Puede que, con la que está cayendo y la que amenaza con caer, dedicar comentarios de este blog a glosar situaciones más o menos ridículas en las que yo fui protagonista principal o invitado especial para presenciar el patinazo ajeno, sea, en sí misma, y dada mi exigencia de rigor, una actuación ridícula.
Asumo el riesgo. Todo el mundo que cree tener algo que decir, habla hoy de Trump, del Brexit, de los migrantes sirios, de la crisis interna de Podemos (¿Unidos Podemos?), de la inmensa corrupción destapada, o de la deriva hacia mares ignotos del PSOE. Me tomo un respiro, y en lugar de incidir en lo que hay tanta gente que alardea de saber tanto, yo me concentro ahora en lo que se más y mejor que nadie, sin competencia. De mí mismo.
Un innegable momento de ridículo para mí, con exposición pública a la picota, lo protagonicé con ocasión de la inauguración del Centro de Diseño de CAD-CAM de Asturias, allá por 1986, a cuya dirección acababa de ser designado. El CAD-CAM, para los despistados, son las siglas correspondientes a las modalidades Computer Aided Design, diseño asistido por computadora, y Computer-Aided Manufacturing, fabricación asistida por computadora. (Más información en: http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php )
El Centro de Diseño era la primera piedra del proyecto de la Factoría Cultural, que estaba apoyado por el entonces Presidente del Principado, Pedro de Silva, y respondía a la elucubración mental, entre otros, de Juan Cueto. Estuvo situado en un chaletito recuperado en el espacio que ocupara Cerámica Guisasola, que había quebrado. La inauguración fue un éxito, con asistencia del ministro Joan Majó y una representación nutrida de las fuerzas vivas de la región, que se agruparon en el pequeño recinto para la ocasión.
El punto débil del asunto era que el ordenador central (un potente Cyber) no había llegado a tiempo y, para no postponer el acto, se había decidido desde el Instituto de Fomento Regional, que presidía Leonardo Alvarez de Diego, conectar las pantallas de alta resolución con el ordenador de la Escuela de Ingenieros Industriales de Gijón, de la misma familia que el que no había llegado, aunque con escasa capacidad de diseño y cálculo. Nada importante, sin embargo, se me dijo, pues, el equipo estaba ya en aduanas y tardaría solo un par de días en llegar.
Lamentablemente para la rentabilidad política del acto, la desleal oposición (seguramente, personal del propio PSOE) destapó el apaño y mi foto apareció, sonriente, al día siguiente, en los periódicos locales, bajo el titular «El Centro de Diseño de Asturias se inaugura con cajas de cartón».
Como no pretendo ahora contar la historia completa, sino recordar mi ridículo, dejo el asunto aquí, que tuvo mucha más miga.
Cuando me decidí a estudiar Filosofía, en la Facultad de Oviedo, siendo ya bisoño profesor de la Escuela de Minas, con el principal objeto de poder estar algo más de tiempo con la que sería mi esposa, no imaginaba lo exigente que era el profesorado y la extensión y complejidad de las asignaturas. Por mis trabajos en Ensidesa y en la Escuela, no podía asistir a la mayoría de las clases, aunque contaba con los apuntes y la orientación de María Jesús.
El profesor de Latín era Luis Castañón, a quien yo conocía de antes, pues tenía muy buena relación con mi padre -creo que había sido Hermano Marista- y tenía buena relación con alguna de sus hijas. Me senté el día del examen final al lado de María Jesús, y le copié la traducción. Era un texto de la Eneida, de Virgilio. Como tenía mucho tiempo de sobra, la puse en verso.
Al cabo de unos días, se publicaron las notas. Yo había obtenido un notable, y el sujeto de mi adoración, estaba suspensa. Aquella tarde me lanzó un ultimátum: «Vete a hablar con Castañón y o consigues que me apruebe, o no quiero saber más de tí». Así que pedí ver a Castañón, que me recibió amablemente y, ya desde la puerta, me advirtió: «Entiendo que venga a reclamar que le suba la nota, y tiene mucho mérito que haya puesto la traducción en verso». Le atajé: «No, don Luis, yo no quiero que me toque la nota, y si tiene que bajarla a un aprobado, hágalo. Pero tiene que aprobar a mi novia, porque si no, me deja».
Don Luis era un bendito. Salí de su casa con el aprobado de María Jesús. Por la noche, llamó a casa y preguntó por mí: «Tengo que decirle que revisé el examen de su novia. Merecía el aprobado sin necesidad de que hubiera Vd. intervenido. ¡Pero es que tiene una letra!»
La letra de mi mujer es para darle de comer aparte. Me cuesta trabajo hoy día descifrarla.
El pito real (picus viridis), a pesar de su relativa corpulencia y su caperuza roja, no suele ser avistado. La fotografía que tomé, como casi todas las de pájaros, es fruto de la paciencia combinada con la casualidad. Este macho de pito real, de la raza española -tienen el obispillo verde amarillento- estaba haciendo su agosto, entretenido aunque atento, a costa de un hormiguero, que son su comida predilecta.
A cada rato, levantaba la cabeza y cuando me descubrió, se evadió de golpe, emitiendo una voz característica que asemeja a una risa, que los libros de fauna avícola suelen describir como maníaca y que, por tanto, tiene su particular encaje en estos comentarios sobre situaciones cómicas o ridículas.

