
Termino aquí la primera presentación de aquellas situaciones de mi propia existencia que me parecieron cómicas o ridículas, según calificativo surgido de una apreciación exclusivamente personal. Al escribir estos relatos, encuentro que tengo muchas más anécdotas de esta categoría de las que imaginaba, así que veo llegado el momento de poner punto final provisional a la serie para no convertirlo en tema dominante.
Lo hago con dos episodios que adapté, para darles un tono moralizante-, a la mentalidad de mis nietas (un ramillete de duendes con edades comprendidas entre los seis y los cuatro años). Como el primero de ellos tuvo otros testigos (algunos de mis hermanos), les ruego que se guarden las posibles diferencias que encuentren para comentarlas exclusivamente en el ámbito familiar.
Cuando éramos niños, la casa familiar en donde pasábamos los veranos, no tenía agua corriente, es decir, no había aún «agua de la traída», cuya aparición se demoraría unos años.
Entre otras servidumbres higiénicas, era necesario ir con el carro tirado por la yunta de vacas hasta el río, y cargar varios toneles o bidones con los que llenar un pozo junto a la casa. Las necesidades de agua para beber se solucionaban con cubos recogidos de una fuente (creo que la llamaban «El pilón», que las mozas que había en casa traían sobre la cabeza, manteniéndolos apoyados en unos rodetes de paño y ayudándose al equilibrio con una mano. Era una imagen muy pictórica.
Yo tenía más o menos once años y, como otros domingos, los mayores fuimos con mi padre a darnos unos chapuzones al río. La ocasión resultaba siempre una fiesta. Aquel día en especial yo estaba especialmente contento y nervioso, pues me habían dejado la cámara de un neumático viejo, que había inflado con una bomba de bicicleta.
Al llegar al río no tardé en subirme a mi improvisada barquichuela y, utilizando mis manos como palas, me entretuve dando varios paseos por las quietas aguas de aquel lugar que, por su mayor seguridad, habíamos elegido para el baño.
Estaba tan entretenido con mi juego, que no me di cuenta que la corriente me estaba alejando río abajo. Desde la orilla, algunas mujeres que estaban lavando la ropa, me gritaban algo que, en principio no entendí. Creí que me saludaban.
Hasta que, de pronto, lo tuve claro. La voz de Jorgelina sonó, vibrante, en mis oídos: «¡Angelín!¡Ahí al frente hay rabiones! ¡Es muy peligroso!¡Tírate!»
Miré al frente y ví, con espanto, que os estábamos aproximando, la cámara y yo, a gran velocidad, a lo que me pareció una catarata. Salté bruscamente, abandonando el neumático y, con el corazón a cien por hora, dando manotazos primero y luego chapoteando, y en todo caso, a duros trompicones, alcancé, por fin, la orilla.
Mi padre se había dado cuenta, angustiado, de que me estaba alejando peligrosamente de la zona calma. También me gritó y asimismo, no lo oí. Así que, corriendo por la orilla, pretendía llegar a donde yo estaba. Los árboles le impidieron advertir que yo me había lanzado fuera del neumático y, cuando pudo ver nuevamente el río, solo atisbó, a lo lejos, una llanta a la deriva, sin nadie encima.
Temió que me hubiera ahogado.
Fue una suerte que mi aparición, con cara aún de susto, pero esbozando una falsa sonrisa de tranquilidad, no se demorara. Mi padre esperó a que llegara a su encuentro y, con tono muy airado, me espetó: (aquí adopto un tono melodramático, que a mis nietas les encanta, por lo que me piden, una y otra vez, que repita esta parte del suceso)
«¡Angelín!¡Que no vuelva a suceder!¡Me diste un susto de muerte!¡Tienes que obedecer!¡Cuando yo te digo que hay peligro, hay peligro!»
Y acompañó su recriminación con un par de sonoras bofetadas.
Mis nietas se ríen a carcajadas cuando yo gesticulo «¡Pim, pan!», cruzando los brazos, y les apunto, nuevamente, la moraleja. «Hay que obedecer a los papás y a los abuelos».
En ese mismo río Narcea, muchos años más tarde, estaba pescando con aparejo de mosca para trucha, cuando sentí un fuerte tirón y vi saltar, a unos cincuenta metros de distancia, cebado en el engaño, un magnífico salmón de siete u ocho kilos.
Había leído historietas de avezados pescadores que con hilo finísimo, destreza descomunal y paciencia infinita, habían conseguido, se decía, doblegar al animal, y cobrarlo a la orilla. Pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que, torpemente emocionado, sin dejar de observar la caña ni de dar carrete, me acerqué a uno de los ribereños, al que estaba más próximo.
-«He cogido un salmón. Pero tengo aparejo de trucha y un hilo que solo aguanta 1 kg. Necesito que me ayudes a sacarlo.»
El otro me miró y, lanzando nuevamente su aparejo, con calma, me dijo: «Sin problemas. Acércalo hasta aquí y cuando lo tengas en la orilla, voy con la sacadera».
En aquél preciso momento, el salmón dio un fuerte tirón y allá se fue, con mi aparejo, libre y suelto. Mi colega de pesca sentenció, mientras el cabo del hilo roto oscilaba al viento del atardecer: «Es lo que tiene. Si vas a salmón, usa hilo para salmón, y si vas a trucha, hilo fino. Porque si por casualidad te entra un salmón cuando andas a trucha, pierdes el bicho y el aparejo».
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El reyezuelo listado (regulus ignicapillus) es pájaro muy pequeño, vivaz, y, como ya apunté en otro comentario, parece desentenderse de los humanos, pudiendo fotografíarsele, cuando se tiene la suerte de avistarlo alimentándose de insectos o de diminutos granos, desde muy cerca.
El listado se distingue del común (regulus regulus) en que éste tiene una raya negra, paralela al píleo, en donde destaca la real coronilla, de un amarillo vibrante, que atraviesa la zona del ojo.
Me caen muy simpáticos los reyezuelos. A este de la foto, que llegó a acercarse tanto que se salía fuera de foco para el objetivo que llevaba, le hice compañía durante casi media hora, y solo me miró un par de veces, como diciéndome: «¿Qué tengo yo para interesarte tanto? ¿Acaso tengo pelos en la cara?»

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