribí una novela con el título de este Comentario, que entre otras elucubraciones muy de mi gusto, empezaba con una inmersión especulativa sobre lo que podría ser España en 2015. No era una novela policíaca, porque se desarrollaba en siete capítulos cuyos protagonistas eran otras tantas mujeres, pero había un intríngulis político que se desvelaba cuando, al final del libro, el protagonista reconocía que había estado participando en los entresijos del Gobierno, inventando y difundiendo historias creíbles, logros falsos de las actuaciones públicas y creando anécdotas y personajes que se incorporaban a la realidad como si fueran parte de ella, con el efecto de confundir y adormecer a la población, haciéndole creer que la situación era idílica, cuando, en verdad, el país se había convertido en un desastre, feudo de unos pocos.
Presenté la novela al premio Nadal y, como era de esperar, no obtuvo ni mención honorífica. Nunca la publiqué, aunque tuvo lectores notables. El más singular de todos ellos fue, sin duda, mi esposa, a la que entregué el original para que me diera su opinión. Al cabo de unas semanas, como no me decía nada, me interesé por su parecer, esperando, ya que no su alabanza desmedida, al menos, su plácet orquestado.
-«Te la estoy corrigiendo entera, y voy solo por la página veinte»- fue su respuesta- «Es muy verde».
Estuve, por supuesto, uno o dos días sin dirigirle la palabra más que para lo estrictamente imprescindible, pero las aguas volvieron a su cauce natural y la novela, decepción del dictamen Nadalístico incluida, pasó a engrosar el estante en donde guardo mis obras completas impublicadas.
Tengo a la vista el resultado de los nombramientos del flamante Presidente Mariano Rajoy, y me he acordado de mi novela. Esta realidad que nos ha tocado vivir parece confeccionada para ser parte de una historia de ficción. Las mismas caras, y, en muchos casos, incluso con los mismos collares (digo, carteras ministeriales). La voluntad expresa, seguir haciendo lo mismo, dilapidando en minutos el supuesto caudal de la promesa de cambio. Arrastrados a la vorágine del desencuentro, no ya Albert Rivera, al que se le estará poniendo la cara de tonto útil que corresponde a su empeño en presentar que las cosas van a cambiar con una oposición constructiva, sino, al PSOE, descabezado, desnortado, roto y todo ello sin presentar batalla alguna.
Puede que desde la más izquierda -si ese es el lugar donde se podría encontrar a Unidos Podemos, desproveyéndolo de mucha hojarasca mediática, pelo de la dehesa y mentiras de escolar de colegio de pago pillado pirándose las clases- haya opciones para una oposición aunque seguramente será destructiva, o sea, inútil.
Qué pena que, ya que no me dieron el Nadal en 1980, no me hubiera animado (o hubiesen) a publicar mi novela. Ahora sería venerado como profeta. Porque esto que nos está pasando no es real, está generado desde las oscuras catacumbas de este país, y lo que vemos son solo personajes en busca de autor, de programa, de otro rollo, vamos.
P.S. Los estorninos son, por nuestros predios, aves no muy queridas. Con razón. Vienen en bandadas, y se posan sobre los campos recién sembrados en agosto, para hartarse de semillas. Tampoco la naturaleza los dotó con un lenguaje que suponga, al oído humano, el placer de ser obsequiado con trinos agradables, melodiosos ritmos. Quiá. Chillan y graznan como posesos y, como vienen a miles, con su vocerío, aturden.
En invierno, su plumaje negro uniforme, adquiere otras tonalidades y sus plumas parecen moteadas. Algunos observadores poco atentos o nada aficionados a la ornitología, los confunden con mirlos. Pero ni cantan, ni se les atribuye utilidad -sino perjuicio- al agricultor y, para colmo, su carne es dura (dicen los que intentaron probarla) como la peña.

