Creo llegado ya el momento de terminar con estos recuerdos de situaciones más o menos singulares de mi vida. No está, claro, agotado el material, y el lector avezado supondrá que son varios los momentos que me callo por prudencia, discreción o vergüenza. Pero si estos relatos han servido para levantar alguna sonrisa, daré por bien empleado mi tiempo en rebuscar en el baúl de los recuerdos y en desplegar esta controlada descubierta de anécdotas.
En el viaje de fin de carrera de Minas, pudimos disfrutar de especiales circunstancias. Era abril de 1971, y aunque en España padecíamos densas limitaciones a la libertad -que no siempre sentíamos como tales, porque, a menudo nos faltaban elementos de comparación o sobraba información irrelevante-, nuestra promoción contaba con un as especial. José Manuel Mateu, (prematuramente fallecido), era hijo del gobernador civil en Asturias, y fue posible organizar un viaje «de estudios» a Polonia y Hungría, en el que fuimos tratados por las autoridades académicas y empresariales de aquellos países, aún bajo el control de la poderosa URSS, a cuerpo de Rey.
En Budapest, que fue nuestra primera parada, una delegación de estudiantes de la Escuela Superior de Ingeniería de Minas, acompañados del Rector y otras autoridades académicas, nos hizo objeto de una recepción inolvidable. Habíamos sido alojados en el fastuoso Hotel Géllert -para la época y para nosotros- y vivíamos momentos de euforia colectiva.
No puedo recordar exactamente los detalles, pero después de la cena, se pronunciaron algunos discursos. El catedrático que dirigía nuestra expedición, el muy querido por sus magníficas cualidades personales -y uno de los mejores profesores que tuvo aquella Escuela, entonces «piloto de la Unesco»-, Mamel Felgueroso, pronunció unas palabras, y luego fui requerido para decir unas frases de agradecimiento en inglés.
Salí del paso, y el delegado de alumnos húngaro, en obligada correspondencia, lanzó una quizá excesivamente larga soflama, cargada de referencias a las similitudes entre ambos países y manifestaciones de amistad perdurable, que terminó con estas palabras:
«As you, the spanish people, used to say: Angel, tienes una flor en el culo.»
Y levantó su copa, feliz.
No estoy seguro de que, por el alboroto que se había formado a causa de la prolongada duración de los brindis, la alocución fuera escuchada o entendida por buena parte de los asistentes, pero yo me quedé -como suele decirse- «de piedra», asi que, cuando mi colega húngaro se sentó, le pregunté porqué había elegido esa forma de acabar su intervención.
Me enseñó un papel que extrajo del bolsillo de su chaqueta, en el que estaba escrita la curiosa frase, y con la cara de satisfacción de quien cree que ha causado el efecto sorpresa pretendido, me explicó:
«He pedido a la intérprete que me dijera la forma habitual con la que los españoles os deséais suerte entre amigos, y me la aprendí de memoria»
Me apetece terminar estos relatos con la fotografía de este pequeño mosquitero, a punto de lanzarse a la captura de un insecto (con gran probabilidad, un mosquito) en un vuelo de factura inconfundible: un grácil revoloteo, sostenido unos segundos en el aire.


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