El 6 de febrero de 2018, en la librería Cervantes de Oviedo, mi primo Mariano Arias presentó su obra póstuma, Imagina Bosque Imagina.
Por supuesto, Mariano no se encontraba físicamente en el espacio lateral que Conchita Quirós tiene habilitado en su librería como ocasional foro literario, pero su hermano Lorenzo, que hizo una emotiva semblanza de su hermano gemelo y de las circunstancias convividas con el, lo convocó. Y allí estuvimos con el, las casi cincuenta personas que nos reunimos en lo que se concibió, también, como homenaje.
Pero queda el libro. Doce años de elaboración, revisión, añadidos, correcciones de un material que se concibió como la documentación gráfica y literaria de un peregrinaje por lo sustancial, de dos personas: un ciego ya anciano y un joven que sabe ver.
Tengo el libro abierto por una de sus historias. Son relatos breves, cargados de fría emotividad, impecables, algunos de difícil lectura, sin ser crípticos. Van acompañados de fotografías espléndidas-la mayoría de árboles, de retazos de bosque-. Mariano fue el autor decasi todas.
El bosque y la muerte. No es la única reflexión sobre esa aporía en el libro, que no se puede leer (quizá, se debería) como un relato continuado. Está tan bien editado, tiene subtítulos así de sugerentes, que al hojearlo, engancha entre las ramas.
Lorenzo recordó que a Mariano, el gemelo amado, no le gustaba mucho la poesía. Para el laureado autor de “el Escriba sagrado”, y finalista del premio Nadal en 1991 “cuando la competencia era mucho más dura” y premio Juan Rulfo en 1992) , la poesía era un género literario con menos posibilidades expresivas, quizá. Y eso que Mariano era, como lo demuestra su obra literaria y filosófica, un meticuloso artesano de la palabra, un maestro con el cincel, el martillo y la garlopa, tallando obras propias con el lenguaje de todos.
Para mi, el Imagina Bosque Imagina es un libro de poesía. Ese soplo enigmático que proviene de la comunicación de sentimientos entre un autor y un lector que, sin más bagaje que su propia rendida curiosidad a la voz del otro, se deja sugerir, para descubrir lo que nunca supuso tendría dentro de si.
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La fotografía de ese castaño la tomé yo, en un bosque de Miranda, Asturias. Sirva como homenaje personal a Mariano y, por tanto, a Lorenzo y a Mari (Carmen).


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