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Archivo de 23 julio, 2017

Otras gentes: (1) Los impacientes

23 julio, 2017 By amarias 1 comentario

Introducción

«La gente», son los demás, pero no todos y no cualesquiera. Según el contexto, o la intención, podemos acotar con mucha libertad, como si se tratara de un elástico, lo que entendemos por este vocablo excepcionalmente flexible.

En estos comentarios con trasfondo veraniego, pretendo referirme a tipos muy especiales de gente. Pero, antes de entrar en harina, quisiera poner de relieve algunas particularidades del empleo de este genérico.

Cuando decimos, por ejemplo, «Hay demasiada gente», estamos significando una decepción. El imaginado disfrute con la pareja, la familia o los amigos, de ese rincón que habíamos deseado despoblado, se ha visto afectado en su valoración por una aglomeración indeseada de semejantes. Nada que ver con lo que habíamos sentido cuando «Había poca gente», o «casi nadie». La prometida sensación de absorber, sin contaminación de desconocidos, el paisaje que creíamos recóndito, la exposición de pintura que deseábamos contemplar con calma, etc., se ha roto en pedazos, por culpa de la «excesiva gente» en relación con lo que hubiéramos considerado tolerable (según un baremo individual intrasvasable).

Pero, cuidado: «poca gente», puede significar, en una ambivalencia memorable, que el espectáculo, el restaurante, la sala de fiestas o… la celebración popular, no alcanzan la densidad prometida o deseada de cuerpos ajenos. Para el equipo organizador de una manifestación, un certamen o para el dueño de un negocio, que haya «poca gente» es una mala noticia. Porque hay momentos en que nos apetece cumplir con el ritual de ver y ser vistos, curiosear con otros, compartir la afición, rentabilizar la inversión o zambullirnos en la algarabía de un acontecimiento programado.

El vocablo, en las conversaciones distendidas, entre amigos, refleja su polisemia cuando  tratamos de establecer nuestra teoría particular sobre los comportamientos colectivos: «La gente es maleducada», o «desconsiderada», o «ignorante». Con estos giros y modismos dejamos claro que nosotros y nuestros interlocutores no somos «ese tipo de gente». Nos separamos, pues, de «la gente», para subrayar nuestra superior individualidad, que, claro, nadie ajeno tiene por qué comprobar, ni necesitamos refrendarla con certificado o diploma alguno.

En la empresa -y también en la política, y, por lo general, allí donde cuecen unas habas con sudores colectivos-, no es extraño oir al jefecillo hablar de «mi gente», cuando se quiere poner de manifiesto que se cuenta con adeptos fieles, de esos que te comen en la mano.

El despectivo de gente es gentuza, que reservamos para aquellos que son «mala gente», incluso aunque no los conozcamos de nada. Se distingue así entre quien es «una mala persona» -que es un atributo personal que enjaretamos al tercero que nos hizo alguna faena, y un «grupo de gentes», al que por razones éticas, sociales o estéticas descalificamos en tropel. Es probable que la gentuza no nos haya hecho mal alguno, y que sea su origen étnico, su indumentaria o -en épocas convulsas, como la presente- el pertenecer a una ideología o  creencia distante de la nuestra, que será, por definición, la verdadera.

Sospecho que quedan cada vez menos «buenas gentes», esas «gentes de buena voluntad» de la que hablaban los cánones de la conducta, «dispuestas a echar una mano» o «de fiar». Y, desde luego, a ningún político actual se le ocurrirá referirse al auditorio como «Gentes que me escucháis».

Aunque, en algunos textos, «gente» sea equivalente a «pueblo», o «sociedad» en su conjunto, ahora, lo que pide el cuerpo social es apelar a «ciudadanos y ciudadanas» (indicando la localidad o el grupúsculo específico), «hombres y mujeres», «amigos y amigas» y combinaciones similares. Yo sería partidario, como desagravio histórico, hablar solo de «mujeres» o «amigas» (entendiendo que se está incluyendo también al sexo masculino).

Quizá aún más correcto sería, cuando hubiera que dirigirse a un público heterogéneo, aunque me desvío del tema «gente» para zambullirme a «cuerpo gentil» en la vigente tontuna, enumerar, «Querido colectivo GLTBIA, hombres y mujeres heterosexuales puros -matizando, si queda alguno que tal se considere-, a vosotros me dirijo».

Los impacientes

El impaciente es un tipo de gente que concede, por razones ignotas, un valor desmedido al tiempo. Desarrolla sus actitudes, en especial, cuando está motorizado. Cuando el semáforo cambia de color, hace sonar el claxon de su vehículo varias veces, apremiando a que la cola se mueva a velocidad supersónica. Si encuentra el badén de entrada a su garaje interceptado parcialmente por otro vehículo, o advierte que un coche en doble fila le obligaría a hacer una maniobra más compleja de lo habitual, obsequia al vecindario con un recital de bocinazos

El impaciente se arriesga a llevar por delante al descuidado peatón que no sabe que la luz verde no es suficiente para detener su preocupación obsesiva para ahorrar unos segundos, poniendo a prueba la capacidad del motor para pasar de reposo a máxima aceleración.

El impaciente sale el primero de la sala de conferencias pero estará ya con la copa de vino y el canapé en la mano, cuando el grueso de asistentes pase al lugar del cóctel (si lo hay).

No hay que confundir al impaciente con el «jeta» o «aprovechado», al que dedicaré atención en su lugar.

Debo señalar que «el impaciente» es poseedor de un estado transitorio y, además, vano y hasta inútil, cuando no peligroso, incluso para él mismo. No hay provecho real para el impaciente, que se pierde los títulos de crédito y la música de final de las películas, que no aguarda al coloquio de las conferencias y se va de los cócteles con el atragantón de los primeros canapés, sin esperar a que saquen las croquetitas y las tartaletas de riñones al Jerez.

En fin. Todos hemos «estado impacientes», aunque no lo seamos. Se está impaciente ante el nacimiento de un hijo, de un nieto; impaciente por conocer el resultado de un examen, saber si hemos sido preseleccionados en un certamen (aunque sea para un micro-relato sobre la tortilla de patata y el arte de la manduca), y, naturalmente, antes de que nos indiquen el diagnóstico resultado de las pruebas clínicas, nuestras o de un allegado.

Hay gente que «se muere de impaciencia», aunque no me consta que pasen a ocupar sitio -al menos, no inmediato- en las necrológicas. También la impaciencia puede «corroer» (hay que imaginar que algún lugar recóndito en las entrañas metafísicas). La impaciencia se debe contener, aunque no se sabe cómo, pero «tener paciencia» es un consejo que se suele dar, aunque no se pida; sobre todo, a los niños y, entre los adultos, a quienes participan en cualquiera de esos concursos estúpidos que prodigan las cadenas de televisión privadas, y en la que el presentador repite «no te precipites» al participante, como si fuera el soluto de una disolución en una marcha analítica en la que hemos confundido los reactivos.

En fin, si el lector «ha agotado su paciencia» con esta lectura concebida para pasar un rato veraniego, discúlpeme. No por ello lo juzgaré impaciente, ni yo me laceraré por parecerle pesado. Que no todos tenemos la «paciencia del Santo Job», ni ganas de que se nos pruebe en ella.


Este gorrión sacia su sed en acrobática postura sobre uno de los arroyos del Retiro. Una joven hembra, parece. Obtener fotos de aves -tan ágiles, móviles, cambiantes- es un ejercicio de paciencia. ¡Salud!

(continuará)

 

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: buena gente, gente, gentuza, gorrión, impacientes

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