
Hace unos días, en una agradable cena de despedida de una de las Comisiones a las que me ha llevado, hasta ahora, mi ajetreada voluntad de ser miembro permanente de mi propia ONG, invité a los asistentes, con la intención de dar un contenido informal a la sobremesa, a contar alguna anécdota en la que creyeran haber hecho el ridículo o hubieran sido protagonistas de una circunstancia cómica.
Para animar la exposición, me referí a dos peculiares momentos de mi vida, relacionados con el nacimiento de mis dos hijos.
Cuando mi esposa estaba a término del primer embarazo, la pareja de primerizos vivíamos aquellos días con la lógica ilusión, aunque también con temor a no hacer las cosas bien. Habíamos acopiado una colección de libros sobre el particular, desde «Mi hijo», el clásico del Dr. Spock, hasta «Vida sexual», firmado por el Dr. López-Ibor (y que bastante más tarde, la periodista Lidia Falcón se declararía como autora real del mismo, junto a su pareja entonces, el admirable Eliseo Bayo). Después de la celebración del año nuevo, María Jesús había tomado una copa de champán (sería cava) y mi padre había enunciado dogmáticamente que, dadas las virtudes atribuibles a ese vino, el parto habría de ser inminente.
La noche del uno de enero siguiente fue realmente movida. Mi esposa no pegó ojo y yo, que tenía que trabajar al día siguiente por el futuro de España, tampoco. Me disponía a tomar el coche para encaminarme hacia Avilés, por la tortuosa carretera de la Miranda, pero, antes de partir, con todos los libros técnicos sobre parto, abiertos sobre la mesita, y el reloj en la mano, contaba los intervalos entre contracciones.
-«Llama a la comadrona», me apremiaba María Jesús, «y pregunta qué hay que hacer»
-«No creo que estés de parto», le replicaba.»Aquí dice que las primerizas tenéis sensaciones de parto falsas».
Finalmente, fui compelido a coger el teléfono y con aire doctoral, expliqué a la persona que contestó la llamada: «Mi esposa tiene contracciones cada veinte minutos, pero aquí el libro dice que…» La voz me interrumpió: «¡Deje el libro y venga inmediatamente! ¡Su esposa está de parto avanzado y si no rompió aguas lo hará en cualquier momento!»
A las dos de la tarde nacía David, un robusto bebé de más de cuatro kilos de peso.
El nacimiento de nuestro segundo hijo fue muy diferente. Habían transcurrido tres años y medio y la obstetricia había avanzado descomunalmente, incluso en ciudades de provincias. Como el nasciturus, según el cálculo docto del Dr. X, estaba a término, y parecía coincidir la fecha del parto con mi cumpleaños, mi esposa y su asesor y cuidador médico decidieron hacerme el regalo mejor del mundo: el nacimiento de un hijo el día 5 de julio.
En la muy avanzada clínica, hoy Fundación Gustavo Bueno, antes Casa de la Cultura, llamada Sanatorio Miñor, mi mujer fue sometida a una epidural para provocarle un parto programado de máxima comodidad. Fue terrible. En la madrugada del día 6, después de horas de lucha, con mi mujer agotada, nació Miguel, con poco más de siete meses de gestación, y con un peso ligeramente superior a los dos kilos.
Serían las dos de la madrugada, cuando el médico de guardia me llamó: «No me puedo hacer cargo de este niño. Está muy débil y aquí no tenemos incubadoras. He llamado al Hospital General para que lo atiendan. Tienes que llevarlo tú, porque aquí no hay ambulancias».
Envolvieron al niño en varias mantas, y, con él en los asientos traseros del vetusto R-12 que tenía entonces, debí hacer el camino más rápido posible hasta el Hospital público. En Maternidad me esperaban varias enfermeras.
Acababan de enchufar la incubadora y aún no había alcanzado la temperatura requerida. Así que, por turnos, aquellas náyades de uniforme, se abrieron la blusa y calentaron a Miguel.
Esta historia la cuento de vez en cuando a mis hijos y nueras, y no se la creen. «Es un invento tuyo», siguen diciendo. Pero es rigurosamente cierta.
Como que dejé al recién nacido en la incubadora -daba grima verlo, tan mínimo, con la vía conectada a la cabecita pelada- y volví a ver a María Jesús. Con tono débil, me preguntó: «¿Cómo está el pequeñín?» La tranquilicé de la mejor manera que se me ocurrió: «Te aseguro que está en muy buenas manos. Y que no me parece que ningún recién nacido haya tenido tantas emociones en el primer día de su vida»
Si el lector tiene ocasión y dispone de la opción de un jardín comunitario, no deje de aprovechar ambos con un comedero para pájaros. Vendrán, sobre todo, gorriones. Pero no únicamente. En mis dispensadores de Madrid, he podido fotografiar, además, picogordos, currucas, mosquiteros, pico picapinos, tórtolas, mirlos, lavanderas, agateadores, herrerillos, carboneros…
En esta foto, tres gorriones parecen alinearse, en una cola simbólica, para tomar alimento del comedero. He presenciado peleas familiares intensas, e incluso, como ya he podido publicar en este mismo blog, entre especies diferentes. El espectáculo, según la hora del día, me proporciona tanta diversión y esparcimiento, que he tenido que limitar el horario en el que me asomo a esa ventana de la naturaleza paseriforme, en la que no dejo de encontrar similitudes y modelos para el comportamiento de nuestra especie.
