Hay cada vez más Yónatan, Irina, Dumitru o Yesica atendiendo los supermercados, las tiendas de ropa o los restaurantes. Son Fátima, Jadilla, Evelin o Diana quienes cuidan de nuestros ancianos y niños. Habrá Yusef, Dragomi, o Leonar haciendo reformas y reparaciones en las viviendas y alquitranando las calles…
Me gustaría poder interpretarlo como un signo de nuestra recuperación económica. No puedo hacerlo, cuando las estadísticas siguen hablando de más de cuatro millones de parados y aún menos cuando investigo acerca de los salarios que son abonados a estos ciudadanos nacidos fuera de nuestras fronteras, que han conseguido su tarjeta de residentes y un empleo a tiempo parcial o infrapagado.
Claro que tengo que conciliar estas cifras de migrantes que nos sacan las castañas del fuego de los trabajos menos atractivos o peor remunerados, con la de otros migrantes, éstos llamados Carlos, María, Juan o Cecilia, que viven en Suecia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos, trabajando en hospitales, centros de investigación o empresas tecnológicas.
El 12 de diciembre de 2016, en la Fundación Rafael del Pino, se presentó el libro «Europa y el porvenir» (Editorial Península), bajo la fórmula de una entrevista a sus autores (José Manuel García-Margallo y Fernando Eguidazu) realizada por José Ignacio Torreblanca (director de Opinión de El País).
Por supuesto, la conversación a tres bandas -no hubo coloquio posterior- discurrió sobre el concepto y límites del estado del bienestar, «concepto de goma -precisó Margallo- con dos límites: el económico (como frontera superior al gasto) y el estímulo a la iniciativa privada»(como frontera inferior, para no adormecerla, recogiendo el vocablo empleado por el ex-ministro).
No creo que me regalen el libro, así que me tengo que guiar exclusivamente por las notas que tomé durante la sesión. La preocupación por la disminución del peso relativo de la población europea en el mundo, nos llevará -coincidieron ambos autores- a depender durante mucho tiempo de los flujos migratorios.
Las preguntas de Torreblanca (supongo que previamente pactadas) incidieron en desvelar la visión que la pareja titular tenía sobre el modelo fiscal: Con tipos fiscales para las empresas tan bajos, ¿no existe el riesgo de que el ciudadano entienda que no se está haciendo lo necesario?
La respuesta fue del libro, aunque no del que se estaba presentando: Si el mercado lo permite, los impuestos se trasladarán al producto: el iva es, en alguna manera, la forma de recaudar impuestos atendiendo a los beneficios. Y, por otra parte, las cotizaciones empresariales, a la postre, las paga el trabajador si se repercuten como costes de empresa y, si se repercuten hacia delante, en los precios, los soportará el consumidor.
Como colofón, el ministro De Guindos, confeso admirador de los dos ponentes, alabó a Maragall, «que sacó la Ley de Servicio Exterior», resaltó el «crecimiento exponencial» del gasto sanitario y apuntó hacia el problema de la demografía («aquí hay más fallecimientos que nacimientos»), para reforzar la idea de que la inmigración es imprescindible para sostener el estado de bienestar, porque se necesita aumentar el número de trabajadores por cada destinatario de pensiones y ayudas sociales.
No hace falta ser ministro de este país para entender que la pirámide socieconomica no se sostendrá alimentándola por debajo con empleos que cubren las necesidades de servicio asistencial a las clases medias y superiores. Hace falta que se tire de la economía con empleos mejor remunerados y de más alta cualificación. Son imprescindibles empresas punteras y de mayor valor tecnológico. Volvemos, pues, a la necesidad de clarificar lo que está pasando en la Universidad y en los demás centros formativos, para corregirlo. Repetimos la urgencia en potenciar la creación de empleos de alta productividad.
Y, agradeciendo a estos migrantes extranjeros que están asumiendo las tareas que no queremos hacer los españoles -no voy a detenerme ahora en los porqués y aún menos, en las razones que les han forzado a llegar hasta aquí-, que alguien se preocupe en solucionar porqué no somos capaces de generar más empresas que acojan y estimulen a los más capaces y mejor formados, para que se consiga el efecto multiplicador que nos haga posible mantener el estado del bienestar, y no consumir sus residuos alegremente.
La foto es la de un reyezuelo, un pájaro diminuto, difícil de ver (ya que es nervioso, tiene una gran movilidad y desaparece oculto entre el follaje). Se le llama así porque los machos adultos tienen una especie de corona en la cabeza (concretamente, en el píleo), debido al color de sus plumas. A pesar de esa apariencia tan singular, este paseriforme, el más pequeño de Europa (solo pesa 5/6 g), suele pasar desapercibido, salvo por su canto, inconfundible (un síi-síi repetido).
Algunas gentes creen que estos paseriformes mínimos vuelan protegidos entre las alas de las grandes torcaces, pues no parecería posible que aguantaran largas distancias siendo tan ligeros. Pero lo cierto es que las soportan, con vuelos ondulados y firmes. Y también muy curioso que no parecen preocuparse por los humanos. Es posible acercarse a ellos, y casi tocarlos con la mano, sin que se inmuten. Se diría que no nos ven.

