
Si dedicamos un tiempo a hacer repaso a nuestra existencia, surgirán multitud de episodios (algunos de los cuales creeríamos tener sepultados en el olvido) en los que fuimos protagonistas. No me refiero a momentos en los que asistimos a un espectáculo musical, político o deportivo junto a otros miles de individuos -siempre que no nos encontráramos en el escenario o en el terreno de juego y en tanto no hubiéramos tenido un papel destacable-. Descartemos, en fin, todos los momentos en que no tuvimos el foco de la atención de los demás puesto sobre nuestra acción, para bien o para mal.
No habiendo tenido relevancia pública en ninguna de las ocupaciones a las que entregué mi vida hasta hora, mis anécdotas son mínimas, Solo espero que estos relatos atraigan la atención, al menos, de los amigos, y sirvan de algún divertimento a quienes no me conocen.
Mis aficiones literarias me han proporcionado algunas satisfacciones -escasos premios y cariñosas palmadas en la espalda-, aunque también me atrajeron decepciones y, en estricto sentido, tampoco faltaron las que me pusieron en ridículo. Una de las más tempranas ocasiones de dejarme en cueros el orgullo tuvo como colaborador a Carlos Bousoño, poeta consagrado cuando yo andaba coronando mi adolescencia.
Como su hermano había sido compañero de estudios de mi padre y todos tres, amigos en su época, se me brindó la oportunidad de enviarle un librito de poemas que yo tenía terminado y que había titulado «Diversas intimaciones a las formas». Dirigía por entonces, en dura competencia, una tertulia poética en Casa Noriega (Oviedo) en la que poetas, musas y sufridores oyentes leíamos/escuchaban versos propios y ajenos y nos calentábamos la imaginación con vino peleón y cacahuetes.
Sintiéndome espléndido para compartir tamaña ocasión de prestigiarnos, invité a Tomás Recio, Elías Escobar y José Antonio García Mallol, que también eran vates, a que incorporaran, a la mía, una selección de sus mejores poemas y, con una carta de acompañamiento y el conducto del otro Bousoño, le pedimos a D. Carlos que nos prologase aquella cosecha. Por supuesto, el escoger los versos que configurarían el libro nos llevó varias reuniones y discusiones acaloradas, hasta que el producto nos satisfizo, teniéndolo, sencillamente, por genial.
Al cabo de un mes, más o menos, me llegó una carta del vate mayor que, si bien venía dirigida a mi nombre, abrí en presencia de todos en Casa Noriega, y lei en alta voz, con emoción contenida. El tono era amable, pero el contenido era inequívoco: no le habían gustado nada nuestras elucubraciones.
Y lo que más dolió a los frustrados letrados- y a mí, más por reflejo del resquemor ajeno – es que me dedicaba más líneas que a ningún otro para desmenuzar mis formas de poetizar, para concluir con un: «Si tú, Arias, tuvieras varios versos como los mejores de este librito, te diría Publica ya»… De los demás colegas, ni mayor mención.
Recuerdo haber contestado a vuela pluma con algunas insolencias, que no merecieron contestación y, aunque seguí escribiendo poesía -debo tener más de mil poemas escritos y once libros en barbecho-, solo publiqué uno: «Absueltos de todo don, diversas intimaciones a las formas». Aunque el Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste adquirió toda la edición -más de mil ejemplares, para distribuirla entre sus colegiados, consiguiendo así mi permanente calificación como «el poeta»-, rescaté unos diez para dejárselos en depósito a María jesús Polledo, regente ilustrada de la librería que lleva su nombre, para que los pusiera en el escaparate a modo de tenderete captador de atención ajena y preparar una segunda edición que me lanzara al estrellato literario.
Nada más supe de los diez libros. supongo que sepultados bajo los miles que se publican cada año. Sin embargo, la editorial KRK indica que el librillo está agotado, pero hay un ejemplar, «dedicado por el autor», que se vende en e-bay por ¡23 euros!. Si no tuviera cosas mejores en las que emplear mi dinero, lo compraría, solo para saber quién es el/la destinatario de la dedicatoria que puso tan alto precio a mi pluma.
En 2009, animado por la sencilla opción de publicar lo propio que concede Bubok, el invento empresarial de Angel María, publiqué en esa plataforma los 350 comentarios que habían formado parte de mi blog Al socaire, que tenían todos ellos como principio de su título la preposición «Sobre,,,», así que lo titulé: «Ensobrados». Si pensaba en un éxito literario abrumador, la realidad me hizo volver a la razón: se vendieron dos ejemplares. Uno, a mi hijo Miguel y otro, a mi amigo Pedro Pablo Iglesias.
Todo el mundo distingue a las cigüeñas y los niños de generaciones anteriores a la mía -ésta incluida- estábamos convencidos de que traían a los niños desde París, que era una ciudad alejada y, por tanto, misteriosa, en la que imaginábamos había un ejército de bebés y aves voladoras. Ahora resulta que las cigüeñas han abandonado ese trabajo que, aunque no estaba remunerado, les daba prestigio, para asentarse entre nosotros, ocupando a miles agujas de catedrales e iglesias, torres de castillos y palomares en ruinas, postes eléctricos y hasta árboles de envergadura.
Se alimentan de ranas, reptiles, moluscos, y residuos arrojados a los vertederos, en competencia, en este caso, con gaviotas y otras aves de regular tamaño. En el caso de los estercoleros denominados «controlados», las máquinas que recubren continuamente los desperdicios orgánicos con tierra solo les conceden unos minutos el acceso a la porquería que les sirve de alimento; pero, por fortuna para todos estos animales a quienes la civilización humana les ha dado categoría de «oportunistas», son muchos los estercoleros salvajes desparramados por la geografía, en los que pueden nutrirse y, en casos desgraciados, encontrar su fin atragantados con una bolsa de plástico o cortado su vuelo por un tendido eléctrico sin balizar.

Angel, que buenos recuerdos me trae esta entrada del blog. Si no te importa, hare referencia a el en un trabajo que estoy haciendo (sobre historia del álgebra conmutativa en España). Ya te lo enviare cuando lo termine (aunque de literario no tiene mas que algunas pinceladas…).
Un abrazo,
Tomas Recio
Tomás, me alegra encontrarte por este espacio virtual. A veces me referí en alguna charla al intento de poner en verso el Lentin Rivaud, que acometimos con excelente ímpetu juvenil. La simple mención a tu historia del álgebra conmutativa en España me provoca ya movimientos neuronales. Aguardo impaciente. Después de todo, algo habrá quedado en mí tras tres años de pretender enseñar Algebra Lineal a centenares de aspirantes a ingenieros. Un abrazo,
Angel