Resulta que, después de haber vivido con evidente zozobra lo que parecía una deriva separatista del gobierno de la Generalitat calatana, no hubo declaración de independencia.
Aunque escribo esto en la tarde del domingo, 15 de octubre, hay suficientes elementos sobre el manoseado tapete político para deducir que el plazo dado por el gobierno español para que el President Puigdemont aclare si se declaró o no la independencia, se agote manteniendo la ambigüedad de la situación.
Es decir, podemos concluir que no hubo declaración independentista. Todo fue una ilusión.
Lo que no es ilusión, sino dura realidad es el cinturón de graves incendios -¡parece que provocados!- que rodea Vigo, y está devastando zonas muy queridas por mi, que fui gerente de Aguas de la ciudad pontevedresa y su comarca metropolitana.
Por tanto, mañana, estaré pendiente de lo que es importante: conocer si se han controlado esos fuegos, y confirmar que está por fin lloviendo en Galicia y en el Cantábrico.
Me he cansado de oír tonterías procedentes de personas -surgidas del magma catalanista-, algunas de las cuales creía sensatas, afectadas según parece por un síndrome que les hace suponer que nos importa lo que hagan con sus vidas. Si quieren suicidarse, que lo hagan, pero no nos fuercen a los demás a que entendamos su monólogo autodestructivo, plagado de insultos a los que nos acercamos para persuadirles que se retiren del precipicio.
Lo que merece la pena es conseguir que se apague cuanto antes el fuego que destruye paisaje y propiedades gallegas. Eso es lo que costará reparar.
Descúbrase al autor o autores del atentado ecológico. Caiga el peso de la Ley sobre los infractores. Sobre todos los pirómanos.
Por cierto, los catalanes son aquellos que cuando están en una escalera no se puede saber si suben o bajan.
