En este momento delicado para la globalización, poner sobre el tapete la identidad de Europa es una provocación necesaria. ¿Qué significa y cuáles son los límites de Europa? ¿Cuáles son sus elementos diferenciales, o cómo se podrían elegir algunas características sobre las que construir o reforzar una identidad común?
Los efectos de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la digestión de las peculiares interpretaciones del concepto de democracia por parte de algunos dirigentes de los países de la llamada Europa del Este, la petición de entrada de Turquía a ese club, la persistencia de la isla financiera de Suiza en pleno núcleo geográfico, plantean importantes interrogantes como para mantener ocupados a los analistas.
Quienes conocimos a la Unión Europea cuando era ciruelo, es decir, como la agrupación de intereses comerciales de alto calado que se llamó Comunidad Europea, tenemos posiblemente algunas dificultades sentimentales para trasladarnos desde aquella imagen que proyectaban la CECA, Eurofer, Euratom y las consecuencias de marginación y barreras arancelarias y políticas que suponían para un país tercero.
Cuando España ingresó en ese club, los españoles lo festejamos como un respaldo a nuestra democracia incipiente y el reconocimiento de la pertenencia a una familia de la que habíamos sido rechazados como apestados por razones un tanto confusas. Eramos, para el núcleo duro europeo -que formaban Francia, Alemania y los pequeños países habitados por comerciantes que se dieron en llamar Benelux-, menos europeos que Italia, Reino Unido, Grecia e, incluso, que Portugal, país con el que entramos cogidos de la mano, más que por afinidades y proximidad territorial, porque sería ya un escándalo infumable que nos precediera en esa señal de la fe europeísta nuestro vecino, por mucho apoyo que tuviera de los negociantes de la rubia Albión.
La conformación de la nueva Europa que supone la Unión Europea se ha ido haciendo conforme a intereses difusos, que son los más difíciles de trasmitir. Junto con las viejas y sólidas inquietudes comerciales, apareció, pujante, la idea de ejemplaridad en cuestiones de alto valor ético, como son la globalización, la defensa medioambiental, el apoyo a países en desarrollo, y, por supuesto, la defensa de los valores de justicia y libertad.
Pero Europa seguía siendo plural, en lo económico, en lo social y en lo político. Los intereses nacionales primaban sobre cualquier idea que robusteciera el proyecto común. La incorporación de una moneda única puso de relieve que un euro no valía lo mismo en Alemania o Francia que en Portugal o España. La adhesión de pequeños países destapó el frasco de las esencias nacionalistas de algunas regiones que reclamaban su propia identidad. Las ideologías de los parlamentarios y de los miembros de las comisiones generaban, en realidad, líneas de discrepancia que, cuando interferían con los intereses nacionales de los representantes, acababan subordinándose a éstos, por la cuenta que les tenía a los partidos en las elecciones locales.
España, si se consolida la salida del Reino Unido de la Unión, subirá un peldaño en la escala de países de mayor tamaño y población. Hemos sacado pecho, animados por los representantes de la DF (Deutschland-France). Es una oportunidad que debe traducirse en apoyos económicos reales de esos dos países que no han sufrido la crisis o con poca intensidad.
Lo que permanece abierta es la cuestión de lo que debe actuar como aglutinante de Europa. No será la religión cristiana, en un mosaico de países aconfesionales o laicos, máxime si se sigue manteniendo la expectativa de integración para Turquía. No será la historia común, salvo para seguir poniendo de manifiesto lo cerca que están los intereses nacionales de la opción de tomar las armas para matarnos unos a otros. Ha quedado debilitada la credibilidad como defensores de valores superiores -libertad, derechos fundamentales, solidaridad- con la incapacidad para acoger a fugitivos de guerras injustas como la que se libra en Siria y las que se propiciaron y alimentan en Irak, Irán, Yemen, Sudán, de denunciar fehacientemente situaciones de dramático desprecio a la justicia, a los derechos humanos, a la igualdad de géneros o al respeto a las diferencias, ya sea en Arabia Saudí, México, Venezuela, Ecuador o en Israel,…
Lo que nos queda a los europeos, a muchos europeos, es el deseo de que, por grandes que sean las dificultades del momento presente, por encima de intereses económicos, nacionales, de clase, religión e ideologías, tenemos que construir un mundo mejor. Y que ese reto estará siempre vigente, es una tarea continua, esforzada, que no admite desánimos, sino que apela a la solidaridad, superando cualesquiera barreras.
Europa se convierte así en un concepto transfronterizo, universal. Un ideal.
Varias garzas reales tienen sus nidos de forma regular en las orillas del Tajo, junto a Toledo. Este magnífico ejemplar se está dirigiendo desde su nido, en el que aún podría verse en su proximidad a una cría ya talludita, a uno de los lugares de caza en el río. Su vuelo es majestuoso, relativamente rápido y corto.

